Poeta sentado en un sillón celeste

Juan Gil-Albert era un valenciano de zapato blanco y café, de pantalón color barquillo y polo azul claro

El escritor Juan Gil-Albert, en una imagen sin datar.
El escritor Juan Gil-Albert, en una imagen sin datar.

 

El poeta Juan Gil-Albert era un valenciano de zapato blanco y café, de pantalón color barquillo y polo azul claro, el bigote blanco de escobilla y la piel un poco encendida. Así lo recuerdo de una tarde de verano en su casa, sentado en el mismo sillón celeste en el que había esperado durante tantos años la gloria literaria.

—Ando un poco abatido estos días —me dijo—. Últimamente he caído en unas depresiones tremendas, tengo extraños mareos, me he hecho analizar por mi médico y parece que después de todo me ha traído una buena noticia. Me ha dicho que no pase cuidado, que la mía es una enfermedad elegantísima. Se trata de una alergia, tal vez de una alergia al polen de las rosas amarillas.

Su padre era un gran industrial de Alcoy. Gil-Albert se recuerda en los años veinte, camino de Alicante a tomar los baños, vestido de marinerito en un Hispano-Suiza color gris verdoso descapotable y a su lado las señoras con pamelas de frutas con gasas anudadas en la barbilla. Cuando la familia se trasladó a Valencia, Gil-Albert iba al colegio de los escolapios en un carruaje tirado por una yegua que se llamaba Clavellina y allí su primer éxito fue el ser designado para entregar el anillo al cardenal Benlloch, sufragado entre los colegiales con los duros de plata de sus padres. Primero recitó un poema que ensalzaba a aquella eminencia valenciana y luego colocó en su dedo inflado el anillo pastoral. El cardenal Benlloch era un huertano orondo, barroco, enjoyado de pectorales, que causaba gran admiración en las mujeres.

Juan Gil-Albert se matriculó en Filosofía y Letras cuando era un dandi aprendiz de poeta, cliente habitual del bar restaurante Ideal-Room, de última moda, donde tomaba refrescos de estética floral. Por aquel tiempo sufrió un leve vahído de amor y se hizo novio de la hija del rector de la universidad, aunque la alucinación femenina duró muy poco. Pero muy pronto fue inoculado literariamente por Gabriel Miró. El futuro escritor se propuso conocerlo y para ello se trasladó a Madrid.

—Yo tenía apenas veinte años. Me instalé en el Savoy. Llamé a Gabriel Miró por teléfono, oí su voz timbrada, ligeramente pastosa, de las que resuenan en la bóveda del paladar. La cita fue para la tarde. Yo llevaba sombrero duro, traje negro, abrigo inglés semientallado de color canela, botas de charol con suela de antílope, bastón claro y, colgado de una cintilla de moaré, un monóculo inservible montado en una circunferencia de oro.

En casa de Gabriel Miró había muebles robustos, nogales y caobas, nada espectacular ni atildado. Olía a sahumerio. Miró tenía el físico, el rostro natural de su prosa, los rasgos cincelados y la mirada azul, vestido de negro, la mano blanca, los dedos alargados pero no esqueléticos. Me acogió diciéndome: “¿Qué hace usted aquí? Váyase de Madrid, aquí se pierde el tiempo, váyase al campo, a su Alcoy y escriba”. Parecía un desplazado.

Gil-Albert rompió de pronto a escribir en prosa y luego, en 1934, publicó el primer libro de versos. Contra todo pronóstico, cuando llegó la República, aquel joven dandi tomó el partido del pueblo, de aquellos extraños seres que en su dorada niñez había visto moverse dentro de una nube de borra en Alcoy; siguió a su lado durante la revolución de Asturias y al llegar la guerra se alistó en la Alianza de Intelectuales Antifascistas, fue secretario de la revista Hora de España y salió saltando barrancos hacia el exilio.

—En México, un día, me crucé por la calle con el poeta León Felipe. Se detuvo a saludarme. “¿Cómo vas así. Pareces un mendigo?”, me dijo. “Ven mañana a casa”. Un grupo de escritores norteamericanos había girado fondos para remediar situaciones lastimosas entre los refugiados y León Felipe era el encargado de administrarlo. Me dio un cheque. Y, en seguida, con el hambre encima, me fui a una elegantísima tienda inglesa. Me armé de valor y entré. Elegí un suéter, y para llevarlo con él, una leve corbata de foulard, color humo, con pequeñas motas blancas; pedí también productos Yardley, jabón de afeitar, polvos de talco, loción y sales. Luego pagué las compras con un gesto desprendido que había olvidado.

De regreso a España, en 1947, después de ocho años exilio en México, de pronto se vio como el único varón vivo de toda la familia y tuvo que asumir la responsabilidad de dirigir el negocio de casa. Los amigos se echaron las manos a la cabeza. Un poeta hermético, de alma quebradiza como Gil-Albert, cortando el bacalao en el consejo de administración de un gran negocio de ferretería, era cosa de ver. Un esteta que iba por la vida de anarquista grecolatino, firmaba letras de cambio como endecasílabos. Y así hasta llegar a la quiebra en un rapto de inspiración. El poeta contempló la llegada de la ruina con impasibilidad estética.

Juan Gil-Albert se sentó, como si nada hubiera pasado, en este sillón celeste y siguió tejiendo un labrado de sensaciones esfumadas, de siluetas reflejadas en un cristal helado. Veinte años sumergido en el silencio y de pronto un día la nueva juventud descubrió a este dulce ácrata y el éxito llenó de júbilo su jubilación.

https://elpais.com/cultura/

La luna

La felicidad consiste sobre todo en que el cuerpo guarde silencio por dentro

Una escena de
Una escena de ‘Calígula’, dirigida por Mario Gas.

 

Los hombres mueren y no son felices, exclama el Calígula de Albert Camus. Es evidente que el tiempo es un aliado natural de la muerte y en este combate contra el destino el resultado ya está de antemano escrito, pero la felicidad puede concedérsela uno a sí mismo si no pide más de lo necesario. Calígula solo era un inmaduro. Pedía la luna. Pero la luna dejó un día de ser una metáfora de lo inalcanzable y su conquista no ha añadido a los mortales ni un gramo más de felicidad. La luna de Calígula está aquí en la tierra donde cualquiera que remonte el río de la memoria hallará un aroma, el tacto en otra piel, un sabor en el paladar, el sonido de una música evanescente o una imagen velada en el espejo del pasado cuyo recuerdo le nublará el cerebro y le hará saltar las lágrimas de placer. Un instante de esta felicidad da sentido a toda una vida y en esas sensaciones hay que apoyar la palanca para sobrevivir. No seré yo quien se atreva a imponer a nadie una receta para ser feliz. Prohibido volver la vista atrás y hacer balances. Pero a la hora de alcanzar la luna de Calígula en mi caso este año han sido suficientes dos o tres buenas películas, dos exposiciones de pintura, algunas sobremesas agradables con amigos, tres o cuatro libros, el mar gratuito, un jazz escogido para el crepúsculo, una radiografía y una analítica favorables como un viaje a ninguna parte en busca de dioses derribados en los intestinos. Considero que si estos fueran frutos agrarios no sería una mala cosecha. La felicidad consiste sobre todo en que el cuerpo guarde silencio por dentro. ¿Qué te duele? Nada. ¿Qué esperas? Que suene el teléfono con una noticia agradable que te permita en medio de la basura tirar de la vida hacia una primavera inexorable hasta la sandía abierta del verano. Después nada, salvo un verso de Hörderlin, como si fuera siempre un día de fiesta.

https://elpais.com

Ideología

Un viejo marxista, que guardaba en la memoria toda la rebeldía de un pasado revolucionario, era anteayer uno más en la cola de doña Manolita que esperaba comprar un décimo de la lotería de Navidad

Colas y ambiente ante la administración de Doña Manolita en la calle del Carmen.rn
Colas y ambiente ante la administración de Doña Manolita en la calle del Carmen. KIKE PARA EL PAÍS

 

Un viejo marxista, que guardaba en la memoria toda la rebeldía de un pasado revolucionario, era anteayer uno más en la larga cola de doña Manolita que esperaba comprar lotería de Navidad. Es la última ideología que le queda. Hace 40 años votó al Partido Comunista porque creía que una papeleta en la urna era la única arma que la democracia le entregaba para luchar por la igualdad y la justicia; luego, a lo largo de los años militó en diversas formaciones políticas para acomodar sus sueños a la realidad. La salvación del mundo podía esperar. Desde el socialismo y la socialdemocracia derivó hacia una derecha europeísta, pero tal vez por un fracaso amoroso o algún cargo que esperaba y no llegó o simplemente por la frustración que acompaña a la edad, el viejo marxista fue acogido con un cabreo existencial cada día más acrecentado contra sí mismo y el mundo entero, y sin darse cuenta se vio incendiando las redes y las tertulias con despropósitos, opiniones violentas e insultos a sus antiguos camaradas. Un día se declaró de extrema derecha, cosa que tampoco sació por completo su inquieto corazón y atormentado cerebro. Su nostalgia de los perdidos ideales de juventud, una vez podridos, lo ha devuelto a la España del No-Do y hoy es partidario de los huevos a la flamenca sobre la mesa, de la familia tradicional, de misa de doce los domingos seguida de aperitivo con gambas al ajillo, de encierros y corridas de toros, de belenes, procesiones, peinetas y mantillas de Jueves Santo, de cazuela de tordos en los bares de carretera, un rancio almanaque que comparte con su adicción a la lotería, a la Primitiva y a la Bonoloto, su última barricada. No se sabe hasta dónde le llevará la cólera contra su pasado a este viejo marxista, porque tampoco esta vez le ha tocado ni siquiera el reintegro en la lotería de Navidad.

https://elpais.com

Confusión

Los políticos lanzan palabras confusas, ambivalentes, algunas llenas de mesura destinadas al cerebro y otras cargadas de odio y fanatismo que van a parar a los intestinos

Inés Arrimadas interpela a Quim Torra en el Parlament tras la polémica por las acciones de los CDR.
Inés Arrimadas interpela a Quim Torra en el Parlament tras la polémica por las acciones de los CDR.ANDREU DALMAU EFE

 

El mayor castigo que sufre la humanidad es el de la confusión de lenguas que se produjo al pie de la torre de Babel. Desde entonces estamos condenados a no entendernos por el hecho de poder dar a una misma palabra un significado distinto. Por ejemplo, que conquistador para unos sea sinónimo de héroe y para otros de genocida, que el soldado y el terrorista coincidan en la misma persona, que unos llamen víctima a lo que otros llaman verdugo, que un patriota pueda ser a la vez un idealista, un romántico y un fascista. Estar dispuestos a matarse para imponer el significado de la palabra libertad, Constitución, democracia, pueblo, nación, independencia, España, Cataluña, interpretadas por cada bando a su conveniencia, en esto consiste el castigo de Babel, la trágica ceguera de la historia. Si las unidades de medida, un litro, un metro, un kilo, una yarda, una libra, un galón, cada uno las entendiera y aplicara a su antojo de forma distinta, sin duda la catástrofe económica y social sería inenarrable. Por fortuna, en esto no hay discusión, cosa que no sucede con las palabras confusas, ambivalentes que lanzan los políticos, algunas llenas de mesura destinadas al cerebro y otras cargadas de odio y fanatismo que van a parar a los intestinos. Por desgracia, entre España y Cataluña ya solo rige la tercera ley de Newton: por cada acción se produce una reacción igual y opuesta, en este caso impulsada por las palabras intestinales que lanzan por la boca los radicales de ambos bandos, y, en ellas, la palabra guerra se emite ya sin pudor para sustituir a las formas enmascaradas de sacrificio, conflicto o confrontación eslovena. Según la copla lorquiana, primero jaleo, después alboroto y finalmente vamos al tiroteo, o sea, vamos alegremente con la forma estúpida de búfalos ciegos a la guerra civil como si se tratara de un evento deportivo.

https://elpais.com

Analfabetos

En realidad somos ya los últimos mohicanos de un mundo analógico que desaparece

Un hombre con un teléfono móvil. rn
Un hombre con un teléfono móvil. GETTY IMAGES

 

Cuando de chaval regresaba de vacaciones al pueblo, en el bar siempre había algún viejo labrador que requería mi ayuda para que le explicara lo que estaba leyendo a duras penas en el periódico y no acababa de entender. Quería saber el significado de algunas palabras, le molestaba que hubiera tantos puntos y comas. Cuando en medio de una trabajosa lectura se embarrancaba acudía en su rescate, y solo por eso creía que yo era un superhombre. Durante las prácticas de milicias en el cuartel, una de mis obligaciones consistía en enseñar a leer y escribir a algunos soldados llegados de la España profunda. Era una labor ardua, pero muy agradecida, sobre todo si al redactar las cartas a su novia ponía por mi cuenta las mejores palabras de amor. Después de tantos años, frente a la cultura digital me reconozco ahora en el viejo campesino iletrado o en el soldado del cuartel que al final del servicio militar sudaba y jadeaba a la hora de escribir una frase correcta. A menudo, hoy me toca a mí pedirle a un niño de 12 años que me resuelva el problema si el ordenador se atranca como un pollino de arriero y no obedece aunque lo aporree como se hacía con la radio. Entre la yema de los dedos y las tripas del móvil, de la tableta y del ordenador se extiende un espacio galáctico en cuya maraña la gente de cierta edad ya no se reconoce. La tecnología informática nos va convirtiendo poco a poco en analfabetos. En realidad somos ya los últimos mohicanos de un mundo analógico que desaparece. Pese a todo, la incultura digital nos reserva todavía alguna ventaja. Libre de la tiranía y la basura de las redes, sobrevolando semejante albañal, uno se siente en cierto modo incontaminado, feliz de no tener aplicaciones y de manejar las cuatro reglas del ordenador como un juguete de niño, con la agradable sensación de vivir flotando al margen ya de la historia.

https://elpais.com

En el Prado

La obra de Bartolomé Bermejo causó un efecto inquietante entre los más jóvenes

La flagelación de Santa Engracia.
La flagelación de Santa Engracia. BARTOLOMÉ BERMEJO

 

Detrás de la banderita que enarbolaba el guía, un caudaloso grupo de turistas chinos se adentró en la sala donde se expone la severa pintura religiosa de Bartolomé Bermejo en el Museo del Prado. Todos llevaban instalada en el rostro la sonrisa que en ellos es consustancial. A simple vista parece que siempre sonríen de la misma forma, pero no es así. Los chinos tienen sonrisas de agrado, de desprecio, de reproche, de odio, de felicidad, de admiración y también de terror. Se trata de una expresión milenaria llena de matices que solo ellos saben interpretar. El grupo de turistas chinos, todos con la sonrisa puesta, penetraron en la penumbra de la sala en cuyas paredes colgaban los cuadros terroríficos de Bartolomé Bermejo, pintados para escarmiento de los fieles. Los chinos contemplaron sonriendo mártires descuartizados, Cristos crucificados, espaldas azotadas por los sayones, sepulcros abiertos, muertos vivientes con las carnes tumefactas, calaveras y arcángeles vengadores que hundían su espada en las vísceras de las víctimas. Una niña de rostro de porcelana quiso saber por qué crucificaban, acuchillaban y azotaban a esos señores. El traductor de español acudió en ayuda del guía chino y dijo: “Los sometían a toda clase de tormentos porque eran santos muy buenos y se portaban bien”. Esta ruda explicación pasó de unos a otros y todos los chinos sonrieron al saber que en nuestra cultura cristiana te expones a que te crucifiquen si eres bueno. “¿Y si te portas mal?”, insistió la niña. “Entonces, te dejan tranquilo”, contestó el guía. Todas las sonrisas de los chinos ante las pinturas macabras de Bermejo permanecían imperturbables y era imposible descifrarlas, pero tal vez la exposición causó un efecto inquietante entre los más jóvenes hasta el punto que sus ojos rasgados se habían vuelto redondos a causa del espanto.

https://elpais.com/

Confesión en el bar del Palace

Lorca nunca quiso conocer a Jardiel porque decía que era un autor festivo, mientras Unamuno cobraba siempre un duro más que Ortega

Una mujer en el bar del hotel Palace.
Una mujer en el bar del hotel Palace. CRISTÓBAL MANUEL

El café de La Coupole de París estaba a punto de emerger sobre el solar de una carbonería y por otra parte los dueños de la Rotonde habían comprado la carnicería de al lado para ampliar el local. El decorado estaba ya preparado para el gran espectáculo. De pronto se levantó el telón y comenzaron a actuar los locos más maravillosos del mundo, unos genios hacinados en aquel tramo del bulevar de Montparnasse en el periodo de entreguerras.

Ir por la acera pisando poetas alucinados, que se habían arrojado desde los aleros al vacío tocando el violín, abrirse paso en la niebla de los cafés dando codazos a Hemingway, a Scott Fitzgerald, a Picasso, a Modigliani, a Foujita, a Henry Miller; ver a los pintores surrealistas cómo se reblandecían los callos con pediluvios de cocaína, esa era la rutina dorada en las cuatro esquinas de aquel barrio, donde se concentró la mayor densidad de talento que se ha dado en la historia.

Santiago Ontañón, pintor y escenógrafo de la generación del 27 también estaba allí, convertido ya en un animal de tertulia. Al final de su vida en el bar del hotel Palace oí su confesión ante un oporto de media tarde.—De aquel tiempo de París recuerdo a Unamuno, exiliado por la dictadura, a quien solía acompañar de madrugada a casa desde Montparnasse a L’Etoile sirviendo de frontón a sus monólogos hasta que don Miguel tomó de sustituto a un zapatero español que había sido voluntario en la Gran Guerra.

Por allí andaba Josep Pla, corresponsal de un periódico de Barcelona. El día en que lo conocí estábamos en la mesa hablando de literatura rusa y él asentía a todo con sus ojos sonrientes de mongol. Alguien le preguntó: “¿Y a usted, Pla, qué le parece Dostoievski?”. Y él contestó: “Una mierda. Dostoievski es una olla podrida. Yo ahora estoy leyendo a Virgilio”.

Otro que estaba en nuestra peña de la Rotonde era Luis Buñuel, echando pulsos a todo el mundo. Físicamente parecía un toro y eso fue lo que de Buñuel atrajo a los surrealistas de París, porque entonces esa gente entraba en los cines y rompía las butacas si la película no le gustaba. Y Buñuel era un buen elemento si había que repartir leña. Por lo demás, tenía una personalidad arrolladora, con mucho ascendiente sobre nosotros, en plan mandón. Por ejemplo, estábamos en una reunión y decía: “Bueno, chicos, vamos a decir tonterías, pero media hora nada más, ¿eh?”. Y de repente, con voz de energúmeno, cortaba: “Bueno, basta ya”. Y callábamos todos.

El pintor y escenógrafo Ontañón regresó a España en los primeros años veinte y se incorporó a la peña de pintores y escritores, en la Granja de El Henar. Cuando a las dos de la madrugada lo echaban de allí, se iba al café Castilla, donde acudían periodistas, actores, autores y las chicas del coro de Celia Gámez. Y después estaba la tertulia del Lyon, y allí veía pasar a los falangistas, a José Antonio, a Ledesma Ramos, a Alfaro, que bajaban al sótano de la Ballena Alegre.

Al llegar a Madrid me encontré con que el ambiente de aquí estaba marcado por la gente que yo había conocido en París. Éramos los mismos. Enseguida, Regino Sainz de la Maza me presentó a Lorca en un hotel de la calle de Alcalá. Recuerdo que se estaba afeitando y me recibió a gritos con la cara enjabonada. Después ya fui con él a la Residencia de Estudiantes, y ahí estaban todos.

Llegar a la amistad con Federico era muy difícil, porque la Residencia funcionaba como una masonería, con un aire muy elitista. Alguien tenía que darte el espaldarazo; de lo contrario, no entrabas. Por ejemplo, Lorca no quiso conocer nunca a Jardiel Poncela, con el que yo me veía todos los días. Se lo quise presentar varias veces, pero Federico decía: “No, no; ese es un autor festivo”. Ni tampoco a Gómez de la Serna, el amo de la tertulia de Pombo. Federico era un juglar, capaz de pasarse meses sin parar de hablar; pero no podía soportar el segundo plano; por ejemplo, estaba en la peña de la Granja de El Henar o en el café Lyon y siempre se oía su voz entre risotadas. Todo el mundo pendiente de lo que él decía. Pero si de repente otro cualquiera empezaba a contar algo que se llevaba la atención del auditorio, entonces Lorca decía: “Bueno, tengo que ir a no sé dónde”. Y se marchaba.

A la media hora volvía con tema nuevo y recuperaba la primera posición en la tertulia. En casa del diplomático chileno Carlos Morla cenábamos casi todas las noches. En una ocasión me dijo Lorca: “Viene mañana Ramón Gómez de la Serna. No le vamos a dejar hablar. Cuando yo flojee, entras tú con lo que sea”. Y, efectivamente, no pudo abrir la boca. Entonces las únicas diversiones consistían en hablar y en comer.

Con esto de la farándula he conocido a medio mundo. Recuerdo que fui una vez a casa de Baroja a contratarle un libro para el cine y le pregunté: “Don Pío, ¿cuánto quiere cobrar?”. Y él me contestó: “Lo corrientito, hijo, lo corrientito. Yo no soy como Unamuno, que cuando se entera de lo que cobra Ortega siempre pide un duro más”.

https://elpais.com/cultura

Alarma

No todos los facinerosos que violan nuestra seguridad entran por la puerta de la calle con una pistola o un cuchillo

La basura digital, cargada de odio y estupideces, atraviesa cada día las paredes de nuestro hogar.
La basura digital, cargada de odio y estupideces, atraviesa cada día las paredes de nuestro hogar. GETTY IMAGES

 

A través de la radio, la publicidad de una empresa de seguridad nos hace saber de forma obsesiva que el mundo está lleno de maleantes que pueden violar nuestra casa a cualquier hora del día y de la noche. El anuncio nos propone una solución perentoria. Hay que instalar cuanto antes un sistema de alarma para evitar que nos desvalijen los ladrones. En efecto, eso les sucedió hace poco a unos amigos míos, una pareja con tres hijas. De madrugada, mientras la familia dormía, penetraron unos ladrones en su apartamento y se abrieron paso sigilosamente en la oscuridad con una linterna por todas las habitaciones. Solo se despertó la hija pequeña de 12 años y desde la cama vio con terror cómo una sombra entraba en su alcoba, abría los cajones del armario y se llevaba unas alhajas. Permaneció callada. Se hizo la dormida. Cuando el ladrón, que se había dado cuenta, terminó su trabajo, se acercó a la niña y en voz baja para no despertar a sus hermanas le dijo al oído: “Te has portado muy bien”. La sombra desapareció. A cada rato se repite esta publicidad paranoica. Ponga usted, como lo han hecho ya sus vecinos, una alarma en casa. El anuncio viene directamente avalado con las noticias verídicas de crímenes, robos y atracos que se producen a diario. Pero no todos los facinerosos que violan nuestra seguridad entran por la puerta de la calle con una pistola o un cuchillo. En esa tableta que usa Caperucita para sus juegos se puede colar un lobo a través de las redes dispuesto a devorarla; también atraviesa cada día las paredes de nuestro hogar toda la basura digital, cargada de odio y estupideces, ante la que estamos desprotegidos y nos vemos obligados a tragar. Estos maleantes invisibles nos llenan de mierda el cerebro durante el día y se meten de noche en nuestra cama, pero contra ese grave peligro nadie ha inventado todavía una alarma. 

https://elpais.com

Lágrimas de leche y miel

postres leche y miel

Los postres, típicamente asociados a las fiestas religiosas y a las estaciones, son la mejor excusa para alargar las sobremesas. Su historia es milenaria. Y constituyen la materia prima perfecta para la experimentación de los modernos maestros de la cocina

EL FUMADOR no toma postres. Apenas termina el segundo plato, si está en casa, reclama el café y enciende un cigarrillo; si está en un restaurante se levanta y se va a fumar a la calle. En cambio, a quien se quita del tabaco los postres le sirven de remedio para demorar el momento en que tendrá que enfrentarse a esa llamada cruel con que la nicotina le exige su dosis. Si al dejar el tabaco el exfumador engorda cinco kilos de entrada se debe precisamente a que vuelve a tomar aperitivos y es capaz de devorar con ansiedad todos los dulces que quedan en la mesa al final del almuerzo.

Con la harina, el azúcar, la miel, el huevo, la leche, las frutas, las especias, el chocolate, entre otras muchas sustancias, se pueden realizar variaciones propicias para el gusto más refinado

Después del segundo plato y antes del postre se establece un intermedio en el que un vino exacto, tinto y con cuerpo acompaña al queso parmesano, al manchego, al de tetilla gallego, al de Cabrales; a la torta del Casar de Extremadura, y así sucesivamente hasta adentrarse en los quesos franceses y holandeses: brie, camembert, livarot, pont-l’évêque, roquefort; o el de gruyer de Suiza; o el chester y el stilton de Inglaterra. De los mil quesos posibles, el de cabra le lleva a uno a las montañas pentélicas del Ática, a la Judea del Antiguo Testamento y al desierto de Mahoma. Esta tabla de quesos se convierte ya en postre con el requesón con membrillo o la cuajada con miel, el mel i mató catalán, la ricota y la burrata italianas. La mermelada de membrillo unida a un queso apropiado es el postre más genuino porque en él se unen dos reinos, el vegetal y el animal, dos sabores contrarios, el dulce y el salado, dos culturas, una que llega de las abadías medievales, otra que habita en el fondo de la sabiduría popular.

Las frutas han constituido siempre el mejor calendario, y a la hora de los postres en la mesa deben significar el paso del tiempo. El invierno lo marcan las naranjas, la primavera llega anunciada por las fresas y las cerezas, que darán paso a los nísperos y albaricoques de junio. El aroma de los melocotones está asociado a la primera parte del verano, antes de que la cima de la canícula sea conquistada por los melones y sandías. Cuando la luz de septiembre comienza a dorarse, es el tiempo de la uva de moscatel, y el otoño está abierto a todas las manzanas. Y vuelta a empezar. Pero hoy en los mercados se encuentran productos de cualquier latitud del planeta que rompen la memoria codificada en el cerebro a través de la vida. Cada fruta a su tiempo, cultivada en un paralelo nuestro, fabricada a pleno sol, compartida con los pájaros, sin ayuda del invernadero.

Los postres también han servido de experimento para realizar sobre ellos una instalación o performance por los modernos maestros de la cocina. Con la ­harina, el azúcar, la miel, el huevo, la leche, las frutas, las especias, el chocolate, entre otras muchas sustancias, se pueden realizar infinitas variaciones propicias para el gusto más refinado, y en los modernos obradores los convierten en una pura representación de espuma. Se trata de presentarlos de modo que la forma enmascare la materia y solo adivines la sustancia cuando el postre atraviesa la bóveda del paladar. Pese a todo, la crema catalana, el siciliano tiramisú, que significa “tíreme hacia arriba”, y la tarta germánica de manzana, que son los reyes clásicos del mantel, hay que disolverlos con una grapa, aguardiente de orujo o vodka para que se caliente la lengua y no deje de ­hablar durante la larga sobremesa. 

https://elpais.com/

 

Líderes

Existen dos Españas, no la de derechas o de izquierdas, sino la de los políticos nefastos y la de los ciudadanos con talento

Una familia, en Manzanares el Real (Madrid).
Una familia, en Manzanares el Real (Madrid). SANTI BURGOS

Por organismos internacionales de toda solvencia España ha sido declarado el mejor país del mundo para nacer, el más sociable para vivir y el más seguro para viajar solos sin peligro por todo su territorio. Según The Economist, nuestro nivel democrático está muy por encima de Bélgica, Francia e Italia. Pese al masoquismo antropológico de los españoles, este país es líder mundial en donación y trasplantes de órganos, en fecundación asistida, en sistemas de detección precoz del cáncer, en protección sanitaria universal gratuita, en esperanza de vida solo detrás de Japón, en robótica social, en energía eólica, en producción editorial, en conservación marítima, en tratamiento de aguas, en energías limpias, en playas con bandera azul, en construcción de grandes infraestructuras ferroviarias de alta velocidad y en una empresa textil que se estudia en todas las escuelas de negocios del extranjero. Y encima para celebrarlo tenemos la segunda mejor cocina del mundo.

Frente a la agresividad que rezuman los telediarios, España es el país de menor violencia de género en Europa, muy por detrás de las socialmente envidiadas Finlandia, Francia, Dinamarca o Suecia; el tercero con menos asesinatos por 100.000 habitantes, y junto con Italia el de menor tasa de suicidios. Dejando aparte la historia, el clima y el paisaje, las fiestas, el folklore y el arte cuya riqueza es evidente, España posee una de las lenguas más poderosas, más habladas y estudiadas del planeta y es el tercer país, según la Unesco, por patrimonio universal detrás de Italia y China.

Todo esto demuestra que en realidad existen dos Españas, no la de derechas o de izquierdas, sino la de los políticos nefastos y líderes de opinión bocazas que gritan, crispan, se insultan y chapotean en el estercolero y la de los ciudadanos con talento que cumplen con su deber, trabajan y callan.

https://elpais.com