Facebook en su laberinto

Los valores y principios de la democracia y el Estado de derecho deben trascender al proceso de digitalización de la sociedad. En este nuevo marco tecnológico es esencial definir y entender las reglas del juego para aprovechar sus ventajas

Facebook en su laberinto
EULOGIA MERLE

Al hilo de la muy mediática y exhaustiva comparecencia de Mark Zuckerberg en el Congreso de Estados Unidos y, tras muchas reticencias, la de ayer en el Parlamento Europeo, es momento de esbozar un primer análisis de las consecuencias del escándalo Cambridge Analytica, no solo para Facebook sino para toda la industria de Internet.

 Al igual que Sigfrido, en El anillo delnibelungo, de Wagner, desconocía el miedo —y de ahí su fortaleza—, Facebook y el resto de la industria de Internet han desconocido hasta ahora determinados principios esenciales del mundo en que viven y muy especialmente algunos en los que se basan el Estado de derecho (rule of law)y nuestra economía de mercado.

Efectivamente, la industria de Internet ha vivido imbuida de un juvenil espíritu libertario en virtud del cual la regulación, las normas y los principios tradicionales de la economía y la vida social no iban con su mundo. Y esto no por malicia ni intención de vulnerar la ley, no: la razón fundamental de esta creencia en la arregulación del mundo digital remite a una convicción tan elemental como, aparentemente, ingenua: los principios, la responsabilidad de las empresas de Internet, la confianza depositada en ellas por sus usuarios, y la autorregulación son instrumentos suficientes que hacen obsoleta una regulación tradicional basada en la garantía normativa de una serie de principios (protección de la intimidad, transparencia o derechos de los consumidores) que estas nuevas empresas creían garantizar por sí mismas basándose en su reputación y altos estándares éticos. Estos mecanismos, además, se consideraban los únicos eficientes en un mundo de servicios y empresas globales a escala mundial basadas en la innovación permanente.

Baste un ejemplo de esta filosofía: desde la Revolución Francesa es privilegio de los Parlamentos, representantes de la soberanía, decidir qué contenidos son accesibles o no por los ciudadanos; solo la ley puede limitar la libertad de expresión y la de acceso a ella.

Pues bien, en los últimos años han sido determinadas plataformas digitales (muy destacadamente la del señor Zuckerberg) las que han decidido qué imágenes o qué contenidos eran accesibles o no, y no porque lo dijeran los jueces sino por su sentido común, ciudadanía corporativa y la sofisticación de sus algoritmos. Y no son solo empresas privadas cuando detentan una posición de monopolio en determinados plataformas de uso común. Esto es una anomalía democrática que, sorprendentemente, ha escandalizado muy poco.

El caso de Cambridge Analytica ha supuesto un brusco aterrizaje en la realidad, el descubrimiento por Sigfrido/Zuckerberg del miedo wagneriano. El mundo de Internet está empezando a entender, y si no acaba de hacerlo tendrá muchos problemas, que el conjunto de reglas que llamamos Estado de derecho va más allá de ser una antigualla decimonónica y constituyen la base fundamental de nuestra convivencia democrática. Y ello no por la maraña regulatoria que a veces implican, sino porque reflejan valores de nuestra convivencia y los principios que la rigen y ello es totalmente válido en este mundo del siglo XXI inmerso en un proceso de digitalización acelerado que afecta a todos los sectores de la economía y la sociedad (¡que pregunten a los taxistas!).

La protección de la intimidad de las personas, la libre competencia y la igualdad de los competidores en la economía, la protección de los usuarios y consumidores, la paridad en la carga fiscal o la transparencia son principios fundacionales de nuestro sistema político y económico y entenderlo cuanto antes será esencial para estos nuevos agentes económicos si no quieren verse inundados por una ola de regulación que los acabe limitando, privándoles del espíritu innovador y dinamismo que han sido su mayor aportación a la economía y la sociedad. Esto sería una tragedia para ellos pero también para todos.

Urge pues hacer una reflexión sobre cómo los valores y principios de nuestra democracia, nuestra economía de mercado, cómo el Estado de derecho debe trascender y sobrevivir al proceso de digitalización de la economía y la sociedad. No se trata de aumentar el grado de regulaciones (como algunos defienden). Se trata de entender, todos, gobiernos, reguladores, nuevas empresas digitales y empresas tradicionales, cuáles son las reglas del juego de esta nueva partida, de este nuevo Great Game, reafirmando los valores que han hecho fuertes al Estado de derecho y la economía de mercado y evitando la sobrerregulación. Urge definir el Level Playing Field.

Y en este escenario, Europa tiene un papel que jugar más relevante de lo que muchos creen. El GDPR (Reglamento General de Protección de Datos, que entra obligatoriamente en vigor el 25 de mayo) puede ser un buen ejemplo: preservar determinados principios, en este caso la protección de los datos de los ciudadanos en el espacio digital, puede generar un estándar universal de facto en un mundo en que el exceso de regulación es contraproducente, pero en el que una regulación basada en valores y principios debe promover la continuidad de los pilares del Estado y la sociedad democrática en el siglo XXI y la garantía de los derechos de los ciudadanos. Así lo han debido entender Zuckerberg y Facebook, una vez descubierto el miedo, al inundar la prensa (de papel, por supuesto) de anuncios dando, a toda página, la bienvenida a esta nueva regulación europea.

El GDPR es, junto a la ofensiva fiscal contra Apple y el procedimiento de competencia abierto a Google sobre su sistema operativo, el intento más serio por parte europea de influir en la determinación de las reglas del juego digital y tiene la virtud de poner en duda ese eslogan que, acuñado por los medios de comunicación anglosajones, tanto éxito ha tenido en los últimos años de que los datos son el nuevo petróleo; los datos son mucho más que petróleo, forman parte del patrimonio íntimo de las personas y como tal, más allá de su valor económico, deben ser protegidos. Y no se diga que proteger la intimidad y los datos de los ciudadanos es un freno al progreso. El asunto Facebook demuestra que en esto, como en tantas otras cosas en el mundo digital, es necesario un equilibrio entre los derechos y los negocios.

Estamos, pues, en un momento crucial del desarrollo de la economía y la sociedad digital. Definir y entender las reglas del juego comunes para todos será esencial si queremos aprovechar sus ventajas y evitar las inquietantes distopías de un mundo dominado por un limitado grupo de monopolios de nueva generación. La comparecencia de Zuckerberg con sus consecuencias y la entrada en vigor del GPRD suponen un inesperado buen precedente en este camino. Veremos…

Carlos López Blanco, abogado del Estado en excedencia, ha sido director de Asuntos Públicos de Telefónica y secretario de Estado de Telecomunicaciones. Actualmente es presidente de la Comisión de Digitalización de la Cámara de Comercio de España.

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El efecto red y por qué te cuesta tanto dejar Facebook

¿Pero cómo te vas a ir si está todo el mundo ahí?

 

El efecto red y por qué te cuesta tanto dejar Facebook
Otto Steininger / Getty Images

La indignación con el asunto de Facebook y el mal uso de datos personales ha sido un poco como la famosa escena de Casablanca en la que el jefe de policía cierra el café de Humphrey Bogart. El hombre grita: “¡Qué escándalo! ¡He descubierto que aquí se juega!”, mientras un camarero le entrega los beneficios de sus apuestas. Es decir, puede que el asunto de Cambridge Analytica nos haya indignado, pero tampoco podemos decir que nos haya sorprendido.

Seguro que mucha gente se ha borrado su cuenta tras la campaña #deleteFacebook (borra Facebook), a la que incluso se sumaron personalidades como Jim Carrey y Elon Musk. Y, por supuesto, hay gente que ni siquiera llegó jamás a abrirse cuenta en esta red social. Pero la mayoría de usuarios y empresas hemos seguido en Facebook como si nada, como mucho revisando la configuración de permisos y de privacidad. Y estamos hablando de más de 2.000 millones de usuarios activos al mes.

Uno de los motivos por los que seguimos usando esta red social (entre otros) es el llamado efecto red, del que ya hablamos, precisamente, en un artículo sobre todas las alternativas a Facebook que habían fracasado.

El efecto red consiste en que un producto o servicio es más valioso cuantas más personas lo usan. La primera vez que se mencionó el concepto, aunque no con ese nombre, fue en 1908, en un informe de Theodore Vail, presidente de la compañía telefónica Bell, en el que exponía que era más difícil competir con la empresa cuantos más clientes tuviera en una región.

De hecho, el teléfono es un buen ejemplo de este efecto: no te sirve para nada si tú eres la única persona que lo tiene. Pero si todos tus amigos y familiares tienen uno, te resultará difícil prescindir de él.

El efecto red crea barreras: por un lado, a los competidores les cuesta entrar en el mercado, ya que les resulta muy difícil atraer a los suficientes usuarios como para que su alternativa resulte atractiva; por otro, a los usuarios nos cuesta dejar de usar ese servicio.

Ver imagen en Twitter

La red social que tiene todo el mundo

Facebook se ha convertido en la red social por antonomasia. Instagram sirve para compartir fotos o historias, en Twitter nos quejamos de los políticos, en Linkedin buscamos trabajo… Y en Facebook lo podemos hacer todo: no solo es que estén nuestros amigos, también están los medios que seguimos, la competencia de nuestra empresa, los bares y restaurantes a los que vamos, los amigos a los que enviamos mensajes… Y eso por no hablar de las webs y aplicaciones que usamos accediendo con nuestra cuenta de Facebook. Todos estos usos van haciendo que cada vez sea más difícil prescindir de esta red social.

Es más, aunque dejemos de usarla, es muy probable que continuemos utilizando aplicaciones que pertenecen a la misma compañía, como Instagram o WhatsApp. De hecho, es probable que resulte aún más difícil prescindir de esta app de mensajería que de Facebook, por mucho que nos parezca un incordio o que prefiramos otras aplicaciones similares. Prueba a ser el único de tus amigos sin WhatsApp e intenta quedar con ellos.

¿Cuánto ha gustado tu último post?

Obviamente, el efecto red no es el único motivo por el que seguimos en Facebook. Pero nos ayuda a entenderlo. Igual que el hecho de que Facebook esté diseñado para que pasemos el máximo tiempo posible en la red, con independencia de si realmente nos lo pasamos bien o no.

Las redes sociales nos proporcionan sobre todo tres cosas, como explica este artículo de Wired:

– Conexión: como ya hemos visto, en Facebook tenemos a nuestros amigos, clientes, socios, empresas con las que trabajamos…

– Contenidos: en Facebook hay vídeos, noticias, fotos de amigos, juegos… Toda clase de contenidos que hacen que pasemos tiempo en esta red social (y volvamos a ella).

– Prestigio social: en forma de números. Como explica Adam Alter en su libro Irresistible, si nos fijamos en Facebook hay multitud de indicadores que muestran lo mucho (o poco) que está gustando un contenido. Hay reacciones, comentarios, compartidos…

Este último punto es especialmente importante, según este profesor de psicología y marketing, que recuerda que somos seres sociales y nos importa lo que los demás piensen de nosotros. Nos creemos fácilmente lo bueno, pero nos afecta más lo malo. Y todos esos números nos permiten medir si gustamos o no, por muy artificiales que sepamos que sean.

¿Pero nos seguimos fiando de Facebook?

El efecto red no quiere decir que no podamos renunciar a Facebook o que esta red social vaya a resultar eterna. Este efecto también puede ser negativo: si demasiada gente usa un servicio, puede generar demasiado ruido como para que siga siendo útil. El ejemplo clásico son las autopistas: hace falta que las necesiten otros conductores para que se construyan, pero si las usa demasiada gente, obtenemos atascos y polución.

Además de eso, hay que tener en cuenta el factor de la confianza, que en el caso de Facebook se ha visto muy cuestionada al menos desde las elecciones estadounidenses de 2016. Si nos resulta difícil confiar en Facebook, también nos costará cada vez más pinchar en el icono de esta red mientras esperamos al autobús. Aunque haya 2.000 millones de personas esperándonos.

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El estado del planeta

Las nuevas tecnologías nos han llevado a un cambio de civilización de efectos y consecuencias inesperados, sobre el que existen más incógnitas que respuestas

El estado del planeta
EVA VÁZQUEZ

Desde hace un par de décadas el relato sobre los efectos sociales de las nuevas tecnologías ocupa cada vez mayor espacio en la atención de las gentes. Asistimos con frecuencia a discusiones sobre el carácter neutral o no de las herramientas digitales, pero ninguna tecnología puede ser considerada inocente respecto a las consecuencias de su utilización. La confusión generada en torno a las fake news (noticias falsas) y la invasión de las redes por parte de poderes muchas veces ocultos que tratan de manipular el comportamiento del electorado en las democracias son solo aspectos parciales del trastorno creciente en los comportamientos individuales y sociales de los ciudadanos. Dicho trastorno es instigado por los mismos usuarios que lo disfrutan o lo padecen, y no responde a plan deliberado alguno, por lo que los intentos de regular el uso de las redes mediante la apelación a sistemas legales y represivos del antiguo régimen está condenado las más de las veces al fracaso. De cualquier manera, autoridades políticas y religiosas de todo el mundo comienzan a expresar públicamente su preocupación ante estos fenómenos, que tratan tanto de controlar como de corregir, y su incidencia en la vida de las gentes es a la vez causa de admiración y temor indiscriminados entre los ciudadanos de a pie.

 Esta misma semana he tenido oportunidad de asistir en Roma a dos foros internacionales de una forma u otra relacionados con este debate. El Vaticano, a través de su programa Humanity 2.0 congregó en la sede del Cementerio Teutónico de la ciudad papal a un centenar de personas para reflexionar entre otras cosas sobre la manipulación informativa en la Red. Humanity 2.0 es un empeño que responde a la inquietud del papa Francisco por entender y defender el mundo de los valores y derechos humanos en el entorno de la sociedad digital. El liderazgo de dicha meditación colectiva corre a cargo de un sacerdote americano, Philip Larrey, que se ha preocupado de llevarlo a cabo en colaboración con las mayores empresas tecnológicas del mundo. Veinticuatro horas después de dicho encuentro, nuestro periódico presentaba en la sede de la FAO una colección de libros que ha lanzado en colaboración con la mencionada agencia de Naciones Unidas sobre el estado del planeta. El mensaje que se desprende de ambos eventos es coincidente y fácil de resumir: nos encontramos ante un cambio de civilización de efectos y consecuencias inesperados, sobre el que existen más incógnitas que respuestas. Las nuevas tecnologías son una oportunidad de desarrollo y crecimiento casi universal. Rebajan las barreras de entrada en muchos sectores productivos y de distribución, popularizan el conocimiento y mejoran la igualdad de oportunidades. En una palabra, representan un impulso democrático y un beneficio para la generalidad de los ciudadanos. Pero también transforman profundamente, y no siempre para bien, los hábitos y estructuras sociales que han configurado el mundo, al menos el mundo occidental, durante más de doscientos años. La crisis de los medios de información es por eso comparable a la de la democracia representativa, de la que aquellos han sido un pilar tradicional; la superpoblación del planeta potenciará los movimientos migratorios de manera infinitamente superior a lo que actualmente sucede, lo que alentará a su vez un aumento de los partidarios de la extrema derecha que anclan su ideología en la xenofobia y el nacionalismo. René Castro-Salazar, antiguo ministro de Asuntos Exteriores y de Política Ambiental de Costa Rica y actual subdirector general de la FAO, describió durante el encuentro romano lo que en apenas unas décadas va a suceder: diez mil millones de habitantes en el mundo precisarán para subsistir de un aumento de la inversión en bienes alimentarios de más del cincuenta por ciento actual. Podemos quizás prepararnos para hacer frente a ese desafío pero para mayor dificultad nos veremos obligados a vencerlo a la vez que se reducen las emisiones de CO², principales causantes del cambio climático, si aspiramos a sobrevivir.

Paralelamente al aumento de población, el progreso de la robótica y la inteligencia artificial provocarán en los países industrializados un desempleo masivo equiparable, aunque de dimensiones mucho mayores, a los efectos de la implantación del maquinismo durante la revolución industrial. A José María Álvarez Pallete, presidente de Telefónica, debo el compartir esta reflexión con la evocación del conflicto de las selfactinas(*) en las hilanderías catalanas, que dio origen a la revolución de 1854 y contribuyó al estreno del llamado bienio progresista. La rebelión de los luditas contra el uso de las máquinas llevó al cadalso, sobre todo en Reino Unido, a quienes osaban destruir los nuevos ingenios que sustituían la mano del hombre; en el caso español fue también el origen de la primera huelga general que hubo en nuestro país y de la organización de algo parecido al primer sindicato de trabajadores. Permitió en definitiva organizarse al movimiento obrero. Los efectos sobre el empleo de la robotización amenazan con ser mucho más devastadores que los de la extensión del maquinismo y provocarán un terremoto en las cifras del paro que obligará probablemente al establecimiento de una renta básica universal a fin de aminorar la protesta de los excluidos. El estado del planeta es en definitiva el de sus habitantes, y es obligación de los Gobiernos y los líderes sociales intentar dar respuesta a desafíos que afectan en muchos casos a la supervivencia de la especie.

En el entretanto las cada vez menos numerosas democracias de este mundo deben seguir preocupándose por la crisis de representación que padecen y por la pérdida de credibilidad de los medios de comunicación, acusados, por desgracia muchas veces con motivo, de ser lacayos de los poderes constituidos. Una conocida presentadora de noticias americana explicó en el encuentro del Vaticano cómo los locutores de determinada cadena de televisión se han visto recientemente obligados por la propiedad a leer todos y cada uno de ellos en sus respectivos programas un comunicado directamente redactado por los servicios de prensa de la Casa Blanca (léase por el presidente Trump) sin ninguna apostilla crítica. “Eso es censura”, denunció. Peor que censura es dirigismo, pensé yo, parecido al que sufríamos en tiempos de la dictadura cuando se obligaba a los periódicos y a las radios a referirse a la epidemia de cólera que en los años sesenta estalló en España como “una mayor incidencia de diarreas estivales”.

La defensa de la independencia de los medios, y el depósito de las responsabilidades y deberes que conlleva en manos de los periodistas, es por lo mismo crucial para mejorar el estado del planeta. La invasión de poderes públicos de todas las ideologías y pelajes en el ejercicio de la libertad de información, so pretexto de regular los excesos cometidos, supone una amenaza añadida. Dichos agentes tienen la obligación (no fácil de cumplir en un entorno democrático) de proteger la privacidad de los datos de los usuarios de Internet pero no es su misión determinar o no lo que sean posverdades o noticias falsas. Las iniciativas al respecto de la Unión Europea y de algunos Gobiernos nacionales, incluido el nuestro, merecen por eso toda clase de desconfianzas.

(*) Así denominaban los trabajadores del textil a las primeras máquinas de hilar automatizadas, del inglés self-acting machines.

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Perfiles

La ventana indiscreta son ahora algoritmos que dibujan la ruta de nuestros movimientos, nuestras fotos y ocurrencias

Perfiles
NORBERTO DUARTE AFP PHOTO

 

Nuestros ingenuos perfiles de usuario se difuminaron en una amalgama inmensa de datos personales. Se hicieron sustancia analítica, se transformaron en cifras de cálculos maquiavélicos que sirvieron para diseñar campañas tóxicas de desinformación. Pensábamos que las redes sociales eran un patio de recreo virtual donde podíamos reunir a todos nuestros amigos. Que el muro de Facebook era como aquel trozo de corcho en la pared donde, antes de que existiera Internet, poníamos las fotos de nuestra vida. Éramos adolescentes y el único muro que teníamos eran las paredes de nuestro dormitorio y allí colgábamos pósteres de grupos musicales o el cartel de alguna película que nos había encantado.

Cuando apareció el Facebook pensamos que nuestra vida solo le podría interesar a nuestros amigos. En tiempos de globalización y de grandes distancias, las opciones que nos ofrecían las redes sociales eran simples y no costaba nada hacerse usuario. Llegamos a las redes con la misma alegría que paseamos por las calles de nuestro barrio y nos paramos a mirar los escaparates de las tiendas. Nunca quisimos creer que alguien desde alguna ventana observaba diligente nuestros pasos. Que teníamos un vecino espía que analizaba las rutinas de nuestros gestos en el mercado. Que escuchaba nuestras conversaciones entre amigos en la plaza. Nuestra simple vida daba sentido a sus visionarios planes y acumulaba de forma obsesiva todo tipo de información. La suma de todas las vidas sencillas que anotaba se podía alterar con propaganda, con desinformación, con bulos, con mentiras. El barrio se volvería asustadizo pegando carteles con falsas noticias de crímenes o robos. Éramos crédulos y nos sentíamos libres, por lo que era fácil timarnos, usarnos, insertar en nosotros la semilla de las emociones políticas impulsivas y rotundamente apasionadas.

La ventana indiscreta son ahora algoritmos que dibujan la ruta de nuestros movimientos, nuestras fotos y ocurrencias, y le dan un sentido oblicuo a las cosas que hacemos. Con los perfiles de nuestros amigos, conocidos y seguidores han establecido curiosas y poderosas claves. Sobre nuestro muro deslizan anuncios y noticias que no buscamos, imágenes sutiles que distorsionan nuestros encuentros virtuales. Nos agrupan en algoritmos que nos definen y saben que nos sentimos solos y somos adictos a esos amigos que nos cuentan su vida y nos sonríen con emojis cariñosos. Años atrás regalamos nuestros datos con la bondad alegre del que pensaba que estar en las redes era como vivir en un gran barrio de gente parlanchina.

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Facebook

Este escándalo no parece más que una prueba concreta de algo que era obvio: nos miran, nos espían, nos evalúan, y lo hacen con nuestra colaboración

facebook
Ese es el negocio del futuro: vender privacidad a quien pueda pagar por ella. NORBERTO DUARTE AFP

 

Puedo equivocarme, pero no veo más que hipocresía en el escándalo que se generó en torno a Facebook y Cambridge Analytica por la utilización de datos personales de 50 millones de fulanos para diseñar, entre otras cosas, estrategias de atracción de votos. Medio planeta sube a la web, desde hace tiempo, datos de su intimidad más dura y deja allí un largo rastro de pornografía cotidiana. Se puede elegir creer en cualquier cosa —en Buda o en la Bolsa de Nueva York— pero, más que fe, hay que tener candidez o ceguera para mantenerse en la ilusión de que ese material jamás será utilizado por nadie. Aun quienes no usamos redes sociales dejamos rastros en la web que vuelven bajo la forma de sospechosas publicidades dirigidas y ofertas de hoteles en Wichita sólo por hacer una búsqueda en Google Maps. Creer que podemos volcar en las redes un vómito aluvional de información privada, y que nadie hará nada con eso en su beneficio, es como creer que se puede criar a una pantera en un armario. Una red social que se alimenta como un vampiro de la intimidad de las personas no es una organización filantrópica, y este escándalo no parece más que una prueba concreta de algo que era obvio: nos miran, nos espían, nos evalúan, y lo hacen con nuestra colaboración —porque les proveemos los datos—, pero elegimos pensar que no lo hacen con nuestra anuencia. Leí en este periódico que el fundador de Facebook, Mark Zuckerberg, comentó, cuando aún estaba en Harvard, que le sorprendía “que la gente compartiese con él tantos datos con sólo poner un formulario y pedir que lo rellenase para entrar en su invento”. Recordé entonces un tuit que encontré hace tiempo: “Están reventando la intimidad para que se vuelva un lujo y haya que comprarla”. Ese es el negocio del futuro: vender privacidad a quien pueda pagar por ella. Serán muy pocos.

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Zuckerberg: el gran hermano

Facebook personifica la pesadilla de Orwell en ‘1984’ y también el sueño inalcanzable de Goebbels y Stalin

Mark Zuckerberg.
Mark Zuckerberg. ALBERT GEA REUTERS / CORDON PRESS

 

La crisis de Facebook por el escándalo Cambridge Analytica es la primera gran crisis del nuevo mundo y plantea, ante todo, el hundimiento de la política tal y como la hemos conocido. La red social, que tiene casi 2.000 millones de usuarios en todo el planeta, consiguió hace mucho tiempo una extraña unanimidad. Todos los Gobiernos, de izquierda y de derecha, de Oriente y Occidente, vieron con preocupación su creciente influencia por la manipulación de las masas y la unificación del pensamiento que suponía Facebook.

Millones de personas volcando en su muro sus datos y revelando sus gustos y creencias a base de “likes” han convertido el invento de Mark Zuckenberg en el mejor instrumento de manipulación colectivo de la Historia. El poder siempre se ha basado en el manejo de los miedos, las creencias, los sentimientos de culpa, las aspiraciones de superación y la búsqueda de la felicidad de los seres humanos. El Vaticano, junto a algunos Estados, dio las primeras muestras del poder organizado a partir de la fe y del conocimiento de la intimidad personal, un monopolio ejercido por portavoces del pensamiento divino antes de que Gutenberg inventara la imprenta.

Facebook creó un universo en el que, por primera vez, uno no solamente existía, era libre y, además, estaba protegido para hablar de lo que quería y de quién quería, sino que, sobre todo, construía en esa relación de intimidad con sus usuarios una puerta de entrada para manipular sus creencias. Cambridge Analytica accedió de forma irregular a esos datos y personalidades de los internautas para idear formas de manipulación e influencia política. De todos los Gobiernos del mundo, el que más se resistió al fenómeno Facebook, bloqueándolo hasta donde es posible en el mundo moderno porque para eso es una dictadura, fue China. Los chinos fueron los primeros que cercaron la gran red social, mientras construían una alternativa. Después, los europeos encontraron en las diferentes trampas y usos diversos de las ventajas fiscales la razón para examinar su comportamiento y el de otros gigantes tecnológicos.

Pero, al final, Cambridge Analytica o los impuestos son solo el iceberg del verdadero problema: Facebook personifica la pesadilla de Orwell en 1984 y también el sueño inalcanzable de Goebbels y Stalin. ¿Hasta qué punto la red social no cede también a la tentación de explotar la enorme base de datos sobre sus usuarios para orientarles política y socialmente? Zuckenberg tiene una responsabilidad histórica – aunque no es el único- que afecta a la construcción de este mundo tan extraño, en el que vamos cambiando conocimiento por sabiduría.

En la era de Internet, de Google y de Apple, tenemos, en cierto sentido, más conocimiento que nunca. Pero la supresión del tiempo y de los procesos de maduración originan también sociedades cada vez menos sabias, aunque con mayor potencial para recolectar datos. En cualquier caso, el mundo moderno- construido por gente que, salvo Steve Jobs, nunca tuvo un modelo de actuación política y social- concentra lo más sagrado que tenemos los seres humanos, nuestra necesidad de comunicación y de afecto, en muy pocas manos.

Unas manos cuyo alcance no se limita a desarrollar algoritmos que han destruido el modelo de negocio de los medios de comunicación, sino que, teóricamente, defienden nuestros sueños más profundos y necesidades más esenciales de interacción. En ese sentido, Facebook ha sido el principal elemento para romper con el principio jeffersoniano aún vivo – agonizando, pero vivo- que reza que más vale prensa sin Gobierno que Gobierno sin prensa.

La dictadura de Facebook sobre la información fue algo muy sencillo de conseguir. Durante años, los medios tradicionales invirtieron miles de millones en una reconversión digital que inexorablemente pasaba, según ciertos gurús para los que no había otros escenarios posibles, por regalar sus contenidos en Internet. Decían que, cuando se obtuviese una audiencia suficiente, la publicidad devolvería la rentabilidad económica a la prensa como en los viejos tiempos.

En teoría, eso funcionaba. En la práctica, bastaba un cambio en el algoritmo de Facebook – y una oferta que no se podía rechazar- para que al final los medios de comunicación corrieran con todos los riesgos, pusieran sus marcas y financiaran su expansión. Después tendrían que pagar a la red social por el tránsito, la difusión y el éxito, permitiendo que se quedara con un negocio que no le pertenecía.

Es verdad que otras plataformas digitales aplican la misma fórmula. Al final, la esencia más relevante es que esa concentración del poder, no sólo la administración de los datos de millones de personas, sino la capacidad de manipular y seleccionar qué es lo primero que tenemos que procesar, ha creado un problema de imposible solución. ¿Quién gobierna hoy? ¿Facebook? ¿ O los Gobiernos constituidos? La indefensión de los poderes públicos- salvo en cuestiones de Defensa y ciberguerra- frente a estas nuevas realidades es lo que pone de manifiesto la crisis de Facebook. No será la única, pero sí es suficiente para redefinir el poder moderno.

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¿Cuántas veces miras el móvil al día?

Según Apple, desbloqueamos nuestro iPhone 80 veces al día

Smarthpones, smartphones por todas partes.

Smarthpones, smartphones por todas partes.
JAIME RUBIO HANCOCK

Si tienes un iPhone, lo desbloqueas una media 80 de veces cada día, según datos de la propia AppleOtro estudio anterior apuntaba que los usuarios de Android lo usan en 110 ocasiones diarias.

Esas 80 veces suponen unas cinco cada hora, contando con que pasamos despiertos unas 16. Es decir, una vez cada 12 minutos. Y eso sin contar los momentos en los que solo le echamos un vistazo al reloj.

En cuanto al tiempo que esto supone, un estudio de 2015 recogía que los estadounidenses pasan 4,7 horas diarias mirando el móvil. Según datos de Facebook, son casi cuatro horas al día (46 minutos en la propia red social).

Me parece un montón, así que me he bajado una app (Checky) que cuenta las veces que desbloqueo el teléfono y otra (Moment) que además controla cuánto tiempo paso mirando la pantalla.

La buena noticia: estoy por debajo de la media. La mala: aun así desbloqueo el móvil una media de 43 veces cada día, pasando con él 109 minutos (más de una hora y tres cuartos). Miro el el teléfono 2,6 veces cada hora (una vez cada 23 minutos) y cada una de esas veces le dedico algo menos de tres minutos.

Moments muestra la barra de tiempo en rojo. Cada día. Si pasara menos de una hora, saldría en ámbar, y si no excediera los 30 minutos, se quedaría en verde.

¿Cuántas veces miras el móvil al día?

Solo 27 minutos, pero aún no era ni mediodía (pantallazo de ‘Moments’)

Nada en contra de los móviles

No soy un tecnófobo. Los vídeos virales sobre lo mucho que dependemos del móvil me dejan bastante frío, por ejemplo. El teléfono es útil (además de divertido): uso los mapas para no perderme, utilizo Whatsapp para mantener el contacto con familia y amigos que viven a cientos (o miles) de kilómetros, he zanjado decenas de discusiones estériles gracias a consultas rápidas en la Wikipedia y leo artículos que me envían por Slack. Incluso hablo por teléfono: en los últimos 11 días, 10 veces. Lo evito todo lo que puedo: para mí esto es una racha muy mala.

Tampoco tengo problemas con la parte supuestamente antisocial de los móviles, una queja que ni es nueva ni es exclusiva de los teléfonos: “En el siglo XVII, los lectores de periódicos en las cafeterías eran considerados antisociales que se complacían en un silencio hosco”, escribe Michael Harris en The End of Absence.¿Qué se supone que tengo que hacer mientras espero el autobús? ¿Ponerme a hablar con un desconocido?

Pero es cierto que todo esto suena a excusa y que una gran parte del tiempo no utilizo el móvil para nada que realmente necesite hacer. Salto de una red social a otra, pasando de una bronca ridícula en Twitter a un vídeo aburridísimo en Snapchat.

El cerebro en pausa

También podría decir que se trata de minutos sueltos durante los anuncios o mientras espero que me sirvan el café. No es como si pudiera juntar todo ese tiempo en una sola vez y aprovecharlo para escribir una novela o para aprender a tocar el piano.

Pero, eso sí, este tiempo sin hacer nada, ni siquiera mirar el teléfono, es importante. Y, por culpa del móvil (entre otras cosas), lo estamos perdiendo. Como recordaba Scientific American, cuando estamos descansando y sin hacer (en apariencia) nada, el cerebro sigue trabajando, reelaborando y buscando conexiones entre ideas.

Estos ratos son esenciales, ya que nos sirven para dar sentido a lo que hemos aprendido recientemente, para replantearnos problemas, para repasar (y ensayar) diálogos y escenas, para recordar decepciones, para reafirmar deseos y objetivos, y, en definitiva, para “continuar escribiendo en primera persona la narración de nuestra vida”.

El móvil es útil, claro. Pero también necesitamos momentos en los que nada llame nuestra atención. Necesitamos tiempo para aburrirnos.

¿Cuántas veces miras el móvil al día?
Un popular meme de ‘Cómo conocí a vuestra madre’

Por qué nos cuesta tanto dejar de mirar el teléfono

La pantalla del móvil se llena de notificaciones y alertas que nos proporcionan recompensas inmediatas, ya sean favs, retuits o mensajes. “Alcanzar un objetivo o anticipar una recompensa en forma de nuevo contenido tras completar una tarea puede excitar las neuronas del área tegmental ventral del mesencéfalo, lo que hace que se libere dopamina (un neurotransmisor) en los centros del placer del cerebro”, publicaba The Atlantic.

Es decir, miramos el móvil constantemente en busca de gratificación inmediata. Como comenta AsapScience en un vídeo sobre este círculo vicioso: “Suena un poco como una droga, ¿verdad?”. De hecho, The Atlantic añade que la liberación de dopamina es “la base de las adicciones a la nicotina, la cocaína y el juego”.

Sin ser tan dramáticos, es cierto que nos gusta contar con estímulos novedosos constantemente porque, como escribe Lars Svendsen en Filosofía del tedio, a menudo nos negamos a abandonar el mundo mágico de la infancia, “lleno de cosas nuevas y emocionantes. Quedamos suspendidos en un estadio intermedio entre la niñez y la madurez, en una pubertad sin fin”.

Una forma (parcial) de enfrentarse a esta rutina es desactivar todas las notificaciones. Tiene una desventaja, claro: cada vez que desbloqueo el móvil, el paseo cotidiano por las apps es más largo, ya que acabo mirando todas las redes y el correo, por si hay alguna novedad.

Pero al menos el teléfono no me molesta en el bolsillo. Ya casi no me vibra la pierna ni de verdad ni porque me lo haya imaginado. Y es que lo peor de las notificaciones es que interrumpen incluso aunque decidamos ignorarlas. Como recuerda Douglas Rushkoff en Present Shock, los avisos del móvil nos “arrancan del momento íntimo por el mero hecho de tener que tomar una decisión”. Tenemos que optar por sacar el teléfono del bolsillo o dejarlo allí.

El equilibrio es imposible

Al final, lo importante es la moderación. Es lo que siempre se dice. Todo en su justa medida. Una dieta equilibrada. Una o dos copas de vino, pero no la botella entera. Un poco de tele, pero no cuatro horas. Un poco de dinero, pero no diez o doce millones (esto último no se dice tanto).

Pero también es lo más difícil, claro. Ni siquiera resulta sencillo saber qué es un uso moderado.

A la mayoría, por ejemplo, nos parece fatal que alguien saque el teléfono mientras está con más gente. Al 82% de los estadounidenses, para ser exactos y según el centro de estudios Pew Research. Aun así, el 89% lo hace. No hace falta ser duros: a menudo es para compartir una foto de la velada (45%) o para buscar información que podría interesarle al grupo (38%).

Recuerdo mi último viaje sin móvil: fue en el verano de 2003. Me fui una semana a Berlín y dejé el teléfono en Barcelona porque para qué lo iba a necesitar. Mi familia tenía el teléfono del hotel, por si había alguna emergencia (que no la hubo).

Ahora no solo me lo llevo a todas partes, es que me siento incómodo si me lo he dejado en otra habitación. No soy el único, ni mucho menos: según datos de Telefónica, el 90% de los los españoles con smartphone no se aleja de sus teléfonos más de un metro en todo el día y el 72% no lo apaga para dormir. Lo cual tiene sentido porque a menudo se usa de despertador. Hablando de despertador, el 80% comprueba sus notificaciones nada más levantarse, imagino que para comenzar el día con un buen chute de dopamina. ¿Qué sería lo moderado? ¿Esperar una hora? ¿Dos?

Una forma de buscar ese equilibrio puede ser usar estas apps que permiten monitorizar el uso del móvil. En parte, su objetivo es similar al de las aplicaciones que buscan controlar tu actividad física: si ves progreso (y además lo compartes), te verás más motivado a mejorar. Moments se vende así y, de hecho, tiene opciones (de pago) que permiten poner límite al tiempo dedicado al teléfono.

Evidentemente, este tipo de aplicaciones tiene sus problemas: Moments me dice cuánto tiempo uso el móvil, pero no si ese tiempo lo empleo cotilleando fotos ajenas en Facebook o, en cambio, leyendo un libro porque he olvidado mi Kindle en casa. Y no es lo mismo.

Es cierto que al principio me daba bastante apuro ver cómo la barra llegaba al rojo e intentaba resistir la tentación de malgastar mi vida comprobando si me había llegado más spam. Pero la app pasó en seguida a formar parte de mi paseo por el móvil: entraba para ver cuántas veces lo había desbloqueado y cuánto tiempo llevaba acumulado, con lo que contribuía a que mirara el móvil más a menudo o, al menos, durante más tiempo. Al final, ya olvidé que tenía instalada la aplicación: solo he mirado los datos de los últimos dos o tres días para escribir el artículo.

Eso sí, estas apps consumen mucha batería. Así que al final contribuyen a que uses menos el teléfono porque, en fin, se apaga.

También es verdad que no me puse objetivos. Podría probar un límite. Un límite moderado. Una hora, por ejemplo. Y a partir de entonces, utilizarlo solo en caso de emergencia. Pero emergencia de verdad, de las de llamar a los bomberos porque estoy en llamas.

Sin embargo, lo cierto es que prefiero desinstalarme esta app y disfrutar tranquilo de mis pequeñas dosis de dopamina. Todavía no es un problema. Solo lo desbloqueo 43 veces. Hasta 80 hay margen. Ya lo dejaré cuando esté preparado.

https://verne.elpais.com/verne

“La ‘deep web’ es la mayor amenaza que ha tenido la prohibición de las drogas en toda su historia”

Iñaki Berazaluce

“La ‘deep web’ es la mayor amenaza que ha tenido la prohibición de las drogas en toda su historia”

“La ‘deep web’ es la mayor amenaza que ha tenido la prohibición de las drogas en toda su historia”

En este preciso instante miles de cartas con pequeñas cantidades de droga están siendo repartidas diligentemente por los carteros de Correos, colaborador involuntario en el menudeo de estupefacientes en los mercados de la darknet. Se calcula que cada año se mueven por esta vía 16,5 toneladas de droga por valor de 182 millones de euros, lo que no deja de ser el chocolate del loro si lo comparamos con los entre 420.000 y 652.000 millones de dólares que se estimaque mueve el narcotráfico en todo el mundo.

El proceso de comprar drogas en uno de los mercados de la darknet es algo engorroso, pero tiene grandes ventajas respecto a hacerlo en la calle: mejor calidad, menor precio y la imbatible comodidad de la entrega a domicilio por el cartero, que en nuestro caso llamó dos veces. Para escribir este reportaje hicimos una compra de un gramo de 2CB -una de las mejores obras químicas de Alexander Shulgin– a un vendedor de Holanda a través de Wall Street Market, uno de los mercados mejor provistos accesibles a través de TOR, el navegador que permite la navegación anónima en internet y puerta de entrada habitual a la llamada “web oscura”.

¿Qué se vende en la deep web? En esencia, drogas. Fuente:EMCDDA.

“La ‘deep web’ es la mayor amenaza que ha tenido la prohibición de las drogas en toda su historia”

Lo de enviar drogas por correo es una práctica muy anterior a la darknet e incluso a la misma internet, según me cuenta el periodista Igor Domsac, especialista en psicotrópicos y criptomonedas: “Antes incluso de que naciera Internet ya eran famosas las cartas con “regalitos” procedentes de países productores, como Holanda o Colombia. No es nada nuevo. Otra cosa es que lo reconozcan, pues ellos normalmente desconocen el contenido de los envíos”. Efectivamente, tal y como me confirman en Correos, “la correspondencia es inviolable, necesitaríamos una orden judicial”. La persona que me atiende, de la oficina de prensa de Correos en Palma de Mallorca, asegura que en las cartas y paquetes no viaja droga: “Es ilegal”, concluye.

Efectivamente, es ilegal, pero muy conveniente y por eso mismo, en auge. Los mercados de la deep web no dejan de proliferar desde el muy sonado cierre de Silk Road en 2013. En estos momentos operan al menos ocho de estos mercados-no muy diferentes en aspecto a un Amazon- incluidos el citado Wall Street Market, Dream Market, Tochka, Zion y Berlusconi (¡!) Market. En todos ellos puede encontrarse un poco de todo, desde tarjetas de crédito clonadas hasta malware, pero son el grueso de las ofertas son de drogas ilícitas: más de 4.000 productos ofertados a 322.000 compradores por 2.600 vendedores sólo en Wall Street Market.

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El creador de Silkroad cumple condena de por vida en EE.UU. Ilustración: Mashable.

La supervivencia media de un mercado es de poco más de 8 meses, bien porque son desmantelados por la policía o bien porque el propio mercado recoge beneficios y echa el cierre. En cualquiera de ambos casos, miles de operaciones quedan inconclusas, con pagos realizados y sustancias que nunca llegaron a su destino o sobres que acaban deambulando por los servicios postales de los países implicados en el trasiego. El desmantelamiento de AlphaBay en una operación conjunta de Interpol y la DEA, provocó una desbandada de compradores y vendedores a otros de los mercados citados anteriormente, pero no detuvo el comercio, más bien al contrario: según un informe de la ONU [.pdf] de 2017, el 7’9% de los consumidores habituales de estupefacientes adquirieron drogas a través de darknet, un porcentaje que no ha dejado de aumentar desde el 4,7% de 2014. En el caso del Reino Unido, el ratio supera el 25%.

De hecho, el mediático cierre de Silk Road y la detención de su creador –Ross William Ulbricht, apodado “Pirata Roberts”- en 2013, brindó una enorme popularidad a la darknet, desde entonces bastante menos oscura.

¿A qué se debe la enorme resiliencia de los mercados de drogas en internet a pesar de los embates policiales? En opinión de Mireia Ventura, coordinadora de análisis de Energy Control, “la gran ventaja de este tipo de mercados es que la gente puede conseguir el mejor producto de la mejor manera, rápido y sin riesgo de violencia”. Por si fuera poco, la calidad de la droga comprada por esta vía suele ser mayor que la que se adquiere por “vías tradicionales”, sea el camello del barrio o el poblado de turno.

“La ‘deep web’ es la mayor amenaza que ha tenido la prohibición de las drogas en toda su historia”

Laboratorio de Energy Control.

Julen, nombre ficticio de un comprador habitual de heroína en ambos mercados, me confirma este dato: “Hace unos años llevamos a analizar a Energy Control heroína comprada en la Cañada Real [famoso supermercado de las drogas de Madrid] y tenía una pureza del 8% a un precio de 60 euros el gramo. La heroína comprada en la deep web tenía una pureza del 80% por 130 euros el gramo. El precio era más del doble, pero la calidad era diez veces superior”.

No obstante, matiza Mireia Ventura, “existe una correlación entre la calidad en la calle y la calidad en la deep web. Cuando hay una partida de mala calidad, también desciende el grado de pureza de la droga que se encuentra en internet”. Un ejemplo reciente es una remesa de heroína comprada en la darkweb a un vendedor de EE.UU. y que estaba cortada con fentanilo, un opioide sintético varias veces más potente que la propia heroína y que está causando una emergencia sanitaria en Norteamérica. En este caso, apunta Ventura, “la heroína que se encuentra en la calle en España es más segura”. El drogófilo Julen confirma este extremo: “el 92% de la heroína que compras en el poblado es mierda, pero parece ser que esa mierda gusta a los yonquis”.

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Incautaciones de drogas por categoría. Fuente: ONU.

Los análisis realizados a las sustancias compradas en la deep web muestan porcentajes de pureza bastante variopintos y disonantes: cocaína que se anuncia con una pureza del 95% registraba una pureza del 33%, según el estudio de‘Drogas y darknet’ de Europol y la Unión Europea (EMCDDA). Eso sí, a diferencia de lo que sucede en la calle, el comprador de la deep web puntúa al vendedor una vez finalizada la transacción: calidad del producto, rapidez en el envío y discreción. Estas puntuaciones hacen que el dealer consiga una reputación en el mercado… lo mismo que en Ebay pero con drogas.

Como en cualquier otro bien de consumo, la calidad y pureza del producto es uno de los requisitos básicos que busca el comprador de estupefacientes. Esto, que puede parecer una obviedad, no es así para Alexis Goosdeel, director del organismo europeo que elaboró el citado estudio. Durante la presentación del mismo, el pasado mes de noviembre, Goosdeel alertó de que si bien “en la darknetlos compradores consiguen drogas de mayor pureza”, esta misma pureza hace que sean “más peligrosas”. Cegado por la lógica prohibicionista, el funcionario parece ignorar que el European Monitoring Centre for Drugs and Drug Addiction es parte del problema y no parte de la solución.

El sueño libertario de Silk Road

Uno de los objetivos de Ulrich/Pirata Roberts al fundar Silk Road fue desmantelar los carteles de droga, ofreciendo un punto de encuentro entre vendedores y compradores de sustancias psicoactivas al margen de la ley, un sueño libertario que ya se está cumpliendo, en opinión de Fernando Caudevilla, médico y uno de los mejores conocedores de la darknet (“deep web,¡por favor!”, me matiza) en España: “El sueño empezó con Silk Road y los datos objetivos nos dice que se está cumpliendo: el número de mercados y de usuarios es mayor, son cada vez más fáciles de usar… Ha aparecido Open Bazaar, el primer mercado descentralizado basado en P2P, de modo que no tiene control humano alguno. El volumen sigue siendo pequeño respecto al tráfico de drogas pero ya todas las agencias tienen el ojo puesto aquí, porque es la mayor amenaza que ha tenido la prohibición desde sus inicios”.

El periodista y psiconauta Igor Domsac también avala esta visión: ientras persista la guerra contra las drogas, las grandes mafias del narcotráfico seguirán dominando el mercado, pues la mayoría de transacciones tienen lugar de manera offline, pero ciertamente estos mercados han eliminado a muchos intermediarios, evitando que los usuarios tengan contacto directo con las redes criminales y reduciendo muchos de los riesgos, la mayoría de los cuales se deben a la prohibición. Asistimos a una nueva generación de ciberdealers más sofisticados, eso por supuesto, pero ahora el productor tiene la posibilidad de venderle directamente al consumidor, aunque se encuentre en la otra parte del mundo, con el consiguiente ahorro de recursos y quebraderos de cabeza”.

No obstante, la gran mayoría de los vendedores de la deep web proceden de países occidentales, notoriamente Estados Unidos, Alemania, Reino Unido y Holanda. Eso significa que aunque existe “la posibilidad” que indica Domsac de que, por ejemplo, un cultivador de opio de Afganistán surta directamente a un consumidor de opiáceos en el otro extremo del mundo, lo cierto es que el menudeo de psicotrópicos sigue copado por occidentales o bien residentes en estos países.

 

La combinación de criptomonedas anónimas (o más bien seudónimas, apunta Igor Domsac), como BitCoin o Monero, navegación anónima y redes de distrubición públicas está cambiando la naturaleza del mercado de estupefacientes, como reconoce incluso Naciones Unidas en su informe: “La darknet está alterando la naturaleza del comercio de drogas y el tipo de participantes implicados, con redes más flexibles y horizontales, y grupos más pequeños cada vez más relevantes”, sostiene Yury Fedotov, de la Oficina para las Drogas (para combatirlas, se entiende) de la ONU.

“La ‘deep web’ es la mayor amenaza que ha tenido la prohibición de las drogas en toda su historia”

Un buen packaging es clave para el éxito del envío. Foto: Vocativ.

La vigilancia de la compra venta de drogas en España recae en la Guardia Civil. Nos ponemos en contacto con la Unidad de Delitos Informáticos para conocer las acciones que están llevando en nuestro país, pero la Benemérita no sabe/no contesta. Recurrimos entonces al estudio del organismo europeo, el EMCDDA, en el que España aparece como un mercado marginal en el concierto europeo, con apenas 1,3 millones de euros de ventas de drogas a través de la darknet, principalmente cannabis y algo de cocaína. En peso, esto supone apenas 1,4 kilos de droga, es decir, 1.400 cartas o paquetes con un gramo como el que encargamos en Wall Street Mkt. Una aguja en el pajar de los millones de bultos que mueven a diario las empresas de paquetería.

La carta con el 2C-B llegó a la dirección indicada tres semanas después del pago en Bitcoins (0,00644 btc = 60 euros). Venía oculto en un sobre tamaño cuartilla, dentro de una tarjeta de felicitación de cumpleaños. El vendedor, del que nunca supimos nada más que su alias y su país de procedencia (Holanda), recibió el pago Wall Street Market en el momento que confirmé en la plataforma la recepción del envío. Se estima que entre el 90 y el 95% de los envíos de la darknet llegan felizmente a su destino. La calidad, excelsa.

Con información de El Diario y Forbes.

Drugs and the darnet, European Monitoring Centre for Drugs and Drug Addiction.

Global Oberview of Drug Demand and Supply, ONU, 2017 [.pdf].

‘Transanational Crime and the Developing World’, estudio de Global Financial Integrity.

Listado de mercados funcionales en TOR: Deep to Web.

Puedes seguir a Igor Domsac en Agora Chain.

http://blogs.publico.es/strambotic

¿Por qué es tan fácil y peligroso engancharse a la droga digital?

¿Por qué es tan fácil y peligroso engancharse a la droga digital?

Los riesgos de adicción que suponen internet, el smartphone, las apps, los videojuegos freemium y las redes sociales están, en general, infravalorados. Quizá porque, al pensar en adicciones, nos vienen a la cabeza estupefacientes o máquinas tragaperras, no algo tan común y generalizado (de hecho, irremplazable ya) como gran parte de la tecnología que nos rodea.

Sin embargo, lejos de ser inocua, gran parte de esta tecnología que nos permite comunicarnos con los demás y entretener nuestros ocios está diseñada para estimular las adicciones del comportamiento: en muchos sentidos, las adicciones a las sustancias y las adicciones del comportamiento son muy similares entre sí, dado que activan las mismas regiones cerebrales y se alimentan en parte de las mismas necesidades humanas básicas: participación social y apoyo social, estímulo mental y cierto sentido de eficacia.

Me gusta

El «me gusta» de Facebook, el corazoncito de Twitter o Instagram, incluso el doble check de un mensaje de WhatApp pueden ser, y de hecho muchas veces son, como unos gramos de cocaína. Es cierto que no introducen agentes químicos en nuestro sistema nervioso, pero ejercen un poder sobre nosotros similar al que producirían si lo hubieran hecho.

La principal razón que subyace a nuestra necesidad de participar durante más y más horas en redes sociales y otras apps donde el aspecto interactivo es importante es que, de partida, somos animales sociales. Recientemente, un equipo de investigadores de la Universidad McGill, en Canadá, planteó la posibilidad de que estas tecnologías son tan peligrosas porque apelan a ese instinto social natural, convirtiéndonos en hipersociales. En parte, como señalan los autores en el estudio publicado en Frontiers in Psychology, es un fenómeno similar al que ya ocurre con la comida:

En un entorno posindustrial, en el que el alimento es abundante y se puede acceder a él con facilidad, la presión evolutiva por cubrir nuestras necesidades nutritivas puede conducir a una pulsión por la comida que conduzca al desarrollo de obesidad, diabetes y trastornos cardiacos. Del mismo modo, la necesidad de relacionarnos y el uso de los móviles como un medio para ello puede ocasionar hoy un cuadro maníaco relacionado con lo que podríamos denominar una forma de control hipersocial.

Es decir, que no nos volvemos adictos a los móviles, sino a las relaciones sociales, porque el móvil proporciona una posibilidad infinita de interacción social. Eso explica, también, que cada vez se registre mayor porcentaje de esta clase de adicciones. A la epidemia de obesidad, pues, se suma la de las adicciones del comportamiento a las tecnologías sociales.

En 2008, los adultos empleaban en su teléfono una media de 18 minutos de su tiempo al día; en 2015, el tiempo aumentó a dos horas y cuarenta y ocho minutos al día. El 80% de los adolescentes miran su smartphone al menos una vez cada hora (y también madrugan más para poder tirarse selfis que puedan ser compartidos en las redes sociales). Casi la mitad de las personas ya afirman que no podrían soportar vivir sin su smartphone (y algunos preferirían sufrir daños físicos).

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De hecho, ya hasta el 40% de la población sufre adicciones relacionadas con internet (correo electrónico, videojuegos, pornografía, etc.), según un estudiodel año 2015. Otros estudios sugieren que este porcentaje es del 48%. No en vano, la dopamina en nuestros cerebros se ve estimulada por la imprevisibilidad que proporcionan las redes sociales, los correos electrónicos y los mensajes de texto.

Todo ello, finalmente, está provocando no solo que nos convirtamos en adictos, sino que se reduzca nuestra capacidad de concentración. En el año 2000, el periodo de concentración medio era de doce segundos. En 2013, ocho segundos. Según Nicholas Carr, autor de Superficiales, ello está provocando que, en efecto, nos estemos volviendo mucho más superficiales en nuestros juicios o que cometamos más errores cotidianos, sobre todo en el tiempo que estamos al volante de un coche.

En 2013, se realizó un estudio en el que se sentaba a parejas de desconocidos en una sala para que charlaran. El tema era abordar algo interesante que les hubiera pasado el último mes. Los que tenían un smartphone cerca les costó más conectar en la conversación y consideraron a su interlocutor menos empático y menos de fiar.

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Cada vez lo hacen mejor

Este poder succionador de nuestro comportamiento no es casual: el diseño de muchos dispositivos, aplicaciones y redes sociales está específicamente orientado a convertirnos en adictos, como explica Adam Alter en su reciente libro Irresistible:

Llevan a cabo miles de pruebas con millones de usuarios para discernir qué cambios funcionan y cuáles no: qué colores de fondo, tipografías y elementos de audio maximizan la participación y minimizan la frustración. A medida que la experiencia evoluciona, se transforma en una versión irresistible de la experiencia original que termina convirtiéndose en un arma. En 2004, Facebook era entretenido; en 2016 es adictivo.

No podemos legislar para que los diseñadores hagan peor su trabajo. No podemos apuntarnos a Alcohólicos Anónimos y no volver a tomar una copa en nuestra vida, porque básicamente abandonar nuestros smartphones y ordenadores y desconectarnos de la Red nos aislaría al mismo nivel que un anacoreta. En un mundo donde ya no puedes postularte para un puesto de trabajo si no dispones de correo electrónico, pero donde hasta el propio correo electrónico puede generar profundas adicciones al comportamiento, ¿qué podemos hacer?

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No hay una respuesta corta. Ni siquiera hay una respuesta completa. Básicamente, estamos en los primeros minutos de un nuevo tipo de interacción social y todavía no hemos tenido tiempo de buscar soluciones. Hay, naturalmente, algunas salidas más o menos eficaces, pero no definitivas, como establecer horarios de desconexión digital, mantener rutinas y buenos hábitos, establecer ciertos límites y horarios, pero poco más.

Estamos frente a una nueva era de adicciones. Y, además, el producto que nos vuelve adictos también constituye una revolución en todos los aspectos. De nuevo, el paralelismo con la obesidad es muy pertinente: no queremos que vuelva una época donde la comida era escasa y moríamos de hambre, pero el hecho de que dispongamos de tantas opciones de comida calórica desafía el instinto natural de nuestro organismo por acumular grasas para las épocas de carencia calórica.

El nuevo producto tecnológico nos permite conectar con el mundo, a la vez que esa necesidad de conectar con los demás puede transformarnos en hipersociales e hipervigilantes de lo que los demás dicen de nosotros. Prescindir de este avance sería como prescindir del progreso mismo. Estamos, pues, ante el más peliagudo catálogo de adicciones al comportamiento al que nunca antes nos hemos enfrentado. La droga digital que no podemos ni debemos dejar de consumir. Y ahora, comprobemos la bandeja del correo.

POR SERGIO PARRA

¿Por qué es tan fácil y peligroso engancharse a la droga digital?

El nuevo petróleo

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¿Quién no se ha sentido ridículo confirmando su propia identidad y teniendo que interpretar unas letras retorcidas y distorsionadas que deben de hacer las delicias de algún psicópata?
No sólo nos piden nuestros datos personales, que se desploman indefectiblemente al terminar de cumplimentar el formulario online porque se ha agotado el tiempo o la contraseña no es segura, también nos preguntan el nombre de pila de nuestra abuela a fin de demostrar que somos nosotros y no unos suplantadores. E incluso nos bloquean la entrada a nuestro buzón de correo como si nos prohibieran entrar en nuestra propia casa, porque sospechan que cualquier desaprensivo, o tu mismísimo marido, vete tu a saber, han querido fisgar en tu bandeja de entrada, hoy un delito parecido a hurgar en los cajones de la ropa interior ajena.
Sin embargo, la porosidad de la red es escandalosa. El tráfico de datos –y hasta el robo, como hemos visto esta semana con la supuesta oferta de una cuenta prémium de Spotify, que era en realidad un timo– pretende hacerse con el alma de todo aquel que clique. Lo ha declarado el presidente ejecutivo de Telefónica, José María Álvarez-Pallete: “Los datos son el petróleo del siglo XXI”. Además de suponer la materia prima del negocio, necesitan ser refinados para cotizar, igual que el crudo. Alphabet, la multinacional que engloba Google, Amazon, Apple, Facebook y Microsoft, las cinco compañías más valiosas, no hace más que multiplicar beneficios: juntas sumaron 20.130 millones de euros durante el primer cuatrimestre del 2017.
A pesar de su inmaterialidad, ya no hay plan de negocio que no incluya el estudio de datos. En este Gran Hermano panóptico, un ojo informático escruta cada uno de nuestros clics persiguiendo nuestro perfil de consumidor. Y le sigue una insidiosa persecución virtual mientras asistimos impertérritos a las propuestas que nos lanzan los algoritmos y que oscilan entre las ofertas de balneario o los milagrosos alargamientos de pene. Pero, ¿por qué seguimos considerando un acto privado el de navegar por internet, e incluso el de escribir correos donde damos rienda suelta a nuestra naturaleza confesional, al estilo de las viejas cartas? Narcisistas redomados, nos permitimos exhibirnos sin cautela aunque simultáneamente glorifiquemos nuestra privacidad.
Las empresas cruzan millones de datos para establecer tendencias y predicciones, patrones de comportamiento e indicadores de consumo. Datos, inteligencia artificial y tecnología conforman el futuro digital, que de humano sólo tiene los dedos. La banca, la información o la moda triplican sus presupuestos online: ahí está el nuevo mundo, el que se desviste de materialidad y ya no abre enciclopedias ni escribe diarios. Los secretos ya no existen: nuestro punto débil se ha convertido en la gran fortaleza del big data.

BLOG DE JOANA BONET

http://www.elboomeran.com