Miedo

Hacia la mitad de la escalinata, imaginé que la señora, en vez de un bebé, llevaba una ametralladora

Estación de Metro de Sol en Madrid.
Estación de Metro de Sol en Madrid. GERARD JULIEN / GETTYIMAGES
Las escaleras mecánicas del metro no funcionaban. Frente a las de granito, observando indecisa las profundidades hacia las que tenía que descender, había una mujer con un cochecito de niño. Un hombre joven y yo decidimos ayudarla. Él cogió el cochecito por el eje de las ruedas delanteras, yo por el de las traseras y comenzamos a bajar controlados por la mirada atenta y preocupada de la madre. Del niño, lo único que se apreciaba era la punta de un gorro verde. El resto estaba completamente cubierto por la sábana y la manta. Debía de ir dormido porque no hizo un solo movimiento ni emitió ruido alguno cuando alzamos el vehículo. La estación era muy profunda, por lo que de vez en cuando nos deteníamos para cambiar de postura y tomar aire. Me acordé de aquella escena de Los intocablesen la que se homenajea a su vez la de la escalera de El acorazado Potemkin, y me sentí como de celuloide.

Hacia la mitad de la escalinata, imaginé que la señora, en vez de un bebé, llevaba una ametralladora. Luego, que un muñeco. Más tarde, que un crío muerto. ¿Es niño o niña?, pregunté por decir algo. La señora dudó, o eso me pareció, lo que alimentó mis sospechas, fueran las que fueran, pues carecían de una dirección concreta. Niña, dijo al fin. Y añadió que llevara cuidado, como si me viera actuar con poca delicadeza. Tras una eternidad, llegamos abajo y el hombre de delante, tras depositar las ruedas en el suelo, salió corriendo para coger un tren que llegaba en ese instante. Pregunté a la señora si me dejaba ver a la niña. ¿Es usted un perverso o qué?, dijo con una mirada de odio que me cortó el aliento. Desapareció por un túnel y yo me di la vuelta para volver por donde había venido. ¿Dan o no dan ganas de quedarse en casa?

JUAN JOSÉ MILLÁS

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Una duda metafísica

En Arkansas, en fin, están convencidos de que los hombres vienen del barro y las mujeres de las costillas y no quieren que sus hijos estudien otra cosa por miedo a que se malogre alguna vocación científica. Y es que son enormemente rigurosos en la selección del material didáctico. Por ejemplo, tampoco permiten que sus niños jueguen con pistolas de plástico existiendo las de verdad. Y les disgusta que la gente dispare sobre blancos artificiales habiendo personas de carne y hueso a las que se puede abatir sin problemas.
La verdad es que observando con detenimiento a los ciudadanos de Arkansas uno no tiene más remedio que aceptar lo que dicen los sabios: que la evolución carece de rumbo, que no va a ninguna parte y que el hombre no es la culminación de nada. Aunque quizá se equivoquen: es evidente que el ser humano constituye hoy por hoy el punto más alto de la estupidez en la cadena alimentaria, incluso en la cadena perpetua. En ese sentido, podríamos afirmar que la evolución se dirige a Arkansas, pasando por Marbella, lugares bíblicos donde los haya, en los que cada día, desde la mañana hasta la noche, se cumplen el Génesis y el Apocalipsis en confuso desorden.
En Arkansas, en fin, acaban de prohibir a Darwin, que es como prohibir el Everest, y se han quedado tan anchos. O sea, que si no prohíben a Shakespeare o a Cervantes es porque no han oído hablar de ellos. Y aquí es donde le surge a uno la duda metafísica: ¿Cómo van a ser capaces de enseñar la Biblia si no saben leer? A ver si Darwin nos lo explica.

Juan José Millás
Articuentos completos. Ed. Seix barral. 2011

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Verás

No te apures si abres el libro con desgana, incluso si te tienta abandonar su lectura: él se ocupará de rescatarte

Verás

 

No hay grandes razones para vivir, solo pequeñas razones”. Este es el resumen final de un libro curioso: Los pájaros, el arte y la vida(Ariel). Su autora, Kyo Maclear, relata en él un año de su existencia dedicado a la observación de las aves. Naturalmente, durante ese año ocurren otras cosas (los padres se hacen mayores, por ejemplo, los hijos crecen). Pero los pájaros nuclean el día a día de la autora, partidaria, como confiesa en las primeras páginas, de la “ansiedad preventiva”. Si eres de esas personas que espera lo peor, este libro está escrito para ti, pues constituye una tregua en la dura lucha contra la catástrofe que está por venir y que a veces no llega. También es para ti si te conmueve una frase como esta: “Vivía en un estado de antropomorfismo imperdonable. Antropoarrepentida, he aquí como me sentía”.

No te apures si abres el libro con desgana, incluso si te tienta abandonar su lectura: él se ocupará de rescatarte. Lo hizo conmigo cuando, a punto de cerrarlo, me regaló esta cita de Pete Seeger: “Creo que el mundo van a salvarlo millones de gestos pequeños. Hay demasiadas cosas que pueden torcerse cuando se vuelven grandes”. El experto en pájaros que acompaña durante un año a Kyo Maclear es en realidad un músico que lo que busca es un pájaro “accidental”. Se da este nombre a las aves que se han perdido y que aparecen fuera de lugar o de época. Si alguna vez te has sentido como un individuo “accidental”, también para ti ha sido escrito este libro que cuenta cómo muchas de las aves migratorias, cuando consiguen llegar a su destino, se encuentran en él con rascacielos contra cuyos cristales chocan y perecen. Quizá también sea tu caso. En fin, no sé, entra en una librería, échale una ojeada y verás.

JUAN JOSÉ MILLÁS

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El as en la manga

  Cuando murió mi padre, me tocó vaciar su armario. No me dieron problemas las camisas, de las que extraía la percha como si les arrancara el esqueleto, ni los pantalones, ni siquiera la ropa interior. Pero las chaquetas me lo hicieron pasar mal. Sostengo que es en esa prenda donde se concentra más identidad que en ninguna otra. Veía una chaqueta y veía a mi padre entero. Tenía una de espiguilla que por alguna razón le gustaba muchísimo. Cuando envejeció, comenzó a usarla para andar por casa, como si fuera un albornoz. Y le sentaba extrañamente bien, pese a que los bolsillos se habían convertido en bolsas y las solapas habían perdido el apresto de sus mejores días. Lo recuerdo sin afeitar, sentado frente a la tele, con aquella chaqueta vieja que le daba un aire un poco bohemio, descuidado. Parecía un viejo interesante.
Pues bien, ahí estaba la chaqueta, en el armario, de donde la saqué como el que extrae un órgano de un cuerpo. Sentí la tentación de ponérmela, pero no me atreví. Era como meterse en otra piel. Si persistía en hacerme mayor, ya tendría yo mi propia chaqueta. Revisé los bolsillos, por si hubiera algo en ellos. Cuando los padres mueren, los hijos buscamos desesperadamente mensajes suyos en cualquier parte. Siempre tenemos la impresión de que se fueron sin decirnos algo esencial para la vida. Quizá esa información esencial se encuentre en un libro, en el interior de una sopera, dentro de una caja de zapatos… Los bolsillos de la chaqueta esencial de mi padre estaban vacíos, pero al ir a doblarla noté una dureza en la manga. Introduje la mano con miedo, como si la estuviera metiendo dentro de una madriguera, y tropecé con un as de copas sujeto al forro con un alfiler.
Mi padre guardaba un as en la manga. Durante unos minutos permanecí perplejo. No era jugador de cartas, ni de ninguna otra cosa, por lo que aquello sólo podía tener un carácter simbólico. Lo curioso es que mi padre tenía un pensamiento muy literal. La carta en la manga lo delataba. Fui al cajón donde guardaban la baraja con la que se jugaba en Navidad y no le faltaba el as. Lo había traído de otro sitio. Mi padre me dejó de herencia, además de la chaqueta, un secreto.

Juan José Millás
Articuentos completos. Ed. Seix barral. 2011

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Ojo con la automedicación

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Es conocido que sólo tomamos conciencia del cuerpo cuando nos duele algo. Carecemos de cabeza, por citar un órgano, hasta la aparición de la primera migraña (o de la primera idea obsesiva). Personalmente, prefiero que me duela algo. No que me duela mucho, se entiende, pero sí lo bastante como para que me resulte imposible olvidar que soy frágil, que tengo que morir, que la plenitud no es de este mundo (ni de ningún otro, que se sepa). Una pequeña dolencia crónica, no demasiado molesta, le obliga a uno a relativizar las cosas y lo mantiene atado a la tierra, al polvo (es decir, al cuerpo). Por alguna razón, yo soy mejor persona cuando me duele algo que cuando no me duele nada (no descarto que estos ataques de bondad estén relacionados con las medicinas, sobre todo las que incluyen alguna porción de codeína, una sustancia que me inclina al bien).
En cualquier caso, tampoco es habitual que no duela nada. Un cuerpo estándar de hombre (1,75 de estatura y 70 kilos de peso) posee más complejidades que un rascacielos de doscientos metros. Los rascacielos disponen de un servicio de mantenimiento preparado para reparar en el acto cualquier desperfecto. Los cuerpos tienen la Seguridad Social, que no es tan solícita como los fontaneros o los albañiles de los hoteles de 400 habitaciones. De ahí la automedicación y, en general, la autoayuda. ¿Que hay una migraña en el último piso? Pues analgésico al canto (mejor con codeína). ¿Dolor en las lumbares? Ibuprofeno a toda pastilla (y perdón por la redundancia). ¿Dificultades con el sexo? Viagra a granel. Y así, mal que bien, vamos tirando.
Con los países sucede algo parecido a lo que ocurre con los cuerpos: que no los notas hasta que no te duelen. Y España lleva una temporada que, con perdón de Unamuno, no deja de dar la lata. Que nos duela un poco no está mal, así somos conscientes de ella. Pero lo de los últimos tiempos, por unas cosas o por otras, es un sinvivir. El problema es que acudes a los médicos (o sea, a los políticos) y a la segunda frase adviertes que no tienen ni idea de nada (ni del diagnóstico ni de las soluciones), están tan desconcertados como uno. Lo malo es que la automedicación, en lo que se refiere a la patria, es verdaderamente peligrosa.

Juan José Millás
Articuentos completos. Ed. Seix barral. 2011

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Ortopedia

Al imaginar a una mosca intentando mantenerse en pie sobre dos patas, como un gorrión, noté un movimiento de pánico en los intestinos

Una madre caminando con su hija por el parque © GETTY IMAGES

 

A mi hija, que tiene cinco años, la llevo siempre de la mano por miedo a que la gravedad desaparezca debajo de sus pies y salga volando, me dijo la mujer.

Creía, pobre, que el mundo estaba lleno de espacios libres de gravedad, agujeros inversos en los que uno podía caer hacia arriba y perderse. Habíamos entablado conversación en el parque, cuando descansábamos del paseo matinal en los dos extremos del mismo banco. Todo empezó al solicitarme ella que le atara el cordón de una de las zapatillas, que se le había soltado. Me pareció un pedido extraño, pero luego, mientras la complacía, me explicó que no podía agacharse porque una de sus piernas era ortopédica y tenía un problema mecánico en la articulación de la rodilla. No dijo qué pierna y tampoco me atreví a preguntarle. Hacía fresco, por la hora, pero habían anunciado un día de calor. Pensé que el sol empezaría a calentar antes de que me diera tiempo a llegar a casa. Por decir algo, hice un comentario casual sobre el alboroto que organizaban los pájaros a nuestro alrededor. Entonces ella dijo que su hija creía que las moscas eran pájaros pequeños. La idea me sobrecogió. ¿Y las patas?, pregunté. ¿Qué pasa con las patas?, dijo ella. ¿A su hija no le extraña que tengan seis?, dije yo. A veces, les quita cuatro, dijo ella.

Al imaginar a una mosca intentando mantenerse en pie sobre dos patas, como un gorrión, noté un movimiento de pánico en los intestinos. Entonces pasó corriendo, en pantalón corto y camiseta, una pareja y luego otra. Bueno, dije incorporándome, voy a ver si me pongo en marcha. La mujer, por fortuna, no intentó retenerme, y yo me dirigí a la salida sin mirar atrás, pero con miedo a que me siguiera, y también a caer en un espacio sin gravedad.

JUAN JOSÉ MILLÁS

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Bloqueo

A veces, para abrir la mente, basta con destapar la olla exprés

Un joven creativo trabajando desde casa.
Un joven creativo trabajando desde casa. GETTY IMAGES

 

Buscaba en Internet cómo abrir la puerta de la lavadora, que se había quedado bloqueada, cuando tropecé con la respuesta a cómo abrir la mente. Me urgía lo de la lavadora, desde luego, aunque necesitaba con desesperación desatascar la mente. Dudé, pues, unos segundos dónde colocar el cursor. Durante ese tiempo, apareció también en la pantalla del ordenador una forma sencilla de abrir ostras. Entretanto, la ropa recién centrifugada se arrugaba en el interior del tambor. Si no actuaba con rapidez, tendría que plancharla. Pero estaba el problema de la cabeza, ensimismada como un molusco desde que despertara. Elegí finalmente cómo abrir la mente y no hallé más que abstracciones y lugares comunes, cuando no verdaderas estupideces muy en el registro de los libros de autoayuda.

Con la mente a ciegas, pinché en cómo abrir una lavadora bloqueada y utilicé el primer consejo, que consistía en introducir el cordón de una zapatilla por la ranura existente entre la puerta y el cuerpo del electrodoméstico, y tirar desde el lado opuesto al de la cerradura. Se abrió al instante, y con ella se hizo la luz en mi cabeza de tal modo que, cuando me asomé al patio para tender la ropa, escuché el canto de un pájaro que había anidado en el tejado. Quiero decir que no me limité a oírlo como en otras ocasiones, sino que percibí en aquellos trinos la existencia de un alfabeto misterioso. Y aunque no logré entender lo que decía, le agradecí que me alejara por un momento de la actualidad. También olí, por cierto, con una violencia inédita, el sofrito que hacían en el piso de abajo, cuyos efluvios se colaban por entre las sábanas limpias y alisadas. Sé que suena raro, pero a veces, para abrir la mente, basta con destapar la olla exprés.

JUAN JOSÉ MILLÁS

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Expediente

¿Qué hacer? Suicidarte o escribir El Proceso. Lo que te salga, tú verás

Acto conmemorativo de la festividad de la Patrona de la Guardia Civil celebrado en Málaga el pasado día 10.
Acto conmemorativo de la festividad de la Patrona de la Guardia Civil celebrado en Málaga el pasado día 10. CORDON PRESS

 

Un teniente de la Guardia Civil ha expedientado a una agente por tener la regla. Lo estoy exagerando porque vivimos de eso, de exagerar. Lo cierto es que a la agente, que estaba de servicio, le bajó la regla de improviso y se retiró unos minutos para colocarse una compresa y evitar manchar el uniforme o el asiento del coche patrulla. Entonces llegó el teniente y le afeó la conducta, no sabemos cuál, si la de menstruar o la de colocarse la compresa. Da pena hablar de estos asuntos íntimos en público, pero más lástima da que sucedan cosas así en el interior del Cuerpo por antonomasia, signifique lo que signifique antonomasia. El expediente sigue su curso, como todos los expedientes y ya veremos en qué queda la cosa.

Hablamos por hablar porque no sabemos qué rayos es un expediente. A mí me han abierto varios a lo largo de la vida sin que llegara a averiguar por qué o en qué acabaron. El auténtico protagonista de El proceso, la novela de Kafka, es un expediente que pesa sobre el personaje principal como la espada de Damocles (o la de Pericles, que decía un sargento de la mili). Tal expediente, en el libro de Kafka, adquiere con el paso de la acción un tono metafísico, como para significar que todos, lo sepamos o no, somos objeto de un expediente como somos herederos del pecado original. Lo que ocurre es que hay portadores sanos y portadores enfermos. Un día, a los cuarenta años, estás tan feliz disfrutando de un vermú y te viene el expediente de golpe, como una menstruación inesperada.

¿Qué hacer? Suicidarte o escribir El proceso. Lo que te salga, tú verás. Pero a un expediente de carácter metafísico no le puedes dar órdenes. Y a la regla, tampoco. A ver entonces qué pasa con el de la guardia civil, pobre.

JUAN JOSÉ MILLÁS

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1.500

Iba por la calle contando personas y me asombró la cantidad de gente extraña que hay en el mundo

Multitud de personas transitando por la calle Preciados de Madrid.
Multitud de personas transitando por la calle Preciados de Madrid. ULY MARTÍN

 

Iba por la calle, contando las personas con las que me cruzaba, y me asombró la cantidad de gente extraña que hay en el mundo, cada una a lo suyo, todas iguales y todas diferentes. Una, dos, tres cuatro. Llegué a quinientas y lo dejé. Hombres, mujeres, niños…, a ninguno conocía y ninguno me conocía a mí. Pensé en lo que llevaban en los bolsillos: unas monedas, unos pañuelos de papel, las llaves de casa, la cartera con la documentación, las tarjetas de crédito… Luego calculé lo que llevaban en la cabeza: preocupaciones. El hijo que no encuentra trabajo, el padre amenazado por una desregulación, el abuelo con Alzheimer… Me dio la impresión de pasear entre gente preocupada, incluso angustiada. De súbito, empecé a ver el miedo en sus rostros con la facilidad con la que se descubre la menesterosidad en el calzado.

Para aliviar el desasosiego, volví a contar. Quinientas una, quinientas dos, quinientas tres… En esto pasé por delante de un escaparate donde apareció mi reflejo y lo conté también, quinientas cuatro… Solo un poco después advertí que aquel al que había tomado por otro era yo. Era yo y llevaba el pánico dibujado en la mirada. Me detuve, respirando de forma irregular, y volví sobre mis pasos para observarme otra vez como a un extraño. Pero en esta ocasión me reconocí y disimulé el miedo. Logré verme como un tipo normal que va por la calle con las llaves de casa en el bolsillo.

Continué mi camino sin dejar de contar, y en esto me tropecé con un conocido que hizo como que no me veía. Decidí no contarlo. Cuando llegué a casa, llevaba contadas mil cuatrocientas cincuenta y cuatro personas, un número idiota, así que di aún un par de vueltas para llegar a las mil quinientas, no fuera a suceder una desgracia.

JUAN JOSÉ MILLÁS

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Marcianos pacíficos

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 Estaba en la cocina, preparando unas verduras para la cena, cuando se me apareció un tipo raro. Le pregunté si venía del espacio exterior, pues soy de los que creen en los extraterrestres, y me dijo que no, que venía del cuarto de estar.
—¿Entonces hay vida en el cuarto de estar? —pregunté asombrado.
—Sí —dijo, invitándome a que le acompañara.
(Como inciso, he de añadir que no entraba en el cuarto de estar desde que murió mamá porque da al norte y es muy frío. Hago la vida entre el dormitorio, donde duermo, lógicamente, y la cocina, donde como, veo la tele y leo el periódico. Entre la cocina y el dormitorio hay un leve trecho de pasillo donde nunca, en todos estos años, había observado nada anormal.)
Le seguí, pues, hasta el fondo del pasillo y entramos en el cuarto de estar, donde descubrí, en efecto, una  familia compuesta por el padre, la madre y una hija, además del marido de ésta, que era el marciano que se me había aparecido en la cocina. Daban la impresión de llevar allí años, si no siglos. Les pregunté si habían pensado abducirme y me dijeron que no tenían ningún interés, pues ya conocían mis costumbres y mi idioma, pero que agradecerían que les invitara a una pizza.
—¿Tampoco queréis operarme para ver cómo soy por dentro?
—Pues no, la verdad —respondió el padre de familia.
Al principio me decepcionó un poco que no quisieran abducirme ni operarme, porque me habría gustado contar la aventura en la revista del más allá a la que estoy suscrito, pero después me pareció una ventaja, pues la anestesia tiene muchos efectos secundarios. El caso es que me hice un hueco entre ellos y vimos juntos la tele hasta las tantas. Les gustaba Mira quién baila y las pizzas congeladas, de las que tengo un cargamento en la nevera. Llevo varios meses viviendo con ellos, prácticamente sin salir del cuarto de estar y he comenzado a preguntarme si habrá vida en el dormitorio, pero aún no me he atrevido a comprobarlo, pues no todos los marcianos son tan pacíficos como los del cuarto de estar.

Juan José Millás
Articuentos completos. Ed. Seix barral. 2011

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