La tormenta

Cualquier político antes de emprender su vuelo público debería someter su pasado a un escáner absolutamente exhaustivo

Pedro Sánchez en La Moncloa.rn rn
Pedro Sánchez en La Moncloa. JAVIER SORIANO AFP

Como una tormenta de primavera, que después de un furioso aguacero deja un agradable olor a tierra mojada, así ha llegado de forma inesperada el Partido Socialista al Gobierno. La política también se comporta a veces con la irracionalidad imprevisible de un fenómeno atmosférico. Bastó con que la carga negativa de la sentencia de la trama Gürtel se juntara con la carga positiva de la moción de censura para que se produjera la torrentera que se ha llevado por el desagüe al Gobierno del Partido Popular. Antes de que aparecieran los nubarrones y se oyeran los truenos, en medio del bochorno asfixiante de la corrupción, se había instalado un grado de una humedad propicia en la atmósfera para que en el Congreso los votos cayeran en forma de granizo. La tormenta fue pasajera; duró solo un par de sesiones; poco después el sol volvió a brillar y el Gobierno socialista fue recibido por gran parte de los ciudadanos con esa sensación placentera que se expande en el aire cuando la lluvia extrae de la hierba, de los pinos y de las jaras un aroma que se puede confundir muchas veces con la felicidad. No se necesitaba más. Bastaba con respirar profundamente a cielo abierto para llenar de optimismo los pulmones frente al previsible e inevitable desencanto. Si para abordar cualquier avión provinciano te obligan a quitarte los zapatos y el cinturón, a declarar líquidos y metales, a soportar con mansedumbre lanar que te cacheen y hurguen en tu equipaje, con más razón cualquier político antes de emprender su vuelo público debería someter su pasado a un escáner absolutamente exhaustivo. De momento, al no poder saltar el alto listón de ejemplaridad, un ministro socialista ha sido eliminado. El mecanismo de control, aunque tarde, ha funcionado. Otro fallo, otro error, otra caída y volverá la tierra mojada a llenarse de antiguos charcos con avispas.

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De una vez

El nuevo gobierno socialista debe demostrar que está dispuesto a despejar el horizonte del futuro político dejando que el viento de la historia se lleve por delante el odio que genera ese panteón

El Valle de los Caídos, El Escorial (Madrid).
El Valle de los Caídos, El Escorial (Madrid). © CLAUDIO ÁLVAREZ

Tiene que ser ahora, sin mirar atrás, de una vez por todas. Si el nuevo Gobierno socialista, que tanta ilusión parece haber despertado, necesita un acto simbólico, de gran impacto moral para iniciar su andadura, aquí está. No es costoso, solo requiere coraje. Desalojen los huesos del dictador Franco del panteón faraónico del Valle de los Caídos donde permanecen amparados bajo una cruz desmesurada, que lejos de generar un sentimiento religioso, proyecta una sombra cainita sobre el inconsciente colectivo de los españoles y entréguenlos a su familia para que obtengan una sepultura privada, de forma que pasen al olvido eterno. La democracia española debe quedar por fin liberada de la humillación de parecer que está tutelada por el poder subliminal que emana de esa tumba. Mientras los despojos del dictador permanezcan glorificados en el Valle de los Caídos y en cambio decenas de miles de fusilados durante la guerra duerman su tragedia en las cunetas, la conciencia nacional seguirá estando también podrida. Si durante sus Gobiernos con mayoría absoluta los socialistas no nos libraron de tan insoportable escarnio por falta de arrestos y exceso de componendas, el nuevo Gobierno socialista debe demostrar que está dispuesto a despejar el horizonte del futuro político dejando que el viento de la historia se lleve por delante el odio que genera ese panteón y que su siniestra memoria se diluya para siempre en el aroma de las jaras. A estas alturas sería realmente escandaloso seguir con el miedo reverencial que hasta ahora han despertado los despojos del dictador como si su tumba fuera la olla de hormigón que guarda una barra de uranio capaz de liberar una carga radioactiva incontrolada. Atrévase, presidente. La solución no necesita presupuesto. No va a pasar nada de nada. Franco sí o Franco no, al final esta es la cuestión.

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Ya no están

Es evidente que el pasado se ha cerrado y el futuro político se ha abierto

Mariano Rajoy es despedido por los suyos en el Congreso tras perder la moción de censura.
Mariano Rajoy es despedido por los suyos en el Congreso tras perder la moción de censura. PABLO BLAZQUEZ DOMINGUEZ GETTY IMAGES

Con la llegada del líder socialista al Gobierno se abre un futuro incierto y esperanzado de la política española. Vendrán días duros, con broncas parlamentarias, pero en medio de la zozobra habrá un placer que nadie nos podrá arrebatar: volver la vista atrás y ver que Rajoy ya no está. Puede que muchos ciudadanos de derechas y de izquierdas coincidan en que esta legislatura será muy complicada, tal vez inviable, pero en medio del tormentoso azar de la política, mucha gente sentirá una gran alegría al volver la vista atrás y ver que en el banco azul ya no están los ministros que cantaron “soy el novio de la muerte” con fervor, al paso de un Cristo trasportado por legionarios, y tampoco está el portavoz del Partido Popular en el Gobierno profiriendo desde la tribuna burradas de arriero con la boca torcida, ni los políticos imputados con un pie en la cárcel que se atrincheraban con impunidad en los escaños. El presidente Pedro Sánchez deberá soportar la ambición y alguna deslealtad de las formaciones que le han dado el voto, las reticencias malvadas de algunos barones del partido que se comportan como si el líder socialista les hubiera birlado la novia, pero frente a esta insidia y a la inquina personal de algunos editorialistas y líderes de opinión, al volver el rostro, el ciudadano corriente habrá perdido de vista el paisaje de la corrupción, que estuvo a punto de acabar con la democracia. Se seguirán oyendo los augurios aciagos de siempre: España se rompe, la economía se hunde, las turbas populistas se van a apoderar de la calle, propios de un falangismo revenido, pero en medio de este apocalipsis de garrafa seguirá habiendo un placer: aquellos que ya no están. El pasado se ha cerrado y el futuro político se ha abierto, como la puerta que guardaba el dios Jano, el de las dos caras. Una mira hacia la oscuridad, y otra, hacia la esperanza.

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Puro flato

El desnudo de Albert Rivera, que no era integral, finalmente ha acabado siendo integrista

Cartel presentado por el Partido Ciudadanos para la campaña de las elecciones autonómicas en el 2006.rn
Cartel presentado por el Partido Ciudadanos para la campaña de las elecciones autonómicas en el 2006.ALBERTO ESTÉVEZ EFE

 

Un día de septiembre de 2006 Albert Rivera se presentó en la escena política como candidato a la Generalitat de Cataluña con un cartel en el que se exhibía desnudo ante sus nuevos electores. Con esa imagen chocante trataba de transmitir el mensaje de que venía de un pasado sin nada que ocultar y apostaba por un futuro sin ataduras, pero el desnudo, aunque insólito, no era integral, puesto que con las manos se cubría los genitales, lo único esencial en estos casos. En la propaganda inicial de Ciudadanos se decía: “Este es tu partido. Solo buscamos personas. No nos importa la lengua que hablen ni su origen ni su ropa”. Según su proclama, Albert Rivera en ese momento no buscaba españoles, solo españoles, sino personas, solo personas para su causa. Desde Cataluña libró la batalla del Ebro en sentido contrario y alcanzado el objetivo de Madrid su discurso frente al nacionalismo catalán derivó hacia la unidad de España, la renovación de la derecha y la limpieza de la cloaca de la corrupción. Un proyecto político tan ambicioso requiere talento, sagacidad, rigor y un sólido fundamento racional, no ambición desmesurada ni hueca palabrería patriótica. El fanatismo que envuelve a los independentistas catalanes ha alcanzado un nivel emotivo insoportable, pero lo más grave es que ha engendrado en Albert Rivera la deriva hacia un españolismo testicular, que está configurando la política catalana y española en dos bandos enfrentados a cara de perro, ambos sin un solo gramo de racionalidad y pragmatismo. Una misma emoción contraria está cargando de electricidad estática la gran tormenta que se avecina. El desnudo de Albert Rivera, que no era integral, finalmente ha acabado siendo integrista. Consiste en poner con un gesto muy ibérico los genitales sobre la mesa. Pero frente a la corrupción, nada, puro flato, el que contiene una vejiga de pato.

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Otros sueños

Con una sensación de miedo, vergüenza, dolor, repugnancia, compasión, congoja, mierda y resignación, se va el ciudadano todas las noches a la cama

Palestinos corren para protegerse de un ataque del Ejército israelí en la franja de Gaza.
Palestinos corren para protegerse de un ataque del Ejército israelí en la franja de Gaza. MOHAMMED ABEDAFP

Ante el voluptuoso y analfabeto Donald Trump, que irrumpe cada día en el orden mundial como un búfalo ciego e imprevisible, ¿se puede sentir algo que no sea miedo y vergüenza? Ante la matanza brutal, metódica y programada de palestinos desarmados provocada con fuego a discreción por el Ejército israelí, ¿se puede sentir algo que no sea dolor y repugnancia? Ante la tragedia de los inmigrantes que huyen del hambre y de la guerra sin otro futuro que el de ahogarse en el mar o morir detrás de una alambrada, ¿se puede sentir algo que no sea compasión y congoja? Ante la putrefacción de la política española y su descrédito internacional con la bajada de Cataluña hacia la ciénaga del racismo, la xenofobia y la quiebra social, ¿qué se puede hacer sino esperar con resignación a que se hunda todo en la mierda? Los sueños de aquella Norteamérica de soldados envueltos en melodías de Glenn Miller, que salvaron la libertad y la democracia en la Segunda Guerra Mundial, la Nueva Frontera de Kennedy y el espíritu de Obama, han caído en manos de Donald Trump, gran fabricante de política basura. Los sueños de una nación judía, fermento de la ciencia y del arte, los ha convertido el Estado de Israel, con el repulsivo ministro Netanyahu a la cabeza, en una pesadilla causante de un nuevo genocidio. Aquella Europa acogedora de la fraternidad y de los derechos humanos se ha convertido hoy en una especie de vieja temerosa y egoísta. Los sueños de la Transición con una Cataluña clara, abierta y aireada, que tiraba del resto de España hacia la modernidad constituyen ahora un espectáculo siniestro entre catetos racistas y políticos incompetentes. Con una sensación de miedo, vergüenza, dolor, repugnancia, compasión, congoja, mierda y resignación, se va el ciudadano todas las noches a la cama. ¿Qué otros sueños puede esperar?

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La matanza

Esta costumbre de acuchillar toros en público con mayor o menor destreza está en plena decadencia

El Cid durante la Feria de San Isidro.
El Cid durante la Feria de San Isidro. ÁLVARO GARCÍA.

 

Más allá de la crueldad, la corrida de toros como diversión es ante todo un espectáculo rancio y anacrónico, que ya no está a la altura de los tiempos, según el concepto utilizado por Ortega para expresar unas ideas, creencias y hábitos, que no se corresponden con el espíritu moderno. La fiesta taurina es el residuo de un costumbrismo chungo, que ha pervivido hasta hoy arrastrando desde el fondo del siglo XIX toda la caspa española consolidada.

En este sentido, la Feria de San Isidro solo es compatible con los escaparates galdosianos del viejo Madrid donde aún se exponen bragueros y suspensorios de estameña, lavativas y aparatos ortopédicos que ya nadie usa. Pese a que ahora para parecer modernos en los carteles de la feria se exhiben toreros con el torso desnudo lleno de tatuajes como esos metrosexuales, que anuncian perfumes o calzoncillos en las vallas, lo cierto es que este sangriento jolgorio llamado fiesta nacional tiene un sabor a caldo revenido cuya estética es consustancial al tiempo de las cataplasmas, del permanganato, de los calzones largos de felpa, del orinal bajo la cama o de aquel colchón de borra que los aficionados menesterosos llevaban a la casa de empeños para ver Lagartijo. Esta costumbre de acuchillar toros en público con mayor o menor destreza está en plena decadencia, pero aún recibe el aliento de la derecha castiza que la ha declarado bien de interés cultural como una prueba más de la putrefacción política en que vivimos. El hecho de que unos ministros del Partido Popular canten con fervor Soy el novio de la muerte al paso de la procesión de un Cristo muerto llevado por brazos legionarios no es muy distinto a que, después de una sarta de puyazos, estocadas y descabellos, se aplauda con entusiasmo desde una barrera de Las Ventas a un toro ensangrentado, que se llevan al desolladero las mulillas.

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Como la araña que teje su tela

La feminista Lou Andreas-Salomé enamoró a Freud, Rilke y Nietzsche

Desde la izquierda, Lou Andreas-Salomé, Paul Rée y Nietzche, en 1882.
Desde la izquierda, Lou Andreas-Salomé, Paul Rée y Nietzche, en 1882. HERITAGE IMAGES GETTY IMAGES

 

Esa araña era Lou Andreas-Salomé y los mosquitos atrapados en su tela fueron Freud, Rilke y Nietzsche, entre otros. En las carteleras se exhibe ahora la película que la cineasta alemana Cordula Kablitz-Post ha rodado sobre la vida de esta mujer nacida en San Petersburgo, que a los 18 años, después de una adolescencia mística, se había propuesto ejercer la libertad a toda costa como una forma de salvación personal. Más allá de la práctica del feminismo militante, se dedicó como deporte a probar hombres de máximo nivel, a sobrevolarlos, a enamorarlos y a abandonarlos a fin de hacerse inolvidable. Huidiza e imposible, en esta escalada Nietzsche fue para ella el primer peldaño.

Seriamente enfermo de sífilis en 1882, Nietzsche abandonó la Universidad de Basilea, donde impartía clases, y repartió su vida errante entre la nieve suiza y el sol de Italia. Fue en Roma, en la mansión de Malwida van Meysenbug, una famosa feminista alemana, que había abierto un salón literario, donde conoció a Lou Andreas-Salomé. El choque entre esta mujer libre y el misógino filósofo recalcitrante fue el esperado. Nietzsche se rindió ante su talento y le pidió matrimonio a primera vista con una declaración poética, babeante. “¿De qué astros del universo hemos caído los dos para encontrarnos aquí uno con el otro?”. Esta descarga astral solo provocó una sonrisa en esta mujer extraordinaria, que en ese momento estaba enamorada del médico Paul Rée, amigo y discípulo del filósofo. Como forma de consolación Nietzsche propuso vivir con ellos un triángulo estético con un amor traspasado de idealismo pagano en la soleada Capri, con viajes a Niza y Venecia. Hay imágenes en que se ve a esta pareja de filósofos como jumentos tirando de una carreta y a Lou arreándoles con un látigo. En otra imagen aparecen los tres desnudos, ella entre Nietzsche y Paul Rée, que exhiben una gloriosa erección. No era, pues, tan platónico este paganismo soñado, pero el experimento amoroso, más allá de un masoquismo festivo, no funcionó.

El poeta Rainer Maria Rilke tenía 21 años cuando fue abducido por la personalidad de esta mujer, 10 años mayor que él. Rilke solo se sentía poeta. Se había hecho labrar un escudo familiar con dos lebreles rampantes y al amparo de una asignación de 200 guldas de su tío levantó en primer vuelo y recaló en Múnich donde enseguida realizó la primera captura. Rilke era un especialista en enamorar princesas, abducirlas con sus versos, hacerse invitar a sus palacios, demorarse entre sofás y cortinajes y abandonarlas en medio de suspiros y sollozos. En una cervecería conoció a la condesa Franziska von Reventlow, una criatura bellísima y bohemia, abandonada por la familia, que vagaba en medio de la soledad. Rilke ensayó con ella su forma particular de conquista. Una primera aproximación a través de la ternura, unos versos incandescentes y cuando la caza ya estaba entregada, el poeta huyó sin dejar de inundarla de bellos recuerdos a través de cartas y mensajes, de regresos y partidas.

Pero esta vez entró en su vida una pieza de caza mayor, no tan fácil de domar. Lou estaba casada con Friedrich Carl Andreas, un catedrático de Lenguas Asiáticas y ya había abatido a Nietzsche, un ciervo de 14 puntas. Ella y Rilke tenían la misma forma de amar. Entre los dos compusieron una pasión intelectual, una complicidad amorosa, y al mismo tiempo una sumisión atemperada por la admiración y una locura andrógina, que al final se transformó, como en otros casos, en una amistad estética compartida con el marido paciente y ambiguo. Vivieron juntos. Viajaron a juntos. Ella llevó a Rilke a San Petersburgo, su patria, y después sucesivamente habitaron en secretos refugios y no se sabe qué les producía a ambos más placer, si encontrarse o buscar cada uno por su lado la soledad. Esa pasión fue manantial de muchos poemas amorosos. “Apágame los ojos y te seguiré viendo, cierra mis oídos y te seguiré oyendo, sin pies te seguiré, sin boca te seguiré invocando”. Incluso una mujer tan libre no pudo resistirse a estos versos. “Como la araña que teje la malla de su fina tela desde ti misma y te instalas en su centro —le susurraba al oído el poeta— feliz y sorprendida, atrapando mosquitos para devorarlos”. Sin duda, reducir a Rilke a la categoría de mosquito fue una gran hazaña femenina.

Después Lou Andreas-Salomé estrenó la moda de hacerse psicoanalizar por el doctor Freud en su consulta de la calle Berggasse, 19, en Viena. Tumbada en el famoso diván cubierto con una alfombra persa, entre figuras paganas, diosas de la fertilidad y estatuillas egipcias, pellizcando cocaína pura, exhibió su sobrecargado subconsciente entre carcajadas. Lou rompió la primera regla del psicoanálisis: no enamorarse ni enamorar al psicoanalista, pero esta mujer consiguió salir ilesa del diván y llevar al doctor a la cama. Fue admitida en el Círculo de Viena.

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Sol naciente

El lunes al sol con las manos en los bolsillos en el futuro no será un estigma del paro sino la imagen de un ocio creativo indefinido

Es una inmensa bomba de hidrógeno, que cada mañana se asoma a la ventana.
Es una inmensa bomba de hidrógeno, que cada mañana se asoma a la ventana. GETTY IMAGES

El sol es el verdadero Padre Celestial, una inmensa bomba de hidrógeno, que cada mañana se asoma a la ventana. Hubo un tiempo en que los profetas hablaron en su nombre: “No os preocupéis por el sustento ni por el vestido. Mirad las aves del cielo que no siembran ni cosechan ni recogen en graneros y el Padre Celestial las alimenta. Observad los lirios del campo cómo crecen, no se fatigan ni hilan, pero ni Salomón con toda su gloria vistió como ellos”. Este sueño de vivir sin trabajar que auguraron los profetas, ha sido confirmado hoy por los gurús de la ciencia. El lunes al sol con las manos en los bolsillos en el futuro no será un estigma del paro sino la imagen de un ocio creativo indefinido, gracias al Padre Celestial, que viste a los lirios y alimenta a los pájaros. Según la física cuántica una misma partícula puede estar en dos sitios a la vez y también puede saltar de un punto a otro sin pasar por el espacio intermedio. Si un día el Padre Celestial revelara con su luz ese espacio donde al parecer no hay nada, salvo el vacío, que es el espíritu de la materia, de ese vacío podría emanar toda la energía necesaria para que la humanidad dejara de trabajar e incluso alcanzara la inmortalidad. Pero antes de que esto suceda, puede que, llevada por su ceguera, la humanidad desaparezca de la faz de la tierra como aquella manada de cerdos que se precipitó en el acantilado poseída por el demonio. Por supuesto, si esto sucediera, la naturaleza lo celebraría como el final de la peste humana que había dejado el planeta emponzoñado. El Padre Celestial con su función clorofílica cubre de esplendor vegetal toda la tierra, con su radiación inyecta energía a los minerales y del mismo modo que su espíritu fluye sobre los mares, podría un día esa bomba de hidrógeno llenar nuestra pobre carne mortal de una felicidad interminable.

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El mandato

El sexo puede convertir a cualquier personaje en un salvaje o sumirlo en el ridículo

A este mundo hemos venido a reproducirnos transmitiendo genes.
A este mundo hemos venido a reproducirnos transmitiendo genes. GETTY IMAGES

 

Es evidente que no hemos venido a este mundo a creer en los dioses, ni a resolver el teorema de Pitágoras, ni a construir el Partenón, ni a escribir La divinacomedia, ni a levantar arcos de triunfo, catedrales y estatuas a los tiranos. A este mundo hemos venido simplemente a cumplir el mandato primordial de la naturaleza que consiste en reproducirnos transmitiendo genes, un trabajo ciego e inexorable destinado a perpetuar la especie sin un fin determinado. La divinacomedia, la duda de Hamlet o la teoría de la relatividad a la naturaleza parece que le traen sin cuidado. Para cumplir su mandato, la vida ha dotado a las personas, incluso a las más exquisitas, del mismo impulso genésico de los animales, que hasta ahora no ha podido ser controlado por la cultura con los tabúes y el Código Penal ni por la religión con el pecado y la amenaza del infierno. Por un lado, necesario e inevitable, por otro, reprimido y castigado, el sexo produce placer y desolación, neurosis y felicidad, atracción y repulsa, violencia y ternura, amor y perversión. Ese instinto básico rompe todas las barreras del honor y del prestigio social; asoma por debajo de los ornamentos sagrados, de las togas de los jueces, de los uniformes más entorchados; el albañal del sexo lo comparten papas y cardenales, artistas consagrados de Hollywood y académicos del Premio Nobel con las manadas de los lobos violadores. A cualquier personaje lo puede convertir en un salvaje o sumirlo en el ridículo. El sexo hace débiles a los poderosos, puesto que los deja desguarnecidos a merced de espías, conspiradores y chantajistas; en cambio, para los desheredados de la tierra el sexo constituye un arma demográfica invencible para apoderarse del planeta. Les basta con cumplir felizmente el mandato de reproducirse sin medida ni destino que les ha impuesto la naturaleza.

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Sobre papel

Analógico o digital un libro será siempre un tesoro, pero no se sabe si la inteligencia robótica artificial un día será también humanismo

Sobre papel
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A lo largo de la historia fue suficiente una tablilla de barro, una corteza de árbol, un papiro, un pergamino, un papel o una pizarra en el aula para alumbrar las ideas que desde el cerebro humano se deslizaban armoniosamente por el brazo impulsadas por los latidos del corazón. Al llegar a los dedos de la mano, las ideas envueltas en sangre se encontraban con un punzón, con un lápiz de carbón, con una pluma de ave o con una tiza, que las convertía en signos, en números, en palabras escritas, perdurables. La imprenta fue un gran avance mecánico, pero de este ingenio conocíamos sus entrañas y sabíamos cómo funcionaba. Hasta finales del siglo XX, toda la sabiduría de la humanidad había sido grabada con estos instrumentos rudimentarios, a través de los cuales se asomó al exterior el pensamiento de los filósofos, de los científicos, de todos los creadores. Pero hoy, las ideas que bajan desde el cerebro a la mano, antes de aparecer en la pantalla, atraviesan una selva digital impenetrable, llena de elfos electrónicos desconocidos, ante los cuales no hay sabio en este mundo que no sienta complejo de inferioridad. Esas criaturas cuánticas, invisibles, no siempre amigables, imponen una servidumbre de paso, hasta el punto que son ellas las que marcan el camino que debe seguir en adelante el cerebro humano. El ordenador ya es en sí mismo una forma de pensar, de crear, de imaginar. Y también de leer. Cuando con los ojos cerrados aspiramos las páginas de un libro viejo su aroma nos lleva a la corteza de árbol, al papiro, al pergamino, al punzón, a la pluma, a la linotipia, a una sabiduría pegada a los sentidos; en cambio, las palabras electrónicas son líquidas y emergen de una jungla virtual insondable. Analógico o digital, un libro será siempre un tesoro, pero no se sabe si la inteligencia robótica artificial un día será también humanismo.

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