Los mil y un significados de “carallo”, la palabra comodín de los gallegos

Luis Landeira

Los mil y un significados de “carallo”, la palabra comodín de los gallegos

¡Manda carallo! A raíz del éxito de la serie ‘Fariña’, España entera empezó a utilizar en tono bufo expresiones de la riquísima y rabuda lengua gallega. Y, sin duda, “carallo” se lleva la palma. Pero, si me permiten la redundancia, ¿qué carallo significa “carallo”? Pues lo cierto es que oficialmente “carallo” es un vulgarismo gallego para “pene”, similar al “carajo” castellano, al “caralho” portugués o al “cazzo” italiano. Y sin embargo, en Galicia usamos “carallo” como palabra comodín en todo tipo de frases y coyunturas.

Así que es buen momento para enseñar a los castellanoparlantes la forma de utilizar “carallo” y algunos de sus infinitos significados. Porque, como bien dijo el socarrón escritor gallego Camilo José Cela, “un ‘carallo’ a tiempo es una victoria dialéctica”.

Los mil y un significados de “carallo”, la palabra comodín de los gallegos

Resignación

“¡Ay que carallo!”: el gallego es melancólico y sufrido. Y esta es su peculiar forma de decir “qué se le va a hacer”.

Indignación

“¡Qué carallo!” El gallego también monta en cólera, y cuando le queman un monte o le echan petróleo al mar suelta un sonoro ¡qué carallo!. Y que significa algo así como ‘¡hay que joderse!’

Calidad

“Estos percebes están caralludos”: que están ‘cojonudos’. Los percebes.

Desprecio

“Eso es una carallada”: hace referencia a una cosa que es una tontería, una parida, una memez.

Cachondeo

“¡Bueno, carallo, bueno!”: respuesta muy común cuando le cuentas algo gracioso a un gallego.

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Cordialidad

“¡Vai ó carallo!”: aunque en castellano “vete al carajo” suena muy mal y es muy ofensivo, cuando un gallego te dice “boh, vai o carallo”, lo dice en tono cordial y ligero.

Curiosidad

“¡Eso qué carallo es!”: aunque parece una exclamación, es una pregunta, que viene a significar “¿Qué coño es eso?”

Algarabía

“¡Vámonos de carallada!”: sinónimo galaico de “vámonos de picos pardos”.

Contrariedad

“Tócate o carallo”: que te vayas a freír espárragos.

Meteorología

“Fai un tempo de carallo”: que hace un tiempo de perros y no “un sol de carallo”.

Hartazgo

“Déixate de caralladas”: que te dejes de marear la perdiz y vayas al grano.

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Templanza

“¡Tranquilízate, carallo!”: mismamente, keep calm and manda carallo.

Amenaza

“Ven, carallo, ven”: acércate que te voy a dar pal pelo.

Ofensa

“No me seas carallo”: no seas membrillo.

Negación

“Non, carallo, non”: más claro no se puede decir, no.

Negación rotunda

“Nin carallo nin nada”: sí, sí se podía decir más claro: un “no” tan rotundo que hasta niega el “carallo”. Nihilismo á feira.

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Juramento

“¡Me cago no carallo!”: me cago en tus muertos. En gallego también se usa la frase alternativa “¡me cago na cona!”, que hace referencia a los genitales femeninos.

Orden de callar

“Achanta cordeiro que conviene, carallo”: cállate la boca, so cabrito, por la cuenta que te trae.

Halago

“Es un tío de carallo”: lo que se dice “un tío de puta madre”.

Exabrupto

“¡Arre carallo!”: pues como cuando sueltas un “¡joder!” en castellano viejo.

Extrañeza

“Pero… ¿qué carallo pasa?”: similar a ‘¿qué coño pasa?’

Ánimo

“¡Dale, carallo, dale!”: suele usarse mucho en competiciones deportivas de toda índole.

Diagnóstico técnico

“Voy andando, que tengo el coche escarallado”: es decir, estropeado.

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Caprichoso

“¡No me sale do carallo!: no me sale de salva sea la parte.

Fatalista

“Ten carallo a cousa”: poco más o menos, que ‘tiene bemoles la cosa’.

Agotamiento

“Estoy ata o carallo”: estoy hasta los mismísimos.

Distancia

“Está no quinto carallo”: que está muy lejos. En castellano se usa “está a tomar por el culo”, que suena bastante menos chusco.

Jocosidad

“Este hombre es un carallán”: que es un bromista, un guasón empedernido.

Impacto

“Ese parvo déuse un carallazo”: ese idiota se pegó un batacazo.

Duda

“¡Ay, carallo, esto como furrula!”: equivalente gallego a “ay, Dios mío, esto cómo funciona”.

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*Este artículo contiene caralladas, fotos y datos de Cultura EducativaDesmotivacionesO Faro de Fisterra y La Voz de Galicia.

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Tu tarjeta de crédito en el número Pi

Tu tarjeta de crédito en el número Pi

Como para prácticamente todo existe un día internacional, hoy es el turno para el número Pi. Se lo debemos al físico Larry Shaw, que lo propuso en 1988 en el Museo de Ciencia de San Francisco. La elección del día no es casual, haciendo coincidir mes y día (3.14) con el inicio de esta constante matemática. A partir de ahí, quienes sean amantes de las casualidades tienen un campo abierto: Albert Einstein nació el 14 de marzo de 1879 y Stephen Hawking murió el 14 de marzo de 2018.

3,14159265358979323846264338327950288419716939937510…, esto es, el número Pi, representa la relación entre la longitud de la circunferencia de un círculo y su diámetro; un valor que siempre es el mismo para cualquier círculo, independientemente de su tamaño. En realidad, tiene mucha más importancia de la que se le otorga, puesto que en el mundo de la ingeniería y la ciencia en general se utiliza para tareas tan dispares como la construcción de una tubería como del cálculo de las rutas aéreas en forma de arco para optimizar el vuelo en cuanto a trayecto y combustible.

No está del todo claro quién descubrió este número irracional, pero se estima que podrían haber sido los babilonios hace cerca de 4.000 años, si bien es cierto que fue el matemático gales William Jones el primero que utilizó el símbolo π (llamado Pilish) que ahora usamos para Pi hace más de 250 años y que se corresponde con la decimosexta letra griega, que es la primera letra de palabras griegas como ‘perímetro’. Los teóricos indican que mientras que los babilonios utilizaban la relación 25/8 (3,125) para Pi, los egipcios empleaban la de 256/81 (3,160).

Sería Aristóteles, hace unos 2.300 años, quien mostraría con más rigor cómo calcular el valor de Pi, algo que para su época fue innovador considerando que para un matemático de la época  en algo infinito era algo inconcebible.

Se dice que, dado que se trata de una sucesión de números interminable, Pi es capaz de contener los números del 0 al 9 en absolutamente todas las combinaciones posibles, lo que significaría que en algún lugar de su cadena numérica sin fin se encuentra desde nuestro número de teléfono a nuestra tarjeta de crédito o el código del cajero automático. Sería una suerte de Biblioteca de Babel, el cuento del gran Jorge Luis Borges en el que describía una biblioteca capaz de contener todos los libros posibles del mundo.

Hasta tal punto hay quien defiende esta teoría sin comprobar que aseguran que si convirtiéramos las novelas en números, asignando a cada letra el número de la posición que ocupa en el alfabeto, dentro de Pi encontraríamos El Quijote, por ejemplo. Si quiere hacer la prueba, al menos, en los 200 primeros millones de números, puede hacerlo en la web Pi Search.

Aunque el número puede calcularse con relativa facilidad con ayuda de un transportador de ángulos, no se fíen: el matemático británico William Shanks se hizo famoso por calcularlo manualmente hasta en 607 posiciones en el siglo XIX; falló: años más tarde se descubrió que el número en la posición 527 estaba equivocado, lo que hacía que el resto de sus cálculos fueran incorrectos por defecto. En la actualidad resulta más sencillo, de hecho, hace tres años, el suizo Peter Trueb utilizó hasta 24 discos duros y un programa informático para calcular más de 22 billones de dígitos de la constante matemática (sólo leerlo a un ritmo de una cifra por segundo nos llevaría cerca de 700.000 años). Algo menor es la cantidad que ostenta el récord Guinness de memorizar: hasta 70.000 decimales de Pi memorizó en 2015 Rajveer Meena, en India.

¿Realmente es necesario conocer tantos decimales? En realidad no y para muestra un botón: los ingenieros de la NASA sólo utilizan 15 decimales para calcular las trayectorias interplanetarias.

David Bollero

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