Analfabetos

En realidad somos ya los últimos mohicanos de un mundo analógico que desaparece

Un hombre con un teléfono móvil. rn
Un hombre con un teléfono móvil. GETTY IMAGES

 

Cuando de chaval regresaba de vacaciones al pueblo, en el bar siempre había algún viejo labrador que requería mi ayuda para que le explicara lo que estaba leyendo a duras penas en el periódico y no acababa de entender. Quería saber el significado de algunas palabras, le molestaba que hubiera tantos puntos y comas. Cuando en medio de una trabajosa lectura se embarrancaba acudía en su rescate, y solo por eso creía que yo era un superhombre. Durante las prácticas de milicias en el cuartel, una de mis obligaciones consistía en enseñar a leer y escribir a algunos soldados llegados de la España profunda. Era una labor ardua, pero muy agradecida, sobre todo si al redactar las cartas a su novia ponía por mi cuenta las mejores palabras de amor. Después de tantos años, frente a la cultura digital me reconozco ahora en el viejo campesino iletrado o en el soldado del cuartel que al final del servicio militar sudaba y jadeaba a la hora de escribir una frase correcta. A menudo, hoy me toca a mí pedirle a un niño de 12 años que me resuelva el problema si el ordenador se atranca como un pollino de arriero y no obedece aunque lo aporree como se hacía con la radio. Entre la yema de los dedos y las tripas del móvil, de la tableta y del ordenador se extiende un espacio galáctico en cuya maraña la gente de cierta edad ya no se reconoce. La tecnología informática nos va convirtiendo poco a poco en analfabetos. En realidad somos ya los últimos mohicanos de un mundo analógico que desaparece. Pese a todo, la incultura digital nos reserva todavía alguna ventaja. Libre de la tiranía y la basura de las redes, sobrevolando semejante albañal, uno se siente en cierto modo incontaminado, feliz de no tener aplicaciones y de manejar las cuatro reglas del ordenador como un juguete de niño, con la agradable sensación de vivir flotando al margen ya de la historia.

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En el Prado

La obra de Bartolomé Bermejo causó un efecto inquietante entre los más jóvenes

La flagelación de Santa Engracia.
La flagelación de Santa Engracia. BARTOLOMÉ BERMEJO

 

Detrás de la banderita que enarbolaba el guía, un caudaloso grupo de turistas chinos se adentró en la sala donde se expone la severa pintura religiosa de Bartolomé Bermejo en el Museo del Prado. Todos llevaban instalada en el rostro la sonrisa que en ellos es consustancial. A simple vista parece que siempre sonríen de la misma forma, pero no es así. Los chinos tienen sonrisas de agrado, de desprecio, de reproche, de odio, de felicidad, de admiración y también de terror. Se trata de una expresión milenaria llena de matices que solo ellos saben interpretar. El grupo de turistas chinos, todos con la sonrisa puesta, penetraron en la penumbra de la sala en cuyas paredes colgaban los cuadros terroríficos de Bartolomé Bermejo, pintados para escarmiento de los fieles. Los chinos contemplaron sonriendo mártires descuartizados, Cristos crucificados, espaldas azotadas por los sayones, sepulcros abiertos, muertos vivientes con las carnes tumefactas, calaveras y arcángeles vengadores que hundían su espada en las vísceras de las víctimas. Una niña de rostro de porcelana quiso saber por qué crucificaban, acuchillaban y azotaban a esos señores. El traductor de español acudió en ayuda del guía chino y dijo: “Los sometían a toda clase de tormentos porque eran santos muy buenos y se portaban bien”. Esta ruda explicación pasó de unos a otros y todos los chinos sonrieron al saber que en nuestra cultura cristiana te expones a que te crucifiquen si eres bueno. “¿Y si te portas mal?”, insistió la niña. “Entonces, te dejan tranquilo”, contestó el guía. Todas las sonrisas de los chinos ante las pinturas macabras de Bermejo permanecían imperturbables y era imposible descifrarlas, pero tal vez la exposición causó un efecto inquietante entre los más jóvenes hasta el punto que sus ojos rasgados se habían vuelto redondos a causa del espanto.

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Confesión en el bar del Palace

Lorca nunca quiso conocer a Jardiel porque decía que era un autor festivo, mientras Unamuno cobraba siempre un duro más que Ortega

Una mujer en el bar del hotel Palace.
Una mujer en el bar del hotel Palace. CRISTÓBAL MANUEL

El café de La Coupole de París estaba a punto de emerger sobre el solar de una carbonería y por otra parte los dueños de la Rotonde habían comprado la carnicería de al lado para ampliar el local. El decorado estaba ya preparado para el gran espectáculo. De pronto se levantó el telón y comenzaron a actuar los locos más maravillosos del mundo, unos genios hacinados en aquel tramo del bulevar de Montparnasse en el periodo de entreguerras.

Ir por la acera pisando poetas alucinados, que se habían arrojado desde los aleros al vacío tocando el violín, abrirse paso en la niebla de los cafés dando codazos a Hemingway, a Scott Fitzgerald, a Picasso, a Modigliani, a Foujita, a Henry Miller; ver a los pintores surrealistas cómo se reblandecían los callos con pediluvios de cocaína, esa era la rutina dorada en las cuatro esquinas de aquel barrio, donde se concentró la mayor densidad de talento que se ha dado en la historia.

Santiago Ontañón, pintor y escenógrafo de la generación del 27 también estaba allí, convertido ya en un animal de tertulia. Al final de su vida en el bar del hotel Palace oí su confesión ante un oporto de media tarde.—De aquel tiempo de París recuerdo a Unamuno, exiliado por la dictadura, a quien solía acompañar de madrugada a casa desde Montparnasse a L’Etoile sirviendo de frontón a sus monólogos hasta que don Miguel tomó de sustituto a un zapatero español que había sido voluntario en la Gran Guerra.

Por allí andaba Josep Pla, corresponsal de un periódico de Barcelona. El día en que lo conocí estábamos en la mesa hablando de literatura rusa y él asentía a todo con sus ojos sonrientes de mongol. Alguien le preguntó: “¿Y a usted, Pla, qué le parece Dostoievski?”. Y él contestó: “Una mierda. Dostoievski es una olla podrida. Yo ahora estoy leyendo a Virgilio”.

Otro que estaba en nuestra peña de la Rotonde era Luis Buñuel, echando pulsos a todo el mundo. Físicamente parecía un toro y eso fue lo que de Buñuel atrajo a los surrealistas de París, porque entonces esa gente entraba en los cines y rompía las butacas si la película no le gustaba. Y Buñuel era un buen elemento si había que repartir leña. Por lo demás, tenía una personalidad arrolladora, con mucho ascendiente sobre nosotros, en plan mandón. Por ejemplo, estábamos en una reunión y decía: “Bueno, chicos, vamos a decir tonterías, pero media hora nada más, ¿eh?”. Y de repente, con voz de energúmeno, cortaba: “Bueno, basta ya”. Y callábamos todos.

El pintor y escenógrafo Ontañón regresó a España en los primeros años veinte y se incorporó a la peña de pintores y escritores, en la Granja de El Henar. Cuando a las dos de la madrugada lo echaban de allí, se iba al café Castilla, donde acudían periodistas, actores, autores y las chicas del coro de Celia Gámez. Y después estaba la tertulia del Lyon, y allí veía pasar a los falangistas, a José Antonio, a Ledesma Ramos, a Alfaro, que bajaban al sótano de la Ballena Alegre.

Al llegar a Madrid me encontré con que el ambiente de aquí estaba marcado por la gente que yo había conocido en París. Éramos los mismos. Enseguida, Regino Sainz de la Maza me presentó a Lorca en un hotel de la calle de Alcalá. Recuerdo que se estaba afeitando y me recibió a gritos con la cara enjabonada. Después ya fui con él a la Residencia de Estudiantes, y ahí estaban todos.

Llegar a la amistad con Federico era muy difícil, porque la Residencia funcionaba como una masonería, con un aire muy elitista. Alguien tenía que darte el espaldarazo; de lo contrario, no entrabas. Por ejemplo, Lorca no quiso conocer nunca a Jardiel Poncela, con el que yo me veía todos los días. Se lo quise presentar varias veces, pero Federico decía: “No, no; ese es un autor festivo”. Ni tampoco a Gómez de la Serna, el amo de la tertulia de Pombo. Federico era un juglar, capaz de pasarse meses sin parar de hablar; pero no podía soportar el segundo plano; por ejemplo, estaba en la peña de la Granja de El Henar o en el café Lyon y siempre se oía su voz entre risotadas. Todo el mundo pendiente de lo que él decía. Pero si de repente otro cualquiera empezaba a contar algo que se llevaba la atención del auditorio, entonces Lorca decía: “Bueno, tengo que ir a no sé dónde”. Y se marchaba.

A la media hora volvía con tema nuevo y recuperaba la primera posición en la tertulia. En casa del diplomático chileno Carlos Morla cenábamos casi todas las noches. En una ocasión me dijo Lorca: “Viene mañana Ramón Gómez de la Serna. No le vamos a dejar hablar. Cuando yo flojee, entras tú con lo que sea”. Y, efectivamente, no pudo abrir la boca. Entonces las únicas diversiones consistían en hablar y en comer.

Con esto de la farándula he conocido a medio mundo. Recuerdo que fui una vez a casa de Baroja a contratarle un libro para el cine y le pregunté: “Don Pío, ¿cuánto quiere cobrar?”. Y él me contestó: “Lo corrientito, hijo, lo corrientito. Yo no soy como Unamuno, que cuando se entera de lo que cobra Ortega siempre pide un duro más”.

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Alarma

No todos los facinerosos que violan nuestra seguridad entran por la puerta de la calle con una pistola o un cuchillo

La basura digital, cargada de odio y estupideces, atraviesa cada día las paredes de nuestro hogar.
La basura digital, cargada de odio y estupideces, atraviesa cada día las paredes de nuestro hogar. GETTY IMAGES

 

A través de la radio, la publicidad de una empresa de seguridad nos hace saber de forma obsesiva que el mundo está lleno de maleantes que pueden violar nuestra casa a cualquier hora del día y de la noche. El anuncio nos propone una solución perentoria. Hay que instalar cuanto antes un sistema de alarma para evitar que nos desvalijen los ladrones. En efecto, eso les sucedió hace poco a unos amigos míos, una pareja con tres hijas. De madrugada, mientras la familia dormía, penetraron unos ladrones en su apartamento y se abrieron paso sigilosamente en la oscuridad con una linterna por todas las habitaciones. Solo se despertó la hija pequeña de 12 años y desde la cama vio con terror cómo una sombra entraba en su alcoba, abría los cajones del armario y se llevaba unas alhajas. Permaneció callada. Se hizo la dormida. Cuando el ladrón, que se había dado cuenta, terminó su trabajo, se acercó a la niña y en voz baja para no despertar a sus hermanas le dijo al oído: “Te has portado muy bien”. La sombra desapareció. A cada rato se repite esta publicidad paranoica. Ponga usted, como lo han hecho ya sus vecinos, una alarma en casa. El anuncio viene directamente avalado con las noticias verídicas de crímenes, robos y atracos que se producen a diario. Pero no todos los facinerosos que violan nuestra seguridad entran por la puerta de la calle con una pistola o un cuchillo. En esa tableta que usa Caperucita para sus juegos se puede colar un lobo a través de las redes dispuesto a devorarla; también atraviesa cada día las paredes de nuestro hogar toda la basura digital, cargada de odio y estupideces, ante la que estamos desprotegidos y nos vemos obligados a tragar. Estos maleantes invisibles nos llenan de mierda el cerebro durante el día y se meten de noche en nuestra cama, pero contra ese grave peligro nadie ha inventado todavía una alarma. 

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Lágrimas de leche y miel

postres leche y miel

Los postres, típicamente asociados a las fiestas religiosas y a las estaciones, son la mejor excusa para alargar las sobremesas. Su historia es milenaria. Y constituyen la materia prima perfecta para la experimentación de los modernos maestros de la cocina

EL FUMADOR no toma postres. Apenas termina el segundo plato, si está en casa, reclama el café y enciende un cigarrillo; si está en un restaurante se levanta y se va a fumar a la calle. En cambio, a quien se quita del tabaco los postres le sirven de remedio para demorar el momento en que tendrá que enfrentarse a esa llamada cruel con que la nicotina le exige su dosis. Si al dejar el tabaco el exfumador engorda cinco kilos de entrada se debe precisamente a que vuelve a tomar aperitivos y es capaz de devorar con ansiedad todos los dulces que quedan en la mesa al final del almuerzo.

Con la harina, el azúcar, la miel, el huevo, la leche, las frutas, las especias, el chocolate, entre otras muchas sustancias, se pueden realizar variaciones propicias para el gusto más refinado

Después del segundo plato y antes del postre se establece un intermedio en el que un vino exacto, tinto y con cuerpo acompaña al queso parmesano, al manchego, al de tetilla gallego, al de Cabrales; a la torta del Casar de Extremadura, y así sucesivamente hasta adentrarse en los quesos franceses y holandeses: brie, camembert, livarot, pont-l’évêque, roquefort; o el de gruyer de Suiza; o el chester y el stilton de Inglaterra. De los mil quesos posibles, el de cabra le lleva a uno a las montañas pentélicas del Ática, a la Judea del Antiguo Testamento y al desierto de Mahoma. Esta tabla de quesos se convierte ya en postre con el requesón con membrillo o la cuajada con miel, el mel i mató catalán, la ricota y la burrata italianas. La mermelada de membrillo unida a un queso apropiado es el postre más genuino porque en él se unen dos reinos, el vegetal y el animal, dos sabores contrarios, el dulce y el salado, dos culturas, una que llega de las abadías medievales, otra que habita en el fondo de la sabiduría popular.

Las frutas han constituido siempre el mejor calendario, y a la hora de los postres en la mesa deben significar el paso del tiempo. El invierno lo marcan las naranjas, la primavera llega anunciada por las fresas y las cerezas, que darán paso a los nísperos y albaricoques de junio. El aroma de los melocotones está asociado a la primera parte del verano, antes de que la cima de la canícula sea conquistada por los melones y sandías. Cuando la luz de septiembre comienza a dorarse, es el tiempo de la uva de moscatel, y el otoño está abierto a todas las manzanas. Y vuelta a empezar. Pero hoy en los mercados se encuentran productos de cualquier latitud del planeta que rompen la memoria codificada en el cerebro a través de la vida. Cada fruta a su tiempo, cultivada en un paralelo nuestro, fabricada a pleno sol, compartida con los pájaros, sin ayuda del invernadero.

Los postres también han servido de experimento para realizar sobre ellos una instalación o performance por los modernos maestros de la cocina. Con la ­harina, el azúcar, la miel, el huevo, la leche, las frutas, las especias, el chocolate, entre otras muchas sustancias, se pueden realizar infinitas variaciones propicias para el gusto más refinado, y en los modernos obradores los convierten en una pura representación de espuma. Se trata de presentarlos de modo que la forma enmascare la materia y solo adivines la sustancia cuando el postre atraviesa la bóveda del paladar. Pese a todo, la crema catalana, el siciliano tiramisú, que significa “tíreme hacia arriba”, y la tarta germánica de manzana, que son los reyes clásicos del mantel, hay que disolverlos con una grapa, aguardiente de orujo o vodka para que se caliente la lengua y no deje de ­hablar durante la larga sobremesa. 

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Líderes

Existen dos Españas, no la de derechas o de izquierdas, sino la de los políticos nefastos y la de los ciudadanos con talento

Una familia, en Manzanares el Real (Madrid).
Una familia, en Manzanares el Real (Madrid). SANTI BURGOS

Por organismos internacionales de toda solvencia España ha sido declarado el mejor país del mundo para nacer, el más sociable para vivir y el más seguro para viajar solos sin peligro por todo su territorio. Según The Economist, nuestro nivel democrático está muy por encima de Bélgica, Francia e Italia. Pese al masoquismo antropológico de los españoles, este país es líder mundial en donación y trasplantes de órganos, en fecundación asistida, en sistemas de detección precoz del cáncer, en protección sanitaria universal gratuita, en esperanza de vida solo detrás de Japón, en robótica social, en energía eólica, en producción editorial, en conservación marítima, en tratamiento de aguas, en energías limpias, en playas con bandera azul, en construcción de grandes infraestructuras ferroviarias de alta velocidad y en una empresa textil que se estudia en todas las escuelas de negocios del extranjero. Y encima para celebrarlo tenemos la segunda mejor cocina del mundo.

Frente a la agresividad que rezuman los telediarios, España es el país de menor violencia de género en Europa, muy por detrás de las socialmente envidiadas Finlandia, Francia, Dinamarca o Suecia; el tercero con menos asesinatos por 100.000 habitantes, y junto con Italia el de menor tasa de suicidios. Dejando aparte la historia, el clima y el paisaje, las fiestas, el folklore y el arte cuya riqueza es evidente, España posee una de las lenguas más poderosas, más habladas y estudiadas del planeta y es el tercer país, según la Unesco, por patrimonio universal detrás de Italia y China.

Todo esto demuestra que en realidad existen dos Españas, no la de derechas o de izquierdas, sino la de los políticos nefastos y líderes de opinión bocazas que gritan, crispan, se insultan y chapotean en el estercolero y la de los ciudadanos con talento que cumplen con su deber, trabajan y callan.

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Generación del 27, celos, confusión e inquina

Juan Ramón Jiménez tenía un orgullo literario fuera de toda medida

El poeta Rafael Alberti y la escritora María Teresa León, en una imagen tomada en torno a 1931.
El poeta Rafael Alberti y la escritora María Teresa León, en una imagen tomada en torno a 1931. EFE EL PAÍS

 

La Gaceta Literaria inició su publicación el 1 de enero de 1927 y se extinguió en mayo de 1932. Durante cinco años aglutinó a todos los escritores de la época en plena confusión ideológica. La dirigía Ernesto Giménez Caballero, vestido con mono azul eléctrico de tipógrafo vanguardista o de gris humo con cremalleras de plata, como inspector de alcantarillas. Según cuenta su director: “Algunos llegaron allí saludando con el brazo en alto y la mano abierta, como Alberti y César Arconada, y salieron con el puño cerrado. Creo que Alberti se hizo comunista por lo mismo que yo me hice fascista: por una mujer. María Teresa León se llevó a Alberti a las estepas rusas”.

Dice Rafael Alberti: “Yo me tiré a la calle el año 1926 con los estudiantes, sin saber absolutamente nada, ni qué era la República, ni qué quería decir fascismo, ni qué podía ser el comunismo, nada de nada, pero comprendí que mi sitio estaba allí. Si he levantado alguna vez el brazo es porque estaría borracho. Mis amigos poetas se hacían catedráticos o recibían dinero de casa, pero yo andaba con la salud destruida, tenía varias chapas en el pulmón y ninguna en el bolsillo, con cierto sabor metálico de sangre en la lengua luchando a muerte por sacar la cabeza”.

Me contó un día Pedro Sainz Rodríguez: “No sé si sabe usted que yo, por los años treinta, dirigí la CIAP, una editora que implantó por primera vez el sistema de abrir una cuenta de crédito a los escritores. En aquel tiempo, si se quería ayudar indirectamente a un escritor, se le daba un cargo, aunque fuera ficticio; por ejemplo, Manuel Bueno fue nombrado nodriza de la inclusa y así afanaba un dinero extra. En mi editorial, el escritor cobraba solo por escribir, con la modalidad de unas cantidades entregadas a cuenta. Allí conocí a Alberti y le publiqué su libro Sobre los ángeles; elegí los tipos, el papel, la composición. Entonces, a Alberti, yo le llamaba Villasandino, porque era muy pedigüeño, siempre estaba pidiendo anticipos. Y yo me acordaba del poeta del cancionero de Baena: ‘Señores, para el camino, dad al de Villasandino’. Cuando veía entrar a Alberti por la puerta ya sabía que venía a pedir. ‘Ya está aquí Villasandino”.

Es el mismo Rafael Alberti que asistió a aquella ceremonia de rebeldía juvenil con un grupo de amigos de la Generación del 27 y echó con ellos una meada llena de furor gongorino contra una pared de la Real Academia de la Lengua. “Ya sé que Alberti lo va contando por ahí, pero yo no lo recuerdo”, dice Dámaso Alonso, quien al regresar del exilio le propuso ser académico: “Mira, no quiero ser académico”, respondió Alberti, “porque no tengo ni siquiera el bachillerato y, además, un día me meé en aquellas paredes. ¿Qué iba a hacer ahí dentro?”.

Dámaso Alonso vivía por aquel tiempo en la calle de Rodríguez San Pedro, en la misma casa que Gabriel Miró. “Un día, nosotros supimos que lo iban a elegir para la Real Academia. Rafael Alberti estaba en mi casa y yo le propuse que bajáramos a felicitar a don Gabriel por su inminente nombramiento. Lo encontramos muy alegre. Recuerdo que se puso a bailar de puntillas una jota chasqueando los dedos en el aire. Luego no entró. Resulta que una orden religiosa, bueno, sí, sí, creo que fueron los jesuitas, se opuso a su ingreso en la Academia, alegando que había tratado mal a las figuras de la Pasión”.

“Al que más traté fue a Juan Ramón Jiménez”, añade Dámaso Alonso. “Le tuve gran admiración, pero luego sucedieron ciertas cosas. En fin, que aquel era un hombre muy raro. Primero te recibía bastante bien. A los poetas jóvenes los acogía con simpatía, pero cuando uno destacaba un poco y empezaba a tomar fama, enseguida lo apartaba de su amistad. Era muy mordaz. Por ejemplo, decía que al ir a sentarse un día en casa de Antonio Machado se encontró con que había un huevo frito en la silla. O cuando descubrió una vez escribiendo a Ricardo León en su alcoba en una mesa con tapete verde, frente a una copa de Anís del Mono y con los calzoncillos largos atados en los tobillos. A mí me tomó una inquina terrible. Él solía escribir esos insultos en unas hojas que mandaba imprimir y luego enviaba por correo a los amigos e interesados. Es curioso que nunca se habla de aquellas octavillas mordaces de Juan Ramón Jiménez, pero debe de haber gente que las conozca. Tenía un orgullo literario fuera de toda medida. Jorge Guillén le pidió una vez su colaboración para la revista Cuatro Vientos con la promesa de que su firma iría la primera. Luego sucedió que el número salió encabezado por un artículo de Unamuno. Juan Ramón mandó a Guillén un telegrama con estas palabras: ‘Retiradas mi colaboración y amistad stop’. En fin, no niego la importancia de Juan Ramón Jiménez. Tiene poemas muy buenos, pero también los tiene detestables”.

Entonces, como ahora, la Generación del 27 atravesó la confusión ideológica, la pasión, los celos, el amor y la inquina.

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Mística

Existen innumerables variaciones y posibilidades, pero póngase cómodo, relájese y elija la que esté más a su alcance en ese momento

Un turista mira la puesta de sol en el Cabo Greco cerca de Ayia Napa, Chipre.
Un turista mira la puesta de sol en el Cabo Greco cerca de Ayia Napa, Chipre. YIANNIS KOURTOGLOU / REUTERS

 

Existe un método de salvación al alcance de cualquiera que pretenda desintoxicarse de la basura política y moral que nos vemos obligados a tragar cada día. Se trata de huir hacia adentro en busca de ese vértice del espíritu en el que los cinco sentidos corporales, como vías del conocimiento, confluyen y se transforman en una sensación única de plenitud y bienestar. Para coronar esa cima no es necesario ponerse en manos de un maestro venerable en el Tíbet, puesto que los materiales de esa escalada espiritual los proporciona la propia naturaleza de forma gratuita. No hay que realizar un esfuerzo especial que no sea placentero; solo se requiere cierta práctica y un poco de concentración. Existen innumerables variaciones y posibilidades, pero póngase cómodo, relájese y elija la que esté más a su alcance en ese momento. Elija, por ejemplo, una bonita puesta de sol frente al mar, de forma que su mirada se sacie con todos los matices de la luz mientras acaricia con la yema de los dedos la copa de su licor preferido que tiene en la mano. Atienda al sonido profundo del oleaje y al ligero aroma de algas que le trae la brisa cargada de sal. Incorpore esas sensaciones a su conciencia. Siga concentrado. Ya son cuatro los sentidos que han sido capturados. Solo queda uno, el gusto, que actuará de disolvente para fundirlos en un punto de su memoria. Según Aristóteles, la memoria también es una vía del conocimiento. Cuando el licor fluya sobre la lengua deberá convocar un recuerdo agradable, tal vez unas palabras de amor o las risas de un verano o aquel éxito del que se siente orgulloso. Si añade a la dulzura del licor esa memoria feliz unida a los cinco sentidos, sentirá en la mente un placer explosivo, que por un momento le liberará de toda la mierda política y moral que le rodea. Esa es la mística pagana de salvación.

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Max Beckmann, el exorcista

El expresionismo de este artista cobra actualidad en los cuerpos mutilados de cada telediario

Max Beckmann, el exorcista
‘Los argonautas’, la obra que Max Beckmann terminó el mismo día de su muerte de un ataque al corazón, el 27 de diciembre de 1950, en el Thyssen. CARLOS ROSILLO

 

A principios del siglo XX, en los balnearios de Europa los burgueses alegres y confiados tomaban las aguas propicias y bailaban al son de orquestas de violines y trombones, sin saber que fuera de su preservada felicidad el mundo estaba a punto de saltar en pedazos. Algunos artistas fueron los primeros en presagiar esta tragedia. Pablo Picasso había sentenciado: “Cuando una figura no cabe en el cuadro se le cortan las piernas y se colocan a uno y otro lado de la cabeza”. El 28 de junio de 1914, en Baden Baden sonaba un vals bajo los perfumados tilos del parque y en medio de una perfecta armonía, de repente, la orquesta dejó de tocar. Algunos oyentes rodearon a un guardia que en ese momento estaba fijando en un tablón visible un cartel con la noticia de que el archiduque Francisco Fernando, heredero del trono del imperio austrohúngaro, y su mujer habían sido asesinados en Sarajevo.

Nadie dio demasiada importancia a ese hecho, de modo que el vals comenzó a sonar de nuevo desde el mismo compás en que se había interrumpido y aquellos felices burgueses siguieron ejerciendo su exquisita cortesía en los blancos sillones. Nadie supo explicar cómo sobrevino la guerra, pero de pronto aquel espejo de felicidad evanescente se llenó de sangre. La mayoría de pintores expresionistas alemanes, entre otros, George Grosz, Otto Dix, Erich Heckel, Ludwig Kichner y Max Beckmann ya habían presagiado en su obra este descuartizamiento de las figuras de carne y hueso que se avecinaba.

El pintor y escultor alemán Max Beckmann era reacio a que le encasillaran como expresionista. Rechazaba cualquier etiqueta. De hecho, después de la Primera Guerra Mundial, durante la República de Weimar, fue académico de las Artes, gozaba de reconocimiento y prestigio, exponía con éxito en las mejores galerías, impartía clases en centros oficiales y era agasajado por la crítica y por los representantes de la cultura establecida. Pero pasó el tiempo y, en abril de 1936, Beckmann se encontraba en Baden Baden, donde se celebraba también una fiesta y los acordes del vals sonaban bajo los mismos tilos en flor de 1914. Desde allí escribió a su segunda mujer, Matilde von Kaulbach, más conocida por Quappi, una carta llena de amarga ironía en la que describía el tenso ambiente que se respiraba entre los huéspedes del balneario: “Hoy vuelve a ser un radiante día de primavera en honor del Führer, con muchas esvásticas ondeando. Qué fantástico poder vivir este momento”. En poco tiempo, Beckmann pasó de recibir toda la veneración a ser acusado de bolchevique cultural por el Gobierno.

En 1937, comenzó el ataque sistemático del ministro de Propaganda del Tercer Reich, Joseph Goebbels, contra el arte moderno. Muchos cuadros de Beckmann fueron descolgados de los museos alemanes y sirvieron de tope en las puertas de los despachos de los burócratas del nacionalsocialismo, mientras se preparaba la gran exposición del arte degenerado en Múnich, donde los cuadros de los expresionistas se presentaron mal colgados, torcidos y arrumbados, de forma que el público pudiera someterlos a burla y desprecio. A partir de ese momento, Beckmann decidió abandonar Alemania y expresó ese propósito a algunos amigos exiliados. Hedda, una de las hermanas de Quappi, residente en Ámsterdam, a la sazón de paso por Baviera, simuló un viaje familiar y se los llevó a Holanda. El pintor ya no volvería más a su país. Murió en Nueva York en 1950.

La exposición Beckmann. Figuras del exilio, en el Museo Thyssen-Bornemisza, comisariada por Tomás Llorens, recoge 50 óleos, dos esculturas y una carpeta con 11 serigrafías, realizados por el pintor durante ambos exilios, el interior y el exterior. A la inauguración oficial asistió ayer el presidente de Alemania, Frank-Walter Steinmeier, de visita oficial en Madrid, lo que significa que Beckmann, en su día denostado por los nazis, recobró enseguida con creces la bendición oficial y ha sido exaltado por precios exorbitantes en las subastas, sin perder el efecto corrosivo que tiene de alegoría frente a la danza macabra del mundo de hoy.

La ciudad convierte al ser humano en un ente anónimo sin identidad. De hecho, cada ciudadano camina por la calle con el rostro convertido en un espectro. En esta nueva Babilonia electrónica se agitan los mismos payasos de entonces, las escenas de cabaret político se suceden hoy en los Parlamentos y el circo mediático acrecienta un interminable baile de máscaras.

En la etapa anterior a la Gran Guerra, Beckmann expresó su mundo con figuras redondeadas y con una serie de autorretratos. Luego, bajo el espejo evanescente de los felices años veinte, los burgueses decidieron olvidar la pasada carnicería y volvieron a bailar el vals y, mientras esta alegre fiesta sucedía, las criaturas de Beckmann comenzaron a adquirir una contorsión corporal casi diabólica, que no era sino la premonición de otra inminente tragedia que llegaba con la ascensión de Hitler al poder. Poco después, las imágenes de los campos de concentración convirtieron a Beckmann en un exorcista. El carnaval de violencia continúa, de forma que hoy el expresionismo de Max Beckmann se hace actualidad en cada telediario con la sucesión grotesca de cuerpos mutilados.

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En el salón

En la política española se confunden los espacios y hay quien se comporta en la cocina como si estuviera en el cuarto de baño

Joan Tardá, diputado de ERC, durante su comparecencía en el Congreso el pasado miércoles.
Joan Tardá, diputado de ERC, durante su comparecencía en el Congreso el pasado miércoles. ULY MARTÍN

 

Una familia educada sabe que cada instancia de la casa tiene sus propias normas de comportamiento. Según el machismo galante, antiguamente se decía que la mujer perfecta debía ser una dama en el salón, una artista en la cocina y una casquivana en la cama. En contrapartida, el feminismo rampante obliga hoy al varón a ser en el salón un perfecto caballero, en la cocina un colega siempre dispuesto a fregar los platos y en la cama un amante leal, apasionado y divertido. No se habla del cuarto de baño, donde en todo caso, hombre o mujer, se puede ser limpio y elegante o un cerdo. En la política también existen distintos espacios, cada uno con unas reglas muy estrictas. En el Parlamento, como en el salón de casa, se defienden públicamente los derechos humanos, se permite soñar con la independencia o con la unidad indisoluble de la patria, se establecen los buenos deseos de libertad y de justicia envueltos con grandes palabras. Estas cuestiones etéreas no se debaten en la cocina donde se guisa la inmediata realidad parda de cada día. No es imaginable que una familia bien educada confunda los espacios y se comporte ante las visitas en el salón como en la alcoba y en la cocina como si estuviera en el cuarto de baño, cosa que, en efecto, sucede en la política española cuando en el salón se debaten los grandes problemas y de pronto se oye que alguien arriba ha tirado de la cadena del váter y todos los ideales de paz, de consenso, de entendimiento, de diálogo han sido arrastrados hacia el desagüe por un torrente de mierda. Algunos diputados muy patriotas se comportan en el salón como en el retrete, los soberanistas catalanes guisan su ideal de independencia a medias con un mejunje de garbanzos que produce un flato insoportable y, por su parte, los medios de comunicación han convertido la política española en una impúdica cama redonda. Eso es todo.

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