El culo

No hay que ser un vicioso de CSI para saber que esos tuits borrados vienen a constituir una zona de sombra, una autobiografía inversa

En cuatro días de Twitter disponemos ya de un útil para eliminar de la cuenta nuestras obras completas.
En cuatro días de Twitter disponemos ya de un útil para eliminar de la cuenta nuestras obras completas.KACPER PEMPEL REUTERS

 

Los tuits son las miguitas de pan que sirven para volver a casa, pero quién quiere volver a casa frente a la perspectiva de vivir en Prado del Rey. En resumen, que cuando suena el teléfono y te dicen que permanezcas atento a la pantalla, pues está a punto de caerte una subsecretaría, lo primero que tienes que hacer es salir con el móvil al callejón de atrás de tu existencia, y allí, en compañía de las ratas, vaciarlo del todo. Diez mil, doce mil, quince mil tuits, los que hagan falta, que no quede rastro alguno de tu ideario, si un ideario cabe en tan pocos caracteres.

Lleva trabajo, pero tampoco es como desescribir la Crítica de la razón pura o El segundo sexo. No se imagina uno a Simone de Beauvoir o a Kant censurándose a sí mismos. Ni a Flaubert solicitando a sus editores la despublicación de Madame Bovary. En cinco siglos de imprenta a nadie se le ha ocurrido inventar la desimprenta, pero en cuatro días de Twitter disponemos ya de un útil para eliminar de la cuenta nuestras obras completas. Aunque queda la huella, claro. No aparece el zapato, de acuerdo, pero sí su molde sobre el barro y de su molde se puede deducir hasta el peso de quien lo calzaba. No hay que ser un vicioso de CSI para saber que esos tuits borrados vienen a constituir una zona de sombra, una autobiografía inversa.

Hay gente que jamás visita esa zona de sombra como hay gente que no ha visto su culo. Pero existen ambos, el culo y la zona, aunque hasta la aparición de Internet no habíamos tenido la oportunidad de mostrarla. Al principio da gusto, pues quién no tiene un lado exhibicionista. Pero cuando llega la oportunidad de medrar, el culo no funciona. Puedes borrarlo, sí, pero queda su sombra, que es casi peor que su realidad.

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666

Su bebé ha muerto, le decían a la pobre mujer, mientras el fruto de sus entrañas viajaba a la habitación de al lado

666© GETTYIMAGES

El médico y las monjitas cogieron al recién nacido y lo llevaron al quirófano de al lado, donde le cortaron los dos brazos. Luego dijeron a la doliente madre que el niño había nacido así, al tiempo de mostrarle un catálogo de prótesis de titanio muy baratas. Entre tanto, los miembros amputados viajaban dentro de una nevera portátil hacia otro quirófano donde un matrimonio de millonarios acababa de tener un hijo sin brazos. Tras recibir el cheque, un equipo de expertos implantó las extremidades arrebatadas al niño pobre en el cuerpo del niño rico, donde, gracias a los análisis previos, encajaron a la perfección.

Esta noticia es falsa, al menos de momento, y porque la cirugía no ha alcanzado aún un grado de perfección tal que permita extraer un ojo de la cara a un bebé proletario para cedérselo a otro con posibles. De ahí que los médicos malos y las monjitas perversas hayan venido arrebatando a las mamás con dificultades económicas el niño entero: una amputación que no deja rastros aparentes. Su bebé ha muerto, le decían a la pobre mujer, mientras el fruto de sus entrañas viajaba a la habitación de al lado, donde era adquirido por una señora adinerada que había simulado un embarazo con cojines de plumas y náuseas artificiales.

Amputación e implante. Pura magia. Nada por aquí, nada por allá. En la habitación 665 se lloraba por el bebé falsamente muerto mientras que en la 666 se abría una botella de champán por el alumbramiento apócrifo. Cuando la desconsolada madre solicitaba ver el cuerpo de su hijo, sacaban un cadáver auténtico del congelador, le daban seguramente un toque de microondas, y se lo mostraban desde los pies de la cama. Todo desde esa normalidad atroz con la que discurren las horas y los días.

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Contraseña

Si te empeñas en encontrar significados en todo lo que ocurre, acabas paranoico

El caso es que me dan miedo las puertas que se abren y cierran con mecanismos electrónicos.

El caso es que me dan miedo las puertas que se abren y cierran con mecanismos electrónicos.
 GETTY IMAGESSalí de casa a media tarde para diluir mis preocupaciones en un gin-tonicclandestino. Ya en la cafetería, quise ir al baño, pero estaba cerrado. El camarero me informó de que al lado de la puerta había un teclado numérico en el que debía marcar el 3101 para que se abriera. Me hizo gracia porque yo nací un 31 de enero. Bueno, más que hacerme gracia, me inquietó un poco. No me gustó, en fin, la asociación, pero tampoco quise darle demasiada importancia. Si te empeñas en encontrar significados en todo lo que ocurre, acabas paranoico. Regresé al aseo y en efecto, descubrí el teclado, que se parecía al de una caja fuerte. La caja fuerte de la mierda, pensé. La puerta, de metal, reforzaba esa idea de dispositivo de seguridad inverso, pues no era para evitar que se robaran los excrementos, sino para impedir que se depositaran. Imaginé que en ese instante se acababa el mundo y que dentro de 1.000 años unos espeleólogos forzaban la puerta y en vez de descubrir el cuerpo momificado de un faraón, se encontraban con un retrete sucio del siglo XXI. ¿Por qué esas medidas de seguridad?, se preguntarían.

 

El caso es que me dan miedo las puertas que se abren y cierran con mecanismos electrónicos. La idea de quedarme encerrado me horroriza, así que no entré, pero le proporcioné la clave a un indigente que había en la calle. La 3101, le dije mientras me dirigía al bar de al lado sin haberme tomado el gin-tonic, pues entre unas cosas y otras el hielo se había derretido y sabía mal. Los aseos del nuevo establecimiento no tenían contraseña secreta y estaban más o menos limpios, de modo que accedí a ellos sin problema, hice un pis preventivo (en realidad no tenía ganas, pero nunca se sabe) y pedí otro gin-tonic que me supo a gloria.

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Sucedáneos

El dinero proporciona mucha identidad, pero resulta difícil de obtener. El patriotismo, sin embargo, sale gratis

Cuando Trump se mira en el espejo, se reconoce como alguien distinto de los otros.
Cuando Trump se mira en el espejo, se reconoce como alguien distinto de los otros. CHIP SOMODEVILLAGETTY IMAGES/AFP

La identidad es una construcción que se levanta a lo largo del tiempo. Significa que venimos al mundo desidentitados,que no es lo mismo que indocumentados. La documentación se consigue haciendo cola frente a una ventanilla. Pero el DNI, pese a su nombre, apenas proporciona identidad. Con el DNI puedes moverte por la Europa comunitaria, pero no sirve para viajar por el interior de uno mismo. Cuando Trump se mira en el espejo, se reconoce como alguien distinto de los otros. Muy distinto, para ser exactos, porque la presidencia de los EE UU proporciona cantidades ingentes de identidad. De ahí que se le salga por las costuras. Trump va del dormitorio a la cocina y deja todo el pasillo manchado de identidad porque la pierde, pierde identidad, lo que constituye un modo de marcar territorio.

Hay muchos casos de identidades excesivas, tanto en el plano individual como en el colectivo. La historia de las guerras es en cierto modo la historia de las identidades. Todo el mundo quiere que los demás sean como uno. Marilyn Monroe decía que los hombres se enamoraban de ella por su carácter (por su identidad), pero que luego intentaban cambiarla. El sueño de cualquier hijo de vecino es levantarse un día y comprobar que la humanidad entera se ha convertido en él. Esto sucede cuando te dan la razón en casa, en el trabajo y en el telediario. Cuanto menos gente te dé la razón, mayor será tu agujero identitario. A partir de ciertas edades, ese agujero insaciable resulta difícil de tapar, aunque se puede rellenar con sucedáneos. El patriotismo exacerbado es uno de ellos. El dinero también. El dinero proporciona mucha identidad, pero resulta difícil de obtener, es caro. El patriotismo, sin embargo, sale completamente gratis.

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Por abundar

Debería haber entre el yo y el tú un pronombre intermedio, algo así como una semifusa, al que pudieran apuntarse los yoes cansados

Por abundar
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El mayor defecto de los españoles no es la envidia, es ser españoles, del mismo modo que el mayor defecto de los franceses es ser franceses o ser alemanes el de los alemanes. Y así de forma sucesiva hasta llegar a Australia. El mayor defecto del hombre, pese a lo que digan los textos de superación personal, es ser uno mismo. Resulta incomprensible que nos empecinemos en ser nosotros mismos existiendo alternativas. Cada día de nuestra vida deberíamos levantarnos de la cama con el propósito de ser el vecino de al lado, o el de arriba, da igual, o el de debajo, el caso es ser otro distinto del que hemos llegado a ser, incluso aunque pertenezcamos a la especie de los que se han hecho a sí mismos. A veces, en la calle, al pasar frente a un escaparate que me refleja, lejos de reconocerme enseguida, veo a un extraño que me mira con consternación. Luego, al caer en la cuenta de que soy yo, pienso que me gustaría ser ese extraño. Se aprecia en él un desconcierto higiénico.

Sé tú mismo, nos dicen desde la escuela y desde los libros de autoayuda, como si ser tú mismo tuviera más mérito que ser él mismo o ella misma. Los pronombres personales han hecho mucho daño a la evolución. Desde el momento en el que se cuela en tu conciencia el yo, caes preso de esa forma gramatical que es como el centro de una tela de araña en la que se precipitan sin pausa todos los afectos y desafectos que nos hacen sufrir. El yoísmo supremacista y el nacionalismo excluyente, que son dos aspectos de lo mismo, no se despegan del alma ni con agua hirviendo. Debería haber entre el yo y el tú un pronombre intermedio, algo así como una semifusa, al que pudieran apuntarse los yoes cansados. Ser semiespañol o semicatalán, por abundar, estaría muy bien.

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Un premuerto

A veces, antes de que la pantalla del ordenador acabe de encenderse, te retiras de ella para no escribir

Un premuerto
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La pantalla del ordenador, antes de iluminarse, funciona como un espejo oscuro donde aparece el rostro de alguien que está a punto de ponerse a escribir. Ponerse a escribir da miedo, créanme. No importan los años que lleves haciéndolo. Estar a punto de ponerse a escribir es como estar a punto de tirarte por la ventana de un séptimo piso: de un lado lo deseas, para acabar con todo, pero de otro notas cómo el pánico, que tiene una mano grande y vigorosa, en cuyo interior cabe todo el sistema digestivo, comprime tus vísceras. El pánico se concentra ahí, en las vísceras. Entonces abandonas el borde de la ventana y regresas temblando al interior de la habitación. Ese día no morirás. Ese día, como vienes haciendo el resto de tus días, te ducharás, te afeitarás y saldrás a la calle igual que cualquier miércoles. Pero ha ocurrido algo: te has enfrentado a la posibilidad de probar el sabor del vacío. Los demás no percibirán nada. A lo largo de la jornada estrecharás las manos de los que te salgan al paso como un muerto. No como un muerto completo, claro, sino como un premuerto. Serás un premuerto el resto de tu vida.

A veces, antes de que la pantalla del ordenador acabe de encenderse, te retiras de ella para no escribir. Te acaba de venir a la memoria que tienes que arreglar la tapadera de la taza del retrete, lo que implica acercarte a la ferretería para adquirir una bisagra. El dependiente no percibirá que no estás escribiendo. No advertirá que en el último instante te has alejado del ordenador como el suicida de la ventana y que ahora eres un escritor muerto. Caminas como un cadáver por el barrio y a lo mejor te cruzas con el tipo que no se tiró hace un par de horas por la ventana. Quizás al veros os reconozcáis.

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La cárcel y la gloria

La cárcel y la gloria
RODRIGO JIMÉNEZ (EFE)

AHÍ DONDE LO ven, el jugador no está enfadado. Al contrario, acaba de meter un gol y muestra de este modo su alegría. Significa que algunas expresiones, según en el contexto en el que se den, quieren decir una cosa o la otra. Aquí quieren decir la otra. O una, no sé, quizá me estoy haciendo un lío. La cuestión es que trato de imaginar a un matemático en el trance de recibir la llamada de Estocolmo. Le acaban de conceder el Nobel. ¿Se arrancaría violentamente la camisa y recorrería el pasillo de su casa en la posición de Ronaldo frente a la mirada estupefacta de su esposa e hijos? No me parece probable. Estas expresiones de felicidad solo se dan en el deporte, y quizá no en todos (Nadal, cuando gana, se arroja al suelo). No digamos si el Nobel es el de Literatura. El de Literatura queda bien recibirlo con cierta pesadumbre, incluso renunciar a él, aunque no a su dotación económica. Está documentado.

Si usted va por la calle y le viene de frente un tipo en calzón corto, con el torso desnudo, los brazos en actitud agresiva y la boca abierta, como si rugiera o tratara de expulsar un alien que ha inflado anormalmente todo su sistema muscular, usted correría espantado en la dirección contraria. Y al tipo lo detendrían ipso facto. El contexto de nuevo. Situaciones por las que en un sitio te podrían llevar a la cárcel, en otros te conducen a la gloria. De hecho, los espectadores del partido, lejos de mostrarse asustados, respondieron a la expresión del futbolista con una aclamación histórica. Ahora bien, lo que uno se pregunta es cómo será este hombre ­enfadado. 

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Ah, era esto

La filosofía es el arte de atar las ideas sueltas como la literatura el de articular las obsesiones sueltas

Ah, era esto

“Atar cabos”, he ahí una expresión acertadísima. Describe lo que ocurre en la cabeza de alguien cuando se asocian dos o más hechos alejados en el tiempo o en el espacio. Algo se abrocha de súbito en un clic mental que ilumina un suceso oscuro. Un día, atando cabos, descubrimos que los Reyes eran los padres. Es solo un ejemplo. Al atar cabos se unen cosas o personas que hasta ese instante nada tenían que ver entre sí. Quizá tú mismo eres un cabo suelto en la cabeza de otro. La humanidad entera son siete mil millones de cabos sueltos movidos por el viento como los flecos de una falda. Ese anciano con el que te acabas de cruzar en el parque es un cabo suelto, igual que el chino que regenta la tienda de comestibles de la esquina, la indigente que pide limosna a la salida del supermercado o el profesor de Ciencias Naturales que explica ahora mismo la función clorofílica a un grupo de alumnos con astenia primaveral. Cuando nace un niño nace un cabo suelto y cuando muere un viejo muere un cabo suelto. La filosofía es el arte de atar las ideas sueltas como la literatura el de articular las obsesiones sueltas.

Un día, en un funeral de corpore insepulto, al observar el rostro de una de las asistentes, até cabos y comprendí que el muerto y ella habían sido amantes. Estudiar consiste en atar cabos. Cuando algo que leíste en un libro de historia se completa con algo leído en uno de aritmética se ata un cabo. Los cabos se desatan también por fallos de la memoria o por intereses inconfesables. Esos cabos que quedan sueltos permanecen sueltos a la espera de que algo o alguien los vuelva a anudar. La parca ata todos los cabos. “Ah, era esto”, dice el protagonista de La muerte de Ivan Ilich unos segundos antes de expirar.

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El deseo

Minería de datos: imagino a unos tipos duros, con monos azules y un casco con luz en la cabeza que descienden a las profundidades de nuestras almas

Un miércoles cualquiera, pensaré que estaría bien tener en la cocina un televisor inteligente.
Un miércoles cualquiera, pensaré que estaría bien tener en la cocina un televisor inteligente. GETTY IMAGES

Me conmueve mucho la expresión “minería de datos”. Minería de datos, minería de datos. Imagino a unos tipos duros, con monos azules y un casco con luz en la cabeza. Descienden a las profundidades de su alma de usted, y de la mía, de nuestras almas, y en esa oscuridad (porque el alma es oscura) clavan el pico y la pala para llenar sus carretillas de la materia viscosa de la que está hecha la conciencia. Cuando el conjunto llega a la superficie, otros especialistas, mineros también, aunque con una cualificación superior, separan la ganga de la mena. Con la mena, supongo yo, fabrican los algoritmos prescriptivos de los que deducen, por ejemplo, no cuando necesitaré cambiar de televisor, sino cuándo desearé hacerlo. Porque es cierto que un día me levantaré de la cama y necesitaré introducir en mi vida un cambio que la acelere un poco, que la coloque al nivel de un buen producto audiovisual, de un excelente anuncio de móviles, o de automóviles. Ese día llegará, yo aún lo ignoro, pero los algoritmos que procesan los rasgos de nuestra personalidad ya están al tanto. De modo que un miércoles cualquiera, mientras preparo el primer té de la mañana, pensaré que estaría bien tener en la cocina un televisor inteligente. Un minuto antes, o quizá un minuto después, pero de forma casi simultánea, recibiré en mi móvil la publicidad del televisor soñado. Y más que eso: la oferta de un crédito para adquirirlo porque el vendedor del electrodoméstico y el banco comparten los tesoros económicos extraídos de nuestro subconsciente. Ya sabemos, en fin, cómo aprovechan la mena. Muchos se preguntarán qué rayos hacen con la ganga, es decir, con la mierda que acompañaba al dato. La ganga, me temo, es el televisor que compraré ese miércoles.

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Ternura

Conozco personas a las que quiero y admiro cuyo único objetivo en la vida es llevar la razón

Ternura

Sé de gente que mataría por llevar razón. Hay otros rasgos de carácter que se pueden corregir a lo largo de la vida, pero quitarse de llevar razón es como quitarse de la heroína: se puede, aunque con mucho sacrificio. Si vienes al mundo con ese declive, mueres con él. Te mueres llevando la razón, te incineran llevando la razón, llegas al infierno llevando la razón. Jamás discutas con personas necesitadas de llevar la razón. No conduce a nada, solo a la infelicidad. En las discusiones políticas es donde mejor se las distingue. Llevar razón constituye un modo de tapar heridas ancestrales, abandonos remotos. Llevar razón es una forma de vengarse. Si llevas razón, tu nacimiento no fue un error, tus padres te quisieron, la infancia triste y la perra juventud valieron la pena. El mundo ya no te debe nada, en fin. Si llevas razón, no necesitas ser sutil ni inteligente ni educado. Llevar razón te coloca por encima del bien y del mal. La frase “hablar cargado de razón”, pese a su naturaleza de lugar común, describe perfectamente esta patología. Para intentar convencerte de sus argumentos, los llevadores de razón subrayan sus discursos con gestos en los que expresan lo absurdo que sería pensar de otro modo. Conozco personas a las que quiero y admiro cuyo único objetivo en la vida es llevar la razón. Siento una terrible ternura por ellas porque me recuerdan épocas de mi vida en las que yo mismo necesitaba llevar razón a toda costa. Me quité de llevar razón porque me hacía daño a la salud, como el tabaco, aunque a veces recaigo y fumo un camelclandestino. Desde entonces, siempre que descubro a alguien llevando la razón me dan ganas de abrazarlo y de hacerle unas caricias al tiempo de decirle que no pasa nada por no llevarla.

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