Apuntes sobre cómo escribía Hemingway

Por Mar Abad

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Ernest Hemingway escribía en el dormitorio de su casa de La Habana. Tenía un estudio en una esquina de la planta alta pero prefería trabajar en su habitación. ‘La torre’, como él la llamaba, solía estar vacía. Sólo la visitaba cuando alguno de sus personajes lo llevaba hasta allí.

El escritor se lo contó a un periodista de The Paris Review una tarde de mayo de 1954 en un café de Madrid. George Plimpton había viajado hasta ahí para preguntarle por sus hábitos de trabajo. Hemingway le dijo que escribía de pie, sobre una mesa a la altura del pecho, donde tenía sus libretas y una máquina de escribir. Era un hábito que tuvo desde que el principio.

El autor de Fiesta empezaba todos sus relatos con un lápiz y un papel blanco. Al lado, tenía siempre su máquina, que usaba para construir las partes sencillas (como los diálogos, según decía) y cuando tenía muy claro qué iba contar. Con el tiempo, su letra se fue haciendo más grande y aniñada. Apenas usaba mayúsculas y signos de puntuación, y a menudo, en vez de un punto, escribía una ‘X’.

El Premio Pulitzer (1953) y Nobel de literatura (1954) anotaba todos los días, en una lámina en la pared, las palabras que había escrito. Era su forma de visualizar cómo había ido el día de trabajo: «450, 575, 462, 1250, 512». El objetivo era alcanzar unas 500 o 600. Nunca dijo que escribir fuera ni rápido ni fácil. Esos extraños picos de sobreesfuerzo que superan las mil palabras sólo se justificaban por una causa: poder ir a pescar o cazar al día siguiente sin remordimientos.

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Hemingway era un hombre de rutinas. Al amanecer se levantaba para trabajar hasta las 11 o las 12 del mediodía. A esa hora paraba e iba a nadar. Trabajaba rodeado de libros y siempre estaba leyendo alguno. Tenía cientos por todas las habitaciones de su casa. De Virginia Wolf, Ben Ames Williams, Charles A. Beard, Peggy Wood, Baldwin, T.S. Elliot…

Esa tarde en Madrid, Plimpton quería hablar con el periodista de Illionois (EEUU) sobre su habilidad para escribir. Buscaba alguna respuesta al eterno misterio de la creación artística, como ya lo persiguió Stefan Zwieg en otros artistas dieciséis años antes. Pero a Hemingway nunca le gustó hablar del tema. A menudo repetía que la escritura es un acto privado, que requiere soledad y concentración, y que no se ha de mostrar hasta que la obra esté acabada. Era incluso una superstición. «El hombre que conozco que mejor habla sobre su oficio es el matador Juan Belmonte. Tiene la lengua más agradable y a la vez más pícara del mundo».

En esa entrevista, publicada ahora de nuevo en Ernest Hemingway, The Last Interwiew, de Melville House Publishing, Plimpton le preguntó:

—¿Son placenteras esas horas del proceso de escritura?

—Mucho.

—¿Podrías contar algo de este proceso?

—Cuando estoy trabajando en un libro o una historia, empiezo a escribir cada mañana tan pronto sale el sol. Nadie te distrae a esa hora. Hace fresco o frío y te vas concentrando y entrando en calor conforme escribes. Lees lo que has escrito y paras cuando sabes qué va a ocurrir después. Escribes hasta que llegas a un lugar donde todavía estás inspirado. Ahí paras hasta el día siguiente. Empezaste a las seis de la mañana, digamos, y puedes llegar hasta las 12 del mediodía. Cuando acabas, estás tan vacío, y a la vez tan lleno, como cuando haces el amor con alguien a quien amas. Nada puede hacerte daño, nada puede pasar, nada importa hasta el día siguiente cuando vuelves a escribir.

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Hemingway retocaba todos los días el texto que escribía el día anterior. Al leer la obra completa, seguía reescribiendo. Después de que alguien pasara el manuscrito a máquina, hacía más correcciones. Antes de ir a imprenta, miraba las pruebas e introducía más cambios. Todos los que hicieran falta. Adiós a las armas tuvo 39 finales. Todos los días escribía uno distinto hasta que encontró uno que le gustó de verdad.

«No te desanimes porque haya mucho trabajo mecánico en la escritura», dijo Hemingway a Arnold Samuelson, un aspirante a escritor, en 1934. «El primer borrador es una mierda. Cuando empiezas a escribir, toda la emoción es para ti y el lector no percibe nada, pero aprenderás que tu objetivo es que el lector lo recuerde, no como una historia que ha leído, sino como algo que le ha ocurrido. Esa es la verdadera prueba de la escritura. Cuando puedas hacer eso, el lector sentirá la emoción y tú no tendrás ninguna. Tú tienes que hacer el trabajo duro y cuanto mejor escribas, más duro es, porque cada historia tiene que ser mejor que la anterior».

Trabajar en pijama y en cualquier sitio no es un invento del siglo XXI. Hemingway escribía en su casa, en hoteles, en bares. «Trabajo muy bien en cualquier sitio», comentó a Plimpton. El único obstáculo era el mismo que el actual: las interrupciones. «El teléfono y las visitas son los destructores del trabajo. (…) Puedes escribir en cualquier momento que la gente te deje solo y no te interrumpa». Aunque al menos se salvó del correo electrónico y WhatsApp.

Hemingway vivió en Cuba porque le gustaba el país y ahí encontró privacidad para escribir. En una entrevista con The Atlantic Monthly, en diciembre de 1954, publicada también en The Last Interview, explicó: «Si quiero ver a alguien, voy a la ciudad. (…) Solía tener privacidad en Key West, pero empecé a perderla y, cuando tenía que trabajar y había mucha gente por allí, me venía al Hotel Ambos Mundos, en La Habana».

En 1938, dejó su casa de Key West, en Florida (EEUU) y compró otra en Francisco de Paulo, en las afueras de la capital cubana. En la puerta de su nuevo hogar colgó un cartel que decía: ‘No se admiten visitas sin cita previa’. Un día de primavera de 1958 un periodista freelance que trabajaba para la revista Esquire asaltó su concentración y llegó a la villa sin avisar. El escritor lo recibió.

—Has venido a mi casa sin permiso. Eso no está bien —le dijo—. Estoy trabajando en un libro y no concedo entrevistas. Quiero que quede claro. Pero, venga, pasa.

El escritor vestía pantalones marrones de pescar, una camiseta roja y unas zapatillas de deporte azules. «Ropa cómoda para trabajar», como describió Lloyd Lockhart, el autor de la entrevista de Esquire. Quizá eso, como ocurre hoy, despistara a muchos que no conciben que dentro de un dormitorio y en ropa de algodón se han creado obras sublimes.

—La gente no entiende que soy un escritor profesional. Escribo para ganarme la vida —le explicó—. Todo el mundo que viene a Cuba pasa a verme para charlar un rato, si les dejo.

Ernest Hemingway siempre quiso ser escritor. Decía que cuando mejor se escribe es cuando uno está enamorado. «Una vez que la escritura se ha convertido en tu mayor vicio y tu mayor placer, sólo la muerte puede pararlo. La seguridad financiera es la mejor ayuda porque evita que estés preocupado. Y eso es importante porque la intranquilidad destruye la habilidad de escribir», indicó a Plimpton.

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En el Hotel Dorchester, Londres, 1944

El escritor citaba entre sus maestros a Mark Twain, Flaubert, Stendhal, Bach, Tolstoy, Dostoyevsky, Chekhov, Kipling, Thoreau, Shakespeare, Mozart, Quevedo, Dante, Virgilio, San Juan de la Cruz, Góngora, Tintoretto, Goya, Cézanne, Van Gogh, Gauguin… Incluía a pintores porque de ellos también aprendió a escribir. En sus cuadros le enseñaron de composición, contraposición y armonía tanto como los escritores. De su tiempo y de otras épocas, porque, a su juicio, «los escritores vivos pueden aprender mucho de los muertos».

La música también debió dejar un poso. De pequeño tocaba el chelo. Su madre estaba convencida de que su hijo tenía talento y durante un año lo sacó del colegio para que sólo se dedicara a ello. En casa tocaba música de cámara, junto a su madre, al piano, y su hermana, a la viola. Pero a él no le interesaba demasiado. Si se hubiese dedicado a algo más que escribir y pescar —indicó a Robert Manning, en su entrevista para The Atlantic Monthly— hubiera sido pintor.

Plimpton le preguntó cómo decidía los títulos de sus obras. «Hago una lista de títulos después de terminar la historia del libro. A menudo incluso unos cientos. Entonces empiezo a eliminar algunos. A veces, todos».

Hemingway consideraba que «el mejor don que puede tener un escritor es un detector de mierda antichoque incorporado. Ese es el radar de un escritor y todos los buenos deben tenerlo».

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Al escritor aventurero que sufrió dos accidentes de avión seguidos en África en 1952 no le gustaba escribir al final del día. «Nunca trabajo de noche. Hay muchas diferencias entre el pensamiento diurno y el pensamiento nocturno. Las ideas que surgen de noche no suelen llevar a nada. Lo que haces de noche acabas rehaciéndolo de algún modo de día».

Tampoco le gustaba la popularidad. Al periodista de Esquire le dijo: «No quiero ser famoso. No me gusta la publicidad. Todo lo que pido a la vida es escribir, cazar, pescar y ser un desconocido. La fama me amarga la vida». Él vivía para sus historias: «Hay muchas cosas que me gustan y que puedo hacer cosas mejor que escribir, pero cuando no escribo me siento una mierda. Tengo ese talento y siento que lo estoy desperdiciando». 

El escritor se suicidó el 2 de julio de 1961. Antes lo hizo su padre y después su hermana Ursula y su hermano Leicester. «Ya sabes, mi padre se pegó un tiro», comentó a Manning, en su entrevista para The Atlantic Monthly, siete años antes. «Es un derecho que tiene todo el mundo, pero hay un cierto egoísmo y una cierta desconsideración hacia los demás».

Tres años antes de que Hemingway se dispararse con su escopeta preferida, Lloyd Lockhart le preguntó:

—¿Cuál es la fórmula para sacar el máximo provecho a la vida?

—No busques emociones. Deja que las emociones vengan a ti.

Apuntes sobre cómo escribía Hemingway
Apuntes sobre cómo escribía Hemingway
Apuntes sobre cómo escribía Hemingway

Este artículo se publicó por primera vez el 10 de mayo de 2016 y ha sido actualizado ahora con nuevo contenido.

Obra completa de Sigmund Freud en español para descargar

Obra completa de Sigmund Freud en español para descargar

Descargar la Obra completa de Sigmund Freud en español:

Les compartimos la obra completa de Sigmund Freud traducida al castellano bajo la editorial Amorrortu, Buenos Aires. Contiene 25 PDFs de 25 volumenes:

Detalle:

FREUD, Sigmund (1886-1899) – Obras completas, I. Publicaciones prepsicoanalíticas y manuscritos inéditos en vida de Freud (Amorrortu, Buenos Aires, 1982-1992).
FREUD, Sigmund (1893-1895) – Obras completas, II. Estudios sobre la histeria (Josef Breuer y Sigmund Freud) (Amorrortu, Buenos Aires, 1978-1992).
FREUD, Sigmund (1893-1899) – Obras completas, III. Primeras publicaciones psicoanalíticas (Amorrortu, Buenos Aires, 1981-1991).
FREUD, Sigmund (1900-1900) – Obras completas, IV. La interpretación de los sueños (primera parte) (Amorrortu, Buenos Aires, 1979-1991).
FREUD, Sigmund (1900-1901) – Obras completas, V. La interpretación de los sueños (segunda parte); Sobre el sueño (Amorrortu, Buenos Aires, 1979-1991).
FREUD, Sigmund (1901-1901) – Obras completas, VI. Psicopatología de la vida cotidiana (Amorrortu, Buenos Aires, 1980-1991).
FREUD, Sigmund (1901-1905) – Obras completas, VII. Fragmento de análisis de una caso de histeria (Dora); Tres ensayos de teoría sexual y otras obras (Amorrortu, Buenos Aires, 1978-1992).
FREUD, Sigmund (1905-1905) – Obras completas, VIII. El chiste y su relación con lo inconciente (Amorrortu, Buenos Aires, 1979-1991).

FREUD, Sigmund (1906-1908) – Obras completas, IX. El delirio y los sueños en la «Gradiva» de W. Jensen y otras obras (Amorrortu, Buenos Aires, 1979-1992).
FREUD, Sigmund (1909-1909) – Obras completas, X. Análisis de la fobia de un niño de cinco años (el pequeño Hans); A propósito de un caso de neurósis obsesiva (el «Hombre de las Ratas») (Amorrortu, Buenos Aires).
FREUD, Sigmund (1910-1910) – Obras completas, XI. Cinco conferencias sobre psicoanálisis; Un recuerdo infantl de Leonardo da Vinci y otras obras (Amorrortu, Buenos Aires).
FREUD, Sigmund (1911-1913) – Obras completas, XII. Sobre un caso de paranoia descrito autobiográficamente (Schreber); Trabajos sobre técnica psicoanalítica y otras obras (Amorrortu, Buenos Aires, 1980-1991).
FREUD, Sigmund (1913-1914) – Obras completas, XIII. Tótem y tabú y otras obras (Amorrortu, Buenos Aires, 1980-1991).
FREUD, Sigmund (1914-1916) – Obras completas, XIV. Contribución a la historia del movimiento psicoanalítico; Trabajos sobre metapsicología y otras obras (Amorrortu, Buenos Aires, 1979-1992).
FREUD, Sigmund (1915-1916) – Obras completas, XV. Conferencias de introducción al psicoanálisis (Partes I y II) (Amorrortu, Buenos Aires, 1978-1991).
FREUD, Sigmund (1916-1917) – Obras completas, XVI. Conferencias de introducción al psicoanálisis (Parte III) (Amorrortu, Buenos Aires, 1978-1991).
FREUD, Sigmund (1917-1919) – Obras completas, XVII. De la historia de una neurosis infantil (El «Hombre de los Lobos») y otras obras (Amorrortu, Buenos Aires, 1979-1992).
FREUD, Sigmund (1920-1922) – Obras completas, XVIII. Más allá del principio de placer; Psicología de las masas y análisis del yo y otras obras (Amorrortu, Buenos Aires, 1979-1992).
FREUD, Sigmund (1923-1925) – Obras completas, XIX. El yo y el ello y otras obras (Amorrortu, Buenos Aires, 1979-1992).
FREUD, Sigmund (1925-1926) – Obras completas, XX. Presentación autobiográfica; Inhibición, síntoma y angustia; ¿Pueden los legos ejercer el análisis y otras obras (Amorrortu, Buenos Aires, 1979-1992).
FREUD, Sigmund (1927-1931) – Obras completas, XXI. El porvenir de una ilusión; El malestar en la cultura y otras obras (Amorrortu, Buenos Aires, 1979-1992).
FREUD, Sigmund (1932-1936) – Obras completas, XXII. Nuevas conferencias de introducción al psicoanálisis y otras obras (Amorrortu, Buenos Aires, 1979-1991).
FREUD, Sigmund (1937-1939) – Obras completas, XXIII. Moisés y la religión monoteísta; Esquema del psicoanálisis y otras obras (Amorrortu, Buenos Aires, 1980-1991).
FREUD, Sigmund – Obras completas, XXIV. Índices y bibliografías (Amorrortu, Buenos Aires).
FREUD, Sigmund; ETCHEVERRY; José Luis – Obras completas, XXV. Sobre la versión castellana (Amorrortu, Buenos Aires).

Incluye todas las portadas.

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Extracciones: Tan real como el pavo [Laura Fuksman]

Extracciones: Tan real como el pavo [Laura Fuksman]

formas de devenir: cartografía del recuerdo

PUSO LAS MANOS EN SUS HOMBROS Y LO MIRÓ UN LARGO RATO DE UNA MANERA PROFUNDA, APASIONADA Y AL MISMO TIEMPO INQUISITIVA. ESTUDIABA SU ROSTRO PARA COMPENSAR EL TIEMPO QUE HABÍA PASADO SIN VERLO.HACÍA LO QUE SIEMPRE HACÍA AL VERLO: COMPARAR LA IMAGEN DE ÉL QUE TENÍA EN SU IMAGINACIÓN (INCOMPARABLEMENTE SUPERIOR, Y EN REALIDAD IMPOSIBLE) CON ÉL TAL COMO ERA.
TOLSTOI, ANA KARENINA

Tan real como el pavo es un poemario que pliega y despliega sus poemas a través/a raíz de un mantra/un estribillo. Los textos superponen entre sí diversas formas de dar comienzo/final —paradójicamente— a una historia de «amor», combinándose como postales móviles juegan con la idea de verosimilitud, mientras sumergen al lector en un libre albedrío, en la fantasía sobre: ¿cuál de todas las opciones es la verdadera sobre cómo empezó?: «Todo comenzó bajo el calor de enero / como despedida antes del viaje» o «Todo comenzó aquella tarde de invierno / la Santa Fé marcándome / el rumbo a tu encuentro», o quizás: «Todo comenzó aquel mediodía / un perfecto azul / nos abrigaba a ambos».

Una serie de imágenes poderosas que se balancean entre lo feroz y lo sutil, construyendo la poética del libro, dentro de una baraja de texturas e intenciones, que tienen como fin el mismo desenlace: un efecto dominó, un efecto de superficie que descarrila y comienza a transitar -en degradé- lo «rancio», el desgaste de un vínculo. Cada poema circula alrededor de un espacio ya habitado por la ausencia del otrx. Con el pasar de las páginas, la cadencia se intensifica, cada texto es un eslabón que, sumado a los otros, va transformando ausencia en nitidez.

Las sensaciones desbordan y bordean el bosquejo de lo que fue, lo que sucedió, entre restos y retos del propio yo, arrepentimientos: «Nunca debí olvidar», «No debí desestimar las señales», «y olvidaste que aún en el freezer / todo tiene fecha de caducidad».

Como sugiere Anne Carson: «Los bordes del espacio son los bordes de las cosas que amamos, cuyas desarmonías hacen que nuestra mente se mueva. Y allí está Eros, un realista nervioso en este campo sentimental, que actúa por amor a la paradoja, es decir, mientras pliega el objeto amado y lo oculta para volverlo un misterio, para hacerlo un punto ciego en el que pueda flotar conocido y desconocido, real y posible, cercano y lejano, deseado y capaz de atraernos».

Hay algo que recorre/puebla los textos de Laura Fuksman, ninguna imagen se agota en sí misma, cada poema es una construcción de puntos correlativos condensados en un lugar. Y es en ese recorte de tiempo que deviene relato/recuerdo, donde reside la eficacia. Toda expresión es subjetiva, personal, y a la vez traza un paralelismo: «Los momentos felices, las salidas / las charlas al sol / sobre la textura que tendrían / los copos de algodón / que regalaban los palos borrachos». Entonces: la ambigüedad como un rugido manso o un graznido.

Podemos pensar este libro como un ciclo: una rueda/una ruleta de principios y finales que se intercalan dentro de eso que es real, auténtico. Ahora el deseo demuele el tiempo, desplaza el eco del pasado y lo transforma en una perspectiva desde donde es posible mirar. Una llave.

«Por leer tu mensaje / anunciando que no llegarías / no percibí / lo rancio del ambiente / avant premiere de lo que traería julio. // Después, todo el desenlace / con la rapidez del diluvio // que no nos trajo / la suerte que siempre / auguran las comadres».

Ana Claudia Díaz


*

Todo comenzó en la oscuridad
la estrepitosa caída del imán
y las astillas que quedaron sobre la baldosa de la cocina.
Lo que siguió a tu rugido
fue ejercicio de buenos modales:
acariciar la gata
ofrecerme un té.

Subterráneo, el temblor
suave no cesó hasta despertar
al demonio que habita en los arenales.

*

Todo comenzó en el gran salón
la reunión
íntima y pagana
la presentación del padrino y los buenos augurios
Los momentos felices, las salidas
las charlas al sol
sobre la textura que tendrían
los copos de algodón
que regalaban los palo borrachos.

Todo cambió
con los mellizos a cuestas.
Chinas atacando Kamchatkas.
Silencios-lanza
y la herida que cicatrizaba
volvió a sangrar.

Nunca debí olvidar
lo difícil que te resultaba
pasear en tándem.

*

Todo comenzó aquella noche
jugabas al agrimensor
la insistencia de medir
lo que era tuyo, lo que era mío
imposible escriturar a nombre de
un nosotros.
Separar las partes:
ahí donde todo era entero
aparecieron lotes
y quisiste demarcarlos bien
y pusiste una cerca
y la alambraste con púas
y te fuiste saltando la tranquera

pero antes la electrificaste,
Todo por si acaso.

*

Todo terminó
con el calor de la terraza,
la esquina reservada
donde la luna enorme
nos iluminaba
con su imperfecta redondez.

De este lado de la bailanta
todo comenzaba nuevamente.


Portada Tan real como el pavo
Laura Fuksman, Tan real como el pavo. Patronus, 2019.

Foto Laura Fuksman

LAURA FUKSMAN. Nació en Buenos Aires a fines de 1970, bajo el signo de Sagitario. Publicó los libros de poesía Hostal Klezmer (Zindo & Gafuri, 2016) y Tan real como el pavo (Patronus, 2019).

https://jampster.cl

Plantar un árbol aunque se acabe el mundo

Las instituciones tienen la obligación de proporcionar una vida digna a los que quieren seguir, pero también un final a los que quieren irse

GUILLERMO ALTARES

Francisco Luzón, exbanquero enfermo de ELA.
Francisco Luzón, exbanquero enfermo de ELA. CARLOS ROSILLO

El gran autor de ciencia ficción Ray Bradbury escribió un cuento de apenas cuatro páginas titulado La última noche del mundo, que forma parte del volumen El hombre ilustrado. En él relata la historia de una pareja que espera con tranquilidad el fin de la vida en el planeta. Cuando están acostados esperando que todo acabe, ella se levanta y vuelve unos instantes después. “Me había olvidado de cerrar los grifos”, explica. “Había algo tan cómico que el hombre tuvo que reírse. La mujer también se rió. Al final dejaron de reírse y se tendieron inmóviles en el fresco lecho nocturno, tomados de la mano y con las cabezas juntas. ‘Buenas noches’, dijo el hombre. ‘Buenas noches’, dijo la mujer”.

Así acaba un texto considerado por muchos como uno de los grandes relatos de la literatura estadounidense —en su libro de juventud que se acaba de reeditar, Ray Bradbury. Un humanista del futuro (Hatari Books), el cineasta José Luis Garci lo califica como el mejor del autor—. Es difícil que no venga a la mente después de leer la impresionante entrevista que Luz Sánchez-Mellado le hizo en EL PAÍS este domingo a Francisco Luzón, de 71 años, un exdirectivo del Banco Santander que sufre ELA, una enfermedad neuromuscular incurable, que le incapacita en un 100%. Luzón vive gracias a la ayuda de aparatos y, recalca, el cariño de su familia.

Cuando Sánchez-Mellado le pregunta sobre su elección de decidir vivir incluso en esas condiciones y sobre si alguna vez piensa en no despertar, Luzón responde: “Siempre quiero despertar mañana. Plantaría un árbol aunque el mundo se acabara mañana”. Como en el cuento de Bradbury, sus palabras simbolizan la fuerza de la vida cotidiana, la victoria de la esperanza sobre la realidad, el extraño optimismo que nos lleva a vivir sabiendo que, tarde o temprano, todo se acabará. Los estoicos, la escuela de pensamiento que nació en la Grecia del helenismo, teorizaron sobre esto y sobre el deber de todo ser humano de tener control último sobre su vida (y, por lo tanto, sobre su muerte) como garantía absoluta de su libertad. Las instituciones tienen la obligación de proporcionar una vida digna a los que quieren seguir, pero también un final a los que quieren irse. Y eso incluye un marco legal para ellos y los que les ayuden.

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La obsesión por la carne, una historia de más de 2 millones de años

La periodista polaca Marta Zaraska publica en castellano ‘Enganchados a la carne’ (Plaza y Valdés). En él, hace un repaso histórico y sociológico para tratar de explicar de dónde viene la querencia del ser humano por los productos cárnicos. 

Un carnicero corta un filete en una carnicería de Toronto, Canada. REUTERS/Hyungwon Kang
Un carnicero corta un filete en una carnicería de Toronto, Canada. REUTERS/Hyungwon Kang

ALEJANDRO TENA

Es difícil salir a cenar y encontrar un menú en el que la mayoría de platos ofertados estén libres de carnes. El consumo de productos animales parece inherente al ser humano. Aunque cada vez hay más colectivos que, en base a discursos basados en la ética animal, pugnan por el fin de este hábito de consumo, la realidad es que la carne sigue siendo vicio difícil de combatir. Pero, ¿por qué? Esa es la pregunta que trata de resolver la periodista polaca Marta Zaraska en su libro Enganchados a la carne, un ensayo que trata de hallar las razones sociológicas y biológicas de la dieta carnívora.

La ciencia advierte, “los consumidores de grandes cantidades de carne tienen un riesgo entre el 20% y el 30% mayor de padecer cáncer colorrectal”, detalla el libro. Sin embargo, toda esta cantidad de informes, que además advierten de las amenazas ambientales que supone la industria cárnica, no tienen apenas repercusiones en los hábitos de consumo de los seres humanos que parecen padecer una adicción. De hecho, los datos apuntan a que este gusto masivo por la carne se encuentra en una tendencia al alza.”Gastamos más energías en buscar transportes eléctricos que en reducir el consumo de carne”

Los medios de comunicación se han centrado más en los problemas medioambientales –también importantes– que suponen las dietas cárnicas. En un ejercicio de utopía, Zaraska explica que si todo el mundo se volviera vegano de la noche a la mañana el efecto en el planeta sería el mismo que si se suprimieran todos los medios de transporte. Sin embargo, esta realidad suele pasar desapercibida. “Seguimos gastando muchas de nuestras energías en nuevos transportes eléctricos y limpios en lugar de tratar de reducir el consumo de carne”, declara la periodista polaca, que ha venido a España a presentar su libro.

Todo tiene que ver con un estado de adicción a la carne. Según explica la autora, esta obsesión del ser humano comenzó cuando la tierra era aún virgen, unos 2,5 millones de años atrás; momento en el que el organismo de nuestros ancestros se consiguió adaptar al consumo de carne no humana. “Tenían las herramientas para obtenerla y el cuerpo para digerirla”, apunta el ensayo. Un cambio climático acontecido durante la época provocó un descenso de las precipitaciones y, por ende, menos cantidad de frutas y bayas que recolectar.

Los australopitecus, eligieron comer plantas de menor calidad. Los primeros Homo, por su parte, decidieron abrazar la carne –complementada con la dieta vegetal– y empezaron beneficiarse, como explica la autora, “de la abundancia de herbívoros que había en la sábana”. ¿Vieron a un depredador devorar un antílope? ¿Se toparon con un animal muerto y decidieron rapiñar? No hay evidencias que nos permitan explicar este cambio, pero si sabemos por estudios prehistóricos que fue en esta época –2,5 millones de años atrás– cuando nuestros antepasados pusieron la primera piedra para que McDonalds, Burger King y otras cadenas se enriquecieran a costa de la manía carnívora. 

Una adicción cultural

El origen del consumo carne está claro. Es un método de supervivencia adoptado por el ser humano que atiende a razones biológicas y evolutivas. “Los primeros homínidos se dieron cuenta de que la carne les aportaba una mayor sensación de energía y les saciaba más”, manifiesta la escritora. “Su sabor se tiende a relacionar con una mayor presencia de proteínas”, añade. No obstante, las razones evolutivas no son suficientes para entender como este producto ha conseguido mantenerse durante toda la historia de la humanidad como uno de los más anhelados. “La carne es un sinónimo de poder que ha imperado a lo largo del tiempo”

La historia cultural de la humanidad nos puede dar alguna pista. Tanto es así, que según la autora del libro, la carne ha estado asociada con el poder y la ostentación.
Cazar un mamut o una pieza pesada suponía el reconocimiento social dentro del seno de la tribu, ya que, sin congeladores, el animal terminaba siendo compartido. Ese podría ser el comienzo de todo. Incluso, la razón que explica el proceso evolutivo por el que la humanidad terminó convirtiéndose en lo que es hoy
.

Ese mismo nexo entre poder y carne se mantuvo en la etapa medieval y la edad moderna, cuando un buen chuletón era inalcanzable para la gleba y los estratos sociales más bajos. Garbanzos y lentejas para los campesinos, cochinillo para el señor del castillo. “La carne es sinónimo de poder, es algo que ha imperado a lo largo del tiempo y ha llegado hasta nuestros días”, declara la experta. El vínculo del consumo cárnico con las altas esferas se fue articulando a lo largo de la historia, hasta el triunfo del liberalismo, cuando las chuletas pasaron a ser un producto más sujeto a las leyes de la oferta y la demanda. 

En nuestra época la adicción a la carne es tal que los propios veganos buscan alimentos con forma y sabor a carne. Se podría decir que es como una especie de droga de la que nos es difícil separarnos. Tanto, que uno de cada tres vegetarianos come carne cuando está borracho, lo que recuerda a aquellos que recaen en el tabaquismo tras tomarse un par de copas. Aunque se podría seguir estableciendo vínculos entre el poder la carne, en la actualidad el lobby de la industria cárnica es uno de los elementos sociales que permiten que esta dependencia se mantenga en alza.

Asociación Estadounidense de Criadores de Ganado Vacuno, Consejo Estadounidense de Productos de Cerdo, Asociación de Procesadores de Carne, Asociación Canadiense de Ganaderos, Asociación Nacional de Industrias de la Carne de España, Federación Empresarial de Carnes e Industrias Cárnicas… La lista de organizaciones en defensa de la producción cárnica es inacabable. Éstas se articulan como grupos de presión que, entre otras cosas, patrocinan informes, artículos y estudios pseudocientíficos con el fin de defender sus intereses económicos. 

Brocheta de verduras con aceite de oliva. / Pixabay

La transición alimenticia

“La máquina sigue rodando y pararla es complicado”, opina Zaraska, que estima que el crecimiento demográfico que está experimentando la Tierra podría suponer que “la demanda de carne sea cuatro veces superior de aquí a 2050”, lo cual es incompatible con los límites físicos del planeta. “Se nos queda pequeño”. En virtud de ello, la autora reclama en su ensayo una transición alimenticia hacia unos hábitos de consumo basados en verduras, cereales, fruta y legumbres como las lentejas o las judías.”¿Qué salva más vidas: una persona que deja de comer carne o millones de personas que eliminan una comida a base de carne al mes?”

“Ya hemos hecho cosas así en el pasado”, argumenta. Lo cierto es que a lo largo de la historia el ser humano a reacondicionado sus dietas en función de las necesidades del ecosistema. India, por ejemplo, vetó el consumo de vacas a través del poder de la religión debido a los problemas económicos asociados a este animal, tal y como explicaba el antropólogo norteamericano Marvin Harris. Zaraska no reclama una prohibición pero si un cambio que, a su juicio, no puede pasar por “las barricadas” entre vegetarianos y carnívoros. 

“Piénsalo: ¿Qué salva más vidas, una persona que deja de comer carne por completo o millones de personas que eliminan una comida a base de carne al mes?”, zanja el libro. 

https://www.publico.es/sociedad/

Stefano Mancuso, el hombre que habla con las plantas

El botánico italiano es uno de los divulgadores más interesantes e influyentes del reino vegetal. En esta entrevista cuenta cómo nació su amor por las plantas y las complejidades de la inteligencia vegetal que constituye el 81,8 por ciento de la vida de nuestro planeta.

Por JORGE CARRIÓN 

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Junto a los pabellones de Australia, Birmania, Rusia o el Reino Unido, en la Trienal de Milán puedes visitar el de la Nación de las Plantas. A través de datos estadísticos, instalaciones vegetales y vídeos de experimentos, la muestra nos recuerda que sin el reino botánico no existirían el oxígeno ni la atmósfera ni los alimentos. De ese reino depende la vida entera del planeta Tierra.

El recorrido se abre con una imagen gigante que ilustra nuestra ceguera vegetal: aunque predominen los árboles, los arbustos o las flores en ese rincón de la selva, estamos programados genéticamente para fijarnos sobre todo en ese tigre que nos mira, agazapado, en una esquina.

La sala en que unos espejos multiplican la vegetación, el vídeo que revela que la actividad química de las raíces es muy similar a la de un cerebro o el dispositivo luminotécnico y musical en que descubrimos cómo se comunican entre ellas todas las partes de una planta comparten el objetivo de hacer visible una dimensión de la realidad a la que nunca le hemos prestado la atención que merece.

El proceso de visibilización culmina en los dos últimos espacios, donde escuchamos el discurso de la Nación de las Plantas en la sede de Naciones Unidas de Nueva York y donde leemos su Constitución. La voz y la prosa pertenecen a Stefano Mancuso, director del Laboratorio Internacional de Neurobiología Vegetal de la Universidad de Florencia, autor de varios libros de referencia sobre la sensibilidad y la inteligencia de las plantas y curador de la exposición.

Stefano Mancuso, el hombre que habla con las plantas
Una vista del pabellón de La Nación de las Plantas en la Triennale de Milán CreditGianluca di Ioia/Triennale de Milán

Si la entrada —con su tigre— se encuentra junto a la fascinante The Great Animal Orchestra, la salida da al resto de los pabellones nacionales, sin puertas ni barreras, porque como recuerda Carlo Sgarzi —asistente del comisario—, “la nación vegetal no tiene fronteras y cree que todos los individuos son siempre recursos, no costes ni problemas”.

No es extraño que Mancuso haya recurrido a los códigos de la ciencia ficción para conceptualizar su último proyecto: “Si llegara al planeta Tierra una nave alienígena, su tripulación seguramente se dirigiría a las plantas, vería en ellas a sus interlocutores naturales, pues constituyen el 81,8 por ciento de la vida de nuestro planeta”, afirma el investigador y divulgador. “Y a la inversa: para poder entenderlas, para poder narrarlas, hay que pensar que las plantas son extraterrestres”.

Una vocación tardía

Cabello y barba grises, Mancuso es un hombre de aspecto tranquilo, a quien imaginas fácilmente hablando con las plantas de su laboratorio en esa misma voz baja que templa cada una de sus frases, para enunciar con absoluta normalidad ideas y afirmaciones que atentan contra las definiciones que circulan sobre qué significa ser humano, contra todo lo que nos han enseñado.

“Darwin es uno de mis héroes de la infancia, porque era un viajero, un explorador, capaz de estar cinco años fuera de casa”, me cuenta el autor de Uomini che amano le piante. Pero fue en la edad adulta cuando se dio cuenta de la auténtica envergadura del personaje: “Tal vez sea el mayor científico de la historia, hay que pensar que en su época la ciencia —no la religión, la ciencia— creía que los seres vivos eran creación divina, el salto que nos hizo dar no tiene precedentes”.

Gracias a esa tradición de sabios que miraron, que prestaron atención, que escucharon a las plantas, Mancuso acabó abducido por su campo de estudio. ¿Cuál es el origen de su interés por el reino vegetal? “Lo he hablado con muchos colegas botánicos: ninguno de nosotros conserva un recuerdo de la niñez en que sintiera un interés genuino por las plantas”, me responde. “Se trata de una pasión muy intelectual, no es intuitiva, por tanto no es propia de la infancia, sino de la edad adulta”.

Stefano Mancuso, el hombre que habla con las plantas
The Great Animal Orchestra CreditThe Fondation Cartier

El otro día su padre le envió una foto en que aparece de niño mirando con mucho interés una gran hoja y le dijo: ¿ves cómo desde siempre te interesaron las plantas? Pero él le respondió que en realidad no se fijó en ellas hasta que empezó a realizar sus propios experimentos, durante su doctorado en Pisa a fines de los años ochenta. Fue entonces cuando vivió sus semanas eureka.

Construyó un recipiente de cristal para estudiar cómo reaccionan las raíces ante la presencia de un obstáculo. Según el conocimiento de la época, la raíz chocaría contra esa presencia inesperada y después se desplazaría en forma de zigzag sobre su superficie, hasta lograr esquivarla y proseguir su camino. Él vio con sus propios ojos que, en realidad, algunos centímetros antes del contacto, la raíz ya comenzaba a desviarse, para rodear el problema sin llegar a rozarlo.

No solo eso: la raíz tomaba su camino por la izquierda o por la derecha según fuera más rápido. Y en el caso de que estuviera descendiendo por el centro exacto, en el 50 por ciento de las ocasiones optaba por un lado, y en el otro 50 por ciento, por el otro.

“Yo no me esperaba nada de eso, estaba dispuesto a observar lo que se suponía que ocurriría según lo que había leído, y a trabajar a partir de esos datos, pero de pronto me di cuenta de que la planta podía percibir y decidir, que había algún tipo de sensibilidad y de inteligencia en ella”, me dice con un eco de aquella emoción todavía rebotando en sus pupilas. “Sigo trabajando en la dimensión que me abrió aquel primer experimento”.

“La Nación de las Plantas reconoce y garantiza la práctica de la ayuda recíproca y el apoyo mutuo entre las comunidades naturales de seres vivos”.STEFANO MANCUSO

Hijo de un general y de una maestra, ambos ahora merecidamente jubilados, Mancuso se crio en una caserna militar de Catanzaro, la capital de Calabria que antaño fue famosa por su industria de la seda. “Se llama Franco”, me dice con una media sonrisa, “ya sé en España un general que se llame Franco suena fatal”. Su padre era un oficial atípico, que nunca quiso que sus hijos siguieran su carrera: “Mi hermano menor, Gianluca, de hecho, intentó ingresar en la academia y mi padre llamó por teléfono a un colega para hacer que no lo admitieran”.

Fue su madre, Rosaria, y su otro hermano, Michele, quienes más influyeron, directamente o indirectamente en el futuro del joven Stefano. Ella, siempre cultivando sus flores, siempre rodeada de plantas, le comunicó su amor por la botánica. Él, dos años mayor que Mancuso, sufre una discapacidad que obligó a sus padres a llevarlo a diversos especialistas de toda Italia: “Fue en aquellas largas esperas médicas cuando me aficioné a la lectura, me acuerdo totalmente de la primera novela que leí entera, una de Emilio Salgari, El tesoro del presidente del Paraguay”, y se ríe. Después llegaron las ficciones de Alexandre Dumas y de Julio Verne y las obras de los clásicos de la literatura, aunque cursó el bachillerato en el Liceo Científico.

Stefano Mancuso, el hombre que habla con las plantas
CreditGalaxia Gutenberg

La caserna era —en su recuerdo— un lugar perfecto para el ejercicio de la libertad y para el constante descubrimiento. Un espacio de varias hectáreas, vallado, vigilado, absolutamente seguro, donde “yo podía explorar libremente, pasar horas en soledad, entendiendo cómo funcionaba el mundo”. En cuanto cumplió 15 años también empezó a viajar solo. Un verano recorrió Italia y otro, Francia e Inglaterra. Pero fue en el mar de Calabria, durante las vacaciones escolares, cuando conoció de adolescente a quien sería y sigue siendo sus esposa, Anna Maria.

Escogió Florencia para sus estudios superiores en parte por ella, que es del norte de Italia. “Pero entré en Ingeniería Agrícola porque pensaba que tenía más salida profesional que Física o que Biología, no porque ya supiera cuál era mi vocación”, me confiesa. No fue hasta los estudios de posgrado en Pisa cuando llegó el experimento con las raíces, la sorpresa, la lenta iluminación.

Inteligencia vegetal

¿Sería posible nuestro conocimiento actual del mundo vegetal sin la ayuda de la última tecnología?, le pregunto: “Hay una que ha sido central, porque hace sesenta años era muy compleja y ningún botánico la utilizaba, y ahora en cambio se puede aplicar con un teléfono móvil: la cámara rápida”. Mediante esa técnica fotográfica se puede observar en pocos minutos cómo una planta se ha movido durante días o meses.

Mancuso es un colaborador nato. En la mayoría de sus libros encontramos cuatro manos. El que lo hizo internacionalmente conocido, Sensibilidad e inteligencia en el mundo vegetal, lo escribió con la periodista Alessandra Viola; en Biodiversos dialogó con Carlo Petrini, el líder del movimiento Slow Food (comida lenta); y El increíble viaje de las plantas está ilustrado por Grisha Fischer. “La mayoría de las fotografías de El futuro es vegetal son mías”, apunta, “creo que la imagen tiene una potencia superior para comunicar los mensajes”.

Stefano Mancuso, el hombre que habla con las plantas
CreditGalaxia Gutenberg

La Nazione delle Piante, en cambio, es puro texto, porque se trata de desarrollar los artículos que conforman la Constitución de esa nación sin Estado ni fronteras. Una vuelta de tuerca a los argumentos de El futuro es vegetal —el mejor que ha escrito—, en que explicó por qué en el reino vegetal están las claves para corregir los atentados que la humanidad ha cometido contra el planeta.

“La nación de la plantas no reconoce la jerarquía animal, fundada en centros de mando y funciones específicas, y promueve las democracias vegetales difusas y descentralizadas”, leemos en el artículo tercero. Y en el octavo y último: “La Nación de las Plantas reconoce y garantiza la práctica de la ayuda recíproca y el apoyo mutuo entre las comunidades naturales de seres vivos”. El estudioso de las plantas se ha convertido en su portavoz, en su abogado, para revitalizar el género de la utopía.

Su exposición en la Trienal de Milán, de hecho, contrasta con la muestra central, Broken Nature, comisariada por la prestigiosa curadora Paola Antonelli, que explora a través del arte y del diseño cómo el ser humano ha roto sistemáticamente sus vínculos con el planeta. En ella predomina la distopía.

Se trata de la segunda incursión de peso de Mancuso en el ámbito museístico. El verano pasado sorprendió con El Experimento de Florencia, un proyecto con el artista Carsten Höller: los visitantes se tiraban por un tobogán alucinante con una planta en el regazo y después podían comparar, gracias a los sensores, cómo habían reaccionado ambos cuerpos durante la caída. La estructura era, por supuesto, de inspiración vegetal.

También hay una sintonía radical entre la forma y el contenido en las canciones de Botanica, el disco y espectáculo que Mancuso concibió con Deproducers y que ha recorrido los escenarios de toda Italia. Así, el tema en que se habla de la fotosíntesis reproduce en su partitura los ritmos de ese proceso; o cuando se refiere a la dendrocronología simula musicalmente los aros concéntricos que crecen en el interior de los árboles.

Stefano Mancuso, el hombre que habla con las plantas
CreditGalaxia Gutenberg

Mancuso no cesa de ensayar maneras de narrar esos otros seres vivos, que —de tan presentes— no hemos visto durante millones de años. Las plantas son tan raras, según nuestros parámetros antropocéntricos, que están diseñadas para ser comidas por los animales. Así logran que estos las protejan, las cultiven, las alimenten, las hagan viajar.

Sus estrategias de supervivencia y de adaptación han sido, desde siempre, totalmente distintas de las animales, porque las plantas apostaron por las raíces, por el sedentarismo. Su necesaria relación con las especies motrices siempre se basó en la seducción. Las plantas nos seducen sobre todo por su fruto, a través de él se aseguran de que las cuidaremos y las difundiremos. Como dice Mancuso: “El tabaco invierte un 30 por ciento de su energía, más o menos lo que un ser humano invierte en su vivienda, en producir nicotina, con el único objetivo de generar dependencia en los animales que lo consuman”.

El error es pensarlas “como animales minusválidos, a quienes les falta algo, movimiento, cerebro, mirada”. Y concluye: “Hay que acercarse a ellas al revés, sin el prejuicio animal: son una forma increíble de inteligencia, como de otro planeta”.

https://www.nytimes.com/es/

‘El miligramo de consciencia’: cocaína, kung-fu y ayahuasca


Iñaki Berazaluce

‘El miligramo de consciencia’: cocaína, kung-fu y ayahuasca

Ramón, en el Centro Takiwasi, en el Amazonas peruano, en 2004.

Los libros sobre la ayahuasca, y las subsiguientes transformaciones que ha ejercido el brebaje en sus descubridores se han convertido en un género en sí mismo. El relato suele seguir un esquema bastante predecible: una persona normal, o muchas veces atormentada, confusa o deprimida se cruza con la plantay tiene una revelación. A partir de ahí, su vida pega un giro de 180º y cambia radicalmente su vida para (a), convertirse en neochamán (b), ver la luz y renegar de su pasado (véase el “yonqui del dinero”) o (c) venirse arriba y fundar una religión.

‘El miligramo de consciencia’ se sale de este cliché, no completamente, porque es verdad que su autor/protagonista vive uno (o unos cuantos) procesos de muerte-renacimento-redención, pero no cae en casi ninguna convención del subgénero. Ramón Puig Domènech, que así se llama el autor, hace un recorrido vertiginoso por su vida, una vida de ambición, peligros y ostias, sobre todo, ostias a mansalva.

‘El miligramo de consciencia’: cocaína, kung-fu y ayahuasca

‘El miligramo de consciencia, una historia de drogas, viajes y medicinas’ es un libro de una honestidad brutal, escrito sin frenos y sin un miligramo de autocomplaciencia: Ramón hace un strip-tease emocional desde la primera página y lleva en volandas al lector por una montaña rusa de personajes, situaciones límites y droga en cantidades ingentes. Ayahuasca, sí, pero también marihuana y mucha, muchísima, cocaína.

Ramón me contó que escribió el libro en un mes, durante jornadas maratonianas, en las que palabras parecían salir de sus dedos hacia el teclado y de ahí al papel. Eso -y su talento natural- puede explicar la espontaneidad y honestidad de su historia.

Lo que más me enganchó de este libro, que llegó a mis manos casi por casualidad y en el momento preciso, fue su falta de pretensiones literarias. Ramón asume desde la primera página que no es un escritor, de modo que aparca cualquier artificio literario o truco para engatusar al lector, como haríamos los que nos dedicamos a esto profesionalmente. No, ‘El miligramo de consciencia’ es un relato lineal y cronológico, contado a calzón quitado con un lenguaje coloquial sin llegar a ser suburbial, sobre todo porque Ramón no es un espécimen del suburbio, sino un tío normal, más bien de buena familia, un currante del sector textil al que, como nos ha pasado a tantos, el consumo de drogas se le fue de las manos. Se pasó de la raya, vamos.

‘El miligramo de consciencia’: cocaína, kung-fu y ayahuasca

Ramón, escalando en Cataluña, circa 1991.

El verdadero Ramón

Aún no había leído 50 páginas del libro -que, por cierto, hizo que aparcara y después abandonara el último de Don Winslow, ‘La Frontera’, otro libro sobre drogaína y mafias, este sí, mucho más efectista-, cuando decidí contactar con Ramón Puig vía Facebook. Repentinamente, tenía una necesidad de conocer a aquel tipo al que ya sentía que conocía íntimamente a través del relato de sus andanzas. Había muchas cosas en la vida de Ramón que me recordaban antiguos episodios de mi propia vida. La ayahuasca, por supuesto, pero también la falsa.

La “falsa” es como llaman en Perú y Colombia a la cocaína, el polvo blanco que aliña los días y las noches de las ciudades de Europa, América y medio mundo y que hace girar la economía mundial, según explica Roberto Saviano en ‘Cero cero cero’, otro libro imprescindible.

‘El miligramo de consciencia’: cocaína, kung-fu y ayahuasca

“La falsa”. Dibujo de Ramón Puig.

Escribe Puig sobre “la falsa” en el capítulo titulado ‘La justicia de la hojita de coca’:

“Todo lo que he podido ver y vivir en relación con la cocaína me hizo comprender que está impregnada de químicos, tóxicos, basura, violencia, muerte, delincuencia, crimen, locura y destrucción. Y jugar con ella, aunque sea consumiendo a pequeña escala, es abrir las puertas a todo eso, es meterse todo eso y ser consciente de ello. La cocaína potencia el ego hasta el precipicio dando sensación de aparente seguridad, por eso gusta y se consume tanto en nuestra individualista y competitiva cultura occidental. Es una droga poderosamente egoica, tremendamente invasiva y terriblemente golosa (…) Hay ocasiones en las que ayuda más naufragar y sucumbir totalmente a las tentaciones hasta tocar fondo, que huir, negar o enmascarar el problema, pues solo desde el fondo del infierno podemos conocer y elegir con libertad”.

El capítulo entero es uno de los escritos más sensatos y reveladores que he leído sobre la coca (la hoja, la planta sagrada de Los Andes) y su hija problemática, la cocaína. La cocaína se ha convertido desde hace décadas en un aliño de fiestas y cenas de media Europa y tres cuartas de España. Pocos de sus consumidores saben, y la mayoría prefiere no saber, los efectos que la “inocente rayita” que se meten aquí tiene sobre la sociedad y la selva de allá. Aquí lo conté muy resumidamente hace un año, así que no les volveré a dar la tabarra con esto. El que tenga ojos que mire.

‘El miligramo de consciencia’: cocaína, kung-fu y ayahuasca

El autor, en Varanasi, en 1990.

Conocí a Ramón hace un par de semanas en la Conferencia de Ayahuasca que organizó ICEERS en Girona, con gran éxito de crítica y público. Ramón es tan llano, campechano (con perdón) e inquieto como trasluce en el libro, quizás algo más bajito de lo que imaginaba. Pero mucho ojo, puede hacerte pedazos con sus artes de ninja.

En el memorable encuentro de #Aya2019 estaban las mentes más preclaras de la revolución psiquedélica y, por supuesto, de la ayahuasca, la planta que sacó a Ramón y otros muchos miles de más de drogas realmente perniciosas: cocaína, crack, alcohol, codicia… Por allí desfilaron, entre otros muchos, Claudio Naranjo, Wade Davis, Dennis McKenna, Vera Fróes, Alex Polari, Jeremy Narby, Josep María Fericla… sabios, chamanes, terapeutas, investigadores y algún santo. Pero si algo me llamó la atención es que todo el mundo que crucé me hacía la misma pregunta: ¿te has leído ya ‘El miligramo de consciencia’?

‘El miligramo de consciencia’: cocaína, kung-fu y ayahuasca

Ya estás tardando en comprar ‘El miligramo de consciencia’.

https://blogs.publico.es/strambotic/

SABEN LEER PERO NO ENTIENDEN LO QUE LEEN: UNA NUEVA GENERACIÓN DE ANALFABETOS

SABEN LEER PERO NO ENTIENDEN LO QUE LEEN: UNA NUEVA GENERACIÓN DE ANALFABETOS

Se ha generado una nueva generación de analfabetos, porque aparentemente les gusta leer pero no entienden ni una palabra..

Seguro que alguna vez has leído un texto pero no entiendes lo que dice, te regresas y vuelves a leer varias veces pero te distraes y nada de lo que lees te queda, no te preocupes esto le pasa a muchas personas.

El internet ha creado algo que se conoce como analfabetismo funcional, lo que hace que las personas lean pero que no son capaces de mantener su atención en la lectura para comprender las ideas que allí se plasman.

No se logra retener ideas ni recrear los efectos emocionales de las obras que se leen, en otros tiempos leer y retener era más fácil ya que había más silencio, ahora después de tantos años el ruido presente en las ciudades y todos los lugares hace que nos concentremos menos.

Además el uso de las redes sociales y la cantidad de signos y símbolos hacen que nuestra mente se desvíe de lo que queremos leer, ya no se pasan de forma simple las páginas de un libro y la imaginación vuela.

Leer y comprender  – Una nueva generación de analfabetos

analfabetos

La lectura es una parte importante en la vida de las personas, desde hace siglos se ha considerado el leer como una forma de conocimiento que queda fuera de la memoria, la escritura y la lectura son considerados decisivos en la historia de la humanidad.

Por medio de ellas hemos podido descifrar muchas cosas que datan de la antigüedad, por medio de la lectura podemos transmitir las posiciones de cada quien, y entender de forma más amplia lo que otras personas desean expresar.

Lamentablemente en nuestros tiempos se ha afectado de forma notable el entendimiento de la lectura, el estar 24/7 pegados al internet ha dormido nuestra capacidad de entendimiento, nos hemos dedicado a olvidar y a no pensar, somos robots.

Pero aún estamos a tiempo de reaccionar y volver a tomar un libro, lo extraño de todo esto es que aunque se le llame la era de la información, estamos viviendo en un mundo lleno de ignorancia, prejuicios y mentiras que del que pocos podemos escapar.

Esperamos que puedas entender este artículo y que pronto volvamos a saborear las páginas de un libro, no hay nada más placentero que esto.

https://ignisnatura.org

Extinction Rebellion lanza su manual del activista

Extinction Rebellion lanza su manual del activista

Extinction Rebellion, el movimiento de acción directa no violenta y desobediencia civil en defensa del medio ambiente hace honor a la pintada que les dedicó Banksy y vuelven a demostrar que hace tiempo que pasó de la desesperación a la táctica. El grupo acaba de publicar libro: This Is Not A Drill: An Extinction Rebellion Handbook(Esto no es un simulacro: un manual de Rebelión de Extinción).

¿Tiene sentido que un grupo ecologista lance un libro impreso? Esa misma pregunta se la hicieron en el seno de Extinction Rebellion antes de hacerlo y la conclusión fue que se trata de un medio para un fin, un mal menor que han intentado paliar recurriendo a una fábrica de papel neutro en carbono con papel reciclado y que en su política mantiene plantar dos árboles por cada uno que utiliza.

Así fue cómo en apenas diez días el manuscrito se transformó en galeradas y de ahí a la comercialización por parte de la editora, Penguin Random House. Hace un par de días tuvo lugar la presentación en Londres, con un éxito rotundo, pues antes incluso de su impresión ya tenía vendidos más de 15.000 ejemplares a un precio de 7,99 libras (8,99 euros).

Aunque originariamente la iniciativa se concretaba en un manifiesto, terminó transformándose en un libro que capta el mensaje que siempre ha querido transmitir Extinction Rebellion: “Esta es nuestra última oportunidad de hacer algo respecto al clima global y la emergencia ecológica. Nuestra última oportunidad de salvar el mundo tal y como lo conocemos. Ahora o nunca, tenemos que ser radicales. Necesitamos levantarnos. Y necesitamos rebelarnos. Este es un libro de verdad y acción”, tal y como indica el activista y editor Clare Farrell.

Extinction Rebellion lanza su manual del activista

El libro está estructurado en dos partes bien diferenciadas: la primera de ellas (Tell the TruthCuenta la Verdad) se centra en ayudar a entender la realidad de la emergencia climática y ecológica, en romper las barreras de la negación. Rotos esos límites, se avanza en una segunda parte (Act Now, Actúa Ahora) de la publicación en la que es posible empaparse del activismo puro y duro. Esta segunda mitad es casi un manual del activista, combinando todo tipo de testimonios de cualquier rincón del mundo.

La publicación ha conseguido colaboradores del mundo del activisimo, la política, la universidad… desde activistas en Chad a granjeros en el Himalaya, pasando a la la diputada de los Verdes Caroline Lucas o el que fuera arzobispo de Canterbury Rowan Williams, que asegura que  “la crisis climática no es un accidente desafortunado, sino una realidad que, como mínimo, se ha acelerado y se ha agravado considerablemente. Podemos escapar de la toxicidad mental que nos ha traído aquí. Y al hacerlo, podemos recuperar una humanidad capaz de una verdadera resiliencia”.

No es el único movimiento con el que este colectivo extiende sus brazos: desde esta misma semana, las librerías francesas cuentan con 65.000 copias del manifiesto Reetaignez-nous (Únete a nosotr@s) de la estudiante sueca Greta Thunberg, que fue quién dio el pistoletazo de salida a esta vorágine conservacionista liderada por jóvenes en todo el mundo, incluida España. Y va a más: los editores británicos ya buscan hacerse con los derechos en inglés para hacer lo mismo en Reino Unido. La revolución no cesa y gana adeptos, como los RadioHead que hace apenas tres días desbarataron un intento de extorsión hacker y dedicaron todos los beneficios de sus canciones inéditas a Extinction Rebellion

David Bollero

https://blogs.publico.es/kaostica

Dicen

Cuentos familiares, fotografías, rumores, verdades a medias y esos silencios tan cargados de significado: todo es indispensable para conocer el pasado

EDURNE PORTELA

Memoria histórica
Entrega de restos de víctimas del franquismo a sus familiares, en Cambados (Pontevedra) en 2010.CARLOS PUGA

Nuestro conocimiento del pasado está configurado por una amalgama de saberes. Estudiamos historia en los colegios y en las universidades, leemos novelas y libros históricos, vemos películas y documentales, observamos fotografías que nos ayudan a visualizar aquello que ya no existe o que se ha transformado con el paso del tiempo, a través del arte entendemos sensibilidades pasadas. También, con suerte, nuestros mayores comparten sus experiencias de vida con nosotros. El pasado es una fuente inagotable de conocimiento: reconstruirlo en su totalidad es una labor imposible e infinita, su interpretación varía según pasa el tiempo y se encuentran nuevos datos, se aplican nuevas teorías. Además, el pasado no es sólo historia, es también memoria. Y la memoria no remite únicamente al dato o al detalle histórico. La memoria aporta una interpretación afectiva e íntima del pasado que no por ser subjetiva es menos valiosa. La memoria que el archivo histórico no recoge nos abre la puerta a un tipo de conocimiento necesario, nos invita a entrar en espacios donde a la historia no le gusta tanto transitar. Reflexiono sobre todo esto después de leer Dicen, de Susana Sánchez Arins (editorial De Conatus).

Dicen recorre la cartografía de la represión falangista en los pueblos gallegos en torno a las Rías Baixas durante la Guerra Civil y los primeros años del franquismo. En el centro del horror de las vejaciones y palizas, los paseos y desapariciones, está el tío abuelo de la autora, “manuel de portarís” (no son erratas, en el texto no hay mayúsculas). Sánchez Arins se enfrenta a la figura de su tío a través de un discurso que imita la oralidad (de ahí el título Dicen) y que reproduce los silencios, las verdades susurradas, las elipsis y el miedo a contar, tanto de la propia familia de la autora como de sus vecinos. La voz narrativa de Dicen está llena de lirismo y aúna magistralmente la belleza y el horror.

En su búsqueda por rellenar los silencios heredados, por dar cuerpo a los rumores de la infancia, en su afán por recuperar la memoria truncada por el trauma de la violencia, la autora se documenta, investiga, recurre a los archivos. Y ahí es donde la memoria se encuentra con las limitaciones de la historia. No hay mención de las actuaciones de su tío porque “los fondos de falange están higienizados (…) quien no quiso figurar en ellos tuvo tiempo de borrar sus huellas”. Así, el archivo se vuelve cómplice de la impunidad y del silencio, de la mentira por omisión de la verdad. Se critica la memoria por su subjetividad, pero, como señala la autora, a menudo “la verdad no sale al encuentro en los fondos archivísticos”. La verdad, en ocasiones, se descubre a través de los restos de las víctimas, como ese “ramillete de huesos” que recibe la hermana de Castor Cordal (quizás una de las víctimas de “manuel de portarís”) después de siete décadas de su desaparición. El correlato de su verdugo, sin embargo, reside únicamente en la memoria de los que sufrieron su crueldad y en los herederos de esa memoria.

La disciplina histórica, con su metodología y su rigor, es indispensable para el conocimiento del pasado. Pero también lo es el archivo de memoria en el que se incluyen narraciones orales, cuentos familiares, fotografías, rumores, verdades a medias y esos silencios tan cargados de significado. Dicen es un intento de reconstruir, a través de todos estos ingredientes y la imaginación literaria, un pasado irresuelto que nos interpela, especialmente ahora que los que cantan loas al franquismo han entrado en las instituciones.

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