Mario Vargas Llosa: “Hay una rama del feminismo que se ha convertido en algo absolutamente intolerante y eso debe ser combatido”

Mario Vargas Llosa: “Hay una rama del feminismo que se ha convertido en algo absolutamente intolerante y eso debe ser combatido”

“Estuve en una polémica en España porque una feminista de esta corriente estaba contra Nabokov por Lolita, que era un pedófilo por este personaje que viola a una niña, pero con ese criterio la literatura desaparecería”, aseguró el Nobel peruano en la presentación de su último libro.

El Nobel de Literatura lanzó en la Universidad Diego Portales su autobiografía intelectual El llamado de la tribu (Alfaguara), una cartografía de los pensadores liberales que lo ayudaron a desarrollar un nuevo cuerpo de ideas después de lo que Vargas Llosa llama “el gran trauma ideológico” que supusieron el desencanto con la Revolución Cubana y el distanciamiento de las ideas de Jean-Paul Sartre, el autor que más lo había inspirado en su juventud.

En el volumen —ya en librerías chilenas—, Vargas Llosa examina a autores como Adam Smith, José Ortega y Gasset, Friedrich Hayek, Karl Popper, Raymond Aron, Isaiah Berlin y Jean-Fraçois Revel, quienes le fueron de enorme ayuda durante aquellos años de desazón.

En la presentación, a cargo del rector de la UDP, el abogado Carlos Peña, Vargas Llosa aseguró que cree “que el feminismo esencialmente tiene razón, hay una injusticia que tiene muchos siglos detrás en la que la mujer ha sido un ciudadano de segunda clase, que ha sido discriminada, que todavía en las sociedades más avanzadas a igual trabajo una mujer no gana lo mismo que un hombre, en fin, creo que hoy en día hay muchísimas razones para apoyar el feminismo”.

“Ahora, desgraciadamente con el feminismo ocurre que hay una rama, un sector que defendiendo ideales justos se ha convertido en una dogmática, en algo absolutamente intolerante, en algo autoritario, y creo que eso debe ser combatido, sin complejo de inferioridad”, aseguró el autor de Conversación en La Catedral.

“Recientemente, estuve en una polémica en España porque una feminista de esta corriente estaba contra (el escritor de origen ruso) Nabokov por Lolita, que era un pedófilo por este personaje que viola a una niña, pero con ese criterio la literatura desaparecería”, dijo Vargas Llosa.

Luego siguió: “Era resucitar una inquisición más feroz que la histórica, tratando de introducir la corrección política en un género, en un quehacer que es la incorrección no solo política sino que también social, filosófica, sexual, encarnada. Es una especie de contracorriente que se enfrenta a lo establecido, que resucita todos los demonios que queremos enterrar en la vida para hacer la sociedad posible”.

Según el Premio Nobel de Literatura 2010, “si quiere que haya literatura tiene que aceptar enfrentarse a esos demonios que la literatura resucita y las feministas tienen que entenderlo a no ser que quieran que la literatura desaparezca”.

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Extracciones: Paisajes (No habrá muerte. Aquí terminará el cuento) [Macarena Araya Lira]

Extracciones: Paisajes (No habrá muerte. Aquí terminará el cuento) [Macarena Araya Lira]

Lanzado recientemente, Paisajes… de Macarena Araya es el título que inaugura el catálogo de la flamante editorial Noctámbula, sello que tiene a la cabeza a los narradores Mónica Drouilly y Eduardo Plaza.

Los nueve relatos que componen este volumen tienen la particularidad de que se pueden leer ya sea como cuentos o como una secuencia de episodios cuyas recurrencias dan forma a una suerte de novela.

SANTIAGO
(SACA LA HUEÁ TE VOY A DESTRUIR ESTA CHATARRA DE MIERDA LOCA RECULIÁ)

Ella tenía un auto chino, vivía en el centro de Santiago y trabajaba haciendo clases en un instituto profesional en Puente Alto. Su auto había sido elegido el más inseguro a la venta en Chile.

Se levantaba a las seis de la mañana para salir a las siete y llegar a las ocho al instituto. Tenía clases diurnas y vespertinas. Terminaba de trabajar a las once de la noche. En las ventanas corregía trabajos, fumaba, leía o iba a comer comida china a la esquina. La comida china era su principal fuente de alimentación. El menú costaba 3.500 pesos e incluía Coca-Cola y wantán. Llegaba a su casa cerca de las doce de la noche. Le dolían las piernas y la espalda por estar tanto tiempo de pie. Para verse más adulta, usaba ropa de su mamá. Creía que así infundiría más respeto. Sus alumnos estudiaban Contabilidad, Ingeniería en Informática, Gastronomía y Administración de Empresas. Los de la noche eran casi todos mayores que ella. Los de la mañana acababan de salir del colegio. Una chica había estado en un programa de baile en la televisión y todos los muchachos estaban enamorados de ella. Siempre le pedían suspender clases cuando la selección de fútbol jugaba un partido. La comida china era triste. Los días, aunque soleados, tenían poca luz.

Ella y Gonzalo fumaban en el balcón que había a la salida de la sala de profesores. Gonzalo era profesor de Filosofía e impartía el mismo ramo que ella. Compartían un horario similar, se habían hecho amigos. Gonzalo tocaba el ukelele y cantaba en las micros. Es lo único que me hace feliz, decía. Fumaban cigarros, a veces llovía, a veces era tarde y a veces corría un viento cordillerano que congelaba hasta los ojos. Hablaban de comidas que les gustaría comer o viajes que les gustaría hacer, pero después llegaba la hora de volver a clases y se separaban. A veces las clases eran buenas. A veces no. A veces algunos alumnos le pedían más información sobre algo y ella pensaba que las clases eran buenas, como esa vez que leyeron un cuento de Salinger y se quedaron hablando incluso en el recreo. Pero casi nunca pasaba eso. A veces terminaba la clase un poco antes y pasaba por fuera de la sala de Gonzalo y lo veía tocando el ukelele y a sus alumnos haciendo cualquier cosa y pensaba que le gustaría atreverse a hacer algo así, pero sabía que no se atrevería nunca.

Las salas no tenían paredes de concreto. Todo era de vidrio. Los estudiantes parecían estar dentro de una pecera. Así se controla mejor lo que pasa, le había dicho el encargado de seguridad del instituto. Una vez, un muchacho que estudiaba contabilidad le había pegado a un profesor de inglés.

Ella veía su reflejo en el vidrio; vestía ropa que no le pertenecía y se veía extraña. ¿Quién es esa que está ahí?, se preguntaba a veces.

Algunos días llovía fuerte y el auto se empañaba y no se podía ver bien el camino. Lo bueno era que ya había memorizado casi todos los hoyos de Vicuña Mackenna y podía evadirlos para no reventar uno de los pequeños neumáticos. Había leído que la venta de ese auto estaba prohibida en Europa y en algunos países de Latinoamérica.

No tenía estacionamiento en su edificio y dejaba el auto en un pasaje donde vivían pacos activos y retirados. Todas las mañanas tenía una notita amenazante puesta en el vidrio: “No vuelvas a estacionar el auto aquí o te vamos a romper los vidrios”. O también: “No sabes leer conchatumadre aquí no se puede estacionar”. Una vez se encontró con una que solo tenía escrita: “Maraca”. Pero en ninguna parte decía no estacionar y ese era el único lugar disponible a las doce de la noche.

Todas las mañanas, cuando iba a buscar el auto, pensaba que lo encontraría con los vidrios rotos o, peor aún, que no lo encontraría, pero eso nunca pasaba. Quizás es alguien que disfruta amenazando, se decía. Mientras manejaba esquivando los hoyos del camino se preguntaba a qué hora dejarían el papel, cuántas personas eran, si era uno de los pacos retirados, si algún día se conocerían.

Un par de días a la semana se quedaba a dormir en la casa de su mamá y aprovechaba de comer mejor, porque en ese refrigerador, a diferencia del suyo, abundaba la comida. Además su mamá empezaba un proceso de quimioterapia. Dormían juntas en la misma cama, como cuando ella era chica y su mamá aún no estaba enferma.

Para ir de la casa de su madre al instituto debía tomar la autopista en Vespucio. En la autopista se leía “A Punta Arenas” y ella se imaginaba que seguía de largo y llegaba hasta la ciudad magallánica y besaba el dedo del pie del indio patagón. Pero, por supuesto, no lo hacía. Y cuando le tocaba su salida, ponía el señalizador y doblaba. Tomaba Froilán Roa, atravesaba La Florida. Llegaba.

Antes de cada clase tenía que pasar el libro de asistencia por una maquinita parecida a las que sirven para consultar los precios en el supermercado. Los colegas de Inglés siempre eran los que más se quejaban de la falta de tiempo y de lo bajos que eran los sueldos.

A veces, después del trabajo, llevaba a Gonzalo hasta su casa en el barrio Yungay. Él iba tocando en el ukelele canciones que inventaba, ella improvisaba la letra de las canciones y las canciones eran cursis y se reían. Gonzalo le contaba sobre sus problemas maritales y sobre el romance que estaba teniendo con la profesora de Inglés. Fumaban en el auto. Su ropa apestaba a tabaco.

Un jueves hubo un taco en la autopista por un accidente entre un camión y una moto. Cuando logró avanzar, vio un cuerpo cubierto con una sábana azul al costado del camino. Pensó que le daba miedo morir y decidió que apenas pudiera cambiaría el auto. Llegó tarde a clases. El encargado académico le dijo que no podía llegar a esa hora, que si eso se repetía tendrían que descontarle parte del sueldo. No le respondió nada, pero tuvo ganas de pegarle o tirarle un escupo. Se acordó de las manifestaciones estudiantiles y de cuando corría esquivando el agua tóxica del guanaco y quiso retroceder el tiempo, pero no pudo. Fue al balcón de la sala de profesores y volvió a fumar. Y cuando llegó la hora volvió a hacer clases. Y en las ventanas corrigió trabajos según las normas APA.

El martes era el día en que salía más temprano y cuando llegó a su casa, a las seis de la tarde, se acostó y se durmió, pero a las nueve de la noche la despertó el timbre. El conserje le dijo que la buscaban dos carabineros. Le pareció extraño. Bajó. Tenía el maquillaje corrido. En la entrada la estaban esperando una pareja de cabos jóvenes. Le preguntaron si conocía a Jorge Mendoza. Ella respondió que no. Escribieron eso en un cuaderno. La carabinera le preguntó hacía cuánto tiempo vivía ahí. Ella le respondió que llevaba un año y preguntó qué estaba pasando. El carabinero le dijo que había aparecido un cargamento de armas en La Pintana y que estas estaban vinculadas a la dirección de su casa. ¿Cómo tienen la dirección de mi casa?, les preguntó. No podemos revelar esa información, respondieron. Ella dijo que no sabía nada y que cómo era posible. Y la joven carabinera que no sonreía le dijo: “Es posible”. Le volvieron a preguntar por Jorge Mendoza. Nunca he escuchado ese nombre, respondió. Le pidieron sus datos, ella se los dio y la pareja se fue.

Llamó a su hermano. Tenía la costumbre de llamar a su madre o a su hermano cuando estaba nerviosa, cuando sentía que algo no andaba bien. Le preguntó cómo estaba, el hermano le contó cosas sobre el trabajo, le dijo que existía la posibilidad de irse un año al extranjero por un proyecto, quedaron de juntarse ese fin de semana y comer tacos. No le dijo nada sobre lo que acababa de ocurrir.

Se puso a buscar en internet sobre cargamentos de armas en La Pintana y encontró varias noticias, pero ninguna reciente. Escribió “Jorge Mendoza”. Descubrió que compartían ese nombre un jugador de fútbol, un profesor de química ariqueño, un joven argentino que había muerto en una riña. Encontró a varios Jorge Mendoza, pero nada relacionado con armas o tráfico.

Entonces pensó en su padre. Su padre había sido comunista y los había abandonado a fines de los años 90. ¿Lo que estaba pasando se relacionaba con él? Quiso llamar a su mamá y preguntarle si conocía a alguien llamado Jorge Mendoza. Pero prefirió no hacerlo. Su madre le preguntaría por qué, ella le contaría, le hablaría de su padre y la mamá cambiaría de tema. No la llamó.

Puso una silla en el balcón y se sentó a fumar. Desde el piso seis en el que vivía, alcanzaba a ver su auto estacionado. Quería descubrir quién era la persona que le dejaba notitas amenazantes. ¿Y si era Jorge Mendoza?, ¿y si las armas que habían aparecido en La Pintana eran una mentira para asustarla? Quizás Jorge Mendoza fuese un carabinero retirado que había mandado a la pareja de pacos nuevos a asustarla. Se fumó una cajetilla completa. No se movió del balcón.

A eso de las cinco de la mañana vio encenderse la luz en una casa del pasaje donde estaba estacionado el auto. Salió un hombre vestido con una bata. No lo veía muy bien, pero sí pudo notar una guata enorme. El tipo fue hasta su auto y pegó un papel en el limpiaparabrisas. Sintió que el corazón se le detenía. Jorge Mendoza, dijo en voz alta. Buscó un cigarro, pero la cajetilla estaba vacía.

A las siete de la mañana llamó al instituto y les dijo que no podría ir a trabajar porque estaba enferma. Nunca antes había faltado, había hecho clases con fiebre, había tomado pruebas con influenza. La mujer que la atendió le advirtió que tendría que recuperar las horas y ella respondió que ya lo sabía.

Tenía llamadas perdidas de Gonzalo. Seguro quería que lo pasara a buscar. Le daba lo mismo. No le importaban el instituto ni Gonzalo ni su aventura con la profesora de Inglés ni el sueldo que dejaría de recibir ni la comida china que no comería ni los alumnos indiferentes que le pedirían terminar antes la clase. Solo le importaba una cosa: entender qué estaba pasando, unir los puntos de la historia.

Manejaba tres teorías.

Primera teoría: el hombre de las notitas amenazantes había inventado lo de las armas. El tipo de la bata era efectivamente Jorge Mendoza, aunque probablemente ese no fuese su nombre real, sino un alias, una chapa. Seguramente era un expaco y había hecho todo el montaje con los pacos jóvenes que habían aparecido en el edificio para que ella se asustara y dejara de estacionar el auto frente a su casa.

Segunda teoría: todo esto se conectaba con su padre comunista, el que los había abandonado a su mamá, a su hermano y a ella en los 90. Quizás Jorge Mendoza había sido su compañero en el partido y se había enterado de que ella era su hija y le estaba tratando de dar un mensaje. Un mensaje en clave. Las armas serían la clave. Lo que había que descubrir ahora era el mensaje. En esta teoría el hombre de las notitas no tenía nada que ver, esa era otra historia.

Tercera teoría: Jorge Mendoza estaba involucrado con crímenes de la dictadura, podía tratarse de un exagente de la CNI. Esa era una idea que comúnmente le daba vueltas en la cabeza. Que había agentes de la CNI o la DINA que todavía estaban activos. Que se reunían y llevaban a cabo pequeñas misiones, pequeñas venganzas en contra de personas de izquierda. En esta teoría el hombre de las notitas era un exagente, los pacos jóvenes recibían sus instrucciones, ellos sabían que su padre había militado en el PC. Si esta teoría era efectiva, tenía que averiguar cómo habían logrado dar con su papá.

Apagó su último cigarro y bajó a la calle con decisión. En la cara se le notaba la falta de sueño. Fue hasta su auto y tomó el papel. Lo leyó. “Esta es la última vez”. Llevaba en la mano todas las otras notas amenazantes. Tocó el timbre de la casa del supuesto Jorge Mendoza, el paco retirado amedrentador, el de la primera teoría. El hombre abrió. Ya no estaba en bata, ahora vestía blue jeans y bajo una chaqueta de cuero llevaba una polera que decía Miami entremedio de dos palmeras. Ella saludó y sonrió y le dijo mucho gusto soy la dueña del auto. El tipo se puso rojo. Mucho gusto no puede estacionar el auto aquí, respondió. En ninguna parte dice no estacionar y no hay ninguna línea amarilla. No sé nada yo a su auto le puede pasar cualquier cosa si lo sigue dejando en el pasaje. Ella le mostró los papeles. ¿No le parece un poco matonesca su forma de actuar? Él subió el tono. Yo puedo hacer lo que me dé la gana así que tenga cuidado. Entonces ella le preguntó quién era Jorge Mendoza. El viejo gordo guardó silencio un par de segundos. No tengo idea de qué me está hablando. Mira viejo ceneta yo no te conozco y a mi papá no lo veo hace años así que no me metas en estas cosas. El paco retirado le gritó. Déjate de hablar hueás loca culiá. Él dio un portazo y ella se fue, pero no movió el auto.

Guardó las notas amenazantes en su chaqueta y caminó hasta un quiosco y compró cigarros. Se fumó dos al hilo y, ahora sí, llamó a su mamá. Ella la notó nerviosa y le preguntó si estaba todo bien. Le respondió que sí, que estaba resfriada y que se había quedado en casa. La madre le contó sobre sus clases de cerámica y sobre el cenicero que le había hecho. Le dijo, además, que la quimioterapia estaba resultando. Ella se alegró y después le preguntó si conocía a Jorge Mendoza. La madre repitió el nombre tres veces. Jorge Mendoza, Jorge Mendoza, Jorge Mendoza. No, no me suena para nada, le contestó. Preguntó por qué. Pensé que era conocido del papá, respondió. Y en dos segundos la madre le contó que tenía hora al médico y que se tenía que ir y le colgó. La palabra papá era una palabra prohibida.

Cuando volvió al departamento le preguntó al conserje, que era un hombre viejo y había trabajado varios años en ese edificio, si en su departamento había vivido alguien llamado Jorge Mendoza. El hombre respondió que no, pero que de todas maneras averiguaría. Ella le preguntó si estaba seguro. Y el hombre dijo que estaba seguro y agregó que tenía una memoria privilegiada y que recordaba toda la tabla periódica. Le recitó una parte y ella lo escuchó. Cuando terminó no le dijo nada, aunque era evidente que el hombre esperaba una felicitación. El conserje le preguntó si estaba todo bien y ella asintió con la cabeza y subió.

En su celular tenía más llamadas perdidas de Gonzalo. También de su hermano. No le respondió a nadie. Comió un yogur y volvió a sentarse en el balcón junto a sus cigarros.

¿Cuándo había dormido por última vez?

Recordó la cara de su padre. El recuerdo era difuso. El recuerdo se mezcló con la falta de sueño. Había una playa. Los dos caminaban de la mano y veían a las gaviotas, pero las gaviotas no sonaban como ellas, cantaban canciones italianas y otras sonaban como el agua hirviendo en la tetera.

Pasaron algunas horas y ella seguía sentada en el mismo lugar. Hacía frío y tiritaba. Sentía el peso de sus ojeras. Miró las hojas de los árboles, que se veían anaranjadas por la luz de los faroles. Tres muchachos que caminaban bebiendo cerveza se detuvieron a rayar un muro con sus firmas. Imaginó que su padre era uno de esos muchachos que se reían y la hizo feliz pensar en su papá sonriendo, tan distinto a toda la pena que ella recordaba.

Su teoría ahora era solo una: Jorge Mendoza, excarabinero, había estado involucrado en crímenes de lesa humanidad y se había cambiado el nombre. Seguía teniendo contacto con antiguos miembros de la CNI y carabineros retirados que se dedicaban a atormentar a gente de izquierda. Para su mala fortuna, ella estacionaba el auto frente a su casa. Y él la había investigado. Cuando supo que era hija de un exmilitante comunista, había empezado el acoso. Sí, esa era su teoría. Sí, ese era Mendoza. Los pacos jóvenes eran parte de una nueva generación de fascistas que buscaban imponer una tiranía en el país. Lo harían de a poco. El fascismo estaba reapareciendo en forma de pequeños actos violentos. Lo había descifrado, todo estaba relacionado, todo pasaba por algo. Ahora ella no se quedaría tranquila, los quería desenmascarar, iba a revelar lo que estaba sucediendo.

¿Cuánto tiempo llevaba sin dormir?

¡Jorge Mendoza!, gritó desde el balcón. El hombre gordo, que iba saliendo de su casa, se dio vuelta y la vio. Ella lo apuntaba con su encendedor, la ceniza se acumulaba en el cigarro que tenía en la boca. Voy a hacer justicia, dijo en voz alta.

Se puso zapatillas y bajó rápidamente. Quería tomar el auto y estrellarlo en la casa de Mendoza. ¡Señorita! Ya sé quién es la persona que anda buscando, dijo el conserje. Ella se detuvo. El hombre le explicó que habían vuelto los carabineros para decir que Jorge Mendoza era parte de una banda que se dedicaba al narcotráfico y que su hijo había vivido en el departamento que ahora ella arrendaba, que por eso había aparecido esa dirección. Padre e hijo compartían el nombre y el oficio. Parece que lo andan buscando al hijo, le dijo el conserje. ¿Estás seguro?, preguntó. El viejo conserje asintió. Tiene que estar tranquila, fue un malentendido, no va a pasar nada.

No se movió durante un buen rato. El conserje le preguntó si estaba bien. Subió por las escaleras. Abrió la puerta de su departamento: montañas de loza acumulada, ropa en el suelo, platos con colillas, la cama revuelta.

Ella quería que las armas de La Pintana las hubiese escondido su papá y que de alguna manera estuviese apareciendo otra vez. Ahora había una historia, sí, pero no era la historia que ella quería.

Al día siguiente fue al auto. Había, como era de esperar, un nuevo recadito en el parabrisas. “Saca la hueá te voy a destruir esta chatarra de mierda loca reculiá”. Le dio lo mismo. Lo metió en su bolsillo.

Manejó por Vicuña Mackenna y los hoyos seguían ahí. Los esquivó y llegó hasta el instituto. Tomó el libro de clases y lo pasó por la maquinita para registrar su llegada. Vio a Gonzalo conversando con la profesora de Inglés y le hizo un gesto de saludo y él se lo respondió. Les dijo a los alumnos que tenían que hacer un trabajo con nota para la próxima semana y los alumnos alegaron. Fue a almorzar comida china y volvió a leer la notita. Intentó hacer un barquito de papel, pero no le resultó. En la tarde, manejó de regreso a su casa y esquivó los hoyos; uno de los neumáticos del auto más inseguro del país se podía reventar.

Portada Paisajes
Macarena Araya Lira, Paisajes (No habrá muerte. Aquí terminará el cuento). Noctámbula, 2019.

Foto Macarena Araya

MACARENA ARAYA LIRA (Santiago, 1985). Estudió Teatro en la Universidad Diego Portales y es máster en Guión de Cine y Televisión de la Universidad de Barcelona. El año 2017 fue ganadora del concurso de cuentos Paula y el mismo año obtuvo el primer lugar del certamen de cuentos breves Santiago en 100 palabras.

https://jampster.cl/

¿Por qué los españoles meten la polla en vinagre?

    Por Mar Abad

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Los españoles a menudo se ríen de los ingleses porque, cuando la tormenta rompe el cielo, exclaman: Oh, my God. It’s raining cats and dogs. Eso de que lluevan gatos y perros, en vez de agua, resulta bastante insólito. Pero un español, cuando escucha eso de «meter la polla en vinagre» o «hacerse la picha un lío», se queda como si nada. Como si esto que ves ahí abajo fuese una cosa normal.

polla en vinagre
HACERSE LA PICHA UN LÍO: «Estar confundido, enredarse, equivocarse»

Lo ‘extraño’ y lo ‘común’ es una cuestión de contexto; depende del lugar desde el que se mire. El que anda rodeado a todas horas por un idioma aprende a ver el mundo desde sus dichos y esa es la realidad que le resulta más potable. Pero el que lo mira por fuera, como lengua extranjera, y no conoce los pactos ilógicos que se establecen entre algunas palabras y su significado, puede perderse fácilmente en lo que realmente quieren decir.

con dos huevos
CON DOS HUEVOS: «Con valentía»

Eso le ocurrió a la francesa Héloïse Guerrier. La filóloga hispánica aprendió español en la Universidad de la Sorbona de París. Allí estudió a los grandes poetas y literatos del castellano pero, al llegar a Madrid, empezó a encontrarse con expresiones que jamás había escuchado y que se utilizaban más que los lirismos que leyó en la facultad.

Guerrier conocía bien al Quijote pero nunca había oído hablar de la Bernarda ni de su coño. Tampoco entendía por qué los españoles se cagaban en la leche, por qué metían la polla en vinagre o por qué mandaban a que te follara un pez. Ante la falta de significado al que agarrarse, imaginaba la escena literalmente. Y le gustó.

libro de polla en vinagre
CAGARSE EN LA LECHE: «Fórmula coloquial de enojo, rabia o disgusto»

La francesa imaginó esta serie de expresiones, dibujadas, como un glosario de español para extranjeros. Ella indagó el origen de los dichos y un ilustrador, David Sánchez, los dibujó en su sentido literal. Astiberri publicó un primer libro, Con dos huevos, y el éxito pidió a gritos una segunda entrega: Cagando leches.

«Es un libro de español para extranjeros, aunque a un español también le puede gustar», dijo Sánchez cuando, en 2014, publicaron el primero. «Guerrier se rió mucho cuando escuchó esas expresiones por primera vez. Nosotros, como estamos acostumbrados, no las pensamos literalmente, pero ella sí lo hacía y le pareció muy divertido». Pero, con el tiempo, estos dos libros se han convertido en una referencia ilustrada de expresiones castizas del castellano.

con dos huevos
ESTAR EN EL AJO: «Estar al tanto de un asunto privado o secreto, estar involucrado en él»

El primer glosario, Con dos huevos, reúne 45 dichos. El segundo, 45 más. Cada expresión se muestra en español (su idioma de origen) y en una traducción al inglés y francés. Una traducción del concepto que se quiere expresar y una traducción literal de las palabras.

Aquí va un ejemplo. Agarrarse un pedo: «Emborracharse. Ayer salimos de fiesta y se agarró un buen pedo. Existen múltiples maneras de expresar la embriaguez en el lenguaje coloquial: agarrar o coger una “castaña”, una “mona”, una “turca”… o un “pedo”, quizá en referencia a los desagradables efectos del alcohol sobre el cuerpo».

con dos huevos
AGARRARSE UN PEDO: «Emborracharse»
con dos huevos
CEPILLARSE A ALGUIEN: «Matar a alguien o mantener relaciones sexuales»
con dos huevos
CALZONAZOS: «Ser un hombre de carácter débil, que se deja dominar, en particular por su mujer»
con dos huevos
QUE TE FOLLE UN PEZ: «Indica desprecio, rechazo o desinterés una persona»
con dos huevos
COMERSE EL COCO: «Preocuparse, darle vueltas a algo»
del libro de polla en vinagre
MOJAR EL CHURRO: «Voz malsonante que implica, desde una perspectiva androcéntrica, mantener relaciones sexuales»

Una mujer alemana

En esta era de Trump, Bolsonaro y Salvini, los testimonios de judíos aplastados por el nazismo resuenan fuerte

ANTONIO MUÑOZ MOLINA

Prisioneras del campo de concentración de Auschwitz, en torno a 1944.
Prisioneras del campo de concentración de Auschwitz, en torno a 1944. / ULLSTEIN BILD GETTY IMAGES

Un día de marzo de 1933, la doctora Hertha Nathorff fue al cine en Berlín con una amiga y vio a Hitler en el palco de honor. Nathorff era una ginecóloga distinguida, con una consulta privada muy próspera y un puesto de dirección en una clínica en la que atendía sobre todo a mujeres. Su marido, también médico, dirigía un hospital importante en Berlín. Tenían un hijo de 10 años. Vivían en un apartamento grande y confortable. Como la doctora era alta y rubia, con los ojos muy claros, los pacientes no pensaban que pudiera ser judía. Un día, una señora a la que Nathorff había salvado la vida unos años atrás en un parto muy difícil vino a visitarla con el hijo nacido entonces, vestido orgullosamente con el uniforme de las Juventudes Hitlerianas. Muchas personas, observó la doctora, hacían comentarios antisemitas sin ningún tono de maldad, más bien como de oídas, como por distracción, por seguir la corriente. Cuando ella les hacía saber, con educación y firmeza, que también era judía, muchos de esos pacientes, hombres y mujeres, reaccionaban como avergonzados, o sorprendidos, o incómodos. Una señora le mandó después una carta pidiéndole disculpas y un ramo de flores.

La doctora Hertha Nathorff, una mujer cultivada que tocaba el piano y que en su juventud había vacilado entre hacerse médica o cantante de ópera, había anotado en su diario, el 30 de enero, el nombramiento de Hitler como canciller provisional de lo que todavía era la República de Weimar. En algunos pacientes había observado esos días caras de preocupación; en otros, de puro júbilo. Apenas dos meses después, la noche en que vio a Hitler en el palco del cine, ya había ardido el Reichstag y habían empezado las detenciones, los desfiles agresivos con antorchas, los primeros boicoteos a comercios judíos. Pero la fuerza narcótica de la normalidad es tan poderosa que muy pocas personas se daban cuenta de la escala de lo que ya estaba sucediendo. Hertha Nathorff llegó al cine con su amiga después de una jornada muy fatigosa en la clínica y observó que todo el mundo en el patio de butacas alzaba la mirada en la misma dirección, y allí estaba Hitler. Nathorff anota que había mucha agitación entre el público, pero no dice que sonara un aplauso. Lo que cuenta es que se fijó en los ojos y en las manos de Hitler, y le dijo a su amiga: “Este hombre será nuestra desgracia y la de Alemania. Lo tengo claro, ahora que he visto sus ojos y sus manos”. De lo que había visto en esos ojos y esas manos no dice nada más. Sabemos que los ojos eran muy claros y redondos, y que miraban con una intensidad entre demente e hipnótica. No recuerdo haber leído nada sobre las manos de Hitler.

Las de la doctora Nathorff tendrían la suavidad sensitiva, la capacidad de máxima y delicada precisión requeridas para tocar el piano, para auscultar la carne humana dolorida y practicar la cirugía. Unos meses más tarde, Hertha ­Nathorff había sido expulsada de su trabajo en el hospital. Al cabo de menos de seis años, cuando se miraba las manos, las veía rojas y ásperas, gastadas por el trabajo de fregar y limpiar, y ya temía que nunca más volvería a tocar el piano ni a examinar a un enfermo. En muy poco tiempo lo que parecía inconcebible había sucedido, lo sólido y lo normal y razonable se había desmoronado, y Hertha Nathorff, su marido y su hijo, después de ir perdiendo uno por uno todos los asideros que habían dado por firmes en sus vidas, eran tres exiliados sin oficio ni beneficio, sin amistades, sin posición social, tratando malamente de buscarse la vida en Nueva York. Porque habían logrado escapar de Alemania podían contarse entre los privilegiados. Pero el trauma del acoso gradual, del terror, de la exclusión, de la soledad sin amparo en una ciudad abrumadora y en un idioma que aún no conocían es probable que ya no los abandonara nunca. Un día de septiembre de 1941, Hertha Nathorff sale de su casa y echa andar hasta que se hace de noche y llega a la orilla del Hudson. Escribe en el diario: “El agua me llamaba, me atraía… Así que me quité los zapatos, el abrigo y el sombrero, y lo dejé todo en un banco, al lado del bolso”. La traducción de Virginia Maza es de una gran belleza. Parece que estamos leyendo una escena de esa tremenda novela de Isaac Bashevis Singer sobre exiliados europeos, Sombras sobre el Hudson. Cuando ya está a un paso del agua, Nathorff se detiene al oír una voz que le habla en alemán en la oscuridad: “¿Qué está haciendo? ¿Adónde va?”. A un desconocido, un compatriota igual de desterrado que se encontraba por azar junto al río, le debió esa noche Hertha Nathorff la vida.

En esta era de Trump, Bolsonaro y Salvini, los testimonios de judíos aplastados por el nazismo resuenan fuerte

Hemos leído otras veces historias semejantes. En el diario mucho más copioso de Victor Klemperer hemos podido asistir a ese acoso metódico y a la vez gradual que va haciendo que se vuelvan normales paso a paso crueldades y abusos inauditos. Habrá un día en que no podrás seguir ejerciendo como médico en la sanidad pública, aunque sí, temporalmente, mantener una consulta privada. Llegará otro en que no podrás ir por la acera, y otro en que no podrás sentarte en la mayor parte de los bancos públicos, aunque sí en algunos. La caída en el horror parece menos definitiva porque durante mucho tiempo habrá sido complicada, difusa, administrativa. Los que creías tus compatriotas, tus vecinos afables, hasta en algún caso tus amigos cercanos, no se habrán vuelto de golpe desconocidos y enemigos. Habrá alguno que te seguirá mandando una felicitación de cumpleaños, aunque con la precaución de no poner su nombre en el remite. Habrá quien te recomiende disimulo y paciencia, quien un día te vea de lejos y se cambie de acera. Todo son grados. Habrá quien aproveche tu desgracia para no devolverte un favor o pagarte una deuda, y quien no permita que su hijo siga jugando con el tuyo: y quien te delate, y quien te torture.

Llevo muchos años leyendo este tipo de testimonios, pero justo esta vez, al descubrir el diario de Hertha Nathorff, me doy cuenta de que ahora, en la edad de Trump, Bolsonaro, Salvini, Orbán, Putin, de las multitudes de nuevo intoxicadas por las pasiones cerriles del nacionalismo y la xenofobia, las leo de otra manera. La posibilidad de lo inimaginable y de lo peor ya no pertenece solo a los libros de historia.

Diario de una alemana. Hertha Nathorff. Traducción de Virginia Maza. Libros de Trapisonda, 2018. 223 páginas. 15,55 euros.

https://elpais.com/cultura

Libros que nos inspiran: ‘La soledad del país vulnerable’, de Florentino Rodao

Libros que nos inspiran: 'La soledad del país vulnerable', de Florentino Rodao

SERGIO PARRA

Japón es lo más parecido a un planeta extraterrestre. Es como adentrarse en la vida cotidiana de una tribu perdida para dar una clase avanzada de antropología. Pero todo eso sin prescindir de un Starbucks. Es decir, sin abandonar el Primer Mundo.

Pero Japón no fue siempre así. De hecho, fue a raíz de la Segunda Guerra Mundial donde adquirió gran parte de las características que hoy reconocemos como idiosincrásicas: obsesión por la tecnología, amor por la gastronomía, etc. La soledad del país vulnerableexplora estos años decisivos desde diversos puntos de vista, desde el sociológico hasta el tecnológico, pasando por el político y otros.

Fascinante Japón

Florentino Rodao es catedrático acreditado en la Universidad Complutense de Madrid, con un doctorado por la universidad de Tokio y otro en la Complutense. Ha impartido clases en Japón, Estados Unidos, Filipinas y Puerto Rico, y en La soledad del país vulnerable despliega una erudición extraordinaria a propósito de los detalles más nimios, esos que suelen pasar desapercibidos, de esta sociedad tan compleja: lejos de cumplir con todos los estereotipos que les hemos adjudicado (puntualidad, amabilidad, civismos, trabajo, etc.), en realidad Japón es un mosaico, con subidas y bajadas, con claros y oscuros.

También es un país que se ha concebido tomando prestadas ideas y costumbres de otros países, desde Estados Unidos, tras la Segunda Guerra Mundial, como China. Veamos el ejemplo de los palillos para comer. Los japoneses tardaron más en adoptar la cultura de los palillos que los chinos, de quienes tomaron prestada la idea. No fue hasta el siglo VIII cuando los palillos sustituyeron a las manos entre la gente corriente. Los palillos japoneses suelen ser más cortos que los chinos: unos 22 cm frente a 26, y acaban en punta, a diferencia de los segundos, que son planos.

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Por ello, el libro de Rodao ha sido fuente de inspiración para artículos de Xataka Ciencia como La persona que divulgó las bondades de la energía nuclear en Japón.

La soledad del país vulnerable busca profundizar en las peculiaridades de Japón, en su historia más reciente y en el porqué de las diferencias en la sociedad y en la cultura a través de dos enfoques complementarios. Por un lado, la evolución histórica de Japón desde que «abrazara» su derrota, en 1945, y a través de multitud de aspectos de la vida diaria: la educación, el trabajo, la ley, la mujer, la sexualidad, la familia, el consumo, la burocracia, las religiones o los suicidios. Por otro lado, las cualidades que han servido a Japón para superar sus desafíos: la temeridad de sus empresas al afrontar sus inversiones, la capacidad de convertir una relación desigual en beneficio propio, el uso de la ciencia una vez que el país quedó derrotado y solitario y una cultura del desastre bien engrasada para afrontar sus vulnerabilidades.

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Apuntes sobre cómo escribía Hemingway

Por Mar Abad

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Ernest Hemingway escribía en el dormitorio de su casa de La Habana. Tenía un estudio en una esquina de la planta alta pero prefería trabajar en su habitación. ‘La torre’, como él la llamaba, solía estar vacía. Sólo la visitaba cuando alguno de sus personajes lo llevaba hasta allí.

El escritor se lo contó a un periodista de The Paris Review una tarde de mayo de 1954 en un café de Madrid. George Plimpton había viajado hasta ahí para preguntarle por sus hábitos de trabajo. Hemingway le dijo que escribía de pie, sobre una mesa a la altura del pecho, donde tenía sus libretas y una máquina de escribir. Era un hábito que tuvo desde que el principio.

El autor de Fiesta empezaba todos sus relatos con un lápiz y un papel blanco. Al lado, tenía siempre su máquina, que usaba para construir las partes sencillas (como los diálogos, según decía) y cuando tenía muy claro qué iba contar. Con el tiempo, su letra se fue haciendo más grande y aniñada. Apenas usaba mayúsculas y signos de puntuación, y a menudo, en vez de un punto, escribía una ‘X’.

El Premio Pulitzer (1953) y Nobel de literatura (1954) anotaba todos los días, en una lámina en la pared, las palabras que había escrito. Era su forma de visualizar cómo había ido el día de trabajo: «450, 575, 462, 1250, 512». El objetivo era alcanzar unas 500 o 600. Nunca dijo que escribir fuera ni rápido ni fácil. Esos extraños picos de sobreesfuerzo que superan las mil palabras sólo se justificaban por una causa: poder ir a pescar o cazar al día siguiente sin remordimientos.

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Hemingway era un hombre de rutinas. Al amanecer se levantaba para trabajar hasta las 11 o las 12 del mediodía. A esa hora paraba e iba a nadar. Trabajaba rodeado de libros y siempre estaba leyendo alguno. Tenía cientos por todas las habitaciones de su casa. De Virginia Wolf, Ben Ames Williams, Charles A. Beard, Peggy Wood, Baldwin, T.S. Elliot…

Esa tarde en Madrid, Plimpton quería hablar con el periodista de Illionois (EEUU) sobre su habilidad para escribir. Buscaba alguna respuesta al eterno misterio de la creación artística, como ya lo persiguió Stefan Zwieg en otros artistas dieciséis años antes. Pero a Hemingway nunca le gustó hablar del tema. A menudo repetía que la escritura es un acto privado, que requiere soledad y concentración, y que no se ha de mostrar hasta que la obra esté acabada. Era incluso una superstición. «El hombre que conozco que mejor habla sobre su oficio es el matador Juan Belmonte. Tiene la lengua más agradable y a la vez más pícara del mundo».

En esa entrevista, publicada ahora de nuevo en Ernest Hemingway, The Last Interwiew, de Melville House Publishing, Plimpton le preguntó:

—¿Son placenteras esas horas del proceso de escritura?

—Mucho.

—¿Podrías contar algo de este proceso?

—Cuando estoy trabajando en un libro o una historia, empiezo a escribir cada mañana tan pronto sale el sol. Nadie te distrae a esa hora. Hace fresco o frío y te vas concentrando y entrando en calor conforme escribes. Lees lo que has escrito y paras cuando sabes qué va a ocurrir después. Escribes hasta que llegas a un lugar donde todavía estás inspirado. Ahí paras hasta el día siguiente. Empezaste a las seis de la mañana, digamos, y puedes llegar hasta las 12 del mediodía. Cuando acabas, estás tan vacío, y a la vez tan lleno, como cuando haces el amor con alguien a quien amas. Nada puede hacerte daño, nada puede pasar, nada importa hasta el día siguiente cuando vuelves a escribir.

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Hemingway retocaba todos los días el texto que escribía el día anterior. Al leer la obra completa, seguía reescribiendo. Después de que alguien pasara el manuscrito a máquina, hacía más correcciones. Antes de ir a imprenta, miraba las pruebas e introducía más cambios. Todos los que hicieran falta. Adiós a las armas tuvo 39 finales. Todos los días escribía uno distinto hasta que encontró uno que le gustó de verdad.

«No te desanimes porque haya mucho trabajo mecánico en la escritura», dijo Hemingway a Arnold Samuelson, un aspirante a escritor, en 1934. «El primer borrador es una mierda. Cuando empiezas a escribir, toda la emoción es para ti y el lector no percibe nada, pero aprenderás que tu objetivo es que el lector lo recuerde, no como una historia que ha leído, sino como algo que le ha ocurrido. Esa es la verdadera prueba de la escritura. Cuando puedas hacer eso, el lector sentirá la emoción y tú no tendrás ninguna. Tú tienes que hacer el trabajo duro y cuanto mejor escribas, más duro es, porque cada historia tiene que ser mejor que la anterior».

Trabajar en pijama y en cualquier sitio no es un invento del siglo XXI. Hemingway escribía en su casa, en hoteles, en bares. «Trabajo muy bien en cualquier sitio», comentó a Plimpton. El único obstáculo era el mismo que el actual: las interrupciones. «El teléfono y las visitas son los destructores del trabajo. (…) Puedes escribir en cualquier momento que la gente te deje solo y no te interrumpa». Aunque al menos se salvó del correo electrónico y WhatsApp.

Hemingway vivió en Cuba porque le gustaba el país y ahí encontró privacidad para escribir. En una entrevista con The Atlantic Monthly, en diciembre de 1954, publicada también en The Last Interview, explicó: «Si quiero ver a alguien, voy a la ciudad. (…) Solía tener privacidad en Key West, pero empecé a perderla y, cuando tenía que trabajar y había mucha gente por allí, me venía al Hotel Ambos Mundos, en La Habana».

En 1938, dejó su casa de Key West, en Florida (EEUU) y compró otra en Francisco de Paulo, en las afueras de la capital cubana. En la puerta de su nuevo hogar colgó un cartel que decía: ‘No se admiten visitas sin cita previa’. Un día de primavera de 1958 un periodista freelance que trabajaba para la revista Esquire asaltó su concentración y llegó a la villa sin avisar. El escritor lo recibió.

—Has venido a mi casa sin permiso. Eso no está bien —le dijo—. Estoy trabajando en un libro y no concedo entrevistas. Quiero que quede claro. Pero, venga, pasa.

El escritor vestía pantalones marrones de pescar, una camiseta roja y unas zapatillas de deporte azules. «Ropa cómoda para trabajar», como describió Lloyd Lockhart, el autor de la entrevista de Esquire. Quizá eso, como ocurre hoy, despistara a muchos que no conciben que dentro de un dormitorio y en ropa de algodón se han creado obras sublimes.

—La gente no entiende que soy un escritor profesional. Escribo para ganarme la vida —le explicó—. Todo el mundo que viene a Cuba pasa a verme para charlar un rato, si les dejo.

Ernest Hemingway siempre quiso ser escritor. Decía que cuando mejor se escribe es cuando uno está enamorado. «Una vez que la escritura se ha convertido en tu mayor vicio y tu mayor placer, sólo la muerte puede pararlo. La seguridad financiera es la mejor ayuda porque evita que estés preocupado. Y eso es importante porque la intranquilidad destruye la habilidad de escribir», indicó a Plimpton.

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En el Hotel Dorchester, Londres, 1944

El escritor citaba entre sus maestros a Mark Twain, Flaubert, Stendhal, Bach, Tolstoy, Dostoyevsky, Chekhov, Kipling, Thoreau, Shakespeare, Mozart, Quevedo, Dante, Virgilio, San Juan de la Cruz, Góngora, Tintoretto, Goya, Cézanne, Van Gogh, Gauguin… Incluía a pintores porque de ellos también aprendió a escribir. En sus cuadros le enseñaron de composición, contraposición y armonía tanto como los escritores. De su tiempo y de otras épocas, porque, a su juicio, «los escritores vivos pueden aprender mucho de los muertos».

La música también debió dejar un poso. De pequeño tocaba el chelo. Su madre estaba convencida de que su hijo tenía talento y durante un año lo sacó del colegio para que sólo se dedicara a ello. En casa tocaba música de cámara, junto a su madre, al piano, y su hermana, a la viola. Pero a él no le interesaba demasiado. Si se hubiese dedicado a algo más que escribir y pescar —indicó a Robert Manning, en su entrevista para The Atlantic Monthly— hubiera sido pintor.

Plimpton le preguntó cómo decidía los títulos de sus obras. «Hago una lista de títulos después de terminar la historia del libro. A menudo incluso unos cientos. Entonces empiezo a eliminar algunos. A veces, todos».

Hemingway consideraba que «el mejor don que puede tener un escritor es un detector de mierda antichoque incorporado. Ese es el radar de un escritor y todos los buenos deben tenerlo».

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Al escritor aventurero que sufrió dos accidentes de avión seguidos en África en 1952 no le gustaba escribir al final del día. «Nunca trabajo de noche. Hay muchas diferencias entre el pensamiento diurno y el pensamiento nocturno. Las ideas que surgen de noche no suelen llevar a nada. Lo que haces de noche acabas rehaciéndolo de algún modo de día».

Tampoco le gustaba la popularidad. Al periodista de Esquire le dijo: «No quiero ser famoso. No me gusta la publicidad. Todo lo que pido a la vida es escribir, cazar, pescar y ser un desconocido. La fama me amarga la vida». Él vivía para sus historias: «Hay muchas cosas que me gustan y que puedo hacer cosas mejor que escribir, pero cuando no escribo me siento una mierda. Tengo ese talento y siento que lo estoy desperdiciando». 

El escritor se suicidó el 2 de julio de 1961. Antes lo hizo su padre y después su hermana Ursula y su hermano Leicester. «Ya sabes, mi padre se pegó un tiro», comentó a Manning, en su entrevista para The Atlantic Monthly, siete años antes. «Es un derecho que tiene todo el mundo, pero hay un cierto egoísmo y una cierta desconsideración hacia los demás».

Tres años antes de que Hemingway se dispararse con su escopeta preferida, Lloyd Lockhart le preguntó:

—¿Cuál es la fórmula para sacar el máximo provecho a la vida?

—No busques emociones. Deja que las emociones vengan a ti.

Apuntes sobre cómo escribía Hemingway
Apuntes sobre cómo escribía Hemingway
Apuntes sobre cómo escribía Hemingway

Este artículo se publicó por primera vez el 10 de mayo de 2016 y ha sido actualizado ahora con nuevo contenido.

Obra completa de Sigmund Freud en español para descargar

Obra completa de Sigmund Freud en español para descargar

Descargar la Obra completa de Sigmund Freud en español:

Les compartimos la obra completa de Sigmund Freud traducida al castellano bajo la editorial Amorrortu, Buenos Aires. Contiene 25 PDFs de 25 volumenes:

Detalle:

FREUD, Sigmund (1886-1899) – Obras completas, I. Publicaciones prepsicoanalíticas y manuscritos inéditos en vida de Freud (Amorrortu, Buenos Aires, 1982-1992).
FREUD, Sigmund (1893-1895) – Obras completas, II. Estudios sobre la histeria (Josef Breuer y Sigmund Freud) (Amorrortu, Buenos Aires, 1978-1992).
FREUD, Sigmund (1893-1899) – Obras completas, III. Primeras publicaciones psicoanalíticas (Amorrortu, Buenos Aires, 1981-1991).
FREUD, Sigmund (1900-1900) – Obras completas, IV. La interpretación de los sueños (primera parte) (Amorrortu, Buenos Aires, 1979-1991).
FREUD, Sigmund (1900-1901) – Obras completas, V. La interpretación de los sueños (segunda parte); Sobre el sueño (Amorrortu, Buenos Aires, 1979-1991).
FREUD, Sigmund (1901-1901) – Obras completas, VI. Psicopatología de la vida cotidiana (Amorrortu, Buenos Aires, 1980-1991).
FREUD, Sigmund (1901-1905) – Obras completas, VII. Fragmento de análisis de una caso de histeria (Dora); Tres ensayos de teoría sexual y otras obras (Amorrortu, Buenos Aires, 1978-1992).
FREUD, Sigmund (1905-1905) – Obras completas, VIII. El chiste y su relación con lo inconciente (Amorrortu, Buenos Aires, 1979-1991).

FREUD, Sigmund (1906-1908) – Obras completas, IX. El delirio y los sueños en la «Gradiva» de W. Jensen y otras obras (Amorrortu, Buenos Aires, 1979-1992).
FREUD, Sigmund (1909-1909) – Obras completas, X. Análisis de la fobia de un niño de cinco años (el pequeño Hans); A propósito de un caso de neurósis obsesiva (el «Hombre de las Ratas») (Amorrortu, Buenos Aires).
FREUD, Sigmund (1910-1910) – Obras completas, XI. Cinco conferencias sobre psicoanálisis; Un recuerdo infantl de Leonardo da Vinci y otras obras (Amorrortu, Buenos Aires).
FREUD, Sigmund (1911-1913) – Obras completas, XII. Sobre un caso de paranoia descrito autobiográficamente (Schreber); Trabajos sobre técnica psicoanalítica y otras obras (Amorrortu, Buenos Aires, 1980-1991).
FREUD, Sigmund (1913-1914) – Obras completas, XIII. Tótem y tabú y otras obras (Amorrortu, Buenos Aires, 1980-1991).
FREUD, Sigmund (1914-1916) – Obras completas, XIV. Contribución a la historia del movimiento psicoanalítico; Trabajos sobre metapsicología y otras obras (Amorrortu, Buenos Aires, 1979-1992).
FREUD, Sigmund (1915-1916) – Obras completas, XV. Conferencias de introducción al psicoanálisis (Partes I y II) (Amorrortu, Buenos Aires, 1978-1991).
FREUD, Sigmund (1916-1917) – Obras completas, XVI. Conferencias de introducción al psicoanálisis (Parte III) (Amorrortu, Buenos Aires, 1978-1991).
FREUD, Sigmund (1917-1919) – Obras completas, XVII. De la historia de una neurosis infantil (El «Hombre de los Lobos») y otras obras (Amorrortu, Buenos Aires, 1979-1992).
FREUD, Sigmund (1920-1922) – Obras completas, XVIII. Más allá del principio de placer; Psicología de las masas y análisis del yo y otras obras (Amorrortu, Buenos Aires, 1979-1992).
FREUD, Sigmund (1923-1925) – Obras completas, XIX. El yo y el ello y otras obras (Amorrortu, Buenos Aires, 1979-1992).
FREUD, Sigmund (1925-1926) – Obras completas, XX. Presentación autobiográfica; Inhibición, síntoma y angustia; ¿Pueden los legos ejercer el análisis y otras obras (Amorrortu, Buenos Aires, 1979-1992).
FREUD, Sigmund (1927-1931) – Obras completas, XXI. El porvenir de una ilusión; El malestar en la cultura y otras obras (Amorrortu, Buenos Aires, 1979-1992).
FREUD, Sigmund (1932-1936) – Obras completas, XXII. Nuevas conferencias de introducción al psicoanálisis y otras obras (Amorrortu, Buenos Aires, 1979-1991).
FREUD, Sigmund (1937-1939) – Obras completas, XXIII. Moisés y la religión monoteísta; Esquema del psicoanálisis y otras obras (Amorrortu, Buenos Aires, 1980-1991).
FREUD, Sigmund – Obras completas, XXIV. Índices y bibliografías (Amorrortu, Buenos Aires).
FREUD, Sigmund; ETCHEVERRY; José Luis – Obras completas, XXV. Sobre la versión castellana (Amorrortu, Buenos Aires).

Incluye todas las portadas.

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Extracciones: Tan real como el pavo [Laura Fuksman]

Extracciones: Tan real como el pavo [Laura Fuksman]

formas de devenir: cartografía del recuerdo

PUSO LAS MANOS EN SUS HOMBROS Y LO MIRÓ UN LARGO RATO DE UNA MANERA PROFUNDA, APASIONADA Y AL MISMO TIEMPO INQUISITIVA. ESTUDIABA SU ROSTRO PARA COMPENSAR EL TIEMPO QUE HABÍA PASADO SIN VERLO.HACÍA LO QUE SIEMPRE HACÍA AL VERLO: COMPARAR LA IMAGEN DE ÉL QUE TENÍA EN SU IMAGINACIÓN (INCOMPARABLEMENTE SUPERIOR, Y EN REALIDAD IMPOSIBLE) CON ÉL TAL COMO ERA.
TOLSTOI, ANA KARENINA

Tan real como el pavo es un poemario que pliega y despliega sus poemas a través/a raíz de un mantra/un estribillo. Los textos superponen entre sí diversas formas de dar comienzo/final —paradójicamente— a una historia de «amor», combinándose como postales móviles juegan con la idea de verosimilitud, mientras sumergen al lector en un libre albedrío, en la fantasía sobre: ¿cuál de todas las opciones es la verdadera sobre cómo empezó?: «Todo comenzó bajo el calor de enero / como despedida antes del viaje» o «Todo comenzó aquella tarde de invierno / la Santa Fé marcándome / el rumbo a tu encuentro», o quizás: «Todo comenzó aquel mediodía / un perfecto azul / nos abrigaba a ambos».

Una serie de imágenes poderosas que se balancean entre lo feroz y lo sutil, construyendo la poética del libro, dentro de una baraja de texturas e intenciones, que tienen como fin el mismo desenlace: un efecto dominó, un efecto de superficie que descarrila y comienza a transitar -en degradé- lo «rancio», el desgaste de un vínculo. Cada poema circula alrededor de un espacio ya habitado por la ausencia del otrx. Con el pasar de las páginas, la cadencia se intensifica, cada texto es un eslabón que, sumado a los otros, va transformando ausencia en nitidez.

Las sensaciones desbordan y bordean el bosquejo de lo que fue, lo que sucedió, entre restos y retos del propio yo, arrepentimientos: «Nunca debí olvidar», «No debí desestimar las señales», «y olvidaste que aún en el freezer / todo tiene fecha de caducidad».

Como sugiere Anne Carson: «Los bordes del espacio son los bordes de las cosas que amamos, cuyas desarmonías hacen que nuestra mente se mueva. Y allí está Eros, un realista nervioso en este campo sentimental, que actúa por amor a la paradoja, es decir, mientras pliega el objeto amado y lo oculta para volverlo un misterio, para hacerlo un punto ciego en el que pueda flotar conocido y desconocido, real y posible, cercano y lejano, deseado y capaz de atraernos».

Hay algo que recorre/puebla los textos de Laura Fuksman, ninguna imagen se agota en sí misma, cada poema es una construcción de puntos correlativos condensados en un lugar. Y es en ese recorte de tiempo que deviene relato/recuerdo, donde reside la eficacia. Toda expresión es subjetiva, personal, y a la vez traza un paralelismo: «Los momentos felices, las salidas / las charlas al sol / sobre la textura que tendrían / los copos de algodón / que regalaban los palos borrachos». Entonces: la ambigüedad como un rugido manso o un graznido.

Podemos pensar este libro como un ciclo: una rueda/una ruleta de principios y finales que se intercalan dentro de eso que es real, auténtico. Ahora el deseo demuele el tiempo, desplaza el eco del pasado y lo transforma en una perspectiva desde donde es posible mirar. Una llave.

«Por leer tu mensaje / anunciando que no llegarías / no percibí / lo rancio del ambiente / avant premiere de lo que traería julio. // Después, todo el desenlace / con la rapidez del diluvio // que no nos trajo / la suerte que siempre / auguran las comadres».

Ana Claudia Díaz


*

Todo comenzó en la oscuridad
la estrepitosa caída del imán
y las astillas que quedaron sobre la baldosa de la cocina.
Lo que siguió a tu rugido
fue ejercicio de buenos modales:
acariciar la gata
ofrecerme un té.

Subterráneo, el temblor
suave no cesó hasta despertar
al demonio que habita en los arenales.

*

Todo comenzó en el gran salón
la reunión
íntima y pagana
la presentación del padrino y los buenos augurios
Los momentos felices, las salidas
las charlas al sol
sobre la textura que tendrían
los copos de algodón
que regalaban los palo borrachos.

Todo cambió
con los mellizos a cuestas.
Chinas atacando Kamchatkas.
Silencios-lanza
y la herida que cicatrizaba
volvió a sangrar.

Nunca debí olvidar
lo difícil que te resultaba
pasear en tándem.

*

Todo comenzó aquella noche
jugabas al agrimensor
la insistencia de medir
lo que era tuyo, lo que era mío
imposible escriturar a nombre de
un nosotros.
Separar las partes:
ahí donde todo era entero
aparecieron lotes
y quisiste demarcarlos bien
y pusiste una cerca
y la alambraste con púas
y te fuiste saltando la tranquera

pero antes la electrificaste,
Todo por si acaso.

*

Todo terminó
con el calor de la terraza,
la esquina reservada
donde la luna enorme
nos iluminaba
con su imperfecta redondez.

De este lado de la bailanta
todo comenzaba nuevamente.


Portada Tan real como el pavo
Laura Fuksman, Tan real como el pavo. Patronus, 2019.

Foto Laura Fuksman

LAURA FUKSMAN. Nació en Buenos Aires a fines de 1970, bajo el signo de Sagitario. Publicó los libros de poesía Hostal Klezmer (Zindo & Gafuri, 2016) y Tan real como el pavo (Patronus, 2019).

https://jampster.cl

Plantar un árbol aunque se acabe el mundo

Las instituciones tienen la obligación de proporcionar una vida digna a los que quieren seguir, pero también un final a los que quieren irse

GUILLERMO ALTARES

Francisco Luzón, exbanquero enfermo de ELA.
Francisco Luzón, exbanquero enfermo de ELA. CARLOS ROSILLO

El gran autor de ciencia ficción Ray Bradbury escribió un cuento de apenas cuatro páginas titulado La última noche del mundo, que forma parte del volumen El hombre ilustrado. En él relata la historia de una pareja que espera con tranquilidad el fin de la vida en el planeta. Cuando están acostados esperando que todo acabe, ella se levanta y vuelve unos instantes después. “Me había olvidado de cerrar los grifos”, explica. “Había algo tan cómico que el hombre tuvo que reírse. La mujer también se rió. Al final dejaron de reírse y se tendieron inmóviles en el fresco lecho nocturno, tomados de la mano y con las cabezas juntas. ‘Buenas noches’, dijo el hombre. ‘Buenas noches’, dijo la mujer”.

Así acaba un texto considerado por muchos como uno de los grandes relatos de la literatura estadounidense —en su libro de juventud que se acaba de reeditar, Ray Bradbury. Un humanista del futuro (Hatari Books), el cineasta José Luis Garci lo califica como el mejor del autor—. Es difícil que no venga a la mente después de leer la impresionante entrevista que Luz Sánchez-Mellado le hizo en EL PAÍS este domingo a Francisco Luzón, de 71 años, un exdirectivo del Banco Santander que sufre ELA, una enfermedad neuromuscular incurable, que le incapacita en un 100%. Luzón vive gracias a la ayuda de aparatos y, recalca, el cariño de su familia.

Cuando Sánchez-Mellado le pregunta sobre su elección de decidir vivir incluso en esas condiciones y sobre si alguna vez piensa en no despertar, Luzón responde: “Siempre quiero despertar mañana. Plantaría un árbol aunque el mundo se acabara mañana”. Como en el cuento de Bradbury, sus palabras simbolizan la fuerza de la vida cotidiana, la victoria de la esperanza sobre la realidad, el extraño optimismo que nos lleva a vivir sabiendo que, tarde o temprano, todo se acabará. Los estoicos, la escuela de pensamiento que nació en la Grecia del helenismo, teorizaron sobre esto y sobre el deber de todo ser humano de tener control último sobre su vida (y, por lo tanto, sobre su muerte) como garantía absoluta de su libertad. Las instituciones tienen la obligación de proporcionar una vida digna a los que quieren seguir, pero también un final a los que quieren irse. Y eso incluye un marco legal para ellos y los que les ayuden.

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La obsesión por la carne, una historia de más de 2 millones de años

La periodista polaca Marta Zaraska publica en castellano ‘Enganchados a la carne’ (Plaza y Valdés). En él, hace un repaso histórico y sociológico para tratar de explicar de dónde viene la querencia del ser humano por los productos cárnicos. 

Un carnicero corta un filete en una carnicería de Toronto, Canada. REUTERS/Hyungwon Kang
Un carnicero corta un filete en una carnicería de Toronto, Canada. REUTERS/Hyungwon Kang

ALEJANDRO TENA

Es difícil salir a cenar y encontrar un menú en el que la mayoría de platos ofertados estén libres de carnes. El consumo de productos animales parece inherente al ser humano. Aunque cada vez hay más colectivos que, en base a discursos basados en la ética animal, pugnan por el fin de este hábito de consumo, la realidad es que la carne sigue siendo vicio difícil de combatir. Pero, ¿por qué? Esa es la pregunta que trata de resolver la periodista polaca Marta Zaraska en su libro Enganchados a la carne, un ensayo que trata de hallar las razones sociológicas y biológicas de la dieta carnívora.

La ciencia advierte, “los consumidores de grandes cantidades de carne tienen un riesgo entre el 20% y el 30% mayor de padecer cáncer colorrectal”, detalla el libro. Sin embargo, toda esta cantidad de informes, que además advierten de las amenazas ambientales que supone la industria cárnica, no tienen apenas repercusiones en los hábitos de consumo de los seres humanos que parecen padecer una adicción. De hecho, los datos apuntan a que este gusto masivo por la carne se encuentra en una tendencia al alza.”Gastamos más energías en buscar transportes eléctricos que en reducir el consumo de carne”

Los medios de comunicación se han centrado más en los problemas medioambientales –también importantes– que suponen las dietas cárnicas. En un ejercicio de utopía, Zaraska explica que si todo el mundo se volviera vegano de la noche a la mañana el efecto en el planeta sería el mismo que si se suprimieran todos los medios de transporte. Sin embargo, esta realidad suele pasar desapercibida. “Seguimos gastando muchas de nuestras energías en nuevos transportes eléctricos y limpios en lugar de tratar de reducir el consumo de carne”, declara la periodista polaca, que ha venido a España a presentar su libro.

Todo tiene que ver con un estado de adicción a la carne. Según explica la autora, esta obsesión del ser humano comenzó cuando la tierra era aún virgen, unos 2,5 millones de años atrás; momento en el que el organismo de nuestros ancestros se consiguió adaptar al consumo de carne no humana. “Tenían las herramientas para obtenerla y el cuerpo para digerirla”, apunta el ensayo. Un cambio climático acontecido durante la época provocó un descenso de las precipitaciones y, por ende, menos cantidad de frutas y bayas que recolectar.

Los australopitecus, eligieron comer plantas de menor calidad. Los primeros Homo, por su parte, decidieron abrazar la carne –complementada con la dieta vegetal– y empezaron beneficiarse, como explica la autora, “de la abundancia de herbívoros que había en la sábana”. ¿Vieron a un depredador devorar un antílope? ¿Se toparon con un animal muerto y decidieron rapiñar? No hay evidencias que nos permitan explicar este cambio, pero si sabemos por estudios prehistóricos que fue en esta época –2,5 millones de años atrás– cuando nuestros antepasados pusieron la primera piedra para que McDonalds, Burger King y otras cadenas se enriquecieran a costa de la manía carnívora. 

Una adicción cultural

El origen del consumo carne está claro. Es un método de supervivencia adoptado por el ser humano que atiende a razones biológicas y evolutivas. “Los primeros homínidos se dieron cuenta de que la carne les aportaba una mayor sensación de energía y les saciaba más”, manifiesta la escritora. “Su sabor se tiende a relacionar con una mayor presencia de proteínas”, añade. No obstante, las razones evolutivas no son suficientes para entender como este producto ha conseguido mantenerse durante toda la historia de la humanidad como uno de los más anhelados. “La carne es un sinónimo de poder que ha imperado a lo largo del tiempo”

La historia cultural de la humanidad nos puede dar alguna pista. Tanto es así, que según la autora del libro, la carne ha estado asociada con el poder y la ostentación.
Cazar un mamut o una pieza pesada suponía el reconocimiento social dentro del seno de la tribu, ya que, sin congeladores, el animal terminaba siendo compartido. Ese podría ser el comienzo de todo. Incluso, la razón que explica el proceso evolutivo por el que la humanidad terminó convirtiéndose en lo que es hoy
.

Ese mismo nexo entre poder y carne se mantuvo en la etapa medieval y la edad moderna, cuando un buen chuletón era inalcanzable para la gleba y los estratos sociales más bajos. Garbanzos y lentejas para los campesinos, cochinillo para el señor del castillo. “La carne es sinónimo de poder, es algo que ha imperado a lo largo del tiempo y ha llegado hasta nuestros días”, declara la experta. El vínculo del consumo cárnico con las altas esferas se fue articulando a lo largo de la historia, hasta el triunfo del liberalismo, cuando las chuletas pasaron a ser un producto más sujeto a las leyes de la oferta y la demanda. 

En nuestra época la adicción a la carne es tal que los propios veganos buscan alimentos con forma y sabor a carne. Se podría decir que es como una especie de droga de la que nos es difícil separarnos. Tanto, que uno de cada tres vegetarianos come carne cuando está borracho, lo que recuerda a aquellos que recaen en el tabaquismo tras tomarse un par de copas. Aunque se podría seguir estableciendo vínculos entre el poder la carne, en la actualidad el lobby de la industria cárnica es uno de los elementos sociales que permiten que esta dependencia se mantenga en alza.

Asociación Estadounidense de Criadores de Ganado Vacuno, Consejo Estadounidense de Productos de Cerdo, Asociación de Procesadores de Carne, Asociación Canadiense de Ganaderos, Asociación Nacional de Industrias de la Carne de España, Federación Empresarial de Carnes e Industrias Cárnicas… La lista de organizaciones en defensa de la producción cárnica es inacabable. Éstas se articulan como grupos de presión que, entre otras cosas, patrocinan informes, artículos y estudios pseudocientíficos con el fin de defender sus intereses económicos. 

Brocheta de verduras con aceite de oliva. / Pixabay

La transición alimenticia

“La máquina sigue rodando y pararla es complicado”, opina Zaraska, que estima que el crecimiento demográfico que está experimentando la Tierra podría suponer que “la demanda de carne sea cuatro veces superior de aquí a 2050”, lo cual es incompatible con los límites físicos del planeta. “Se nos queda pequeño”. En virtud de ello, la autora reclama en su ensayo una transición alimenticia hacia unos hábitos de consumo basados en verduras, cereales, fruta y legumbres como las lentejas o las judías.”¿Qué salva más vidas: una persona que deja de comer carne o millones de personas que eliminan una comida a base de carne al mes?”

“Ya hemos hecho cosas así en el pasado”, argumenta. Lo cierto es que a lo largo de la historia el ser humano a reacondicionado sus dietas en función de las necesidades del ecosistema. India, por ejemplo, vetó el consumo de vacas a través del poder de la religión debido a los problemas económicos asociados a este animal, tal y como explicaba el antropólogo norteamericano Marvin Harris. Zaraska no reclama una prohibición pero si un cambio que, a su juicio, no puede pasar por “las barricadas” entre vegetarianos y carnívoros. 

“Piénsalo: ¿Qué salva más vidas, una persona que deja de comer carne por completo o millones de personas que eliminan una comida a base de carne al mes?”, zanja el libro. 

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