Imagina

En ese extraño país la democracia parece estar tutelada aun por ese dictador desde su tumba

Valle de los Caídos.
Valle de los Caídos. SAMUEL SÁNCHEZ

 

Imagina que el 14 de abril de 1931 se instituyó en un extraño país una República con una Constitución democrática. Imagina que, en julio de 1936, un general golpista se proclamó a sí mismo salvador de la patria y derribó a sangre y fuego ese régimen legalmente constituido, provocando una guerra civil con medio millón de muertos y otros tantos desterrados. Imagina que, después de su victoria, este general sumió a ese extraño país en una dictadura férrea de 40 años sin dejar de fusilar a miles de ciudadanos bajo juicios sumarísimos y mientras mantenía las cárceles llenas de presos políticos se sirvió de ellos como esclavos para construir un mausoleo faraónico perforando una montaña bajo una desmesurada cruz de granito. Imagina que ese panteón situado a las afueras de la capital del Estado le sirvió de propia sepultura y que allí permanecen sus despojos todavía, pero, antes de morir, este general golpista nombró a su sucesor a título de rey, quien después de verse envuelto en varios escándalos de corrupción tuvo que abdicar en su hijo. Imagina que uno de los ministros de este dictador fundó una formación política de derechas con el nombre de Partido Popular, que ha gobernado en ese extraño país gracias a una Transición democrática cuyos aciertos han permitido a los ciudadanos, no sin ciertos riesgos, vivir en libertad bajo una Constitución, que parte del territorio no acata. Imagina que un juez alemán muy escrupuloso ha recibido una euroorden para que entregue a ese extraño país a uno de sus políticos prófugo de la justicia. Pensando en lo que sería Alemania si tuviera a Hitler en un gran mausoleo cerca de Berlín, tal vez ese juez no consiga desprenderse de ciertos prejuicios al sospechar, aunque sea de forma difusa y muy confusa, que, en ese extraño país, la democracia parece estar tutelada aún por ese dictador desde su tumba.

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Al pelo

Si Pedro Sánchez perdura en el Gobierno pronto una ceniza prematura comenzará a ascender por las patillas hasta cubrir por entero su cabeza

Pedro Sánchez esta semana en la La Fundación Carlos de Amberes.
Pedro Sánchez esta semana en la La Fundación Carlos de Amberes. VÍCTOR J. BLANCO GTRES

 

Como si el peinado masculino hubiera entrado a formar parte del mundo del arte, algunos peluqueros de moda ya se atreven a firmar como una performanceexclusiva el tinte y corte de pelo de famosos deportistas, actores y otras celebridades. Al margen de esta tendencia artística, algunos caballeros acostumbran desde siempre a teñirse el pelo de negro azabache y entre ellos los hay que llevando las greñas de un lado a otro componen su propia instalación para ocultar una incipiente calvicie. Este complejo se puede entender entre individuos que no se aceptan como son, pero en un político denota una inseguridad que debería alertar al ciudadano. Si un político no sabe enfrentarse a este pequeño problema que tiene su cabeza por fuera, no esperes que pueda resolver los que tenga por dentro su cerebro y menos los de todo un país a la hora de gobernar. En el momento en que el pelo de Felipe González comenzó a encanecer se convirtió en un político respetable; en cambio, Aznar y Rajoy han mostrado siempre el pelo del color ala de cuervo, falso e inalterable, ajeno a la vida. A Barack Obama se le puso el pelo blanco como consecuencia de promesas incumplidas y de bombardeos criminales no evitados. Por otra parte, nadie sabe cuántas convulsiones cerebrales de bebé furioso seguirá cubriendo la empalizada teñida de calabaza, que Trump exhibe en el cráneo. Los problemas de la Monarquía ya están coronando de canas la testa real de Felipe VI, y si Pedro Sánchez perdura en el Gobierno pronto una ceniza prematura comenzará a ascender por las patillas hasta cubrir por entero su cabeza como señal de su responsabilidad e impotencia, de sus dudas, insomnios y fracasos, de la angustia ante el famoso sapo con el que deberá desayunarse cada mañana. El presidente tendría que dejarse puesta esa ceniza aunque solo fuera para demostrar que el poder es una carga insoportable.

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Meditación en torno a un gorila

Cuando hace años que uno ha abandonado el pueblo, se producen llamadas que te golpean el corazón

Fotograma de
Fotograma de ‘El gorila’, con Edward Norris y Anita Louise.

 

Por el otoño de 1944 comenzó a construirse el cine en el pueblo. A media mañana, el maestro de la escuela nos llevaba de recreo a las afueras en fila de dos y yo iba cogido de la mano del niño que era mi mejor amigo. Juntos veíamos a los obreros encaramados en un andamio y después a los pintores que le daban una capa de color crema a la fachada. Seguíamos al día el lento proceso de las obras de la misma forma que se va construyendo un sueño, el altillo donde iría el proyector, el patio de butacas en ligera pendiente, el escenario bajo la pantalla, todo iba tomando realidad fuera ya de la imaginación, y aunque el cura decía que el cine era un invento del diablo, eso no hacía sino excitarme aun más. Por Navidad, el nombre del cine en grandes letras romanas dentro de una orla acabó de completarse. Se llamaría Cine Rialto y en su pantalla, muy pronto, comenzarían a cabalgar, a disparar, a bailar, a besarse los héroes que veía en los pasquines y en los prospectos de mano.

Como en la primera secuencia de la película Cinema Paradiso, de Giuseppe Tornatore, hace unos días recibí una llamada de un familiar del pueblo para decirme que aquel niño del que iba cogido de la mano en fila de dos cuando pasábamos frente al Cine Rialto, aquel niño que luego sería panadero, al que ayudaba a amasar pan de madrugada durante las vacaciones, con el que de chavales en su moto Lambretta íbamos a la playa y a las verbenas de verano por los pueblos, aquel niño que me fue fiel siempre con su amistad incondicional, aquel niño que se llamaba Sebastianito Ballester, había muerto. A lo largo de la vida, cuando hace muchos años que uno ha abandonado el pueblo, se producen unas llamadas que te golpean el corazón. Un día te dicen: “¿Te acuerdas de Totó, aquel que llevaba la máquina en la cabina del cine? Ha muerto”. O tal vez el que ha muerto es el maestro de escuela que te enseñó la ortografía o aquel entrañable tonto del pueblo que tanto te quería y te saludaba con aspavientos al cruzarse contigo en la calle.

Tenía nueve años cuando mi padre, después de rezar el rosario, permitió que fuera por primera vez al cine en compañía de aquel niño. Ponían la película El gorila, con Bela Lugosi. El espanto que me produjo aquel monstruo en la pantalla se ha diluido en la memoria; en cambio me perdura con toda intensidad el pánico que al salir del cine a medianoche mi amigo comenzó a correr, gritando que el gorila nos perseguía. Al perderlo de vista me quedé solo en un oscuro callejón, paralizado bajo la luna llena que creaba la sombra siniestra de un gorila a mi espalda. El terror de aquella noche de invierno aún lo conservo muy vivo.

A partir de entonces, a lo largo de la vida, he deconstruido ese terror con la experiencia frente a tres gorilas de carne y hueso. En 1964, en el zoo de San Diego de California, a la hora de cerrar el parque, cuando todos los visitantes ya lo habían abandonado, me vi solo sin ningún guardián alrededor ante la jaula de un gorila agarrado a los barrotes. Me quedé unos minutos ante ese animal cuya mirada me sobrecogió porque trasportaba un pensamiento que creí entender. Ambos nos miramos hasta el fondo de los ojos y el gorila parece que quería decirme: te conozco desde aquella noche de invierno y sé lo que te pasa. Ningún psicólogo argentino me había hablado así.

Muchos años después, en 1994, acabada la matanza entre hutus y tutsis ruandeses con un millón de muertos, en el aeropuerto de Kigali había quedado en pie un gorila disecado en cuyo cuerpo acribillado conté hasta veintitantos impactos de bala, pero el animal tótem del país permanecía aún en pie entre los restos de la urna destrozada por el tiroteo, como símbolo de la crueldad de los humanos.

Hace poco, durante un viaje a la selva de los Virunga, en Ruanda, nuestro guía nos llevó después de una hora de camino a ver una familia de gorilas. Eran 17 ejemplares bajo la autoridad de un macho alfa que al ver nuestra pequeña expedición se golpeó el pecho en un alarde de dominio. Después sucedió un hecho insólito, según el guía. Una gorila se desprendió del grupo y al pasar por mi lado me dio con el dorso de la mano un toque en la entrepierna. Consulté este hecho con un psicólogo argentino, quien me dijo: “Tal vez deberías escribirle una carta de amor. En algún lugar del subconsciente encontrarás la respuesta”.

Todo empezó a los nueve años una noche de invierno en el pueblo, cuando después de la película El gorila, en el Cine Rialto, vi con terror que mi amigo se alejaba corriendo en la oscuridad, aquel amigo de la infancia, que ha muerto.

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Lanzadera

El presidente del Gobierno español y el de la Generalitat hablaron en la Moncloa de un problema de la historia común, que un día se llevará el viento

Quim Torra volvió por la tarde en el AVE a Barcelona y aunque fuera había un sol radiante él solo veía sombras a través de la ventanilla.rn
Quim Torra volvió por la tarde en el AVE a Barcelona y aunque fuera había un sol radiante él solo veía sombras a través de la ventanilla. ENRIC FONTCUBERTA EFE

 

Antes de montar en el AVE en Barcelona hacia Madrid, el presidente de la Generalitat, Quim Torra, tuvo que sumarse en el andén a cientos de pasajeros con el mismo destino, cada uno con sus problemas. El tren arrancó puntualmente y al salir a la luz el presidente de la Generalitat pudo ver por la ventanilla los poblados de extrarradio entre paredones de fábricas y empresas multinacionales donde seres de toda clase de orígenes y apellidos se agitan denodadamente cada día en la lucha por la vida. Poco después, el tren cruzó el Campo de Tarragona. En el siglo III antes de Cristo las legiones romanas llegadas a esta tierra dieron nombres en latín a estos ríos, valles y montañas, a los utensilios, labores, alimentos y también a los sentimientos de sus gentes. Luego conquistaron el territorio ulterior siguiendo la misma ruta marcada por las huellas que dejaron los dinosaurios y por donde ahora discurre el AVE cargado de pasajeros, que durante el viaje teclean en los ordenadores conectados a redes planetarias, conciertan negocios con el móvil o comentan con el vecino de asiento sucesos anodinos de familias, amigos, enfermedades, operaciones quirúrgicas, nacimientos, bodas y entierros. A 300 por hora el convoy arrastra el cúmulo de sueños y derrotas compartidas y el ciudadano Quim Torra, sin darse cuenta, formaba parte de esa carga. El presidente del Gobierno español y el de la Generalitat hablaron en La Moncloa de un problema de la historia común, que un día se llevará el viento. Quim Torra, acompañado de otros viajeros anónimos, volvió por la tarde en el AVE a Barcelona y aunque fuera había un sol radiante él solo veía sombras a través de la ventanilla, pero el convoy iba hacia Cataluña como una lanzadera de telar fabricando con los sueños y las pasiones de los pasajeros un recio tejido vital que no se podrá rasgar sin tragedia.

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Cormoranes

Comenzamos a añorar los tiempos en que Cataluña abierta y aireada tiraba alegremente del resto de España hacia Europa

Vista desde el cabo de la Nao.
Vista desde el cabo de la Nao. OLAF SPEIER GETTY IMAGES

 

Cuando por la montaña, que cierra a poniente, el halcón se llevaba la claridad del cielo, siguiendo el verso de Espriu, miré esta tierra. Al sur, más allá de cala Granadella, se veía el cabo de Moraira, sobre su perfil asomaba la cresta del peñón de Ifach y el norte lo poseía entero el cabo de la Nao. La casa de Raimon en Xabia está colgada de un acantilado sobre el mar y en este caso el halcón del poema Espriu fue sustituido por un bando de cormoranes que se llevaba hacía el sur la última luz de la tarde y la primera sombra subía del mar y comenzaba a temblar. Entonces miré esta tierra, pero ya estábamos sentados a la mesa para degustar una pasta con calabacines y basílico que había preparado Annalisa. Después hubo ensaladas de varias hierbas e intercambio de recetas para adelgazar. Cuando el viento nos hablaba de la soledad de nuestros muertos miré esta tierra y salieron los nombres de viejos amigos, de Joan Fuster, de Andreu Alfaro, que se habían ido con Ausiàs March al más allá. El poema He mirat aquestaterra,de Espriu, es lo mejor que ha cantado Raimon, que acaba de sacar un libro con todas las letras de sus canciones. Cuando el verano enlazaba por todo el campo adormecido el amplio silencio que extienden los grillos, miré esta tierra y comenzamos a añorar los tiempos en que Cataluña abierta y aireada tiraba alegremente del resto de España hacia Europa y no lo que es ahora, un engendro político producto de un mal parto ideológico. Cuando la lluvia traía el olor del polvo de las ásperas hojas de árboles lejanos, pasando el arado sobre los recuerdos, miré esta tierra, que es la nuestra y la mirada llegaba a Italia y a Grecia perdidas en la memoria del mar y en la sobremesa navegábamos hacia ellas en los barcos que formaban las rajas de sandías, hasta que al final la melancolía se fundió en las infusiones de salvia.

 

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Casa abierta

Solo envejecemos en los espejos y en los rostros de las personas que amamos

Casa abierta
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Al llegar de vacaciones a la casa de verano, después de muchos meses de ausencia, siempre se experimenta una ligera desazón cuando uno se mira de nuevo en el espejo del cuarto de baño. Ese espejo ha guardado en su azogue durante un año la última imagen de tu rostro bronceado antes de que cerraras la casa en otoño para volver a la ciudad. En realidad es en aquel rostro en el que ahora te reflejas. Notas las pequeñas heridas que te ha infligido el tiempo, nada más. Solo envejecemos en los espejos y en los rostros de las personas que amamos. Antes de abrir la casa aun te parece oír los gritos de los niños, las risas de los amigos, que desde el pasado verano habían quedado suspendidas en el aire del jardín. Aquellos niños, de pronto, se han hecho adolescentes y alguno de aquellos amigos ya no está, pero las golondrinas han vuelto al nido en el porche como siempre. Los muebles cubiertos con sábanas blancas también te hacen saber que ha pasado un año, otro año. En una cesta del salón habían quedado los viejos periódicos con las noticias que nos conmovieron entonces. Al hojearlos ahora puede que por algún pliegue salga huyendo una pequeña araña que se paseará sobre algunos titulares de primera página antes de que consigas aplastarla. Mariano Rajoy escapa sin respuesta del banquillo de la Gürtel. Los separatistas imponen el referéndum y proclaman la independencia de Cataluña. Pedro Sánchez ha desaparecido de la escena política escarnecido por sus barones. Como en el espejo del cuarto de baño, el tiempo ha hecho su trabajo inmisericorde en un solo año. Algo viejo con olor a rancio ha muerto. Algo nuevo ha llegado. Parece que la política ya es como esta casa abierta. Levantas la mortaja de los muebles, abres todas las ventanas de par en par y la brisa que llega del mar renueva el aire estancado y te prometes pasar un verano feliz.

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¿De qué se reirán esos idiotas?

Durante 30 años Jorge Luis Borges cenó en casa de Adolfo Bioy Casares. Desde otra estancia, cuando los dejaba a solas, Silvina, la mujer de Bioy, oía las carcajadas

Desde la izquierda, Adolfo Bioy Casares, Silvina Ocampo y Enrique Luis Drago, en Cannes en 1949.
Desde la izquierda, Adolfo Bioy Casares, Silvina Ocampo y Enrique Luis Drago, en Cannes en 1949.

 

“Todos caminamos hacia el anonimato”, dijo Borges, “solo que lo mediocres llegan un poco antes”. Este era la clase de ingenio malvado, el único permitido como postre en las cenas que durante 30 años mantuvo todas las noches Jorge Luis Borges en casa de Adolfo Bioy Casares. Desde otra estancia, cuando los dejaba a solas, Silvina, la mujer de Bioy, oía las carcajadas. “¿De qué se reirán estos idiotas?”, pensaba. Se reían de la propia crueldad con la que pasaban por la piedra a otros colegas, y según parece Borges tenía una risa desgañitada muy desagradable. Silvina, la menor de las seis hermanas Ocampo, fue pintora, discípula de Giorgio de Chirico, poeta y escritora de cuentos. Permaneció siempre en un segundo plano, oscurecida por la prepotencia avasalladora de su hermana mayor Victoria, que desde la revista Sur tenía bajo absoluto control la cultura argentina de entreguerras, y por el talento literario y la seducción de su marido, de quien tuvo que soportar en silencio su voracidad consumidora de amantes. La figura de esta artista emerge ahora desde la sombra. Sucede a veces que los mediocres regresan del anonimato solo para vengarse.

El retrato de Silvina Ocampo que ha publicado Mariana Enríquez en Anagrama me ha devuelto al día en que visité a Bioy Casares en Buenos Aires, en la calle Posadas, esquina Schiaffino, frente a los jardines de La Recoleta, en uno de los cinco pisos de una finca que pertenecía entera a la familia Ocampo. Me recibió Jovita Iglesias, la gallega ama de llaves. En un salón muy amplio, elegantemente deshabitado de muebles, solo con grandes espejos que multiplicaban el vacío de algunas paredes cubiertas de bibliotecas fatigadas, de maderas que crujían bajo los pasos, me esperaba Bioy a la hora del té sentado en una silla de ruedas junto a una mesa con mantel de hilo llena de bandejas con pastelillos y otras delicadezas. Se había quebrado la cadera por una caída que se produjo desde una banqueta mientras trataba de alcanzar un volumen del último estante de la biblioteca, y los analgésicos lo tenían sumido en un sopor que era la exacta expresión de aquel mundo ya fenecido. Estuvo extraordinariamente amable. No le hables de libros, me dijeron, háblale de mujeres, de coches, de tenis, de perros, de caballos. Bioy me dijo que en esa misma sala, sentados los dos a aquella misma mesa, Borges y él cenaron solos todas las noches durante más de 30 años hasta que se lo prohibió María Kodama. Cuando Borges se despedía, Bioy pasaba al gabinete y anotaba esas conversaciones de sobremesa como un notario que levanta acta. Me aseguró que tenía más de 3.000 páginas escritas e inéditas. Eran las que se publicaron posteriormente con el título Borges en Destino. El dietario está lleno de ingeniosas maldades, pero ninguna atañe a su adorada y engañada Silvina. “Lo que le sucedía a Borges con las mujeres es que se enamoraba si ellas lo placaban”. Bioy cruzó los brazos con un gesto de tenaza sobre su pecho como hacen los jugadores de rugby para proteger la pelota.

Nada más literario que las pasiones que se entrecruzaron estas dos familias de estancieros argentinos absolutamente adinerados, con aire aristocrático, las hermanas Ocampo y el galán Adolfito Bioy Casares. Silvina era la menor, la más discreta, pero también la más extraña, bruja o maga, hasta el punto que le gustaban los mendigos y amaba a los sirvientes de la casa. En su primer libro, Viaje olvidado, retrata su infancia deformada por la memoria de sus incursiones a las dependencias del piso superior habitadas por el servicio, que imagina llenas de niños crueles, asesinos, asesinados o suicidas. Bioy descendía también de una familia de terratenientes, aunque no tan impúdicamente ricos. Iba para estanciero pero derivó hacia la literatura y las mujeres. El año 1940, después de su triunfo literario con La invención de Morel, se casó con Silvina Ocampo. Hacía tiempo que eran novios y vivían juntos en la estancia Rincón Viejo, propiedad de los Bioy en la localidad de Pardo, Las Flores, provincia de Buenos Aires. Su vida era considerada un escándalo. ¿Por qué no les habían obligado a casarse? Se habla de que Ramona, la madre de Bioy, ya viuda, mantenía una relación lésbica con Silvina, su futura nuera y la retenía a su lado. Por otro lado, cuando Bioy convirtió en su amante a Genca, una sobrina adolescente de 16 años e hija de Silvia Angélica, una de las hermanas Ocampo, también se habló de que Silvina formaba parte con gusto de ese triángulo. Fue una historia de tantas, la más obsesiva, pero Bioy estaba siempre de cacería y por sus brazos pasaron innumerables mujeres, unas muy finas y otras bataclanas. De hecho, este dorado don Juan llevó una vida muy atareada: tenis por la mañana, amores por la tarde, lecturas y literatura a cualquier hora y de cena, como plato único, Borges en su propia salsa. “¿De qué se reirán esos idiotas? Sin duda, de pavadas”, pensaba Silvina. Eso es más o menos la literatura.

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Paz olímpica

¿Qué ha pasado? Simplemente que el equipo de fútbol español acaba de marcar en Kazán el gol de la victoria contra Irán

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Decenas de mujeres con sus hijos en McAllen, Texas. © GETTYIMAGES

 

Donald Trump enjaula a los niños mexicanos que han cruzado la frontera con sus familias y les corta los zapatos para que no puedan caminar; el populismo de extrema derecha se extiende como una lepra por Europa y miles de inmigrantes, antes de morir ahogados en el Mediterráneo, son calificados como carne humana por el político italiano Salvini; el Ejército israelí dispara fuego a discreción contra una multitud de palestinos desarmados; la globalización está a punto de provocar una guerra económica mundial. Añada a este catálogo de infamias cualquier desgracia personal, el paro, el abandono de su pareja, una enfermedad, el temor a quedarse sin dinero para su entierro, y cuando parece que la maldad universal lo va a hundir todo alrededor, de pronto el derrumbe se detiene. ¿Qué ha pasado? Simplemente que el equipo de fútbol español acaba de marcar en Kazán el gol de la victoria contra Irán. Pese a que se ha producido sin gloria, gracias a la veleidad del balón que rebotó contra la pierna de un delantero, la descarga de emoción irracional se ha engullido por un momento todos los males de este pérfido mundo. El Apocalipsis puede esperar. De las tres etapas de la evolución del ser humano, homo sapiens,homo faber, homo ludens, la conquista del juego como interpretación de la vida es la fase más noble y sugestiva del espíritu. En la Antigua Grecia cada cuatro años se establecía una tregua en la guerra entre las ciudades para que los Juegos Olímpicos se celebraran en paz. Los atletas victoriosos transferían la gloria del triunfo al alma colectiva de la tribu. Queda por ver si el deporte en el Mundial de fútbol y en estos Juegos del Mediterráneo impondrá los valores de concordia que nos hagan olvidar por unos días las miserias de la política. Solo el cronómetro y el balón serán aquí los dueños del destino.

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La tormenta

Cualquier político antes de emprender su vuelo público debería someter su pasado a un escáner absolutamente exhaustivo

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Pedro Sánchez en La Moncloa. JAVIER SORIANO AFP

Como una tormenta de primavera, que después de un furioso aguacero deja un agradable olor a tierra mojada, así ha llegado de forma inesperada el Partido Socialista al Gobierno. La política también se comporta a veces con la irracionalidad imprevisible de un fenómeno atmosférico. Bastó con que la carga negativa de la sentencia de la trama Gürtel se juntara con la carga positiva de la moción de censura para que se produjera la torrentera que se ha llevado por el desagüe al Gobierno del Partido Popular. Antes de que aparecieran los nubarrones y se oyeran los truenos, en medio del bochorno asfixiante de la corrupción, se había instalado un grado de una humedad propicia en la atmósfera para que en el Congreso los votos cayeran en forma de granizo. La tormenta fue pasajera; duró solo un par de sesiones; poco después el sol volvió a brillar y el Gobierno socialista fue recibido por gran parte de los ciudadanos con esa sensación placentera que se expande en el aire cuando la lluvia extrae de la hierba, de los pinos y de las jaras un aroma que se puede confundir muchas veces con la felicidad. No se necesitaba más. Bastaba con respirar profundamente a cielo abierto para llenar de optimismo los pulmones frente al previsible e inevitable desencanto. Si para abordar cualquier avión provinciano te obligan a quitarte los zapatos y el cinturón, a declarar líquidos y metales, a soportar con mansedumbre lanar que te cacheen y hurguen en tu equipaje, con más razón cualquier político antes de emprender su vuelo público debería someter su pasado a un escáner absolutamente exhaustivo. De momento, al no poder saltar el alto listón de ejemplaridad, un ministro socialista ha sido eliminado. El mecanismo de control, aunque tarde, ha funcionado. Otro fallo, otro error, otra caída y volverá la tierra mojada a llenarse de antiguos charcos con avispas.

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De una vez

El nuevo gobierno socialista debe demostrar que está dispuesto a despejar el horizonte del futuro político dejando que el viento de la historia se lleve por delante el odio que genera ese panteón

El Valle de los Caídos, El Escorial (Madrid).
El Valle de los Caídos, El Escorial (Madrid). © CLAUDIO ÁLVAREZ

Tiene que ser ahora, sin mirar atrás, de una vez por todas. Si el nuevo Gobierno socialista, que tanta ilusión parece haber despertado, necesita un acto simbólico, de gran impacto moral para iniciar su andadura, aquí está. No es costoso, solo requiere coraje. Desalojen los huesos del dictador Franco del panteón faraónico del Valle de los Caídos donde permanecen amparados bajo una cruz desmesurada, que lejos de generar un sentimiento religioso, proyecta una sombra cainita sobre el inconsciente colectivo de los españoles y entréguenlos a su familia para que obtengan una sepultura privada, de forma que pasen al olvido eterno. La democracia española debe quedar por fin liberada de la humillación de parecer que está tutelada por el poder subliminal que emana de esa tumba. Mientras los despojos del dictador permanezcan glorificados en el Valle de los Caídos y en cambio decenas de miles de fusilados durante la guerra duerman su tragedia en las cunetas, la conciencia nacional seguirá estando también podrida. Si durante sus Gobiernos con mayoría absoluta los socialistas no nos libraron de tan insoportable escarnio por falta de arrestos y exceso de componendas, el nuevo Gobierno socialista debe demostrar que está dispuesto a despejar el horizonte del futuro político dejando que el viento de la historia se lleve por delante el odio que genera ese panteón y que su siniestra memoria se diluya para siempre en el aroma de las jaras. A estas alturas sería realmente escandaloso seguir con el miedo reverencial que hasta ahora han despertado los despojos del dictador como si su tumba fuera la olla de hormigón que guarda una barra de uranio capaz de liberar una carga radioactiva incontrolada. Atrévase, presidente. La solución no necesita presupuesto. No va a pasar nada de nada. Franco sí o Franco no, al final esta es la cuestión.

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