Los reyes de la selva

Juan José Millás

Los reyes de la selva
DAVID G. FOLGUEIRAS

ESTOS LEONES NO saben que son funcionarios. No lo saben, quiero decir, con sujeto, verbo y predicado, que es como lo sabemos nosotros. Pero quizá lo sienten. Fíjense, si no, en esa mirada perfectamente burocrática con la que observan el paso de los coches en el Safari, unas instalaciones “naturales” que se levantan a 40 kilómetros de Madrid, en la localidad de Aldea del Fresno. Hay hastío en esa actitud. Hay muchas horas de oficina. Están ahí para distraer a la gente, para asustar a los niños, que provocan a los animales golpeando las ventanillas de los automóviles al objeto de que se muevan. Pero son ya muchos trienios, mucho cansancio acumulado. Si queréis espectáculo, parecen decir, idos al circo.

Tan hartos están de su trabajo que uno diría que han acudido a la oficina sin ducharse, sin peinarse, sin adecentarse lo más mínimo. Tienen el pelaje triste, sin vida, mortecino, pese a haber en el mercado veterinario tan buenos productos cosméticos para dar volumen a la melena e hidratar la piel. Estamos ante un macho y una hembra que, a base de hacérselo sin muchas ganas en el cuarto de las fotocopias, han tenido un hijo que aparece detrás del león, ya con maneras de que la gente le carga. Las actividades de cara al público exigen una exposición excesiva. Agotan, en fin, sobre todo cuando el público es maleducado.

—¿Los atiendes tú o los atiendo yo? —parece preguntar la hembra al macho.
—Que los atienda su madre —da la impresión de responderle el macho.

Y así, en medio de ese paisaje de imitación, transcurre la vida de los reyes de la selva. Pobres. 

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Tres kilos de utopía

Tres kilos de utopía

ESTA NIÑA PESÓ al nacer lo mismo que cuatro o cinco lonchas de jamón de York, lo mismo que la mano izquierda de una anciana, que el cuerpo de un canario, que un racimo de uvas, que un bol de fresas, que un libro de poemas, que un paquete de galletas, que una infusión de manzanilla, que un gin-tonic, que una pastilla de jabón. Lo mismo que un tarro de miel, que un frasco de compota de manzana, que una porción de mantequilla, que un taco de folios, que una lubina de ración, que un filete de hígado empanado, que una barra de pan, que un hámster adulto, que una naranja grande, que una pena pequeña. Lo mismo que un queso de tetilla, que un presagio ligero, que una verdad a medias, que un flan de huevo y leche con un poco de nata por encima. Lo mismo que una lengua de ternera, que un lingote de oro, que un jersey de lana. Lo mismo que las llaves de la casa, que un zapato viudo, que una cesta de pétalos, que una caja de cereales, que un atado de espárragos, que un cucurucho de castañas, que tres sobres de puré de patata, que un cuenco de arcilla, que un diccionario de sinónimos, que un par de pechugas de pollo congeladas. Pesó lo mismo que un muñeco de fieltro, que dos o tres yogures naturales, que un plato de sopa de letras, que una obsesión liviana. Lo mismo que un soneto, que un romance, que una metáfora, que una oración subordinada…

Era, en fin, al nacer, un cuarto de kilo de mamífero, 250 gramos de energía, un soplo de genética, un empuje, un deseo, un salir adelante, una constelación, un mundo. Ahí la tienen ahora: tres kilos y pico de utopía.

Juan José Millás

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Frenadol

Las cabezas de los seres humanos son trampas en las que se precipitan los pensamientos que circulan por el aire

JUAN JOSÉ MILLÁS

Frenadol
JAVIER SÁNCHEZ

En el bar en el que desayuno solía haber, al fondo de la barra, un hombre ensimismado y tuerto. Llegaba antes que yo, pedía un vaso de agua con gas y un café y a continuación se ensimismaba. Un martes que no apareció le pregunté al camarero por él. Dijo que vivía lejos del barrio. “Viene aquí”, añadió, “porque un día, al abrir una caja de Frenadol, salió de su interior una voz según la cual a lo largo de los próximos meses pasaría justo por ese punto de la barra donde se coloca, a eso de las nueve de la mañana, una idea importante que pretendía que cayera dentro de su cabeza”. Me extrañó que la voz hubiera sido tan precisa como para señalarle la estación del metro en la que se tenía que bajar, el nombre del establecimiento y hasta el taburete en el que debía sentarse, pues las voces, las mías al menos, no son tan concretas.

En cualquier caso, aprovechando que el hombre había faltado a la cita, ocupé su sitio y me ensimismé por si diera la casualidad de que la idea pasara ese día, y se colara en mi cabeza en vez de en la suya. Las cabezas de los seres humanos son trampas en las que se precipitan los pensamientos que circulan por el aire. Por lo general, no se recogen más que clichés, estereotipos, basurilla, en fin, pero de vez en cuando pican los juicios sintéticos a priori o la gravitación universal y has hecho la jornada.

Pasó un rato sin que mis neuronas detectaran nada de interés, pero luego se abrió la puerta y apareció el tuerto al que había quitado el sitio, que me miró con odio y se sentó donde solía hacerlo yo. Me quedé observándolo y en esto sonrió con satisfacción, como si la idea, de camino hacia mi cabeza, hubiera quedado atrapada en la suya. Y así debió de ser porque no ha vuelto por el bar.

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Siglos

Me propongo vigilar la aparición de ideas intrusas en mi cerebro, pero siempre me engaña

JUAN JOSÉ MILLÁS

Ernesto Guevara, conocido como 'El Che', en una imagen sin fechar. Getty
Ernesto Guevara, conocido como ‘El Che’, en una imagen sin fechar. Getty GETTY

Me acuerdo, sin venir a qué, de la revolución cubana. Voy en el autobús, por ejemplo, observando los tristes edificios de la periferia de Madrid, y de súbito me viene a la memoria la revolución cubana. Vigílate, me digo. Me vigilo, espío mi cerebro para descubrir qué rayos ha desatado esa memoria sin hallar nada que lo justifique. Rarezas de la masa encefálica, pienso, que creemos que es nuestra, aunque tiene zonas que no nos pertenecen. Miro a mi alrededor, a ver si adivino quién detenta la parte de ella que ha recordado la revolución cubana. No esa joven que lleva un lazo rojo en el pelo, ni ese señor sin afeitar, ni este cojo de mediana edad al que acabo de ceder el asiento, ni el niño que me observa cogido de la mano de su madre. Tal vez, pues, este recuerdo de la revolución cubana me pertenezca a mí. Lo que me pregunto es por qué me asalta cuando le da la gana a él, al recuerdo, y no cuando lo reclamo o lo necesito yo, en el caso de que recordar la revolución cubana constituya una necesidad. Un producto de primera necesidad. El pan, me digo, es un producto de primera necesidad. La revolución cubana, no. No ahora al menos. Fue un producto de primera necesidad durante la segunda mitad del siglo XX, del que parece que han pasado mil años. Y yo con ellos, con los mil años. Esta sensación de que han pasado siglos se debe a la sublevación digital, que lo ha puesto todo patas arriba, alejándonos de la Historia. La Historia, observada desde las nuevas tecnologías, parece una ilusión óptica, como el cine, donde la apariencia de movimiento es el resultado de hacer desfilar muchas fotografías ante los ojos a una velocidad equis. Me propongo vigilar la aparición de ideas intrusas en mi cerebro, pero siempre me engaña.

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Instantes

Me doy cuenta de que estoy introduciendo en la cabeza de mi nieto el pensamiento binario que tanto nos ha hecho sufrir

JUAN JOSÉ MILLÁS

Un hombre lee un libro con su nieta.
Un hombre lee un libro con su nieta. GETTY IMAGES

Leo a mi nieto un libro infantil titulado Los contrarios. A medida que avanzo, me doy cuenta de que estoy introduciendo en su cabeza el pensamiento binario que tanto nos ha hecho sufrir a lo largo de la Historia. Digamos que le parto el corazón sin que él se dé cuenta. Yo mismo no reparo en ello hasta la página catorce o quince. Ahí estamos los dos, en fin, cada uno en su papel, dóciles y obedientes como ovejas que pastan tras la valla. Cerca / lejos. Dentro / fuera. Arriba / abajo. Delante / detrás. Grande / pequeño. Largo / corto. Ancho / estrecho. Seco / mojado. Caliente / frío. Duro / blando. Lento / rápido.

Las ilustraciones no dejan lugar a dudas sobre la existencia de los contrarios, pero resulta imposible averiguar dónde termina lo pequeño y comienza lo grande, por ejemplo, pues no están dibujados sus límites. La frontera es un lugar confuso para el pensamiento infantil, incluso para el adulto. De ahí las concertinas. De ahí Trump. De ahí el sentimiento nacional. De ahí el otro, lo otro. Cuando cerramos el cuento, el crío salta de mis rodillas con el corsé de la cultura un poco más ceñido en su mente de lo que lo estaba cuando se subió. Más apretado. Su capacidad de deducción le conducirá con el tiempo a la creación de nuevas dicotomías culturales. Joven / viejo. Hombre / mujer. Nacional / extranjero. Blanco / negro. Rico / pobre. Sabio / ignorante.

Le ayudarán en la construcción de este pensamiento disociado los libros de texto, los periódicos, la tele, la radio, las revistas. El mundo, en su cabeza, se conformará como un juego de oposiciones, no como una posibilidad de encuentros. Aunque tal vez un día, de mayor, revisando los textos de su abuelo muerto (muerto / vivo), dé con esta columna y se detenga a meditar unos instantes.

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El coco te llevará

El coco te llevará
NATALIA SANCHA

HE AQUÍ UN gran invento: la cuna-ataúd para niños desnutridos. A medida que la meces, el crío, en vez de dormirse, se muere. La desnutrición, como casi todo en la existencia, se puede contemplar a la luz de las teorías o de las emociones. Teóricamente hablando, el síndrome que presentan estas criaturas se debe a la escasez de calorías que corren por sus cuerpos. Podemos afirmar que ingieren pocas proteínas y pocos hidratos de carbono, por lo que padecen también un déficit de hierro, vitaminas, yodo, etcétera. De ahí su postración (no es que estén echándose la siesta). Allá donde reina la pobreza, la desnutrición empieza en el espermatozoide, que llega a destino agotado, como si hubiera subido siete pisos sin detenerse a respirar. Pero tampoco el óvulo, si tenemos en cuenta el hambre de la portadora, lo recibe en buenas condiciones. Significa que el encuentro, más que sumar, resta.

Y no será porque en el mundo no haya calorías. Está lleno de ellas, pero se encuentran mal repartidas. Hay acaparadores de calorías como hay acumuladores de chatarra. Cuando el presidente de un banco se jubila, le dan calorías para seis o siete generaciones. Y quien dice el presidente de un banco dice el de una hidroeléctrica o el de una gasística, no sé. Tendrían que vivir mil vidas para consumirlas. Otros, en cambio, han de conformarse con las que les proporciona la ingestión de un escarabajo o una mosca flaca atrapada al vuelo. Esto último es teoría económica. Y nos hemos quedado sin espacio para hablar de las emociones. Muérete, niño, muérete ya, que si no el coco te llevará. 

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El regreso

Al día siguiente salí con ellos a la calle y tuve la impresión desde el primer momento de moverme entre difuntos

Al llegar a casa y cambiarme de calzado me pareció que regresaba a la vida.
Al llegar a casa y cambiarme de calzado me pareció que regresaba a la vida. GETTY IMAGES

 

Mi amigo Enrique se compró unos zapatos el martes por la tarde y el miércoles por la mañana se murió sin llegar a estrenarlos. Ni siquiera los había sacado de la caja, que abandonó a los pies de la cama antes de acostarse. Eran de color crema y puntera alargada, elegantes y modernos, ingleses, diría yo, no sé muy bien por qué. La viuda decidió enterrarlo con ellos como para cumplir el último deseo de su marido del que tenía constancia. Lo amortajaron con un traje oscuro y una corbata cuyos tonos hacían juego con los calcetines. La verdad es que daba gusto verlo tan aseado. Los familiares y amigos que pasaban por el tanatorio destacaban, sin excepción, la calidad del calzado, que brillaba como un espejo y cuyas suelas no tenían un solo rasguño.

Pero ya a punto de cerrar el féretro para salir hacia el cementerio, la hija mayor se empeñó en quitarle los zapatos porque siendo nuevos, dijo, le harían daño. Al final yo mismo me acerqué corriendo a casa del fallecido a por unos mocasines viejos, que sustituimos por los recién comprados. Los deudos, no sabiendo qué hacer con los zapatos nuevos, me los regalaron a mí, que gastaba el mismo número. Acudí al entierro absurdamente con ellos en la mano y nada más llegar a casa me los probé. Me estaban como un guante.

Al día siguiente salí con ellos a la calle y tuve la impresión desde el primer momento de moverme entre difuntos. Fui a comprar el periódico y el quiosquero estaba muerto, aunque él no parecía consciente. Me dio un periódico cuyas noticias de primera página me parecieron dignas del más allá. Lo mismo me sucedió en la panadería donde adquirí una chapata agónica. Al llegar a casa y cambiarme de calzado me pareció que regresaba a la vida, lo que no me gustó.

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No sabemos

El choque de la vida real con los discursos delirantes de la campaña produce cuadros psicóticos

Invitas al bueno de Stephen King a pasar una semana entre nosotros y huye a los dos días.
Invitas al bueno de Stephen King a pasar una semana entre nosotros y huye a los dos días. MARK LENNIHAN AP

 

Un país en el que un líder político se manifestara en contra de la eutanasia desde una plaza de toros en la que el respetable pidiera las orejas del enfermo terminal que acabara de poner fin a su agonía. Imagínenlo. Suena a argumento de película gore, pero podría suceder en España de un momento a otro (en el caso improbable de que no haya sucedido ya). Ahí estamos, en el cine, rodeado de niños poseídos por el diablo que celebran a carcajadas las ocurrencias de Abascal con un tambor gigante de palomitas entre los muslos. La otra cara del terror es la risa, tal es al menos lo que la prensa se empeña en demostrar. Los partidarios de la pena de muerte vociferan en contra del aborto y los cristianos de raza (si eso existe) claman por la desaparición de la educación gratuita y la Seguridad Social. En cuanto a los obispos, pregonan desde el púlpito las excelencias del matrimonio y de los hijos mientras ellos permanecen célibes, aunque no necesariamente castos, en el interior de sus mansiones evangélicas, rodeados de una servidumbre compuesta por monjitas. Se lo dijo el Papa a Évole: la Iglesia es femenina.

El choque de la vida real con los discursos delirantes de la campaña produce cuadros psicóticos. Algunos candidatos intentan que las piezas encajen, pero la disociación mental provoca en los contribuyentes alaridos de pánico y risotadas de histeria. A veces, los alaridos parecen risotadas y las risotadas alaridos. Invitas al bueno de Stephen King a pasar una semana entre nosotros y huye a los dos días. Hay que ser muy español y mucho español para tragarse todos los capítulos del biopic de Villarejo sin brotarse. Los árboles están en flor, pero no sabríamos decir si es por la primavera o por un ataque de locura.

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El monstruo disperso

El monstruo disperso
SAMUEL SÁNCHEZ

EN ESTA ORQUESTA los instrumentos musicales parecen patas de saltamontes, antenas de mariposas, abdómenes de escarabajos… La batuta del director podría ser un fásmido mimetizado en palo para no llamar la atención entre tanta madera. Si juntáramos los cuerpos de todas las personas que vemos en la imagen para construir con ellos un solo intérprete, y la de los contrabajos, violas, arpas, etcétera, para obtener un instrumento único, alumbraríamos un híbrido curioso. Imagínense un rostro formado por la agregación de esa multitud de narices, ojos, bocas, orejas, cabelleras; un aparato circulatorio compuesto por la suma de los corazones y arterias de los 60 o 70 artistas fotografiados; un aparato locomotor que reuniera la musculatura repartida entre esa cantidad de piernas y de brazos; un alma resultante de la agregación de las diferentes sensibilidades artísticas. Imaginen el producto final puesto al servicio de un extrañísimo artefacto sinfónico capaz de resumir la cuerda, el viento, la percusión…

Una orquesta es un monstruo fraccionado que opera sin embargo como un solo individuo: sus partes están sincronizadas como las alas y la cola de un ave al elevarse. La orquesta, sin moverse del sitio, vuela hacia el final de la partitura. Ignoramos si son los instrumentos los que manipulan a los músicos o al revés, pero del mismo modo que cada uno de nosotros sabe dónde acaban sus manos aun con los ojos cerrados, el arco del violín sabe dónde termina él y comienza el del contrabajo. La orquesta, misteriosamente, posee la percepción que un cuerpo tiene de sí mismo. 

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Las autoridades bien, gracias

Las autoridades bien, gracias
OLMO CALVO AP

LO QUE SE DIVISA al fondo parece una isla flotante en medio de un desierto de agua, un extraño conjunto de construcciones levantado sobre las olas. Pero son los cuerpos y las cabezas de un número indeterminado de inmigrantes a bordo de una embarcación en la que viaja el triple o más de las personas que caben en ella. De ahí el apiñamiento y la sensación de masa casi homogénea que producen, cuando son en realidad hombres, mujeres y niños dotados de una geografía corporal, de unos límites borrados por el temor al hundimiento, que los empuja al centro de la balsa. A eso se le llama ir a la deriva de forma literal no figurada, como decimos nosotros de quien no sabe qué hacer con su existencia. Ahí los tienen, emparedados entre un océano oscuro como el alma y una nube negra que da la impresión de ir a descargar sobre ellos toda la ira de los dioses.

He ahí un puñado de humanidad arrojado a la desesperación. La humanidad, de un tiempo a esta parte, perece así, a puñados surgidos de una mano gigante que los toma de la calle de un pueblo o de una ciudad y los arroja al océano como usted y yo echamos un puñado de garbanzos a la olla. Cada uno de los puntitos negros que se divisan desde la distancia moral desde la que los contemplamos corresponde sin embargo a un cráneo pensante, a un individuo. Por el interior de esos cráneos, como por el de usted o el mío, pasan imágenes y monólogos que tratan, suponemos, de aliviar el pánico, pues en esa aglomeración cabe también más miedo del que entraría en la suma de los cuerpos que la componen. Las autoridades, bien, gracias.

Juan José Millás

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