Acracia

Ojalá el ciudadano pudiera quedar exento de fanatismo, sectarismo y estupidez, dispuesto a votar a un líder inteligente y honesto sin más adherencias

El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, en un pleno en el Congreso.
El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, en un pleno en el Congreso. ULY MARTÍN

 

Se podría vivir sin políticos, pero no sin médicos; se podría vivir sin militares, pero no sin maestros; se podría vivir sin jueces y policías, pero no sin científicos; se podría vivir sin sacerdotes, pero no sin labradores. No obstante, en este reino de la acracia feliz solo algunos políticos, jueces y policías urbanos podrían seguir contribuyendo a la felicidad colectiva siempre que lograran superar la prueba de la Vibradora Universal cuya ejecución consiste en que, sometida cualquier obra, conducta, profesión, ideología o creencia de las personas a una poderosa vibración, todo lo que cae es lo que les sobra. Menos es más. Este principio minimalista que el arquitecto Mies van der Rohe inoculaba en sus edificios se puede aplicar a cualquier aspecto de la sociedad. Si durante el debate sobre el estado de la nación se sometiera el Congreso de los Diputados a la Ley de la Vibradora Universal, ¿qué político quedaría en pie que fuera digno de hablar desde la tribuna? Si esta poderosa vibración se aplicara a lo estúpido y superfluo que uno oye y lee cada día en los medios, ¿cuántas palabras se mantendrían limpias y necesarias desafiando la belleza del silencio? Si la ideología de derechas o de izquierdas fuera sometida a la Vibradora Universal, sin duda, el ciudadano quedaría exento de fanatismo, sectarismo y estupidez, dispuesto a votar a un líder inteligente y honesto sin más adherencias. También serían innumerables los cascotes que se desprenderían de la iglesia, de la universidad y del mundo del arte. Al final de este seísmo estético la sociedad habría quedado compuesta solo de médicos, maestros, investigadores, guardabosques y sembradores de cereal, asistida por unos pocos guardias de tráfico, que hubieran salido indemnes de la descarga de la Vibradora Universal para formar parte del reino moral de la acracia.

MANUEL VICENT

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Prometeo

Si uno se explora por dentro puede encontrar a un héroe real, no ficticio

Superhéroes de Marvel.
Superhéroes de Marvel. EFE

Se cuenta de Balzac que en su lecho de muerte, en medio del delirio de la agonía, pidió que llamaran al doctor Bianchon, el médico de ficción de una de sus novelas, porque creía que era el único que podía salvarle. Este remedio está al alcance de cualquiera que posea un poco de imaginación. Cada generación ha generado a sus propios héroes vengadores, terrestres o galácticos con suficientes poderes y agallas para vencer a cualquier enemigo. Los niños de posguerra, hoy sumidos en el miedo y entregados al desencanto, podríamos invocar la ayuda de Roberto Alcázar, del Guerrero del Antifaz, del Hombre Enmascarado, de Juan Centellas y del Capitán Trueno, que conformaron los momentos más felices de nuestra memoria, y que, sin duda, estarían dispuestos a sacarnos del atolladero una vez más. Superman, Batman, Spiderman, Iron Man y Corto Maltés podrían solucionarles todavía cualquier problema a los jóvenes desesperados de hoy. Pero no es necesario acudir a héroes de ficción en medio del delirio, como Balzac, para salvarse de la agonía de cada día. Si uno se explora por dentro puede encontrar a un héroe real, no ficticio, a ese Prometeo que fuiste tú mismo en un momento de la vida. ¿Acaso no eras tú aquel joven que quería cambiar el mundo, el que se jugó el pellejo frente a la dictadura? ¿No eres tú aquel joven ecologista, imbatible, solidario e inconformista? ¿Dónde está el Prometeo encadenado, que no se resignaba ante la injusticia? Hasta el ser más anodino guarda en su interior un gesto de rebeldía. Si la vida te arrastra por el barro del conformismo y te obliga a tragar con toda clase de ruedas de molino pide ayuda a ese héroe lleno de orgullo que fuiste tú mismo un día para que acuda a socorrerte ante cualquier caída.

MANUEL VICENT

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Comer, leer

Existen lectores exquisitos que leen buscando en cada libro la isla del tesoro y siempre encuentran el cofre del pirata

Una mujer come mientras lee.
Una mujer come mientras lee. GETTY IMAGES

 

Leer y comer son dos formas de alimentarse y también de sobrevivir. No sabría decir qué es más orgánico, más íntimo, más necesario. Los clásicos lo tenían claro: primero vivir y después filosofar. Pero sucede que hoy los más refinados creen que comer es también una filosofía y mastican lentamente los alimentos pensando en su naturaleza ontológica, imaginando el largo camino que han recorrido hasta llegar a la mesa. Alguien sembró la semilla, regó las hortalizas, podó los frutales, salió de madrugada a pescar, apacentó el ganado. Alguien llevó todos esos productos al mercado. Alguien los cocinó con amor y sabiduría, con la cultura culinaria que arranca del neolítico. Los que comen así tratan de convertir también la sobremesa en un ejercicio moral, casi místico y no necesitan ninguna enseñanza de tantos masters chefs insoportables. Por otra parte existen lectores exquisitos que leen buscando en cada libro la isla del tesoro y siempre encuentran el cofre del pirata. Hasta hace bien poco ningún artilugio se interponía en esa placentera navegación de los sueños que a través de las páginas de los libros se eleva hasta el cerebro y tampoco ningún cocinero mediático perturbaba el trayecto que los alimentos naturales recorrían del plato al estómago. Pero hoy la cocina y la lectura están cambiando de sustancia. La cocina ha caído bajo la dictadura de los masters chefs que ejercen el papel de intermediarios del gusto con sus platos estructuralistas y la lectura se ha instalado en soportes digitales que imponen sus reglas al pensamiento con sus múltiples aplicaciones. Los artilugios informáticos exigen una lectura rápida, breve, fragmentada, superficial, líquida e inmediata. Los nuevos cocineros te obligan a admirar sus instalaciones artísticas en el plato sin preocuparse de lo que suceda después en el estómago. Así están las cosas.

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A examen

Te darás cuenta de lo irresponsables e ineptos que son muchos de nuestros políticos de derechas y de izquierdas

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El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy y Carles Puigdemont, presidente de la Generalitat. PAU BARRENA / GETTY IMAGES

 

Después de todo, la Felicidad con mayúscula se compone de minúsculos actos felices; de sensaciones pasajeras agradables; de un estado de salud aceptable; de expectativas positivas ante un futuro siempre azaroso, aunque no totalmente tenebroso; de alguien que te quiera; de un amigo que esté dispuesto a ayudarte; de pequeños placeres inherentes a los cinco sentidos corporales. La trama cotidiana de actos felices está servida por ciudadanos corrientes y anónimos, que directamente inciden en tu vida. Esta lista de servidores la forma el panadero, el último quiosquero de la esquina, el tendero amable, el conductor del autobús, el médico de cabecera, el cartero que te trae buenas noticias, el fontanero muy profesional, el camarero de bar, la profesora del colegio de tus hijos, el vecino simpático que te da los buenos días. De otro lado está el nudo de las obligaciones que te ahoga y el mundo de la política cuya maleva atención absorbe gran parte de tu energía. Para descubrir si un político merece tu voto trata de imaginarlo como ese ciudadano corriente que contribuye a tu felicidad cotidiana. Y en este caso debes preguntarte si le comprarías el pan a Donald Trump si fuera panadero; si te subirías a un autobús conducido por el presidente Rajoy si llevara el volante igual como conduce a su Gobierno; si te dejarías operar del riñón por un cirujano que en el quirófano se comportara como lo hace Carles Puigdemont en Cataluña. Te darás cuenta de lo irresponsables e ineptos que son muchos de nuestros políticos de derechas y de izquierdas, en el poder o en la oposición, cuando piensas en qué incómodo fregado se convertiría tu vida si tal como se comportan en política esos líderes lo hicieran como tenderos, médicos de cabecera, conductores de autobús, cocineros o cirujanos. Con toda seguridad prescindirías de ellos. Pues, eso.

MANUEL VICENT

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Divorcio

Rasgar a la brava el tejido entre Cataluña y España solo puede desembocar en la violencia o en la frustración y la melancolía

El vicepresidente de la Generalitat, Oriol Junqueras , y el presidente de la Generalitat de Cataluña, Carles Puigdemont, en una reunión semanal del gobierno catalán.

Cuando una pareja de mutuo acuerdo decide divorciarse, expone ante el juez los motivos reales o ficticios de su litigio y en menos de una hora el problema queda resuelto. Si previamente la cuestión de los hijos ha quedado clara, el divorcio es lo más parecido a una declaración de independencia y a la salida del juzgado la pareja se tomEl vicepresidente de la Generalitat, Oriol Junqueras , y el presidente de la Generalitat de Cataluña, Carles Puigdemont, en una reunión semanal del gobierno catalán. ANDREU DALMAU EFEa unas cañas en el bar de la esquina para celebrar su liberación. Pero si una de las partes no desea la separación y la otra se empeña en conseguirla a cualquier precio, en este caso la ruptura se convierte en un terrible fregado, que a veces desemboca en una violencia extrema. Este divorcio a contradiós, por las buenas o por las malas, que los independentistas catalanes pretenden alcanzar del resto de España se halla en la fase de los eufemismos dialécticos, democracia, referéndum, derecho a decidir, desafío, desconexión, choque de trenes, golpe de Estado, de los que se sirven los políticos y comentaristas para eludir o enmascarar un horizonte tenebroso, puesto que por las malas la independencia de Cataluña solo se puede conseguir mediante una revolución o una guerra civil, dos vocablos obscenos que nadie se atreve a pronunciar. Pero un choque de trenes tampoco es cualquier cosa. Se trata de una verdadera catástrofe que provoca muchos muertos y uno se admira de la frivolidad suicida con que de una parte y otra se barajan estos conceptos en busca de una imposible salida como si el problema de Cataluña fuera de una cuestión escolástica, que pudiera solventarse con declaraciones de los políticos y con sentencias judiciales. Entre Cataluña y el resto de España hay un tejido histórico formado a través de los siglos con millones de nudos económicos, sociales, culturales y sentimentales. Rasgar a la brava ese tejido solo puede desembocar en la violencia o en la frustración y la melancolía.

MANUEL VICENT

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Salteadores

Ante cualquier desorden siempre hay alguien que exclama: ¡Esto solo lo arregla la Guardia Civil!

Agentes de la Unidad Central Operativa de la Guardia Civil (UCO), durante un registro.Agentes de la Unidad Central Operativa de la Guardia Civil (UCO), durante un registro. EMILIO NARANJOEFE

 

Como su nombre no indica, la Guardia Civil es un cuerpo militar, creado por el duque de Ahumada en 1844 para preservar la seguridad de los caminos y combatir el bandolerismo, que en mitad del siglo XIX infestaba el territorio nacional. Desde su fundación hasta hoy, la Guardia Civil se ha adaptado con proverbial lealtad a todos los regímenes establecidos, incluida la II República durante la guerra, y esta fidelidad ha hecho que fuera utilizada en muchas ocasiones para aplastar con extremada dureza cualquier brote de rebeldía frente al poder constituido. El miedo a la Guardia Civil está inscrito como un sello indeleble en el inconsciente de los españoles. Estuvieras dentro o fuera de la ley, vislumbrar de lejos en los caminos rurales de España las siluetas de una pareja con tricornio, capote y naranjero fue durante mucho tiempo siempre un mal trago. Puede que la derecha, gente de orden, la amara, pero muchos españoles de izquierdas la odiaban por llevarla asociada a episodios de nuestra historia más negra, hasta el día en que este odio o temor comenzó a ser atemperado por el respeto que inspiraban sus motoristas en la carretera o su ejemplo en operaciones de salvamento en las que arriesgaban sus vidas. Ante cualquier desorden siempre hay alguien que exclama: ¡Esto solo lo arregla la Guardia Civil! En eso estamos. La corrupción es hoy tan asfixiante como lo fue la plaga del viejo bandolerismo del siglo XIX. Los políticos corruptos asaltan las instituciones como antiguamente los bandidos asaltaban las diligencias en los caminos, y parece que de ellos ya solo puede librarnos de nuevo esta Guardia Civil del UCO, altamente tecnificada. Ahí la tienes sacando mierda a destajo todos los días para llevarla a los jueces en una operación de salvamento nacional. Si la derecha también ha comenzado a temer a la Guardia Civil, se acabó la fiesta.

MANUEL VICENT

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Más sangre

Según cálculos tomados al aire, la cantidad oscila alrededor de 50.000 toros corridos o sacrificados públicamente en plazas y en festejos populares

Corrida de toros en La Maestranza, Sevilla

Corrida de toros en La Maestranza, Sevilla © GETTY IMAGES

 

Habría que saber el número exacto de reses bravas que se sacrifican en España cada año ante el general jolgorio lleno de gritos, aplausos, denuestos, vítores y regüeldos de los aficionados a la fiesta nacional. Según cálculos tomados al aire, la cantidad oscila alrededor de 50.000 toros corridos o sacrificados públicamente en plazas y en festejos populares. Si por cada res muerta, que se llevan las mulillas al desolladero, se añade una media de tres puyazos, tres pares de banderillas, tres estocadas, cuatro pinchazos en hueso y otros tantos descabellos, acompañados de los vómitos correspondientes producto de degüello, la suma alcanza más de un millón de cuchilladas. El inconsciente colectivo de este país está sumergido en la charca de sangre que se deriva de esta gran carnicería festiva, y que a su vez convierte su violencia orquestada con las consabidas charangas en una costumbre cotidiana. La corrida ha perdido toda su estética. Bien en los cosos taurinos, cada año más deshabitados, bien en su versión pueblerina en plazas de carros, con encierros, toros de fuego o ensogados, donde los morlacos destripan cada verano a no menos de una docena de borrachos, a esta fiesta nacional ya no hay poeta, crítico o aficionado que la salve, ni siquiera invocando al buey Apis. Desde hace más de 30 años, por primavera, cuando empieza la feria de San Isidro, sin faltar nunca a la cita, he escrito un artículo antitaurino en este mismo periódico. Por primera y única vez voy a permitirme el impudor de escribir sobre mi trabajo. Con El Roto, quien aporta una serie de dibujos con los que denuncia magistralmente esta matanza ritual, juntos hemos publicado una nueva Antitauromaquia,a modo de alegato contra la fiesta nacional. Ciertamente, no esperamos nada con este libro, salvo librarnos de este charco de sangre.

MANUEL VICENT

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Mosquitos

De forma ingenua la gente cree que nuestros secretos, confidencias, pensamientos y opiniones están a salvo

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Icones de WhatsApp y Facebook messenger. PHIL NOBLE REUTERS

 

Como mosquitos, que alegres y confiados desafían a la araña, nos intercambiamos secretos por SMS, e-mails, WhatsApp, Twitter, Facebook, blogs e Instagram con la creencia de que ese caudal de imágenes y palabras, algunas calientes y comprometidas, la mayoría estúpidas o banales, sale de estos dispositivos electrónicos y se posa aleatoriamente en una nube donde permanece preservado a nuestra exclusiva disposición. De forma ingenua la gente cree que nuestros secretos, confidencias, pensamientos y opiniones están a salvo en ese trastero celestial, puro e incontaminado, cuando en realidad esa nube es una gigantesca computadora situada bajo tierra donde la humanidad a modo de enjambre de alegres y confiados mosquitos se encuentra cada día más atrapada. En ella se almacenan todos los mensajes que emitimos con nuestros cacharros digitales y que las grandes empresas de comunicación, el poder y la policía utilizan a su conveniencia. Los secretos de nuestra vida están secuestrados y disponibles en esa telaraña, puesto que el acuerdo de confidencialidad es pura falacia. Se trata de un robo y a la vez de una amenaza en toda regla. Imagínense que en vez de bits se almacenaran en un gran depósito general nuestras cartas y documentos escritos. Habría que ser idiotas para creer que estarían allí bien guardados sin que nadie los leyera, los utilizara o revendiera. Las redes sociales se han convertido en verdaderas redes físicas, similares a las de las arañas más peligrosas que atrapan nuestros pensamientos para convertirnos en víctimas de algún depredador. Pero existe algo peor. Si dentro de mil años esa nube digital desapareciera por un cambio climático o la gran computadora universal fuera bombardeada, la humanidad sin memoria tendría que volver al neolítico, comenzar por la pintura rupestre e inventar al final el papel y el lápiz.

MANUEL VICENT

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¡Agua va!

El agua del Canal de Isabel II, que beben y con la que se lavan la cara los madrileños se ha convertido en un fétido albañal político

Sede del Canal de Isabel II, en la calle de Santa Engracia, 125, Madrid.

Sede del Canal de Isabel II, en la calle de Santa Engracia, 125, Madrid. ÁLVARO GARCIA

 

El 17 de julio de 1834, bajo el calor escalfado del verano se expandía una epidemia de cólera en Madrid. De pronto se corrió la voz de que las muertes se debían a los clérigos que habían envenenado el agua de las fuentes públicas, y el pueblo asaltó conventos e iglesias y en solo 12 horas mató a 73 curas y frailes a garrotazos y puñaladas. Lo escribe Galdós. Acababa de morir Fernando VII, el felón, y España rota en banderías se preparaba para la matanza general de la primera guerra carlista. Por los salones de Madrid se paseaba entonces un joven de patillas románticas, que ha pasado por ser el creador del periodismo moderno, Mariano José de Larra, quien después de denunciar, criticar y zaherir en vano los vicios de la política acabó pegándose un tiro. Todo el año es carnaval, escribió Larra, espejo de inconformismo e independencia, en el que siempre desde entonces han tratado de reflejarse los mejores periodistas. Hoy, aquel carnaval perdura bajo distintas formas. Las fuentes de Madrid no han sido envenenadas por los clérigos, pero el agua del Canal de Isabel II, que beben y con la que se lavan la cara los madrileños, se ha convertido en un fétido albañal político. En España no hay cólera, pero hay cabreo, una epidemia más expansiva. El carnaval de Larra continúa, y si bien el pueblo no se levanta airado a matar curas, que nada tienen que ver en el asunto, sigue votando una y otra vez a gobernantes corruptos con una entrega de borregos. En la Comunidad de Madrid se ha dado un hecho milagroso: se trataba de un prostíbulo en el que la única virgen era el ama. El agua del canal baja muy turbia y muchos ciudadanos, como Pilatos, con ella se lavan las manos, pero nada podrá salvarnos de esta epidemia si a través de las urnas no echamos del Gobierno a esta gente a patadas, sin tener que pegarnos un tiro como Larra.

MANUEL VICENT

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De la tumba

El Valle de los Caídos sigue siendo el símbolo de la división ideológica de los españoles

La cruz del Valle de los Caidos vista desde Guadarrama. rn rn
La cruz del Valle de los Caidos vista desde Guadarrama. JAIME VILLANUEVA

 

Realmente la Transición no terminará mientras los huesos de Franco y los de José Antonio permanezcan en ese panteón faraónico, pretencioso y macabro del Valle de los Caídos. Un chiste anodino pronunciado en un programa de televisión sobre la enorme cruz hortera de Cuelgamuros ha levantado una estúpida polvareda en los medios y ha movido los posos de la justicia, lo que demuestra que ese monumento funerario, aunque lleno de goteras, está cargado todavía de una energía maléfica y sigue siendo el símbolo de la división ideológica de los españoles. Gran parte de la derecha lo tiene como recuerdo sagrado; la izquierda lo odia profundamente por su cruel significado de la tragedia colectiva de la Guerra Civil y las nuevas generaciones, que no conocieron al tirano ni saben cómo se las gastaba, comienzan a tomarlo como objeto de chanza y escarnio solo porque mola jugar a zaherirlo y a este paso acabará convertido en una putrefacta ruina histórica a merced de todas las bestialidades propias del estercolero de las redes sociales. Los socialistas durante sus Gobiernos con mayoría absoluta no tuvieron el coraje de levantar los huesos del dictador para entregarlos a la familia, pero ese deber corresponde cumplirlo a la derecha porque solo así las heridas de la guerra quedarían en verdad cicatrizadas. El dictador tiene bien merecida una sepultura privada, esta vez realmente cristiana, para que duerma el eterno olvido lejos de esa cruz que no es sino una proyección de su impotencia, una forma ostentosa del complejo de castración, según algunos psicoanalistas. Hoy es la fiesta de la resurrección. La primera lección que uno debe aprender de este día es a salir del propio sepulcro, aunque cada uno resucita como puede. Algunos lo hacen discretamente de madrugada sin que se entere nadie. Así debería sacar la derecha a Franco de la tumba.

MANUEL VICENT

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