Putin, el domador del alma rusa

Se propuso devolver a la patria humillada el orgullo perdido de primera potencia. Ante todo, había que hacerse respetar

Putin, el domador del alma rusa
FERNANDO VICENTE

 

Hasta los 40 años era más bien un don nadie, un espía de segunda, el hijo de un humilde ferroviario comunista. Ahora avanza muy seguro deslizando sus espolones de gallo por una alfombra roja a lo largo de los fastuosos salones del Kremlin, rodeado de oro por todas partes, bajo el caudal de luz de mil lámparas y espejos, los mismos que reflejaron el antiguo esplendor de los zares. Es Vladímir Putin, de 1,70 de estatura, músculos de gimnasio, pómulos muy eslavos, que cobijan unos ojos de hielo.

Nació en 1950 en San Petersburgo, en un apartamento comunal donde sus padres compartían baño y cocina con otras familias pobres. El chaval se desarrolló entre las paredes mugrientas de un barrio marginal poblado de pandillas de matones con los que había que fajarse bien si uno quería volver sano y salvo a casa. Cualquier disputa terminaba en el barro. No le gustaba perder.

Formado en la escuela inhóspita de la calle, Vladímir Putin aceptó el primer encargo de vigilar a los estudiantes extranjeros de la Universidad de Leningrado mientras estudiaba Derecho. Después, enrolado en los servicios secretos de la KGB, fue destinado a Dresde, en la RDA. Allí le sorprendió la caída del muro de Berlín en 1989. Cuando un grupo de enardecidos alemanes rodeó su oficina dispuesto a asaltarla, él salió a la puerta y con el micrófono en la mano amenazó con abrir fuego a discreción. Al parecer lo dijo con mucha calma, puesto que los amotinados solo con verle la cara supieron que iba a cumplir su palabra y recularon. Alguien en Moscú tomó buena nota.

El imperio soviético comenzó a resquebrajarse y Putin seguía siendo un pobre diablo, que tuvo que volver a Leningrado en su Volvo descalabrado con el que pensaba trabajar de taxista si las cosas le iban mal dadas. Pero junto con el coche, el lavaplatos y otros enseres domésticos, se llevó consigo también el archivo secreto de la Stasi, la siniestra policía secreta alemana, que había arramblado en medio de la confusión, y Putin supo jugar con este alijo plagado de sabandijas, como cartas muy firmes en una partida de póquer entre políticos corruptos, y esa fue la primera palanca de su poder. A Putin lo aupó el alcalde de Leningrado, Anatoli Sobchak, su protector, al que después ayudaría a huir a París cuan do fue perseguido por corrupción.

No preguntes cómo llegó a la cumbre sorteando y repartiendo puñaladas, hasta conseguir el favor del beodo y destartalado Boris Yeltsin. Era el tiempo en que el derribo de la Unión Soviética exportaba a Europa levas de prostitutas y criadas, mafiosos gordos con cadenas de oro que nutrían los bajos fondos y eran a su vez procaces y brutalmente ricos. Putin se propuso devolver a la patria humillada el orgullo perdido de primera potencia. Ante todo había que hacerse respetar. Conocía el alma rusa y sabía que su convulsión de olla podrida en plena ebullición no podía ser controlada sin el látigo de un buen domador.

Consciente de que el puño de hierro siempre infunde más miedo que rencor, Vladímir Putin comenzó a usar como arma diplomática el silencio, ayudado con una mirada de acero semejante a la de un jugador profesional, que conoce bien las cartas del enemigo y nunca en vida de farol.

Mirar como mira Putin significa que prefiere que le teman a que le amen y solo quiere que lo admiren como macho alfa. Por eso practica artes marciales y se exhibe con el pecho desnudo galopando a pelo un caballo indómito que no es sino el propio narcisismo y sigue a rajatabla el consejo de Maquiavelo: si vas a golpear, hazlo duro, rápido y de una sola vez. Así lo hizo cuando el 23 de octubre de 2002 unos 50 terroristas chechenos tomaron 800 rehenes en el teatro Dubrovka de Moscú. Con absoluta frialdad llenó el local de gas tóxico y ordenó el asalto, que produjo 170 muertos.

Ahora se ha tragado a Crimea de un bocado, bombardea Siria a su antojo y ha introducido sus redes de espionaje en la alcoba política de Donald Trump hasta volverlo loco. Fanático del orden, Putin se ofreció de domador del alma rusa, pero a su vez era también el tigre, que un día puso la garra en la nuca del Estado y ya no la ha soltado hasta hoy.

MANUEL VICENT

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Donald Trump, la política como instinto básico

Cada día, a la hora del desayuno, suele emitir un pensamiento balístico de 140 caracteres que pone su propia Administración patas arriba

Donald Trump, la política como instinto básicoFERNANDO VICENTE

 

Simplemente, sucede que Donald Trump es un incompetente porque desconoce el mecanismo más elemental de la política y se ve obligado a ejercerla como una emoción primaria y expeditiva. No es un profesional, no sabe el oficio. En sus manos el Gobierno de Estados Unidos se ha convertido en un deporte de alto riesgo, en una especie de barranquismo dentro de la Casa Blanca, que tiene al mundo en vilo. En los mítines como candidato, Trump a veces se parecía a uno de esos músicos tronados de la banda del empastre, que toca el violín con un serrucho y se hace un lío con las partituras, su público le aplaude y él saluda satisfecho de sus propias gansadas. La mayoría se lo tomó a broma, pero el destino del planeta está hoy a merced del capricho de este emperador de cómic, descerebrado.

Donald Trump cree que para tener autoridad hay que estar cabreado y como un bebé furioso, al que le han arrebatado el chupete, desarrolla su mando mediante un código de señales muy físicas que emite su corpachón agitado por un viento interior. Todo en este político es de primera mano, imprevisible y gestual. De hecho, antes de firmar un decreto puede aporrearse el pecho como cualquier espalda plateada para excitar el timo, esa glándula del valor aposentada detrás del esternón, que compartimos con los simios superiores. Y después, para demostrar que ha salido con la suya, suele levantar la mandíbula, apretar el morro y exhibir el documento con su rúbrica en un alarde retador entre infantil y macarra. Finalmente puede dar la mano, pero nunca franca y amigable, más bien arrebata la del contrario, tira de ella para apoderarse del cuerpo entero al que puede retener o desechar a su antojo.

Lo verás bajar del avión presidencial golpeando el aire con el puño rosado del que emerge el pulgar inhiesto como cola de alacrán, o formando con los dedos la uve de la victoria sin venir a cuento o pinzando el pulgar con el índice como la mano de un pantocrátor cuando emite una amenaza o advertencia detrás de un atril. Son gestos autoritarios que solo indican duda e inseguridad del terreno que pisa.

Hartos de votar a presidentes unívocos, profesionales de la política, siempre troquelados por el establishment al servicio del sistema, los electores de una clase media norteamericana hundida por la crisis trataron de probar con algo nuevo, imprevisible y vengador; de ese voto desesperado, colérico y gamberro ha salido este extraño ser de color calabaza, porque la democracia tiene estas cosas, la grandeza del ideal colectivo lleva la consiguiente carga de estiércol ciudadano, que puede originar un monstruo cuando fermenta.

Bajo su propio volcán, Trump cada día a la hora del desayuno, al pie de unos huevos rancheros o de los suyos propiamente dichos, suele emitir un pensamiento balístico de 140 caracteres, que pone su propia política patas arriba cada mañana. Dimite otro jefe de Gabinete, huye de su lado otro secretario, aplasta al fiscal general, reta o insulta a cualquier mandatario extranjero, nombra consejero a un compinche y a continuación lo desescombra, amenaza a la prensa, se pasa por el forro al director del FBI, babea dulzón ante Putin, quien tal vez le tiene cogido por los compañones y es que la corona de Trump es el caos, debido a que no sabe el oficio y carece de estructura interior; de hecho lo que parece su espina dorsal no es más que su corbata.

Así cabalga este jinete. Al galope atraviesa Trump descerrajado el viejo esplendor de la primera potencia del mundo, acuciado por el miedo y la paranoia. ¿Qué es sino miedo encerrar a su país detrás de un muro, de un férreo control de pasaportes, de la barrera del odio racista? Entre los cientos de miles de cerebros extraordinarios que pueblan una nación grande y poderosa como Norteamérica, he aquí que ha salido de las urnas el cerebro de un millonario atrabiliario e ignorante, que solo ha sabido forrarse. Dejar la historia a expensas del instinto básico de Donald Trump puede ser una forma de no aburrirse, pero no es agradable despertarse una mañana y comprobar que todos los ideales de Occidente los ha arrojado un patán al fondo del barranco.

MANUEL VICENT

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Verano de 2017

De estas vacaciones los niños no recordarán otro acontecimiento: los polluelos de golondrina que enterraron bajo el limonero

Una golondrina alimenta a sus dos crías.
Una golondrina alimenta a sus dos crías. PHILIPPE HUGUEN GETTY IMAGES

 

Tal vez dentro de muchos años para unos niños que ahora juegan en el jardín de la casa junto al mar este verano de 2017 será recordado como el de aquellas vacaciones en que unas golondrinas habían hecho su nido en una viga de la terraza. Llegaron en abril, la hembra eligió un macho de su gusto para aparearse y juntos comenzaron a pegar con el pico pequeñas cargas de barro y terminada la obra, ella puso cinco huevos blancos con motas negras y los dos por turno los incubaron. Esta era su segunda nidada. Hubo que apartar algunos sillones y poner un periódico abierto en el suelo. ¿Qué pasaba en el mundo mientras tanto? Pequeños excrementos de golondrina caían sobre una página en la que se podía leer: bombardeo en Alepo, un suicida causa otra carnicería en Irak. A las tres semanas asomaron por el filo del nido cinco polluelos con la boca siempre abierta que los padres trataban de saciar con al menos 300 viajes al día trayendo insectos que cazaban en el aire. A uno de los polluelos, al más débil, en la pelea feroz por la comida lo expulsaron del nido sus hermanos. Una mañana apareció muerto sobre el titular del periódico que daba el naufragio de otra patera con un centenar de inmigrantes ahogados en el mar de Alborán. Los niños lo enterraron con lágrimas bajo el limonero, pero la lucha fratricida por la vida continuaba. Días después otro polluelo cayó del nido y expiró sobre la noticia de una matanza en Afganistán y en el jardín hubo otro entierro. Los tres hermanos más fuertes crecieron, un día abandonaron el hogar, los padres los siguieron alimentando posados en un hilo; los enseñaron a volar, a cazar y cuando aprendieron la lección, desaparecieron. Dentro de muchos años de estas vacaciones los niños no recordarán otro acontecimiento; será aquel verano de 2017 en que enterraron dos polluelos de golondrina bajo el limonero.

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Frivolidad

A medida que se acerca el día señalado para el choque de trenes, el público solo piensa en tomar asiento con creciente expectación

Carles Puigdemont, Marta Pascal  y Joaquim Forn, durante el acto de campaña "Sí al mejor país" en Barcelona.

Carles Puigdemont, Marta Pascal y Joaquim Forn, durante el acto de campaña “Sí al mejor país” en Barcelona. MARTA PÉREZ EFE

 

Parece que a gran parte del público el proceso soberanista de Cataluña le tiene sin cuidado. Harta de análisis políticos, de informes jurídicos, de amenazas veladas y de abiertos desplantes, la gente no cree que la independencia suponga un problema político de extrema gravedad o un drama social de consecuencias desgarradoras o una convulsión territorial de efectos devastadores en la economía. En realidad contempla el caso como un espectáculo competitivo entre un presidente del Gobierno cazurro y un grupo de fanáticos soberanistas cuyo resultado azaroso no desmerece de cualquier final retransmitida por televisión, al que los espectadores asisten provistos de cervezas y bolsas de patatas. El número bomba es el referéndum que se anuncia para el 1 del próximo octubre planteado como un desafío al Estado. A medida que se acerca el día señalado para el choque de trenes, el público solo piensa en tomar asiento con creciente expectación. Ahí es nada, dos convoyes que circulan por la misma vía en sentido contrario, uno pilotado por un conductor enloquecido, otro gobernado por un maquinista repantigado con absoluta pachorra en el coche cama. Mientras unos auguran una gran catástrofe y otros piensan que no va a pasar nada, los más frívolos solo desean que el espectáculo sea excitante, que no decepcione a cuantos espectadores intentan asistir a una escena política al borde del acantilado, puesto que el riesgo y el suspense es lo único que cuenta en esta cuestión. Los independentistas catalanes parecen olvidar la lección de Hobbes: el Estado es el Leviatán, un monstruo que destruye con su aliento a quien intenta desafiarle, consciente de que si pierde el desafío desaparecerá como Estado. Pero esto ya no le importa a nadie. El público cruza sus apuestas y toca palmas de tango deseando que empiece de una vez el espectáculo.

MANUEL VICENT

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Todo lleno

La masa adquiere hoy la forma de turismo

Cientos de personas festejan el inicio de las Fiestas de San Fermín 2017.

Cientos de personas festejan el inicio de las Fiestas de San Fermín 2017. VILLAR LÓPEZ EFE

 

La rebelión de las masas no está llamada a tomar el poder político, sino a ocupar todo el espacio físico. La masa es una especie de corriente de lava humana que te persigue con el solo propósito de engullirte y aniquilarte. Esa y no otra es la revolución social a la que estamos abocados. Adonde quiera que vayas, estadios, aeropuertos, estaciones, andenes, museos, conciertos, centros comerciales, mítines, fiestas, concentraciones civiles y religiosas, la masa impone su ley, que se rige por el cerebro de las emociones; de hecho, la grada rebosante de un campo de fútbol tiene la psicología de un niño de ocho años. La importancia de un espectáculo es proporcional a la cantidad de masa que convoca y a la vez su éxito se mide por las toneladas de basura que genera. Al día siguiente de un acontecimiento se te hace saber el número ingente de camiones y operarios de la limpieza que han sido necesarios para dejar limpio el espacio, ya se trate de un concierto de rock o de una concentración papal. Adonde quiera que vayas la masa ya ha llegado antes. ¿Acaso no es como el tuyo ese cuerpo que se aglomera frente a la Gioconda del Louvre, o que empana como un escalope humano el puente de Rialto? La masa adquiere hoy la forma de turismo. Se trata de un sexto continente compuesto de 1.000 millones de seres unívocos en perpetuo movimiento, que se ha convertido en una peste planetaria, ya que a su paso devora ciudades, monumentos, templos, palacios y jardines. El único destino de la masa es el consumo, vestir, comer, beber, bailar, ver, oír y decir lo mismo. Tampoco en casa estás a salvo. Esa sensación de lleno asfixiante que produce la masa la generan también las redes sociales que penetran a través de las paredes para hacerte saber que eso que piensas y escribes ya lo han pensado y escrito millones de personas antes.

MANUEL VICENT

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Moluscos

Los casos de corrupción atraviesan día y noche sin parar, como una corriente fétida, el cuerpo social

Moluscos

Hablemos una vez más de política nacional. Las ostras son moluscos bivalvos que filtran más de mil litros de agua al día. Otro tanto sucede con los mejillones cultivados en las bateas. Estos moluscos encerrados cada uno en su propio caparazón están unidos por la misma corriente marina que atraviesa sus cuerpos y deja en ellos el plancton microscópico con que se alimentan. A menudo sucede que por sus entrañas discurre agua contaminada, y en este caso, si no es correctamente filtrada, quien consuma estas ostras y mejillones se expone a una grave intoxicación. Filtrar o no filtrar, he aquí una propiedad de los moluscos y de algunos políticos nacionales. Cabe preguntarse si el Gobierno del PP no será como un conjunto de ostras que sobrevive en medio de una gran cantidad de agua contaminada y es incapaz de expulsar las toxinas. Pasa lo mismo con los ciudadanos. Ya se sabe que este país, que se mueve entre el pesimismo histórico y el triunfalismo desaforado, está lleno de magníficas individualidades en el campo de la ciencia, de la medicina, del arte internacional, del deporte de élite, de las empresas constructoras y, por otra parte, la mayoría de sus ciudadanos corrientes constituyen un ejemplo de solidaridad, de alegría de vivir y de resistencia ante la adversidad. Pero sucede que tan nobles ciudadanos se ven obligados a tragarse una enorme cantidad de toxinas, que a cada hora generan los medios de comunicación. Si los casos de corrupción atraviesan día y noche sin parar, como una corriente fétida, el cuerpo social, ¿no seremos los ciudadanos anónimos como los mejillones colgados de las bateas, incapaces de filtrar tanta basura política, y nos hemos quedado sin capacidad de respuesta, humildes mejillones intoxicados siempre dispuestos a consumir, pese a todo, una y otra vez las mismas ostras podridas?

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Por san Juan

Pudimos soñar que esa noche habíamos encontrado el trébol de cuatro hojas, un país sin corruptos en la política, sin caimanes en las finanzas

Farolillos de papel en la celebración de la noche de san Juan en la playa de Riazor, A Coruña. ÓSCAR CORRAL

 

Bañarse desnudo en el mar la Noche de San Juan, asar sardinas en la playa, prender hogueras festivas y recordar cuando de niño saltabas a través de las llamas, enviar un deseo a las estrellas y esperar que la respuesta inmediata y voluptuosa se diluya en el licor de la copa que bebes en compañía de unos amigos, oír risas y canciones en la oscuridad que te llevan a la infancia, saber que muchas parejas están haciendo el amor en el agua, contemplar tumbado en la arena el universo y perder la memoria, no desear nada, no esperar nada, pero sentirte bien, son ritos que muchos habrán cumplido la Noche de San Juan. Tienes derecho a un momento de felicidad, pese a que en ese Mediterráneo en el que te bañas flotan también miles de muertos ahogados, y esas alegres fogatas con olor a sardina asada con que se honra a los dioses antiguos son también incendios que ahora mismo están devorando los bosques, y esos gemidos de amor que producen los jóvenes enamorados no van a impedir que en ese mismo mar el manantial de sangre prosiga manando. Detrás de la belleza de las constelaciones, cuya armonía pitagórica te subyuga con su álgebra, existe un agujero negro como el que te engulle a menudo en los días aciagos, pero aunque solo sea por una noche nos hemos permitido el placer de imaginarnos limpios, tributarios de los dioses paganos, inundados por unas olas oscuras que en el futuro serán siempre azules y soleadas. Pudimos soñar que esa noche habíamos encontrado el trébol de cuatro hojas, un país sin corruptos en la política, sin caimanes en las finanzas, libre de la peste del terror y de la fiebre informática. Fiestas de verano, revuelta de hormonas adolescentes que desafía la furia del oleaje contra las rocas, esperanza de agarrarse al rabo del último cometa que pasa, viejos que sueñan amores pretéritos bajo los sombreros de paja.

MANUEL VICENT

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Acracia

Ojalá el ciudadano pudiera quedar exento de fanatismo, sectarismo y estupidez, dispuesto a votar a un líder inteligente y honesto sin más adherencias

El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, en un pleno en el Congreso.
El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, en un pleno en el Congreso. ULY MARTÍN

 

Se podría vivir sin políticos, pero no sin médicos; se podría vivir sin militares, pero no sin maestros; se podría vivir sin jueces y policías, pero no sin científicos; se podría vivir sin sacerdotes, pero no sin labradores. No obstante, en este reino de la acracia feliz solo algunos políticos, jueces y policías urbanos podrían seguir contribuyendo a la felicidad colectiva siempre que lograran superar la prueba de la Vibradora Universal cuya ejecución consiste en que, sometida cualquier obra, conducta, profesión, ideología o creencia de las personas a una poderosa vibración, todo lo que cae es lo que les sobra. Menos es más. Este principio minimalista que el arquitecto Mies van der Rohe inoculaba en sus edificios se puede aplicar a cualquier aspecto de la sociedad. Si durante el debate sobre el estado de la nación se sometiera el Congreso de los Diputados a la Ley de la Vibradora Universal, ¿qué político quedaría en pie que fuera digno de hablar desde la tribuna? Si esta poderosa vibración se aplicara a lo estúpido y superfluo que uno oye y lee cada día en los medios, ¿cuántas palabras se mantendrían limpias y necesarias desafiando la belleza del silencio? Si la ideología de derechas o de izquierdas fuera sometida a la Vibradora Universal, sin duda, el ciudadano quedaría exento de fanatismo, sectarismo y estupidez, dispuesto a votar a un líder inteligente y honesto sin más adherencias. También serían innumerables los cascotes que se desprenderían de la iglesia, de la universidad y del mundo del arte. Al final de este seísmo estético la sociedad habría quedado compuesta solo de médicos, maestros, investigadores, guardabosques y sembradores de cereal, asistida por unos pocos guardias de tráfico, que hubieran salido indemnes de la descarga de la Vibradora Universal para formar parte del reino moral de la acracia.

MANUEL VICENT

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Prometeo

Si uno se explora por dentro puede encontrar a un héroe real, no ficticio

Superhéroes de Marvel.
Superhéroes de Marvel. EFE

Se cuenta de Balzac que en su lecho de muerte, en medio del delirio de la agonía, pidió que llamaran al doctor Bianchon, el médico de ficción de una de sus novelas, porque creía que era el único que podía salvarle. Este remedio está al alcance de cualquiera que posea un poco de imaginación. Cada generación ha generado a sus propios héroes vengadores, terrestres o galácticos con suficientes poderes y agallas para vencer a cualquier enemigo. Los niños de posguerra, hoy sumidos en el miedo y entregados al desencanto, podríamos invocar la ayuda de Roberto Alcázar, del Guerrero del Antifaz, del Hombre Enmascarado, de Juan Centellas y del Capitán Trueno, que conformaron los momentos más felices de nuestra memoria, y que, sin duda, estarían dispuestos a sacarnos del atolladero una vez más. Superman, Batman, Spiderman, Iron Man y Corto Maltés podrían solucionarles todavía cualquier problema a los jóvenes desesperados de hoy. Pero no es necesario acudir a héroes de ficción en medio del delirio, como Balzac, para salvarse de la agonía de cada día. Si uno se explora por dentro puede encontrar a un héroe real, no ficticio, a ese Prometeo que fuiste tú mismo en un momento de la vida. ¿Acaso no eras tú aquel joven que quería cambiar el mundo, el que se jugó el pellejo frente a la dictadura? ¿No eres tú aquel joven ecologista, imbatible, solidario e inconformista? ¿Dónde está el Prometeo encadenado, que no se resignaba ante la injusticia? Hasta el ser más anodino guarda en su interior un gesto de rebeldía. Si la vida te arrastra por el barro del conformismo y te obliga a tragar con toda clase de ruedas de molino pide ayuda a ese héroe lleno de orgullo que fuiste tú mismo un día para que acuda a socorrerte ante cualquier caída.

MANUEL VICENT

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Comer, leer

Existen lectores exquisitos que leen buscando en cada libro la isla del tesoro y siempre encuentran el cofre del pirata

Una mujer come mientras lee.
Una mujer come mientras lee. GETTY IMAGES

 

Leer y comer son dos formas de alimentarse y también de sobrevivir. No sabría decir qué es más orgánico, más íntimo, más necesario. Los clásicos lo tenían claro: primero vivir y después filosofar. Pero sucede que hoy los más refinados creen que comer es también una filosofía y mastican lentamente los alimentos pensando en su naturaleza ontológica, imaginando el largo camino que han recorrido hasta llegar a la mesa. Alguien sembró la semilla, regó las hortalizas, podó los frutales, salió de madrugada a pescar, apacentó el ganado. Alguien llevó todos esos productos al mercado. Alguien los cocinó con amor y sabiduría, con la cultura culinaria que arranca del neolítico. Los que comen así tratan de convertir también la sobremesa en un ejercicio moral, casi místico y no necesitan ninguna enseñanza de tantos masters chefs insoportables. Por otra parte existen lectores exquisitos que leen buscando en cada libro la isla del tesoro y siempre encuentran el cofre del pirata. Hasta hace bien poco ningún artilugio se interponía en esa placentera navegación de los sueños que a través de las páginas de los libros se eleva hasta el cerebro y tampoco ningún cocinero mediático perturbaba el trayecto que los alimentos naturales recorrían del plato al estómago. Pero hoy la cocina y la lectura están cambiando de sustancia. La cocina ha caído bajo la dictadura de los masters chefs que ejercen el papel de intermediarios del gusto con sus platos estructuralistas y la lectura se ha instalado en soportes digitales que imponen sus reglas al pensamiento con sus múltiples aplicaciones. Los artilugios informáticos exigen una lectura rápida, breve, fragmentada, superficial, líquida e inmediata. Los nuevos cocineros te obligan a admirar sus instalaciones artísticas en el plato sin preocuparse de lo que suceda después en el estómago. Así están las cosas.

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