Describir

Lo malo es que, como damos por hecho que las imágenes de la tele bastan, tampoco los demás medios se esfuerzan en describir con precisión notarial lo sucedido

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Una tele, por grande que sea, no es capaz de abarcar la cantidad de llamas que durante estos días se han propagado por Galicia, Portugal y Asturias. Aunque los reporteros desplazados a las zonas del desastre den aquí o allá con imágenes ocasionalmente extraordinarias, no somos capaces de apreciar en toda su extensión la magnitud de la catástrofe. La tele abarca mucho, pero aprieta poco. No logra trasmitir con la intensidad debida el significado de que las brasas hayan penetrado, por ejemplo, en el dormitorio de un matrimonio mayor de cualquiera de las zonas incendiadas para devorar en cuestión de segundos las zapatillas de cuadros que estos señores se calzaban para acudir a la cocina. Esos dos pares de zapatillas dormían tranquilamente cada uno en un lado de la cama, cuando una serpiente de fuego acabó en décimas de segundo con el fieltro para cebarse enseguida en las suelas de goma, que se retorcían como condenados en el infierno debajo del somier. La tele carece de sensibilidad para llegar a ese detalle, y perseguir a la serpiente, que repta ahora por el suelo de sintasol para alcanzar el armario, donde tras abrir un boquete como el de un disparo en el pecho a cañón tocante, engulle los trajes de novio y de novia con los que los cónyuges, que han muerto en el incendio, deberían ser amortajados.

Lo malo es que, como damos por hecho que las imágenes de la tele bastan, tampoco los demás medios se esfuerzan en describir con precisión notarial lo sucedido. Ya lo saben ustedes por la tele, nos vienen a decir. Es la misma excusa que esgrimen los novelistas perezosos para no complicarse la vida: ningún lector ignora cómo es una calle de Los Ángeles, afirman, las han visto mil veces en el cine. ¿Para qué contárselas?

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EL ABSURDO AVANZA

IMAGINEMOS UNA reunión del Colegio de Arquitectos presidida por este eslogan: “Somos arquitectos”. Quien dice una reunión de arquitectos dice un congreso de poetas o un simposio de médicos. Suena un poco raro, ¿no?, que se señale lo evidente. Podemos admitirlo en esas reuniones de vecinos celebradas en los salones de un hotel: “Asamblea de vecinos de la calle Tal, número cual”. Ahí sí se entiende porque uno puede equivocarse de sala y votar una derrama que no le corresponde. Ahora bien,si la directiva del PSOE se reúne y los periodistas están viendo los rostros (conocidísimos) de sus dirigentes y han acudido a su sede convocados por el mismo PSOE, ¿qué sentido tiene ese cubo del primer plano de la foto donde se afirma que son la izquierda? ¿Acaso hay alguna duda?

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 ÁLVARO GARCÍA
 

Y, de haberla, ¿en la cabeza de quién está: en la de los que presiden la reunión o en la de los ciudadanos que al día siguiente tropezaríamos con esta imagen en las páginas de los periódicos? Hay algo oscuro en esa información que casi se nos pasa por alto, algo que se dirige a nuestro inconsciente más que a nuestro encéfalo. No logramos imaginar una reunión del PP, presidida por el mismísimo Rajoy, a cuya entrada figurara en grandes caracteres el lema “Somos la derecha”. Está claro que son la derecha, los votantes lo hemos sabido siempre y Rajoy también. ¿A qué abundar en lo obvio? ¿Acaso no resulta indiscutible que el PSOE es la izquierda? Debe de haber por fuerza en esas tres palabras un mensaje oculto al que curiosamente no hizo alusión ningún editorial de la fecha. El absurdo avanza. Nos rodea.

Juan José Millás

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Diversidad

Todas las cadenas son la Cadena y todos los programas son el Programa

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Dos niños viendo televisión. © GETTY IMAGES

 

La estandarización, en algunos sectores, se produce cuando todos se quieren parecer al que tiene éxito. La mayoría de los programas de televisión, por ejemplo, se podrían emitir, indistintamente, en cualquier cadena. No son marca de la casa, sino mera repetición agónica de lo preexistente. Significa que las emisoras se reconocen únicamente por su logo, que viene a ser como si las novelas solo se diferenciaran por su título. En la lucha por imitar el producto de éxito de la competencia, la programación deviene en una masa informe entre cuyos pliegues resulta difícil encontrar algo insólito. A mayor cantidad de canales, menos diversidad. De ahí la experiencia, conocida por todos, de esa tarde de sábado en la que se recurre a la tele para evitar el suicidio y, tras recorrer todas las emisoras sin hallar nada de interés, ni siquiera le quedan a uno fuerzas para volarse la cabeza. De hecho ya se la ha volado al dispararse en la sien con el mando a distancia.

El apelmazamiento. Todo se apelmaza. La globalización, que homologa cuanto toca, hace imposible el alumbramiento de una idea extraordinaria. La originalidad produce miedo económico. ¿Y si no funciona? El apelmazamiento proporciona beneficios innumerables al sistema, pues crea gente apelmazada. Los españoles consumimos cuatro horas diarias de tele, lo que supone un lavado de cerebro colectivo que ni en Corea del Norte, aunque con vaselina. No importa la cadena que veas ni el programa que selecciones. Todas las cadenas son la Cadena y todos los programas son el Programa. Monoteísmo en vena. No hay escapatoria, no hay marcha atrás. Hemos caído en una red tejida con los hilos de acero del pensamiento estándar, donde ya no se concibe otro gusto que el establecido.

JUAN JOSÉ MILLÁS

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Vanguardia

Vivimos condenados a consumir preguntas esclerotizadas y respuestas sin interés

Vanguardia

Viene Paul Auster a España para hablar de su libro y le preguntamos todo el rato por Donald Trump al modo en que cuando nos presentan a un neoyorquino le preguntamos si conoce a un primo nuestro que vive en Brooklyn. Auster extrae de sus archivos mentales una respuesta educada y de este modo averiguamos lo que ya sabíamos. A Trump, en cambio, jamás le preguntarán por Auster. He ahí una de tantas asimetrías en las que nos hemos instalado con una naturalidad atroz. El que pregunta, como se dedica a eso, a preguntar, conoce de antemano las preguntas. El que responde, por su parte, dado que tal es su oficio, conoce las respuestas y las administra sabiamente. De este modo, vivimos condenados a consumir preguntas esclerotizadas y respuestas sin interés. Deberíamos alterar esos lugares.

JUAN JOSÉ MILLÁS

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Mi perro y yo

COLUMNISTAS-REDONDOS_JUANJOSEMILLAS

RESULTA estremecedor que en un país donde cientos de personas esperan a ser ejecutadas en el corredor de la muerte, se indulte anualmente a un pavo en los jardines de la Casa Blanca, con luz y taquígrafos. El pavo de este año, de nombre Tot, no llegó a enterarse de que había sido condenado a la guillotina ni de que luego había sido perdonado. Pero ahí tienen a esos señores de traje y corbata cumpliendo con el rito anual que ocupará un breve espacio en las páginas de Pasatiempos de la prensa. Estas imágenes dan muy poco de sí, excepto si uno las aprovecha para extrañarse no tanto del animal como de quienes lo rodean.

El pájaro es un pájaro, ya lo sabemos. Posee una cabeza extraña, con carnosidades rojas que se prolongan en el cuello, en forma de moco, y un cuerpo que en nada se parece al nuestro. Tiene alas y patas y plumas y unas uñas capaces de sacarte un ojo de la cara, de dónde si no. Además, es ovíparo y procede de los antiguos dinosaurios, mientras que nosotros somos mamíferos y venimos de una rata. No tenemos nada que ver, de acuerdo, pero a mí me llaman más la atención las cabezas de los hombres, sus manos, sus sonrisas, sus gestos de diversión frente al animal alborotado. A veces, mi perro y yo nos colocamos frente al espejo, como para comprobar cuál de los dos es el más raro, y siempre gano yo, sea desnudo o en pijama. Aunque, para raro raro, el tipo que me observa desde el azogue, por lo general con expresión de indultarme también, igual que los americanos indultan a uno de los 46 millones de pavos que meten en el horno el Día de Acción de Gracias.

U.S. President Barack Obama reacts after pardoning the National Thanksgiving turkey during the 69th annual presentation of the turkey in the Rose Garden of the White House in Washington
 CARLOS BARRIA (REUTERS)

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Aquellas armas de destrucción masiva

Juan José Millás

LAS CAJAS de cartón de la fotografía contienen ayuda humanitaria para la niña que acaba de derrumbarse sobre ellas. El cartón envejece mal. Se deteriora por las esquinas debido a la humedad y al barro. Se hinchará enseguida como una glándula enferma y se descompondrá luego como una víscera al sol. Las suelas de los zapatos, incluso las más resistentes, envejecen fatal también si no duermen una vez al día debajo de una cama. Se deforman con el paso de los kilómetros y la acción de la intemperie, y la goma acaba pudriéndose como un trozo de hígado olvidado en las profundidades de la nevera. Todo envejece. Todo, aquí, está viejo, incluso la niña. ¿Qué tendrá: cinco, seis, siete años? Pues ahí la ven, tan deteriorada como las cajas de la ayuda humanitaria, como la suela de los zapatos, como el borde de la bata, como los pantalones a juego con ella, cuyas perneras han vivido lo suyo.

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Ahmad Al-Rubaye (AFP)
 

Se trata de una cría iraquí que acaba de llegar, suponemos que andando, con su familia (o con lo que quede de ella) al campo de desplazados de Hamam al Alil, procedente de Mosul. En los talleres de escritura solemos decir que el relato de un viaje no vale nada si el autor no logra convertir la peripecia física en la metáfora de una peripecia moral. Tal sucede en El corazón de las tinieblas, de Conrad, donde Charlie Marlow, el protagonista, desciende por un río tropical en busca de Kurtz. El viaje realizado por esta niña con su familia (con lo que quede de ella) es la metáfora del viaje inmoral que hicimos los occidentales a Irak en busca de aquellas armas de destrucción masiva.

 Juan José Millás

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El pepino

Queremos creer que en septiembre averiguaremos por fin qué pasa, qué nos pasa. Ojalá fuera así, pero mucho nos tememos que no

Cambios en el hielo de la Antártida vistos desde un aparato de supervisión de la NASA.
Cambios en el hielo de la Antártida vistos desde un aparato de supervisión de la NASA. NASA / VIA REUTERS

 

Se advierte en los analistas políticos un cansancio que no corresponde al agotamiento preveraniego, sino a algo más profundo, cercano a la depresión. Atrapados en una noria ideológica en la que los pensamientos que suben son idénticos a los que bajan, en vez de aclararnos lo que ocurre, nos trasmiten un estado de perplejidad que no logran ocultar sus tecnicismos. Y no nos referimos a la cuestión catalana. Hablamos de la cuestión a secas. The question, por aludir brevemente a Shakespeare. Ser o no ser. No saben, no sabemos qué es lo mejor. Tampoco los partidos políticos dan muestras de una agudeza fuera de lo común. Así las cosas, queremos creer que agosto, pese al calor, refrescará las neuronas y que en septiembre averiguaremos por fin qué pasa, qué nos pasa. Ojalá fuera así, pero mucho nos tememos que no.

Nos lo dice el rumor de fondo. No se trata de que haya una pieza suelta en la maquinaria. Es que nos hemos cargado el palier, que diría un mecánico. O el árbol de levas, no sé, algo que afecta a la estructura. Al dejar caer la ginebra sobre el hielo, para el combinado de media tarde, escuchamos un crujido que es la metáfora del que ha provocado el desgajamiento de un iceberg del tamaño de 10 ciudades como Madrid, dicen, y un billón de toneladas de peso. Como si los dioses estuvieran preparándose un gin-tonic mientras contemplan con desdén las desventuras de este pequeño mundo nuestro. Y mientras los dioses se aturden con su alcohol y nosotros con el nuestro, el iceberg se desplaza sin rumbo por el océano como un barco fantasma, lleno hasta los bordes de cadáveres. Si pudiéramos asomarnos para ver la cara de los muertos, nos veríamos a nosotros, como en un espejo. A mi gin-tonic le falta la raja de pepino.

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Edipo

Leer, escribir, te van trayendo poco a poco de vuelta a la prisión de la que pretendías fugarte

Mercadillo ilegal en la calle Ribera de Curtidores de Madrid, justo antes de que empiece el rastro.
Mercadillo ilegal en la calle Ribera de Curtidores de Madrid, justo antes de que empiece el rastro. CARLOS ROSILLO

 

Con frecuencia, comenzamos una novela para huir de algo a lo que esa lectura nos devuelve. ¿Son los libros que nos obligan a retroceder hasta el lugar del crimen los mejores? Tal vez sí. Lo cierto es que del mismo modo ciego con el que tú los buscas, te reclaman ellos a ti. Un día te detienes en una de esas librerías de viejo que sacan algunas cajas a la acera. Revisas los lomos de los volúmenes y tropiezas con uno que desmanteló tu juventud. Lo liberas del conjunto, relees la primera página y, sin saberlo, acabas de comenzar el regreso. Cuando te acercas a pagarlo (cuesta solo dos euros) te dicen que puedes llevarte otro abonando tres euros por los dos. Pero rechazas la oferta porque para suicidarse basta una bala. De hecho, comienzas a leerlo esa misma noche como el que se introduce en un callejón por el que se llega al centro del laberinto del que se pretendía salir.

A veces, escribir una novela no es muy diferente de leerla. La comienzas con un planteamiento equis, fundamentalmente liberador, pero ella te va trayendo poco a poco de vuelta a la prisión de la que pretendías fugarte, igual que el preso que tras excavar durante semanas un túnel llega misteriosamente a la celda de la que salió, en la que ahora hay dos agujeros, uno de entrada y otro de salida, apenas separados por dos metros. La lectura es el túnel por el que sales y la escritura por el que entras. Como Edipo, solo has escapado para cumplir el designio del fatum que intentabas burlar, y que casi siempre es una variante más o menos lejana de aquel viejo argumento fundacional: matar al padre para casarse con la madre. La lectura, como la escritura, debe ser insana. Lo demás es entretenimiento. El entretenimiento como metadona de la literatura.

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Una cagada

¿Por qué se nos cae tanto el móvil al retrete? Podríamos evitarlo atándonoslo con una cadena al cuello

Una cagada

Cuando alguien dice que se le ha mojado el teléfono, si no añade más explicaciones, podemos aventurar que se le ha caído al retrete. Es de lo más común. Mojar el móvil de este modo produce un poco de vergüenza, como mojar la cama cuando ya no tienes edad. Pero si te ocurre con frecuencia una cosa u otra, deberías ponerle remedio. Básicamente, puedes recurrir al conductismo o al psicoanálisis. El método conductista para el pis consistiría en pegarte cerca de las ingles unos electrodos que al contacto con el líquido produjeran una descarga eléctrica en los genitales. Se trata de un procedimiento rápido, del tipo de “teníamos un problema y lo hemos arreglado”, que dijo Aznar cuando narcotizaron a unos inmigrantes para devolverlos a su lugar de origen.

El método psicoanalítico es más costoso. Implicaría darle vueltas al significado de no controlar los esfínteres. Mucho diván, en fin, muchas sesiones hablando de lo mismo. Ahora bien, atacar el origen de las cosas resulta a la larga más eficaz que reprimir el síntoma. El síntoma, cuando se le cierra un agujero, tiende a manifestarse por otro. Hay jaquecas que migran a dolores de espalda y preocupaciones que se transforman en dificultades respiratorias.

Pero a lo que íbamos: ¿por qué se nos cae tanto el móvil al retrete? Podríamos evitarlo atándonoslo con una cadena al cuello, o bien reflexionando sobre esa compulsión a la repetición que tantos disgustos nos proporciona. ¿Por qué precisamente al retrete estando la vida llena de charcos? ¿Quizá porque es de donde más asco nos da recuperarlo? ¿Tal vez porque llevárnoslo hasta el cuarto de baño es una cagada? Empecemos por este par de cuestiones sencillas de responder y a ver hasta dónde somos capaces de llegar.

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Miedo

Hacia la mitad de la escalinata, imaginé que la señora, en vez de un bebé, llevaba una ametralladora

Estación de Metro de Sol en Madrid.
Estación de Metro de Sol en Madrid. GERARD JULIEN / GETTYIMAGES
Las escaleras mecánicas del metro no funcionaban. Frente a las de granito, observando indecisa las profundidades hacia las que tenía que descender, había una mujer con un cochecito de niño. Un hombre joven y yo decidimos ayudarla. Él cogió el cochecito por el eje de las ruedas delanteras, yo por el de las traseras y comenzamos a bajar controlados por la mirada atenta y preocupada de la madre. Del niño, lo único que se apreciaba era la punta de un gorro verde. El resto estaba completamente cubierto por la sábana y la manta. Debía de ir dormido porque no hizo un solo movimiento ni emitió ruido alguno cuando alzamos el vehículo. La estación era muy profunda, por lo que de vez en cuando nos deteníamos para cambiar de postura y tomar aire. Me acordé de aquella escena de Los intocablesen la que se homenajea a su vez la de la escalera de El acorazado Potemkin, y me sentí como de celuloide.

Hacia la mitad de la escalinata, imaginé que la señora, en vez de un bebé, llevaba una ametralladora. Luego, que un muñeco. Más tarde, que un crío muerto. ¿Es niño o niña?, pregunté por decir algo. La señora dudó, o eso me pareció, lo que alimentó mis sospechas, fueran las que fueran, pues carecían de una dirección concreta. Niña, dijo al fin. Y añadió que llevara cuidado, como si me viera actuar con poca delicadeza. Tras una eternidad, llegamos abajo y el hombre de delante, tras depositar las ruedas en el suelo, salió corriendo para coger un tren que llegaba en ese instante. Pregunté a la señora si me dejaba ver a la niña. ¿Es usted un perverso o qué?, dijo con una mirada de odio que me cortó el aliento. Desapareció por un túnel y yo me di la vuelta para volver por donde había venido. ¿Dan o no dan ganas de quedarse en casa?

JUAN JOSÉ MILLÁS

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