Por abundar

Debería haber entre el yo y el tú un pronombre intermedio, algo así como una semifusa, al que pudieran apuntarse los yoes cansados

Por abundar
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El mayor defecto de los españoles no es la envidia, es ser españoles, del mismo modo que el mayor defecto de los franceses es ser franceses o ser alemanes el de los alemanes. Y así de forma sucesiva hasta llegar a Australia. El mayor defecto del hombre, pese a lo que digan los textos de superación personal, es ser uno mismo. Resulta incomprensible que nos empecinemos en ser nosotros mismos existiendo alternativas. Cada día de nuestra vida deberíamos levantarnos de la cama con el propósito de ser el vecino de al lado, o el de arriba, da igual, o el de debajo, el caso es ser otro distinto del que hemos llegado a ser, incluso aunque pertenezcamos a la especie de los que se han hecho a sí mismos. A veces, en la calle, al pasar frente a un escaparate que me refleja, lejos de reconocerme enseguida, veo a un extraño que me mira con consternación. Luego, al caer en la cuenta de que soy yo, pienso que me gustaría ser ese extraño. Se aprecia en él un desconcierto higiénico.

Sé tú mismo, nos dicen desde la escuela y desde los libros de autoayuda, como si ser tú mismo tuviera más mérito que ser él mismo o ella misma. Los pronombres personales han hecho mucho daño a la evolución. Desde el momento en el que se cuela en tu conciencia el yo, caes preso de esa forma gramatical que es como el centro de una tela de araña en la que se precipitan sin pausa todos los afectos y desafectos que nos hacen sufrir. El yoísmo supremacista y el nacionalismo excluyente, que son dos aspectos de lo mismo, no se despegan del alma ni con agua hirviendo. Debería haber entre el yo y el tú un pronombre intermedio, algo así como una semifusa, al que pudieran apuntarse los yoes cansados. Ser semiespañol o semicatalán, por abundar, estaría muy bien.

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Un premuerto

A veces, antes de que la pantalla del ordenador acabe de encenderse, te retiras de ella para no escribir

Un premuerto
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La pantalla del ordenador, antes de iluminarse, funciona como un espejo oscuro donde aparece el rostro de alguien que está a punto de ponerse a escribir. Ponerse a escribir da miedo, créanme. No importan los años que lleves haciéndolo. Estar a punto de ponerse a escribir es como estar a punto de tirarte por la ventana de un séptimo piso: de un lado lo deseas, para acabar con todo, pero de otro notas cómo el pánico, que tiene una mano grande y vigorosa, en cuyo interior cabe todo el sistema digestivo, comprime tus vísceras. El pánico se concentra ahí, en las vísceras. Entonces abandonas el borde de la ventana y regresas temblando al interior de la habitación. Ese día no morirás. Ese día, como vienes haciendo el resto de tus días, te ducharás, te afeitarás y saldrás a la calle igual que cualquier miércoles. Pero ha ocurrido algo: te has enfrentado a la posibilidad de probar el sabor del vacío. Los demás no percibirán nada. A lo largo de la jornada estrecharás las manos de los que te salgan al paso como un muerto. No como un muerto completo, claro, sino como un premuerto. Serás un premuerto el resto de tu vida.

A veces, antes de que la pantalla del ordenador acabe de encenderse, te retiras de ella para no escribir. Te acaba de venir a la memoria que tienes que arreglar la tapadera de la taza del retrete, lo que implica acercarte a la ferretería para adquirir una bisagra. El dependiente no percibirá que no estás escribiendo. No advertirá que en el último instante te has alejado del ordenador como el suicida de la ventana y que ahora eres un escritor muerto. Caminas como un cadáver por el barrio y a lo mejor te cruzas con el tipo que no se tiró hace un par de horas por la ventana. Quizás al veros os reconozcáis.

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La cárcel y la gloria

La cárcel y la gloria
RODRIGO JIMÉNEZ (EFE)

AHÍ DONDE LO ven, el jugador no está enfadado. Al contrario, acaba de meter un gol y muestra de este modo su alegría. Significa que algunas expresiones, según en el contexto en el que se den, quieren decir una cosa o la otra. Aquí quieren decir la otra. O una, no sé, quizá me estoy haciendo un lío. La cuestión es que trato de imaginar a un matemático en el trance de recibir la llamada de Estocolmo. Le acaban de conceder el Nobel. ¿Se arrancaría violentamente la camisa y recorrería el pasillo de su casa en la posición de Ronaldo frente a la mirada estupefacta de su esposa e hijos? No me parece probable. Estas expresiones de felicidad solo se dan en el deporte, y quizá no en todos (Nadal, cuando gana, se arroja al suelo). No digamos si el Nobel es el de Literatura. El de Literatura queda bien recibirlo con cierta pesadumbre, incluso renunciar a él, aunque no a su dotación económica. Está documentado.

Si usted va por la calle y le viene de frente un tipo en calzón corto, con el torso desnudo, los brazos en actitud agresiva y la boca abierta, como si rugiera o tratara de expulsar un alien que ha inflado anormalmente todo su sistema muscular, usted correría espantado en la dirección contraria. Y al tipo lo detendrían ipso facto. El contexto de nuevo. Situaciones por las que en un sitio te podrían llevar a la cárcel, en otros te conducen a la gloria. De hecho, los espectadores del partido, lejos de mostrarse asustados, respondieron a la expresión del futbolista con una aclamación histórica. Ahora bien, lo que uno se pregunta es cómo será este hombre ­enfadado. 

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Ah, era esto

La filosofía es el arte de atar las ideas sueltas como la literatura el de articular las obsesiones sueltas

Ah, era esto

“Atar cabos”, he ahí una expresión acertadísima. Describe lo que ocurre en la cabeza de alguien cuando se asocian dos o más hechos alejados en el tiempo o en el espacio. Algo se abrocha de súbito en un clic mental que ilumina un suceso oscuro. Un día, atando cabos, descubrimos que los Reyes eran los padres. Es solo un ejemplo. Al atar cabos se unen cosas o personas que hasta ese instante nada tenían que ver entre sí. Quizá tú mismo eres un cabo suelto en la cabeza de otro. La humanidad entera son siete mil millones de cabos sueltos movidos por el viento como los flecos de una falda. Ese anciano con el que te acabas de cruzar en el parque es un cabo suelto, igual que el chino que regenta la tienda de comestibles de la esquina, la indigente que pide limosna a la salida del supermercado o el profesor de Ciencias Naturales que explica ahora mismo la función clorofílica a un grupo de alumnos con astenia primaveral. Cuando nace un niño nace un cabo suelto y cuando muere un viejo muere un cabo suelto. La filosofía es el arte de atar las ideas sueltas como la literatura el de articular las obsesiones sueltas.

Un día, en un funeral de corpore insepulto, al observar el rostro de una de las asistentes, até cabos y comprendí que el muerto y ella habían sido amantes. Estudiar consiste en atar cabos. Cuando algo que leíste en un libro de historia se completa con algo leído en uno de aritmética se ata un cabo. Los cabos se desatan también por fallos de la memoria o por intereses inconfesables. Esos cabos que quedan sueltos permanecen sueltos a la espera de que algo o alguien los vuelva a anudar. La parca ata todos los cabos. “Ah, era esto”, dice el protagonista de La muerte de Ivan Ilich unos segundos antes de expirar.

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El deseo

Minería de datos: imagino a unos tipos duros, con monos azules y un casco con luz en la cabeza que descienden a las profundidades de nuestras almas

Un miércoles cualquiera, pensaré que estaría bien tener en la cocina un televisor inteligente.
Un miércoles cualquiera, pensaré que estaría bien tener en la cocina un televisor inteligente. GETTY IMAGES

Me conmueve mucho la expresión “minería de datos”. Minería de datos, minería de datos. Imagino a unos tipos duros, con monos azules y un casco con luz en la cabeza. Descienden a las profundidades de su alma de usted, y de la mía, de nuestras almas, y en esa oscuridad (porque el alma es oscura) clavan el pico y la pala para llenar sus carretillas de la materia viscosa de la que está hecha la conciencia. Cuando el conjunto llega a la superficie, otros especialistas, mineros también, aunque con una cualificación superior, separan la ganga de la mena. Con la mena, supongo yo, fabrican los algoritmos prescriptivos de los que deducen, por ejemplo, no cuando necesitaré cambiar de televisor, sino cuándo desearé hacerlo. Porque es cierto que un día me levantaré de la cama y necesitaré introducir en mi vida un cambio que la acelere un poco, que la coloque al nivel de un buen producto audiovisual, de un excelente anuncio de móviles, o de automóviles. Ese día llegará, yo aún lo ignoro, pero los algoritmos que procesan los rasgos de nuestra personalidad ya están al tanto. De modo que un miércoles cualquiera, mientras preparo el primer té de la mañana, pensaré que estaría bien tener en la cocina un televisor inteligente. Un minuto antes, o quizá un minuto después, pero de forma casi simultánea, recibiré en mi móvil la publicidad del televisor soñado. Y más que eso: la oferta de un crédito para adquirirlo porque el vendedor del electrodoméstico y el banco comparten los tesoros económicos extraídos de nuestro subconsciente. Ya sabemos, en fin, cómo aprovechan la mena. Muchos se preguntarán qué rayos hacen con la ganga, es decir, con la mierda que acompañaba al dato. La ganga, me temo, es el televisor que compraré ese miércoles.

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Ternura

Conozco personas a las que quiero y admiro cuyo único objetivo en la vida es llevar la razón

Ternura

Sé de gente que mataría por llevar razón. Hay otros rasgos de carácter que se pueden corregir a lo largo de la vida, pero quitarse de llevar razón es como quitarse de la heroína: se puede, aunque con mucho sacrificio. Si vienes al mundo con ese declive, mueres con él. Te mueres llevando la razón, te incineran llevando la razón, llegas al infierno llevando la razón. Jamás discutas con personas necesitadas de llevar la razón. No conduce a nada, solo a la infelicidad. En las discusiones políticas es donde mejor se las distingue. Llevar razón constituye un modo de tapar heridas ancestrales, abandonos remotos. Llevar razón es una forma de vengarse. Si llevas razón, tu nacimiento no fue un error, tus padres te quisieron, la infancia triste y la perra juventud valieron la pena. El mundo ya no te debe nada, en fin. Si llevas razón, no necesitas ser sutil ni inteligente ni educado. Llevar razón te coloca por encima del bien y del mal. La frase “hablar cargado de razón”, pese a su naturaleza de lugar común, describe perfectamente esta patología. Para intentar convencerte de sus argumentos, los llevadores de razón subrayan sus discursos con gestos en los que expresan lo absurdo que sería pensar de otro modo. Conozco personas a las que quiero y admiro cuyo único objetivo en la vida es llevar la razón. Siento una terrible ternura por ellas porque me recuerdan épocas de mi vida en las que yo mismo necesitaba llevar razón a toda costa. Me quité de llevar razón porque me hacía daño a la salud, como el tabaco, aunque a veces recaigo y fumo un camelclandestino. Desde entonces, siempre que descubro a alguien llevando la razón me dan ganas de abrazarlo y de hacerle unas caricias al tiempo de decirle que no pasa nada por no llevarla.

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Cuestión de cabezas

Cuestión de cabezas
E. VUCCI (AP)

DONALD TRUMP ha decidido hacer reformas en su patria y ahí lo tienen, como el que desea cambiar el cuarto de baño y se acerca a una tienda de sanitarios para elegir la bañera o el plato de ducha. El presidente de Estados Unidos se halla en el trance de escoger el tipo de muro que separará a su país de México. Observen la variedad de estos muros. No habríamos podido imaginar que existieran tantos modelos, la verdad. Da pena acordarse del de Berlín, que desde la perspectiva actual era una chapuza. La industria, en este sector, ha evolucionado muchísimo, casi al mismo ritmo de las inteligencias represoras. Pero también el que separa Marruecos de España, que es más moderno, nos parece, al ver esta foto, un poco antiguo. Cada día descubre uno cosas nuevas. Es posible que exista una asociación de fabricantes de muros, incluso que se reúnan en un congreso anual para intercambiar experiencias.

—En mi muro han fracasado 18 alpinistas.

—En el mío han perecido 10 asaltantes, porque la parte superior está electrificada.

—Me gusta ese —parece decir Trump—, pero ¿podrían alicatármelo hasta el vértice?

El señor que sostiene una especie de catálogo entre sus manos mira hacia donde señala el presidente y parece dudar. Quizá está a punto de decir que alicatándolo, sin ganar en eficacia, se elevarían los costes. De momento, prefiere callar porque el cliente siempre tiene la razón y porque no le ha enseñado aún todo el muestrario, que se extiende más allá de los límites de la imagen. Hay cabezas-muro y cabezas-puente, pero parece que van ganando las primeras.

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¡Despertemos!

El problema es que todos esos dimes y diretes no nos permiten apreciar la chilena de Ronaldo

Rajoy durante la Convención Nacional del PP en Sevilla.
Rajoy durante la Convención Nacional del PP en Sevilla. PACO PUENTES

Queridos jóvenes en paro, queridos matrimonios sin vivienda, queridas mujeres discriminadas, queridos trabajadores explotados, queridos obreros sin sindicato, queridos ciudadanos sin representación política, queridos niños pobres, queridos enfermos en lista de espera, queridos jubilados, queridos mendigos, queridos dependientes, queridos licenciados sin másteres en fullería y astucia, queridos becarios eternos, queridos científicos sin microscopio, queridos inmigrantes sin nacionalidad, queridos repartidores de pizza a domicilio. Queridísima España, en fin: acabo de tragarme entero un telediario (no importa ya de qué cadena) y he visto la luz. Nuestro problema no es el paro, ni la vivienda, ni la discriminación, ni el salario mínimo. Tampoco la ausencia de representación sindical o política, ni el hambre, ni las listas de espera, ni los hijos pobres o los nietos paupérrimos, ni la falta de oportunidades para estudiar, ni el precariado perpetuo, ni los microscopios, ni la nacionalidad. No.

El problema es cómo sacar al PP del lío en el que lo ha metido Cifuentes, cómo borrar la mala imagen de la monarquía que nos metaforiza, o cómo hallar el modo de limar las tensiones internas del PSOE. Es una lástima que no nos quepan más ejemplos, pero el problema, por resumir, no es que cuando Rajoy se quita la barba (postiza a todas luces) aparezca el rostro de Rivera, ni que un tercio del consejo de ministros se identifique intelectualmente con El novio de la muerte y con la cabra de la Legión. Tampoco que las fuerzas económicas se froten las manos con el vacío de poder. El problema es que todos esos dimes y diretes no nos permiten apreciar la chilena de Ronaldo. Vivimos ensimismados en cuestiones menores. ¡Despertemos!

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Para aliviar la espera

Para aliviar la espera

He aquí un grupo de personas fotografiando móviles, la mayoría de ellas con su propio móvil. La escena, que se captó en el último Mobile World Congresscelebrado en Barcelona, resultaba algo inquietante, como la de alguien que pretendiera comprobar las características de un espejo observándolo a través del reflejo producido por otro. Se aprecia una síntesis del asunto literario del doble. Lo que diferencia a los teléfonos fotografiados de los que fotografían es que los primeros son de última generación. Contienen, pues, adelantos muy superiores a los de los segundos. De ahí quizá el hieratismo extraordinario de unos y la veneración casi religiosa de los otros. Los fotografían porque los adoran.

El móvil es el amuleto por excelencia de nuestra cultura. Vamos con él de la cocina al cuarto de baño y del cuarto de baño al dormitorio. Nos lo metemos en el bolsillo hasta cuando bajamos la basura, por si acaso. ¿Por si acaso qué? Por si acaso recibimos al fin esa llamada que pondrá las cosas en su sitio. Una llamada de Dios, o del diablo, o de Hollywood, una llamada del más allá que dé sentido a nuestra vida. El mismo Dios podría estar ahora mismo marcando nuestro número para hacernos la revelación definitiva. El móvil es la zarza ardiente, es la luz que descabalgó a san Pablo, el móvil es la última frontera. De ahí que no nos desprendamos de él ni en el quirófano. Personalmente, tengo dicho que lo metan en mi ataúd, por si la llamada se retrasa. Mientras llega, nos entretenemos con el resto de sus prestaciones, que solo se han inventado para aliviar la espera.

Juan José Millás

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Descréditos

Descréditos  Pregunté a un psiquiatra si el Papa, habida cuenta de que se cree el representante de Dios en la Tierra, era un delirante y me dijo que no, pues los delirios compartidos son, técnicamente hablando, otra cosa. Total, que si a usted se le aparece la Virgen es muy probable que lo ingresen y lo sometan a una o dos sesiones de electroshock. Pero si se le aparece en compañía de unos amigos o de unos pastorcillos no pasa nada. Se me olvidó preguntar cuántas personas deben participar de un delirio para que deje de serlo, así que lo siento, pero no puedo proporcionar en estos momentos esa información. En cualquier caso, mucho me temo que su cuñado de usted y usted no son suficientes para legitimar una quimera.
Provoca asombro que los delirios consensuados adquieran de inmediato el estatus de realidad. Si el Gobierno, los consumidores, los bancos y los notarios se ponen de acuerdo, por ejemplo, en que un piso de noventa metros cuadrados vale un millón de euros, el piso valdrá un millón de euros, aunque su valor real sea muy inferior. Al año siguiente, si alguien no detiene la bola, costará un millón cien mil, y así de forma sucesiva, hasta que el espejismo reviente como una pompa de jabón. Lo de los pisos no es un supuesto teórico, ha ocurrido en España, junto a otras alucinaciones de carácter económico. El delirio y la lucidez se trenzan de tal forma en la vida diaria que no hay forma de distinguir el uno de la otra. De modo que cuando en la faja de una novela se incluye la leyenda «basada en hechos reales», deberíamos tener en cuenta que los llamados «hechos reales» son producidos a su vez, en gran medida, por sucesos completamente imaginarios. En otras palabras: que cuando los teóricos hablan del descrédito de la ficción deberían aclarar si piensan que una ficción compartida deviene en una realidad homologable.

Juan José Millás
Articuentos completos. Ed. Seix barral. 2011

http://www.uncuentoaldia.es/