Tiempo sin transcurso

Hasta hace no mucho, bastantes espectadores de pintura reconocían el momento que el artista había decidido aislar. Ahora demasiados no tienen ni idea de nada.

EN UNA VIEJA novela hay un personaje llamado Mateu, guardián del Museo del Prado, al que el padre del narrador, Ranz, con un cargo en dicha pinacoteca, sorprende una noche chamuscando con un mechero el marco del único Rembrandt de la colección, que no se sabe —o no estaba claro cuando se escribió la novela— si representa a Artemisa o a Sofonisba. Mateu va acercando su llama peligrosamente al lienzo. Ranz descuelga un extintor de la pared y lo sujeta oculto a su espalda, considerable peso. Como cualquier movimiento en falso puede dar al traste rápidamente con la obra maestra de 1634, se aproxima con cautela e intenta distraer a Mateu, que lleva veinticinco años en el museo. “¿Qué hay, Mateu? ¿Viendo mejor el cuadro?”, le pregunta con calma. “No, estoy pensando en quemarlo”, responde éste desapasionadamente. “Pero, hombre, ¿tan poco le gusta?” Contesta el guardián: “No me gusta esa gorda con perlas, estoy harto. Parece más guapa la criadita que le sirve la copa, pero no hay manera de verle bien la cara”. El cuadro muestra a tres mujeres, a Sofonisba iluminada y de frente (que en efecto es gruesa y luce perlas), a la criadita joven de espaldas, que le ofrece una copa quizá con veneno (según sea Artemisa o Sofonisba), y a una vieja en sombras. “Ya”, dice Ranz, “fue pintado así, claro, la gorda de frente y la sirvienta de espaldas”, a lo que Mateu responde, cargándose de razón: “Eso es lo malo, que fue pintado así para siempre, y ahora nos quedamos sin saber lo que pasa; no hay forma de verle la cara a la chica ni de saber qué pinta la vieja del fondo, lo único que se ve es a la gorda con sus dos collares que no acaba nunca de coger la copa. A ver si se la bebe de una puta vez y puedo ver a la chica si se da la vuelta”. Ranz le razona: “Pero comprenda que eso no es posible, Mateu, las tres están pintadas, ¿no lo ve usted?, pintadas. Usted ha visto mucho cine, esto no es una película. Comprenda que no hay manera de verlas de otro modo, esto es un cuadro. Un cuadro”. “Por eso me lo cargo”, reitera Mateu con gran fastidio.

No contaré el desenlace, no vayan a acusarme de destripar, pese a los veintiséis años transcurridos desde que se publicó este episodio. Lo cierto es que no he podido por menos de acordarme de él al ver la reciente película Loving Vincent, de Dorota Kubiela y Hugh Welchman. En ella sucede justamente lo que anhelaba el guardián Mateu: los muy famosos cuadros de Van Gogh, sus paisajes, sus retratos, cobran vida, se independizan y continúan. Las personas que pintó, el jefe de correos Roulin, su hijo Armand, el Père Tanguy, el célebre Doctor Gachet, su hermano Theo, Marguerite Roulin a la que inmortalizó tocando el piano, el gendarme, el zuavo, el barquero, todos hablan y se mueven y se los ve desde diferentes ángulos. Los cuervos sobrevuelan los campos de paja, el tren avanza por el puente que atraviesa el río, las farolas y las estrellas titilan, la tormenta se abre paso y se arremolina. Si mal no he entendido, cada escena se rodó con actores (destaca el excelente Jerome Flynn, de Juego de tronos) y después cada fotograma (más de 65.000) fue pintado a mano “a la Van Gogh”. El efecto es sorprendente y sin duda grato de contemplar. Los movimientos de los personajes son pastosos y espasmódicos como sus pinceladas, las perspectivas distorsionadas como las de sus cuadros, pero bien reconocibles; los colores son fieles, sobre todo los amarillos (los de los campos, el de la chaqueta de Armand Roulin). El parecido de los actores con sus modelos pictóricos resulta extraordinario (salvo Van Gogh), aunque eso tal vez no sea lo más difícil, la pincelada posterior puede cambiarlos a gusto.

El problema es que lo que la película cuenta (una mínima indagación sobre el suicidio del pintor, con insinuaciones muy débiles de que pudiera haber sido asesinado) carece de interés. Quizá eso es lo que nos ocurriría las más de las veces si los instantes de los cuadros tuvieran un antes y un después; si fuera posible complacer al Mateu que todos albergamos. Hasta hace no muchos años, bastantes espectadores de pintura sabían ese antes y ese después, cuando se trataba de escenas bíblicas o mitológicas griegas. Reconocían el momento que el artista había decidido aislar y detener en el tiempo, estaban familiarizados con el relato del que estaba sacado. Ahora demasiados no tienen ni idea de nada, y no es raro que un estudiante de Historia del Arte identifique a un Cristo simplemente como “hombre crucificado”. Y cuando las escenas son inventadas, o costumbristas, o retratos, quizá lo que nos fascina y debe fascinarnos es su falta de referentes y de antecedentes, de antes y después, de historia. “Esto es un cuadro”, le decía Ranz a Mateu en aquel viejo episodio. Hay pinturas ante las que quisiéramos ver más de lo que se nos enseña: el rostro de alguien que estará de espaldas hasta la eternidad, para entendernos. Pero esa extraña y a ratos hipnótica película, Loving Vincent, nos muestra por qué un pintor debe ser sólo un pintor, jamás un novelista ni un cineasta. La pintura no es narrativa, sino acaso lo contrario: tiempo sin transcurso, elegido y congelado.

Javier Marías

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Hacia Bizancio

Hoy las personas pueden atravesar la tierra ‘ignorándolo todo’, desde lo ocurrido antes de su llegada hasta lo pensado por filósofos y escritores.

EL PASADO 1 de junio, a los ochenta y ocho años, murió John Julius Norwich, con quien había tenido leve contacto a raíz de la publicación de su libro Los PapasUna historia en mi diminuta editorial Reino de Redonda. Como era uno de los poquísimos autores vivos de la colección, y mi admiración por él venía de antiguo, en seguida le ofrecí la posibilidad de convertirse en Duke del Reino fantasmal. Aunque ya poseía un verdadero título, el de Vizconde Norwich, heredado de su muy singular padre Duff Cooper, mi propuesta le hizo aparente ilusión, sobre todo porque le sugerí ser Duke of Bizancio, a cuyo imperio había dedicado tres gruesos volúmenes entre 1988 y 1995. También es enorme su Historia de Venecia en dos tomos, y son varias sus obras sobre un asunto que, cuando él lo abordó por primera vez en 1967, se había estudiado poco o nada, a saber, la larga dominación de Sicilia por los normandos, que ha dejado en esa isla varias maravillas arquitectónicas y un extraño bagaje cultural que se mezcla con el de tantos otros dominadores, incluidos los españoles. Pero, además de sus numerosos libros (el más reciente, sobre Francia, apareció poco antes de su muerte), durante años dirigió y condujo programas de radio y televisión en la BBC, sobre cuestiones tan variadas como la caída de Constantinopla, Napoleón, Cortés y Moctezuma, Maximiliano de México, los Caballeros de Malta, la Guerra Zulú, Turquía y Toussaint l’Ouverture. Fue un hombre modesto, que reconoció no haber “descubierto” un solo hecho histórico en su vida, y haberse limitado a contarlos de forma clara, ordenada, amena y también ingeniosa —pero en todo caso rigurosa—. Tituló sus memorias Trying to Please, o Intentando agradar, haciendo suya la frase que le dedicó su niñera: “Este bebé trata de agradar”. Según me cuentan ahora su hija y su yerno, los distinguidos escritores Artemis Cooper y Antony Beevor, se ha despedido procurando no molestar: “Ha sido lo bastante listo”, decían, “para cesar justo antes de entrar en el mundo de las sillas de ruedas y los cuidadores permanentes”.

Siempre que se muere alguien con inmensos saberes, me pregunto por la extraña cesación de esos saberes, que, por mucho que hayan quedado plasmados en tinta, desaparecen con la persona que los fue acumulando a lo largo de toda una vida. La idea me causa tanta desazón como la de la desaparición de los recuerdos de cada individuo, que, sean anodinos o llamativos, espectaculares o vulgares, son los suyos, y como tales únicos y queridos. Haberlos contado en memorias o en diarios o en una autobiografía no sirve de mucho desde mi punto de vista, porque los recuerdos ajenos, por sobresalientes que sean, suelen dejar indiferentes a los demás. Nadie es capaz de apreciar nuestros recuerdos como nosotros mismos: lo que para nosotros tiene un sentido o es relevante, o nos conmueve de manera poco explicable, suele dejar frío al resto de la humanidad, que, en el mejor de los casos, lo escucha o lo lee con una combinación de impaciencia e intermitente curiosidad.

Esa desaparición final de los saberes —la difusa conciencia de que eso sucederá tarde o temprano— creo que es lo que lleva a muchos miembros de la sociedad actual a no intentar ni siquiera adquirirlos. Para qué tanto esfuerzo, debe de pensar hoy la mayoría de la gente, cuando los “datos” están ahí, al alcance de unos pocos clics, en caso de necesidad. Para qué asumir o asimilar, como hicieron Norwich y tantos otros, la complicadísima y entera historia de Bizancio, o de Venecia, o del Papado. Ya se ve que las personas pueden atravesar tranquilamente la tierra ignorándolo todo, desde lo ocurrido en el mundo antes de su llegada hasta lo pensado por los filósofos y los escritores; desde quién fue Newton hasta qué fue Lo que el viento se llevó; qué enseñó Platón y cómo cantó Elvis Presley, hoy se borra todo con suma facilidad. A los gobernantes no parece importarles un planeta lleno de analfa­betos virtuales y de ignorantes profundos. Al contrario, lo propician por todos los medios, con unos planes de educación cada vez más “lúdicos” y más lelos, en los que se prima lo estrictamente contemporáneo, es decir, lo efímero y fugaz, lo obligatoriamente sin peso ni poso, lo forzosamente necio y superficial. Hace ya décadas que se crean sujetos para los que el mundo empieza con su nacimiento, a los que les trae sin cuidado saber por qué somos como somos y qué nos ha traído hasta aquí; qué hicieron nuestros antepasados y qué pensaron las mejores mentes que nos precedieron. Para colmo, se ha convencido a estos cerebros de conejo de que son “la generación mejor preparada de la historia”, cuando probablemente constituyan la peor, con frecuencia primitivos atiborrados de información superflua y sólo práctica. Pero ochenta y ocho años son muchos, y no todos pueden pasarse en la inopia, la autocomplacencia y el desconocimiento, si queremos abrirnos paso y enterarnos de algo. Pensar que total para qué, si un día todo desaparecerá, es tan absurdo como no afanarse en ganar dinero (y bien que se afana la gente en eso), dado que tampoco nos lo podremos llevar a la tumba, o que tan sólo necesitaremos una moneda para remunerar al barquero, cuando tal vez zarpemos hacia Bizancio en la travesía final. 

Javier Marías

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Líbranos de los puros, Señor

Sin duda cada relevo es distinto y obedece a distintas circunstancias. Pero, sea como sea, en estas semanas se ha comprobado que este es un país de vaivenes y extremos, y de éstos no se sabe nunca cuál es peor. Uno de los más perniciosos efectos de la insoportable y prolongadísima corrupción de políticos, constructores y empresarios es que —en apariencia— se ha pasado a lo opuesto. De boquilla, claro está; sin entrenamiento previo; sin tradición de honradez; con los aspavientos y la ira inquisitorial de los conversos, es decir, de los hipócritas. Es como si se hubiera iniciado una competición por demostrar quién está más limpio, quién es más puro e incontaminado, quién más intransigente con los podridos, quién defenestra mejor a los sospechosos. Y claro, no nos engañemos: este, como Italia, es un país secularmente indulgente con los hurtos, las picardías, la transgresión leve, los pecados veniales, las pillerías. Es más, ha admirado todo eso, tácita o abiertamente. Ha envidiado a quienes osaban cometerlos y se salían con la suya y rehuían el castigo. No es esta una actitud de siglos remotos. Hace pocos años causaba incredulidad que, sabiéndose cuanto se sabía de la corrupción del PP de Valencia, este partido siguiera ganando allí elecciones generales, autonómicas, municipales, una y otra vez. Por no hablar del consentimiento catalán de décadas a los Pujol y al 3%. En casi todas las comunidades encontraríamos el mismo panorama, de Galicia a Baleares a Andalucía a Madrid.

Esto era lamentable (¿era?), pero era nuestra historia y la verdad. Ahora, de repente, el país se ha llenado de virtuosos que miran con lupa hasta el más insignificante curriculum de cualquiera, para ver si ha mentido o lo ha inflado, algo que probablemente hace o ha hecho el 80% de la población con curriculum. Se escudriñan las declaraciones de la renta, como si hubiera algún español (¿el 5% quizá?) que jamás hubiera intentado mejorar su tributación con algún recurso legal o semilegal. En esto, además, es difícil que nadie esté limpio, porque Hacienda se encargó de que todos metiéramos la pata: lo que un año admitía, al año siguiente o dos ya no, y a veces la falta era retroactiva. Uno ve clamar al cielo a políticos de lo más dudoso (ver a Monedero o Hernando con el manto de la Inmaculada produce irrisión), acusando con el dedo al individuo caído en desgracia o víctima de una cacería. Lo mismo a periodistas y tertulianos, muchos de los cuales habrán incurrido exactamente en lo mismo que el linchado de turno: lejos de mostrarle comprensión o solidaridad, se ensañan con él, sin caer en la cuenta de que ellos pueden ser los próximos. El resultado de esta falsa furia purificadora es el habitual en casos así: todo se agiganta y no hay matices; cualquier pequeña omisión es presentada como un grave crimen; alguien con una multa por haber aparcado mal corre el riesgo de acabar inhabilitado para cualquier cargo público, o docente, o empresarial; se confunde una infracción con un delito; se considera corrupto a quien meramente fue mal aconsejado o cometió un error; la buena fe está descartada y se presupone siempre la mala.

Pero, como nuestra tradición es la que es (y éstas no cambian en un lustro ni dos), todo este espíritu flamígero es impostado, farisaico, artificial, suena a fanfarria y a farsa. Después de hacer la infinita vista gorda ante la corrupción más descarada, ahora toca no pasar una, con razón o sin ella. Darse golpes de pecho y exigir a los demás (eso es invariable: a los demás) una trayectoria sin tacha en todos los aspectos. Y aquí ya no apuntaré porcentajes: niños aparte, no hay en España un solo ciudadano con una trayectoria impoluta en todos los ámbitos de la vida. Lo peor es que quienes mejor lo saben son los políticos, los periodistas y los tertulianos que (con la honrosa excepción, que yo sepa, de Nativel Preciado y Carmelo Encinas, justo es reconocérselo) se han puesto últimamente el disfraz de la Purísima, sin pecado concebida.

Javier Marías

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Exasperación inducida

Están de moda la ira, la indignación y el furor. Todo es “intolerable” e “histórico” y “cataclísmico”, y las multitudes deciden qué es punible.

CIERTO QUE LA SITUACIÓN de nuestro país no invita al optimismo ni a la tranquilidad. Tampoco la del mundo, con individuos ególatras como el lunático Trump, el artero Putin y el ya vitalicio Xi como máximos acumuladores de poder. Pero todavía (cuando esto escribo) no hay nada demasiado trágico ni absolutamente irremediable. No existen guerras de entidad, y eso ya es mucho teniendo en cuenta cuál es la empecinada historia de la humanidad. Numerosas familias viven en la pobreza o están a punto de caer en ella, pero tampoco hay una hambruna generalizada (hablo sólo de nuestros países occidentales, claro está). Por suerte, ninguna de las plagas con que la OMS nos alarma cada año se han convertido en tales. En cuanto a España, dentro de la gravedad, a lo largo de casi seis años de procésno se ha producido un solo muerto, y no era difícil que cayera alguno. ETA paró de matar y se ha disuelto, y nunca está de más recordar cuántos asesinatos cometía al mes durante los ochenta y los noventa del pasado siglo.

Y sin embargo, desde hace por lo menos un lustro percibo en la gente un estado de exasperación al que personalmente no veo mucha justificación. Lo percibo a nivel colectivo y a nivel individual. He hablado aquí de esos sujetos que no pasan una; que, si cometen una infracción y alguien se atreve a afeársela, son capaces de agredir a ese alguien o de pegarle un tiro. Hay demasiados sulfurosos que saltan por cualquier cosa, y a la primera. Lo mismo sucede con las masas: en seguida se encolerizan, no vacilan en echarse a la calle para protestar o maldecir, unas veces con razón y otras con exageración. Están de moda —extraña y desagradable moda— la ira, la indignación, el furor. Todo es “intolerable” e “histórico” y “cataclísmico”, cualquier abuso es tildado de “genocidio” (hubo quien así calificó las estúpidas cargas policiales del 1 de octubre en Cataluña), las multitudes deciden qué es punible, y lo que opinen jurados o jueces les trae sin cuidado. El asunto más baladí se convierte en cuestión de Estado o por lo menos de referéndum. Yo supongo que parte de la culpa de la exasperación continua y en el fondo inmotivada la tienen las redes sociales, que por suerte no he frecuentado jamás. Muchos ingenuos se informan sólo a través de ellas, y así tienen una visión permanentemente distorsionada, falseada y melodramática de la realidad. Pero no son sólo ellas, o bien es que ellas han contagiado e infectado a los periódicos y a los telediarios.

Estos últimos (sean los parciales y torpísimos de TVE o los parciales y bufonescos de la Sexta) no sólo disparan sus decibelios para tratar cualquier tontada, sino que exprimen la tontada en cuestión hasta convertir sus informativos en extenuantes monográficos. Si hay nevadas, se anuncian catástrofes varias durante veinte minutos; si se cae un árbol que mata o no mata, logran que la población entera mire todos los árboles con pavor y no ose entrar en un parque; si un par de políticos han falseado o inflado suscurricula (algo que seguramente hace el 80% de la ciudadanía), eso ocupa horas y horas de noticias y tertulias a lo largo de jornadas sin fin; si una pareja de líderes se compra un chalet, corren ríos de tinta y palabra al respecto y se organiza un megalómano plebiscito para ver si puede seguir en el cargo (en este sentido estoy muy decepcionado de que en su momento Pablo Iglesias no consultara a las bases podemitas si podía ponerse corbata o no; se le ha visto llevar sin permiso tan sospechosa prenda más de una vez). Los sucesos, que hasta hace unos años eran noticias secundarias, se han adueñado de los informativos, trasladándole al espectador una sensación de que se delinque sin parar, de que estamos amenazados por mafias internacionales sin cuento, de que millares de ciudadanos son asaltados o violados, de que vivimos acogotados: cuando lo cierto es que España es, por fortuna, uno de los países con más bajos índices de criminalidad del planeta (no quiero ni pensar que nuestra situación fuera la de Venezuela, México, Honduras o Estados Unidos, con sus demenciales matanzas en las escuelas y por doquier). Este alarmismo perpetuo, esta exageración deliberada, esta alerta inducida en la que nos sumergen los medios, va minando nuestro ánimo y nuestra templanza. La gente vive en vilo e innecesariamente sobresaltada, va de susto en susto y de irritación en irritación. Yo mismo he comprobado este histerismo, tras escribir opiniones tan inocuas como que cierto tipo de teatro no megustaba o que me era imposible suscribir la grandeza de una poeta santificada por decreto municipal. Se ha conseguido no sólo que muchas personas estén exasperadas, sino que busquen más motivos de exasperación, que se nutran de ella y se regodeen en ella; y que, si no los hallan, se los inventen. Hace demasiado tiempo que nada se vive con sosiego, que la existencia cotidiana está contaminada de desquiciamiento, que casi todo es objeto de desmesura y exageración. Francamente, no creo que sea la mejor manera de pasar de un día a otro, y eso, nos guste o no, es lo que nos toca a los vivos, pasar serena y modestamente de un día a otro y atravesar las noches sin angustias extremas. Inclementes políticos, periodistas y tuiteros: déjennos intentarlo, por favor. 

Javier Marías

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Extraña aversión o fobia

En este país, la población es lenguaraz y precipitada. Se lanzan acusaciones, se insulta, se hacen predicciones sobre la conducta de otros.

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Uno de los mayores signos de civilización es, para mí, la capacidad de pedir disculpas y la disposición a hacerlo, y por consiguiente veo a la actual España como uno de los países más incivilizados que yo conozca

Hay centenares de ejemplos, pero uno reciente fue el de la alcaldesa Colau tachando frívolamente de “facha” al Almirante Cervera cuando lo desposeyó de su calle en la Barceloneta para otorgársela a un cómico que —desde mi personal punto de vista— maldita la gracia que tenía. (Espero que se me permita reírme con lo que me hace gracia y no con lo que no me la hace; hoy en día ya no se sabe.) Un montón de personas, incluidos varios descendientes de Cervera, le han salido al paso señalándole que éste murió en 1909, mucho antes de que existiera el fascismo en ningún sitio; que fue más bien liberal, y víctima de gobernantes irresponsables que le ordenaron fracasar sin remedio durante la Guerra de Cuba. ¿Ha habido alguna rectificación, matización o disculpa por parte de Colau, ha retirado su improperio producto de la ignorancia y la demagogia? En absoluto. Ella, como la mayoría de los españoles, es soberbia, y se considera tan infalible como hasta hace poco lo era el Papa. Yo me pregunto por qué cuesta tanto reconocer: “Me he pasado, he hablado atolondradamente; he sido injusto, me he excedido; retiro lo dicho y me disculpo”.

No sé. Hace unos días, mi ayudante ML-B debía enviarle por mail una nota a CLM, la editora de Reino de Redonda, relativa a unos fallos observados por un lector en la traducción de nuestro libro Los Papas. Era ya la segunda vez que me advertía, y le comenté a ML-B cuán puntilloso era ese lector. En la nota, ella convirtió “puntilloso” en “plasta”, y en vez de enviársela a CLM, por error se la mandó al amable señor que se tomaba tantas molestias. Me lo comunicó compungida (“Dimito, soy imperdonable”, me dijo). Inmediatamente le escribimos otro mail al lector pidiéndole disculpas, y aún no sé si nos las habrá aceptado. Comprendería que no. Pero era lo mínimo y no cuesta nada. Al contrario, uno se siente ligeramente aliviado del peso que lo agobia cuando ha sido grosero o injusto o desabrido o ha metido la pata. En España casi nadie siente ese peso, por lo visto. Los políticos, por desgracia, influyen más de lo que deberían en el resto de la gente; también los periodistas, que si tratan indebidamente a alguien durante meses, a lo sumo confiesan su falta una sola vez, y en letra pequeña, o a veces nunca. Mientras eso no cambie, mientras la población siga dedicada a arrojar venablos sin reflexión ni fundamento y jamás retirarlos, España —con parte de Cataluña a la cabeza en los últimos tiempos, por cierto— seguirá siendo un lugar habitado por individuos brutos e incivilizados. 

Javier Marías

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Cuando la sociedad es el tirano

Detrás de lo que hoy se considera la sacrosanta “opinión pública”, a menudo no hay casi nadie ‘real’ ni reflexivo, solo unos cuantos activistas.

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Pese a lo levemente anticuado de léxico y sintaxis, parece que Stuart Mill esté hablando de nuestros días y alertando contra un tipo de tiranía que, por ser de la sociedad (vale decir “del pueblo”, “de la gente” o “de las creencias compartidas”), no es fácil percibir como tal tiranía. “Si nuestra época piensa así”, parece decirse a veces el mundo, “¿quién es nadie para llevarnos la contraria? ¿Quién los políticos, que han de obedecernos? ¿Quién los jueces, cuyos fallos están obligados a reflejarnos y complacernos? ¿Quién los periodistas y articulistas, cuyas opiniones deben amoldarse a las nuestras? ¿Quién los pensadores” (esas “personas reflexivas” de Mill), “que no nos son necesarios? ¿Quién los legisladores, que deben establecer las leyes según nuestros dictados?”

Esta imposición de dogmas y “climas”, evidentemente, era ya perceptible en 1859. Imagínense ahora, cuando existen unos medios fabulosos de adoctrinamiento, conminación e intimidación, sobre todo a través de las redes sociales. Pero ha llegado el momento de preguntarse si esas redes, que hoy se toman por lo que antes era el orácu­lo, o la ley de Dios, no son tan fantasmales y usurpables como la voz de este ser abstracto en cuyo nombre se han cometido injusticias y atrocidades. Es muy sospechoso que en cuanto se piden firmas para lo que sea (desde cambiar una ley hasta el nombre de una calle), aparezcan millares en un brevísimo lapso de tiempo. No hay nunca constancia de que quienes envían sus tuits no sean cuatrocientos gatos muy activos que los repiten hasta la saciedad, los reenvían, los esparcen, aparentando ser multitudes. Se sabe de la existencia de bots, es decir, de programas robóticos que simulan ser personas y que inundan las redes con una intoxicación o una consigna. Rusia es pródiga en su uso, así como partidos políticos, sobre todo los populistas. En suma, detrás de lo que hoy se considera la sacrosanta “opinión pública”, a menudo no hay casi nadie real ni reflexivo, sólo unos cuantos activistas que saben multiplicarse, invadir el espacio y arrastrar a masas acríticas y borreguiles.

Cualquier sociedad es por definición manipulable, y en muy poco tiempo se le crean e inoculan ideas inamovibles. Me quedé estupefacto el día de la famosa sentencia contra “La Manada”. No me cabe duda de que esos cinco sujetos son desalmados y bestiales. Pero no se los juzgaba por su catadura moral ni por su repugnante concepción de las mujeres, sino por unos hechos concretos. Y me asombró que, nada más conocerse la sentencia, millares de personas que no habían asistido al proceso ni habían visto el vídeo que se mostró en él parcialmente, que no eran duchas en distinciones jurídicas, supieran sin atisbo de duda cuáles eran el delito y la pena debida. No digo que no tuvieran razón, los jueces yerran, y cosas peores. Pero nadie contestaba lo más prudente: “Lo ignoro: carezco de datos, de conocimientos y de pruebas, y por tanto no oso opinar”. Vi en pantalla a políticos, tertulianos, ¡escritores y actores!, que afirmaban con rotundidad saber perfectamente qué había ocurrido en un sórdido portal de Pamplona en 2016. Vuelvo a la cita de Mill: “La sociedad puede ejecutar, y ejecuta, sus propios decretos”. Una sociedad que hace eso, que prescinde de la justicia o decide no hacerle caso, que pretende que prevalezca la de su fantasmagórica masa, tiene muchas papeletas para convertirse en una sociedad opresora, linchadora y tiránica. 

Javier Marías

Mejor que nada mejore

Hoy abundan las personas que protestan de una u otra situación, pero que por nada del mundo quieren ver enmendadas esas situaciones

HACE BASTANTES AÑOS, una escritora feminista profesional —entiendo por tales a quienes han hallado una mina en la denuncia y el lamento continuos— le propuso a una editora participar en unas jornadas literarias y le pidió que elaborara un informe sobre la proporción de manuscritos de mujeres que llegaban espontáneamente a su editorial y cuántos de ellos eran aceptados y publicados, en comparación con los de los varones. La editora se tomó la molestia de hacer una reconstrucción histórica (hasta donde le fue posible) y le anunció el resultado a la escritora: acababan viendo la luz, proporcionalmente, más textos femeninos que masculinos. Su sorpresa fue grande cuando la feminista profesional, en vez de alegrarse del dato y suspirar aliviada al comprobar que no en todas partes se ninguneaba a las de su sexo, reaccionó con desagrado y le vino a decir: “Ah no, esto no puede ser, esto no me vale”. La editora comprendió que no se había tratado de saber la verdad, sino más bien de encontrar un motivo más para cargarse de razón, algo con lo que fortalecer sus tesis sobre la discriminación sistemática de la mujer, algo que contribuyera a enardecer su queja habitual, que le permitiera afianzarse y exclamar una vez más: “¿Lo veis, lo veis?” No recuerdo si al final la editora dio su ponencia o se cayó del cartel, al contradecir sus conclusiones la inamovible teoría.

Hoy abundan las personas que protestan —con justicia a menudo— de una u otra situación, pero que por nada del mundo quieren ver mejoradas esas situaciones. Es más, lamentan que mejoren (cuando lo hacen), porque, si eso sucede, se quedan sin objetivo en la vida, sin lucha ni función, sin Causa, a veces sin manera de ganarse la vida. La anécdota que acabo de relatar me vino a la memoria hace un par de meses, al ver la gran encuesta que EL PAÍS publicó con ocasión del Día de la Mujer. Las encuestas y las estadísticas son cualquier cosa menos fiables. Todas están desvirtuadas desde el inicio, por: a) las preguntas que se hacen; b) las que no se hacen; c) cómo están formuladas las que sí (son capciosas con frecuencia y “teledirigen” las respuestas); d) el tipo y el número de individuos interrogados; e) cómo son presentados los resultados. EL PAÍS tituló aquel día: “Una de cada tres españolas se ha sentido acosada sexualmente”, lo cual invitaba al lector a llevarse las manos a la cabeza y pensar: “Qué espanto, qué bochorno, ¡una de cada tres!” Pero cuando uno iba a mirar los diversos cuadros en detalle, veía que la pregunta rezaba, claro: “¿Se ha sentido acosada sexualmente en algún momento?”, dando entrada con ese verbo (“sentirse”) a la más estricta subjetividad (hay gente más sensible y susceptible que otra). Se ofrecían cuatro apartados para contestar: a) una vez; b) algunas veces; c) muchas veces; d) nunca. Las que respondían “Nunca” eran en total el 63%, porcentaje que entre las de 65 años o más (es decir, entre las que habían dispuesto de mayor tiempo para sentirse acosadas) ascendía al 74%.

Que en un país tan machista como ha sido España, el 63% de sus mujeres no se hayan sentido acosadas sexualmente nunca (nunca en la vida), a mí —ustedes perdonen—me parece una buena noticia. Y, de haber sido el encargado de brindarla a los lectores, es lo que habría destacado porque lo habría visto como lo más destacable, y no tanto el tercio de las acosadas, repartidas así: una vez, el 7%; algunas, el 23%; muchas, el 2%. Todas sumadas, el 32%. Había otra serie de preguntas subjetivas, relacionadas con “el hecho de ser mujer”. A “La han menospreciado por el desempeño de su trabajo”, contestaba “Nunca” el 69%. A “La han menospreciado por sus opiniones y comentarios”, “Nunca” el 54%. A “Se ha sentido juzgada por su físico o apariencia”, “Nunca” el 50% y “Muchas veces” el 17%. A “La han tratado de intimidar”, “Nunca” el 60%. A “Le han tratado de hacer o le han hecho tocamientos”, “Nunca” el 74% y “Muchas veces” sólo el 2%. Etc.

Sí, España fue un país brutal y legalmente machista. Hace poco más de cuarenta años, bajo la repugnante dictadura, una mujer casada o menor no podía sacarse el pasaporte, ni abrir una cuenta, ni montar una empresa, ni comprar bienes inmuebles, ni casi trabajar, sin el permiso expreso del marido o del padre. Su adulterio constituía un delito y podía ser denunciado, mientras que el del hombre no. Hoy hay todavía razones de queja: la brecha salarial es la más llamativa e intolerable, y resulta criminal que haya varones que aún se crean dueños de sus mujeres. Pero que precisamente aquí, con ese pasado, haya porcentajes tan altos de ellas que nunca se han sentido acosadas, ni menospreciadas, ni intimidadas, ni han sido toqueteadas, yo diría que es para congratularse y mirar el futuro con optimismo.

Me temo que quienes presentaron esta encuesta a los lectores se asemejan a la feminista profesional del principio. Si el resultado es esperanzador, si demuestra que ya se ha operado un enorme cambio de mentalidad para bien, “no me vale”. Es un ejemplo de lo que hoy se da en muchos campos, no sólo en este, en absoluto. Existe demasiada gente furiosa que no quiere que nada mejore, para así poder seguir enfurecida.

Javier Marías

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Nazística

El independentismo catalán actual recuerda en ciertos aspectos a ‘El triunfo de la voluntad’, el documental que ensalza la Alemania de Hitler.

EN LOS ÚLTIMOS tiempos se ha impuesto una consigna según la cual, en cuanto alguien menciona en una discusión a Hitler y a los nazis, pierde inmediatamente la razón y no ha de hacérsele más caso. Me temo que esa consigna la promueven quienes intentan parecerse a los nazis en algún aspecto. Para que no se les señale su semejanza (y hay muchos, de Trump a Putin a Maduro a Salvini), se blindan con ese argumento y siguen adelante con sus prácticas sin que nadie se atreva a denunciarlas. Evidentemente, si la palabra “nazi” se utiliza sólo como insulto y a las primeras de cambio, se abarata y pierde su fuerza, lo mismo que cuando los independentistas catalanes tildan de “fascista” al que no les da la razón en todo, o las feministas de derechas llaman “machista” a quien simplemente cuestiona algunos de sus postulados o exageraciones reaccionarios, tanto que coinciden con los de las más feroces puritanas y beatas de antaño.

Comparar a gente actual con los nazis no significa decir ni insinuar que esa gente sea asesina (eso siempre está por ver)

Pero hay que tener en cuenta que Hitler y los nazis no siempre fueron lo que todos sabemos que acabaron siendo. Hubo un tiempo en que engañaron (un poco), en que las naciones democráticas pactaron con ellos y no los vieron con muy malos ojos. También hubo un famoso periodo en que se optó por apaciguarlos, es decir, por hacerles concesiones a ver si con ellas se calmaban y se daban por contentos. En 1998 escribí un largo artículo en El País (“El triunfo de la seriedad”), tras ver el documental El triunfo de la voluntad, que la gran directora Leni Riefenstahl (curioso que las feministas actuales no la reivindiquen como pionera) rodó a instancias del Führer durante las jornadas de 1934 en que se celebró en Núremberg el VI Congreso del Partido Nazi, con más de doscientas mil personas y la entusiasta población ciudadana. Entonces los nazis no eran aún lo que llegaron a ser, aunque sí sumamente temibles, groseros, vacuos, pomposos y fanáticos. Faltaban cinco años justos para que desencadenaran la Segunda Guerra Mundial. Pero ya habían aprobado sus leyes raciales, que databan de 1933 y además fueron cambiando y endureciéndose. Una de sus consecuencias tempranas fue que muchos individuos que hasta entonces habían sido tan alemanes como el que más, de pronto dejaron de serlo para una elevada porción de sus compatriotas, que los declararon enemigos, escoria, una amenaza para el país, y finalmente se dedicaron a exterminarlos. Lo sucedido en los campos de concentración (no sólo con los judíos, también con los izquierdistas, los homosexuales, los gitanos y los disidentes demócratas) se conoció muy tardíamente; en toda su dimensión, de hecho, una vez derrotada Alemania.

Así que comparar a gente actual con los nazis no significa decir ni insinuar que esa gente sea asesina (eso siempre está por ver), sino que llevan a cabo acciones y toman medidas y hacen declaraciones reminiscentes de los nazis anteriores a sus matanzas y a su guerra. Y, lejos de lo que dicta la consigna mencionada al principio, eso conviene señalarlo en cuanto se detecta o percibe. Una característica nazi (bueno, dictatorial y totalitaria) es que, una vez ganadas unas elecciones o un plebiscito, su resultado sea ya inamovible y no pueda revisarse nunca ni someterse a nueva consulta. Es muy indicativo que en todas las votaciones independentistas (Quebec, Escocia), nada impide que, si esa opción es derrotada, se intente de nuevo al cabo de unos años. Mientras que se da por descontado que, si triunfa, eso será ya así para siempre, sin posibilidad de rectificación ni enmienda. A nadie le cabe duda de que el modelo catalán seguiría esa pauta: si en un referéndum fracasamos, exigiremos otro al cabo del tiempo; en cambio, si nos es favorable, eso será definitivo y no daremos oportunidad a un segundo.

El independentismo catalán actual va recordando a El triunfo de la voluntad en detalles y folklore (yo aconsejo ver ese documental cada diez o quince años, porque el mundo cambia): proliferación de banderas, himnos, multitudes, arengas, coreografías variadas, uniformes (hoy son camisetas con lema), patria y más patria. En uno de sus discursos, Hitler imparte sus órdenes: “Cada día, cada hora, pensar sólo en Alemania, en el pueblo, en el Reich, en la nación alemana y en el pueblo alemán”. Sólo eso, cada hora, obsesiva y estérilmente. Se parecen a ensalzamientos del caudillo Jordi Pujol y de sus secuaces respecto a Cataluña. Hace poco Alcoberro, vicepresidente de la ANC, soltó dos cosas reveladoras a las que (siendo él personaje secundario) poca atención se ha prestado. Una fue: “Para muchos, España ya no es un Estado ajeno, sino que es el enemigo”. No dijo el Gobierno central, ni el Tribunal Supremo, dijo España, así, entera. Son los mismos que a veces desfilan gritando “Somos gente de paz” en el tono más belicoso imaginable. La otra cosa nazística que dijo fue: “La independencia es irreversible porque los dos millones que votaron separatista el 21 de diciembre y en el referéndum del 1 de octubre no aceptarán otro proyecto”. En Cataluña votan cinco millones y medio, pero las papeletas de dos abocan al país a una situación “irreversible”. Porque ellos, está claro, no respetan la democracia ni “aceptarán otro proyecto”, aunque las urnas decidan lo contrario. 

Javier Marías

https://elpais.com

‘Ojo con la barra libre’

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Mujeres violadas, acosadas, manoseadas sin su consentimiento, todo eso existe y ha existido siempre, por desdicha. Que haya una rebelión contra ello no puede ser sino bueno. Pero hay demasiadas cosas buenas que hoy se convierten rápidamente en regulares, mediante la exageración y la exacerbación y la anulación de los matices y grados. El estallido se produjo con el caso Weinstein, cuyas prácticas son viejas como el mundo. Ya hacia 1910 se acuñó la expresión “couch casting” (“casting del sofá”), para referirse a las pruebas a que los productores de Hollywood y Broadway sometían a menudo a las aspirantes a actrices (o a los aspirantes, según los gustos). En el despacho solía haber un sofá bien a mano, para propósitos evidentes. La costumbre me parece repugnante por parte de esos productores (como me lo parece la de cualquier individuo poderoso), pero en ella no había violencia. Se producía una forma de transacción, a la que las muchachas podían negarse; y una forma de prostitución menor y pasajera, si aceptaban. “A cambio de que este cerdo se acueste conmigo, consigo un papel, iniciar mi carrera”. Pensar que la única razón por la que se nos dan oportunidades es nuestro manifiesto talento, es pensar con ingenuidad excesiva (ocurre a veces, pero no siempre). Con frecuencia hay transacciones, compensaciones, pactos, beneficios mutuos que entran en juego. La índole de algunos es repulsiva, sin duda, pero cabe responder “No” a tales proposiciones. Y tampoco hay que olvidar que no han sido pocas las mujeres que han buscado y halagado al varón viejo, rico y feo, famoso y desagradable, poderoso y seboso, exclusivamente por interés y provecho. No hay que recurrir a nombres para recordar la considerable cantidad de mujeres jóvenes y atractivas que se han casado con hombres decrépitos no por amor precisamente, ni por deseo sexual tampoco.

Ahora el movimiento MeToo y otros han establecido dos pseudoverdades: a) que las mujeres son siempre víctimas; b) que las mujeres nunca mienten. En función de la segunda, cualquier varón acusado es considerado automáticamente culpable. Esta es la mayor perversión imaginable de la justicia, la que llevaron a cabo la Inquisición y los totalitarismos, el franquismo y el nazismo y el stalinismo y el maoísmo y tantos otros. En vez de ser el denunciante quien debía demostrar la culpa del denunciado, era éste quien debía probar su inocencia, lo cual es imposible. (Si a mí me acusan de haber acuchillado a una anciana en el Retiro, y la mera acusación se da por cierta, yo no puedo demostrar que no lo hice, salvo que cuente con coartada clara.) De hecho, en esta campaña, se ha prescindido hasta del juicio. Las redes sociales (manipuladas) se han erigido en jurados populares, son la misma muchedumbre que exigió la ejecución de Jesús y la liberación de Barrabás en su día. Tal vez sean culpables, pero basta con la acusación, y el consiguiente linchamiento mediático, para que Spacey o Woody Allen o Testino pierdan su trabajo y su honor, para que pasen a ser apestados y se les arruine la vida.

La justificación de estas condenas express es que las víctimas no pueden aportar pruebas de lo que sostienen, porque casi siempre estaban solas con el criminal cuando tuvieron lugar la violación o el abuso y no hay testigos. Es verdad, pero eso (los delincuentes ya procuran que no los haya) les ha sucedido a todas las víctimas, a las de todos los crímenes, y por eso muchos han quedado impunes. Mala suerte. ¿Cuántas veces no hemos visto películas en las que alguien se desvive por conseguir pruebas o una confesión con añagazas, porque sin ellas es palabra contra palabra y perderían el juicio? Así está montada la justicia en los Estados de Derecho, con garantías; no así en las dictaduras. Por eso me ha sorprendido leer editoriales y “acentos” en este diario en los que se afirmaba que las injusticias derivadas de todo este movimiento eran “asumibles” y cosas por el estilo. Es algo que contraviene todos los argumentos que, desde Beccaria en el siglo XVIII, si no antes, han abogado por la abolición de la pena de muerte. La idea de los defensores de la libertad, la razón y los derechos humanos ha sido justamente la contraria: “Antes queden sin castigo algunos criminales que sufra un solo inocente la injusticia de la prisión o la muerte”. Ahora se propugna lo opuesto. Si la falta de pruebas contra los acusados se extendiera a otros delitos, y aquéllos dependieran de las volubles masas, se acabaría la justicia.

Dar crédito a las víctimas por el hecho de presentarse como tales es abrir la puerta a las venganzas, las revanchas, las calumnias, las difamaciones y los ajustes de cuentas. Las mujeres mienten tanto como los hombres, es decir, unas sí y otras no. Si se les da crédito a todas por principio, se está entregando un arma mortífera a las envidiosas, a las despechadas, a las malvadas, a las misándricas y a las que simplemente se la guardan a alguien. Podrían inventar, retorcer, distorsionar, tergiversar impunemente y con éxito. El resultado de esta “barra libre” es que las acusaciones fundadas y verdaderas —y a fe mía que las hay a millares— serán objeto de sospecha y a lo peor caerán en saco roto, haya o no pruebas. Eso sería lo más grave y pernicioso.

JAVIER MARÍAS

https://javiermariasblog.wordpress.com

Invadidos o usurpado

A muchos que juzgaba “normales” y razonables los veo ahora anómalos e irracionales. Demasiadas actitudes me son inexplicables y ajenas.

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Si me acuerdo tan a menudo de esa película y de la novela de Jack Finney en que se inspiró, es porque desde hace tiempo —y la cosa me va en aumento— tengo la sensación de que se está produciendo en el mundo una invasión de ladrones de cuerpos y mentes. No se trata de que las nuevas generaciones me resulten marcianas (no es así), sino que percibo esos cambios incomprensibles en personas de todas las edades. A muchos que juzgaba “normales” y razonables los veo ahora anómalos e irracionales. Demasiadas actitudes me son inexplicables y ajenas, negadoras o deformadoras de la realidad. Es inexplicable que millones de americanos hayan elegido a Trump como Presidente, y que los rusos estén encantados con la eternización en el poder de un autócrata megalómano; que los filipinos hayan votado a un asesino confeso, y buena parte de los franceses a Le Pen la racista, y no pocos alemanes a una formación neonazi, como los húngaros y polacos a sus actuales gobernantes. También que decenas de millares (incluidas mujeres) se hayan unido voluntariamente al Daesh sanguinario (y brutalmente machista). A una porción de catalanes los veo también “invadidos”, sólo así se entiende que festejen los desafueros y mentiras constantes de los líderes independentistas. Pero mi extrañeza no se da sólo en política.

Algunas obras artísticas que me parecen muy buenas triunfan, pero cuanto me parece horroroso lo hace indefectiblemente. Si leo una novela o veo una película o una serie espantosas (según mi criterio, claro), no falla que las ensalce la crítica y reciban premios. Los cómicos de hoy los encuentro sin gracia en su mayoría, toscos y con mala leche, y a la vez me da la impresión de que el sentido del humor y la ironía han sido desterrados del universo. La gente que suelta las mayores barbaridades e insultos no tolera luego la más mínima crítica. La discrepancia es anatema: si cien francesas publican un manifiesto razonado y sensato, advirtiendo de una puritana ofensiva contra la sexualidad y las libertades, al instante se las tacha de “traidoras” y “cómplices del patriarcado”, a las que éste encarga “el trabajo sucio”. Sus congéneres frenético-feministas (más bien antifeministas disfrazadas) les niegan su capacidad de iniciativa y su autonomía de pensamiento, y las reducen a peleles, despreciando así a aquellas mujeres que no les dan la razón en todo, lo típico de los totalitarios. Yo escribo que los reiterativos textos y noticias sobre la proporción de mujeres en cualquier actividad no logran interesar a la mitad de la población (y dudo que a la otra mitad tampoco), y una articulista me acusa de pretender que las mujeres como ella se callen, nada menos. También a estas personas las veo “invadidas”, para mi congoja. O no razonarían de manera a la vez tan falaz y ramplona.

Leo que a unas cajeras que robaban en su supermercado dicta la justicia que se les paguen unos miles de euros por no habérseles advertido que serían observadas por las cámaras que han probado sus sustracciones. Son incontables los jueces que parecen asimismo “invadidos”: los que ponen en cuestión, por ejemplo, la conducta o la vestimenta de una mujer violada, o si se mostró o no desolada después de su sufrimiento. No soy tan ingenuo ni tan soberbio como para no preguntarme si no seré yo el “invadido”, si no soy yo a quien los ladrones han robado cuerpo y mente. Lo único que me impide darlo por seguro y concluir que soy el equivocado (que Trump es genial y beneficioso, etc), es que aún veo a muchos ciudadanos tan perplejos como yo, y tan escamados. El día que me quede solo admitiré mi grave anomalía. O el día en que venere a Putin, a Maduro, a Berlusconi y a Al Sisi y a Erdogan, a Orbán y al jefe del Daesh Al Baghdadi, todo me parecerá perfecto en el mundo y sabré que por fin he sido usurpado.

Javier Marías

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