De esta forma tan sencilla, Google podría inclinarte a votar determinada formación política

De esta forma tan sencilla, Google podría inclinarte a votar determinada formación política

SERGIO PARRA

Desde Cambridge Analytica sabemos hasta qué punto se nos puede manipular a través de las redes sociales o los motores de búsqueda usando nuestros datos personales y nuestro comportamiento en la red como el más atinado sistema de análisis psicológico.

Sin embargo, para inclinar a una masa de gente a que se decida electoralmente por una u otra opción política no requiere de grandes estrategias, sino de unos simples cambios en los resultados de un motor de búsqueda como Google, como puso de manifiesto este estudio de 2015.

Primeros resultados

Google puede cambiar nuestra visión del mundo porque nuestra visión del mundo, en gran parte, ya se ve determinada por los primeros resultados que aparecen en este motor de búsqueda. No tanto de los resultados que aparecen más abajo, o de los que aparecen en la segunda página, sino de los primeros.

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El estudio mencionado se centró en las elecciones que habían de celebrarse en la India. Los investigadores, liderados por el psicólogo Robert Epstein, reclutaron a 2150 votantes indecisos por todo el país y les dieron acceso a un motor de búsqueda específicamente diseñado, llamado Kadoodle, que en teoría les iba a asesorar a propósito de los candidatos antes de decidir a quién votar.

Kadoodle, sin embargo, estaba programado para que diera resultados amañados a unos y otros, sesgando los resultados en favor de uno u otro candidato. Lo que ocurría es que todos los enlaces de la parte superior de la página favorecían a un candidato en concreto, y había que bajar bastantes enlaces hasta encontrar alguno que favoreciera al otro candidato.

El simple orden de presentación de los enlaces ya influyó de forma significativa en las opiniones de los usuarios: cuando se les preguntó a quién iban a votar, la probabilidad de que eligieran al candidato favorecido por Kadoodle aumentó un 12 por ciento. Tal y como abunda en ello Hannah Fry en su libro Hola mundo. Cómo seguir siendo humanos en la era de los algoritmos:

No resulta sorprendente, pues, que los participantes dedicaran la mayor parte del tiempo a ver los sitios web destacados en la parte superior de la primera página; como reza un viejo chascarrillo de Internet, el mejor sitio para ocultar un cadáver es la segunda página de los resultados de búsqueda de Google.

En otro libro, Armas de destrucción matemáticaCathy O’Neil desnuda los errores estadísticos y la falaz neutralidad de ciertos modelos matemáticos, y emplea una analogía para describir cómo deberíamos afrontar el actual estado de las cosas: así como las pésimas condiciones en las fábricas de la Revolución Industrial obligaron a imponer las leyes laborales, “nuestra época exige una legislación que proteja a la ciudadanía de los abusos perpetrados mediante la minería de datos”.

https://www.xatakaciencia.com/computacion

¿Cuánto valen tus datos digitales? Saberlo puede darte más control sobre ellos

STEVE LOHR 

¿Cuánto valen tus datos digitales? Saberlo puede darte más control sobre ellos
Mark Warner, senador demócrata de Virginia, el mes pasado en el Capitolio. Él coimpulsó una propuesta de ley que requeriría que las grandes compañías de internet informaran de manera regular a los usuarios sobre los datos personales que recolectan y que divulguen el valor de esos datos. CreditGabriella Demczuk para The New York Times

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El mercado para nuestros datos digitales podría parecer un trato disparejo.

Todos creamos puntos valiosos de información cada vez que tocamos una pantalla o presionamos una tecla: los clics, las búsquedas, los me gusta, las publicaciones, las compras y más. Los entregamos por voluntad propia a cambio de servicios gratuitos. Sin embargo, la ganancia económica más grande va para los gigantes tecnológicos como Google y Facebook. Su riqueza corporativa se basa en cosechar y comercializar la información que proveen las multitudes en línea.

“Imagina si General Motors no pagara por su acero, su caucho o su vidrio: sus insumos”, comentó Robert Shapiro, un economista que hace poco realizó un análisis sobre el valor de los datos. “Así pasa con las grandes empresas de internet. Es un gran negocio”.

No obstante, hay un conjunto de personas cada vez más grande que buscan maneras de alterar ese arreglo. Es un grupo dispar de académicos, economistas, tecnólogos y legisladores, cuyas posturas políticas van desde ser liberales moderadas hasta conservadoras en favor del libre mercado.

Están buscando por diferentes vías. Algunos han hecho investigaciones a fin de poner un valor a los datos personales, como un mecanismo para aportar información al debate público en torno a la manera de negociar un mejor acuerdo para el proletariado virtual. Otros proponen reconocer la información como un activo comerciable o como mano de obra, a fin de ayudar a crear un mercado eficiente para los datos y retribuir una mayor riqueza digital a los individuos y la sociedad.

El mes pasado, Mark Warner, senador demócrata de Virginia,  propuso, junto con otro senador, un proyecto de ley que exigiría que las grandes empresas de internet informen de manera regular a sus usuarios sobre los datos personales que recaban y que divulguen el valor de esos datos.

“No estoy convencido de cuál debería ser la estrategia”, comentó Warner, quien fue inversionista del sector tecnológico y es un crítico frecuente de los gigantes de esa industria. “Pero el estado actual de inmenso desequilibrio de poder no puede seguir así”.

El aumento de los llamados a favor de un mejor acuerdo sobre los datos llega durante una escalada de las reacciones negativas en contra de las grandes empresas tecnológicas y el manejo que le dan a la información de los usuarios. Legisladores y reguladores de varios países están investigando el poder en el mercado de las empresas, su papel como guardianas de la comunicación y su manejo de los datos, en especial cuando no protegen la privacidad de los usuarios.

El 24 de julio, Facebook accedió a establecer nuevas capas de supervisión y a pagar una multa récord por las violaciones a la privacidad. También reconoció que está siendo investigada por la Comisión Federal de Comercio por cuestiones antimonopólicas. Además, el 23 de julio, el Departamento de Justicia mencionó que iba a comenzar a examinar el dominio sobre el mercado de los gigantes del internet para determinar si habían buscado suprimir a la competencia.

No todo el mundo está de acuerdo con que sea un mal negocio para los consumidores que los servicios gratuitos se paguen con publicidad y datos. Tan solo en Estados Unidos, se calculó que el beneficio al consumidor por tener servicios gratuitos de internet fue de más de 100.000 millones de dólares, de acuerdo con un artículo de 2012 cuyo coautor fue Erik Brynjolfsson, un economista de la Escuela de Administración Sloan del Instituto Tecnológico de Massachusetts.

Esa cifra sería mucho más alta en la actualidad, debido al crecimiento de las ofertas en línea. “En efecto, los consumidores reciben una enorme cantidad de valor gracias a esos servicios”, mencionó Brynjolfsson.

No obstante, los defensores de un nuevo acuerdo en torno a los datos están ganando impulso a medida que se sabe más sobre el uso que dan las grandes empresas de internet a la información personal.

Por ejemplo, darles información a Google, Facebook o Amazon no es solo una señal de interés o preferencia, sino también la materia prima para focalizar anuncios, guiar el comportamiento en línea y capacitar sistemas de inteligencia artificial como el reconocimiento facial.

¿Cuánto valen tus datos digitales? Saberlo puede darte más control sobre ellos
Josh Hawley, senador republicano de Misuri, escucha a Christopher Wray, el director del FBI, testificar durante una audiencia del Comité Judicial del Senado de Estados Unidos en el Capitolio.CreditErin Schaff/The New York Times

A menudo, los consumidores no están al tanto de los muchos usos que se les dan a sus datos. Hasta ahora, la preocupación por la privacidad ha sido el objetivo principal del escrutinio. Sin embargo, la atención de los legisladores está comenzando a posarse en la concentración de la riqueza de datos en las manos de unas pocas empresas.

Un objetivo de la legislación que presentaron el mes pasado Warner y el senador republicano de Misuri, Josh Hawley, es “que los consumidores tengan idea del valor de los datos que están dando”, explicó Warner.

Calcular el valor de los datos personales es complicado. Los estimados varían mucho, dependiendo de las suposiciones. El estudio reciente de la consultoría de Shapiro tomó en cuenta varios factores, entre ellos el declive en la eficiencia de la publicidad en línea cuando la gente opta por no participar en la recolección de datos.

El estudio calculó que el beneficio corporativo que produjo la recolección de datos personales de los estadounidenses en línea —principalmente para las grandes empresas tecnológicas— fue de 76.000 millones de dólares en 2018 y esa cantidad aumentará de forma drástica en el futuro.

Si el gobierno recaudara una cuota del 50 por ciento a las empresas que usan los datos personales de los estadounidenses, según Shapiro, podría representar una contribución significativa para reconstruir la infraestructura de la nación o apoyar programas de seguridad social. Si se les pagara a los usuarios individuales, habría sido equivalente a un cheque de 122 dólares por persona el año pasado. El estudio corrió a cargo de Future Majority, un centro de investigación que trabaja para el Partido Demócrata.

La gente encargada de formular políticas está haciendo lo posible para encontrar la manera de que las acciones del gobierno y las fuerzas del mercado se empleen para controlar el poder de los gigantes tecnológicos que se alimentan de los datos.

En Canadá, Michelle Rempel, una integrante conservadora del parlamento que representa a Calgary, duda que alguna vez los reguladores gubernamentales tengan la capacidad de seguir el paso de las empresas tecnológicas más grandes, pues estas cuentan con una experiencia y una cantidad de recursos mucho mayores. Según Rempel, el gobierno tendrá que intervenir, pero más como un diseñador de reglas básicas que como un regulador. “La meta debería ser ayudar a construir un mercado justo para los datos”, propuso Rempel.

De acuerdo con legisladores, esas reglas para construir el mercado incluyen derechos de propiedad definidos para que los individuos controlen sus datos y requisitos de que las empresas permitan que los datos personales se puedan enviar con facilidad a otros servicios a solicitud del consumidor. Según ellos, estas medidas podrían abrir la puerta a una próspera comunidad de creadores de mercados de datos, que agrupen los datos de las personas y negocien las ventas.

En este momento, ya hay algunas empresas emergentes que se encargan de recolectar, asegurar y vender datos personales de manera voluntaria, como Meeco y UBDI (Universal Basic Data Income). Suelen emplear la tecnología de la cadena de bloques por seguridad y para controlar el acceso a la información. Aunque suenan muy prometedoras, hasta ahora son empresas emergentes novatas, sin muchos usuarios ni datos.

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Maltrato tecnológico

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Escribo este texto después de haber experimentado personalmente y haber compartido con muchas personas lo que denomino maltrato tecnológico, que no es ni más ni menos que la situación que se está produciendo cada día con la demanda de hacer todos los trámites de forma telemática. Se supone que la tecnología debería hacernos la vida más fácil, acortar los trámites burocráticos, dar soluciones eficaces y rápidas, evitar tener que ir presencialmente a las diferentes instituciones o entidades a presentar documentos o expedientes de cualquier clase.

Pues bien, esta nueva modalidad de maltrato consiste en que aparentemente todo resulta muy fácil de realizar a través de internet, pero a la hora de la verdad los problemas se multiplican. O bien no funcionan los aplicativos, o bien piden tener instalados programas informáticos concretos, o bien éstos no se ejecutan o piden certificado digital del que no disponemos, o si lo tienes no es reconocido por el sistema, y así hasta una infinidad de problemas técnicos para resolver los cuales tendrías que haber estudiado ingeniería informática como mínimo. En ocasiones, si llamas pidiendo soporte técnico te dicen que leas el manual de instrucciones, un mamotreto ilegible las más de las veces.

Una modalidad especialmente denunciable es el maltrato tecnológico institucional: muchas instituciones solicitan la documentación a través de plataformas digitales, que para más inri no tienen la opción de guardar los datos introducidos, con lo cual si por cualquier razón falla el sistema tienes que volver a empezar cada vez. Mención aparte merecen las facturas electrónicas; cuando las envías, además de tener que darte de alta en alguna de estas plataformas, te las devuelven sin dar explicaciones, y cuando reclamas te pueden contestar diciendo que “hay que esperar a que se genere la factura”, como si la factura se generara en el espacio sideral por arte de magia. Por no hablar de los múltiples y farragosos formularios que hay que rellenar para cualquier nimiedad, cosa que consume horas de nuestro escaso tiempo.

Existe otros maltrato tecnológico que se deriva de la dificultad de establecer contacto telefónico para resolver problemas concretos: aparte de tener que esperar escuchando la 9ª sinfonía de Beethoven y la cantinela de que todos los agentes están ocupados, si logras hablar con alguien suele ser distinto cada vez, con lo cual tienes que repetir la historia varias veces, sin que nadie se haga cargo finalmente de resolver el problema.

En definitiva, que la ciudadanía está impotente ante un nuevo tipo de maltrato contra el cual difícilmente se puede actuar, pues al final el responsable suele ser el usuario, por incompetente, por torpe, por ser un analfabeto digital, por no estar al día en cuestiones informáticas, o en último término el sistema técnico, con lo cual la institución o entidad no se hace responsable de los fallos. Y empieza a cundir el ejemplo de no poner teléfonos de contacto, o si lo ponen y llamas muchas veces salta un mensaje que dice “el buzón está lleno”. Y para mayor regodeo, ahora se ha instalado la costumbre de solicitar la valoración del servicio. Si supieran que muchas veces estoy tentada de contestar con una bomba cuando me piden la opinión.

JUANA GALLEGO

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Hay trampa

Quienes almacenan los datos de toda la población para hacer con ella un uso particular son Google y Facebook, y trabajan para el lado bueno de esta guerra

DAVID TRUEBA

Un móvil, con la aplicación FaceApp.
Un móvil, con la aplicación FaceApp. KIRILL KUDRYAVTSEV AFP

La dinámica se repite una y otra vez, sin que nos paremos un segundo a reflexionar. Las alarmas se disparan de pronto. Les hablo del último caso. Resulta que la aplicación-juguete por la que puedes envejecer tu cara para mirarte en una especie de espejo futuro está en manos de agentes rusos y acaban de hacerse con los parámetros faciales de toda la población como un pederasta regala caramelos en el parque infantil. Se han quedado con la cara de al menos toda esa población que se esfuerza por no perder comba en los juegos impuestos por la moda del instante. Se desata la paranoia, la alucinación colectiva y un terror soviético recuperado se apodera de nosotros justo cuando celebramos los 50 años de la guerra espacial por llegar primeros a la Luna. La pregunta es bien simple. ¿A quién le interesa disparar esas alarmas? Suenan un poco a las desbandadas inducidas que se practican en aglomeraciones públicas. Uno grita que hay una bomba y los demás corren despavoridos. Como vivimos en la época de la histeria, ya sabemos que el arranque de dignidad durará cinco minutos, no más. Pero queda la estela de la mentira, de la media verdad, de la trampa para conejos. En cada clic nace un tonto, dice el refrán.

Sucedió exactamente igual con la arremetida de Donald Trump contra la empresa Huawei. En dos jornadas logró destronar sus ventas a favor de móviles estadounidenses y aliados, que andaban perdiendo cuota de mercado. Dijo, con la autoridad que le concede la presidencia de su país, que la telefonía china trabajaba para los servicios secretos y filtraba los datos de los usuarios. En este caso tuvo algo de forcejeo empresarial. Echar mierda sobre el rival es un clásico mortífero. Pasadas las horas del acoso y medio derribo todo vuelve a la normalidad. Pero es la normalidad lo que nos tiene que preocupar. Es posible que los agentes rusos dominen los rostros de medio mundo y que los terminales chinos potencien la invasión comercial del país asiático, pero la denuncia es tan chusca y gratuita como un insulto a la inteligencia. Quienes almacenan los datos de toda la población para hacer con ella un uso particular son las dos grandes bases de datos estadounidenses, que se llaman Google y Facebook, y trabajan para el lado bueno de esta guerra templada en la que vivimos. Ni fría ni caliente.

En los mismos días en que se levantaba una ola de sospecha sobre el juego de envejecerte la cara, Google reconocía que graba nuestras conversaciones, pero lo hace para mejorar el servicio. Es impúdica la manera en que ejerce del mayor pirata internacional contra los derechos de autor a través de la plataforma YouTube, guarecida tras unos parámetros de control muy mejorables que le permiten seguir jugando con la propiedad ajena. Invaden la intimidad sin ola de concienciación que nos empuje a utilizar buscadores que no dejen rastro de una maldita vez. No hay castigo colectivo a las transgresiones en el manejo de nuestros datos. A lo máximo que llegamos es a estudiar con enervante lentitud el mecanismo de elusión fiscal que practican en nuestros países. Son auténticos expatriadores de divisas. Pero todos nos quedamos tranquilos porque de tanto en tanto disparamos una alarma tramposa contra el fantasma ruso y la tétrica dictadura china. En la Red no hay buenos y malos. Todos son peores.

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ALGUNAS RAZONES PARA DEJAR LAS REDES SOCIALES

File:Paul Cézanne - The Large Bathers (Les Grandes baigneuses) - BF934 - Barnes Foundation.jpg

El uso de estas plataformas ha provocado cambios esenciales en nuestras interacciones personales y el uso de nuestro tiempo. Este video nos invita a reflexionar en torno a ello…

Cuando algo está demasiado cerca, es difícil verlo con objetividad. Ese es el caso de las redes sociales y el lugar que vertiginosamente ocuparon en nuestra vida cotidiana en años recientes. Hoy, una persona dedica en promedio, dos horas y veintidós minutos al día, según investigaciones recientes. Esta compulsiva intimación con las redes sociales comienza a evidenciar los estragos producidos en la psique colectiva.   

Doctor en ciencias computacionales y autor de seis libros sobre la digitalización de nuestra realidad, Calvin Newport (1982) nunca ha tenido una cuenta en Facebook, Twitter o Instagram, y considera que vive mejor sin ellas, que es más feliz y más exitoso. Al respecto, presentó una charla para Ted Talks en la que plantea algunos argumentos interesantes. En ella, Newport expone las redes sociales como simples productos de entretenimiento, diseñados minuciosamente para mantenerte atado, y de forma compulsiva, a ellos.

Entre los aspectos negativos que destaca Newport en su ponencia, están la fragmentación de la concentración, una sensación de aislamiento, frustración, depresión e incluso una alteración en las conexiones cerebrales derivado de la cantidad de micro-estímulos. Pero más allá de escandalizarnos ante la idea de que las redes sociales son veneno psíquico puro, preferimos tomar su charla como una invitación a revisar y repasar la forma en la que nos relacionamos con estos canales, las emociones que provoca su uso y los estados de ánimo que induce. Tal vez, es posible llegar a conclusiones interesantes durante el ejercicio.

Las palabras de Newport son una invitación a ver con un poco de distancia eso que usamos todos los días a toda hora (eso que inadvertidamente se ha vuelto parte de nuestra cotidianeidad) y así replantear la relación que tenemos con las redes sociales, preguntarnos cómo es que afectan no solamente nuestra productividad económica o laboral (en la que se centra esta charla), sino otros aspectos de la vida, como el social y el emocional.

Imagen: Les Grandes baigneuses, Paul Cézanne – Dominio público

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Estados Unidos apunta a la red eléctrica de Rusia en una guerra fría digital

Por DAVID E. SANGER NICOLE PERLROTH 

Estados Unidos apunta a la red eléctrica de Rusia en una guerra fría digital
Una planta eléctrica en Moscú; funcionarios estadounidenses describieron la incursión en la red rusa y otros blancos como una acción adicional clasificada. CreditMaxim Shemetov/Reuters

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WASHINGTON — Estados Unidos está intensificando sus incursiones digitales en la red eléctrica rusa como advertencia al presidente Vladimir Putin y como una demostración del modo en que el gobierno del presidente Donald Trump está utilizando nuevas entidades para instalar con mayor agresividad herramientas cibernéticas, afirmaron funcionarios pasados y en activo.

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En entrevistas a lo largo de los tres últimos meses, los funcionarios describieron el uso de un código informático de Estados Unidos, del cual no se había informado antes, dentro de la red eléctrica rusa y de otros objetivos como un complemento clasificado para las medidas comentadas más públicamente contra las unidades de ciberataque y desinformación de Moscú en torno a las elecciones intermedias de 2018.

Los defensores de esta estrategia más agresiva señalaron que estaba pendiente desde hacía mucho tiempo, después de años de advertencias públicas por parte del Departamento de Seguridad Nacional y del FBI de que Rusia ha introducido software malicioso que podría sabotear las plantas de energía eléctrica, los oleoductos y los gaseoductos, o los suministros de agua de Estados Unidos en cualquier conflicto futuro con este país.

Sin embargo, también conlleva un riesgo importante de intensificar la guerra fría digital cotidiana entre Washington y Moscú.

El gobierno se rehusó a describir las medidas específicas que estaba tomando con las nuevas funciones que el año pasado la Casa Blanca y el congreso por separado le otorgaron al Cibercomando de Estados Unidos, la rama del Pentágono que se encarga de las operaciones de ataque y defensa del ejército en el mundo cibernético.

No obstante, el 11 de junio, en una aparición pública, el asesor de seguridad nacional del presidente Donald Trump, John Bolton, señaló que Estados Unidos ahora estaba adoptando una perspectiva más amplia sobre posibles blancos digitales como parte de una iniciativa “para decirle a Rusia, o a cualquier otro país que participe en operaciones cibernéticas contra Estados Unidos: ‘Tendrás que pagar el precio’”.

Durante años, las redes eléctricas han sido un campo de batalla de baja intensidad.

Tanto quienes trabajaban en el gobierno como quienes aún son funcionarios actuales comentan que, desde 2012 —por lo menos—, Estados Unidos ha puesto sondas de reconocimiento en los sistemas de control de la red eléctrica de Rusia.

Sin embargo, según los funcionarios, ahora la estrategia de Estados Unidos ha pasado más hacia el ataque y ha colocado software malicioso potencialmente incapacitante dentro del sistema ruso en una magnitud y agresividad que nunca antes se había intentado. Por una parte, tiene el objetivo de advertir y, por la otra, de preparar el terreno para ejecutar un ataque cibernético si se presentara un conflicto importante entre Washington y Moscú.

El comandante del Cibercomando de Estados Unidos, el general Paul M. Nakasone, ha sido franco sobre la necesidad de “defender avanzando” a profundidad dentro de la red del adversario para demostrar que Estados Unidos responderá a la avalancha de ataques en línea dirigidos a ese país.

Estados Unidos apunta a la red eléctrica de Rusia en una guerra fría digital
John Bolton, al centro, asesor de seguridad del presidente estadounidense, dijo que Estados Unidos tenía un panorama más amplio de blancos digitales potenciales como parte de un esfuerzo para advertir a cualquiera “involucrado en ciberoperaciones contra nosotros”. CreditDoug Mills/The New York Times

“No tienen temor de nosotros”, mencionó ante el Senado hace un año durante las audiencias de su ratificación.

No obstante, encontrar formas de graduar esas respuestas de tal modo que desalienten ataques, pero sin provocar una intensificación peligrosa ha sido el origen de constantes debates.

Trump otorgó nuevas funciones al Cibercomando a mediados del año pasado, en un documento aún clasificado conocido como Memorandos Presidenciales 13 para la Seguridad Nacional, que le otorga a Nakasone mucha mayor flexibilidad para llevar a cabo operaciones de ciberataques sin tener que recibir la aprobación del presidente.

Sin embargo, al parecer, la medida de incursionar en la red eléctrica rusa ha sido realizada según nuevas funciones legales poco conocidas, las cuales se introdujeron dentro del proyecto de ley de funciones del ejército aprobado por el congreso a mediados del año pasado. Esta medida aprobó la realización rutinaria de “actividades militares clandestinas” en el ciberespacio con el fin de “disuadir ataques o actividades cibernéticas maliciosas dirigidas en contra de Estados Unidos o salvaguardarse o defenderse de ellas”.

Según la ley, ahora el secretario de Defensa puede autorizar esas medidas sin la aprobación especial del presidente.

“Se volvieron muchísimo más agresivas el año pasado”, señaló un alto funcionario de inteligencia, que habló con la condición de mantener el anonimato, pero se negó a comentar acerca de ningún programa clasificado en particular. “Estamos haciendo las cosas a una escala que hace algunos años jamás habríamos contemplado”.

La pregunta fundamental —imposible de saber sin acceso a los detalles clasificados de la operación— es a qué profundidad de la red rusa ha llegado Estados Unidos. Solo entonces sabremos si sería posible sumergir a Rusia en la oscuridad o debilitar a su ejército, una pregunta que quizás no pueda responderse sino hasta que se active el código.

Tanto Nakasone como Bolton, a través de sus voceros, se negaron a responder las preguntas acerca de sus incursiones en la red eléctrica de Rusia. Los funcionarios del Consejo de Seguridad Nacional también se rehusaron a hacer comentarios, pero señalaron que no les preocupaba la seguridad nacional por los detalles que aparecieron en el reportaje de The New York Times sobre el establecimiento de la red de energía rusa como un blanco; quizás esto indica que algunas de las incursiones tenían por objetivo que los rusos se percataran de ellas.

Estados Unidos apunta a la red eléctrica de Rusia en una guerra fría digital
A Paul Nakasone, comandante del Cibercomando de Estados Unidos, le fue concedida mayor libertad de acción para ejecutar operaciones en línea sin necesidad de obtener aprobación presidencial. CreditErin Schaff para The New York Times

Dos funcionarios del gobierno comentaron que creían que no le habían informado a Trump en detalle acerca de las medidas para colocar “implantes” —códigos de software que pueden emplearse para vigilar o atacar— dentro de la red de energía rusa.

El Pentágono y los funcionarios de inteligencia mencionaron que hubo muchas dudas respecto de entrar en detalles con Trump acerca de las operaciones contra Rusia por temor a su reacción… y la posibilidad de que pudiera cancelarlas o hablar de ellas con funcionarios extranjeros, como lo hizo en 2017, cuando le mencionó al ministro de Relaciones Exteriores de Rusia una operación confidencial en Siria.

Debido a que la nueva ley define las medidas en el ciberespacio como similares a la actividad militar tradicional en tierra, aire o mar, esa información no sería necesaria, añadieron.

La infiltración de Rusia en la infraestructura de Estados Unidos ha sido el revuelo de fondo en la competencia de las superpotencias durante más de una década.

Estados Unidos apunta a la red eléctrica de Rusia en una guerra fría digital
No queda claro cómo reaccionaría el gobierno del presidente ruso, Vladimir Putin, a una postura estadounidense más agresiva. CreditDmitri Lovetsky/Associated Press

Una irrupción exitosa por parte de Rusia en la red de comunicaciones clasificadas del Pentágono en 2008 dio lugar a la creación de lo que se ha convertido en el Cibercomando. Los ataques se aceleraron durante el mandato del presidente Barack Obama.

Sin embargo, Obama estaba renuente a responder a esa agresión de Rusia con contrataques, en parte por temor a que la infraestructura de Estados Unidos fuera más vulnerable que la de Moscú, y en parte debido a que a los funcionarios de inteligencia les preocupaba que al responder del mismo modo, el Pentágono diera a conocer parte de su mejor armamento.

Al final del primer periodo de mandato de Obama, los funcionarios del gobierno comenzaron a descubrir a un grupo de hackers rusos, conocidos alternativamente por los investigadores de seguridad privada como Energetic Bear (oso energético) o Dragonfly (libélula). Sin embargo, se suponía que los rusos estaban llevando a cabo labores de vigilancia y que no llegarían a causar un daño real.

Según dos exfuncionarios, esa suposición desapareció en 2014, cuando el mismo equipo de ciberatacantes rusos puso en peligro las actualizaciones del software que controlaban cientos de sistemas que tienen acceso a los interruptores de energía.

Estados Unidos apunta a la red eléctrica de Rusia en una guerra fría digital
En 2012, el secretario de Defensa en ese entonces, Leon Panetta, a la izquierda, fue advertido sobre las infiltraciones en línea, pero el presidente Barack Obama estaba reacio a responder tales agresiones de parte de Moscú con contrataques. CreditLuke Sharrett para The New York Times

Tras la toma de posesión de Trump, los hackers rusos siguieron intensificando los ataques.

El primer equipo cibernético de Trump decidió ser mucho más abierto al desafiar la actividad rusa. A principios de 2018, nombró a Rusia como el país responsable del “ataque cibernético más destructivo en la historia de la humanidad”, mismo que paralizó la mayor parte de Ucrania y afectó a empresas estadounidenses, que incluyeron a Merck y a FedEx.

No obstante, al parecer, las medidas recientes de Estados Unidos contra las redes de energía de Rusia, ya sea como señales o como posibles armas de ataque, han sido tomadas de acuerdo con las nuevas responsabilidades del congreso.

A medida que se aproximan las elecciones de 2020, el Cibercomando ha contemplado la posibilidad de que Rusia intente provocar apagones selectivos en estados determinantes, señalaron algunos funcionarios. Según ellos, para eso es necesaria una medida disuasiva.

En los últimos meses, se ha puesto a prueba la determinación del Cibercomando. El año pasado, las empresas de energía eléctrica de Estados Unidos y los operadores de gas y petróleo de América del Norte descubrieron que los mismos ciberdelincuentes que en 2017 desmontaron con éxito los sistemas de seguridad en Petro Rabigh, una planta petroquímica y refinería petrolera, habían analizado sus redes.

Ahora la pregunta es si colocar el equivalente a minas terrestres en una red de energía extranjera es la forma adecuada de disuadir a Rusia. Aunque se equipara a la estrategia nuclear de la Guerra Fría, también confirma que las redes de energía son un blanco legítimo.

“Tal vez tengamos que arriesgarnos a llevarnos algunos rasguños provocados por una reacción similar solo para demostrarle al mundo que no nos vamos a dejar”, comentó Robert Silvers, socio en el despacho de abogados Paul Hastings y antiguo funcionario del gobierno de Obama. “A veces hay que recibir un golpe en la nariz para no recibir después un balazo en la cabeza”.

David E. Sanger reportó desde Washington y Nicole Perlroth, desde San Francisco.

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Infiltrados

No se puede luchar contra el maligno sin conocer antes sus entrañas, su núcleo lógico

Datos privados de 50 millones de usuarios de Facebook se fugaron hace poco más de un año a empresas como Cambridge Analytica.
Datos privados de 50 millones de usuarios de Facebook se fugaron hace poco más de un año a empresas como Cambridge Analytica. DANIEL LEAL-OLIVAS AFP/GETTY IMAGES

 

Todo el mundo está de acuerdo en luchar contra el maligno, pero poca gente sabe cómo hacerlo. Unos mandarían a los tanques, otros a los diplomáticos y el resto apelarán a la educación sin aclarar cómo ni cuándo. Como sabemos los aficionados al género de espías, no hay micrófono oculto, algoritmo de big data ni red de satélites que pueda compararse a una persona infiltrada en el sistema enemigo. No se puede luchar contra el maligno sin conocer antes sus entrañas, su núcleo lógico, la maraña de rencores e intereses que motiva su comportamiento y genera su estilo exclusivo, y nada de eso es posible sin colocar un infiltrado en sus engranajes. De esto va El hombre que fue jueves, de Chesterton, ¿no es cierto?

Las agencias de ciberseguridad se pasan el día reclutando hackers, y hacen bien, porque no hay mejor manera de controlar un gusano informático que contratar a quien lo creó, o a su compañero de pupitre. Los virus de verdad —los que creó la madre naturaleza— descubrieron esa estrategia en la noche de los tiempos. El sistema inmune que nos protege de los virus es obra de otro virus. Por eso sus genes pueden saltar, flipar y variar para producir una variedad ilimitada de anticuerpos contra cualquier agente infeccioso existente o imaginable. Un buen infiltrado, como un buen parásito, rara vez mata a su huésped. Lo que más le interesa es mantenerlo vivo para exprimir su información hasta llegar al hueso. Quizá el mejor infiltrado es el que sabe que nunca volverá a casa.

¿Te acuerdas del escándalo de Facebook? Aunque parezca mentira, ocurrió hace poco más de un año. Los datos privados de 50 millones de usuarios de esa red social se fugaron de algún modo a empresas como Cambridge Analytica, que los utilizó para la campaña presidencial de Donald Trump y también a favor del Brexit. El jefe y fundador de Facebook, Mark Zuckerberg, se tuvo que humillar ante el Capitolio y el Parlamento de Estrasburgo para pedir perdón por el fiasco y prometer que todo iba a mejorar pronto. A un año del escándalo, ¿ha reducido Zuckerberg el acceso a los datos de los usuarios?

La respuesta es no. De hecho, está dando más acceso que nunca a terceras partes. Pero espera, esto no es tan malo como parece. Esas terceras partes ya no son Cambridge Analytica ni ninguna otra firma dedicada a vender “el petróleo del futuro” —tus datos— a partidos políticos, publicistas o tramas delictivas. Las terceras partes son ahora los científicos interesados en la forma en que se propagan las fake news, su fuente última y a quienes colaboran a su difusión. No son policías, sino investigadores que aspiran a entender desde dentro la lógica de ese tumor que amenaza los derechos constitucionales de la gente. De ti y de mí, desocupado lector.

El Social Science Research Council de Nueva York, una asociación no lucrativa, y la fundación público-privada Social Science One, asociada a la Universidad de Harvard, han seleccionado los primeros proyectos científicos. Implican a 60 investigadores, se centrarán en Alemania, Chile, Italia y Estados Unidos y serán financiados por organizaciones no gubernamentales. Los científicos tendrán acceso a una cantidad de datos sin el menor precedente en la investigación académica. Esos datos pueden ser los tuyos y los míos, pero ¿tú te opondrías a que se usaran para este fin? Yo no. Por fin tenemos infiltrados en las tripas de la mayor red social de este planeta.

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La libertad de expresión en la ciencia está en peligro y por eso ha nacido la Intellectual Dark Web

La libertad de expresión en la ciencia está en peligro y por eso ha nacido la Intellectual Dark Web

Es posible que estemos en contra de la divulgación de ciencia que pueda debilitar la ideología que consideramos correcta y buena para todos. Por ejemplo, imaginemos (solo es un supuesto) que se descubre que hay una etnia cuya inteligencia es estadísticamente inferior al resto de etnias. ¿Debemos silenciarlo so pena de evitar estallidos xenófobos o explorar la idea en busca de las razones subyacentes (a la vez que combatimos la xenofobia recordando que no debemos respetar a los demás porque son iguales a nosotros, sino precisamente porque son o podrían ser diferentes)?

Puede que estés de acuerdo con este modo de operar, con esta censura preventiva para escamotear futuras censuras. Sobre todo si eres posmoderno, o sea, esgrimes un pensamiento que se sustenta en la idea de que no existe una verdad, sino muchas, y que todas son igualmente válidas. Por eso ha nacido la Intellectual Dark Web.

Para quienes ya no pueden publicar libremente

Claire Lehmann es editora en jefe de Quillette, una nueva revista que está sirviendo como plataforma para dar cabida a la libertad de expresión al núcleo duro de la Intellectual Dark Web (con confundir con Deep Web, Dark Web y Darknet). Lehmann es una psicóloga australiana que empezó a ser conocida por sus interesantes artículos en revistas y periódicos a propósito del feminismo, la educación científica y los videojuegos. Hasta que, poco a poco, sus textos empezaron a ser rechazados por todos. Entonces, en octubre de 2015, Lehmann fundó la revista Quillette para albergar textos como los suyos, los que habían sido podados de los medios convencionales.

Quillette es la salida oficial, si se puede decir que existe tal cosa, de la ahora notoria Intellectual Dark Web. Eric Weinstein, el director ejecutivo de Thiel Capital (sí, de Peter Thiel de PayPal), acuñó el nombre como una broma. Cada vez lo parece menos.

La mayor parte de esta confederación intelectual informal está formada por académicos y ex académicos, además de un empresario ocasional como Weinstein o personalidades de YouTube como Dave Rubin. Lo que les une es que todos se han sentido excluidos de la sociedad educada, e incluso han sido despedidos de sus trabajos por expresar sus opiniones, como el profesor de psicología de Yale Nicholas A. Christakis, como podéis ver en este grotesco vídeo:

O Bret Weinstein y Heather Heying, respetados profesores titulares en el Evergreen State College, donde su política de compasión con Occupy Wall Street estaba en sintonía con el espíritu progresista de la escuela. Hoy han dejado sus trabajos, han perdido a muchos de sus amigos y han puesto en peligro su reputación. Todo ello porque se opusieron a un “Día de Ausencia”, en el cual a los estudiantes blancos se les pidió que abandonaran el campus por un día. Por cuestionar un día de segregación racial encubierto de progresismo, la pareja fue tildada de racista. Después de las amenazas, salieron de la ciudad por un tiempo y, finalmente, renunciaron a sus empleos.

El filósofo y neurocientífico Sam Harris dice que su momento llegó en 2006, en una conferencia en el Instituto Salk con Richard Dawkins, Neil deGrasse Tyson y otros científicos prominentes. Harris argumentó algo que, a su juicio, era obvio: no todas las culturas son igualmente propicias para el florecimiento humano. Algunas son superiores a otros, aunque solo sea por lo que aducía Jared Diamond en Armas, gérmenes y acero, catedrático de geografía y fisiología en la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA). “Hasta ese momento yo había estado criticando la religión, por lo que las personas que odiaban lo que tenía que decir estaban mayormente a la derecha”, señaló Harris. “Esta fue la primera vez que entendí completamente que tenía un problema equivalente con la izquierda secular”.

Otro ejemplo. En 2017, Sergei Tabachnikov y Theodore Hill publicaron un estudio en Mathematical Intelligencer donde se proponía un modelo matemático para explicar que hubiera más variabilidad de inteligencia entre los hombres y las mujeres (es decir, que hay más genios entre el género masculino, pero también más idiotas). El estudio fue aceptado tras una revisión por pares, pero finalmente se retiró su publicación por la presión de la asociación Women in Matoematics de la Universidad Estatal de Pensilvania, entre otros. Un artículo científico solo se retira si se demuestra que hay fraude académico, no porque las ideas que desliza no encajen con nuestra ideología. El youtuber Un Tío Blanco Hetero explica este caso con más detalle en el siguiente vídeo:

Entre los que forman parte de forma más o menos explícita de la Intellectual Dark Web encontramos a Steven Pinker, Michael Shermer, Stephen Hicks, Heather Heying, Gad Saad, Jonathan Haidt, Jordan Peterson… incluso en España podemos encontrar ejemplos equivalentes, como es el caso de Marta Iglesias, que también ha provocado reacciones airadas en Twitter por su trabajo, y que también ha publicado en Quillettetextos como Why Feminists Must Understand Evolution. En latinoamérica tenemos el caso de Roxana Kreimer, tuitera licenciada en Filosofía y doctora en Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires que aborda los perjuicios que sufren mujeres y hombres por su sexo.

A pesar de estar en una misma organización de herejes, son pocos los puntos que tienen en común los miembros del Intellectual Dark Web, salvo quizá los siguientes. Que hay universales culturales, es decir, que algunos rasgos nacen de la biología, y no de la crianza, que las diferencias biológicas y psicológicas entre hombres y mujeres son reales y están bien documentadas, que la política de identidad es una tontería polarizante, que la cortesía al dirigirse a los oponentes solo confiere capacidad de persuadir, que los snowflakes son una lacra, que lo woke es demagogia dopada con culpa judeocristiana, que los Social Justice Warriors son contraproducentes a pesar de sus buenas intenciones y que la libertad de expresión es la condición sine qua non de la sociedad civil, sin excepciones, lo que permite hablar desde cualquier punto de vista de temas espinosos como la religión, el aborto, la inmigración o la naturaleza de la conciencia. En todo lo demás, no podrían ser más distintos. Apoyan formaciones políticas diametralmente opuestas: hay votantes de Bernie Sanders, Hillary Clinton, Gary Johnson e incluso Donald Trump.

No les importa. Solo faltaría que empezaran a censuar de las ideas de sus compañeros de club solo porque tienen opciones políticas que les parecen malignos o peligrosos para el futuro de la civilización. Al menos, en carne propia, han tenido posiblidad de comprobar lo que pasa cuando la mayoría actúan con arreglo a esas dinámicas.

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Acebook

La versión ética de Facebook, solo podría surgir en Europa. Y lo está haciendo

Logotipo de Facebook, desplegado en la pantalla de un móvil.
Logotipo de Facebook, desplegado en la pantalla de un móvil. LOIC VENANCE (AFP)

 

Voy a escandalizar al lector, pero debo decir que corren buenos tiempos para Europa. Al menos en un sector de poder incógnito, de importancia capital y creciente: las redes, la inteligencia artificial y el comercio planetario con los grandes datos, con tus datos y los míos, desocupado lector. Este es un mundo —nuestro mundo— en el que un puñado de alumnos aventajados de la intelligentsianorteamericana, nativa o adoptiva, se afincó en Silicon Valley para conquistar desde allí los hábitos, los gastos y el pensamiento de medio planeta. Han sorbido el seso a un par de generaciones, por no hablar de sus padres, que están más enganchados aún que los hijos a esta forma futurista de la estupidez humana.

 

Y solo Europa puede parar los pies alados de estos gigantes de silicio y barro. En un rasgo de genio, el editorialista de The Economist nos pide imaginar una empresa llamada Acebook. Con solo quitar una efe, el libro de caras (Facebook) se convierte en un libro de ases (Acebook). Esta empresa ficticia te ofrece garantías de privacidad y reconoce tu contribución con un porcentaje de los (obscenos) beneficios que obtiene gracias a tus datos: gracias a saber qué compras, por dónde te mueves, qué buscas en Google, cuáles son tus gustos musicales, tus tendencias políticas, tu talento para hipotecarte, a qué dedicas el tiempo libre. Esa Acebook, la versión ética de Facebook, solo podría surgir en Europa. Y lo está haciendo. Con la característica gracilidad de hipopótamo que tanto deleita a los brexiters, pero también con el peso aplastante de ese artiodáctilo subsahariano amante del agua y que pasará a la prehistoria como el primo tonto de las ballenas. Tonto pero eficaz: por eso sigue vivo.

La Unión Europea acaba de atizarle a Google un multazo de 1.500 millones de euros por yugular a sus competidores en el mercado de la publicidad, y tiene en la tubería una ley de protección de la propiedad intelectual que, como parece lógico, puede dejar hechos polvo los almacenes de dinero del tío Gilito que ha amasado la empresa a base de distribuir el trabajo de otros sin pagarles un céntimo. Puedes llamarlo genio empresarial o piratería industrial. A los productores de contenidos nos da igual mientras el capitán pirata, cantando alegre en la popa, nos pague por el trabajo. Y que lo haga en Europa.

La Regulación General de Protección de Datos (GDPR en inglés) que ha promulgado Bruselas tras una juiciosa consideración y el debido procedimiento democrático es la primera iniciativa legal que pretende devolver a las personas el control sobre sus datos, incluido el derecho a participar de los beneficios que la empresa ha obtenido gracias a ellos. Facebook, Microsoft, Apple, Amazon y Alphabet (la matriz de Google) venden una cuarta parte de sus productos en Europa, lo que en sí mismo conforma un argumento para que los big five de Silicon Valley, que ganaron el año pasado 150.000 millones de dólares, se vayan adaptando a la regulación del viejo continente. El segundo argumento es que un país tras otro están importando la GDPR en sus sistemas legales, o usándola como inspiración. Si la ética no funciona como argumento, la economía lo acabará haciendo.

Y sí, amigos, la siguiente medida que impulsará Europa será la “interoperabilidad”, horrible término para el noble concepto de que, si te da la gana, te puedas llevar todos tus contactos de Facebook a Acebook. Si Acebook no existe, Europa tendrá que inventarla.

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¿Qué efecto tiene Facebook en tu salud mental?

¿Qué efecto tiene Facebook en tu salud mental?

A participantes de un estudio de la Universidad de Stanford les tuvieron que pagar 100 dólares en promedio para renunciar a Facebook durante un mes. Al final, estaban menos polarizados políticamente que las personas en un grupo de control. CreditMarcio Jose Sanchez/Associated Press

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No es fácil acabar con el hábito digital más común del mundo, ni siquiera en un arranque de ira moral ante los riesgos relacionados con la privacidad y las divisiones políticas que ha creado Facebook, o en medio de las preocupaciones acerca de cómo el hábito afecta la salud emocional.

Aunque cuatro de cada diez usuarios de Facebook afirman haberse tomado largos descansos de la red social, la plataforma digital sigue creciendo. Un estudio reciente reveló que al usuario promedio se le tendrían que pagar entre 1000 y 2000 dólares por alejarse de su cuenta durante un año.

Entonces, ¿qué sucede si renuncias de verdad? Un nuevo estudio, el más completo hasta la fecha, ofrece un adelanto.

Debes saber que verás las consecuencias de inmediato: pasarás más tiempo con amigos y familia en persona. Sabrás menos acerca de la política, pero también serás menos propenso a la fiebre partidista. Tendrás ligeros cambios de humor en el día y estarás satisfecho con la vida. Y, si eres como el usuario promedio de Facebook, tendrás una hora de ocio extra al día.

El estudio, realizado por investigadores de las universidades de Stanford y de Nueva York, ayuda a esclarecer la discusión respecto a la influencia de Facebook en la conducta, el pensamiento y la política de sus usuarios activos mensuales, quienes suman unos 2300 millones en todo el mundo. El estudio se publicó hace poco en el sitio web de acceso público Social Science Research Network.

Un cuerpo de psicólogos ha argumentado durante años que el uso de Facebook y otras redes sociales está relacionado con problemas mentales, en especial en adolescentes. Otros han comparado el uso habitual de Facebook con una enfermedad mental, con una adicción a las drogas e incluso han publicado imágenes de resonancias magnéticas que muestran “cómo se ve la adicción a Facebook en el cerebro”.

Cuando Facebook  publicó sus propios análisis para refutar esas aseveraciones, la compañía ha sido ampliamente criticada.

Un directivo de prensa de Facebook declaró lo siguiente acerca del nuevo ensayo que el propio estudio mencionaba: “Facebook genera grandes beneficios para sus usuarios”, y “cualquier debate acerca de los inconvenientes de las redes sociales no debería opacar el hecho de que cumplen con necesidades profundas y generalizadas”.

El nuevo estudio, una prueba aleatoria, esboza una imagen matizada y equilibrada del uso diario que probablemente no satisfaga a quienes critican la plataforma ni a quienes la apoyan.

(El ensayo, junto con análisis similares realizados por otros grupos de investigación, aún no ha pasado por la revisión de otros expertos. The New York Times les pidió a cinco expertos independientes que revisaran la metodología y los descubrimientos).

Los investigadores (dirigidos por Hunt Allcott, profesor adjunto de Economía en la Universidad de Nueva York, y Matthew Gentzkow, un economista de Stanford) usaron anuncios de Facebook para reclutar a participantes mayores de 18 años para que pasaran al menos quince minutos al día usando la plataforma; el promedio diario fue de una hora, mientras que quienes la usaban con más frecuencia lo hacían entre dos y tres horas, o más.

Casi tres mil usuarios aceptaron y llenaron largos cuestionarios en los que se les preguntaba acerca de sus rutinas diarias, sus opiniones políticas y su estado mental en general.

A la mitad de los usuarios se les pidió al azar que desactivaran su cuenta de Facebook durante un mes a cambio de un pago. El precio pactado para el pago fue un tema de gran interés para los investigadores: ¿cuánto vale el acceso mensual a fotografías, comentarios, grupos de Facebook, amigos y noticias? El estudio reveló que el costo es de aproximadamente 100 dólares en promedio.

Durante el mes de abstinencia, el equipo de investigadores revisó con regularidad las cuentas de Facebook de los participantes para asegurarse de que quienes habían aceptado alejarse de la plataforma no las reactivaran. (Solo el uno por ciento lo hizo).

Los participantes también recibieron mensajes de texto de manera regular para evaluar sus estados de ánimo. Se cree que esta especie de monitoreo en tiempo real produce una evaluación psicológica más precisa que, por ejemplo, un cuestionario proporcionado días más tarde.

Algunos participantes afirmaron que no habían notado los beneficios de la plataforma hasta que la cerraron. “Por supuesto, extrañé mi conexión con la gente, pero también ver los eventos en vivo por Facebook Live, en especial los de política, cuando sabes que estás viendo el contenido junto con otras personas interesadas en lo mismo”, comentó Connie Graves, de 56 años, una enfermera profesional a domicilio en Texas que participó en el estudio. “Y me di cuenta de que también me gusta tener un lugar donde pueda obtener toda la información que deseo: pum, pum, pum, ahí está”.

Ella y el resto de quienes se abstuvieron tuvieron acceso al servicio de mensajería de Facebook a lo largo del estudio. Messenger es un producto diferente y el equipo de investigación decidió permitirlo porque es muy similar a otros servicios de comunicación interpersonal.

Al finalizar el mes, quienes se abstuvieron y los sujetos de control volvieron a responder largos cuestionarios que evaluaban los cambios en su estado mental, su conciencia política y su pasión partidista, así como las fluctuaciones de sus actividades diarias (en línea y desconectados), desde el inicio del experimento.

Para los abstemios, la ruptura con Facebook les liberó una hora al día en promedio y más del doble a los usuarios más asiduos. También reportaron que habían pasado más tiempo desconectados, incluyendo el tiempo que pasaron con amigos y familia y viendo televisión.

“Yo habría esperado un índice mayor de uso de otras plataformas digitales en sustitución de Facebook (Twitter, Snapchat, navegación en línea)”, comentó Gentzkow, de Stanford. “No fue así y, al menos, en lo que a mí respecta, fue una sorpresa”.

El resultado más sorprendente del estudio podría ser que el hecho de desactivar Facebook tuvo un efecto pequeño, pero positivo en los estados de ánimo de las personas y en la satisfacción que sentían con su vida. El descubrimiento modifica la suposición generalizada de que el uso habitual de las redes sociales puede ocasionar problemas psicológicos reales.

Una investigación previa no logró distinguir si los problemas con el estado de ánimo se presentaban después del uso prolongado, o si las personas malhumoradas tendían a ser las usuarias más frecuentes. El estudio nuevo sustentó esta última explicación.

En una entrevista, Ethan Kross, profesor de Psicología en la Universidad de Míchigan, quien ha hecho investigaciones previas respecto al estado de ánimo y el uso de las redes sociales, afirmó que era demasiado pronto para sacar conclusiones respecto a los efectos psicológicos de abandonar Facebook. Mencionó dos estudios recientes, aleatorios y de menor tamaño, en los que se descubrió que el estado de ánimo de los usuarios mejoraba cuando se les restringía el acceso a las redes sociales.

“Necesitamos saber más acerca de cómo impacta el uso de las redes sociales en el estado de ánimo y cuándo, no solo concluir que la correlación no existe”, o que es muy leve, aseguró Kross.

Hasta ahora, la discusión respecto a los efectos de las redes sociales en la salud mental también se ha enfocado, en su mayoría, en niños y adolescentes, no en la población de mayor edad que fue el objeto de este nuevo estudio.

“Es absolutamente posible, y probable, que la dinámica de las redes sociales y el bienestar sea diferente para los adolescentes que para las personas de 30 años en adelante”, afirmó Jean Twenge, psicóloga y autora de iGen: Why Today’s Super-Connected Kids Are Growing Up Less Rebellious, More Tolerant, Less Happy.

Los psicólogos y los informáticos han presentado el argumento de que las redes sociales son adictivas, y muy pocos usuarios habituales de Facebook estarían en desacuerdo. El nuevo experimento proporcionó mucha evidencia que lo sustenta: al concluir, los participantes que abandonaron la red social durante un mes dijeron que planeaban usar Facebook con menor frecuencia, y lo hicieron, por lo que redujeron su viejo hábito… al menos durante un tiempo.

Aproximadamente el diez por ciento seguía absteniéndose una semana después, en comparación con el tres por ciento del grupo de control, que había desactivado su cuenta de manera voluntaria; y el cinco por ciento se seguía absteniendo dos meses más tarde, en comparación con el uno por ciento en el grupo de control.

Los incentivos financieros tuvieron resultados similares. Después de que finalizó el periodo de un mes del estudio, los investigadores les preguntaron a quienes se abstuvieron cuánto dinero necesitarían que se les pagara, hipotéticamente, para mantenerse desconectados de Facebook durante otro mes. Esta vez, el costo se redujo por debajo de los 100 dólares… aunque no en todos los casos.

“Les pedí 200 dólares por otras cuatro semanas”, contó Graves, la participante de Texas quien aún no ha vuelto a Facebook. “Mínimo”.

https://www.nytimes.com/es/