La caída

Por muy seguro que uno se sienta siempre hay un punto débil e imprevisto por donde llega alguien y te la clava

El asalto final tras el sitio de Constantinopla.
El asalto final tras el sitio de Constantinopla. MANSELL/THE LIFE PICTURE COLLECTION/GETTY IMAGES

 

Así cayó Constantinopla en 1453, por un simple descuido. La triple muralla levantada por el emperador Teodosio se mostraba inexpugnable ante el asedio del ejército otomano, pero un día unos soldados jenízaros trataron de comprobar las fisuras que en el muro exterior habían producido los impactos de los cañones y se encontraron con que alguien imprevisiblemente había dejado abierta la kerkaporta, un paso peatonal solo utilizado por los que regresaban tarde a la ciudad en tiempos de paz. El ejército otomano se coló con sigilo en el recinto por esa pequeña puerta, pasó a cuchillo a la población y en pocas horas acabó con el último reducto del Imperio Bizantino junto con la cultura romana de Oriente. La trágica lección de Constantinopla sigue vigente. La herencia de Grecia, de Roma, del Renacimiento y del humanismo; la conquista de los derechos políticos basados en la Revolución Francesa; todo el edificio democrático que se construyó en Occidente después de dos guerras mundiales con decenas de millones de muertos; el gran pacto entre el capitalismo y el socialismo de los años cincuenta del pasado siglo que promovió el mejor reparto de la riqueza, todo ese caudal de la historia en que se funda Europa parecía estar protegido hasta ahora por las sólidas murallas del racionalismo republicano, pero, como sucedió en Constantinopla, también en la fortaleza europea por un exceso de confianza la kerkaporta ha quedado abierta a merced del enemigo. Hoy los jenízaros más peligrosos, que pueden penetrar por ella, no son los inmigrantes ni el terrorismo yihadista, sino las huestes del populismo de extrema derecha, que ya están dentro pudriendo las raíces de la democracia. La lección de la caída de Constantinopla también te la puedes aplicar a ti mismo. Por muy seguro que uno se sienta siempre hay un punto débil e imprevisto por donde llega alguien y te la clava.

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Dos Papas

No son los senderos del jardín del Vaticano los que se bifurcan sino el Dios distinto que cada pontífice lleva en la cabeza

El Papa emérito, Benedicto XVI, en una imagen de 2015.
El Papa emérito, Benedicto XVI, en una imagen de 2015. GREGORIO BORGIA AP

 

Dos Pontífices, cada uno por su lado, pasean por un jardín de senderos que se bifurcan. Cuando parece que van a encontrarse los propios senderos los alejan. Caminan absortos por ese laberinto del Vaticano entre rosales y setos trasquilados, a solas con sus silencios. Uno, Benedicto XVI, bajo la impoluta sotana blanca calza los mismos zapatos rojos de Prada que un día pisaron el campo de exterminio de Auschwitz sin que se mancharan. Ahora camina con la memoria perdida. Apenas visitan su cerebro lejanas sombras de un tiempo en que explicaba teología en Múnich, tal vez en Tubinga, y también imágenes esfumadas en las que se recuerda con el uniforme de las juventudes hitlerianas. Su Dios teológico se halla muy alejado de los males de este mundo, ya que solo es un artificio extremadamente sutil de su mente privilegiada. Tres personas y una sola naturaleza, tres naturalezas y una sola sustancia. El otro Pontífice se llama Francisco. Lleno de congoja pasea por el jardín con unos zapatones negros preparados para pisar muchos charcos. Su Dios es un ente embarrado que a duras penas logra abrirse paso entre sucias cuestiones para las que la teología no tiene respuestas. Los inmigrantes, los homosexuales, la congénita pedofilia de la Iglesia, el hambre, la guerra, el dolor de los inocentes. El Dios de Benedicto XVI calló en Auschwitz, el de Francisco también calló cuando unos aviones militares arrojaban al mar a cientos de jóvenes torturados e innumerables muertos perdieron su nombre en las fosas comunes. Un Papa sin memoria ni siquiera se pregunta quién puede ser esa figura como la suya, que unas veces se acerca y otras se aleja. No son los senderos del jardín del Vaticano los que se bifurcan, sino el Dios distinto que cada Papa lleva en la cabeza. Uno incontaminado, otro lleno de barro, los dos unidos por el mismo silencio.

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Postrimerías

Los pulpos gigantes que atacaban a Ulises son hoy los miles de millones de toneladas de plásticos que flotan sobre el espíritu de las aguas

Un cangrejo atrapado en un vaso de plástico en el mar en el Pasaje de Isla Verde en Filipinas.
Un cangrejo atrapado en un vaso de plástico en el mar en el Pasaje de Isla Verde en Filipinas. NOEL GUEVARA (GREENPEACE)

 

Aquel día ya lejano en que en un restaurante de moda pedí unos salmonetes de roca y descubrí que uno de ellos llevaba una colilla de Winston en la tripa, supe que el fin del mundo, tal como lo habíamos conocido, estaba cerca. Entonces atribuí a un capricho el que hubiera salmonetes que fumaran rubio, pero hoy los peces no solo fuman, se tragan el humo y lo expulsan por las agallas, también comen ya toda clase de plásticos y compresas con absoluta normalidad. Hubo un tiempo en que las barcas de arrastre del Mediterráneo pescaban ánforas y en casos de más fortuna sacaban a flor de agua en las redes entre peces plateados algunas divinidades naufragadas. Eran aquellos días dorados cuando gran parte de la mitología y de la historia se hallaba en el fondo del mar y pensar en el abismo aún servía para purificar la mente. Ahora un creciente albañal de detritus ha invadido el lugar que antes ocupaban los mármoles de nuestros dioses sumergidos junto con los arrecifes que formaban los trirremes fenicios, las goletas sarracenas, las carabelas y paquebotes de descubridores y piratas. Los pulpos gigantes que atacaban a Ulises son hoy los miles de millones de toneladas de plásticos que flotan sobre el espíritu de las aguas y amenazan con crear nuevos continentes. El mar podrido es ahora el espejo deformante donde se refleja nuestro inconsciente colectivo. El fin del mundo no llegará con una lluvia de fuego anunciada por las trompetas del arcángel ni será producto de las enormes calabazas de una guerra nuclear. Este planeta puede acabar ahogado bajo el insondable cúmulo de mierda que expele la humanidad. Nuestra alma es biodegradable, pero el plástico es inmortal. La catástrofe vendrá acompañada de algunos prodigios. Estará uno feliz en el chiringuito y de pronto saldrán del mar algunos salmonetes con un cigarrillo en la boca a pedirte fuego.

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La balanza

La mayor estafa está en el elevado precio que los políticos nos obligan a pagar por conceptos al parecer sagrados, la patria, la bandera, la unidad, la independencia, que si se pesaran se vería que no pesan nada

El presidente de la Generalitat, Quim Torra, en Lleida, el pasado 22 de marzo.
El presidente de la Generalitat, Quim Torra, en Lleida, el pasado 22 de marzo. ADRIÀ ROPERO EFE

 

En el boxeo hay pesos mosca, pesos pluma, pesos gallo, ligeros y pesos pesados. Antes de subir al cuadrilátero se realiza la ceremonia del pesaje durante la cual desde la báscula los púgiles se retan, se insultan y llegan a veces a las manos, un artificio que se usa para crear la expectación ante el combate y animar el cruce de apuestas. Sucede lo mismo con los políticos cuando entran en campaña, solo que en este caso su categoría no la determina la báscula, sino unos conceptos etéreos, que conforman el espíritu del candidato, envueltos en las mentiras informativas, en la toxicidad de las redes sociales y en la procacidad de los manipuladores de opinión. En el Libro de los muertos, hace miles de años, consta que el dios egipcio Anubis, en presencia de Osiris, pesaba en una balanza las almas de sus súbditos para decidir su destino. Esta acción con la que se establece el peso del espíritu se llama psicostasis. Estamos acostumbrados a que nos estafen en la calidad de las mercancías que compramos, en el componente químico de los alimentos que comemos, pero la mayor estafa está en el elevado precio que los políticos nos obligan a pagar por conceptos al parecer sagrados, la patria, la bandera, la unidad, la independencia, que si se pesaran se vería que no pesan nada, porque las grandes palabras en que están envueltos son puro flato. Si en un platillo de la balanza de Anubis se colocara el españolismo macarra con caballo y pistola de Vox y en el otro el alucinado sectarismo independentista del lazo amarillo, el resultado sería cero, nada. De hecho, sus respectivos líderes en un combate de boxeo se considerarían pesos mosca cuando no simples paquetes o directamente políticos sonados. No obstante, pese a su fanatismo, que raya en la imbecilidad, muchos ciudadanos los van a votar sintiéndose, al mismo tiempo, felices y humillados.

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Tres fases

Los discursos de Churchill y de De Gaulle han sido reducidos a simples y frenéticos tuits salidos de los dedos de Donald Trum

Un hombre mira en Seul una noticia sobre las declaraciones en Twitter de Donald Trump.
Un hombre mira en Seul una noticia sobre las declaraciones en Twitter de Donald Trump. AHN YOUNG-JOON (AP)

 

La voz, la imagen, la Red. La radio era la voz. En los años treinta del siglo pasado con la radio ascendió Hitler al poder, y en manos de su ministro de propaganda, Joseph Goebbels, se convirtió en una formidable arma política. Durante la guerra, a través de ese aparato, los ladridos del führer fueron neutralizados en el espacio con las arengas de Churchill y De Gaulle. En la contienda civil española la radio propició la ardiente voz de Pasionaria llamando al combate y las insidias usadas por Queipo de Llano para desmoralizar al enemigo. Después, en la posguerra había que tapar el aparato con dos mantas para que los vecinos no se enteraran de que se estaba sintonizando la Pirenaica. El control de la radio por el poder fue constante hasta que 30 años después la voz fue sustituida por la imagen. Este cambio se produjo en el debate cara a cara en televisión entre Richard Nixon y John F. Kennedy el 26 de septiembre de 1960. Era la primera vez que la política hubo de someterse al lenguaje y a los códigos de la pantalla. En ese encuentro no fueron lo más importante las ideas, sino la telegenia de los candidatos. Nixon fue derrotado porque apareció con el rostro sudoroso lleno de sombras frente a Kennedy, recién afeitado y con un bronceado de yate. A partir de entonces, los asesores de imagen elevaron la corbata del candidato al mismo nivel de su inteligencia. Tres décadas después, el poder de la imagen ha sido suplantado por la fuerza de Internet, que ha introducido la política en una charca llena de infinitas ranas, que se dedican a llenar las redes de impulsos irracionales, tóxicos sin control. Los discursos de Churchill y de De Gaulle han sido reducidos a simples y frenéticos tuits salidos de los dedos de Donald Trump, y en esa fétida charca chapotean los políticos todavía en chancletas sin saber el peligro que corren. Este es el panorama.

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Mujeres

El feminismo se debate contra el muro insalvable del machismo de la Iglesia católica, que se nutre todavía de la cultura patriarcal del Antiguo Testamento

Varias monjas observan y fotografían un panel con la imagen de varios pontífices. rn
Varias monjas observan y fotografían un panel con la imagen de varios pontífices. JEFF J MITCHELL GETTY IMAGES

 

Aquella mañana de domingo en la iglesia de un poblado de Fionia, Dinamarca, la mujer resplandecía en el altar vestida con sotana, roquete y estola. Unos campesinos muy trajeados, con la Biblia abierta en sus manos, entonaban salmos de profetas mientras la sacerdotisa manejaba los instrumentos del oficio sagrado con perfecto dominio. La mujer celebró la misa, impartió la palabra, dio la comunión y al final bendijo las cabezas humilladas de todos los fieles, varones y hembras. Nada extraordinario por otra parte. Desde 1948 la Iglesia protestante de Dinamarca ha abierto a las mujeres el acceso al sacerdocio y ellas ahora ocupan ese cargo con una dignidad que entronca con la antigua práctica de las vestales vikingas. La mujer es una médium natural, puesto que todos hemos llegado a este mundo atravesando su cuerpo. No obstante, la jerarquía católica no ha logrado sacudirse de encima la profunda neurosis que siente frente a la mujer, hasta el punto de erradicarle el sexo a la madre de Dios. El feminismo se debate contra el muro insalvable del machismo de la Iglesia católica, que se nutre todavía de la cultura patriarcal del Antiguo Testamento y a su vez la represión del sexo por el celibato ha convertido al sacerdocio católico en un albañal de pederastia. Una ley del silencio mafioso protege a delincuentes eclesiásticos que sin excluir a cardenales, obispos y abades se han comportado como lobos depredadores de miles de niños durante décadas ante el silencio atenazado de los fieles. Nada de esta infamia cambiará mientras la Iglesia católica no acepte que el sexo es un impulso limpio y natural bajo toda clase de pantalones y faldas. La Iglesia solo podrá recuperar la vida cuando los templos se llenen de sacerdotisas. Por cierto, aquella vestal danesa se había pagado los estudios de teología haciendo un elegante striptease en una sala de fiestas.

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Confusión

A los ciudadanos que sobrevivan al 28 de abril, le esperan en mayo las elecciones autonómicas, municipales y europeas

Un nazareno de la Hermandad de la O en Sevilla durante una procesión del Viernes Santo.
Un nazareno de la Hermandad de la O en Sevilla durante una procesión del Viernes Santo. © PACO PUENTES

 

Pedir cita con el psiquiatra o refugiarse en el corazón del bosque, esta es la disyuntiva que le queda al ciudadano ante las próximas elecciones generales del 28 de abril. Como la campaña va a coincidir de lleno con la Semana Santa puede que en medio de la confusión los mítines se llenen de nazarenos con capirotes morados y al final los militantes más apasionados lleven en andas a su candidato como lo hacen los costaleros con El Cachorro. Los agnósticos desde la playa con una cerveza en la mano verán en las pantallas procesiones con penitentes descalzos arrastrando cadenas tras los pasos de Cristos ensangrentados y de Vírgenes llorosas sin poder distinguir entre el látigo de los sayones y los insultos de cualquier líder político a su adversario. En un canal un orador sagrado pronunciará el sermón de las Siete Palabras, mientras en otro un candidato lleno de fiebre arremeterá contra los enemigos de la patria, que en su opinión serán los mismos que llevaron a Cristo al calvario. A esta amalgama de cirios, saetas, soflamas, tertulias y encuestas se unirá la veleidosa meteorología de abril con las amenazas de lluvia y sobre semejante enjambre de políticos y cofrades reinará el olor a aceite recalentado de torrijas y buñuelos. Al ciudadano que logre sobrevivir le esperan en mayo las elecciones autonómicas, municipales y europeas. Entre las ferias de Sevilla y de San Isidro, a los mítines acalorados se sumarán las romerías con caballos enjaezados y toda clase de tapas y bebidas, rebujitos, finos, chiquitos, entresijos, gallinejas y empanadas de pulpo bajo la alergia primaveral al polen de las gramíneas. Unos desde los tendidos de sol, otros desde el callejón con un puro en la boca aplaudirán o denostarán a los candidatos y el espectáculo culminará con el arrastre del último toro, que en este caso podría ser el propio ciudadano.

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La jaula

La imagen del trío de Colón con su aire de fotomatón ratonero podría convertirse en un icono español del siglo XXI

Representantes de Vox, Partido Popular y Ciudadanos concentrado en la Plaza de Colón de Madrid.
Representantes de Vox, Partido Popular y Ciudadanos concentrado en la Plaza de Colón de Madrid.CARLOS ROSILLO

 

Desde que el francés Louis Daguerre inventó la fotografía en el siglo XIX esta expresión gráfica se ha constituido en testigo inapelable de la historia. A cualquier imagen captada de forma rutinaria la puede convertir el azar en el icono de una época determinada. Tal vez una de esas imágenes es la que se tomó recientemente en la plaza de Colón toda la derecha española con la apariencia de un recuerdo festivo después de su manifestación patriótica contra el Gobierno socialista. En esa fotografía hay varios personajes políticos, pero solo uno, Santiago Abascal, el líder de Vox, se apropia de la cámara hasta devorarla por entero. Es el único que exhibe un impasible ademán con la mirada perdida en un horizonte de montañas nevadas. Su barbado mentón aproado frente al destino contrasta con los rostros lampiños de Pablo Casado y de Albert Rivera, que parecen dos novicios ansiosos por llamar la atención de sus feligreses. Ambos adoptan una compostura impostada, la sonrisa forzada de photocall,incómoda y tensa, conscientes de que son unos actores secundarios en esta escena frente a Abascal y a su lugarteniente Ortega Smith a la espalda, cuya actitud gallarda proyecta ante la cámara el desafío hacia un futuro heroico. Fue una manifestación improvisada, a un punto del fracaso, pero quién sabe si mañana los historiadores verán en esa foto el documento que marcó el cambio sustancial de la política española con el regreso de la derecha hacia los años oscuros de la doma dictatorial. La imagen del trío de Colón con su aire de fotomatón ratonero podría convertirse en un icono español del siglo XXI, pero congelada por el tiempo será siempre una jaula de la que ni Pablo Casado ni el propio Albert Rivera, pese a sus grandes dotes de fuguista, nunca podrán escapar. A un político dentro de una jaula solo le queda el papel de canario flauta.

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La berrea

Un insulto torpe que no da en la diana humilla más a quién lo emite que al propio destinatario

Pablo Casado habla sin control como si su lengua fuera un motor explosivo.
Pablo Casado habla sin control como si su lengua fuera un motor explosivo. ÁLVARO GARCÍA

 

El arte de insultar, de Arthur Schopenhauer, debería ser de lectura obligatoria para los políticos que están a punto de entrar en época de berrea ante las próximas elecciones. El insulto es el último recurso dialéctico que se utiliza para degradar y erosionar la personalidad del rival cuando los argumentos de la razón han fracasado. Pero el insulto es un arte que requiere oportunidad, conocimiento, agudeza, habilidad y un gran dominio del diccionario para dar en la diana y no hacer el ridículo. Los anglosajones suelen dotar de la máxima intensidad a los insultos bajando la voz y con la mirada puesta en el suelo; en cambio los españoles solemos insultar gritando muy engallados y en este caso no hay peor cosa para un político que mezclar la ignorancia con el mal gusto. Recientemente el líder del PP, Pablo Casado, que habla sin control como si su lengua fuera un motor explosivo, ha batido el récord en el número de improperios por unidad de tiempo contra el presidente del Gobierno y en esta descarga ha saltado el insulto “felón” que la mayoría de los españoles nunca había oído ni conocía el significado. Puede que el líder del PP tampoco supiera que en medicina el término felón se utiliza para denominar una infección de los dedos de manos y pies, llamada panadizo, que a menudo precisa un tratamiento quirúrgico. Pero históricamente ese insulto lo tiene asignado en propiedad el rey Fernando VII como reproche a su traición a los españoles que confiaron en su regreso y que terminó con el grito surrealista de “vivan las caenas”. Como agravio popular descriptivo Fernando VII también fue llamado “el rey falón”, o ElDeseado, en alusión al enorme tamaño de su miembro viril. Un insulto torpe que no da en la diana humilla más a quien lo emite que al propio destinatario. Los políticos deberían tenerlo en cuenta ahora que está a punto de empezar su berrea.

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Retrato de un fascista

Ernesto se convirtió en la acera de Roma, entre desfiles con tambores, correajes, pendones, camisas negras y saludos varoniles, como un turista al ver pasar la procesión

El escritor Ernesto Giménez Caballero, en 1943.
El escritor Ernesto Giménez Caballero, en 1943.

 

En plena confusión ideológica del final de los años veinte, el socialista Ernesto Giménez Caballero abandonó a la sobrina del cura de El Escorial y se casó con una florentina rubia y de ojos azules. Viajó a Roma en luna de miel. Las calles estaban llenas de desfiles fascistas con tambores, correajes, pendones, camisas negras y saludos varoniles. Ernesto se convirtió al fascismo en la acera como un turista al ver pasar la procesión. Desde ese momento el sueño de este iluminado consistió en rastrillar tertulias, redacciones, despachos en busca de un héroe que se prestara a hacer el papel de Mussolini en España.

—Podía ser Azaña. Le conocí en el Ateneo y le escuché algunas veces en sus corrillos del hotel Regina y de la Granja del Henar. Una vez le llamé tirano cuando quiso romper con el mango del cuchillo el gollete de una botella de vino porque el camarero tardaba en hacerlo con el sacacorchos. Yo le propuse que fuera nuestro Mussolini, pero Azaña no era un hombre para la revolución trascendente, era demasiado burgués, oficinista y feo. Después soñé con Indalecio Prieto, pero le faltó genio y heroísmo, nos resultó demasiado bilbaíno con sus gustos por la buena vida. Luego estaba Ledesma Ramos, que era de raigambre humilde, como Mussolini, tenía talento y coraje, pero era muy enteco y esmirriado y encima pronunciaba las erres a la francesa, decía egue, egue, ¿y dónde iba un líder hablando con la egue? No había nada que hacer. En seguida apareció José Antonio. Ese ya era otra cosa, lo que se dice un caballero, aunque le faltaba tener un origen proletario. Dio lo máximo que podía dar un señorito: su vida. Se lo dije el primer día que le conocí: tú eres el cordero de Dios que quitas los pecados de España.

Así andaba Giménez Caballero como un poseso, buscando un héroe de paisano cuando, en un descuido, empezó el zafarrancho.

—El 7 de noviembre de 1936 pude ver a Franco en persona, en el Cuartel General de Salamanca. Antes de entrar en su despacho, en aquel segundo piso del palacio del obispo, me crucé con doña Carmen, que llevaba en el brazo una guerrera militar y un cesto de costura. Al abrirse la puerta Franco estaba de espaldas, leyendo unos informes, de pie ante su mesa, vestido de caqui, pantalón largo y el fajín flojo, que le pendía como un tahalí por el costado. Alzó la cabeza para mirarme. Creí encontrarme con una figura legendaria y bíblica: ¡un rey David! Breve de estatura, pero con una cabeza entre el guerrero y el artista, con ojos de inspirado, como de músico. Y, en vez de los papeles que tenía en la mano, me pareció adivinar un arpa. ¡Franco era David, David en persona, tocando el arpa! Con el doble talento del gallego y del judío.

Giménez Caballero limitaba por detrás con el propio Zeus, por delante con el Apocalipsis total. Durante la guerra recorrió los frentes de batalla pregonando la ira del vengador, subió al púlpito de la catedral de Salamanca vestido mitad de monje y mitad de soldado, pero su momento estelar aun estaba por llegar.

—Fue durante aquella cena, dos días antes de la Nochebuena de 1941, invitado a casa de Goebbels, allí, en Berlín, cuando expuse a Magda, su mujer, mi grandísima visión, la posibilidad de reanudar la Casa de Austria que se había interrumpido con Carlos II el Hechizado. Antes de cenar yo le había regalado a Goebbels un capote de luces para que toreara a Churchill, y en eso Goebbels tuvo que salir porque lo llamó Hitler. Quedé solo con Magda en un salón privado donde ardía una chimenea de leños. Se sentó frente a mí en un sofá de raso verde y oro. Pero luego hizo que me acercara a ella para ofrecerme una copa de licor que calentó con las manos y humedeció levemente los bordes con los labios. En aquel ambiente de ascua y pasión, en una noche alerta de patrullas y alarmas de bombardeo sentí que iba a jugarme la carta de un gran destino, no sólo mío, sino de mi patria y del mundo entero. Entonces le propuse la fórmula para llegar al armisticio de Europa reanudando al mismo tiempo la estirpe hispano-austríaca. Se trataba de casar a Hitler con una princesa española de nuevo cuño, como Brunequilda, Gelesvinta y Eugenia. Sólo había una candidata posible por su limpieza de sangre, su fe católica y sobre todo por su fuerza para arrastrar a las juventudes españolas: ¡Pilar Primo de Rivera! Había que casar a Hitler con la hermana de José Antonio. Al oír esto los ojos de Magda se humedecieron de emoción. Tomó mis manos y las estrechó con las suyas. Y acercando su boca a mi oído musitó el gran secreto: “Su visión es extraordinaria y yo la haría llegar con gusto al führer, pero resulta que HitIer tiene un balazo en los genitales y es impotente desde sus tiempos de sargento. No hay posibilidad de continuar la estirpe. Lo de Eva Braum no es más que un tapadillo para disimular”.

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