Pintura: Joaquìn Sabina

Dibujo Joaquin Sabina

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Dibujos del libro “Muy personal” de Joaquín Sabina

Retrato de Joaquín con pájara

Durante la más prolongada de las pájaras que padeció Sabina en el pasado, el poeta Luis García Montero le llevó los versos de ‘La nube negra’

Sabina, durante el concierto del sábado en Madrid. / CLAUDIO ÁLVAREZ

En el éxito y en el fracaso, la diferencia entre un artista y un burócrata del arte suele estar marcada por la soledad. Es que tiene muchas tablas, decimos de aquellos que, después de muchos años, consiguen acercarse a las palabras o a un escenario como quien cumple un trámite. Son los que convierten la profesionalidad en una receta, no en un oficio. Porque hay otros artistas con oficio y años que no pueden acomodarse a las recetas, que viven cada cita como un acontecimiento y se sienten solos, inseguros, en medio de las ovaciones. La verdad en el arte puede consolidar con fuerza un mundo propio, pero condena al creador a una perpetua debilidad. Una exigencia continua, una vida a la intemperie.

Joaquín Sabina reapareció el pasado sábado en Madrid, después de cinco años de giras por el mundo. Cuando se anunció el concierto, las entradas volaron como pájaros dispuestos a anidar en un acontecimiento. En una hora se colgó el cartel de aforo completo en el Palacio de los Deportes y los organizadores tuvieron que programar una segunda actuación para dar respuesta a las ilusiones desatadas.

El éxito de convocatoria intensificó su soledad. Madrid me rejuvenece, le dijo a sus amigos, porque sintió de nuevo ante el concierto ese estado quebradizo del muchacho que empieza, los nervios del cantautor que sueña con un escenario, una banda y un puñado de canciones memorables. Los protagonistas de las canciones de Joaquín son seres solitarios, almas que sobreviven en una ciudad y negocian con la pérdida el saldo rojo de la memoria y el sentimiento. Sus letras conmueven porque encierran una verdad, su verdad, la verdad de Joaquín convertida en arte y en la verdad de todos.

Cuando el sábado salió al escenario, todo estaba en su sitio: una banda cómplice y trabajada, la voz en plena forma sabinera, el espectáculo acompañado por pantallas con imágenes bien seleccionadas y el público decidido a corear cada verso de sus 500 noches para una crisis. La gente aplaudió, bailó, cantó y preparó el éxito fácil de un cantante que pertenece desde hace muchos años a nuestra educación sentimental. Pero de pronto, Joaquín empezó a sentirse débil, su cara reflejó un esfuerzo de resistente combatido por la tristeza y salió del escenario para dejar que Jaime Asúa y Pancho Varona cantaran El caso de la rubia platino y Conductores suicidas.

Necesitó de nuevo ser honesto, decirle al público que no estaba bien

Joaquín pudo haber engañado a su público, porque todo estaba dentro de la normalidad. Poca gente podía sospechar lo que estaba escondido el camerino. El miedo y la insatisfacción de un creador son poco visibles cuando un estribillo mil veces cantado desata ovaciones. Pero al salir de nuevo al escenario, decidió confesar que no se encontraba bien, que había tenido un ataque de inseguridad, un pánico escénico parecido al de Pastora Soler. Siguió después con el programa previsto y completó hora y media larga de actuación. Con eso y un bis, hubiera podido dar por bueno un concierto regular. Pero necesitó de nuevo ser honesto, decirle al público que no estaba bien y que no iba a hacer los bises que habían preparado. En realidad, pidió perdón por no cantar esos dos o tres éxitos que se guardan para asegurar el éxito final de un concierto. Joaquín no estaba contento con él mismo y quiso decírselo a la gente.

Lo de Joaquín, me comentó al salir del Palacio de los Deportes el poeta Felipe Benítez Reyes, ha sido un problema de falta de vanidad. Otro artista cualquiera hubiese estado feliz consigo mismo, dichoso de la convocatoria y de la entrega del público. A Joaquín le hubiera bastado con callar sus propios sentimientos y con utilizar un par de estrategias profesionales para despedirse con la apariencia de un éxito. Pero Joaquín estaba delante de Madrid —buenas noches, Madrid—, y engañar a Madrid era tanto como perder la lealtad consigo mismo, como romper el lazo de honestidad, libertad, impertinencia y verdad que definen su mundo.

Joaquín Sabina es poeta no porque haga endecasílabos perfectos y sonetos bien pulidos, sino porque ha creado su propia verdad, la historia a la que necesita ser leal. Los amigos lo hemos visto dudar muchas veces, llenar de tachaduras los papeles, dejar abandonada una canción, vivir la soledad del que se responsabiliza de manera íntima de cada palabra que decide asumir. Los amigos lo hemos visto soportar muchas nubes negras, muchas depresiones y algunas muy graves. Cuando el ictus lo dejó desarmado, llegó a pensar incluso que se acababa su carrera. Pero lo más débil es lo más fuerte a la hora de superar los propios abismos. Los amigos lo hemos visto levantarse muchas veces y salir reforzado de las lluvias más secas.

Joaquín es una persona acostumbrada a admirar mucho lo que hacen los demás. Sus devociones lo acompañan de hotel en hotel y de casa en casa. El éxito lo ha hecho generoso con los demás y vigilante con él mismo. No quiere perder la lealtad, engañar a su vocación, borrar la melancolía insegura del joven que leyó a César Vallejo y escuchó a Brassens o a Dylan. Allí, en el refugio débil de una lealtad vital, está su fortaleza.

Un día, quizá en el último verano de la juventud, Joaquín Sabina cambió en una canción el Sur de su nacimiento por el Madrid de su guitarra, sus causas perdidas, sus malditos, sus benditos y su historia. A ese Madrid le pidió perdón Joaquín Sabina porque no estaba bien. Prefirió no engañar, no engañarse. Ante ese Madrid se levantará mañana una vez más. De ese Madrid se despedirá para siempre cuando sospeche que la burocracia del arte y los escenarios intenta sobrevivir a costa de devorar la verdad de sus canciones.

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Peces de ciudad

Contigo

Tres Poemas Escrito y Leido Por Joaquin Sabina

Quién pudiera reír como llora ella

Andaba dibujando en un cuadernito, una costumbre que recién adquirí, cuando vi por la televisión, encendida sin sonido, la imagen de Chavela. Di voz al aparato. Se nos fue, escuché. Y me cogió un llanto irreparable. Lo que nunca me había sucedido. Siempre me culpé por no ser capaz de llorar con la muerte de mis padres, pero esta vez me venció el desconsuelo. Yo nunca me tomé copas con mis ídolos: Bob Dylan, Leonard Cohen o Brassens. Y sí, con Chavela, con la que he cantado, nos hemos abrazado y reído hasta hartarnos. Todas esas veces cuentan y contarán siempre entre las más grandes cosas que me han sucedido en la vida.

Será difícil, por ejemplo, olvidar cómo la conocí. Fue una noche de hace unos veinte años, en Madrid, en la sala Morasol. Dijo: “Yo vivo en el bulevar de los sueños rotos”. Y yo tuve que escribirle una canción con esa frase. Ya se había recuperado de su alcoholismo. Calculaba que había bebido algo así como 1,8 millones de botellas de tequila y solía decirme cuando me veía beberlo a mí: “Joaquín, ese tequila tuyo es muy malo; el bueno de verdad ya nos lo bebimos José Alfredo Jiménez y yo”. Al conocer la triste noticia, que todos veníamos anticipando, he sentido la necesidad de bajar al bar a tomar uno a su salud, aunque el brebaje sin ella siempre será de los malos.

Aquella primera vez, pedí a Pedro Almodóvar que nos presentara. Al acercarme, escuché cómo él le contaba quién era yo, pues Chavela no tenía la menor idea. “La admiro desde niño”, le dije. “Yo también le admiro mucho a usted”, contestó. Ante la mentira, exclamé. “Vete a la mierda”. Nos fundimos en un largo abrazo que nunca aflojamos hasta ayer mismo, incluso aunque no pudiéramos vernos en su última visita a España, un viaje que quizá no debió hacer, pues no estaba en condiciones. Entonces, yo estaba de gira y a ella la ingresaron en un hospital.

Con su desaparición, se pierde una manera de cantar llorando, un quejío inigualable, una expresividad fuera de lo común. Unos cojones y unos ovarios nunca vistos en la música popular desde la muerte de Roberto Goyeneche. Ella no vendía una voz, vendía un estilo. Era una maestra en perder la primera al tiempo que ganaba lo segundo. Algo en lo que yo, sin duda, tengo mucho que aprender. En estos momentos de pérdida me digo, como en la canción: ¡Quién pudiera reír como llora Chavela! Y recuerdo estas palabras de Almodóvar: “Desde Jesucristo, nadie ha abierto los brazos como ella”.

Joaquín Sabina/elpais.es

Era de la indiferencia

Por: Juan Cruz

Uno de los textos más conmovedores que he leído sobre la amistad, su esencia y sus consecuencias, es el que dedica Natalia Ginzburg a su amigo Cesare Pavese, el escritor italiano que se suicidó en Turín el 27 de agosto de 1950. Delicado, admirativo pero contenido como el abrazo a un padre, en ningún momento cae en el abismo de la melancolía, sino que va describiendo, sin vuelo en el verso, aquel carácter arisco y autodestructivo que llevó a su final más abrupto al autor de El oficio de vivir.

    Ahora he leído, en Flores en las grietas, de Richard Ford, un nobilísimo recuerdo de su abuelo, hotelero en Little Rock, que es también una hermosa descripción de lo que es la vida con otros recordada más tarde como el curso de un aprendizaje.

    La amistad no es tan solo entre los amigos que uno va encontrando en la vida, en la escuela, en el instituto, en los oficios que se derivan de todo ello, sino que se da también entre los parientes, entre los más allegados, y ahí no siempre la amistad tiene los ámbitos purificados que se le suponen a este importantísimo afecto, pues muchas veces ese abrazo al padre, o al hermano, o a la madre, se ve enfriado por múltiples accidentes burocráticos que en otros ámbitos de la amistad no tienen por qué ser tan determinantes.

    El último encuentro, de Sandor Marai, por ejemplo, es la descripción sutil pero descarnada de la amistad cuando ésta se va diluyendo y ya es tan solo un recuerdo que únicamente se puede revivir con palabras, y ya no con hechos. En Rayuela, la novela de Cortázar que dentro de nada cumplirá medio siglo, la amistad es determinante, como tira y afloja y también como tabla de salvación.

    Las revoluciones y las guerras han desembocado en amistades improbables. La Revolución Cubana, por ejemplo, fue la aventura de unos amigos, desembocó en la aventura de otros amigos, y estos amigos, como aquellos, empezaron a dispersarse gravemente cuando comenzaron a agrietarse los fundamentos sentimentales y civiles de aquel gesto que derrocó a un dictador para instalar, finalmente, a otro.

    El boom de la literatura latinoamericana, que tantos frutos dio a la manera de ver y de escribir la realidad y los sueños de América y del mundo, se basó en ese sentimiento, en algún sentido, pero fueron esas desavenencias generadas por los desacuerdos acerca del rumbo cubano las que destruyeron relaciones, que en algunos caso se mantuvieron por razones de estrategia editorial o simplemente por la inercia que hace que los sentimientos sigan pareciendo cuando ya no son.

    ¿Y ahora? En la literatura, en las artes, en la vida, estamos viviendo un instante de enorme dispersión de los afectos; yo me atrevería a decir que, del mismo modo que en los años 50 se vivió, como decía Nathalie Sarraute, la era de la sospecha, ahora estamos la era de la indiferencia. Causada por la crisis económica, quizá, por la ambición de ser más que los otros, de competir a toda costa, en todos los ámbitos de la vida, los seres humanos nos estamos despojando del pudor que lleva a aceptar al otro como igual, y sólo se acepta ya como competidor, como personaje al que mirar de reojo, para verlo caer si es posible, pues la competencia requiere, en esta situación, también la derrota ajena para sentir que nuestro triunfo es grande, único, pleno, planetario.

    Esta voluntad de triunfo a toda costa, esta mezquindad asombrada que busca en el éxito la única razón de la vida, la profesional, la creativa, está causando en el mundo que vivimos esa indiferencia, en la que nadamos como si no pasara nada, como si la destrucción del afecto de la amistad, entre todos los afectos que se van diluyendo, no fuera una derrota mayor, una vergüenza íntima de la que todos somos culpables o, por lo menos, damnificados.

    Acabo de estar en Zaragoza, en la inauguración de la gira que Joan Manuel Serrat y Joaquín Sabina hacen ahora por España con su nuevo espectáculo. Ahí encontré, en esos dos artistas, ese filamento de amistad que, en su caso, ha sostenido la aventura de su encuentro, que a priori se daba por muerta o por imposible. Porque los caracteres iban a chocar, porque quizá no iban a aguantar la presión de tantas noches y de tantos días, dentro y fuera del escenario de sus propios egos. Pues han aguantado. Les pregunté cómo lo habían hecho. Porque se hizo sólida la amistad entre ellos, porque se quieren, porque están dispuestos a aceptar que el otro es, quizá, mejor, y viceversa. Ojalá esta excepción que cuento, entre otras excepciones que habrá, desmienta mi sensación lastimada de que estamos viviendo, en general, en la era de la indiferencia. Un tiempo en que ser amigo ya no es, como dice Manuel Vicent, despertar a otro de madrugada para pedirle dinero o un consejo. O para preguntarle si ya está mejor, si va sobreviviendo al oficio de vivir.

http://blogs.elpais.com/juan_cruz

 

Magistrados, vaya tropa

Costa y Camps son inocentes,
Baltasar un delincuente
peligroso,
la prensa internacional
crucifica al tribunal
por alevoso.

¿Respeto por el Supremo?
Me cuesta mientras blasfemo
contra el trepa,
si la letra de la ley
sanciona que el tuerto es rey
¡Viva la Pepa!

El juez estrella estrellado
por haberse destacado
en un oficio
de togados obedientes
que nunca sacan los dientes
contra el vicio.

El narco y el terrorista,
el Pinochet y el perista
de los GAL
brindan con champán francés
celebrando que el buen juez
acabe mal.

Los huesos de las cunetas,
¿quién carajo los respeta
y los rescata?
Garzón hizo lo que pudo
por deshacer ese nudo
en la corbata.

Inmundo mundo al revés,
los que juzgan con los pies
dictan sentencia,
encadenando a Garzón
amordazan la razón
y la conciencia.
Qué vergüenza señorías
si triunfa la sangre fría
en este punto
de la historia interminable
que no confunde culpable
con presunto.

Ganan porque fracasamos,
cabalgan porque dejamos
de ladrar,
el tiempo pondrá en su sitio
un auto falto de litio
y bipolar.

Tanta saña contra él
acabó trucando el fiel
de la balanza,
me rasco porque me pican
las togas que santifican
la venganza.
Baltasar es el rey bruno
que se creyó blanco y uno
de los nuestros,
abomino de este fallo
tan mezquino, tan malayo
y tan siniestro.

El chileno, el argentino
braman contra el desatino
judicial,
los huérfanos de la guerra
reviven un cuerpo a tierra
criminal.

Que se tiente Rubalcaba
la ropa porque las habas
del congreso
mal contadas se repiten
si Carme y Garzón compiten
por un beso.

El vals de los magistrados
nos mostró esta vez su lado
más oscuro,
son coleguitas ¡Qué tropa!
los que le llenan la copa
de cianuro.

La condena promulgada
se parece a la quijada
de Caín,
para acabar de joder
ahora tendrán que absolver
a Urdangarín.

A bailar el tico tico
sin las Jennifer, los Kikos
y las Juanis,
me voy, doblando la apuesta
de mi primo con la orquesta
del Titanic

Joaquín Sabina

http://blogs.publico.es/joaquin-sabina

Culpable

Curándome en salud (Dos sonetos)

Excusatio non petita

Caerán otros gobiernos y otras gentes
seguirán aplaudiendo a los borbones,
unos se cagarán en los calzones,
yo volveré a nadar contra corriente.

El día de los santos inocentes
brindan las Herodías con Nerones
y desahucian catorce centuriones
a treinta y tres familias insolventes.

Feliz maúlla Intereconomía
desde que no defiendo la alegría
que ayer, aunque sufría, defendí.

Nunca fui tonto inútil ni palmero
de Chacón, Rubalcaba o Zapatero
¿subvenciones? ni un vil maravedí.

Acusatio manifiesta

Cierto que estuve con los de la ceja,
haciendo el oso, y, a toro pasado,
mi corazón, roñoso y encoñado,
ni se siente orgulloso ni se queja.

Ahora que las uvas nacen viejas
y san Silvestre está recién peinado
no sobra recordar que, en el pasado,
hubo una puerta grande y dos orejas.

¿Multiplicar los panes y los peces?
No ha sido bueno el año que se va
y el nuevo irá a peor según parece.

La recesión más lágrimas traerá,
cada lunes será martes y trece,
cada domingo fiesta de guardar.

Joaquín Sabina/http://blogs.publico.es