Dar la talla

Al contemplar el tamaño de las armaduras de los conquistadores de América uno se admira de que unos cuerpos tan pequeños fueran capaces de tantas hazañas

MANUEL VICENT

Tierno Galván, Carrillo, Triginer, Reventós, González, Ajuriaguerra, Suárez, Fraga, Calvo-Sotelo y Roca tras la firma de los Pactos de La Moncloa.
Tierno Galván, Carrillo, Triginer, Reventós, González, Ajuriaguerra, Suárez, Fraga, Calvo-Sotelo y Roca tras la firma de los Pactos de La Moncloa. EUROPA PRESS

Hace años, el 12 de octubre se celebraba en España con orgullo como el Día de la Raza, pese a que los españoles entecos y desnutridos no sobrepasaban entonces los 1,65 metros de estatura media. Dar la talla es una expresión que se usaba antiguamente en el Ejército referida al hecho de tener la altura mínima para el servicio militar. Cuando se contempla el escaso tamaño de las armaduras de los conquistadores de América uno se admira de que unos cuerpos tan pequeños dentro de unos hierros tan pesados fueran capaces de tantas hazañas. Lo que demuestra que dar la talla también se refiere a la estatura moral a la hora de echarle redaños a la vida. Pero hoy dar la talla solo es ya una dura exigencia de los modistos de alta costura en cuyos talleres se somete a refinadas torturas a las modelos para que adapten los cuerpos a sus creaciones. Millones de jóvenes sacrifican neuróticamente sus carnes a los dioses de la moda para que les concedan la gracia de caber dentro del diseño de su ropa. Dar la talla debería ser hoy una exigencia en cualquier profesión, sobre todo en la política. Fueran aborrecidos o admirados, sin duda, profesionalmente, Santiago Carrillo, Manuel Fraga, Adolfo Suárez, Felipe González, Jordi Pujol, Tarradellas, Arzallus, en su momento, dieron la talla. Llegados de la Guerra Civil, de la clandestinidad y la cárcel o desde el fondo del franquismo estuvieron a la altura de la historia; se sacudieron de encima la caspa congénita y decidieron unir sus fuerzas para sacar la carreta de la charca y empujarla hacia la nueva frontera de la libertad. Con los líderes políticos de hoy la Transición no hubiera sido posible. Aunque unos sean altos y otros tengan una desmesurada labia e incluso algunos vayan de valientes y pongan los genitales sobre la mesa, la impresión es que no dan la talla. Eso es lo que pasa.

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La muñeca

Presentimos la venganza de un mar ahíto de basura que está dispuesto a ahogar a la humanidad en su propia mierda

MANUEL VICENT

Greta Thunberg en la Cumbre de Acción Climática 2019 celebrada en Nueva York.
Greta Thunberg en la Cumbre de Acción Climática 2019 celebrada en Nueva York. GETTY IMAGES

En algunas películas de terror resulta inquietante esa muñeca de trapo con la cabeza de porcelana que te mira desde el anaquel de la estantería; o ese niño que discurre con un triciclo a lo largo del pasillo enmoquetado de un hotel totalmente vacío; o esa bailarina que rueda sin cesar sobre una caja de música al son de la Barcarola. Los niños suelen dar buen resultado en las películas de terror. Y también los falsos payasos. Cualquiera quedaría aterrorizado si una noche de niebla en una gasolinera perdida saliera a atenderte un payaso riendo a carcajadas con la manguera del surtidor en la mano. Los maestros del género saben que el terror se produce más por lo que el espectador imagina o presiente que por lo que ve en la pantalla. Eso es lo que sucede ahora en este perro mundo en el que los glaciares se licúan, las tempestades son cada vez más violentas, los incendios más pavorosos, las inundaciones más masivas y las sequías más angustiosas. Los científicos afirman que esta creciente intensidad de las catástrofes se debe al cambio climático, aunque no todos están de acuerdo. De pronto en medio de este debate ha aparecido una adolescente, Greta Thunberg, cuyo rostro inquietante recuerda al de esa muñeca de porcelana que mira fijamente desde la estantería y con su sola presencia el cambio climático se ha convertido en una película de terror. Con su ira y sus lágrimas ha ejercido un exorcismo en la tribuna de las Naciones Unidas como una médium enviada desde el fondo de las inminentes tinieblas frente a Donald Trump en el papel de siniestro payaso color calabaza. El terror del cambio climático no es por lo que vemos sino por lo que presentimos en un futuro que se debate entre una muñeca de porcelana que llora y un payaso que ríe. Tal vez la venganza de un mar ahíto de basura que está dispuesto a ahogar a la humanidad en su propia mierda.

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Un artista con dos almas

Juan Navarro Baldeweg ha aprendido a entrar y a salir de la conciencia entre la racionalidad de la arquitectura y la convulsión de la pintura

MANUEL VICENT

El pintor y arquitecto Juan Navarro Baldeweg, en 2016 durante una entrevista en su estudio de Madrid.
El pintor y arquitecto Juan Navarro Baldeweg, en 2016 durante una entrevista en su estudio de Madrid.SAMUEL SÁNCHEZ

Mientras traza enérgicamente con el pincel dos líneas paralelas en un lienzo de arriba abajo, el sol de una mañana de otoño, filtrada por las hojas amarillas del jardín, entra por el ventanal del estudio y el pintor dice: “Cuando uno se adentra en el caos de la creación, donde todo es posible, una de las cosas mágicas de la pintura es que un problema de la parte superior del cuadro lo resuelves en la parte inferior. En este sentido, en pintura puede suceder un milagro; en cambio, en arquitectura a lo sumo surge una sorpresa”.

Se trata de Juan Navarro Baldeweg, un artista con dos almas, una cántabra y montañosa cedida a la arquitectura y otra mediterránea, que traslada a sus lienzos una luz de Matisse, como pintor, adquirida en el valle de Xaló, de la Marina Alta. Como en sus cuadros, un problema estético de geometría planteado en el norte, en el Santander de su origen, con una solución hallada en el sur. 

¿Dónde arraigó la semilla del arte? Tal vez aquella tarde en que siendo un niño de cuatro años se adentró en un bosque de Cantabria a buscar piñas, bellotas y pequeños bastones para crear algunos juguetes cuando, de pronto, llegó la oscuridad y se sintió perdido. El pánico se produce cuando la naturaleza movida por el dios Pan, se convierte en el Todo, que se apodera de tu alma y la destruye. La conciencia del niño quedó diluida hasta que oyó un grito con su nombre: ¡Juan! En ese momento recuperó la individualidad. Desde entonces, Juan Navarro Baldeweg ha aprendido a entrar y a salir de la conciencia entre la racionalidad de la arquitectura y la convulsión de la pintura. Aquella fusión infantil de sentirse el cuerpo como parte de los árboles se quebró de repente y de esta fractura surgió el concepto del tiempo y del espacio, por donde el yo se diluye hasta convertirse en una sola sensación.

Dice Navarro Baldeweg que su pasión por la naturaleza, que lo hizo arquitecto, proviene de su madre alemana, hija de un ingeniero forestal cuya infancia y juventud se diluyó entre los bosques de Brandeburgo. Recuerda a su madre feliz pescando en los ríos, perdiéndose por los senderos hasta los 80 años. De ahí le viene al artista su aprecio por la tierra, por la materia. La arquitectura es el arte de inmiscuir el cuerpo en todo lo circundante. Es la única entre las bellas artes en que uno entra y sale de ella, la vive, la duerme, la sueña, la siente como refugio, la amasa con las necesidades ordinarias de cada día. Este espíritu zen entre el arte y la vida se refleja en la personalidad de Navarro Baldeweg, que incluso ha dotado de un aire de maestro japonés a su rostro, a su voz, a su mirada.

Como arquitecto ha alcanzado reconocimiento internacional y ha conseguido galardones importantes, entre ellos el premio Nacional de Arquitectura; como profesor ha impartido enseñanza en las más prestigiosas universidades de Europa y de Estados Unidos, pero aquí no se trata de relatar una lista de sus méritos, sino de buscar ese punto inmaterial que lo distingue y hace diferente de los demás.

Alto, elegante, melancólico, tímido, pausado, con un tono susurrante en la voz, Navarro Baldeweg posee una serenidad corporal, que a medida que se relaja comienza a soltar amarras y a deshacer nudos para bajar a las pasiones de cada día. El espíritu de este artista se manifiesta en esas improntas irracionales de la mano que llama garabatos y a través de las pequeñas instalaciones que crea como escultor. En ellas, la ecuación del tiempo y del espacio está sometida a una unidad taoísta casi musical. Son juegos a medio camino entre el alma y la materia, que arraigan tal vez en aquellos artilugios fabricados con piñas y bellotas extraídas desde la conciencia perdida en los bosques de Cantabria.

En su creación de la Casa de la Lluvia, vivienda en el Alto de Hermosa , de 1979-1982, en Cantabria, su primer trabajo, como arquitecto, que le dio fama, está el germen de toda su filosofía. De hecho, la casa se sustenta en el verde de las colinas que se introduce por las ventanas y en ella la materia se confunde con la luz y la música con el cristal.

Dos almas, una hecha de pesos y medidas, en el jardín de la geometría. En arquitectura busca la simetría como la armonía de un péndulo zen, pero este equilibrio se rompe con la espontaneidad del mediodía, donde imprime en sus cuadros, como pintor, los rosas calcáreos del macizo del Montgó, los azules mediterráneos, el amarillo de la sequía, el humo dorado que procede de la dormición del sol en las calmas de enero de la Marina Alta. Esa doble alma va de los jugosos verdes de Cantabria hasta los almendros, los olivos, viñedos de moscatel y cipreses casi toscanos del valle de Xaló bajo una luz de harina que ciega los ojos, llena de gritos que le llaman por su nombre.

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Alto riesgo

Comer durante el telediario supone un peligro que se acrecienta si encima uno comparte las desgracias del mundo con una comida basura

MANUEL VICENT

Alto riesgo
VÍCTOR SAINZ

Muchos ciudadanos de este país suelen almorzar en familia a la hora en que los canales de televisión emiten las noticias. Alrededor de las tres de la tarde la mesa está puesta. Alguien pregunta: ¿qué vamos a comer hoy? Desde la cocina una madre amorosa contesta: sopa, albóndigas y ensalada. En ese momento, desde la pantalla la locutora enumera también los sucesos, que el telespectador va a degustar: un enfrentamiento político a cara de perro, un incendio devastador, un atentado con decenas de muertos y un crimen pasional. Ambos menús son intercambiables porque a través de los sentidos uno será asimilado por el gusto y otro por la vista y el oído. Mientras el ciudadano degusta la sopa o mastica la albóndiga oye los macabros detalles de una mujer asesinada a cuchilladas, e incluso puede ver la imagen del marido, que se ha colgado de una viga. El ciudadano no es consciente de que tanto la sopa como la albóndiga van a bajar a su estómago envueltas con ese crimen para ser digeridos por igual. Del mismo modo que finalmente ha sido posible captar las ondas gravitacionales producidas por la explosión del big band hace unos 13.700 millones de años, está cerca el día en que se podrán detectar las ondas negras que generan los crímenes y catástrofes en cualquier parte del planeta y la forma en que llegan por el espacio a nuestra casa y contaminan las paredes, los muebles, las lámparas, los objetos de cocina y todos los alimentos que se guardan en la nevera. Comer durante el telediario supone un alto riesgo, un peligro que se acrecienta si encima uno comparte las desgracias del mundo con una comida basura. ¿Cabe mayor degradación que contemplar cadáveres de inmigrantes flotando en el mar mientras uno se dispone a zamparse alegremente un pollo hormonado? Algún día no lejano se podrá detectar el hedor que dejan en el aire los telediarios.

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Delfines

¿Cómo podrían salvar vidas humanas estos animales si llevan la tripa llena de nuestra basura?

MANUEL VICENT

Un delfín, atrapado en una red de pesca.
Un delfín, atrapado en una red de pesca. GREENPEACE

Los delfines suelen transmitir a los navegantes una sensación de belleza y de placer; a los pescadores de arrastre les auguran buenas capturas porque ante su presencia los peces huyen hacia el fondo y según cuentan los viejos marineros, si te vieran naufragar los delfines te llevarían en brazos a la orilla. A los niños que jugábamos entre las ruinas de un balneario bombardeado durante la guerra se nos decía que bajo los escombros había una mujer desnuda. A menudo, nuestro juego consistía en levantar cascotes con una curiosidad morbosa para verla y pese a nuestro denodado esfuerzo nunca lo conseguimos. Cuando con el tiempo los escombros fueron retirados y el jardín recuperó su antigua belleza finalmente la imagen nos fue revelada. Era un mosaico que contenía la figura de una Venus emergiendo del mar rodeada de delfines azules. Desde entonces llevo asociada en el subconsciente la belleza a la destrucción, una sensación que volvió a hacerse patente el primer viaje a Creta. Esta vez eran las ruinas del palacio de Cnosos las que se sustentaban en unos mosaicos donde los delfines azules saltaban con una perfecta armonía. Los delfines de mi niñez sobrevivieron al bombardeo de una guerra civil. Los de Creta pervivieron sobre las ruinas de la historia para sugerir las navegaciones más placenteras. Hace unos días, una barca de pesca trajo a puerto un pequeño delfín enredado en el copo de arrastre, que había muerto al no poder salir a la superficie a respirar y al descuartizarlo se encontró en su estómago, entre otros desperdicios, una zapatilla vieja, varios calcetines, el estuche de unas gafas y un bote de crema solar. Bajo la ruina moral de nuestra civilización miles de inmigrantes se ahogan en el Mediterráneo sin que los delfines, según la leyenda, puedan devolverlos a la orilla. ¿Cómo podrían hacerlo si llevan la tripa llena de basura humana?

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Siete machos

La política se está comportando con una irracionalidad mucho más difícil de calibrar que cualquier depresión atmosférica

MANUEL VICENT

Imagen del pleno de investidura de Pedro Sánchez en julio.
Imagen del pleno de investidura de Pedro Sánchez en julio. JAIME VILLANUEVA

El socarrón Josep Pla le decía a un joven anarquista: “La naturaleza está llena de catástrofes, de incendios, inundaciones, terremotos y encima de tantos cataclismos, ¿quiere usted además hacer la revolución?”. Ahora mismo el ciudadano de este país está sumido en una doble confusión. Si mira a la naturaleza ve sus fuerzas desatadas en nuestro Mediterráneo con una depresión atmosférica, que ha reventado todos los cauces de ríos, torrentes y barrancos hasta dejar bajo las aguas campos, pueblos y ciudades. Si mira a la política ve la misma convulsión en unos líderes enredados en sus propias pasiones, que han dejado el futuro en un callejón sin salida. Se trata de una tormenta perfecta, de una doble catástrofe superpuesta. La previsión meteorológica nos advirtió con todo rigor científico cómo se iba a comportar la borrasca, dónde y cuándo caería una determinada cantidad de lluvia y las precauciones que había que tomar. Por su parte, las operaciones de salvamento estaban preparadas para actuar en situaciones de emergencia. Ya se sabe que la naturaleza cada cierto tiempo acude a la notaría y reclama el territorio de su propiedad, que le ha sido usurpado. Este capricho es lo único imprevisible. En cambio, la política se está comportando con una irracionalidad mucho más difícil de calibrar que cualquier depresión atmosférica, puesto que sus líderes actúan como venados en celo que se debaten y se enredan con las cuernas para ver cuál de ellos será el dominante. Pese a todo, dentro de un tiempo las aguas desbordadas volverán a su cauce, los daños serán reparados y la tragedia al final será olvidada hasta que la naturaleza vuelva a la notaría a reclamar sus derechos. En cambio, no es previsible ni evaluable el daño que nuestros siete machos de la política están causando a este país y la humillación a la que someten a sus ciudadanos.

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La berrea como acto místico

La noche en que asistí al espectáculo de los venados en los montes de Toledo me puse a recitar a media voz algunas estrofas del cántico espiritual

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Un ciervo rojo y dos hembras, durante la berrea, en el británico Richmond Park, en 2015.
Un ciervo rojo y dos hembras, durante la berrea, en el británico Richmond Park, en 2015. TOBY MELVILLE REUTERS

MANUEL VICENT13 SEP 2019 – 16:08 CDT

La berrea de los venados se produce entre la Virgen de Agosto y la Virgen del Pilar. Si ha habido lluvia abundante que garantiza buenos pastos, su plenitud se alcanza al abrirse el otoño. En esta época de celo los ciervos ponen a subasta el propio semen en medio de una lucha encarnizada, que se desarrolla ante el harén de hembras atentas al combate. El vencedor será el galán que merecerá cubrirlas y marcar territorio como macho dominante hasta la pelea del próximo año.

Si la berrea se produce durante el plenilunio el espectáculo adquiere una profundidad casi religiosa. De hecho la noche en que asistí a la berrea en los montes de Toledo, cuando desde la caída de la tarde todos los valles de la serranía se llenaron de bra­midos semejantes a tubas de una orquesta salvaje, con ecos y respuestas, hubo un momento en que recordé a San Juan de la Cruz. Para sentir cómo sonaban en medio de la imponente berrea me puse a recitar a media voz algunas estrofas del cántico espiritual.

“¿Adónde te escondiste, y me dejaste con gemido? Como el ciervo huiste, habiéndome herido, salí tras ti, clamando, y eras ido. Pastores, los que fuereis por las majadas al otero, si por ventura viereis aquel que yo más quiero decidle que adolezco, peno y muero”.

La fusión era perfecta. Resultaba fascinante la pulsión de la naturaleza unida al erotismo y a la espiritualidad del cántico y al clamor de las infinitas glándulas de los venados.

Por el camino de Torrijos y Ventas con Peña Aguilera hacia El Bullaque había llegado al parque natu­ral de Cabañeros, situado entre cotos de caza, propiedad de viejos aris­tócratas y nuevos financieros, quienes los han convertido en mataderos con alambradas, puesto que durante el año se dedican a cebar a los ciervos y luego llegan los cazadores, que pagan un alto precio por llenarles tranquilamente de plomo la barriga. Por este tiempo el campo se puebla de señores ataviados con ropa austria­ca, armados con rifles de miras telescópicas potentísimas cuya munición del calibre 300 es capaz de abrir en el cuerpo de los venados boquetes de salida en los que cabe un puño.

Ahora Cabañeros es un parque natural. Uno de los guardas que antes fue secretario de algunas monterías me explicó a la luz de la luna cómo se establece el rito de esta matanza.

Al amanecer los monteros se desayunan con unas migas con chorizo. A continuación se reza un padrenuestro o una salve montera a san Humberto, patrón de los cazadores. Se sortean los puestos y enseguida comienza la cacería. Suenan los cuernos, se realiza la suelta, el espacio se llena con los ladridos de la reala de perros podencos y mastines y los ciervos huyen rompiendo monte cargados de adrenalina, cuyo nivel no es menor en la sangre de los monteros apostados llenos de excitación en una silla de tije­ra junto al secretario.

-Yo he sido secretario en las monterías muchos años y he visto cosas- contaba el guarda a la luz de la luna. -En una ocasión serví a un banquero. Estaba en el puesto y se había traído a la amante. No entraba la caza. En un momento los dos comenzaron a aparearse ante mi vista, como si yo no fuera humano. Agarré el rifle y se lo puse al señorito en los riñones. «Si no para de follar, lo mato» le dije.

En este tiempo de berrea los ciervos, preservados por el bosque, se destapan y salen a los claros; el celo les fuerza a bajar la guardia para exhibirse y mientras ellos se excitan mutuamente con sus estremecedores bramidos, los cazadores furtivos aprove­chan semejante galantería para disparar sobre ellos. Cuando había abundancia se disparaba tam­bién a mansalva sobre las ciervas y, si estaban preñadas, abortaban en el instante de recibir el disparo. Se dice que entonces los ciervos miran la bocas de los rifles llorando.

– ¿Sabes lo que significa hacerse novio? —me preguntó el guarda.—Hacerse novio es un rito. Al final de la mon­tería el dueño del coto sirve unas judías a los tiradores. En el patio los tractores descarga­n la caza y el neófito que ha matado por primera vez a un venado es embadurnado con la sangre y las vísceras de su caza. Esa ceremonia animal es su bau­tismo, y con ello lo casan con su venado muerto. A veces le hacían comerse crudos sus despojos.

Sin duda san Juan de la Cruz cruzó con sandalias desnudas este terri­torio donde ahora bramaban sus venados. “Vuélvete, paloma, que el ciervo vulnerado por el otero asoma al aire de tu vuelo y fresco toma”. San Juan de la Cruz, en la noche oscura de su alma también oiría estos mis­mos berridos que ahora herían los montes de Toledo. Y él los convirtió en los deseos del amado.

Invitado en un restaurante de Madrid, al que acuden los monteros solo a verse y a saludarse con una cigala en la mano el abogado de un gran empresario cazador me preguntó:

– ¿Tú tiras?

– No. Yo solo voy tirando- le dije.

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Septiembre

La naturaleza producirá las catástrofes consabidas, pero ninguna será tan grave como las que se generan en el cerebro de algunos líderes políticos

MANUEL VICENT

Una bandada de aves sobrevuela Tarifa.
Una bandada de aves sobrevuela Tarifa. FUNDACIÓN MIGRES

Cada verano que termina siempre es el último verano de nuestra vida, pero en septiembre comienza una y otra vez el año nuevo, según el cambio fundamental que se establece en el ciclo de la naturaleza. Si llueve largo y despacio en septiembre habrá una buena sementera, y de la misma forma que sembrador echa en el surco la semilla del cereal, que después de pudrirse germina bajo tierra, así sucede también con nuestros sueños. A fin de cuentas qué es la vida sino un juego de dados que se desarrolla, año tras año, entre la siembra del trigo y la siega, entre el despertar de los sarmientos y los alegres días de Baco que son las fiestas de la vendimia. Durante ese espacio de tiempo se crean el pan y el vino, que en nuestra cultura son el cuerpo y la sangre de Dios. Mientras una luz de moscatel se instala en la copa de los árboles, en septiembre se producen las migraciones de las aves, la berrea de los ciervos, el inicio del calendario escolar, la apertura del curso político y la puesta a punto de los rifles y escopetas para montar cacerías de animales. Pasan por el aire las aves hacia el sur y sus gritos se confunden con los que emiten en el recreo los colegiales, quienes también viajan hacia la Isla del Tesoro con el cofre del pirata en la mochila. Desde el fondo de la melancolía uno se pregunta qué placeres y desgracias, éxitos y fracasos nos deparará el destino este curso que empieza. En medio de la confusión política puede que la berrea de los venados y la caza de la perdiz roja se realicen en el Congreso de los Diputados. La naturaleza producirá las catástrofes consabidas, pero ninguna será tan grave como las que se generan en el cerebro de algunos líderes políticos, a los que están ligadas como una maldición nuestras vidas. Llevados por este loco azar, ¿podremos cumplir acaso ese sueño que salve la cosecha de todo el año?

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Subir a la Tierra desde la Luna

Subir a la Tierra desde la Luna fue más arriesgado y emotivo que subir a la Luna desde la base de Cabo Cañaveral

MANUEL VICENT

El pintor Cristóbal Toral.
El pintor Cristóbal Toral. JORDI SOCÍAS

¿Dónde estaba usted aquella noche cuando Neil Armstrong pisó la luna? El pintor Cristóbal Toral podría responder que aquel 20 de julio de 1969, hoy hace 50 años, salió a la calle vestido de astronauta para celebrar semejante hazaña. Sin duda ya sabía que para un artista conquistar el azaroso espacio de los medios es como subir a las esferas siderales.

En aquel tiempo el pintor, todavía agreste, venía precedido de cierta leyenda literaria de joven garduño criado en una choza del cortijo Las Lomas, cerca de Antequera, de familia de carboneros, que recuerda a la película Los santos inocentes. Allí de niño en medio del campo había comenzado a dibujar a su aire antes de que aprendiera a leer. Por aquel paraje perdido pasaron unos señoritos cazadores y al entrar en su choza para pedir un poco agua se sorprendieron al ver muchos lápices de colores y cuadernos llenos de dibujos ejecutados con extraordinaria destreza por el hijo del carbonero. Ese chico tendría que estudiar, dijo uno de aquellos señoritos. Tal vez un día podría ser un artista. Y así empezó todo.

Pero el verdadero aprendizaje de este joven artista en ciernes no estaba en su propia e innata habilidad para el dibujo. No se puede entender la obra de Cristóbal Toral sin descubrir en ella toda la experiencia de las noches estrelladas, de los vientos en las copas de las encinas, de los gritos nocturnos de las alimañas, de las tormentas bravas, del frío inhóspito, del sol aplastante, de todas las sensaciones de una naturaleza salvaje transferidas a la sensibilidad del niño que vive a ras de la miseria, de forma muy pura, sin más cultura que el caballo de la imaginación que le impulsa a la fuga ingenua, poética y sagaz para salvarse de la soledad. Esta es la primera capa invisible de pintura que Toral imprime en su obra y también la que constituye su carácter.

En la vida de un adolescente hay un hecho decisivo que viene marcado por el día en que estrena la primera maleta, mete en ella el equipaje y se dispone a enfrentarse al destino. Se trata de un rito de iniciación. Toda la obra de Cristóbal Toral está impregnada por una sensación de fuga de aquella ruda realidad que le tenía atrapado en la niñez. Parece que su primera liberación fue aquel día que con una primera maleta de cartón dejó su mundo atrás camino de Antequera donde al pie de un polvoriento autobús le esperaba el futuro.

En cualquier aeropuerto se produce todos los días la misma escena. En la sala de recogida de equipajes al final de un vuelo las cintas comienzan a vomitar maletas dando tumbos y los pasajeros sienten cierta ansiedad por si la suya no aparece. Ahí está, el viajero la reconoce y la retira, pero cuando la cinta se detiene siempre queda una maleta solitaria que nadie reclama. Es la maleta perdida. Puede haber dado varias vueltas al mundo y dentro de ella van todos los sueños también perdidos. Cristóbal Toral ha convertido la maleta extraviada en un icono, la ha multiplicado por varios cientos, las ha amontonado, aunque siempre sea la misma, y las ha echado todas a volar por el espacio o la deja una al pie de una cama donde una mujer sueña dormida. A cada maleta de Toral le espera una estela de cometa.

Una beca de la Fundación Juan March permitió a este pintor dar el salto a Nueva York en el otoño de 1969. Hacía poco más de dos meses que los astronautas habían regresado de la Luna. “Una de las primeras cosas que hice, sin tener siquiera el estudio organizado para pintar, fue llamar a nuestro embajador en Washington, don Jaime Argüelles, para expresarle mi deseo de conocer a un astronauta. El embajador me hizo saber que ese encargo era difícil. Insistí. Sorprendentemente a los pocos días me llamó para decirme que Michael Collinsiría a la embajada para que yo le conociera y pudiéramos hablar. El embajador organizó una cena para este encuentro. Michael Collins vino acompañado por el señor Chollinor, director del Museo de la NASA en Washington. Collins estuvo muy cordial durante la cena, me sorprendió su sencillez y su buena disposición a contar los detalles del heroico viaje. De lo mucho que hablamos quiero resaltar su respuesta a mi pregunta sobre cuál fue el momento más emotivo de su extraordinaria aventura. Michael Collins me confesó: ‘Cuando estaba en el módulo de mando orbitando la Luna, que la veía a un tiro de piedra, y al mismo tiempo observaba desde mi habitáculo el planeta Tierra en el espacio, pequeño como cuando vemos desde aquí la Luna, pensaba en mi situación. Tenía la misión de recoger a mis compañeros Armstrong y Aldrin y llevarlos a la bolita Tierra que aparecía tan lejana en el cosmos…’. Esa emotiva descripción de Collins en aquellos momentos de soledad en el espacio me ha hecho reflexionar y he llegado a una conclusión: volver a la Tierra, o subir a la Tierra desde la Luna fue más arriesgado y emotivo que subir a la Luna desde la base de Cabo Cañaveral”.

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La frutería

Nuestra cultura viene determinada por cuatro manzanas

MANUEL VICENT

La frutería
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Nuestra cultura viene determinada por cuatro manzanas. La primera fue la que pendía del árbol de la ciencia en el paraíso terrenal y marcó el momento de la evolución en que simbólicamente al morderla el cerebro humano se invistió de uso de razón y de libre albedrío. La serpiente ofreció ese fruto prohibido a Eva como un desafío a los dioses, que aun persiste y se transmite con los genes en forma de pecado original. La segunda manzana fue la que, según la tradición, la cayó a Newton en la cabeza y le impulsó a desarrollar la ley de la gravedad, llave de la física moderna que ha permitido conocer las fuerzas que rigen el universo. Gracias a ella las sondas espaciales están abriendo el camino para poder un día abandonar la Tierra y repoblar otros planetas. La tercera manzana preside hoy la empresa más exitosa de nuestro siglo. Apple muestra con orgullo su logo universalmente conocido, una manzana con un pequeño mordisco cuyo significado alude al nuevo conocimiento informático que abre en el cerebro humano un campo ilimitado de liberación y dominio. La promesa de la serpiente del paraíso, seréis como dioses, está a punto de cumplirse. La manipulación genética y la llegada de la inteligencia artificial nos auguran una próxima inmortalidad, que podría ser un castigo muy superior al del infierno. Pero antes de que los engendros de laboratorio y los robots se apoderen de la Tierra, está a nuestro alcance, como salvación, la cuarta manzana. No es la de Eva, ni la de Newton ni la de Steve Jobs sino la que se halla en cualquier frutería del barrio, una manzana del tiempo madura y perfumada. Esa manzana natural puede llevarnos a la conquista de la verdadera sabiduría, que es la inteligencia de los sentidos. Bastará con aspirar profundamente su aroma para ver abiertas de nuevo las puertas del paraíso de la niñez donde te sentías feliz e inmortal.

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