Barra libre de datos personales para Google

Barra libre de datos personales para Google

El celo que se ha extendido en los últimos años acerca de cuánta información personal recopilan las páginas web por las que navegamos parece haber olvidado que las apps en los móviles no lo hacen en menor medida. Prácticamente el 90% de las aplicaciones instaladas en los teléfonos móviles con sistema operativo Android están configuradas por defecto para transferir información a Google.

Así lo ha demostrado un reciente estudio llevado a cabo por laUniversidad de Oxford en cerca de un millón de aplicaciones del Play Store de Google en 2017. De media, los datos de las personas propietarias del dispositivo se comparten con diez organizaciones –desde Alphabet (de Google), a Facebook, Microsoft, Amazon, Twitter o Verizon-, y una de cada cinco aplicaciones lo hace con 20.

Es parte del modelo que en inglés se ha denominado ‘freemium’, esto es, apps aparentemente gratuitas cuyo pago, en realidad, es la inclusión de publicidad y el comercio de nuestros datos con terceros… y se ha salido de madre. Aunque el Reglamento General de Protección de Datos (RGPD), vigente desde el pasado 25 de mayo, prohíbe ligar datos personales a individuos concretos (romper la ‘anonimización’) y obliga a los desarrolladores de apps a revelar sus políticas de privacidad, entre las que se incluyen el intercambio de datos con terceros, lo cierto es que las malas prácticas son la tónica general.

Entre la información con la que se comercia, sin que l@s usuari@s sean siempre conscientes, destacan la edad, el género o la localización. Datos que en ocasiones se extraen de las torres de telefonía de donde toman la señal el smartphone, del router al que se conecta para aprovechar el Wi-Fi o, incluso, de otras apps instaladas en el dispositivo.

El análisis realizado por los investigadores revela cómo el 88% de las aplicaciones transfiere datos a terceros que, en última instancia, son propiedad de Alphabet (Google); del mismo sucede con empresas ligadas a Facebook (43%). Esto da una idea de la concentración de información personal de consumidor@s que acaparan unas pocas compañías. Sólo Alphabet, de Google, tienen subsidiarias en los segmentos de juegos y entretenimiento, herramientas de productividad, salud y estilo de vida, educación, música, comunicación, arte y fotografía y noticias.

En este escenario y dado que muchas de las apps instaladas en los teléfonos móviles pertenecen a las mismas compañías y a pesar de que se supone que cada una de ellas recopila información asociada al servicio que presta, todos los datos terminan bajo el mismo techo, pudiendo confeccionar completos perfiles de cada persona. Barra libre de datos personales.

David Bollero

https://blogs.publico.es/kaostica

Un futuro donde todo se convierte en una computadora es tan perturbador como lo temías

Un futuro donde todo se convierte en una computadora es tan perturbador como lo temías

CreditDoug Chayka

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Hace más de cuarenta años, Bill Gates y Paul Allen fundaron Microsoft con el sueño de lograr que en todos los escritorios hubiera una computadora personal.

La verdad es que nadie les creía, así que pocos intentaron detenerlos. Y antes de que cualquiera se diera cuenta, lo lograron: casi todos tienen una máquina con el sistema operativo Windows, y los gobiernos tuvieron que ver cómo contenían el monopolio de Microsoft.

Sucede una y otra vez en el sector tecnológico: los creadores audaces se proponen algo absurdo —Mark Zuckerberg quiere que todos estén conectados— y, como sus planes parecen muy poco probables, son inmunes al escrutinio. Para cuando el resto de nosotros se percata de sus efectos en la sociedad, a menudo es demasiado tarde para hacer algo al respecto.

En años recientes, las potencias más grandes de la industria tecnológica fueron tras una nueva meta de la conquista digital. Prometieron enormes mejoras y beneficios inimaginables a nuestra salud y felicidad. Solo hay una trampa que a menudo no se menciona: si sus novedades ganan fuerza sin intervención ni supervisión del gobierno, podríamos estar abriéndole la puerta a una serie de vulnerabilidades aterradoras que están relacionadas con la privacidad y la seguridad. Además, adivinen qué: nadie se preocupa mucho por detener ese problema.

¿El nuevo objetivo de la industria? No se trata de una computadora en todos los escritorios ni de una conexión entre todas las personas, sino algo más ambicioso: un ordenador dentro de todo para conectar a todos.

Los autos, las cerraduras de las puertas, los lentes de contacto, la ropa, las tostadoras, los refrigeradores, los robots industriales, las peceras, los juguetes sexuales, las bombillas de luz, los cepillos de dientes, los cascos de motocicleta… estos y otros objetos cotidianos se encuentran en la lista de espera para volverse inteligentes. Cientos de pequeñas empresas emergentes adoptan esta tendencia —conocida por el lema publicitario “El internet de las cosas”— pero al igual que todo lo demás en la tecnología, el movimiento es encabezado por los gigantes, entre ellos Amazon, Apple y Samsung.

El mes pasado, por ejemplo, Amazon presentó un microondas que incluye a Alexa, su asistente de voz. El precio del electrodoméstico será de 60 dólares, pero también les venderá a otros fabricantes el microprocesador de esta tecnología, por lo que la conectividad de Alexa se convertirá en un añadido fácil para una gran variedad de electrodomésticos, como ventiladores, tostadoras y cafeteras. Esta semana, tanto Facebook como Google develaron sus propios dispositivos caseros “centrales” que permiten ver videos y realizar otras actividades digitales por comandos de voz.

Quizá tildes a muchas de estas innovaciones de bobas y destinadas al fracaso. Sin embargo, todas las grandes novedades en la tecnología comienzan pareciendo tontas; las estadísticas muestran que el internet de las cosas crece con rapidez. Por eso, es más sabio imaginar lo peor, que la digitalización de casi todo no solo es posible, sino probable, y que ahora es el momento para alarmarse ante sus peligros.

“En general no soy pesimista, pero es muy difícil no serlo”, comentó Bruce Schneier, un consultor de seguridad que explora las amenazas planteadas por el internet de las cosas en su nuevo libro: Click Here to Kill Everybody.

Schneier argumenta que, en general, los incentivos técnicos y económicos de la industria del internet de las cosas no se alinean con la seguridad y la privacidad para la sociedad. Poner una computadora en todo convierte al mundo entero en una amenaza de seguridad computacional, y los ciberataques y fallas descubiertas durante el último par de semanas en Facebook y Google ilustran lo complicada que es la seguridad digital, incluso para las compañías tecnológicas más grandes. En un mundo robotizado, los ataques informáticos no solo afectarían tus datos, sino que podrían poner en peligro tus bienes, tu vida e incluso la seguridad nacional.

Schneier dijo que solo la intervención gubernamental puede salvarnos de ese tipo de calamidades. Hace un llamado a favor de replantear el régimen regulatorio para la seguridad digital de la misma manera en que el gobierno federal alteró su aparato de seguridad nacional después de los ataques del 11 de septiembre de 2001. Entre otras ideas, señala la necesidad de una nueva agencia federal, la Oficina Cibernética Nacional, que él imagina como un organismo que investiga, asesora y coordina respuestas a amenazas planteadas por un internet de todo.

“No puedo pensar en ninguna otra industria en los últimos cien años que haya mejorado su seguridad y su protección sin que el gobierno la obligara”, escribió. No obstante, sostiene que la intervención del gobierno parece poco probable en el mejor de los casos. “En esta sociedad, en la que el gobierno se muestra incapaz de hacer cualquier cosa, no veo ninguna posibilidad de controlar las tendencias corporativas”, señaló.

Estas tendencias ahora son evidentes. Solía ser complicado añadir conectividad a internet en los dispositivos domésticos, pero, durante el último par de años, el costo y la complejidad de hacerlo han disminuido mucho. Actualmente, las minicomputadoras disponibles para el público en general, como la Arduino, pueden usarse para convertir casi cualquier objeto del hogar en un dispositivo “inteligente”. Los sistemas como el que ofrece Amazon prometen acelerar aún más el desarrollo de las tecnologías del internet de las cosas.

El mes pasado en una conferencia de prensa, un ingeniero de Amazon demostró la facilidad con la que un fabricante de ventiladores podría crear una versión “inteligente” si le instalara el microprocesador de Amazon, conocido como Alexa Connect Kit. El paquete, que Amazon está probando con algunos fabricantes, simplemente se conectaría a la unidad de control del ventilador durante el ensamblaje. El productor también debe escribir algunas líneas de código; en el ejemplo del ventilador, el ingeniero de Amazon solo necesitó media página de código.

Eso es todo. Amazon maneja todas las funciones digitales del ventilador (entre ellas la seguridad y el almacenamiento en la nube). Si lo compras en Amazon, el ventilador se conectará automáticamente con tu red casera y comenzará a obedecer órdenes emitidas por tu Alexa. Solo conéctalo a la corriente eléctrica.

Este sistema ilustra el argumento más amplio de Schneier, es decir: que el costo de agregar computadoras a objetos será tan bajo que para los fabricantes resultará lógico conectar todo tipo de dispositivos a internet.

A veces, estas funciones inteligentes serán prácticas: podrás gritarle a tu microondas desde el otro lado de la habitación que vuelva a calentar tu almuerzo. En otras ocasiones, permitirá oportunidades de ganancias monetarias: el microondas de Amazon comprará más palomitas de maíz cuando se te estén acabando. No obstante, esas características también se usan con fines de vigilancia y mercadotecnia, como la nueva generación de televisores inteligentes que dan seguimiento a lo que ves para mostrarte anuncios dirigidos.

Aunque los beneficios sean pequeños, generan cierta lógica de mercado; en algún momento no muy lejano, los dispositivos que no se conecten a internet serán menos comunes que los inteligentes.

Sin embargo, el problema es que los modelos de negocio de estos dispositivos a menudo no permiten el tipo de mantenimiento continuo de seguridad al que estamos acostumbrados con aparatos computacionales más tradicionales. Apple tiene un incentivo para seguir creando actualizaciones de seguridad con el fin de que el iPhone siga siendo seguro; lo hace porque los equipos son muy costosos y el renombre de Apple depende de su capacidad para mantenerte alejado de los terrores digitales.

No obstante, los fabricantes de electrodomésticos de gama baja no tienen mucha experiencia en esto, además de que cuentan con menos incentivos. Por eso, el internet de las cosas hasta ahora ha sido sinónimo de un nivel de seguridad muy defectuoso; es la misma razón por la que el año pasado el FBI tuvo que advertir a los padres acerca de los peligros de los “juguetes inteligentes” y, también por lo mismo, Dan Coats, el director de inteligencia nacional, calificó los dispositivos inteligentes como una amenaza creciente a la seguridad nacional.

Un representante de Amazon me dijo que la empresa incluye la seguridad en el núcleo de sus tecnologías inteligentes. El Connect Kit, señaló la empresa, permite que Amazon haga el mantenimiento de la seguridad digital de un dispositivo inteligente, y es probable que en cuestión de seguridad Amazon sea mejor que muchos fabricantes de electrodomésticos. Como parte de su negocio en la nube, la compañía también ofrece un servicio para las empresas con el fin de auditar la seguridad de sus servicios del internet de las cosas.

El Consorcio del Internet de las Cosas, un grupo industrial que representa a decenas de empresas, no respondió a nuestra consulta.

Schneier no describe la intervención gubernamental como la panacea, sino como un regulador de velocidad, una manera para que nosotros, los humanos, nos pongamos al corriente con los avances tecnológicos. La regulación y la supervisión gubernamental lentifican la innovación; esa es una de las razones por las que a los expertos en tecnología no les agradan. No obstante, cuando están involucrados peligros globales inciertos, tomarse un minuto para reflexionar no es una mala idea.

Conectar todo podría traer enormes beneficios para la sociedad. Sin embargo, la amenaza podría ser igual de grande. ¿Por qué no mejor avanzamos con lentitud hacia el futuro incierto?

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La llegada del ‘Homo pasmado’

Creemos que las nuevas tecnologías nos facilitan la vida. Que nos ahorran trabajo y nos liberan. Pero en realidad sucede lo contrario

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Soy una apasionada partidaria de las nuevas tecnologías y sigo creyendo que nos proporcionan avances increíbles; pero, por otro lado, lo digital ha invadido nuestras vidas de una manera tan profunda y tan rápida que los humanos ni siquiera somos conscientes de lo que hemos cambiado. En el mundo hay 7.000 millones de personas, y más de 5.000 millones poseen un móvil. Si pensamos que sólo 4.500 millones tienen acceso a baños, podemos ir haciéndonos una idea de cómo los smartphones se han convertido en una especie de virus. Es una pandemia y no lo sabemos.

Hablando de baños: un reciente estudio en Inglaterra demostraba que el 41% de los jóvenes elegirían dejar de lavarse antes que abandonar el móvil (lo cuenta Mariana Vega en unocero.com). Sospecho que un buen número de ellos preferiría no bañarse en cualquier caso, al margen de tener o no teléfono, pero, en fin, incluso descontando a los guarros sin más, el porcentaje es abultadísimo. Diversos estudios señalan que nos pasamos entre cuatro y cinco horas al día mirando el móvil (Apple demostró que los usuarios del iphone desbloqueamos de media el terminal 80 veces al día). Es una cifra tan bárbara que no me extraña que los cines cierren y las novelas no se vendan. No nos da el tiempo para nada más que para estar amorrados a la pantalla. Y en este cómputo no estamos incluyendo las horas que añadimos ante el ordenador.

Y hay algo aún peor. Creemos que las nuevas tecnologías nos facilitan la vida. Que nos ahorran trabajo y nos liberan. Pero en realidad sucede lo contrario. Con el e-mail y los whatsapps no terminas jamás de trabajar. Antes, sacar adelante un tema suponía quizá una carta de papel al mes y tres llamadas. Hoy son decenas de correos electrónicos y de mensajes. Antes podías cortar tu dedicación laboral a una determinada hora. En estos momentos no cortas jamás. Por no hablar de las preciosas horas que he quemado hoy intentando sacar unas entradas.

Todo esto está alterando las costumbres, la salud y el cerebro. Numerosas investigaciones hablan del insomnio causado por la luz de los terminales, de alteraciones en la producción de hormonas, de quizá un mayor riesgo de cáncer (este punto es polémico), sobre todo en niños menores de dos años, los cuales, según todos los indicios, no deberían ni tocar una tableta. Pero hay algo que creo que está clarísimo, y es la disminución de la capacidad de concentración. Con la mano en el pecho, debo confesar que mi cabeza, siempre tendente a las corrientes de aire, tiene hoy más agujeros que nunca. La mente aletea de acá para allá con más facilidad, hambrienta de nuevos estímulos. Tengo la sensación de que los smartphones son como hechiceros que nos han hipnotizado, creando una Humanidad de seres distraídos y confusos. Hay estudios que señalan que el uso del teléfono mientras conduces, incluso en manos libres, provoca cada día nueve muertes y cerca de mil heridos en Estados Unidos. Otro trabajo realizado en Manhattan indicó que el 42% de los peatones ignoraban los semáforos en rojo por estar enfrascados en su móvil. Ya digo. Somos las primeras generaciones del Homo pasmado.

Rosa Montero

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Ilustración de Alex Gross – Android

Zuckerberg y los pezones

Facebook no es capaz de defenderse contra la interferencia electoral ni de garantizar el control personal de su información

Mark Zuckerberg, consejero delegado de Facebook
Mark Zuckerberg, consejero delegado de Facebook FRANCE PRESS

 

El hombre con mayor capacidad de influencia del mundo (y el quinto más rico, según la última lista de Forbes),está triste y no sabe cómo dejar de estarlo. La capacidad de influencia del imperio de Mark Zuckerberg no puede hacer nada para ayudarle a cambiar su destino. Cuando un hombre conquista todos los éxitos posibles, solo desea una cosa: la gloria. Pero eso, Zuckerberg lo ha perdido para siempre. Ya no será recordado como el niño prodigio que supo usar Internet para cambiar el mundo, sino como el niñato que creó y alimentó un monstruo capaz de destruir nuestras democracias.

El escándalo de Cambridge Analytics sobre filtración masiva y uso no autorizado de datos personales de Facebook puso de manifiesto que se envió información sesgada a 87 millones de norteamericanos para influir en su voto en las últimas elecciones a la presidencia. El asunto fue tan grave que vimos al dueño de las cuatro redes sociales más grandes del mundo (la propia Facebook, Facebook Messenger, WhatsApp e Instagram, todas ellas con más de 1.000 millones de usuarios mensuales activos) hacer lo nunca visto: ponerse traje y corbata y abandonar sus deportivas para comparecer en Washington. Era tal la vergüenza, que tuvo que disfrazarse. Habló más de diez horas en el Congreso y fue ridiculizado en varias ocasiones, todas viralizadas después en su propio imperio.

Desde entonces intenta arreglar las cosas entonando el mea culpa allá donde se presenta la ocasión. El tour del perdón de Zuckerberg lo llevó hasta Bruselas donde volvió a decir: “En los últimos años no hemos hecho lo suficiente para evitar que las herramientas que hemos creado se utilicen también para causar daño”. Pero como el mejor canal del mundo para comunicar es suyo, el pasado viernes ha hablado desde su trono: su perfil social de Facebook, donde ha explicado cómo afrontará los problemas a los que se enfrenta su compañía. Poca cosa: Facebook no es capaz de defenderse contra la interferencia electoral, de proteger a su comunidad de abusos y daños ni de garantizar que las personas tengan control de su información. Pero tranquilos, porque Mark está trabajando personalmente en ello.

Y no solo. También va a esmerarse seriamente en censurar los discursos del odio y los llamamientos a la violencia, algo que su tecnología aún no puede hacer. Pero tranquilos de nuevo, porque según los cálculos del último mensaje de Zuckerberg, nada de esto se podrá garantizar al 100% hasta 2019 más o menos. La razón es que distinguir unos mensajes de otros es muy difícil. Y encima, algunos de los objetivos son prácticamente incompatibles porque, según ha explicado, “el cifrado aumenta la privacidad y la seguridad de las personas, pero hace que sea más difícil luchar contra el odio a gran escala”. Vamos, que estamos salvados.

Y digo yo, usuaria entusiasta de estas redes, qué raro que Facebook (tampoco Instagram) no sea capaz de distinguir un mensaje que incita a la violencia de uno que no lo hace, pero sí consiga distinguir entre los publicables pezones de un varón y las pecaminosas berzas de una mujer. Porque, como todo el mundo sabe y muchas padecemos, en las redes de Zuckerberg cualquiera puede publicar un mensaje de odio o una mentira sin sufrir censura alguna, pero ninguna mujer del mundo puede publicar los pezones de sus tetas. En eso ha debido centrar la compañía sus esfuerzos de los últimos años, en solucionar la crisis de los pezones que azotaba a la humanidad.

Me imagino que soy una de las personas más poderosas del mundo y que dedico mis mejores esfuerzos a borrar pezones de la faz de la tierra mientras permito tranquilamente que se publiquen mensajes de odio y se corrompa la democracia. Ya pediré perdón si algo se tuerce. De momento, voy a centrarme en lo importante: las tetas de mujer. En este aspecto, el trabajo de Zuckerberg ha sido sobresaliente. Y gracias a la tecnología fina, el big data y su propio esfuerzo, su compañía ha cumplido durante años con una tarea prioritaria: extirpar quirúrgicamente de sus redes los pezones de las mujeres.

El asunto tiene su gracia, porque para superar la crisis de los pezones la tecnología ha tenido que desarrollarse hasta el punto de ser capaz de distinguir no solo el pezón de un hombre del de una mujer, sino también entre los dos tipos de privilegiadas tetas que pueden publicarse sin necesidad de difuminar sus areolas: las que han sufrido una mastectomía y las que aparecen amamantando. Vamos, todas aquellas tetas que según Facebook no contienen ninguna carga sexual o pornográfica. Como si una mujer que amamanta o que hubiera superado un cáncer careciese de sexualidad.

Personalmente, me resulta inevitable preguntar qué habría pasado, quién habría ganado las últimas elecciones americanas, cómo sería hoy la conversación en Facebook e Instagram (cada vez más atestada de soft porn) si al señor Zuckerberg le hubiera preocupado más mi querida democracia que mis tetas.

Nuria Labari es escritora y periodista. Es autora del libro Cosas que brillan cuando están rotas(Círculo de Tiza).

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Si Google sabe a dónde has ido, ¿sabe quién eres?

Si Google sabe a dónde has ido, ¿sabe quién eres?

CreditIlustración por Jon Han

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En agosto pasado, The Associated Press publicó una investigación sobre cómo Google administra los datos que recopila, después de un hallazgo algo curioso por parte de un investigador de posgrado de la Universidad de California en Berkeley. Durante años, la empresa ha permitido que los usuarios controlen su “historial de ubicaciones”, en el cual se registra dónde han estado principalmente según su actividad de Google Maps. El investigador sugirió, y Associated Press lo confirmó, que eso no funciona como lo venden. “Algunas aplicaciones de Google almacenan automáticamente su localización y la hora sin preguntar”, encontraron los reporteros. Esa revelación ya resultó en por lo menos una demanda legal y en nuevas críticas públicas.

Sí estamos al tanto, por lo general, de que Google guarda información de nuestros paraderos. Cuando buscamos cosas en Google, para todo tipo de temas, la empresa usa nuestra ubicación para mostrar resultados más relevantes (por ejemplo, según qué idioma hablamos). Google Maps, obviamente, nos muestra datos particulares de dónde estamos y hacia dónde vamos. Las maneras más creativas e indirectas con las cuales Google consigue nuestros datos de ubicación pueden ser útiles o, por lo menos, impresionantes a nivel técnico. (Sí, Google, adivinaste bien, ese es el restaurante al que fui, pero no quiero reseñarlo, gracias). Aunque es más frecuente que los detalles de lugares y movimientos sean procesados entre bambalinas, donde la información es guardada porque puede ser guardada, y después sean compartidos con herramientas que damos por sentadas. Esas herramientas sirven para mostrarnos qué es lo que quiere Google y qué es lo que cree que sabe. Es una manera de ver qué tiene Google de nosotros.

Hay que darle algo de crédito; la empresa desde hace mucho tiempo permite a sus usuarios ver una parte de los datos recopilados sobre ellos y de ellos. Google Takeout es una herramienta para descargar tus datos que está disponible desde 2011 y ahora permite exportar parte del material de cincuenta servicios como Gmail, búsqueda, los chats y el servicio de pagos. El volumen abrumador de información demuestra lo profunda —e ineludible— que es la relación con la compañía. También puede ser algo transformador; ver meses de tu propio historial de búsquedas en listas es revivir una mezcla de momentos mundanos, ansiosos e, incluso, algunos que ya habías olvidado.

El volumen abrumador de información demuestra lo profunda —e ineludible— que es la relación con la compañía.

La descarga de datos también ofrece una utilidad básica: por ejemplo, poder descargar las imágenes que tienes en aplicaciones de Google te permite migrarlas a otro sitio. Y se agradece inmensamente que Google no mantenga secuestrados tus contactos. La empresa también deja que los usuarios revisen su historial de ubicaciones, con una interfaz muy estilo Google porque hace que una cantidad inmensa de información se sienta entendible; sin embargo, es poco estilo Google porque se siente inútil o como que no vale la pena meterse de lleno. Sin embargo, hay otra opción para descargar los datos en bruto. Eso hice y obtuve un archivo con cientos de miles de datos con el tiempo exacto (hasta en milisegundos), la latitud y longitud (con el estimado de qué tan preciso es en metros) y un supuesto de mi actividad en el momento (“EN_BICICLETA”).

Esta información, ya en una base de datos y fuera de las interfaces de Google, se siente como, en su esencia, vigilancia, aunque sigue siendo bastante incomprensible. Pero en 2014, un estudiante de bachillerato llamado Theo Patt trabajó una herramienta que se llama Location History Visualizer que pone todo el historial de ubicaciones sobre un mapa con códigos de colores, como los que se ven en institutos que estudian contagios de enfermedades. La herramienta se volvió un éxito y hubo decenas de miles de visitas al sitio de Patt.

Y es que al ver de esa manera los últimos años de tu vida —lo que registran tu computadora y tu teléfono celular, y que luego consigues con un citatorio de tu cuenta— surge un impulso forense. Ya sea que te pienses como abogado, procurador, jurado o juez, hay mucho con qué trabajar. Si aceptaste por completo compartir información con ciertos productos de Google (yo lo hice con varias aplicaciones de Google para el iPhone, incluido Google Maps), vas a ver años de tus ubicaciones en círculos brillantes, violetas, verdes, amarillos o rojos, encima de un mapa mundial. Explorar los datos es revisar, en segundos, diversos estados emocionales: sorpresa, desorientación, curiosidad, decepción.

Enfoqué mi mapa por primera vez sin agrandar ningún punto y no me pareció la gran cosa. Sobre toda la ciudad de Nueva York, donde vivo, se veía un círculo rojo inmenso; había otros círculos en sitios en los que he visitado a mi familia. Otro en Nashville, donde fui para una conferencia. Un viaje al norte de California para un reportaje. Algunas vacaciones, escalas en aeropuertos y viajes de fin de semana cerca de la ciudad. Si acaso, la información de Google parecía estarme diciendo que me vendría bien viajar más. (Según la empresa, no comparte los historiales de ubicación con anunciantes ni muestra anuncios según los lugares del historial).

Pero luego hice un acercamiento a una área. Esos sitios en los que visité a mi familia quedaron espeluznantemente detallados. En el pueblo donde viví mis primeros dieciocho años era notorio el esqueleto de una rutina de alguien que regresa varias veces a un lugar: los puntos en las puertas G18 y C25 del aeropuerto, desde las que usualmente llego o salgo y desde las cuales caminé hacia los sanitarios cerca de la puerta C9 la última Navidad. Luego hay otro rastro de color rojo hasta la casa de mi madre y unos rastros de color azul de cuando salí a correr durante las visitas. Podía ver los restaurantes del pueblo a los que fuimos juntos y el bar en el que me encontré con un amigo. Había otros puntos misteriosos por la autopista; los seguí hasta que recordé que había ido a un restaurante de comida rápida que me encantaba cuando era adolescente. Me acerqué a otro punto al norte de la casa de mi madre y ahí estaba la iglesia a la que fuimos para el servicio de Nochebuena. Me moví por esa zona del mapa y se veían con claridad las visitas que hice: a la capilla, cuando me senté los bancos de la iglesia que están a la izquierda y al nicho donde están los restos de mi padre.

Si Google sabe a dónde has ido, ¿sabe quién eres?

CreditIlustración por Jon Han

Esta información me sentó mal de diversas maneras: el que una memoria de coordinadas de Google pudiera hacerme sentir pesar o alegría —claro, esa mañana en el parque fue tan linda, y estaban jugando esos perros— o que esas coordinadas me hicieran sentir culpable —y no un amigo, un compañero de trabajo o haberme equivocado de parada en el metro— de que la ciudad en la que vivo es mucho más grande que los lugares que visito rutinariamente.

También hubo momentos al revisar ese diario informático en los que sentí que quería más; pensé que será genial poder acercarme aún más, regresar a un sitio específico y clavarme a verlo. Pero fueron momentos que duraron poco, porque encontrar un diario tan personal sería divertido si está en el ático de la casa de tus padres y fue escrito con tu letra, no cuando lo hallas en los servidores de una corporación multimillonaria que muestra anuncios.

La primera versión de Location History Visualizer fue creada por Theo Patt cuando era adolescente. Poco tiempo después de que la volvió pública, le llegaron solicitudes para agregar herramientas. “Me llegó un correo de un padre cuya hija fue acusada de hurto en una tienda”, me dijo Patt. “Él mismo quería defenderla legalmente”. Entonces trabajó en una versión más avanzada que después empezó a vender. “Hay gente que cree que su pareja la engaña”, dijo, y son un “grupo sorpresivamente numeroso”. Recordó un caso en particular de una mujer que lo contactó directamente porque pensaba que su esposo le era infiel y había conseguido la información de Takeout para intentar comprobarlo. Después de una sesión de asistencia técnica “pudo visualizarlo todo”, dijo Patt, “y se quedó callada”. Varios días después ella le envió un correo escueto: “Gracias”.

Encontrar un diario tan personal sería divertido si está en el ático de la casa de tus padres y fue escrito con tu letra, no cuando lo hallas en los servidores de una corporación multimillonaria.

La gente usa el programa de Patt para revisar a mayor detalle sus viajes para presentar los gastos ante las empresas; otros quieren reconstruir esos viajes por medio de mapas visuales. Pero también las intenciones son cada vez más turbias si se trata de los datos de ubicación propios o de otros. Hay muchas parejas preocupadas —las ventas de Patt se disparan cada vez que se acerca el Día de San Valentín—, aunque ahora también hay jefes preocupados sobre dónde están sus empleados durante el día. También diversas autoridades se acercaron a Patt; no quiso divulgar mucho por los acuerdos que tiene con esos clientes. “Hubo varios de nivel internacional, brazos policiales y agencias de gobierno”. Patt, quien ahora tiene 18 años, está por empezar sus estudios en la Universidad de Stanford mientras alista una nueva empresa. Aún acepta clientes nuevos para Location History Visualizer.

Cuando lo usé sentí que ya había visto más que suficiente. Ese nivel de datos biográficos es suficientemente preocupante cuando lo recopila y usa una empresa en la que confío, al menos en la práctica; fuera de ese contexto es como un cúmulo de confrontaciones con un mundo donde las promesas de privacidad de datos son más frecuentes e insistentes y, para muchos usuarios, menos creíbles. Así que desactivé el historial de ubicaciones en Google… o lo desactivé tanto como se puede. Fue un paso a sabiendas de que hay muchas otras aplicaciones que dan seguimiento a mi ubicación en el celular —de guías a sitios locales, las sociales y hasta las del clima— que recopilarían datos prácticamente idénticos. (Y no olvidemos a los mismos proveedores de servicios celulares o a las empresas bancarias). Pero no apagarlo habría sido como rendirme.

Patt aún tiene activado el suyo. “Es la historia de mi adolescencia”, dijo. Yo los veía como archivos de vigilancia nominal y él como una biografía. Google había redactado ambos aunque, por ahora, no parece estar tan interesado en ninguno.

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Malditos contra malos: la batalla por engañarte que se gesta en internet

Malditos contra malos: la batalla por engañarte que se gesta en internet

Cantidad no es calidad, al menos ya no. Hace años solía decirse que cuantos más medios leyeras, más informado estarías. En la actualidad tenemos una cantidad ingente de periódicos y revistas a nuestro alcance, las redes sociales dan voz incluso a personas ajenas al negocio editorial, brindando una información más plural y variada, analizada desde más perspectivas.

Consumimos más información que en ningún otro momento de nuestra historia pero, ¿estamos mejor informados? «El acceso a más información también significa acceso a más desinformación», explica Clara Jiménez Cruz, «es un arma de doble filo». La periodista, cofundadora junto a Julio Montes de Maldita.es, explica que la desinformación ha existido siempre, pero considera que antes estaba más limitada: «En el pasado desinformaban el Estado, la Iglesia y los grandes grupos de comunicación. Ahora puede hacerlo cualquiera, es muy fácil mentir en un tuit, muy fácil crear una noticia falsa y viralizarla».

Por eso existe Maldita. Bajo este curioso nombre se engloban Maldita hemeroteca (una web dedicada a contrastar las opiniones pasadas y presentes de políticos), Maldito bulo (responsable de desmentir las noticias falsas o faltas de contexto) y Maldita ciencia (centrada en las noticias falsas de ciencia y sanidad).

Surgieron como secciones de programas de La Sexta, cadena a cuyos informativos estaban vinculados estos dos periodistas hasta el pasado junio. Pero en los últimos meses Maldita se ha independizado y está en proceso de convertirse en una fundación para seguir luchando, de forma más independiente, contra la desinformación.

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Sobre estos temas hablará Clara Jiménez Cruz en el próximo evento TEDxMadrid, que tendrá lugar el próximo fin de semana en el Teatro Fernán Gómez. Nos encontramos con ella en las oficinas de Maldita unas semanas antes de su intervención. Dice no tenerla cerrada al cien por cien, pero se la ve segura. A fin de cuentas lleva dedicándole su vida a este tema muchos años. «Menos años que los malos», puntualiza.

Con este término abstracto, los malos, se refieren aquí a los generadores de bulos o de noticias descontextualizadas. Con otro término que suena igualmente negativo, los malditos, hablan de su comunidad, de la gente que les ayuda a desenmascarar los bulos. Los malditos luchan contra los malos «factchekeando», es decir, comprobando la veracidad de ciertas informaciones. Puede parecer que aquí todo tiene su propio lenguaje, pero la finalidad es la contraria, que todo el mundo entienda, de manera simple pero fidedigna, qué está pasado. Y qué no.

En el pasado desinformaban el Estado, la Iglesia y los grandes grupos de comunicación. Ahora puede hacerlo cualquiera

En las últimas semanas, los malditos se han trasladado allí donde mejor se mueven los malos: a Whatsapp. Ya tenían un canal de Twitter, un boot de Facebook que contesta a los mensajes de los usuarios sobre la veracidad de una información («y si no, ya lo hacemos después las personitas») y una extensión para Chrome y Firefox, pero han tenido que moverse al canal de mensajería, pues es el lugar donde mejor se mueve la desinformación y del que, irónicamente, nos fiamos más. «Tiene que ver con que te manda las cosas gente de confianza y es más difícil poner en duda a alguien a quien crees y en quien confías», explica la periodista, que opina que en realidad, Whatsapp es «el agujero negro» .

«Si alguien desinforma en Twitter, enseguida hay alguien que lo ve y te lo dice, o lo reporta… Hay una conversación abierta y pública. En Facebook, medio medio, pero en Whatsapp, no. Si en tu grupo de la familia alguien manda algo, y nadie del grupo es consciente de que eso es una mentira, esa información pasará a otro grupo de otra familia, y a otro y a otro. Es mucho más difícil de parar», asegura.

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Bulos y desinfomación. Cómo te manipulan sin necesidad de mentirte

Jiménez habla de desinformación y no de fake news. No lo hace por desechar el anglicismo, sino porque el concepto desinformación es más amplio. Le pedimos que lo ejemplifique: «Si te mandan un vídeo de unos disturbios de manteros en Salou diciendo ‘Esto es Cataluña’… Vale, yo no puedo desmentirlo: eso es Cataluña, pero es de hace seis años y con un contexto [durante una redada un policía mató a un mantero]. Aun así no deja de ser Cataluña, o sea, que no es un bulo». Otro ejemplo similar es el de los disturbios en las calles de París. «Hubo una época en la que parecía que París se quemaba todos los días», lamenta la periodista.

Estos dos ejemplos, puestos al azar, ejemplifican muy bien el tipo de desinformaciones que se viralizan en los últimos meses. «Una de cada tres noticias que nos llegan va sobre inmigración», asegura Jiménez. Algunas descontextualizan, como las anteriormente citadas, otras directamente mienten al cambiar la ubicación, el tiempo y la información.

Es el caso de uno de los vídeos más virales de los últimos meses. «No sé si recuerdas el vídeo de un supuesto marroquí pegando a una enfermera española…», interpela la periodista. «Bien, pues ese vídeo se empezó a distribuir la misma semana en España diciendo que el agresor era marroquí, en Francia diciendo que era argelino, en Alemania diciendo que era un refugiado, en Inglaterra diciendo… Claramente ahí hay un movimiento organizado», indica Jiménez antes de aclarar que era un ruso borracho, no un inmigrante descontento con la sanidad pública de su lugar de acogida.

Una de cada tres noticias que nos llegan va sobre inmigración

En este caso la finalidad está muy clara y lo organizado de la campaña también, pero hay otros más sutiles. Para protegerse de esta desinformación, Jiménez defiende la importancia de alfabetización mediática, un concepto defendido también por la UNESCO como herramienta de empoderamiento de las sociedades. Con este término se hace referencia a las capacidades críticas y creativas de la sociedad respecto a los medios de comunicación.

Cuando la realidad se convierte en opinión

Precisamente el exceso de crítica a los medios de comunicación tradicionales parece estar en la raíz de esta desinformación. No sin motivos, todo el mundo tiene en mente algún episodio de mala praxis periodística producido en los últimos años. «Hay que recuperar ciertas prácticas que en los últimos años se han perdido», concede Jiménez, «prácticas como que si la cagas, rectificas; y rectificas bien, públicamente, no borras la noticia. Y si editas el artículo, lo avisas». Entonado el mea culpa, Jiménez opina que la reacción del público ante esta falta de profesionalidad tampoco ha sido la más adecuada.

Pone en duda la frase hecha, ya convertida en meme, de «no verás esto en los medios». «No verás esto en los medios… que lees tú», espeta. «Ningún lector consume todos los medios, a veces nuestra visión está un poco sesgada. A nosotros nos mandan mucho ese tipo de cadenas, de esto no lo verás publicado… y es como: mira, está publicado aquí, aquí y aquí».

Hay un momento en el que los bulos se convierten casi en opiniones y eso es peligrosísimo, porque se toma como una creencia social

A este respecto considera que en los últimos meses se han traspasado barreras impensables hasta hace poco. «Por ejemplo, se empezó a viralizar que Televisión Española no había informado de los abucheos a Pedro Sánchez en Sanlúcar de Barrameda ni del nuevo cargo de su mujer, Begoña Gómez en el Instituto de Empresa. Televisión Española había informado de las dos cosas, pero esto se viralizó de tal forma que el Partido Popular registró dos preguntas para Rosa María Mateo [administradora única provisional de RTVE] en la comisión del Parlamento sobre este tema», explica.

En una reciente entrevista, el intelectual Noam Chomsky aseguraba que «la gente ya no cree en los hechos», y uno no puede sino darle la razón viendo ciertas noticias, como la que avisa de que el sarampión se dispara en Europa (los casos han aumentado un 400%) por el auge de los antivacunas.

«El problema de los bulos es ese», apunta Jiménez, «hay un momento en el que se convierten casi en creencias, ya da igual ya no es un bulo, es una opinión y eso es peligrosísimo, porque se toma como una creencia social y llegamos a puntos como por ejemplo lo que está pasando en Italia con los antivacunas. Jiménez considera que España no está en ese punto. «De momento», apostilla. Por eso es tan importante la alfabetización mediática, considera. Por eso es tan importante que ganen los malditos y no los malos.

Una de cada tres noticias que nos llegan va sobre inmigración

CLARA JIMÉNEZ CRUZ.PERIODISTA

Malditos contra malos: la batalla por engañarte que se gesta en internet

¿Cómo funciona el algoritmo de búsqueda de Google?

¿Cómo funciona el algoritmo de búsqueda de Google?

CreditMinh Uong/The New York Times

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Google es sinónimo de búsquedas en línea. Cerca del 90 por ciento de todas las búsquedas en la red se hace a través de Google, así, la empresa tiene una implicación enorme en el flujo de información en todo el internet.

La semana pasada, el presidente Trump acusó a Google de abusar de ese poder al eliminar a propósito artículos positivos acerca de su gobierno. Las afirmaciones de Trump fueron desacreditadas por los expertos en búsquedas e incluso por algunos opositores vehementes de Google, pero hicieron eco de una incomodidad creciente respecto de la influencia que las empresas tecnológicas tienen en lo que vemos en línea.

A medida que internet ha crecido en tamaño y complejidad, también ha aumentado la importancia del buscador de Google. Una pequeña modificación en su algoritmo puede redirigir enormes cantidades de tráfico web. Aun así, no muchas personas entienden bien cómo funciona su motor de búsqueda. Además, por buenas razones, Google trata de que sea un secreto.

Aquí te explicamos cómo funciona y por qué los expertos en búsquedas dicen que hay pocas evidencias que respalden los reclamos del presidente.

¿Cómo funciona exactamente el buscador de Google?

Digamos que quieres hacer una búsqueda de “los beneficios de la berza para la salud”. Cuando comienzas a teclear, los sistemas computacionales de Google empiezan a filtrar su índice de los cientos de miles de millones de páginas web que utilizan esos términos exactos o una frase relacionada. (Google calcula que en inglés hay más de 53 millones de páginas que coinciden con “los beneficios para la salud de la col rizada o berza”).

Entonces, Google organiza esas páginas mediante un algoritmo secreto.

Este considera cientos de factores. Aunque Google mantiene en secreto la mayor parte de los detalles de su fórmula de búsqueda, ha revelado algunas especificaciones sobre su funcionamiento.

Uno de los grandes avances del motor de búsqueda de Google fue una fórmula llamada PageRank, que lleva el apellido de Larry Page, uno de los fundadores de la compañía que ahora es director ejecutivo de Alphabet, su empresa matriz. PageRank trabaja con la premisa básica de que el valor de una página puede determinarse mediante la cantidad de sitios que redirigen a los usuarios a la misma. En los primeros días de las búsquedas en la red, este era un concepto novedoso, y ayudó a que Google superara a antiguos competidores como Yahoo y AltaVista.

El motor de búsqueda se ha sofisticado cada vez más a lo largo de los años. (El 4 de septiembre se cumplieron veinte años de su fundación). Además de PageRank, la empresa también ha dicho que el software revisa con cuánta frecuencia y en qué lugar de una página específica aparecen las palabras clave que se buscan, hace cuánto se creó el sitio (una señal de que la información es reciente) y la ubicación de la persona que hace la búsqueda.

Google dijo que no había grandes diferencias entre la manera en que selecciona artículos noticiosos y otros resultados de búsqueda, aunque algunos factores, como la fecha de creación de la página, tienen más importancia en las búsquedas de noticias.

¿Por qué Google no revela el algoritmo?

El gigante tecnológico dice que revelar su fórmula les facilitaría el trabajo a quienes intentan manipular los resultados de búsqueda. Ya hay una industria artesanal de personas que se especializan en la optimización de los motores de búsqueda (SEO) y ayudan a que las páginas web de sus empresas tengan mayor visibilidad. Según la lógica, con un mayor entendimiento, los sitios basura y los anunciantes podrían desplazar a las páginas más relevantes de los principales resultados de búsqueda.

Desde luego, Google tiene otra razón para mantener en secreto la fórmula de su motor de búsqueda: está patentada. En su mayor parte, la empresa ha establecido su dominio en las búsquedas porque hizo un mejor trabajo al mostrar las mejores respuestas para una consulta específica. Google quiere evitar que sus competidores conozcan su algoritmo de búsqueda, así como Coca-Cola tampoco revela su receta.

El presidente Trump acusó al buscador de Google de estar predispuesta contra los medios de derecha. ¿Es así?

Google señaló que la ideología política no era un factor en ningún aspecto de sus resultados de búsqueda. También dijo que el hecho de que un usuario sea conservador o liberal no es parte de la información reunida por la empresa, y que esta no categorizaba las páginas web según inclinaciones políticas.

No obstante, el escrutinio sobre la desinformación desatado después de la elección presidencial de 2016 obligó a Google a hacer un cambio en su algoritmo de búsqueda. En ese entonces, halló que el 0,25 por ciento de su tráfico diario estaba enlazado a información engañosa, falsa u ofensiva. Quería destacar lo que llamó contenido más “fidedigno” en los resultados de búsqueda. El cambio suscitó reclamos debido a que se había provocado una disminución drástica en el tráfico. Sin embargo, la organización que se quejó y todos los sitios que esta mencionó tienen tendencias de izquierda.

¿Cómo determina Google qué tan fidedignos son los resultados de búsqueda?

Depende de un ejército de “clasificadores” humanos para orientar la calidad de los resultados de búsqueda. Google tiene diez mil clasificadores en todo el mundo. Califican la calidad de los resultados de búsqueda para determinar si las páginas que aparecen primero proporcionan información competente, fidedigna y confiable.

Aunque los clasificadores no pueden cambiar directamente el funcionamiento del algoritmo de búsqueda, sus opiniones pueden resaltar problemas con páginas web específicas o puntos ciegos en la fórmula de búsqueda. Google publica los lineamientos que utilizan los clasificadores para determinar la calidad de las búsquedas.

¿Entonces el buscador de Google es completamente neutral?

No del todo. Cuando se creó, los resultados de búsqueda eran austeros, una lista de diez vínculos azules. El objetivo principal en ese entonces era proporcionar resultados relevantes para que la gente se dirigiera a ellos tan rápidamente como fuera posible. Eso ha cambiado significativamente a lo largo de los años. En vez de simplemente presentar enlaces, Google está incluyendo más información en sus páginas web, lo cual aumenta la tensión entre los editores y otros servicios, como el sitio de reseñas Yelp, que depende del buscador para dirigir el tráfico a sus páginas. Google ha argumentado que los usuarios visitan su sitio web para obtener más que solo enlaces; quieren información.

No obstante, conforme Google ha incorporado información sobre viajes, servicios de compras o reseñas de restaurantes y negocios locales en sus resultados de búsqueda, los competidores argumentan que está autodistribuyendo o dando preferencia a sus propios servicios por encima de sus rivales. La Unión Europea ha señalado que ese tipo de trato preferencial viola sus leyes antimonopolios.

También está el problema del sesgo oculto. Estas no son cuestiones acerca de predisposición deliberada contra una ideología política, como lo planteó Trump, sino de la manera en que los algoritmos o la inteligencia artificial involuntariamente amplificará los prejuicios societarios de las minorías, como las mujeres u otros grupos raciales.

La preocupación es que, puesto que muchos ingenieros de Google son hombres blancos o asiáticos, es menos probable que detecten problemas sutiles que enfrentan grupos subrepresentados. Su buscador, por ejemplo, tiene una función llamada autocompletar, que ofrece sugerencias de búsquedas en cuanto un usuario comienza a teclear. En el pasado, algunas de esas sugerencias incluían estereotipos racistas o sexistas.

Google ha dicho que está consciente de que estos tipos de prejuicios podrían infiltrarse en sus resultados de búsqueda, pero que se mantiene atenta para tratar de solucionar estos problemas. Ahora, cuando se comienza una búsqueda con la frase “Donald Trump es”, las tres sugerencias principales de autocompletar son “demócrata”, “un gran presidente” y “mi presidente”.

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Facebook revela campañas que pretendían crear discordia en el mundo

Facebook revela campañas que pretendían crear discordia en el mundo

El director ejecutivo y fundador de Facebook durante una comparecencia ante el Congreso estadounidense, en abrilCreditAndrew Harnik/Associated Press

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SAN FRANCISCO — Facebook anunció esta semana que identificó varias campañas nuevas para influir y engañar a personas de todo el mundo: la empresa encontró y eliminó 652 cuentas, páginas y grupos falsos que intentaban propagar desinformación.

Según Facebook, la actividad se originó en Irán y Rusia. La mayoría de los grupos y páginas estaban focalizados en gente de América Latina, el Reino Unido y Medio Oriente, así como Estados Unidos, aseguró la empresa.

En un informe preliminar, FireEye, una firma de ciberseguridad que trabajó con Facebook en la investigación de páginas y cuentas falsas, mencionó que las operaciones “se extendían mucho más allá del público y la política de Estados Unidos”.

La escala de los elementos descubiertos superó por mucho a otra operación de influencia que Facebook reveló en julio, en la cual la empresa aseguró haber detectado y eliminado 32 páginas y cuentas falsas sobre actividades relacionadas con asuntos sociales que generan polémica y que tenían como blanco las elecciones intermedias en Estados Unidos.

Sin embargo, parece que los objetivos de estas últimas campañas en la red social sí fueron similares a los de operaciones anteriores: distribuir información falsa que pudiera provocar confusión entre las personas y alterar su forma de pensar para que se volvieran más partidistas o favorecieran más a algún gobierno en varios temas.

“Creemos que tanto las páginas y las cuentas como los grupos eran parte de dos campañas distintas”, mencionó el 21 de agosto Mark Zuckerberg, director ejecutivo de Facebook, en una conferencia telefónica sobre las actividades. “Una de Irán, relacionada con medios propiedad del Estado. La otra provino de un grupo de personas que el gobierno estadounidense y otros actores han vinculado con Rusia”.

Las revelaciones resaltan la forma en que se está extendiendo el uso de Facebook como plataforma de desinformación. Después de las elecciones presidenciales de 2016 en Estados Unidos, por ejemplo, la empresa reveló que su sitio fue usado para divulgar mensajes divisorios entre los votantes sobre temas raciales, de control de las armas y sobre el medioambiente.

Ahora, da la impresión de que hay cada vez más operativos en otros países que están adoptando las mismas tácticas de influencia en redes sociales.

Facebook revela campañas que pretendían crear discordia en el mundo

Una de las páginas falsas alertaba sobre la presunta invasión de migrantes a Europa.

Renee DiResta, directora de investigación en New Knowledge, una organización que estudia las campañas de desinformación, señaló que el involucramiento de Irán “refuerza la idea de que esta es una guerra de la información en curso, que nuestro ecosistema social es vulnerable a la manipulación de una variedad de adversarios y que se divulgan narrativas malignas para engañar a personas de todo el mundo”.

Al anuncio de Facebook del martes le siguió uno de Twitter: dijo que también había eliminado cuentas relacionadas con Irán.

“Hemos suspendido 284 cuentas porque estaban involucradas en una manipulación coordinada”, indicó Twitter. “Con base en nuestro análisis actual, parece que muchas de estas cuentas se originaron en Irán”.

La revelación de las nuevas campañas de influencia en Facebook llegó después de un informe que Microsoft emitió unas horas antes el mismo martes, en el cual se afirmaba que la empresa había encontrado e incautado sitios web que habían creado hacía poco tiempo ciberatacantes ligados a una unidad de inteligencia militar de Rusia. Los sitios falsos eran parte de una iniciativa que tenía como objetivo los centros de investigación conservadores en Estados Unidos.

Facebook declaró que en julio había identificado algunas de las nuevas operaciones de influencia gracias a que recibió un aviso de FireEye sobre una red de páginas de Facebook llamada “Liberty Front Press”. YouTube también desactivó la cuenta de un grupo con el mismo nombre.

Después de que Facebook investigó esas páginas, la empresa mencionó que había logrado relacionarlas con medios del Estado iraní mediante la información que tiene sobre el registro de páginas web y las direcciones del protocolo de internet. Algunas de las páginas fueron creadas en 2013, según la empresa, y publicaban contenido político que se enfocaba en Medio Oriente, Latinoamérica, el Reino Unido y Estados Unidos.

Las páginas que supuestamente se originaron en Irán estaban escritas en varios idiomas, entre ellos inglés, árabe y persa. Contenían una gran cantidad de temas proiraníes, así como mensajes en contra de Israel y a favor de los palestinos.

Las cuentas más nuevas, creadas a partir de 2016, tenían objetivos adicionales, entre ellos esparcir programas malignos y robar contraseñas, según Facebook. Las cuentas que se originaron en Rusia centraron sus actividades en Ucrania y Siria. En este último país, las cuentas también promovían una agenda prorrusa y la del presidente sirio, Bashar al Asad.

Facebook agregó que las cuentas que estaban ligadas a Irán habían pagado más de 12.000 dólares para publicar anuncios en la red social y en la plataforma para fotos de la misma empresa, Instagram, en monedas estadounidense y australiana. El primer anuncio salió en julio de 2012, mientras que el más reciente apareció este agosto. Facebook mencionó que al menos parte de esa publicidad había sido detectada porque sus nuevas reglas solicitan que los anuncios políticos sean etiquetados como tales. Facebook no hizo comentarios sobre el contenido de los anuncios ni tampoco declaró a quiénes estaban dirigidos.

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La industria del sexo

Resultado de imagen para La industria del sexoTantos son los comentarios y reacciones a mis dos anteriores artículos, como nunca antes había recibido de otros dedicados a temas políticos. Diríase que hay unos sectores sociales, sobre todo femeninos, ávidos de conocer, discutir y posicionarse sobre la sexualidad en tiempos actuales.

Ciertamente el Movimiento ha abandonado la enseñanza y el debate sobre la sexualidad femenina. Los pasados años se ha aceptado que ése era tema suficientemente conocido. La inundación de informaciones falsamente entendidas como liberales en esta cuestión han dado a la ciudadanía, inclusive a las mujeres que se consideran feministas, la convicción de que ya no hay nada más que aprender del arte amatorio. Lo que ha sido aprovechado por la industria del sexo para introducir en todos los ámbitos la pornografía y la prostitución.

El Capitalismo lo convierte todo en negocio lucrativo a través de la venta de la mercancía, incluyendo a los seres humanos. Y sobre todo los más débiles. Los niños y las niñas son abusados sexualmente, robados, vendidos y comprados. Y las mujeres, cuyos cuerpos son deseados por los hombres, están ahí para que sirvan de satisfacción del placer masculino a cambio de dinero.

La industria del sexo está más floreciente que nunca. Lo demuestra los negocios que continuamente se realizan sobre diversas actividades que tienen al sexo como mercancía: la prostitución, la pornografía, las revistas, las obras tanto llamadas de arte como de humor, en el cine, en el teatro, y no digamos en Internet, que constituyen un porcentaje importante del producto interior bruto en nuestro país. Es lógico que así sea puesto que el impulso sexual es una de las grandes motivaciones del ser humano, y su utilización perversa puede alcanzar grandes beneficios.

A la industria del sexo no le interesan ni las emociones ni las motivaciones extrañas al beneficio económico. Todo está en venta, la amistad, el amor, las preferencias y gustos sexuales. La fidelidad a unos principios, la coherencia en la conducta con los planteamientos ideológicos están desprestigiadas en la sociedad posmoderna en que nos encontramos.

Pero esta sociedad no sólo es posmoderna, es fundamentalmente patriarcal. Y en una sociedad patriarcal las únicas preferencias y gustos sexuales que se tienen en cuenta son los masculinos. Una de las importantes carencias que padecen las mujeres es la de que desde todos los puntos de vista, tanto de salud como cultural como emocional, sus preferencias no se tienen en cuenta ni por los expertos ni por los creadores de ideología ni lo que es ahora peor tampoco por las feministas.

Presas del síndrome de Estocolmo, aquel que describen los expertos como el que induce a la víctima a admirar a su verdugo e incluso a imitarle, las feministas, en las relaciones sexuales, se están dejando captar por los gustos y las preferencias masculinas. Pero no para llegar a comprender y aprender de las técnicas amatorias gratificantes que los hombres han inventado o adoptado en largos siglos de práctica, sino para aceptar del machismo más despreciativo de la mujer conductas que suponen la victimización e incluso la violencia contra ellas mismas.

Que la obra 50 sombras de Grey y la película que la siguió, más las sucesivas versiones que se hicieron, hayan sido los best sellers más importantes de los últimos años, especialmente para las lectoras y espectadoras femeninas, indica exactamente la situación que acabo de describir. Mujeres que se emocionan con la descripción de escenas de sadomasoquismo de una violencia extraordinaria en las que la víctima es la mujer, y que consideran, como la protagonista de la obra, que constituyen una manifestación de amor por parte del verdugo que la está maltratando, y que salían del cine llorando no por compasión ante la situación humillante que vive la protagonista sino por desear ser ellas las que hubieran obtenido la atención del galán.

La antigua novela romántica ha sido convertida en una mezcla de almibarado relato de paisajes, situaciones y personajes, con las más descarnadas descripciones de conductas sexuales agresivas con las mujeres. La pornografía a la que son aficionados millones de hombres marca las pautas del trato.

No sé si vuelven las viejas normas del patriarcado por las cuales el varón tiene unas preferencias y unas necesidades sexuales mucho más imperativas e irreprimibles que la mujer. Ésta ideología es la que justifica la prostitución. Si el hombre necesita con más frecuencia las relaciones sexuales y estas además han de estar bordadas por prácticas más sofisticadas e imaginativas que las que permite la moral nacional católica que nos influyó durante demasiados años, es natural que necesite para su satisfacción sexual más de una mujer y, sobre todo, otras que no mantengan la pacata actitud que aprendieron las generaciones mayores hoy de 40 años.

Pero esa ideología tan repetida durante la dictadura no tiene ninguna justificación hoy para diseñar las relaciones sexuales entre hombres y mujeres menores de esa edad. La liberalización de las costumbres aceptadas socialmente para que jóvenes que ni siquiera han llegado a la mayoría de edad mantengan relaciones sexuales libres y sin contrato matrimonial, las campañas feministas que hemos realizado durante cuatro décadas para difundir y enseñar a nuestra sociedad a considerar a las mujeres sujetos activos iguales en deseo que los hombres, los cambios fundamentales que se han realizado en nuestra legislación para exigir respeto a los varones en su relación con las mujeres y responsabilidades a los violadores y maltratadores, deberían haber borrado de las relaciones de pareja toda desigualdad de trato que suponga humillación, dolor o desprecio para la mujer.

Cuando ya ha transcurrido medio siglo desde las investigaciones de Johnson and Johnson en las que se demostró la mayor capacidad de la mujer para obtener placer repetidamente, en contra de la leyenda de la frigidez femenina, resulta ridículo, si no fuera preocupante, que todavía se difunda la idea del papel depredador del macho humano frente a la natural timidez de la mujer. Y lo que es peor aún, se le conceda a él el derecho a utilizar diversas mujeres para su satisfacción, con el beneplácito de ellas.

Cuando Alejandra Kolóntäi reclamaba el amor juego y pedía que no hubiera más Anas Kareninas, estaba exigiendo no solo desdramatizar la relación amorosa para las mujeres y libertad para realizarse sexualmente cuando ellas decidieran, sin depender de la exigencia del varón, sino también una relación grata de amistad y compañerismo, que nada tiene que ver con la dominación masculina.

Sería bueno que nuestras jóvenes feministas leyeran a Alejandra Kolontäi y a Kate Millet y mí misma. Para que aprendieran que el feminismo no se descubrió cuando ellas lo conocieron. Y sobre todo que el verdadero feminismo exige el máximo respeto a los seres humanos, en todas sus vertientes, y que por tanto la relación sexual y amorosa ha de estar regida por la colaboración mutua y la sinceridad.

Sin estas condiciones las nuevas generaciones de mujeres seguirán siendo engañadas por sus parejas.

Lidia Falcón

https://blogs.publico.es/lidia-falcon

Así puedes acabar con el acoso publicitario

Así puedes acabar con el acoso publicitario

CreditTom Grillo

 

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La publicidad en internet siempre ha sido irritante, pero ahora es peor que nunca.

Pensemos en lo que sucede cuando quieres comprar en línea un reloj de pulsera. Visitas algunos sitios de relojes y, a continuación, el anuncio de un reloj te sigue a todas partes. En tu computadora, se carga en las noticias de Facebook. En el celular, aparece en Instagram. En tu explorador web, aparece en sitios de noticias que no tienen nada que ver con relojes. Aunque termines ordenando el reloj, la publicidad te seguirá por doquier.

Eso es acoso publicitario. Se trata de un síntoma de cómo la publicidad en línea se está haciendo cada vez más dirigida y persistente. Tecnologías de rastreo como las cookies están recabando información acerca de los sitios que visitamos. Además, los rastreadores ahora son tan sofisticados que pueden detectar cuando estás pensando comprar algo, pero no lo haces, y les dicen a los anuncios que te persigan para que finalices la compra.

Según la industria de la publicidad, los anuncios dirigidos son mejores para la gente que aquellos comerciales que antes aparecían arbitrariamente.

“El contenido no es gratuito, ¿entonces qué preferirías ver?”, dijo Sarah Hofstetter, presidenta de la agencia publicitaria 360i. “¿Los anuncios que por lo menos intentan ser de tu interés o los anuncios aleatorios?”.

Ese es un buen punto. Por otro lado, estos anuncios perturbadores pueden ser extremadamente irritantes, sobre todo cuando hacen las suposiciones incorrectas. Son otro ejemplo, junto con los videos que neciamente se reproducen automáticamente y los troles cibernéticosque invaden los comentarios en internet, de cómo algunos elementos negativos están destrozando la integridad de la web.

Los anuncios acosadores también plantean preocupaciones de privacidad. Una encuesta de 2012 del Centro de Investigaciones Pew halló que al 68 por ciento de los internautas no les gustaba la publicidad dirigida porque no les agrada que den seguimiento ni analicen sus actividades en línea. Tu historial en internet puede revelar mucho sobre ti, como tus problemas de salud, afiliaciones políticas y costumbres sexuales. Afortunadamente, tengo buenas noticias: después de varios años de entrevistar a expertos en privacidad y empresas de internet, por fin logré que se fueran mis anuncios acosadores.

¿Por qué me acechan los anuncios?

Antes de que intentes exorcizar los anuncios dirigidos, es importante que entiendas qué está pasando tras bambalinas. Digamos que quieres comprar en línea una licuadora. Cargas el sitio web de una licuadora de la Marca X y después cierras el explorador. La siguiente vez que abres el explorador, te siguen anuncios de la licuadora de sitio a sitio; también aparecen en algunas de tus aplicaciones móviles como Facebook e Instagram.

Cuando visitaste el sitio web de la Marca X, el sitio almacenó una cookie en tu dispositivo con un identificador único. La Marca X contrató a varias empresas de publicidad en línea para encargarse de su mercadotecnia. Las empresas de publicidad en línea incrustaron rastreadores que también se cargaron en el sitio web de la Marca X y los rastreadores echaron un vistazo a tu cookie para marcar tu dispositivo.

Los rastreadores identifican si te interesa comprar algo. Buscan señales como haber cerrado el explorador después de mirar la página de la licuadora un rato o dejar ese artículo en el carrito del sitio sin realizar la compra. Desde ahí, las empresas de publicidad en internet pueden seguir tu cookie a través de rastreadores y redes de anuncios en varios sitios y aplicaciones para mostrarte un anuncio de la licuadora.

Hofstetter dijo que algunas empresas de publicidad en línea tienen buenas prácticas y otras no. Las buenas intentarán minimizar las probabilidades de molestarte, te mostrarán el anuncio de la licuadora algunas veces y se detendrán si detectan que hiciste la compra. A las malas solo les importa convencerte de comprar la licuadora, así que te mostrarán el anuncio incansablemente, y no se molestarán en determinar si ya la compraste.

El asunto se complica mucho cuando las marcas emplean varias empresas de publicidad en línea que tienen distintos enfoques. Quizás una empresa de publicidad dejó de mostrarte el anuncio de la licuadora después de hacerlo algunas veces en Facebook. Pero en otros sitios o dentro de una aplicación, otra empresa de publicidad en línea te mostró ese mismo anuncio sin parar.

Recomendaciones para evitar los anuncios acosadores

Estas son algunas medidas sencillas que puedes tomar si te persigue un anuncio y quieres detenerlo:

—Elimina tus cookies periódicamente. Será más difícil que los rastreadores de anuncios te sigan si borras tus cookies en todos tus dispositivos. Apple, Google y Microsoft han publicado instrucciones sobre cómo borrar datos de sus exploradores Safari, Chrome y Edge.

—Reinicia tu identificador de publicidad. Además de las cookies, los celulares Android y Apple utilizan el llamado identificador de publicidad para ayudar a que los anunciantes te rastreen. Puedes reiniciarlo cuando quieras. En los dispositivos Android, puedes encontrar el botón de reinicio en el menú de anuncios dentro de la aplicación de Configuración de Google; en los iPhone puedes encontrar el botón de reinicio dentro de la aplicación de Configuración en el menú de Privacidad, en la opción de Publicidad.

—Depura periódicamente tu historial de anuncios en Google. Google ofrece la herramienta Mi Actividad, donde puedes ver los detalles que Google ha almacenado sobre ti, incluyendo el historial de anuncios que has cargado, y ahí puedes elegir la información que quieres borrar.

—De ser posible, oculta el anuncio irritante. En algunos anuncios web, como los que muestran Google y Facebook, hay un pequeño botón en la esquina superior derecha al que puedes dar clic para ocultar el anuncio.

¿Cómo puedo hacer algo más contundente?

Hay métodos más extremos si quieres evitar que los anuncios dirigidos te sigan. Pero esto no es para los débiles: según mi experiencia, tienes que tomar todas estas medidas, no solo algunas, para hacer que estos anuncios fastidiosos te dejen en paz para siempre.

—Instala un bloqueador de anuncios. En tu explorador web, puedes instalar extensiones que bloquean los anuncios. Mi favorito para los exploradores en computadoras es uBlock Origin, y en los iPhone recomiendo 1Blocker X. (Para los usuarios de Android, Google prohibió muchos bloqueadores de anuncios de Play, su tienda oficial de aplicaciones, así que la manera más sencilla de bloquear anuncios es utilizando un explorador web privado).

—En los dispositivos móviles, utiliza un explorador privado. Firefox Focus, DuckDuckGo y Ghostery Privacy Browser son exploradores móviles enfocados en la privacidad que tienen integrados métodos de bloqueo de anuncios y rastreadores. Estas herramientas son útiles cuando quieres realizar una búsqueda web discreta. (Pueden ser poco prácticos si los usas como exploradores cotidianos porque los bloqueadores integrados pueden atrofiar partes importantes de los sitios).

—Instala un bloqueador de rastreadores. Los bloqueadores de rastreadores detectan códigos entrometidos en sitios web y evitan que se carguen. Mi bloqueador favorito de rastreadores para sistemas móviles y de escritorio es Disconnect.me.

—Cuando puedas, renuncia a los anuncios basados en intereses. Empresas tecnológicas como Google, Facebook, Twitter y Apple ofrecen instrucciones para dejar de recibir anuncios basados en tus intereses.

Quizá te tome un par de horas configurar tus dispositivos para evitar que los anuncios te acosen. A lo largo de lo últimos años, hice estos cambios poco a poco en mis dispositivos y cuentas de internet y hasta hace poco dejé de ver los anuncios dirigidos. Fue un proceso engorroso. Pero estoy feliz con los resultados. Ya no están esos anuncios de relojes de pulsera que alguna vez me siguieron.

Hace poco, Instagram me mostró un anuncio de una tienda de conveniencia. ¿Ese anuncio era irrelevante para mí? Sí. ¿Pero esa fue una señal de que ya no me estaban rastreando bien? Así es. Confieso que me hizo muy feliz ver el anuncio.

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