Subir a la Tierra desde la Luna

Subir a la Tierra desde la Luna fue más arriesgado y emotivo que subir a la Luna desde la base de Cabo Cañaveral

MANUEL VICENT

El pintor Cristóbal Toral.
El pintor Cristóbal Toral. JORDI SOCÍAS

¿Dónde estaba usted aquella noche cuando Neil Armstrong pisó la luna? El pintor Cristóbal Toral podría responder que aquel 20 de julio de 1969, hoy hace 50 años, salió a la calle vestido de astronauta para celebrar semejante hazaña. Sin duda ya sabía que para un artista conquistar el azaroso espacio de los medios es como subir a las esferas siderales.

En aquel tiempo el pintor, todavía agreste, venía precedido de cierta leyenda literaria de joven garduño criado en una choza del cortijo Las Lomas, cerca de Antequera, de familia de carboneros, que recuerda a la película Los santos inocentes. Allí de niño en medio del campo había comenzado a dibujar a su aire antes de que aprendiera a leer. Por aquel paraje perdido pasaron unos señoritos cazadores y al entrar en su choza para pedir un poco agua se sorprendieron al ver muchos lápices de colores y cuadernos llenos de dibujos ejecutados con extraordinaria destreza por el hijo del carbonero. Ese chico tendría que estudiar, dijo uno de aquellos señoritos. Tal vez un día podría ser un artista. Y así empezó todo.

Pero el verdadero aprendizaje de este joven artista en ciernes no estaba en su propia e innata habilidad para el dibujo. No se puede entender la obra de Cristóbal Toral sin descubrir en ella toda la experiencia de las noches estrelladas, de los vientos en las copas de las encinas, de los gritos nocturnos de las alimañas, de las tormentas bravas, del frío inhóspito, del sol aplastante, de todas las sensaciones de una naturaleza salvaje transferidas a la sensibilidad del niño que vive a ras de la miseria, de forma muy pura, sin más cultura que el caballo de la imaginación que le impulsa a la fuga ingenua, poética y sagaz para salvarse de la soledad. Esta es la primera capa invisible de pintura que Toral imprime en su obra y también la que constituye su carácter.

En la vida de un adolescente hay un hecho decisivo que viene marcado por el día en que estrena la primera maleta, mete en ella el equipaje y se dispone a enfrentarse al destino. Se trata de un rito de iniciación. Toda la obra de Cristóbal Toral está impregnada por una sensación de fuga de aquella ruda realidad que le tenía atrapado en la niñez. Parece que su primera liberación fue aquel día que con una primera maleta de cartón dejó su mundo atrás camino de Antequera donde al pie de un polvoriento autobús le esperaba el futuro.

En cualquier aeropuerto se produce todos los días la misma escena. En la sala de recogida de equipajes al final de un vuelo las cintas comienzan a vomitar maletas dando tumbos y los pasajeros sienten cierta ansiedad por si la suya no aparece. Ahí está, el viajero la reconoce y la retira, pero cuando la cinta se detiene siempre queda una maleta solitaria que nadie reclama. Es la maleta perdida. Puede haber dado varias vueltas al mundo y dentro de ella van todos los sueños también perdidos. Cristóbal Toral ha convertido la maleta extraviada en un icono, la ha multiplicado por varios cientos, las ha amontonado, aunque siempre sea la misma, y las ha echado todas a volar por el espacio o la deja una al pie de una cama donde una mujer sueña dormida. A cada maleta de Toral le espera una estela de cometa.

Una beca de la Fundación Juan March permitió a este pintor dar el salto a Nueva York en el otoño de 1969. Hacía poco más de dos meses que los astronautas habían regresado de la Luna. “Una de las primeras cosas que hice, sin tener siquiera el estudio organizado para pintar, fue llamar a nuestro embajador en Washington, don Jaime Argüelles, para expresarle mi deseo de conocer a un astronauta. El embajador me hizo saber que ese encargo era difícil. Insistí. Sorprendentemente a los pocos días me llamó para decirme que Michael Collinsiría a la embajada para que yo le conociera y pudiéramos hablar. El embajador organizó una cena para este encuentro. Michael Collins vino acompañado por el señor Chollinor, director del Museo de la NASA en Washington. Collins estuvo muy cordial durante la cena, me sorprendió su sencillez y su buena disposición a contar los detalles del heroico viaje. De lo mucho que hablamos quiero resaltar su respuesta a mi pregunta sobre cuál fue el momento más emotivo de su extraordinaria aventura. Michael Collins me confesó: ‘Cuando estaba en el módulo de mando orbitando la Luna, que la veía a un tiro de piedra, y al mismo tiempo observaba desde mi habitáculo el planeta Tierra en el espacio, pequeño como cuando vemos desde aquí la Luna, pensaba en mi situación. Tenía la misión de recoger a mis compañeros Armstrong y Aldrin y llevarlos a la bolita Tierra que aparecía tan lejana en el cosmos…’. Esa emotiva descripción de Collins en aquellos momentos de soledad en el espacio me ha hecho reflexionar y he llegado a una conclusión: volver a la Tierra, o subir a la Tierra desde la Luna fue más arriesgado y emotivo que subir a la Luna desde la base de Cabo Cañaveral”.

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La frutería

Nuestra cultura viene determinada por cuatro manzanas

MANUEL VICENT

La frutería
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Nuestra cultura viene determinada por cuatro manzanas. La primera fue la que pendía del árbol de la ciencia en el paraíso terrenal y marcó el momento de la evolución en que simbólicamente al morderla el cerebro humano se invistió de uso de razón y de libre albedrío. La serpiente ofreció ese fruto prohibido a Eva como un desafío a los dioses, que aun persiste y se transmite con los genes en forma de pecado original. La segunda manzana fue la que, según la tradición, la cayó a Newton en la cabeza y le impulsó a desarrollar la ley de la gravedad, llave de la física moderna que ha permitido conocer las fuerzas que rigen el universo. Gracias a ella las sondas espaciales están abriendo el camino para poder un día abandonar la Tierra y repoblar otros planetas. La tercera manzana preside hoy la empresa más exitosa de nuestro siglo. Apple muestra con orgullo su logo universalmente conocido, una manzana con un pequeño mordisco cuyo significado alude al nuevo conocimiento informático que abre en el cerebro humano un campo ilimitado de liberación y dominio. La promesa de la serpiente del paraíso, seréis como dioses, está a punto de cumplirse. La manipulación genética y la llegada de la inteligencia artificial nos auguran una próxima inmortalidad, que podría ser un castigo muy superior al del infierno. Pero antes de que los engendros de laboratorio y los robots se apoderen de la Tierra, está a nuestro alcance, como salvación, la cuarta manzana. No es la de Eva, ni la de Newton ni la de Steve Jobs sino la que se halla en cualquier frutería del barrio, una manzana del tiempo madura y perfumada. Esa manzana natural puede llevarnos a la conquista de la verdadera sabiduría, que es la inteligencia de los sentidos. Bastará con aspirar profundamente su aroma para ver abiertas de nuevo las puertas del paraíso de la niñez donde te sentías feliz e inmortal.

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Trileros

Oíd el sonido de los cubiletes de las tres derechas que esconden el guisante, visto y no visto, a la hora de repartirse el botín

MANUEL VICENT

Juego de los cubiletes de los trileros.
Juego de los cubiletes de los trileros. GETTY IMAGES

Un día ya muy lejano un adolescente que se debatía entre la fe y la razón, le preguntó a un cura más bien corto de luces cómo era posible que Dios fuera uno en esencia y trino en persona, que tuviera tres naturalezas y una sola sustancia. La pregunta sorprendió a aquel cura bonachón mientras se estaba liando un cigarrillo de picadura selecta, también llamado caldo de gallina. Guardó silencio. Pasó la lengua por la goma del papel de fumar, pegó lentamente la hebra con los dedos y, mirándole muy apesadumbrado, el cura exclamó: “Misterios, hijo mío, misterios”. Luego dio una profunda calada y expulsó todo el dogma envuelto en humo por la nariz sin más problemas. Confieso que a lo largo de mi vida el misterio de la Trinidad no me ha quitado ni un minuto de sueño. En cambio, me he roto la cabeza tratando de averiguar en cuál de los tres cubiletes está el guisante que manipulan los trileros, un misterio para mí mucho más complicado que el de la Santísima Trinidad. Finalmente, a estas alturas de los años se me han desvelado ambos problemas, el dogma teológico unido al arte de los trileros, a través de la derecha española. Ved, si no, a Aznar, guardián del nacionalcatolicismo con ropaje ultraliberal, que se manifiesta simultáneamente como uno y trino a través de Casado, Rivera y Abascal, a los que considera manifestaciones de su acción creadora. Oíd, si no, el sonido de los cubiletes de las tres derechas que esconden como trileros el guisante, visto y no visto, a la hora de repartirse el botín. La experiencia demuestra que si un individuo tiene tres personalidades acaba en el frenopático, pero mientras llegan los enfermeros bragados con las camisas de fuerza hay que procurar vivir la realidad de cada día, que en este caso consiste en crearse un espacio preservado donde uno pueda tomarse un gin-tonic sin pensar en los políticos.

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Bébete el día

El ‘carpe diem’ adopta hoy una variante infame con un efecto devastador cuando se somete al espíritu de la manada

MANUEL VICENT

Concentración, en Sevilla en abril de 2018, en protesta por la sentencia condenatoria a nueve años de cárcel a los miembros de La Manada.
Concentración, en Sevilla en abril de 2018, en protesta por la sentencia condenatoria a nueve años de cárcel a los miembros de La Manada. PACO PUENTES

La oda que Horacio dedica a una amiga llamada Leucónoe es un licor de exquisita degustación. En ella le avisa de que no se nos permite conocer el fin que nos tienen reservados los dioses y mejor que consultar a cualquier oráculo será aceptar nuestro destino, sean muchos los inviernos de mar tempestuoso que nos conceda Júpiter o sea este el último verano en el que las olas se tiendan suaves a nuestros pies. Horacio le recomienda a su amiga que sea prudente, que filtre el vino y que adapte al breve espacio de la vida una larga esperanza. Le advierte de que mientras lea estos versos, el tiempo envidioso se le escapará de entre las manos. Hay que agarrarse, Leucónoe, al día de hoy y no fiar la vida al incierto mañana. Sin duda, el carpe diem es una de las cimas del espíritu. Suena como un delicado acorde musical en el que confluyen el placer de los sentidos, la armonía espiritual, el fluir del tiempo y la aceptación estoica de lo inevitable. De este manantial de aguas tan claras han bebido todos los sabios, ascetas o epicúreos. No obstante, el carpe diemadopta hoy una variante infame con un efecto devastador cuando se somete al espíritu de la manada. En este caso, lejos de agarrarse al día para beberlo a pequeños sorbos como un licor exquisito el individuo cede a las leyes del grupo, que le llevan a devorar todas las sensaciones al alcance de la mano con una pulsión salvaje ahora mismo, antes de que sea tarde, como si el fin de la historia fuera a producirse siempre la próxima noche del sábado. Si el mundo puede reventar en cualquier momento, todo exceso está permitido. Tal vez Horacio pensaba que su amiga tenía la mente preparada para disolver el tiempo fugaz con los pequeños placeres de la vida. Queda por saber qué haría hoy esa dulce Leucónoe, en una agónica fiesta de despedida de soltera, enrolada en una pandilla de macarras.

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Manos sucias

El gran problema de hoy no es cómo, sino a quién le das la mano

MANUEL VICENT

Saludo entre el presidente de Estados Unidos y el primer ministro de Japón este viernes en la cumbre del G20 en Osaka (Japón).
Saludo entre el presidente de Estados Unidos y el primer ministro de Japón este viernes en la cumbre del G20 en Osaka (Japón). CHEMA MOYA EFE

Cuando un día comenté con un amigo que al darnos la mano atrapamos más partículas de materia oscura que estrellas hay en todas las galaxias, el amigo me preguntó: “¿Qué pasa, que has estado últimamente en el dentista?”. Se supone que estas curiosidades científicas las lee uno en alguna revista manoseada mientras espera a que le quiten una caries. No solo atrapamos infinitas partículas elementales al darnos la mano, también nos hacemos al mismo tiempo con todas las miasmas impuras que impregnan el aire. El médico húngaro Ignaz Semmelweis, en el siglo XIX, descubrió que la fiebre del parto que generaba una gran mortandad en las mujeres podía evitarse con solo lavarse las manos. Como no lo pudo demostrar, Semmelweis fue ingresado en un manicomio, donde murió a las dos semanas por una paliza de sus guardianes. Solo cuando mucho después Louis Pasteur confirmó la teoría de los gérmenes se convirtió la higiene en una parte fundamental de la sanidad. Pero lavarse las manos es también una actitud moral, no solo una cuestión higiénica. Pilatos preguntó al Nazareno qué era la verdad y con cínico desdén, sin esperar la respuesta, pidió una palangana para lavarse las manos. Era la forma de no comprometerse. A la hora de dar la mano, unos te ofrecen solo la mitad con los dedos blandos, otros te la estrujan y tiran de ella como si quisieran guardársela en el bolsillo, pero el gran problema de hoy no es cómo, sino a quién le das la mano. Te presentan a un desconocido en una boda y con el tiempo descubres que le habías dado la mano a un asesino, a un ladrón o a un político corrupto. En el apretón de manos con que los políticos cierran un pacto secreto también atrapan una porción de materia oscura, que en este caso nada tiene que ver con la física cuántica. Más bien se trata de un intercambio de miasmas que en las manos sucias forman un nudo muy oscuro.

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Tanto odio

Batido de uno y otro flanco, Pedro Sánchez permanece agarrado al azar de sí mismo

MANUEL VICENT

Pedro Sánchez el pasado viernes en Bruselas.
Pedro Sánchez el pasado viernes en Bruselas. FRANCOIS LENOIR REUTERS

Van bien peinados, visten ropa de marca, besan todavía las manos a las señoras, han aprendido de niños a manejar el cubierto del pescado, puede que usen un perfume caro, pero sus ideas políticas huelen a choto machista, a sudor taurino, a franquismo revenido. No se reconocen de extrema derecha y menos como ultras o fachas, aunque más a la derecha de Vox ya solo está el tabique o el precipicio. En cualquier espacio de la política en que este partido aporte una mínima presencia todo va a saber a Vox, porque es como el ajo, un condimento tan dominante que basta con un solo diente para que su sabor se apodere de todo el guiso. Ha llegado a las instituciones como un recuelo franquista encaramado a hombros del Partido Popular gracias a Ciudadanos, un partido que vino con un talante liberal a airear los viejos odres de la derecha anquilosada y ha acabado siendo un exacerbado mamporrero de esta obscena coyunda. Por otro lado está Podemos, una grey política que trata de entrar en el Gobierno sin haberse quitado de encima la sensación de estar todavía bebiendo cerveza a morro en los bares de Lavapiés. Su jefe de filas es una criatura mediática fabricada por las cámaras, gracias a su locuacidad imbatible. Aunque un día Pablo Iglesias se presentara con su cogote esculpido a navaja, prueba de su integración en el sistema, es difícil imaginarlo callado ante un micrófono a la salida del Consejo de Ministros sin intentar segarle la hierba bajo los pies al Partido Socialista, dado su carácter. Batido de uno y otro flanco, Pedro Sánchez permanece agarrado al azar de sí mismo. La derecha le empuja a abrazarse a los independentistas para poder achicharrarlo y es como si los curas te obligaran a pecar para poder mandarte al infierno. Este verano los pájaros caerán ya fritos del tejado y no será por el calor sino por tanto odio político consolidado.

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La zapatilla ardiente

La convulsión actual de la política española está poniendo de moda la angustiada figura de Miguel de Unamuno

MANUEL VICENT

Miguel de Unamuno, en su despacho, en una imagen sin datar.
Miguel de Unamuno, en su despacho, en una imagen sin datar.

Miguel de Unamuno vuelve a estar de actualidad. Primero el actor José Luís Gómez llevó sus agonías a escena. Ahora Alejandro Amenábar ha realizado una película, que se estrenará en septiembre, sobre su tragedia personal, pero es la convulsión actual de la política española la que está poniendo de moda su angustiada figura, aunque la moda hoy solo sea esa pegatina con que se adorna la puerta del frigorífico

Unamuno fue un intelectual que desangró su inteligencia entre las paradojas y contradicciones a las que le llevaban su carácter agónico y atrabiliario. Su indiscutible talento fue zarandeado por el oleaje de unas pasiones políticas, que se debían más a enconos, afrentas y envidias personales que a arraigados principios ideológicos. Cobrar un duro más que Ortega por cada artículo era su obsesión y de Azaña decía: “Cuidado con él, porque es un escritor sin lectores y por resentimiento es capaz de hacer la revolución con tal de que lo lean”.

José Luís Galbe, fiscal general de la República durante la Guerra Civil, exiliado en Cuba, cuenta en sus memorias, que siendo fiscal en Ávila, un día el Gobernador Civil de la provincia, Manuel Ciges Aparicio, le invitó a ir a Salamanca a visitar a Miguel de Unamuno. Quedaron a con él en el café Novelty de la Plaza Mayor. Con Giges iban varios gobernadores civiles y funcionarios, “todos intelectuales y escépticos, como buenos republicanos”.

“Don Miguel hablaba ex cátedra, más bien pontificando. En este caso la víctima era Azaña, a quien, entre otras cosas, acusaba hasta de ser homosexual. Yo era el más joven de todos y el de menor importancia, mejor dicho, no tenía ninguna. Pero marqué ostensiblemente mi disgusto cogiendo mi café y mudándolo a la mesita de al lado. Era un derecho constitucional. Pero don Miguel, que me dio la impresión de ser muy soberbio, agarró mi taza y la restituyó a la mesa, interpelándome muy sarcástico. ‘¿Qué pasa, joven? ¿No está usted de acuerdo con lo que digo?’. Eran ya ganas de buscarle tres pies al gato y le repliqué muy concreta y judicialmente: ‘Mire usted si no estoy de acuerdo, que si en vez de decir esto aquí, que estoy fuera de mi jurisdicción, donde no pinto nada, lo hubiera dicho usted en Ávila, lo hubiera metido preso’. No dijo una palabra. Se calló y hubo un enojoso silencio general. Por cierto, a todos aquellos gobernadores civiles los fusiló Franco”.

De un bando a otro. Primero contra Primo de Rivera y la Monarquía, después a favor de la República, luego contra el Frente Popular, después a favor de Franco, luego contra los militares alzados en armas. Exaltado por unos, denostado por otros, desposeído y repuesto en sus cargos, no cesó de dar bandazos sin encontrarse a sí mismo. Después de su famoso enfrentamiento con el espadón Millán Astray en el paraninfo de la Universidad de Salamanca, el 12 de octubre, Día de la Raza, Unamuno fue expulsado de su cargo de rector y quedó secuestrado en su propio domicilio. En la puerta había un falangista de guardia que no dejaba entrar a nadie. Cuenta el periodista Luis Calvo que un día consiguió romper esa barrera y se encontró con Unamuno dando puñetazos en la mesa, fuera de sí. Soltaba imprecaciones contra los falangistas que lo tenían amordazado y no paraba de gritar que una noche se iba a ir a pie por una carretera de segundo orden que él conocía muy bien hasta Portugal y desde allí embarcaría a América para decirle a todo el mundo que los nacionales estaban fusilando en Salamanca a muchos de sus colegas y que cometían más animaladas que los rojos. Había que imaginar a este rebelde ibérico con la cabeza perdida cabalgando su propia locura por campos polvorientos de la patria hacia ninguna parte.

Otro falangista amigo suyo, Bartolomé Aragón Gómez, solía acudir a su casa para darle conversación alrededor de la mesa camilla, disimulando así su arresto domiciliario. Una tarde, mientras la criada Aurelia estaba planchando, Unamuno vaciaba su cólera contra los desmanes de Mola, de Millán Astray y de Martínez Anido, aunque no contra Franco, al que había visitado inútilmente para salvar de la muerte a algunos de sus conocidos. Al final de su larga invectiva guardó silencio e inclinó la cabeza. El amigo pensó que se había dormido, pero en ese momento la habitación comenzó a oler a chamusquina. Una babucha de don Miguel estaba ardiendo con el fuego del brasero de cisco. Había muerto. Era el 31 de diciembre de 1936. En ese tiempo, como la zapatilla de Unamuno, también ardía España entera.

Había pasado la vida luchando contra esto y aquello, pero en el fondo no había peleado más que contra sí mismo, sin otra obsesión —nada menos— que la de ser inmortal frente a la divinidad. Ese fue su destino. Total, para nada. Pero Unamuno ha vuelto a la actualidad porque el olor a chamusquina se ha apoderado del aire. El odio, los enconos y las banderías irredentas arden ahora como la babucha de Unamuno en el brasero de cisco de la política española.

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La sonrisa

Ese informe médico convertía en pura idiotez todo cuanto había leído en la sala de espera

MANUEL VICENT

Sala de espera en un hospital de Granada.
Sala de espera en un hospital de Granada. JUNTA DE ANDALUCÍA EUROPA PRESS

En la antesala del oncólogo está sentado el paciente a la espera del resultado de la biopsia. Para mitigar su angustia el paciente se ha puesto a hojear las revistas manoseadas y algún diario que había en una mesa. En el National Geographicpudo leer cómo se las gastan las criaturas del reino animal. Ante sus ojos se sucedieron imágenes de serpientes e insectos venenosos, de guepardos descuartizando gacelas, de las hazañas casi humanas que ya realizan algunos monos. A continuación, en una revista del corazón contempló princesas en sus mansiones y a unos niños rubios retozando en praderas de esmeralda y también fiestas en popas de fastuosos yates, bodas y divorcios de famosos, funerales de lujo en los que apetecía ser el muerto. Los titulares de la primera página del periódico traían el nauseabundo mercadeo que se llevan los políticos con sus pactos. Se negó a que semejante obscenidad le añadiera más angustia a la que ya sentía y para ello escogió una revista de divulgación científica donde el paciente leyó que en el año 2045 la inteligencia artificial habrá sobrepasado a la de nuestro cerebro y a partir de entonces el ser humano podrá ser inmortal, pero ahora todavía era junio de 2019 y, llegado el momento, la enfermera pronunció en voz alta su nombre y el paciente se vio sentado ante el doctor, quien tenía el resultado de la biopsia sobre la mesa. En el silencio neumático que se produjo entre los dos el paciente pensó que ese informe convertía en pura idiotez todo cuanto había leído en la sala de espera. El doctor abrió el sobre y antes de pronunciar el veredicto miró fijamente al paciente a los ojos y sonrió de forma ambigua, equívoca, enigmática. Dentro del silencio esa sonrisa contenía el pasado y el futuro, el bien y el mal, la vida y la muerte. Formaba parte de la materia oscura con la que está construida el alma humana

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La llamada

El silencio largo y profundo que siguió estaba lleno de lágrimas, fiestas, placeres, desgracias, éxitos, fracasos y carcajadas

MANUEL VICENT

La llamada

A estas alturas de la vida, al repasar la agenda de bolsillo, aparecen en sus páginas algunos nombres de amigos que han muerto, seguidos de un número de teléfono que ya nunca contestará a la llamada. Me niego a borrarlos porque es como si volvieran a morir. Solo cuando cambio de agenda suelo limpiar este cementerio y dejo que esos nombres se conviertan en humo de la memoria. Cada una de esas vidas, que le han acompañado a uno durante tanto tiempo, al final se resume en una sola imagen inolvidable. Tal vez será aquella hierba que os fumabais juntos oyendo a Janis Joplin, a Ray Charles y a Otis Redding después de la manifestación bajo los gases lacrimógenos, o aquellos manteles bordados en un país del Tercer Mundo que las niñas rojas extendían a la sombra de los pinos. Él había traído de Bulgaria unos pepinillos agridulces y solo por eso se creía un revolucionario. Puede que medio siglo de amistad se concentre en aquel primer viaje a Nueva York cuando en sus alcantarillas habitaban colonias de cocodrilos blancos y ciegos, o en el recuerdo de Sicilia en primavera o en el paseo por La Valeta de Malta después de contemplar la Degollación del Bautistade Caravaggio. Uno de los nombres de la agenda te lleva a la tertulia del café y otro estará siempre unido a las risas de verano en la playa. Esos amigos eran de derechas o de izquierdas, pero la guadaña les ha segado la ideología bajo los pies y ahora todos militan en el partido único de la muerte. Una noche de insomnio, a altas horas de la madrugada, hice la prueba. Antes de eliminar de la agenda el nombre de un amigo muerto me armé de valor y marqué su número de teléfono. Después de varias señales sentí que alguien levantaba el auricular al otro lado. El silencio largo y profundo que siguió a la llamada estaba lleno de lágrimas, fiestas, placeres, desgracias, éxitos, fracasos y carcajadas.

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El arte de posar para una foto

Hacia el fondo de la noche, Sabina se pondrá suave y Serrat hará de canalla y no cesarán de volar hasta encontrar el corazón dulce de los caballos en cada uno de los espectadores

MANUEL VICENT

Los cantantes Joaquín Sabina y Joan Manuel Serrat.
Los cantantes Joaquín Sabina y Joan Manuel Serrat. JORDI SOCIAS

Un día de primavera, por los montes de Navas del Marqués, más allá de El Escorial, por una carretera perdida que solo llevaba a un cercado donde pastaban unas vacas rubias, apareció un Cadillac 1953 Eldorado, descapotable, de color rojo, largo, muy largo, con Serrat y Sabina a bordo, unidos por la misma marca Stetson del sombrero y la gorra. Aparte de estos dos pájaros que cantan en los escenarios había otros que en ese momento cantaban en las ramas de los pinos, robles y carrascas.

Contemplar a Sabina respirando un aire extremadamente puro con olor a lavanda era en este caso el espectáculo. Se podía temer que lo matara aquella descarga de oxígeno con su punta afilada de navaja, pero se comportó como un valiente. Por su parte Serrat, que es más de mar y montaña, respiraba a pleno pulmón sin temer peligro alguno. Por allí andaban sus mujeres, Candela y Jimena, que ejercen con ellos de compañeras, amantes, enfermeras y asistentas sociales.

Decía Sabina: “Yo con el martirio de los autógrafos y los selfis ya no puedo salir de casa. Algunos amigos tienen la llave. Saben que allí hay camas”. Ahora en esta tierra alta, de místicos y jabalíes, Sabina se sentía a salvo, a menos que una vaca se acercara a abrazarle. En cambio, Serrat suele aceptar la gloria como un pan tierno de cada día que le manda la vida y sonríe como la cosa más natural cuando un matrimonio de cierta edad, después de felicitarle, le confiesa que ha engendrado a sus hijos escuchándole cantar y hasta ahora nadie le ha pedido daños y perjuicios.

Serrat y Sabina volverán en otoño a unir de nuevo sus voces en el Cono Sur de Latinoamérica donde son dioses, cada uno en su nube de algodón, entre la lírica y el desgarro, ambos con su endiablado talento. Un día Rafael Azcona les dijo: “Lo habéis conseguido todo, venga, dejadlo ya”. Cómo lo va dejar Sabina si sigue imbatido después de haber meado sobre el limón espumoso de miles de urinarios en bares de madrugada; si Joan Manuel Serrat ha sobrevivido al Mediterráneo y conserva intacta la rebeldía moral, comprometida de unos tiempos difíciles, pero siempre envuelta en el aura de una dicha de vivir y en la melancolía de aquellos tranvías que transportaban hacia las playas los domingos a gente vencida y devolvían a la ciudad solo derrotada por el sol, con los labios salados y la piel quemada.

Y entre tantas palabras de amor de Serrat, los gritos afónicos de Sabina, ambos fundidos, y aunque los dos crucen sus canciones, uno con la guitarra se rascará el corazón y otro el hígado sobrevivirán hasta el último día y ni un minuto más. Durante sus conciertos de nuevo se llenará el aire de nuevas pálidas princesas, de versos incólumes de poetas, de borrachos, macarras y prostitutas, de aquellos bares que ahora son bancos hipotecarios y otras ternuras, pero estos dos pájaros volarán juntos, con las alas cruzadas como sus letras y melodías hacia el fondo de la noche y Sabina se pondrá suave y Serrat hará de canalla y no cesarán de volar hasta encontrar el corazón dulce de los caballos en cada uno de los espectadores. Cantando la moral de la derrota o la gloria de estar vivo, de ser un héroe cotidiano o un superviviente de la propia guerra, los dos han sido elegidos por los dioses, uno con la voz rota, otro modulando un temblor también desgañitado.

Estar siempre de parte de los que pierden, apuntarse a las derrotas, convertir cualquier caída en una rima dura y cantarla como quien grita a la vida, ese es el asunto de Sabina cuyo primer objetivo es que todo el mundo sea feliz, que los reaccionarios dejen libres las nubes y los jergones para que los hijos del cielo puedan volar. Si hubiera sido misionero habría bautizado con whisky a los apaches. Y mientras ese milagro suceda Serrat enamorará a las madres y a las hijas. Acosados por una estampida de admiradores en España y Latinoamérica, Joan Manuel Serrat y Joaquín Sabina se han apropiado de los jóvenes más insomnes, de los más cabreados, de todas esas chicas, que si bien pueden ser princesas, tienen el corazón suburbano.

Volarán juntos otra vez, ahora con las canciones trabadas, como el fuego cruzado de una guerra conjunta contra los bárbaros de cada esquina, a favor de la felicidad de cuantos esperan que un asa llegue por el aire a rescatarlos para volar a la misma altura, con estos dos pájaros, Serrat y Sabina.

Después de contemplarlos entre el humo de los aplausos recibir exhaustos y sudorosos los abrazos de los admiradores en los abarrotados camerinos era cosa de verlos ahora en la altura mística de los montes de Ávila entre flores silvestres y vacas rubias y de ojos azules bajo el canto de los mirlos y de los jilgueros. Pese a todo, estos dos pájaros en este vuelo han podido comprobar que las flores de jara son blancas y amarillas las de la retama. ¿Qué hacían allí? Posar para una foto. Lo mismo que hacía aquel tigre en la cumbre nevada del Kilimanjaro.

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