La berrea

Un insulto torpe que no da en la diana humilla más a quién lo emite que al propio destinatario

Pablo Casado habla sin control como si su lengua fuera un motor explosivo.
Pablo Casado habla sin control como si su lengua fuera un motor explosivo. ÁLVARO GARCÍA

 

El arte de insultar, de Arthur Schopenhauer, debería ser de lectura obligatoria para los políticos que están a punto de entrar en época de berrea ante las próximas elecciones. El insulto es el último recurso dialéctico que se utiliza para degradar y erosionar la personalidad del rival cuando los argumentos de la razón han fracasado. Pero el insulto es un arte que requiere oportunidad, conocimiento, agudeza, habilidad y un gran dominio del diccionario para dar en la diana y no hacer el ridículo. Los anglosajones suelen dotar de la máxima intensidad a los insultos bajando la voz y con la mirada puesta en el suelo; en cambio los españoles solemos insultar gritando muy engallados y en este caso no hay peor cosa para un político que mezclar la ignorancia con el mal gusto. Recientemente el líder del PP, Pablo Casado, que habla sin control como si su lengua fuera un motor explosivo, ha batido el récord en el número de improperios por unidad de tiempo contra el presidente del Gobierno y en esta descarga ha saltado el insulto “felón” que la mayoría de los españoles nunca había oído ni conocía el significado. Puede que el líder del PP tampoco supiera que en medicina el término felón se utiliza para denominar una infección de los dedos de manos y pies, llamada panadizo, que a menudo precisa un tratamiento quirúrgico. Pero históricamente ese insulto lo tiene asignado en propiedad el rey Fernando VII como reproche a su traición a los españoles que confiaron en su regreso y que terminó con el grito surrealista de “vivan las caenas”. Como agravio popular descriptivo Fernando VII también fue llamado “el rey falón”, o ElDeseado, en alusión al enorme tamaño de su miembro viril. Un insulto torpe que no da en la diana humilla más a quien lo emite que al propio destinatario. Los políticos deberían tenerlo en cuenta ahora que está a punto de empezar su berrea.

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Retrato de un fascista

Ernesto se convirtió en la acera de Roma, entre desfiles con tambores, correajes, pendones, camisas negras y saludos varoniles, como un turista al ver pasar la procesión

El escritor Ernesto Giménez Caballero, en 1943.
El escritor Ernesto Giménez Caballero, en 1943.

 

En plena confusión ideológica del final de los años veinte, el socialista Ernesto Giménez Caballero abandonó a la sobrina del cura de El Escorial y se casó con una florentina rubia y de ojos azules. Viajó a Roma en luna de miel. Las calles estaban llenas de desfiles fascistas con tambores, correajes, pendones, camisas negras y saludos varoniles. Ernesto se convirtió al fascismo en la acera como un turista al ver pasar la procesión. Desde ese momento el sueño de este iluminado consistió en rastrillar tertulias, redacciones, despachos en busca de un héroe que se prestara a hacer el papel de Mussolini en España.

—Podía ser Azaña. Le conocí en el Ateneo y le escuché algunas veces en sus corrillos del hotel Regina y de la Granja del Henar. Una vez le llamé tirano cuando quiso romper con el mango del cuchillo el gollete de una botella de vino porque el camarero tardaba en hacerlo con el sacacorchos. Yo le propuse que fuera nuestro Mussolini, pero Azaña no era un hombre para la revolución trascendente, era demasiado burgués, oficinista y feo. Después soñé con Indalecio Prieto, pero le faltó genio y heroísmo, nos resultó demasiado bilbaíno con sus gustos por la buena vida. Luego estaba Ledesma Ramos, que era de raigambre humilde, como Mussolini, tenía talento y coraje, pero era muy enteco y esmirriado y encima pronunciaba las erres a la francesa, decía egue, egue, ¿y dónde iba un líder hablando con la egue? No había nada que hacer. En seguida apareció José Antonio. Ese ya era otra cosa, lo que se dice un caballero, aunque le faltaba tener un origen proletario. Dio lo máximo que podía dar un señorito: su vida. Se lo dije el primer día que le conocí: tú eres el cordero de Dios que quitas los pecados de España.

Así andaba Giménez Caballero como un poseso, buscando un héroe de paisano cuando, en un descuido, empezó el zafarrancho.

—El 7 de noviembre de 1936 pude ver a Franco en persona, en el Cuartel General de Salamanca. Antes de entrar en su despacho, en aquel segundo piso del palacio del obispo, me crucé con doña Carmen, que llevaba en el brazo una guerrera militar y un cesto de costura. Al abrirse la puerta Franco estaba de espaldas, leyendo unos informes, de pie ante su mesa, vestido de caqui, pantalón largo y el fajín flojo, que le pendía como un tahalí por el costado. Alzó la cabeza para mirarme. Creí encontrarme con una figura legendaria y bíblica: ¡un rey David! Breve de estatura, pero con una cabeza entre el guerrero y el artista, con ojos de inspirado, como de músico. Y, en vez de los papeles que tenía en la mano, me pareció adivinar un arpa. ¡Franco era David, David en persona, tocando el arpa! Con el doble talento del gallego y del judío.

Giménez Caballero limitaba por detrás con el propio Zeus, por delante con el Apocalipsis total. Durante la guerra recorrió los frentes de batalla pregonando la ira del vengador, subió al púlpito de la catedral de Salamanca vestido mitad de monje y mitad de soldado, pero su momento estelar aun estaba por llegar.

—Fue durante aquella cena, dos días antes de la Nochebuena de 1941, invitado a casa de Goebbels, allí, en Berlín, cuando expuse a Magda, su mujer, mi grandísima visión, la posibilidad de reanudar la Casa de Austria que se había interrumpido con Carlos II el Hechizado. Antes de cenar yo le había regalado a Goebbels un capote de luces para que toreara a Churchill, y en eso Goebbels tuvo que salir porque lo llamó Hitler. Quedé solo con Magda en un salón privado donde ardía una chimenea de leños. Se sentó frente a mí en un sofá de raso verde y oro. Pero luego hizo que me acercara a ella para ofrecerme una copa de licor que calentó con las manos y humedeció levemente los bordes con los labios. En aquel ambiente de ascua y pasión, en una noche alerta de patrullas y alarmas de bombardeo sentí que iba a jugarme la carta de un gran destino, no sólo mío, sino de mi patria y del mundo entero. Entonces le propuse la fórmula para llegar al armisticio de Europa reanudando al mismo tiempo la estirpe hispano-austríaca. Se trataba de casar a Hitler con una princesa española de nuevo cuño, como Brunequilda, Gelesvinta y Eugenia. Sólo había una candidata posible por su limpieza de sangre, su fe católica y sobre todo por su fuerza para arrastrar a las juventudes españolas: ¡Pilar Primo de Rivera! Había que casar a Hitler con la hermana de José Antonio. Al oír esto los ojos de Magda se humedecieron de emoción. Tomó mis manos y las estrechó con las suyas. Y acercando su boca a mi oído musitó el gran secreto: “Su visión es extraordinaria y yo la haría llegar con gusto al führer, pero resulta que HitIer tiene un balazo en los genitales y es impotente desde sus tiempos de sargento. No hay posibilidad de continuar la estirpe. Lo de Eva Braum no es más que un tapadillo para disimular”.

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Retrato de un fascista

Ernesto se convirtió en la acera de Roma, entre desfiles con tambores, correajes, pendones, camisas negras y saludos varoniles, como un turista al ver pasar la procesión

El escritor Ernesto Giménez Caballero, en 1943.
El escritor Ernesto Giménez Caballero, en 1943.

 

En plena confusión ideológica del final de los años veinte, el socialista Ernesto Giménez Caballero abandonó a la sobrina del cura de El Escorial y se casó con una florentina rubia y de ojos azules. Viajó a Roma en luna de miel. Las calles estaban llenas de desfiles fascistas con tambores, correajes, pendones, camisas negras y saludos varoniles. Ernesto se convirtió al fascismo en la acera como un turista al ver pasar la procesión. Desde ese momento el sueño de este iluminado consistió en rastrillar tertulias, redacciones, despachos en busca de un héroe que se prestara a hacer el papel de Mussolini en España.

—Podía ser Azaña. Le conocí en el Ateneo y le escuché algunas veces en sus corrillos del hotel Regina y de la Granja del Henar. Una vez le llamé tirano cuando quiso romper con el mango del cuchillo el gollete de una botella de vino porque el camarero tardaba en hacerlo con el sacacorchos. Yo le propuse que fuera nuestro Mussolini, pero Azaña no era un hombre para la revolución trascendente, era demasiado burgués, oficinista y feo. Después soñé con Indalecio Prieto, pero le faltó genio y heroísmo, nos resultó demasiado bilbaíno con sus gustos por la buena vida. Luego estaba Ledesma Ramos, que era de raigambre humilde, como Mussolini, tenía talento y coraje, pero era muy enteco y esmirriado y encima pronunciaba las erres a la francesa, decía egue, egue, ¿y dónde iba un líder hablando con la egue? No había nada que hacer. En seguida apareció José Antonio. Ese ya era otra cosa, lo que se dice un caballero, aunque le faltaba tener un origen proletario. Dio lo máximo que podía dar un señorito: su vida. Se lo dije el primer día que le conocí: tú eres el cordero de Dios que quitas los pecados de España.

Así andaba Giménez Caballero como un poseso, buscando un héroe de paisano cuando, en un descuido, empezó el zafarrancho.

—El 7 de noviembre de 1936 pude ver a Franco en persona, en el Cuartel General de Salamanca. Antes de entrar en su despacho, en aquel segundo piso del palacio del obispo, me crucé con doña Carmen, que llevaba en el brazo una guerrera militar y un cesto de costura. Al abrirse la puerta Franco estaba de espaldas, leyendo unos informes, de pie ante su mesa, vestido de caqui, pantalón largo y el fajín flojo, que le pendía como un tahalí por el costado. Alzó la cabeza para mirarme. Creí encontrarme con una figura legendaria y bíblica: ¡un rey David! Breve de estatura, pero con una cabeza entre el guerrero y el artista, con ojos de inspirado, como de músico. Y, en vez de los papeles que tenía en la mano, me pareció adivinar un arpa. ¡Franco era David, David en persona, tocando el arpa! Con el doble talento del gallego y del judío.

Giménez Caballero limitaba por detrás con el propio Zeus, por delante con el Apocalipsis total. Durante la guerra recorrió los frentes de batalla pregonando la ira del vengador, subió al púlpito de la catedral de Salamanca vestido mitad de monje y mitad de soldado, pero su momento estelar aun estaba por llegar.

—Fue durante aquella cena, dos días antes de la Nochebuena de 1941, invitado a casa de Goebbels, allí, en Berlín, cuando expuse a Magda, su mujer, mi grandísima visión, la posibilidad de reanudar la Casa de Austria que se había interrumpido con Carlos II el Hechizado. Antes de cenar yo le había regalado a Goebbels un capote de luces para que toreara a Churchill, y en eso Goebbels tuvo que salir porque lo llamó Hitler. Quedé solo con Magda en un salón privado donde ardía una chimenea de leños. Se sentó frente a mí en un sofá de raso verde y oro. Pero luego hizo que me acercara a ella para ofrecerme una copa de licor que calentó con las manos y humedeció levemente los bordes con los labios. En aquel ambiente de ascua y pasión, en una noche alerta de patrullas y alarmas de bombardeo sentí que iba a jugarme la carta de un gran destino, no sólo mío, sino de mi patria y del mundo entero. Entonces le propuse la fórmula para llegar al armisticio de Europa reanudando al mismo tiempo la estirpe hispano-austríaca. Se trataba de casar a Hitler con una princesa española de nuevo cuño, como Brunequilda, Gelesvinta y Eugenia. Sólo había una candidata posible por su limpieza de sangre, su fe católica y sobre todo por su fuerza para arrastrar a las juventudes españolas: ¡Pilar Primo de Rivera! Había que casar a Hitler con la hermana de José Antonio. Al oír esto los ojos de Magda se humedecieron de emoción. Tomó mis manos y las estrechó con las suyas. Y acercando su boca a mi oído musitó el gran secreto: “Su visión es extraordinaria y yo la haría llegar con gusto al führer, pero resulta que HitIer tiene un balazo en los genitales y es impotente desde sus tiempos de sargento. No hay posibilidad de continuar la estirpe. Lo de Eva Braum no es más que un tapadillo para disimular”.

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Aperitivo

Bajo el sol de este domingo habrá dos Españas, la de los que expresan el amor a la patria machacando al adversario y la de los más necesitados que la cambiarían a pelo por una ración de patatas bravas

Aperitivo

Como siempre, también este domingo al mediodía habrá dos Españas: la de los patriotas que en la plaza de Colón de Madrid van a rivalizar en el odio al Gobierno y la de los ciudadanos corrientes que a esa misma hora no estarán dispuestos a que ninguna patria les arruine un buen aperitivo. Mientras unos se desgañiten acusando a Pedro Sánchez de alta traición por vender España al enemigo, otros sentados en las terrazas de los bares bajo un sol que ya anuncia la primavera pedirán a los camareros otra de mejillones. Si bien en el diccionario ya no quedan insultos infamantes que la derecha encabritada no haya usado contra el presidente del Gobierno, en contrapartida también existen mil clases de tapas y otras tantas formas de mezclar la ginebra con tónica. Pese a que dos horas de concentración patriótica harán que el aire de Madrid sea irrespirable, una vez que su odio haya sido eviscerado, la derecha se derramará por las calles con la bandera española en los riñones y al pie de las barras el amor a la patria bajará al nivel de una ración de calamares. “¡Viva España!”, gritará uno. “¡Camarero, un tinto y una de boquerones!”, gritará otro. Para celebrar el éxito de la concentración, algunos líderes de las derechas ocuparán los reservados de los mejores restaurantes donde unos y otros se saludarán enarbolando un percebe o una cigala en la mano como otra bandera, la de verdad, con la que se cierran los negocios redondos. Tal vez en la mesa sonará un crujido extraño, craaak,semejante al que podría producir España un día cuando se rompa, pero en este caso se tratará de un patriota que acaba de partir una pata del centollo con las tenazas. Bajo el sol de primavera este domingo habrá dos Españas, la de los que expresan el amor a la patria machacando al adversario y la de los más necesitados que la cambiarían a pelo por una ración de patatas bravas.

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La felicidad del pulpo de mar

Miquel Barceló es también una creación que parece haber sido diseñada por el artista con sus propias manos

Miquel Barceló, en una imagen de archivo.
Miquel Barceló, en una imagen de archivo. JORDI SOCÍAS EL PAÍS

 

Visto de cerca, Miquel Barceló tiene un físico neo-expresionista, hasta el punto de que él mismo por fuera también parece un barceló, rudo y sofisticado, culto y asilvestrado. Bien mirado Miquel Barceló, con la cresta de pelo soplada hacia arriba, la mirada de garduño, las cejas convergentes en el ceño y la tensión del rostro hacia la boca sellada con una sonrisa socarrona es también una creación, que parece haber sido diseñada por el artista con sus propias manos. Solo le falta meterse en el horno para cocerse como una terracota, obra única, que si saliera a subasta en Sotheby´s puede que algún coleccionista pujara muy fuerte para llevársela a casa como adorno del jardín.

Barceló habla poco y lo poco que habla apenas se le entiende, porque lo hace como un rezo entre dientes, pero se intuye que detrás de sus palabras apenas masticadas alienta la vieja sabiduría mediterránea. Su creatividad se ha alimentado de las sensaciones convulsas y primigenias de una isla y de un mar habitados por corsarios y mercaderes, que son gentes que acostumbran a pensar con las manos. Cuando el pintor alemán Anselm Kiefer, impulsor del neo-expresionismo, comenzó a servirse de una gama negra para expresar con grandes paredones chamuscados, con barracones de exterminio humeantes entre alambradas la presencia del mal que aflige a la humanidad, en esa época Miquel Barceló estudiaba Bellas Artes en Barcelona; para sobrevivir vendía camisetas serigrafiadas; a veces tenía que comer gratis en los establecimientos de caridad, pero de regreso en verano a su pueblo de Mallorca, llevaba una vida muy feliz: no sólo buceaba en el mar hasta la cueva del mero, sino también en tierra bajaba hasta el corazón de los tomates y cebollas. Llegada su hora, Barceló tomó del maestro alemán la expresividad de la materia, pero en lugar de crear ruinas y despojos, usó la misma técnica para pintar primero paellas con arroz bomba, llenas de gambas y a continuación trató de convertir cada cuadro en una fiesta donde los pulpos podían fumarse las colillas que el pintor pegaba en el óleo.

Contra la desolación de Kiefer, tuvo el arrojo de dotar a esa materia de todo el placer que puede dar la vida dentro del caos mediterráneo y frente a Joan Miróque pintaba el sexo femenino como si fuera una estrella más del firmamento, Barceló lo expresaba con tomates, calabazas y sandías abiertas. En sus cuadros se sucedía una orgía de bulbos de ajos que se alternaban con librerías derruidas y cabezas de griegos rodeadas de algas, los peces plateados saltaban como en una almadraba y el artista se comportaba como un boxeador luchando contra la materia para dotarla de felicidad a puñetazos. Barceló ha intentado algunas veces servir de molde para una cerámica introduciendo su cabeza en el barro; se ha hecho autorretratos en forma de pulpo, ha encharcado su cuerpo de forma que era imposible separarlo del lienzo.

Este exceso forma parte de su personalidad, como el trueno sigue al relámpago. El canónigo de la catedral de Palma no fue consciente del peligro que corría al encargarle a este salvaje una obra para la capilla del Santísimo y encima, a la hora de cerrar el trato, concederle libertad absoluta. Se trataba de realizar una alegoría del milagro del pan y los peces. Miquel Barceló se limitó a abrir las puertas de la catedral para dejar que una tromba de mar llegara hasta el pie del sagrario arrastrando algas, atunes, ánforas y dejar que en medio de este vómito del inconsciente mediterráneo se vislumbrara la figura de un resucitado que sale de un sepulcro repleto de frutas. Si los capiteles y la crestería de las catedrales están llenos de serpientes y de gárgolas nacidas del vientre de una oscura mitología, sin duda era más puro llevar los salmonetes y cebollas, calabazas y pulpos al pie del altar como una ofrenda de la madre naturaleza.

Sucedió lo mismo con la cúpula de las Naciones Unidas de Ginebra. El salón de los Derechos Humanos lo convirtió Barceló en una gruta de estalactitas y lo que la naturaleza tardó millones de años en crear Barceló lo resolvió con un cañón que vomitaba todo el mediterráneo hasta dejarlo pegado en el techo boca abajo con grumos de 15 kilos de peso sobre la cabeza de los funcionarios. Conceder toda la libertad a un artista genial tiene sus riesgos.

Para elevar a un pintor a la cima del coleccionismo internacional, una cumbre siempre borrascosa por la fuerza con que a esa altura sopla el viento del dinero, se necesita que una estrategia muy sutil de intereses se concite con el extraordinario talento del artista. Barceló tiene estudios en París y en Nueva York. Es un nómada. Un día se fue a Malí para recuperar la virginidad en la mirada y retomar una nueva relación con las personas y cosas, pero ya no volverá a Malí porque allí —según ha dicho— la carne blanca se ha puesto muy cara. Si eres europeo y te secuestran, saben que van a sacar una buena tajada. De momento, Barceló ha regresado al caótico mar de su isla donde los pulpos ya han aprendido a bailar. 

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Reconquista

La derecha y extrema derecha compite en reivindicar los valores que fueron fundacionales de la historiografía franquista

El líder de Vox, Santiago Abascal, en un vídeo de campaña.
El líder de Vox, Santiago Abascal, en un vídeo de campaña. VOX

 

La derecha y la extrema derecha españolas han emprendido un programa de reconquista nacional. Realmente se trata de una reconquista al revés, de abajo arriba, de Granada a Asturias, de la modernidad a las antiguas argollas. Ambos partidos compiten en reivindicar los valores que fueron fundacionales de la historiografía franquista y aunque a Franco nadie lo nombra, su cadáver ya está fuera del sepulcro y anda paseándose por la calle disfrazado de cobrador del frac. Ha vuelto a sonar la vieja monserga, la unidad de la patria como destino, la familia tradicional amparada por un machismo militante, el nacional catolicismo, la tradición de la Semana Santa y la tauromaquia como cultura de una raza. Este relato, pese a ser una pura antigualla, viene adornado con un lenguaje belicoso, que atrae a muchos españoles cabreados. Ved ahí al líder de Vox a caballo por el campo andalusí con una pistola en la sobaquera, con su dialéctica sin complejos dispuesto a eso tan racial de plantar cara. Solo una pieza no encaja. Franco fue un africanista curricular que utilizó a los soldados musulmanes, creyentes en la palabra del Profeta, para asolar los campos de batalla republicanos y los llevó hasta Asturias, única tierra que nunca habían hollado durante la conquista. Después constituyó a la Guardia Mora durante décadas en la garante de su seguridad. Hoy la xenofobia de la extrema derecha ve moros por todas partes, no solo en la costa, como el enemigo a batir. Las alarmas han saltado. Los supervivientes progresistas se han apercibido de que es posible perder los logros sociales que costó tanto conseguir y por los que se pagó sufrimiento, represión y esfuerzo en una lucha formidable y, no obstante, mientras en el horizonte ya suenan los cascos de la derecha radical que viene a caballo, ahí tienes a la izquierda enredada disputándose una sardina.

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No lo dudes

Solo los muy débiles están seguros de todo, porque hay que ser muy fuertes para no estar seguros de nada

Expresa tu razón con una frase corta muy ruda y úsala como arma con la mirada puesta en las estrellas.
Expresa tu razón con una frase corta muy ruda y úsala como arma con la mirada puesta en las estrellas.GETTY IMAGES

 

Si buscas la verdad y quieres salir de dudas, existe un remedio infalible. Cómprate una pistola y realiza prácticas de tiro. Cuando aciertes en el blanco, que es tu propio seso, habrás alcanzado la verdad con absoluta certeza. Existe otra solución menos dramática para demostrar que estás en posesión de la verdad: pon cara de asno cabreado, expresa tu razón con una frase corta muy ruda y úsala como arma con la mirada puesta en las estrellas. En el Discurso del método, el filósofo Descartes, afirma que al pensamiento se llega a través de la duda metódica. Dudar equivale a pensar. Y a la vez el pensamiento es la única prueba de que uno existe en realidad. Pienso, luego existo. Pero este discurso es pura falacia, porque hoy si dudas estás muerto, ya que en la opinión pública ahora mandan los fulanos que están siempre en lo cierto. El pensamiento dubitativo te lleva a emitir juicios llenos de matices, lo que te convierte en un ser moderado, equidistante y contradictorio, muy sospechoso. Ya me contarás adónde vas con esa mochila si te dedicas a la política o eres un líder de opinión. Cualquier juicio ponderado que emitas provocará insultos y desprecio como si fueras un débil mental o tonto de baba. Pese a que la duda lleva el oxígeno de la sangre hasta ese bulbo recóndito del cerebro donde reside la doble cara de la verdad, no te servirá de nada. Deberás hacer un esfuerzo sobrehumano para defender tus dudas como el último reducto de la inteligencia. En cambio, la certeza es señal de que la fe cargada de emoción ha producido una obstrucción en algún punto del fluido del pensamiento, lo que obliga a gritar desaforadamente para que la yugular siga bombeando sangre al cerebro antes de que reviente como una palpitante babosa. Solo los muy débiles están seguros de todo, porque hay que ser muy fuertes para no estar seguros de nada.

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Sabor a ajo

Basta con una pizca de franquismo para que una derecha que trata de ser moderada, moderna y europea adquiera el sabor de un caldo revenido, absolutamente rancio

El líder de Vox, Santiago Abascal.
El líder de Vox, Santiago Abascal. @VOXNOTICIAS_ES

 

En mi caso, cuando leo el programa de la derecha radical, de pronto en el cerebro se me ilumina una placa de la memoria y en ella me veo en el Seat 600 por una carretera de adoquines llena de baches, con un cigarrillo Bisonte en los labios, mientras en la radio suena el baión de la película Anna, ya viene el negro zumbón bailando alegre el baión. Las soflamas de la derecha radical me llevan a un pasado siniestro en que el sexo amasado con la culpa había que remediarlo en la última fila de unos cines que olían a sudor chotuno mezclado con pachulí. Y aun hoy me veo arrodillado ante un confesor cuyo aliento dulzón hedía a tabaco de picadura, que me sobaba para extraerme los pecados de la carne. ¿A quién votará, si vive todavía, aquella niña pecadora de la falda plisada? La mayoría de los jóvenes de entonces, rebeldes o no, atendíamos muy a gusto las exigencias de las propias hormonas sin ser del todo conscientes de la degradación política y moral que suponía vivir bajo una dictadura. El ideario de la extrema derecharemueve en su inconsciente la nostalgia de unos ciudadanos entrados en edad que, pese a todo, puede que fueran felices en un tiempo en que las consignas patrióticas te llevaban por el imperio hacia Dios y luego tenías que bajar al urinario público donde había anuncios contra la blenorragia. La derecha radical enmascara aquel pasado casposo con frases heroicas pronunciadas desde la montura de un caballo jerezano, y mientras a los viejos los recula a la España del nodo, a los jóvenes los mete en una película hortera de Rambo. En cualquier guiso, un solo diente de ajo es suficiente para que todo sepa a ajo. Sucede lo mismo cuando se usa el franquismo como condimento político. Basta con una pizca para que una derecha que trata de ser moderada, moderna y europea adquiera el sabor de un caldo revenido, absolutamente rancio.

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Juan Cueto, el intérprete del progresismo

El fallecido periodista descifraba el significado de los mitos sociales del momento y los mensajes subliminales del consumo

El periodista y escritor Juan Cueto, en 2011.
El periodista y escritor Juan Cueto, en 2011. SAMUEL SÁNCHEZ

 

Allá por los años ochenta del siglo pasado, cuando la historia de España trepidaba junto a las barras de los bares de Malasaña, escribí de Juan Cueto como puedo hacerlo ahora que ha muerto. Fue el intérprete más verídico de la neurosis de una generación que dijo llamarse progresista, la que en este país estrenó la modernidad. He aquí la clave: lo mejor era estar loco, pero sobre todo ser íntimo del farmacéutico. Cueto descifraba el significado de los mitos sociales del momento, los mensajes subliminales del consumo, el susurro de los dioses detergentes con el bisturí frío, con el mismo que machacaba los hielos del gin tonic. Se abría paso entre el calmante y el estimulante hacia los últimos hilos del cerebro, que ya lindaban con su cogote cubierto con una melena que se peinaba con los dedos, y de allí sacaba una respuesta rápida, imaginativa, sorprendente para todo. Lo que escribí de Juan Cueto entonces, podría rubricarlo ahora que se ha ido a ocupar un sillón preferente en la historia del periodismo. Entre toda aquella camada era el que tenía el revólver más presto para disparar siempre que la bala fuera de plata y valiera la pena usarla, pero nunca para herir de forma ingenua, frívola y gratuita. Pasaba una cosa rara: decías una frase ocurrente y a partir de ella Cueto comenzaba a navegar, la sobrepasaba por la izquierda, la recreaba, la reordenaba, la rompía, le sacaba el excipiente y finalmente la despeñaba en el absurdo. Como vaquero de la modernidad era, sin duda, el más rápido en desenfundar, con un pie en el estribo en la barra de Boccaccio, el caballo atado en la puerta relinchando por las ganas de compartir el gin tonic de la hora séptima. Ese caballo era una moto de gran cilindrada, en cuyos plateados tubos de escape se pintaban los labios negros las punkis de rodillas en el asfalto.

Fue un intelectual fino sin ahorrarse cierto salvajismo del norte, entre la seducción y el sarcasmo, de vuelta de todos los universos. He aquí la cuestión, dijo Hamlet: no sé si suicidarme o tomarme una coca-cola. Este es para mí Juan Cueto, con su bigote a lo Nietzsche, el de las antiguas carcajadas ante el esperpento español, el que todo lo vio venir el primero, el que enseñó a una generación a chascar los dedos para burlarse de Kant o llamar al camarero.

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Línea roja

Al final, quieras o no, vendrá la primavera y el geranio en el balcón obtendrá el mismo color de la sangre que emitan los telediarios

Excombatientes de las FARC en el Espacio Territorial de Capacitación y Reincorporación de Pondores.
Excombatientes de las FARC en el Espacio Territorial de Capacitación y Reincorporación de Pondores.CAMILO ROZO

 

A lo largo de la historia, algunas batallas memorables por su crueldad se han realizado en verdes prados llenos de flores silvestres, bajo un sol de primavera, mientras en los árboles cantaban los pájaros. Si la matanza se celebraba en la jungla, simios de todas clases, macacos, chimpancés y orangutanes, sentados en las ramas con sus crías en brazos contemplaban la carnicería que estaban ejecutando sus primos los humanos y todos aplaudían. Algunas batallas navales memorables por la cantidad de sangre vertida se desarrollaron sobre un mar de dulzura mientras a su alrededor saltaban felices los delfines tratando de participar en la fiesta. Esa delgada línea roja entre la crueldad humana y la armonía de la naturaleza será también una opción inexorable a lo largo del año que empieza. En las noches de invierno se oirán por todos los montes de la amada patria los aullidos de las alimañas, pero sobre ellas caerá la nieve, pura, blanda y silenciosa, del mismo modo que la estupidez humana no logrará detener la subida de la savia por los troncos dormidos cuando llegue la Candelaria. Y al final, quieras o no, vendrá la primavera y el geranio en el balcón obtendrá el mismo color de la sangre que emitan los telediarios. Si la naturaleza abre sus entrañas y se traga una ciudad entera, sobre los escombros, antes de que se pongan en pie los templos y palacios, se levantarán primero los mercadillos de frutas y verduras bajo la maraña de los gritos alegres de los tenderos. Con el solsticio de invierno la luz va abriendo día a día el compás, y dentro de ese cono luminoso en el que estamos condenados a bailar ¿a cuántos idiotas tendrás que soportar? No importa. La muerte y la gloria se las llevará el viento hasta el corazón del verano y cuando llegue el otoño nada deberás agradecer salvo la dicha de sobrevivir al milagro de estar vivo.

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