El coco te llevará

El coco te llevará
NATALIA SANCHA

HE AQUÍ UN gran invento: la cuna-ataúd para niños desnutridos. A medida que la meces, el crío, en vez de dormirse, se muere. La desnutrición, como casi todo en la existencia, se puede contemplar a la luz de las teorías o de las emociones. Teóricamente hablando, el síndrome que presentan estas criaturas se debe a la escasez de calorías que corren por sus cuerpos. Podemos afirmar que ingieren pocas proteínas y pocos hidratos de carbono, por lo que padecen también un déficit de hierro, vitaminas, yodo, etcétera. De ahí su postración (no es que estén echándose la siesta). Allá donde reina la pobreza, la desnutrición empieza en el espermatozoide, que llega a destino agotado, como si hubiera subido siete pisos sin detenerse a respirar. Pero tampoco el óvulo, si tenemos en cuenta el hambre de la portadora, lo recibe en buenas condiciones. Significa que el encuentro, más que sumar, resta.

Y no será porque en el mundo no haya calorías. Está lleno de ellas, pero se encuentran mal repartidas. Hay acaparadores de calorías como hay acumuladores de chatarra. Cuando el presidente de un banco se jubila, le dan calorías para seis o siete generaciones. Y quien dice el presidente de un banco dice el de una hidroeléctrica o el de una gasística, no sé. Tendrían que vivir mil vidas para consumirlas. Otros, en cambio, han de conformarse con las que les proporciona la ingestión de un escarabajo o una mosca flaca atrapada al vuelo. Esto último es teoría económica. Y nos hemos quedado sin espacio para hablar de las emociones. Muérete, niño, muérete ya, que si no el coco te llevará. 

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El regreso

Al día siguiente salí con ellos a la calle y tuve la impresión desde el primer momento de moverme entre difuntos

Al llegar a casa y cambiarme de calzado me pareció que regresaba a la vida.
Al llegar a casa y cambiarme de calzado me pareció que regresaba a la vida. GETTY IMAGES

 

Mi amigo Enrique se compró unos zapatos el martes por la tarde y el miércoles por la mañana se murió sin llegar a estrenarlos. Ni siquiera los había sacado de la caja, que abandonó a los pies de la cama antes de acostarse. Eran de color crema y puntera alargada, elegantes y modernos, ingleses, diría yo, no sé muy bien por qué. La viuda decidió enterrarlo con ellos como para cumplir el último deseo de su marido del que tenía constancia. Lo amortajaron con un traje oscuro y una corbata cuyos tonos hacían juego con los calcetines. La verdad es que daba gusto verlo tan aseado. Los familiares y amigos que pasaban por el tanatorio destacaban, sin excepción, la calidad del calzado, que brillaba como un espejo y cuyas suelas no tenían un solo rasguño.

Pero ya a punto de cerrar el féretro para salir hacia el cementerio, la hija mayor se empeñó en quitarle los zapatos porque siendo nuevos, dijo, le harían daño. Al final yo mismo me acerqué corriendo a casa del fallecido a por unos mocasines viejos, que sustituimos por los recién comprados. Los deudos, no sabiendo qué hacer con los zapatos nuevos, me los regalaron a mí, que gastaba el mismo número. Acudí al entierro absurdamente con ellos en la mano y nada más llegar a casa me los probé. Me estaban como un guante.

Al día siguiente salí con ellos a la calle y tuve la impresión desde el primer momento de moverme entre difuntos. Fui a comprar el periódico y el quiosquero estaba muerto, aunque él no parecía consciente. Me dio un periódico cuyas noticias de primera página me parecieron dignas del más allá. Lo mismo me sucedió en la panadería donde adquirí una chapata agónica. Al llegar a casa y cambiarme de calzado me pareció que regresaba a la vida, lo que no me gustó.

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No sabemos

El choque de la vida real con los discursos delirantes de la campaña produce cuadros psicóticos

Invitas al bueno de Stephen King a pasar una semana entre nosotros y huye a los dos días.
Invitas al bueno de Stephen King a pasar una semana entre nosotros y huye a los dos días. MARK LENNIHAN AP

 

Un país en el que un líder político se manifestara en contra de la eutanasia desde una plaza de toros en la que el respetable pidiera las orejas del enfermo terminal que acabara de poner fin a su agonía. Imagínenlo. Suena a argumento de película gore, pero podría suceder en España de un momento a otro (en el caso improbable de que no haya sucedido ya). Ahí estamos, en el cine, rodeado de niños poseídos por el diablo que celebran a carcajadas las ocurrencias de Abascal con un tambor gigante de palomitas entre los muslos. La otra cara del terror es la risa, tal es al menos lo que la prensa se empeña en demostrar. Los partidarios de la pena de muerte vociferan en contra del aborto y los cristianos de raza (si eso existe) claman por la desaparición de la educación gratuita y la Seguridad Social. En cuanto a los obispos, pregonan desde el púlpito las excelencias del matrimonio y de los hijos mientras ellos permanecen célibes, aunque no necesariamente castos, en el interior de sus mansiones evangélicas, rodeados de una servidumbre compuesta por monjitas. Se lo dijo el Papa a Évole: la Iglesia es femenina.

El choque de la vida real con los discursos delirantes de la campaña produce cuadros psicóticos. Algunos candidatos intentan que las piezas encajen, pero la disociación mental provoca en los contribuyentes alaridos de pánico y risotadas de histeria. A veces, los alaridos parecen risotadas y las risotadas alaridos. Invitas al bueno de Stephen King a pasar una semana entre nosotros y huye a los dos días. Hay que ser muy español y mucho español para tragarse todos los capítulos del biopic de Villarejo sin brotarse. Los árboles están en flor, pero no sabríamos decir si es por la primavera o por un ataque de locura.

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El monstruo disperso

El monstruo disperso
SAMUEL SÁNCHEZ

EN ESTA ORQUESTA los instrumentos musicales parecen patas de saltamontes, antenas de mariposas, abdómenes de escarabajos… La batuta del director podría ser un fásmido mimetizado en palo para no llamar la atención entre tanta madera. Si juntáramos los cuerpos de todas las personas que vemos en la imagen para construir con ellos un solo intérprete, y la de los contrabajos, violas, arpas, etcétera, para obtener un instrumento único, alumbraríamos un híbrido curioso. Imagínense un rostro formado por la agregación de esa multitud de narices, ojos, bocas, orejas, cabelleras; un aparato circulatorio compuesto por la suma de los corazones y arterias de los 60 o 70 artistas fotografiados; un aparato locomotor que reuniera la musculatura repartida entre esa cantidad de piernas y de brazos; un alma resultante de la agregación de las diferentes sensibilidades artísticas. Imaginen el producto final puesto al servicio de un extrañísimo artefacto sinfónico capaz de resumir la cuerda, el viento, la percusión…

Una orquesta es un monstruo fraccionado que opera sin embargo como un solo individuo: sus partes están sincronizadas como las alas y la cola de un ave al elevarse. La orquesta, sin moverse del sitio, vuela hacia el final de la partitura. Ignoramos si son los instrumentos los que manipulan a los músicos o al revés, pero del mismo modo que cada uno de nosotros sabe dónde acaban sus manos aun con los ojos cerrados, el arco del violín sabe dónde termina él y comienza el del contrabajo. La orquesta, misteriosamente, posee la percepción que un cuerpo tiene de sí mismo. 

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Las autoridades bien, gracias

Las autoridades bien, gracias
OLMO CALVO AP

LO QUE SE DIVISA al fondo parece una isla flotante en medio de un desierto de agua, un extraño conjunto de construcciones levantado sobre las olas. Pero son los cuerpos y las cabezas de un número indeterminado de inmigrantes a bordo de una embarcación en la que viaja el triple o más de las personas que caben en ella. De ahí el apiñamiento y la sensación de masa casi homogénea que producen, cuando son en realidad hombres, mujeres y niños dotados de una geografía corporal, de unos límites borrados por el temor al hundimiento, que los empuja al centro de la balsa. A eso se le llama ir a la deriva de forma literal no figurada, como decimos nosotros de quien no sabe qué hacer con su existencia. Ahí los tienen, emparedados entre un océano oscuro como el alma y una nube negra que da la impresión de ir a descargar sobre ellos toda la ira de los dioses.

He ahí un puñado de humanidad arrojado a la desesperación. La humanidad, de un tiempo a esta parte, perece así, a puñados surgidos de una mano gigante que los toma de la calle de un pueblo o de una ciudad y los arroja al océano como usted y yo echamos un puñado de garbanzos a la olla. Cada uno de los puntitos negros que se divisan desde la distancia moral desde la que los contemplamos corresponde sin embargo a un cráneo pensante, a un individuo. Por el interior de esos cráneos, como por el de usted o el mío, pasan imágenes y monólogos que tratan, suponemos, de aliviar el pánico, pues en esa aglomeración cabe también más miedo del que entraría en la suma de los cuerpos que la componen. Las autoridades, bien, gracias.

Juan José Millás

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Mamá

Ayer abrí las páginas de una novela que comenzaba así: “Mi madre ya no llora con esas cartas”, y salí volando del vagón del metro en el que viajaba

Un hombre leyendo un libro.
Un hombre leyendo un libro. © GETTYIMAGES

 

Un libro es un paisaje: el que contemplas con asombro a izquierda y derecha mientras progresas por las oraciones gramaticales que lo componen como por una senda abierta en el bosque. El proceso por el que la materialidad de la letra impresa se convierte en una sustancia mental, capaz de transformarse a su vez en imágenes que lo mismo nos llevan a la intimidad de una alcoba que a la cubierta de un ballenero, es un enigma semejante al del misterio eucarístico, pues si en la misa, mediante las palabras pronunciadas por el cura, el pan y el vino se convierten en el cuerpo y en la sangre de Cristo, en la novela, gracias a un conjunto de sustantivos, adjetivos, etcétera, adecuadamente combinados, el lector abandona su identidad para transformarse en uno de los personajes de la peripecia narrativa, a veces en el mismísimo protagonista.

Lees, por ejemplo, esta frase: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”, y eres arrancado del sofá, o del asiento del autobús, o de la cama en la que te encuentras con Cien años de soledad entre las manos. Lees “Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo”, y eres arrebatado, como el profeta Elías, por un carro de fuego.

Ayer abrí las páginas de una novela que comenzaba así: “Mi madre ya no llora con esas cartas”, y salí volando del vagón del metro en el que viajaba, para ingresar en una absorbente aventura existencial que, aunque no hablaba de mí, me concernía como le concernirá a usted, créaselo, cuando acometa su lectura. Se titula Mamá y su autor es un argentino de origen español llamado Jorge Fernández Díaz. Buen viaje.

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¿Qué leches miramos?

¿Qué leches miramos?
GEORGE STEINMETZ CONTACTO

HE AQUÍ un caso de estabulación extremo. Los animales, atrapados en un pequeño rectángulo, han de asomar la cabeza para comer y beber por ese ventanuco carcelario bajo el que disponen de dos recipientes, uno para el agua, suponemos, y el otro para el pienso. La higiene es perfecta, no duden de ella. Los pendientes amarillos grapados a cada una de las orejas de estos mansos mamíferos dan cuenta del control al que viven sometidos. Son vacas con carné de identidad a las que seguramente se les administran antibióticos que a lo mejor, como efecto secundario, le curan a usted una infección de garganta. ¿No le pareció raro que se le fuera de un día para otro, y sin tratamiento alguno, esa faringitis que arrastraba desde que terminó el verano? La solución está en el yogur que se toma para desayunar, o en los chuletones que se hace en la barbacoa del jardín los fines de semana.

Conste que estas vacas son de Wisconsin, pero pocas cosas viajan más que la carne o que la leche (la mala leche, sobre todo). El otro día, en la pescadería, me vendieron un filete de pez espada procedente de Chile. Pero vamos a lo que íbamos que es a la higiene de carácter filosófico. Se siente uno culpable contemplando esta imagen. Todo muy limpio, sí, pero qué hay de la profilaxis mental. ¿Puedes ver esto en el periódico y no detenerte a meditar unos segundos? Si ha notado usted que los lácteos le saben a presidio, aquí tiene la respuesta. Por cierto, no se pierdan la expresión de perplejidad o de cabreo de la ­segunda vaca por la derecha. Nos pregunta qué leches miramos. 

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No me quedo tranquilo

No me quedo tranquilo
GEORGE STEINMETZ (CONTACTO)

PARECEN ESPERMATOZIODES A la espera de que suene la alarma para acudir a una eyaculación. De forma parecida al menos los mostraba Woody Allen en Todo lo que usted siempre quiso saber sobre el sexo y nunca se atrevió a preguntar. Pero no. Trabajan en un matadero de pollos en Brasil y están haciendo un alto para reponer fuerzas. ¿Asombra o no asombra la fantasía de algunas empresas a la hora de uniformar a sus empleados? He aquí un atuendo de matar pollos que debe de ser muy funcional. Lo que desde luego transmite es una idea de higiene insuperable. La capacidad de organización del ser humano solo es comparable con su tendencia al caos. Lo que no sabríamos decir es si esta imagen representa la anarquía o el orden.

Por un lado, parece que está todo muy controlado para que los obreros no transmitan virus alguno a las aves. Pero por otro da la impresión de que el modo de garantizar ese control es el producto de una mente enferma. No se me entienda mal: soy partidario de la limpieza y de la desinfección. Todo lo que sea profilaxis, signifique lo que signifique profilaxis, me parece bien. Lo que me pregunto es si no había otro modo de lograrla. También estoy de acuerdo en que los sargentos se distingan de los generales, pero yo colocaría menos chatarra en el pecho de los últimos. La bata de los médicos, por ejemplo, es un modelo de contención. Van aseados y pulcros sin necesidad de llenarse la bocamanga de pequeños bisturíes de acero ni filigranas de oro. Ignoro de qué nos vestimos para matar pollos en España, pero prometo investigar porque no me quedo tranquilo. 

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Podrida

La sustitución de la gasolina, que huele y se ve, por la electricidad, etérea e inodora, coincide con el acabamiento de un tipo de hombría rudimentario

Los motores de combustión tienen ya fecha de caducidad.
Los motores de combustión tienen ya fecha de caducidad. ERIC GAILLARD REUTERS

El motor de explosión de cuatro tiempos, ahora condenado a muerte, estaba hecho a la imagen y semejanza de las dos aurículas y los dos ventrículos de nuestros corazones. Mi profesor de Ciencias Naturales nos explicaba el cuerpo humano comparándolo con un automóvil. Y la analogía funcionaba porque quemamos, en efecto, sólidos y líquidos cuya combustión produce desechos que expulsamos por el tubo de escape. Como los perros para Descartes, los humanos éramos máquinas para mi maestro. A su viejo seiscientos, en cambio, lo trataba como a un niño porque lo identificaba con su pene. Cuando el automóvil, como el Soberano, era cosa de hombres, constituía, más que un medio de transporte, una metáfora de los genitales masculinos. De ahí el afán de los adolescentes de entonces por obtener deprisa, deprisa, el carné de conducir.

La sustitución de la gasolina, que huele y se ve, por la electricidad, etérea e inodora, coincide, pues, con el acabamiento de un tipo de hombría rudimentario, una hombría de cuatro tiempos, podríamos decir, con unos problemas de carburación tales que venía haciendo el ambiente moral irrespirable. No sabemos si la gasolina y el diésel durarán los 20 o 30 años que les concede la ley, pero serían impensables 20 o 30 años más de terrorismo doméstico, de brecha salarial, de diferencias laborales, de crímenes de género como los que relata la prensa cada martes y cada miércoles.

La fecha de caducidad de los motores de combustión viene a significar el fin de la mecánica, que tanta fascinación produjo a los enciclopedistas del XVIII, y el advenimiento del magnetismo, que ya estaba, aunque no era hegemónico. El rugido de los viejos motores comienza a evocar una virilidad podrida.

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La obsesión por la simetría

La obsesión por la simetría
GETTY IMAGES

 

Los confesionarios poseen un atractivo oscuro. Y aunque los hay de varias clases, abundan aquellos que como el de la foto poseen un cuerpo central, donde se oculta el sacerdote, flanqueado por sendas formaciones simétricas destinadas al penitente. Mientras el cura escucha al pecador de su derecha, otro arrepentido puede ir acomodándose (es un decir) a su izquierda. De este modo, cuando despida al primero, no tiene más que girar levemente el cuerpo para atender al segundo. Son las ventajas del confesionario que podríamos denominar “bifaz”, o de dos caras, como aquellas hachas prehistóricas que representaban las dos mitades de las que está hecho el cuerpo humano.

—¿Pero eran más eficaces para matar que las de un solo filo?

—No lo sabríamos decir, aunque no todo en esta vida se mide por su eficacia material.

También este curioso artefacto reproduce las dos mitades del cuerpo: a cada lado, un pulmón, y en el centro, el corazón. Significa que quizá no está diseñado con un criterio económico, sino de carácter simbólico. Uno entra en la iglesia, observa el vacío de uno de los espacios y le cuesta resistirse a la tentación de ocuparlo, a fin de equilibrar el peso de las dos partes. Lo que no acabamos de comprender es por qué el cura, que teóricamente no tiene nada que ocultar, aparece protegido por la celosía de la puerta central, mientras que los pecadores, pobres, permanecen al aire libre. En realidad, no comprendemos nada de lo que ocurre ahí, pero nuestra afición al bricolaje nos obliga siempre a detenernos frente a estos muebles tan curiosos. 

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