A la sangre

Por fortuna el himno español no tiene letra. Nada hay más elegante que permanecer con la boca cerrada ante versos que llaman a degollar al enemigo

Vecinos de Castellón despiden con gritos de ánimo a guardia civiles destinados a Cataluña para reforzar el dispositivo policial ante el referéndum del 1 de octubre.
Vecinos de Castellón despiden con gritos de ánimo a guardia civiles destinados a Cataluña para reforzar el dispositivo policial ante el referéndum del 1 de octubre. DOMENECH CASTELLÓ EFE

 

Todos los himnos nacionales están cargados con la pólvora de unas letras fatuas, violentas e incluso sanguinarias. Cuando suenan en los estadios al iniciarse un encuentro deportivo internacional los jugadores de cada equipo abrazados por los hombros en la cancha las entonan, unos con ardor, otros con desgana, y entre ellos siempre hay uno que oficia de gran patriota, al que solo le falta aporrearse el pecho como un gorila en celo mirando hacia lo alto. En LaMarsellesa se pide que la sangre impura inunde nuestros surcos; los germanos gritan: “Alemania sobre todo el mundo”; los británicos exclaman: “Oh, señor, nuestro Dios, levántate y dispersa a los enemigos”; “Listos para morir, Italia llama a sus hijos”, cantan los italianos; los norteamericanos con la mano en el corazón invocan la tenebrosa lucha, el rojo fulgor de los cohetes, las bombas estallando en el aire; y en Els segadors, para no ser menos, se anima a defender a la patria catalana con golpes de hoz. Por fortuna el himno español no tiene letra. Nada hay más elegante que permanecer con la boca cerrada ante esta clase de versos crueles elaborados por poetas mediocres, que llaman a degollar al enemigo. Mas cuando ya parecía que ese himno, hasta ahora en poder de la derecha, empezaba a ser emocionalmente aceptado por la izquierda a través de los éxitos deportivos, la reacción contra el independentismo catalán lo ha puesto de nuevo al servicio de un españolismo en algunos casos rancio y muy burdo, servido por una testosterona de muy baja calidad. Ahora la letra del himno español la constituyen, por un lado los infames abucheos de los independentistas en los estadios y por otro los mazazos de Manolo el del bomboy los gritos de ¡a por ellos!, bajo el amparo del toro de Osborne, una marca de coñac, estampado en la bandera nacional. Los dioses ciegan a los que quieren destruir.

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¿Existe todavía la España de Zuloaga?

Un público compuesto en su mayoría por personas de edad consolidada y de diseño antiguo admiran la obra del pintor vasco

Exposición de Ignacio Zuloaga en la Fundación Mapfre, en Madrid.
Exposición de Ignacio Zuloaga en la Fundación Mapfre, en Madrid. B.P.

 

Cuando un artista es muy poderoso, acaba siempre por crear un público a su propia imagen y semejanza. En la muestra del pintor Ignacio Zuloaga, que se celebra en la sala Mapfre de Madrid, se puede comprobar una vez más esta relación mágica. Consiste en que la mayoría de espectadores de la obra de un gran artista suele tener un diseño físico muy parecido a las figuras de los cuadros. Esta misteriosa atracción mutua se da a menudo en los grandes eventos artísticos en galerías y museos. El arte joven produce espectadores jóvenes, la pintura abstracta atrae a espectadores desinhibidos, la estética pop se ve rodeada de espectadores alegres y desenfadados, el realismo social engendra espectadores serios y comprometidos, el informalismo genera estetas informales, las instalaciones, performances y happenings disparatados acumulan siempre gente loca alrededor, que juega a convertirse ella misma en obras de arte. En este caso al mundo recio y oscuro de Ignacio Zuloaga, compuesto de damas de negro, caballeros severos, toreros y manolas, retratos adustos con galgos puntiagudos, castillos y paisajes bajo nubarrones morados, que se corresponde con un público compuesto en su mayoría por personas de edad consolidada, hombres y mujeres de diseño antiguo, que contemplan los cuadros como quien se mira en un espejo de luna del armario con una actitud reverente y educada. Parecen ser españoles muy españoles los que deambulan en silencio por el aire denso y penumbroso de la sala, admirados por la maestría del pintor que, en su momento, pese a ser vasco, encarnó el espíritu nacional castellano.

Esta mutua atracción como fenómeno estético se manifestó públicamente por primera vez en la exposición que en 1964 Andy Warhol realizó en Filadelfia. Por un percance del transporte los cuadros no llegaron a tiempo a la galería; no obstante, la inauguración se celebró con las paredes vacías. Warhol desde un altillo descubrió que la sala se parecía a una pecera llena de crustáceos que se movían, excitados unos por otros, como única fuente de energía. A nadie le importaba que no hubiera cuadros. Estaban allí solo para mirarse en el espejo del artista como única forma de existir. En ese momento, Warhol tuvo la revelación de que aquellas criaturas que llenaban la sala eran su obra de arte. Si un bote de sopa Campbell es un icono americano, ¿por qué no podemos serlo yo ─se dijo el artista─ y cada uno de los espectadores? Su verdadera creación eran aquellos extraños seres que había conseguido reunir entre cuatro paredes blancas y que no se parecían en nada al resto de los habitantes de Nueva York, sino solo a sí mismos como tribu, el rostro blanco con polvos de arroz, adornada la cresta roja con plumas de marabú y el cuerpo anoréxico alicatado con cristales de colores.

Esta relación mágica no solo se produce en las galerías y en los museos; se expresa también en la historia de un país y conforma la imagen de una sociedad. Ignacio Zuloaga, nacido en Eibar en 1870, es el pintor coetáneo de la Generación del 98 y asume plásticamente la estética de la España Negra, con el derrotismo de una literatura amarga, que trata de revivir el espíritu castellano como símbolo de lo español. Pese a que se formó en París en 1890, donde pudo absorber todo el aire de la modernidad y las alegres vivencias del arte como una fiesta feliz, de regreso al país, adherido a un clasicismo pictórico, frente a la España luminosa de Sorolla adoptó el aire conservador, tradicionalista e incluso reaccionario. Su talento y poder como artista está fuera de discusión, pero Zuloaga tiene una dimensión política, puesto que puso su arte al servicio de una opción ideológica franquista hasta el punto de pintar al propio dictador como figura histórica y al general manco Millán Astray como modelo de heroísmo. Si Pablo Picasso con el Guernica produjo un grito mundial contra la violencia fascista, Zuloaga trató de plasmar como réplica el asedio del Alcázar de Toledo en 1936 por las fuerzas republicanas. El contenido nacionalista de su obra está aliado a la celebración de tradiciones populares, escenas de labriegos segovianos a la sombra de su boina, de señoras con mantilla negra, de poblachos con campanarios envueltos en nubes atormentadas. Más allá de esta plástica potente, pero estéticamente rancia y tenebrosa, la pregunta que uno se formula ante la exposición de Zuloaga es si la España de este pintor existe todavía, si esos espectadores de aspecto grave que deambulan por la sala son figuras escapadas de los cuadros en busca del autor. Junto a la muestra de Zuloaga, en la sala contigua se exhiben unas pinturas de Joan Miró. La sala estaba deshabitada y llena de luz. Solo una joven, abanicándose con un catálogo, contemplaba un óleo surrealista lleno de estrellas. Esta única espectadora, de belleza transparente, era también una criatura de Miró.

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Entre flores

Aquel espejo de felicidad evanescente saltó en pedazos y pocas semanas después aquella gente cortés y pacífica de Baden Baden estaba ebria de sangre

Sarajevo: asesinato del archiduque Franz Ferdinand, heredero del trono austríaco, y su esposa.
Sarajevo: asesinato del archiduque Franz Ferdinand, heredero del trono austríaco, y su esposa. ACHILLE BELTRAME (ILUSTRADOR). GETTYIMAGES

 

Había amanecido un sol radiante aquel 28 de junio de 1914 en Baden Baden, según cuenta Stefan Zweig. Era la víspera de San Pedro y San Pablo y muchos burgueses austriacos, alegres y confiados, habían decidido pasar el día de fiesta en ese balneario, que parecía haber sido levantado solo para el placer del espíritu. Una orquesta de violines y pistones hacía sonar un vals bajo los perfumados tilos del parque; algunos veraneantes apostaban en la ruleta del casino y otros ataviados con pamelas y sombreros blancos, seguidos de niñas vestidas con colores claros, cruzaban los puentecillos de hierro colado que unen los jardines a uno y otro lado del río Oos. En medio de esta perfecta armonía, de repente, la orquesta dejó de sonar. Algunos oyentes rodearon a un guardia que en ese momento estaba fijando en un tablón visible un cartel con la noticia de que el archiduque Francisco Fernando, heredero del trono del imperio austro- húngaro, y su mujer habían sido asesinados en Sarajevo a manos de Gravilo Princip, un nacionalista serbio que luchaba por la independencia de su país frente a Austria. Nadie dio demasiada importancia a ese hecho, de modo que el vals comenzó a sonar de nuevo desde el mismo compás interrumpido y aquellos felices burgueses siguieron ejerciendo su exquisita cortesía en los sillones. Nadie supo explicar cómo sobrevino la guerra, pero de pronto aquel espejo de felicidad evanescente saltó en pedazos y pocas semanas después aquella gente cortés y pacífica de Baden Baden estaba ebria de sangre; era imposible mantener una conversación sensata con los viejos amigos, que se habían convertido en patriotas ciegos, en unionistas o independentistas fanáticos. “Quien no es capaz de odiar, tampoco lo es de amar de verdad”, decían algunos. Aquella guerra que nadie quería produjo una espantosa carnicería con millones de muertos.

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Estrellas

¿A qué clase de agujero negro nos aboca esa luz confusa y vertiginosa de la estrella de la bandera cuatribarrada?

Una inmensa bandera estelada pasa entre las manos de los participantes en una celebración de la Diada.
Una inmensa bandera estelada pasa entre las manos de los participantes en una celebración de la Diada. ALBERT GARCÍA

 

Si los peregrinos jacobeos medievales hubieran sabido que la Vía Láctea o Camino de Santiago lejos de señalar una ruta mágica hacia el fin de la tierra, realmente tenía la forma helicoidal, como de un platillo volante giratorio, nunca habrían acometido ese viaje iniciático ante el temor al vértigo y a la desorientación. Si aun hoy los peregrinos europeos que atraviesan Roncesvalles o los ibéricos que transitan por la Ruta de la Plata o el Camino Portugués supieran que la Vía Láctea pudiera ya no existir en la realidad, tal vez no se moverían de casa. De hecho, pese a que la seguimos contemplando con emoción en las noches claras puede que la Vía Láctea se haya extinguido hace muchos años, el tiempo en que su luz ha tardado en llegar a la Tierra aun cuando su combustible se haya agotado y esa parte del universo esté ya a oscuras. Esa es la posible ficción cósmica en que vivimos. Si la Vía Láctea puede que ya no exista y todas las luces que observamos en el cielo de noche son ilusorias, ¿qué pasa con esa estrella de la bandera cuatribarrada que marca la ruta delirante de los peregrinos catalanes hacia la independencia? Hay que preguntarse a qué clase de agujero negro nos aboca esa luz confusa y vertiginosa. Si mañana se declarara la república independiente de Cataluña muchos catalanes, creyéndose libres y soberanos, se levantarían de la cama confiados en que la independencia iba a mejorar sus vidas, pero la mente deslumbrada y el corazón inflamado de amor a su patria les impediría saber que detrás de ese sueño solo existe la oscuridad, y al final, llenos de frustración y melancolía en medio de una violenta fractura social entre hermanos, deberían enfrentarse a la rutina gris de todos los días, mientras el Sol, la única verdad que da la vida, saldría en punto como siempre por el Empurdá y se pondría por Finisterre.

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En el medio

Hay que tener mucha fortaleza interior para ser un equidistante

Una mujer colgando una bandera catalana. rn
Una mujer colgando una bandera catalana. PAU BARRENA AFP PHOTO

 

Los postulados de Euclides, padre de la geometría, se siguen estudiando en las universidades después de 2.300 años de historia, y sus elementos de rectas, segmentos y equidistancias son aplicados hoy por ingenieros y arquitectos de forma inalterable a su trabajo. Según Euclides, la equidistancia es una relación fija en la mitad justa entre dos puntos extremos de un segmento. Este postulado que en geometría es la consecuencia de una creación elegante y sutil de la mente, en cambio en la política y en muchos comportamientos sociales es un término sumamente denostado porque se considera una representación tibia, débil y cobarde entre los dos extremos del segmento de ideas. Este desprecio viene de lejos. Ya en el Apocalipsis dice Yahvé: “Y así, puesto que eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca”. Ser equidistante entre la izquierda y la derecha, el independentismo y la unidad de la patria, el capitalismo y el comunismo, la libertad de expresión y su control, es sinónimo de blandenguería, de falta de compromiso y decisión, pese a que en realidad es todo lo contrario. Si la equidistancia geométrica en arquitectura permite que la clave del arco absorba y distribuya las fuerzas de modo que las casas y los puentes no se caigan, aplicada al humanismo consigue que toda nuestra sociedad se mantenga en un sutil pero firme equilibrio desde que dejamos atrás a nuestros abuelos primates. Hay que tener mucha fortaleza interior para ser un equidistante. Esta dura conquista del espíritu se ve hoy muy escarnecida, pero de la equidistancia deriva la moderación, el rechazo instintivo a cualquier verdad absoluta e incluso el sentido del humor. Deja que los servidores fanáticos de Yahvé, de uno y otro extremo, te insulten. La equidistancia te hará escéptico y amable; es el eje de acero esencial para que no te derrumbes por dentro.

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Vendimia a garrotazos

Una visita a la sala de las pinturas negras de Goya inaugura una serie del escritor, que ve en el célebre cuadro del duelo a palos ecos de la riña política ante el desafío independentista

Un visitante contempla la obra 'Duelo a garrotazos', de Goya, en la sala de las pinturas negras del Museo del Prado.
Un visitante contempla la obra ‘Duelo a garrotazos’, de Goya, en la sala de las pinturas negras del Museo del Prado. B. P. EL PAÍS

 

Recuerdo aquella mañana de un otoño ya muy lejano en que entré totalmente fumado en la sala de las pinturas negras de Goya en el Museo del Prado y la sensación que me produjo el cuadro Duelo a garrotazos bajo los efectos de la marihuana. Eran tiempos de batallas urbanas contra la policía en los estertores de la dictadura. Por Atocha y la Ciudad Universitaria madrileña había manifestaciones cada día con pancartas y gritos de libertad, amnistía y estatutos de autonomía, con nubes de gases lacrimógenos, balas de goma y algunas de plomo que habían acarreado varios muertos.

En Ámsterdam, había adquirido una hierba de excelente calidad en los tenderetes de la discoteca Paradiso, una antigua iglesia convertida por los hippies en su tabernáculo, y en aquel Madrid descoyuntado por los dolores de parto de una democracia extraída con fórceps, dentro del coche aparcado a la sombra de la Academia Española de la Lengua, liaba un canuto en forma de trompeta, lo apuraba con lentas caladas, me paseaba primero sobre las hojas caídas, rojas, amarillas, moradas del Jardín Botánico y luego, fumado hasta muy abajo entraba en el Museo del Prado con la esperanza de que la hierba me abriera las puertas de la percepción hasta las entrañas invisibles que había debajo de la belleza. En cierto modo este placer era también una forma de resistencia al franquismo.

En aquel tiempo, el Museo del Prado estaba prácticamente deshabitado. En un ángulo de cada sala vacía dormitaba un bedel y mientras avanzaba en soledad entre óleos de reyes, santos, caballeros y batallas me acogía la sensación alucinada de que aquellas figuras de las paredes solo eran la creación del sueño de sus vigilantes dormidos. La hierba dividía los cuadros en dos: los que te subían y los que te bajaban. La hierba exaltaba hasta un grado indecible El Jardín de las delicias de El Bosco y a todo el Greco, a Tiziano y Velázquez. Sus personajes abandonaban los marcos y ocupaban todo el aire por donde veía volar a las meninas, a las vírgenes de Murillo, al adusto caballero de la mano en el pecho junto con alguna venus muy carnal. Era una sensación placentera. En cambio, al entrar en la sala donde se exhibían las pinturas negras de Goya notaba que no había forma de que aquellas figuras diabólicas las diluyera la morbidez del cannabis. Esta paranoia se acrecentó al contemplar de cerca el cuadro de Duelo a garrotazos. Tal vez este rechazo se debía a que esta pintura solo expresaba el odio profundo entre las dos Españas, que había aflorado de nuevo en la calle. De hecho, desde allí se oía en ese momento un helicóptero de la policía sobrevolando una asonada.

Según su doble fuente de inspiración, Goya pintaba juegos de columpio y fiestas felices en la pradera, una duquesa desnuda con carne de nácar y aguafuertes llenos de brujas y ajusticiados, cartones para tapices con escenas galantes y ahorcados, capirotes de la Inquisición, el garrote vil, un asno con levita y un macho cabrío presidiendo un aquelarre. La España atroz y la de la Ilustración convivían en sus lienzos. Cuando Goya se fue a vivir a la Quinta del Sordo, hacia 1819, era un viejo lleno de cólera y sabiduría. Durante los cuatro años de misantropía que estuvo allí enclaustrado luchando contra sus demonios se dedicó a cubrir 32 metros cuadrados de pared con visiones corrosivas y pesadillas esquizofrénicas. En la cartela que acompaña al cuadro Duelo a garrotazos se explica que esa clase de pelea a muerte solo se permitía en Cataluña y en Aragón. En el resto de España estaba prohibida. En la pintura original esa pareja de españoles raciales tiene los pies sobre la hierba, pero al pasar la pintura al lienzo desde las paredes encoladas, la restauración deplorable hizo que aparecieran con las piernas enterradas y ese error ha convertido la escena en un símbolo del violento inmovilismo español como un destino aciago.

Algunos expertos opinan que Goya en los días felices había pintado bocetos de dulces vendimias con colores pastel debajo de esas pinturas negras y uno en aquel lejano otoño trataba de adivinarlas inútilmente ayudado por el cannabisdentro de las nubes azules y rosas que presiden la pelea de los dos villanos. Hoy, la sala de las pinturas negras de Goya está siempre abarrotada de espectadores que solo buscan la belleza, pero la incompetencia de los líderes políticos ha hecho que el desafío independentista contra el Estado reproduzca la escena de una España ciega con las piernas enterradas. Hubo un tiempo en que un sueño de ética y libertad unió a los catalanes y el resto de los españoles. Ignoro si todavía es posible imaginar que un delicado racimo de uvas invisible se halla en medio de esos dos bellacos que se están matando a garrotazos.

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Oráculo

Como quiera que acabe este desafío al estado de derecho por parte de la Generalitat las consecuencias son claras, irreversibles y envenenadas.

Mariano Rajoy junto al presidente catalán Carles Puigdemont.
Mariano Rajoy junto al presidente catalán Carles Puigdemont. © ULY MARTIN

 

En la tragedia griega cuando el héroe se encontraba abocado a una suerte agónica sin posible solución aparecía en escena un actor trasportado por una maquinaria representando a una deidad. Situado en un lugar de dominio, relevancia y poder, desde lo alto de ese tinglado con voz tronante pronunciaba un oráculo y gracias a su veredicto favorable el destino del héroe derivaba hacia un final épico y feliz. Deus ex machina, se llamaba este recurso dramático. El pesimismo nos obliga a pensar que la política española se desarrolla hoy como un intenso drama en el que los dos oponentes, el Gobierno del Estado y el de la Generalitat, están condenados a una destrucción mutua sin que esté prevista una solución que salve a los contendientes en el borde del precipicio. Como parece evidente que los personajes de este guión no son capaces de salir de este maldito embrollo, me pregunto si existe en España un gran estadista con indiscutible prestigio y autoridad que pueda descender como un Deus ex machina con gran aparato escénico sobre este campo de batalla. La respuesta es no. Ignoro si el momento político que vive hoy España merecería el genio de Sófocles para expresarlo como una tragedia o más bien el humor corrosivo de Aristófanes para describirlo como una tragicomedia en la que el independentismo catalán se parezca a un pulpo que ha salido de una pecera y no hay Deus ex machina con suficiente poder ni talento para introducirlo de nuevo en ella. Como quiera que acabe este desafío al Estado de derecho por parte de la Generalitat las consecuencias son claras, irreversibles y envenenadas: en el mejor de los casos, las hipotéticas urnas engendrarían un feto político sin viabilidad posible, pero es seguro que entre la sociedad española y catalana, con sus facciones políticas, banderas, lenguas y culturas, el odio durante décadas está garantizado.

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Razón y fe

De esa ciega pasión nacen las xenofobias, el odio o el miedo al otro, las banderas, las patrias y las fronteras

Acto a favor de la indepencia en Tarragona. rn
Acto a favor de la indepencia en Tarragona. DAVID RAMOS GETTY IMAGES

 

Frente a las leyes inexorables que rigen la materia en todo el universo, el espíritu humano solo está gobernado por la fe y la razón, dos fuerzas implicadas en un combate interminable desde el principio de la historia. La razón es una fuerza elaborada, muy cara de producir, sometida a constantes pruebas; es la base de la ciencia y la única herramienta que poseemos para comprender la naturaleza. En cambio la fe, que puede mover montañas, es barata de fabricar y muy fácil de obtener, no necesita ser probada, no admite fisuras, es ubicua e inmutable, se inocula de forma sencilla de padres a hijos y se propaga velozmente como un virus a cualquier raza y en cualquier lugar. Los sueños de la razón a veces engendran monstruos, pero a causa de la fe se mata y se muere, se convierte uno en mártir o en verdugo, se declaran guerras de exterminio y por decreto, incluso, permite soñar con una felicidad eterna en otra vida. La fe suele ir acompañada de la emoción, una carga magnética que los humanos probablemente compartimos con otras especies de mamíferos superiores. Se trata de una reacción psicofisiológica ante lo real o lo imaginario, que nos convierte en santos, en visionarios y en fanáticos. De esa ciega pasión nacen las xenofobias, el odio o el miedo al otro, las banderas, las patrias y las fronteras. Razón y fe nunca se cruzan, pero están enraizadas en la vida y determinan nuestra convivencia. Si un extraterrestre, acostumbrado a las leyes que gobiernan el universo, visitara España en este momento, creería haber caído en un país de locos poseídos por pasiones pueblerinas, incapaces de someter sus problemas políticos a la razón, estúpidos dispuestos a aniquilarse una vez más por un ideal imaginario de unidad o independencia de una patria hipotética, sin saber que esa montaña que la fe es capaz de mover, les puede caer encima.

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Lucha libre

Unos representan el papel de buenos y otros el de villanos

El líder norcoreano y sus oficiales. rn
El líder norcoreano y sus oficiales. AFP PHOTO

 

Las bravatas que se intercambian Donald Trump, Nicolás Maduro y Kim Jong-un constituyen una parodia de la lucha libre, un deporte muy popular en Estados Unidos, que llena las cadenas de televisión los fines de semana. Antes del combate los luchadores, con más de 130 kilos de peso, se exhiben teatralmente con vestidos, cabelleras y tocados extravagantes, y se comportan de forma muy agresiva ante las cámaras con un lenguaje soez lleno de amenazas violentas hacia su contrincante. Unos representan el papel de buenos y otros el de villanos. A veces fuera de las cuerdas se colocan otros luchadores que intervienen cuando los buenos o los malos están en peligro. Pero al final los buenos siempre ganan. La misma impostada procacidad se ha establecido ahora en la política norteamericana como una representación viva de la más genuina lucha libre. Entra Donald Trump en el cuadrilátero internacional vestido con calzón azul y corbata roja que contrastan con su almidonado tupé amarillo y grita que va a atacar con furia y fuego. En una esquina le espera Kim Jong-un, con notable sobrepeso y el occipucio esquilado, quien responde con la amenaza de soltar una bomba de hidrógeno recién horneada y desde otra esquina el incontinente bocazas de Nicolás Maduro, ataviado con la bandera venezolana, suelta las consabidas soflamas. El combate está amañado ya que Trump, después de golpes, caídas y desalojos del ring totalmente trucados, espera dar el último aullido de la victoria. Todo es una ficción teatral para distraer al público de otros graves problemas que afectan al mundo, pero los luchadores no están libres de una caída fortuita con daño grave o que otros luchadores, Putin o Xi Jinping, que están observando el combate y el triunfo del bueno oficial, salten también al cuadrilátero y la representación acabe en una real y divertida guerra nuclear.

MANUEL VICENT

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Travesía

No hay barco más seguro que el de papel que fabricamos de niños con una hoja donde habíamos escrito nuestros sueños

Un niño deposita un barco de papel en el agua.
Un niño deposita un barco de papel en el agua. GETTY IMAGES

 

Al final del verano, de vuelta a casa, empiezas a navegar el nuevo curso a merced de las fuerzas oscuras que te acechan en un mar lleno de peligros. Hay que estar bien pertrechado. Para llegar sano y salvo a un puerto abrigado después de sortear todos los escollos de esta dura travesía, no hay barco más seguro que el primer barco de papel que fabricamos cuando éramos niños con una hoja del cuaderno escolar donde habíamos escrito nuestros sueños más puros. Después de doblar el papel varias veces de una forma determinada, abrías el pliegue y de pronto aparecía entre los dedos un maravilloso velero. Con un leve impulso lo botabas en una orilla de la alberca y comenzaba a navegar el agua estancada bajo el vuelo de libélulas verdes y amarillas. Podía ser un barco pirata, fantasma, mercante o de guerra. Pese a que la alberca albergaba algunos sapos, el barco siempre conseguía llevar a la otra orilla nuestros sueños incontaminados. Era un barco que nunca naufragaba. Vivimos ahora tiempos de azar, entre la violencia y la banalidad. No sabes quién te vigila, quién te controla, quién decide por ti, pero eres consciente de que alguien puede apretar el botón que te hará saltar por los aires. Ya no existen maestros a los que seguir ni valores sólidos a los que agarrarse y puesto que vale todo pero nada es firme, en esta travesía confusa la salvación es ya una cuestión fiada a la imaginación de cada navegante. Un prisionero condenado a cadena perpetua descubrió la única forma de escapar: pintó una ventana abierta de par en par con un horizonte azul en la pared de la mazmorra y a través de ella conquistó la libertad. Aquel velero de papel que construiste con una hoja del cuaderno escolar para cargar en él los primeros sueños, hoy puede convertirse en un barco de salvamento si aquellos sueños, que transportaba, no han sido traicionados.

MANUEL VICENT

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