Cagada

No negamos la buena voluntad de nuestros dirigentes, pero alguien debería advertirles de que el infierno está empedrado de buenas intenciones

Exhumacion Franco
Protestas en el Valle de los Caídos contra los planes del Gobierno de exhumar los restos de Francisco Franco. SANTI BURGOS

 

García Márquez, fascinado como vivía por los dictadores, habría escrito una novela corta genial sobre la exhumación de los restos de Franco. El Gobierno de Sánchez, según se nos dijo en julio, aspiraba a componer un relato breve, pero le está saliendo Guerra y paz. Los últimos cálculos de la vicepresidenta apuntan al mes de diciembre como la fecha más probable para levantar la losa de 1.500 kilos y proceder al desenterramiento. Un regalo de Nochebuena, en fin. Quizá los puestos de belenes de la plaza Mayor vendan este año calaveras de plástico del Caudillo para que los nostálgicos las cuelguen de sus árboles de Navidad.

Todo esto era para decir que no se ha podido hacer peor. Inexplicablemente, se le ha dado al enemigo medio año para lloriquear. El mismísimo nieto del dictador, un botarate al que arrebataron el apellido de su padre para que no se perdiera la memoria del abuelo, ha salido en las teles en plan hombre de Estado quejándose del revanchismo de la izquierda. Esa familia de mediocres, que vive impunemente de lo que nos robó el viejo, ha aparecido como víctima de una macabra acción de los enemigos de España. No es todo: un numeroso grupo de militares, o de exmilitares, ahora no caigo, se han permitido el lujo de firmar a cara descubierta un manifiesto a favor de la dictadura. Por si fuera poco, esa cagada de granito conocida como Valle de los Caídos se ha convertido en un insólito lugar de peregrinación.

No negamos la buena voluntad de nuestros dirigentes, pero alguien debería advertirles de que el infierno está empedrado de buenas intenciones. Para compensar el regalo de Nochebuena, sería fantástico que los Reyes Magos nos trajeran la renta básica universal. Pero ni siquiera está anunciada

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Acero laminado

Acero laminado
REBECCA COOK REUTERS

El acero es un metal con estudios superiores. Procede de la mezcla del hierro con el carbono, que es un no metal (algo así como una proposición no de ley, ya que no conduce el calor ni la electricidad). El acero acojona. Cuando en la cocina de mi casa empezaron a entrar utensilios de acero, me fugué al cuarto de estar. Sucede que donde se decía “acero inoxidable”, yo entendía “acero inexorable”, en otras palabras, acero sin piedad. De hecho, una vecina mía perdió media cara por la explosión de una olla exprés. Aunque le rellenaron el hueco con una prótesis del mismo material con el que se construían los rostros de las muñecas de Famosa, daba pánico cruzarse con ella en la escalera. No es fácil reproducir el color ni la textura de la carne. Parece una tontería la carne, más ahora con las resinas sintéticas y la piel artificial, pero donde esté la auténtica que se quiten los sucedáneos. El ojo de cristal que le pusieron, en cambio, era perfecto. Siempre pensé que veía más por él que por el auténtico.

El acero, en fin, es una salvajada si lo comparamos con su hermano menor, el hierro. No hay rama en la industria en la que no se utilice. Se encuentra en los edificios, en los aviones, en los coches, en los destornilladores y alicates, en los electrodomésticos, también en la industria armamentística y en la naval, por no citar la relojera. El de la foto pertenece a la variedad de acero laminado. Se consigue calentando un lingote de este metal para pasarlo luego por unos tambores que lo convierten en esa especie de rollo de papel higiénico feroz, listo para su venta. 

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El arte y la vida

El arte y la vida
INMA FLORES

 

ALGO QUE PERMANECÍA desencajado en tu interior se articula al contemplar esta fotografía, como cuando te quedas embobado ante un mondrian. ¡Pero si no hay nada más que geometría y cromatismo!, te dices. Geometría y cromatismo, vale, pero tú sigues ahí, delante de la pintura, como un pasmarote, igual que al dar el primer trago a la copa de vino permaneces atento al modo en que el alcohol se abre paso por el sistema vascular y alcanza misteriosamente el encéfalo para provocar un estallido de depresión o euforia. Así permaneces frente al mondrian, siguiendo el rastro que su mera observación provoca en tu intelecto, tan difícil de expresar en palabras.Lo cierto es que, al alejarte de la pintura, te sientes como organizado, igual que cuando, perdido en una ciudad extranjera, tropiezas con uno de esos mapas en los que una leyenda dice: “Usted está aquí”. ¡Qué felicidad, la de encontrarnos! Nos ocurre también al leer un buen poema, una buena novela, al ver una película estimable: que descubrimos, siquiera de forma provisional, nuestro lugar en el mundo. Para eso sirven las representaciones de la realidad que proporciona el arte. Quizá el valor de esta fotografía sea el de señalarnos dónde estamos. O el de ayudarnos a decidirlo. Nos hallamos, por ejemplo, fuera, observando las cosas desde el ojo de la fotógrafa. O quizá dentro, detrás de una de esas persianas. Tal vez esta geometría plana y ligeramente coloreada sea el reflejo de una aspiración moral. Ese orden, esa discreción, ese juego de luces y de sombras nos representan. De ahí el placer de su contemplación.

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El culo

No hay que ser un vicioso de CSI para saber que esos tuits borrados vienen a constituir una zona de sombra, una autobiografía inversa

En cuatro días de Twitter disponemos ya de un útil para eliminar de la cuenta nuestras obras completas.
En cuatro días de Twitter disponemos ya de un útil para eliminar de la cuenta nuestras obras completas.KACPER PEMPEL REUTERS

 

Los tuits son las miguitas de pan que sirven para volver a casa, pero quién quiere volver a casa frente a la perspectiva de vivir en Prado del Rey. En resumen, que cuando suena el teléfono y te dicen que permanezcas atento a la pantalla, pues está a punto de caerte una subsecretaría, lo primero que tienes que hacer es salir con el móvil al callejón de atrás de tu existencia, y allí, en compañía de las ratas, vaciarlo del todo. Diez mil, doce mil, quince mil tuits, los que hagan falta, que no quede rastro alguno de tu ideario, si un ideario cabe en tan pocos caracteres.

Lleva trabajo, pero tampoco es como desescribir la Crítica de la razón pura o El segundo sexo. No se imagina uno a Simone de Beauvoir o a Kant censurándose a sí mismos. Ni a Flaubert solicitando a sus editores la despublicación de Madame Bovary. En cinco siglos de imprenta a nadie se le ha ocurrido inventar la desimprenta, pero en cuatro días de Twitter disponemos ya de un útil para eliminar de la cuenta nuestras obras completas. Aunque queda la huella, claro. No aparece el zapato, de acuerdo, pero sí su molde sobre el barro y de su molde se puede deducir hasta el peso de quien lo calzaba. No hay que ser un vicioso de CSI para saber que esos tuits borrados vienen a constituir una zona de sombra, una autobiografía inversa.

Hay gente que jamás visita esa zona de sombra como hay gente que no ha visto su culo. Pero existen ambos, el culo y la zona, aunque hasta la aparición de Internet no habíamos tenido la oportunidad de mostrarla. Al principio da gusto, pues quién no tiene un lado exhibicionista. Pero cuando llega la oportunidad de medrar, el culo no funciona. Puedes borrarlo, sí, pero queda su sombra, que es casi peor que su realidad.

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666

Su bebé ha muerto, le decían a la pobre mujer, mientras el fruto de sus entrañas viajaba a la habitación de al lado

666© GETTYIMAGES

El médico y las monjitas cogieron al recién nacido y lo llevaron al quirófano de al lado, donde le cortaron los dos brazos. Luego dijeron a la doliente madre que el niño había nacido así, al tiempo de mostrarle un catálogo de prótesis de titanio muy baratas. Entre tanto, los miembros amputados viajaban dentro de una nevera portátil hacia otro quirófano donde un matrimonio de millonarios acababa de tener un hijo sin brazos. Tras recibir el cheque, un equipo de expertos implantó las extremidades arrebatadas al niño pobre en el cuerpo del niño rico, donde, gracias a los análisis previos, encajaron a la perfección.

Esta noticia es falsa, al menos de momento, y porque la cirugía no ha alcanzado aún un grado de perfección tal que permita extraer un ojo de la cara a un bebé proletario para cedérselo a otro con posibles. De ahí que los médicos malos y las monjitas perversas hayan venido arrebatando a las mamás con dificultades económicas el niño entero: una amputación que no deja rastros aparentes. Su bebé ha muerto, le decían a la pobre mujer, mientras el fruto de sus entrañas viajaba a la habitación de al lado, donde era adquirido por una señora adinerada que había simulado un embarazo con cojines de plumas y náuseas artificiales.

Amputación e implante. Pura magia. Nada por aquí, nada por allá. En la habitación 665 se lloraba por el bebé falsamente muerto mientras que en la 666 se abría una botella de champán por el alumbramiento apócrifo. Cuando la desconsolada madre solicitaba ver el cuerpo de su hijo, sacaban un cadáver auténtico del congelador, le daban seguramente un toque de microondas, y se lo mostraban desde los pies de la cama. Todo desde esa normalidad atroz con la que discurren las horas y los días.

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Contraseña

Si te empeñas en encontrar significados en todo lo que ocurre, acabas paranoico

El caso es que me dan miedo las puertas que se abren y cierran con mecanismos electrónicos.

El caso es que me dan miedo las puertas que se abren y cierran con mecanismos electrónicos.
 GETTY IMAGESSalí de casa a media tarde para diluir mis preocupaciones en un gin-tonicclandestino. Ya en la cafetería, quise ir al baño, pero estaba cerrado. El camarero me informó de que al lado de la puerta había un teclado numérico en el que debía marcar el 3101 para que se abriera. Me hizo gracia porque yo nací un 31 de enero. Bueno, más que hacerme gracia, me inquietó un poco. No me gustó, en fin, la asociación, pero tampoco quise darle demasiada importancia. Si te empeñas en encontrar significados en todo lo que ocurre, acabas paranoico. Regresé al aseo y en efecto, descubrí el teclado, que se parecía al de una caja fuerte. La caja fuerte de la mierda, pensé. La puerta, de metal, reforzaba esa idea de dispositivo de seguridad inverso, pues no era para evitar que se robaran los excrementos, sino para impedir que se depositaran. Imaginé que en ese instante se acababa el mundo y que dentro de 1.000 años unos espeleólogos forzaban la puerta y en vez de descubrir el cuerpo momificado de un faraón, se encontraban con un retrete sucio del siglo XXI. ¿Por qué esas medidas de seguridad?, se preguntarían.

 

El caso es que me dan miedo las puertas que se abren y cierran con mecanismos electrónicos. La idea de quedarme encerrado me horroriza, así que no entré, pero le proporcioné la clave a un indigente que había en la calle. La 3101, le dije mientras me dirigía al bar de al lado sin haberme tomado el gin-tonic, pues entre unas cosas y otras el hielo se había derretido y sabía mal. Los aseos del nuevo establecimiento no tenían contraseña secreta y estaban más o menos limpios, de modo que accedí a ellos sin problema, hice un pis preventivo (en realidad no tenía ganas, pero nunca se sabe) y pedí otro gin-tonic que me supo a gloria.

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Sucedáneos

El dinero proporciona mucha identidad, pero resulta difícil de obtener. El patriotismo, sin embargo, sale gratis

Cuando Trump se mira en el espejo, se reconoce como alguien distinto de los otros.
Cuando Trump se mira en el espejo, se reconoce como alguien distinto de los otros. CHIP SOMODEVILLAGETTY IMAGES/AFP

La identidad es una construcción que se levanta a lo largo del tiempo. Significa que venimos al mundo desidentitados,que no es lo mismo que indocumentados. La documentación se consigue haciendo cola frente a una ventanilla. Pero el DNI, pese a su nombre, apenas proporciona identidad. Con el DNI puedes moverte por la Europa comunitaria, pero no sirve para viajar por el interior de uno mismo. Cuando Trump se mira en el espejo, se reconoce como alguien distinto de los otros. Muy distinto, para ser exactos, porque la presidencia de los EE UU proporciona cantidades ingentes de identidad. De ahí que se le salga por las costuras. Trump va del dormitorio a la cocina y deja todo el pasillo manchado de identidad porque la pierde, pierde identidad, lo que constituye un modo de marcar territorio.

Hay muchos casos de identidades excesivas, tanto en el plano individual como en el colectivo. La historia de las guerras es en cierto modo la historia de las identidades. Todo el mundo quiere que los demás sean como uno. Marilyn Monroe decía que los hombres se enamoraban de ella por su carácter (por su identidad), pero que luego intentaban cambiarla. El sueño de cualquier hijo de vecino es levantarse un día y comprobar que la humanidad entera se ha convertido en él. Esto sucede cuando te dan la razón en casa, en el trabajo y en el telediario. Cuanto menos gente te dé la razón, mayor será tu agujero identitario. A partir de ciertas edades, ese agujero insaciable resulta difícil de tapar, aunque se puede rellenar con sucedáneos. El patriotismo exacerbado es uno de ellos. El dinero también. El dinero proporciona mucha identidad, pero resulta difícil de obtener, es caro. El patriotismo, sin embargo, sale completamente gratis.

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Por abundar

Debería haber entre el yo y el tú un pronombre intermedio, algo así como una semifusa, al que pudieran apuntarse los yoes cansados

Por abundar
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El mayor defecto de los españoles no es la envidia, es ser españoles, del mismo modo que el mayor defecto de los franceses es ser franceses o ser alemanes el de los alemanes. Y así de forma sucesiva hasta llegar a Australia. El mayor defecto del hombre, pese a lo que digan los textos de superación personal, es ser uno mismo. Resulta incomprensible que nos empecinemos en ser nosotros mismos existiendo alternativas. Cada día de nuestra vida deberíamos levantarnos de la cama con el propósito de ser el vecino de al lado, o el de arriba, da igual, o el de debajo, el caso es ser otro distinto del que hemos llegado a ser, incluso aunque pertenezcamos a la especie de los que se han hecho a sí mismos. A veces, en la calle, al pasar frente a un escaparate que me refleja, lejos de reconocerme enseguida, veo a un extraño que me mira con consternación. Luego, al caer en la cuenta de que soy yo, pienso que me gustaría ser ese extraño. Se aprecia en él un desconcierto higiénico.

Sé tú mismo, nos dicen desde la escuela y desde los libros de autoayuda, como si ser tú mismo tuviera más mérito que ser él mismo o ella misma. Los pronombres personales han hecho mucho daño a la evolución. Desde el momento en el que se cuela en tu conciencia el yo, caes preso de esa forma gramatical que es como el centro de una tela de araña en la que se precipitan sin pausa todos los afectos y desafectos que nos hacen sufrir. El yoísmo supremacista y el nacionalismo excluyente, que son dos aspectos de lo mismo, no se despegan del alma ni con agua hirviendo. Debería haber entre el yo y el tú un pronombre intermedio, algo así como una semifusa, al que pudieran apuntarse los yoes cansados. Ser semiespañol o semicatalán, por abundar, estaría muy bien.

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Un premuerto

A veces, antes de que la pantalla del ordenador acabe de encenderse, te retiras de ella para no escribir

Un premuerto
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La pantalla del ordenador, antes de iluminarse, funciona como un espejo oscuro donde aparece el rostro de alguien que está a punto de ponerse a escribir. Ponerse a escribir da miedo, créanme. No importan los años que lleves haciéndolo. Estar a punto de ponerse a escribir es como estar a punto de tirarte por la ventana de un séptimo piso: de un lado lo deseas, para acabar con todo, pero de otro notas cómo el pánico, que tiene una mano grande y vigorosa, en cuyo interior cabe todo el sistema digestivo, comprime tus vísceras. El pánico se concentra ahí, en las vísceras. Entonces abandonas el borde de la ventana y regresas temblando al interior de la habitación. Ese día no morirás. Ese día, como vienes haciendo el resto de tus días, te ducharás, te afeitarás y saldrás a la calle igual que cualquier miércoles. Pero ha ocurrido algo: te has enfrentado a la posibilidad de probar el sabor del vacío. Los demás no percibirán nada. A lo largo de la jornada estrecharás las manos de los que te salgan al paso como un muerto. No como un muerto completo, claro, sino como un premuerto. Serás un premuerto el resto de tu vida.

A veces, antes de que la pantalla del ordenador acabe de encenderse, te retiras de ella para no escribir. Te acaba de venir a la memoria que tienes que arreglar la tapadera de la taza del retrete, lo que implica acercarte a la ferretería para adquirir una bisagra. El dependiente no percibirá que no estás escribiendo. No advertirá que en el último instante te has alejado del ordenador como el suicida de la ventana y que ahora eres un escritor muerto. Caminas como un cadáver por el barrio y a lo mejor te cruzas con el tipo que no se tiró hace un par de horas por la ventana. Quizás al veros os reconozcáis.

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La cárcel y la gloria

La cárcel y la gloria
RODRIGO JIMÉNEZ (EFE)

AHÍ DONDE LO ven, el jugador no está enfadado. Al contrario, acaba de meter un gol y muestra de este modo su alegría. Significa que algunas expresiones, según en el contexto en el que se den, quieren decir una cosa o la otra. Aquí quieren decir la otra. O una, no sé, quizá me estoy haciendo un lío. La cuestión es que trato de imaginar a un matemático en el trance de recibir la llamada de Estocolmo. Le acaban de conceder el Nobel. ¿Se arrancaría violentamente la camisa y recorrería el pasillo de su casa en la posición de Ronaldo frente a la mirada estupefacta de su esposa e hijos? No me parece probable. Estas expresiones de felicidad solo se dan en el deporte, y quizá no en todos (Nadal, cuando gana, se arroja al suelo). No digamos si el Nobel es el de Literatura. El de Literatura queda bien recibirlo con cierta pesadumbre, incluso renunciar a él, aunque no a su dotación económica. Está documentado.

Si usted va por la calle y le viene de frente un tipo en calzón corto, con el torso desnudo, los brazos en actitud agresiva y la boca abierta, como si rugiera o tratara de expulsar un alien que ha inflado anormalmente todo su sistema muscular, usted correría espantado en la dirección contraria. Y al tipo lo detendrían ipso facto. El contexto de nuevo. Situaciones por las que en un sitio te podrían llevar a la cárcel, en otros te conducen a la gloria. De hecho, los espectadores del partido, lejos de mostrarse asustados, respondieron a la expresión del futbolista con una aclamación histórica. Ahora bien, lo que uno se pregunta es cómo será este hombre ­enfadado. 

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