La llamada

El silencio largo y profundo que siguió estaba lleno de lágrimas, fiestas, placeres, desgracias, éxitos, fracasos y carcajadas

MANUEL VICENT

La llamada

A estas alturas de la vida, al repasar la agenda de bolsillo, aparecen en sus páginas algunos nombres de amigos que han muerto, seguidos de un número de teléfono que ya nunca contestará a la llamada. Me niego a borrarlos porque es como si volvieran a morir. Solo cuando cambio de agenda suelo limpiar este cementerio y dejo que esos nombres se conviertan en humo de la memoria. Cada una de esas vidas, que le han acompañado a uno durante tanto tiempo, al final se resume en una sola imagen inolvidable. Tal vez será aquella hierba que os fumabais juntos oyendo a Janis Joplin, a Ray Charles y a Otis Redding después de la manifestación bajo los gases lacrimógenos, o aquellos manteles bordados en un país del Tercer Mundo que las niñas rojas extendían a la sombra de los pinos. Él había traído de Bulgaria unos pepinillos agridulces y solo por eso se creía un revolucionario. Puede que medio siglo de amistad se concentre en aquel primer viaje a Nueva York cuando en sus alcantarillas habitaban colonias de cocodrilos blancos y ciegos, o en el recuerdo de Sicilia en primavera o en el paseo por La Valeta de Malta después de contemplar la Degollación del Bautistade Caravaggio. Uno de los nombres de la agenda te lleva a la tertulia del café y otro estará siempre unido a las risas de verano en la playa. Esos amigos eran de derechas o de izquierdas, pero la guadaña les ha segado la ideología bajo los pies y ahora todos militan en el partido único de la muerte. Una noche de insomnio, a altas horas de la madrugada, hice la prueba. Antes de eliminar de la agenda el nombre de un amigo muerto me armé de valor y marqué su número de teléfono. Después de varias señales sentí que alguien levantaba el auricular al otro lado. El silencio largo y profundo que siguió a la llamada estaba lleno de lágrimas, fiestas, placeres, desgracias, éxitos, fracasos y carcajadas.

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El arte de posar para una foto

Hacia el fondo de la noche, Sabina se pondrá suave y Serrat hará de canalla y no cesarán de volar hasta encontrar el corazón dulce de los caballos en cada uno de los espectadores

MANUEL VICENT

Los cantantes Joaquín Sabina y Joan Manuel Serrat.
Los cantantes Joaquín Sabina y Joan Manuel Serrat. JORDI SOCIAS

Un día de primavera, por los montes de Navas del Marqués, más allá de El Escorial, por una carretera perdida que solo llevaba a un cercado donde pastaban unas vacas rubias, apareció un Cadillac 1953 Eldorado, descapotable, de color rojo, largo, muy largo, con Serrat y Sabina a bordo, unidos por la misma marca Stetson del sombrero y la gorra. Aparte de estos dos pájaros que cantan en los escenarios había otros que en ese momento cantaban en las ramas de los pinos, robles y carrascas.

Contemplar a Sabina respirando un aire extremadamente puro con olor a lavanda era en este caso el espectáculo. Se podía temer que lo matara aquella descarga de oxígeno con su punta afilada de navaja, pero se comportó como un valiente. Por su parte Serrat, que es más de mar y montaña, respiraba a pleno pulmón sin temer peligro alguno. Por allí andaban sus mujeres, Candela y Jimena, que ejercen con ellos de compañeras, amantes, enfermeras y asistentas sociales.

Decía Sabina: “Yo con el martirio de los autógrafos y los selfis ya no puedo salir de casa. Algunos amigos tienen la llave. Saben que allí hay camas”. Ahora en esta tierra alta, de místicos y jabalíes, Sabina se sentía a salvo, a menos que una vaca se acercara a abrazarle. En cambio, Serrat suele aceptar la gloria como un pan tierno de cada día que le manda la vida y sonríe como la cosa más natural cuando un matrimonio de cierta edad, después de felicitarle, le confiesa que ha engendrado a sus hijos escuchándole cantar y hasta ahora nadie le ha pedido daños y perjuicios.

Serrat y Sabina volverán en otoño a unir de nuevo sus voces en el Cono Sur de Latinoamérica donde son dioses, cada uno en su nube de algodón, entre la lírica y el desgarro, ambos con su endiablado talento. Un día Rafael Azcona les dijo: “Lo habéis conseguido todo, venga, dejadlo ya”. Cómo lo va dejar Sabina si sigue imbatido después de haber meado sobre el limón espumoso de miles de urinarios en bares de madrugada; si Joan Manuel Serrat ha sobrevivido al Mediterráneo y conserva intacta la rebeldía moral, comprometida de unos tiempos difíciles, pero siempre envuelta en el aura de una dicha de vivir y en la melancolía de aquellos tranvías que transportaban hacia las playas los domingos a gente vencida y devolvían a la ciudad solo derrotada por el sol, con los labios salados y la piel quemada.

Y entre tantas palabras de amor de Serrat, los gritos afónicos de Sabina, ambos fundidos, y aunque los dos crucen sus canciones, uno con la guitarra se rascará el corazón y otro el hígado sobrevivirán hasta el último día y ni un minuto más. Durante sus conciertos de nuevo se llenará el aire de nuevas pálidas princesas, de versos incólumes de poetas, de borrachos, macarras y prostitutas, de aquellos bares que ahora son bancos hipotecarios y otras ternuras, pero estos dos pájaros volarán juntos, con las alas cruzadas como sus letras y melodías hacia el fondo de la noche y Sabina se pondrá suave y Serrat hará de canalla y no cesarán de volar hasta encontrar el corazón dulce de los caballos en cada uno de los espectadores. Cantando la moral de la derrota o la gloria de estar vivo, de ser un héroe cotidiano o un superviviente de la propia guerra, los dos han sido elegidos por los dioses, uno con la voz rota, otro modulando un temblor también desgañitado.

Estar siempre de parte de los que pierden, apuntarse a las derrotas, convertir cualquier caída en una rima dura y cantarla como quien grita a la vida, ese es el asunto de Sabina cuyo primer objetivo es que todo el mundo sea feliz, que los reaccionarios dejen libres las nubes y los jergones para que los hijos del cielo puedan volar. Si hubiera sido misionero habría bautizado con whisky a los apaches. Y mientras ese milagro suceda Serrat enamorará a las madres y a las hijas. Acosados por una estampida de admiradores en España y Latinoamérica, Joan Manuel Serrat y Joaquín Sabina se han apropiado de los jóvenes más insomnes, de los más cabreados, de todas esas chicas, que si bien pueden ser princesas, tienen el corazón suburbano.

Volarán juntos otra vez, ahora con las canciones trabadas, como el fuego cruzado de una guerra conjunta contra los bárbaros de cada esquina, a favor de la felicidad de cuantos esperan que un asa llegue por el aire a rescatarlos para volar a la misma altura, con estos dos pájaros, Serrat y Sabina.

Después de contemplarlos entre el humo de los aplausos recibir exhaustos y sudorosos los abrazos de los admiradores en los abarrotados camerinos era cosa de verlos ahora en la altura mística de los montes de Ávila entre flores silvestres y vacas rubias y de ojos azules bajo el canto de los mirlos y de los jilgueros. Pese a todo, estos dos pájaros en este vuelo han podido comprobar que las flores de jara son blancas y amarillas las de la retama. ¿Qué hacían allí? Posar para una foto. Lo mismo que hacía aquel tigre en la cumbre nevada del Kilimanjaro.

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Elemental

Contra las leyes de la naturaleza, hay políticos todavía con la mano en el pecho y la golilla de hidalgo que creen que pactar es claudicar

MANUEL VICENT

Fotografía de archivo del Premio Nobel de Física en 1933, Werner Heisenberg.rn
Fotografía de archivo del Premio Nobel de Física en 1933, Werner Heisenberg. AGENCIA COVER

Si una partícula elemental puede estar en dos sitios a la vez, si puede trasladarse de un lugar a otro sin pasar por en medio, si la línea recta no es la distancia más corta entre dos puntos porque el espacio es curvo, ¿qué razón hay para tener ideas firmes y ser una persona de palabra? En 1927, el físico alemán Werner Heisenberg enunció el principio de incertidumbre, que gobierna el mundo de las partículas elementales, por el que se establece que no es posible conocer simultáneamente la posición, la dirección o la masa de la materia. Si en física cuántica la certeza no existe y según los presocráticos el sí y el no se incluyen juntos en una misma respuesta, ¿por qué nos escandaliza que muchos políticos carezcan de principios y no cumplan con sus promesas? Al fin y al cabo se comportan según las reglas de las partículas elementales, que les permiten ir de un bando a otro sin pasar por el centro y tener dos ideologías contrarias. Si el principio de inseguridad e incertidumbre de Heisenberg se aplica a la democracia, resulta evidente por qué tu voto de izquierdas puede darle la victoria a tu enemigo de derechas y al revés. Pero contra las leyes de la naturaleza hay políticos todavía con la mano en el pecho y la golilla de hidalgo, que creen que pactar es claudicar y se agarran a la fe como el creyente que contrata un seguro de vida y espera a la vez que la fe le asegure la salvación eterna. Todo es relativo. La bola de cristal, que sostiene en su mano el Salvator Mundi, atribuido según el principio de incertidumbre a Leonardo da Vinci, por el que un príncipe saudí pagó 450 millones de dólares, podría ser en realidad una bomba de racimo. ¿Qué va a ser de la política? En España predecir es difícil, sobre todo el pasado. Aquí puede caerte el Gordo de la lotería o una cornisa en la cabeza al salir de casa.

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La corista

Si se descubre que un poeta se comportó como un cerdo con su mujer, ¿habrá que rechazar sus excelsos poemas de amor?

MANUEL VICENT

Albert Einstein, con el rey Alfonso XIII a su derecha y el físico Blas Cabrera, segundo a su izquierda, el 4 de marzo de 1923, en Madrid.
Albert Einstein, con el rey Alfonso XIII a su derecha y el físico Blas Cabrera, segundo a su izquierda, el 4 de marzo de 1923, en Madrid. GETTY IMAGES

¿Puede un gran poeta ser un cerdo? Y si se descubre que se comportó como un cerdo en casa con su mujer, ¿habrá que rechazar sus excelsos poemas de amor? ¿Puede un gran cineasta ver toda su carrera arruinada después de muchos años por una acusación no probada de pederastia? Se sabe que Albert Einstein, la mente más potente y brillante del siglo XX, fue un frívolo mujeriego que maltrató hasta extremos inconfesables a su mujer Mileva, a la que impuso condiciones despiadadas para permanecer a su lado. Si eres un moralista irredento podrás echar un poema de Neruda a la basura y dejar de ver una película de Woody Allen, pero la teoría de la relatividad o el descubrimiento de la célula fotoeléctrica te las tienes que tragar. “Yo trato a mi esposa como a una empleada a quien no puedo despedir”, le escribía Einstein a su prima Elsa convertida en amante de cuya hija veinteañera también estaba enamorado. En medio de la turbulencia de sus amoríos, Einstein exigía que le cuidasen de manera exquisita sin molestarle ni pedirle nada a cambio. Le gustaban las mujeres y en cuanto a sus amantes, que fueron muchas, según lo cuenta el hijo de su amigo, el doctor János Plesch, cuanto más vulgares, sudadas y malolientes, más le gustaban. En 1923 Einstein pasó 15 días en España y puede que dejara sembrado en Madrid su ADN con una señorita con la que se citó una tarde en el Palace. En la excelente novela El Nobel y la corista, Nativel Preciado indaga las andanzas del genio en el alegre bullicio de entreguerras, con los bugattis, el charlestón, y las primeras mujeres que fumaban cigarrillos egipcios con boquilla de marfil. ¿Ligó el descubridor de las leyes del universo con una de las chicas del Apolo? Esta es la historia imaginaria de una dama que se creía descendiente de Einstein y de una corista como lo eran de Alfonso XIII otras bastardas.

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Estocadas

Por si la fiesta nacional necesitaba más chulería patriótica llega la extrema derecha, se apropia de este obsceno sacrificio de reses bravas y lo mete en su programa como un hito de la reconquista

Octavio Chacón da un pase en la corrida de Las Ventas.
Octavio Chacón da un pase en la corrida de Las Ventas. FERNANDO ALVARADO EFE

 

Aunque a estas alturas suene un poco a broma, los toreros, los empresarios taurinos y los espectadores de las corridas, si son católicos practicantes, deberían saber que la bula Salute gregis que emitió el papa Pío V en 1567 contra este cruel espectáculo sigue vigente y que la pena de anatema y excomunión que contenía no ha sido levantada. La bula incluía una cláusula que impedía su derogación y ni Gregorio XIII, ni Clemente VIII ni ningún otro Pontífice de los que ha habido desde entonces hasta hoy se ha molestado en anularla. Pío V invocó la autoridad divina, de la que derivaba su infalibilidad. Sin duda los taurinos se pasan este anatema por el forro e incluso puede que algunos lo consideren como a un incentivo más para ir a Las Ventas. Dado que este perro mundo está lleno de estímulos infames el asistir a una corrida de San Isidro, empinar la bota o comerse un pastelillo de nata entre puyazos, estocadas, vómitos, descabellos y encima salir de la plaza excomulgado puede que para ciertos estómagos constituya un atractivo insoslayable. Pero a la sensibilidad del español medio hoy le resulta más duro que el anatema papal el tener que contemplar esta masacre entre señoritos con un puro ensalivado en la boca apoyados en la barrera y con los de la solanera jaleando el chorro de sangre que se desliza por el lomo hasta la pezuña del toro, uno de los animales más bellos de la creación. Y por si la fiesta nacional necesitaba más ajo arriero, más chulería patriótica, más salivazos ideológicos y más moscas llega la extrema derecha, se apropia de este obsceno sacrificio de reses bravas y lo mete en su programa como un hito de la reconquista. He aquí, pues, a un don Pelayo de pelo engominado, con una copa de fino amontillado en la mano proclamando la consigna electoral: en la España cañí, cuantos más votos, más puyazos, más estocadas.

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Pandemia

En política los memes replicantes constituyen un arma letal, rápida y con una capacidad de difusión similar a los virus

Los memes acaban creando una nueva realidad ajena al conocimiento empírico y científico.
Los memes acaban creando una nueva realidad ajena al conocimiento empírico y científico. TWITTER VOX

 

Según Richard Dawkins, biólogo evolucionista, el término lingüístico meme es una unidad básica de información cultural que se transmiten unos a otros los individuos y los grupos sociales. El meme opera con la misma carga trasmisible y replicable de un gen. Media humanidad lo expande hoy con los móviles a través de tuits, whatsapps, facebooks e instagrams,sin saber que alberga una adicción obsesiva semejante al más potente de los opiáceos. Los memes se propagan como una pandemia de modo incontrolado y su capacidad de réplica y acumulación genera estructuras que se insertan en el cerebro humano en forma de teorías, religiones, fobias, filias, rechazos, banderas, patrias, nacionalismos y pasiones deportivas. Los memes acaban creando una nueva realidad ajena al conocimiento empírico y científico, compuesta de unidades elementales, que en su mayoría son chistes, bulos, ocurrencias, mentiras, calumnias e insultos. Estos sencillos mensajes se clavan en el encéfalo del receptor y allí se multiplican saltando a todos los que entran en contacto con el infectado. En política los memes replicantes constituyen un arma letal, rápida y con una capacidad de difusión similar a los virus y durante las campañas electorales crean un ambiente febril y convulso que llega a su clímax en el momento del recuento de votos. Así ha sucedido en las recientes elecciones generales. Así sucederá en las autonómicas, municipales y europeas que se avecinan. Sobre ellas se abatirá una nueva epidemia de memes sin que el recuerdo del anterior fracaso produzca cierta inmunidad, ya que el virus mutará y no habrá vacunas que prevengan la próxima infección. A un adolescente le quitas el móvil y comienza a berrear como cuando de bebé le quitabas el chupete. Así sucede con el resto de la humanidad, que enganchada a esta droga se está volviendo idiota.

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Degustación

Hay que votar, pero habría que hacerlo desde un estómago exigente y no desde un cerebro intoxicado por el odio

Un votante sujeta sobres de distintas formaciones entre las que duda.
Un votante sujeta sobres de distintas formaciones entre las que duda. PACO PAREDES EL PAÍS

 

Al contrario de lo que sucede con el cerebro que admite sin análisis previo cualquier clase de basura que le ofrecen los predicadores, los políticos, los medios y las redes, el estómago es un órgano muy delicado que antes de aceptar un alimento lo somete a controles muy estrictos. Los ojos observan lo que viene en el plato, la nariz lo olfatea al llegar a la boca, después el paladar aprecia y mide el grado exacto de su sabor, antes de pasar por el gaznate ha habido que masticarlo, ensalivarlo y en el caso de que el estómago no logre digerirlo a su gusto simplemente lo vomita. Si los programas, las promesas, las mentiras, las broncas, los insultos y los golpes bajos que los políticos se han lanzado unos contra otros en los mítines y debates durante la campaña electoral fueran realmente comida no habría estómago que la engullera sin correr el riesgo de morir envenenado o al menos de sufrir una grave intoxicación. ¿Se imaginan a algunos de esos líderes agresivos y crispados, llenos de odio, convertidos en camareros sirviendo sus ideas políticas en forma de sopa de menudillos en un restaurante? Es posible que con los nervios acumulados te echaran la sopa por el cuello y en todo caso sería un insensato quien tuviera el valor de probarla. En cambio, es increíble el descontrol con que el cerebro se deja intoxicar por ideas que llegan directamente de los estercoleros de la sociedad. De hecho, cuanto más frívolas, falsas, primarias y estúpidas son las promesas políticas, más placer le producen. No obstante, un día como hoy, jornada de elecciones, la democracia obliga a cumplir con el deber cívico de acudir a las urnas. Hay que votar, pero habría que hacerlo desde un estómago exigente y no desde un cerebro intoxicado por el odio, a un programa político, el más parecido a un plato digestivo que permita una agradable sobremesa.

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La huida detrás de un sueño

El autor recrea un día en la vida de Juan Genóves, auto de ‘El abrazo’, símbolo de la amnistía y de la reconciliación

Juan Genovés.
Juan Genovés. JORDI SOCÍAS

 

Se levanta todos los días a las cuatro de la madrugada; cruza el jardín de su casa de Aravaca y por una escalera exterior de 18 escalones sube a su estudio. Fuera del amplio ventanal amanece o no amanece, los pájaros cantan o no cantan, el sol sale o no sale, pero Juan Genovés empieza a trabajar hasta la hora del almuerzo como si cada hora fuera la primera y la última de su vida. Lo que suceda más allá de los límites del cuadro no le importa nada, puesto que en ese momento el mundo tiene los mismos límites del bastidor.

En el estudio está a solas consigo mismo en silencio. Después de la siesta su jornada continúa hasta que le detiene la oscuridad. El trabajo no le supone ningún esfuerzo especial, porque su cuerpo enteco, nervioso y resistente viene así de fábrica.

Nació en Valencia en 1930. Su padre era un artesano y decorador de muebles, con profundas convicciones de izquierdas y republicanas, que hacía la vista gorda si su mujer, católica practicante, iba los domingos a misa. Su infancia transcurrió en el barrio de Mestalla. Desde su piso situado en una cuarta planta veía la cancha del campo de fútbol y oía las ovaciones de los hinchas. Bajo el aroma de los cromos de aquellos futbolistas de su niñez, Eizaguirre, Álvaro, Juan Ramón, Bertolí, Iturraspe, Lelé, Epi, Igoa, Mundo, Asensi y Gorostiza, este artista confunde todavía hoy una victoria del Valencia C.F. con la bondad universal y su derrota con un severo cataclismo del espíritu.

Durante estos primeros años, Genovés ayudó a su padre en la decoración de los muebles y entró en contacto con pinturas y barnices, que le han acompañado a lo largo de su vida. Con la llegada de la dictadura la familia abrió una carbonería y a Genovés se le veía allí dibujando con los carbones en las paredes escenas de tebeos. En 1946 ingresó en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos.Posteriormente, formó parte del colectivo Parpalló y del grupo Hondo.

En la década de los sesenta del siglo pasado las criaturas de Juan Genovés comenzaron a correr en sus lienzos y todavía no han parado. La mayoría de los espectadores, incluidos muchos críticos, siempre han creído que huían de las cargas de la policía franquista. Y eso es cierto, pero la cuestión no es de qué huyen sino en qué lugar se paran después de desbordar en desbandada los límites del cuadro. Hoy lo hacen formando círculos muy visuales, pero si se lo preguntas a Genovés te dirá que sus criaturas se detienen allí donde exista un sueño de paz, justicia y armonía. Y dada la ingenuidad congénita del artista no hay más remedio que creerle.

En los años sesenta en Norteamérica el pop art incluía el lujo, la chatarra, los cubos de basura, los envases, el diseño, las estrellas de cine, los anuncios y el optimismo de la tecnología. Juan Genovés añadió a estos excipientes del capitalismo los símbolos de la violencia política y entró a saco en el realismo de la alambrada y en la crueldad de las culatas de los fusiles, en la dialéctica del miedo, en la soledad del individuo en medio de la multitud. Con esta huida detrás de un sueño Genovés se enfrentó al informalismo del grupo El Paso cuyos artistas, con Saura y Millares en cabeza, decidieron pintar en blanco y negro como símbolo del claroscuro de la escuela española y, posteriormente, añadieron el dramatismo del rojo de la sangre de toro para acabar introduciendo amarillos, rosas y azules esteticistas.

En esta época Genovés consiguió una Mención de Honor del jurado de la 33ª Bienal de Venecia, que le abrió las puertas del exclusivo club de la Galería Marlborough y ser un artista de reconocida fama internacional. A Juan Genovés le mantiene vivo la ingenuidad que le sirve para crear y luchar. “Vengo de una familia alimentada con el optimismo histórico. Yo sabía lo que estaba pasando en la Unión Soviética y en 1969 fui invitado al Congreso Mundial de la Paz que se celebraba en Moscú. Éramos varios miles llegados de distintas naciones. Un día fuimos recibidos dentro de las murallas del Kremlin y se nos hizo avanzar entre dos rayas marcadas en el suelo, flanqueadas por guardias armados con metralletas. Pensé: parece uno de mis cuadros. Quise comprobarlo saliéndome de la raya. Azcárate, que iba a mi lado, me dijo, no lo hagas, estás loco, te van a disparar. No obstante, lo hice, me separé del grupo y los policías comenzaron a lanzar gritos terribles mientras me apuntaban con el arma. Sabía lo que estaba pasando, pero siempre tuve la esperanza de que las cosas mejorarían. Sé que soy un ingenuo. Siempre lo he sido”.

De su famoso cuadro, El abrazo, símbolo de la amnistía y de la reconciliación, se hizo un bronce circular, que en 2003, como homenaje a los abogados asesinados en Atocha se erigió en la plaza de Antón Martín. Hoy la gente arroja desperdicios a su interior y lo usa como un contenedor de basura. Pese a lo cual, el optimismo de Genovés sigue en su interminable lucha final.

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Subversivo

Los líderes débiles e inseguros suelen ser los más agresivos, de modo que si te recomiendan que lleves una pistola en el bolsillo es porque piensan que tienes miedo y en el fondo te están llamando cobarde

Santiago Abascal, candidato de Vox, durante un acto en Burgos. En vídeo, Abascal a través de sus frases.
Santiago Abascal, candidato de Vox, durante un acto en Burgos. En vídeo, Abascal a través de sus frases. CESAR MANSO AFP

 

Cualquier partido político que llevara hoy en su programa las bienaventuranzas del Sermón de la Montaña no sacaría un solo diputado. En aquel mitin el profeta de Nazaret clamaba ante la multitud: bienaventurados los mansos, los misericordiosos, los pacíficos, los limpios de corazón y los pobres de espíritu. En el ambiente tabernario de la política española estas palabras levantarían carcajadas, insultos y abucheos contra cualquier candidato de derechas o de izquierdas que las pronunciara. No obstante, estas consignas en apariencia tan blandas sostuvieron el peso de la resistencia pasiva con la que Gandhi consiguió derrotar al Imperio Británico. Pese a que hoy en política se lleva la lengua de navaja, habrá que recordar que para ser moderado hay que tener mucho coraje, lo mismo que para ser equidistante se necesita ser muy audaz, sentirse muy fuerte y equilibrado por dentro y tener además la piel de elefante para recibir los agravios de ambos bandos. El diálogo es un combate muy duro, pero vivimos tiempos tan deplorables que hoy el diálogo convierte a cualquier político en un elemento subversivo. Los líderes débiles e inseguros suelen ser los más agresivos, de modo que si te recomiendan que lleves una pistola en el bolsillo es porque piensan que tienes miedo y en el fondo te están llamando cobarde. En política gritar e insultar al adversario es siempre una forma soterrada de pedir auxilio. Un imperio comienza a decaer cuando levanta muros en lugar de construir puentes. En Creta el legendario rey Minos instauró una paz que duró mil años. Ninguna de las ciudades cretenses tenía murallas. Se sentían tan seguras que para defenderse les bastaba la potencia de su cultura llevada por sus naves hasta los puertos más alejados. Cuidado, pues, con los mansos y con los limpios de corazón porque hoy la ética puede actuar como un violento explosivo.

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La caída

Por muy seguro que uno se sienta siempre hay un punto débil e imprevisto por donde llega alguien y te la clava

El asalto final tras el sitio de Constantinopla.
El asalto final tras el sitio de Constantinopla. MANSELL/THE LIFE PICTURE COLLECTION/GETTY IMAGES

 

Así cayó Constantinopla en 1453, por un simple descuido. La triple muralla levantada por el emperador Teodosio se mostraba inexpugnable ante el asedio del ejército otomano, pero un día unos soldados jenízaros trataron de comprobar las fisuras que en el muro exterior habían producido los impactos de los cañones y se encontraron con que alguien imprevisiblemente había dejado abierta la kerkaporta, un paso peatonal solo utilizado por los que regresaban tarde a la ciudad en tiempos de paz. El ejército otomano se coló con sigilo en el recinto por esa pequeña puerta, pasó a cuchillo a la población y en pocas horas acabó con el último reducto del Imperio Bizantino junto con la cultura romana de Oriente. La trágica lección de Constantinopla sigue vigente. La herencia de Grecia, de Roma, del Renacimiento y del humanismo; la conquista de los derechos políticos basados en la Revolución Francesa; todo el edificio democrático que se construyó en Occidente después de dos guerras mundiales con decenas de millones de muertos; el gran pacto entre el capitalismo y el socialismo de los años cincuenta del pasado siglo que promovió el mejor reparto de la riqueza, todo ese caudal de la historia en que se funda Europa parecía estar protegido hasta ahora por las sólidas murallas del racionalismo republicano, pero, como sucedió en Constantinopla, también en la fortaleza europea por un exceso de confianza la kerkaporta ha quedado abierta a merced del enemigo. Hoy los jenízaros más peligrosos, que pueden penetrar por ella, no son los inmigrantes ni el terrorismo yihadista, sino las huestes del populismo de extrema derecha, que ya están dentro pudriendo las raíces de la democracia. La lección de la caída de Constantinopla también te la puedes aplicar a ti mismo. Por muy seguro que uno se sienta siempre hay un punto débil e imprevisto por donde llega alguien y te la clava.

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