La Tierra sobrevivirá; nosotros, tal vez no

Por ADAM FRANK 

La Tierra sobrevivirá; nosotros, tal vez no
La fotografía de la Tierra tomada por William Anders desde el Apolo 8 en 1968 CreditWilliam A. Anders/NASA

En 1968, el astronauta William Anders miró hacia afuera desde su cápsula en la misión Apolo 8 que orbitaba alrededor de la Luna y vio a la Tierra de color azul que emergía sobre el grisáceo horizonte lunar. Fue la primera vez que alguien vio un “amanecer lunar” y la foto que tomó se volvió icónica.

En ella, nuestro planeta se ve solo y frágil en contraste con lo negro del espacio. A cincuenta años, la foto de Anders sigue siendo un resumen visual de la apremiante necesidad de salvar al planeta de nuestro pésimo comportamiento. Pero ¿qué tal si hemos malinterpretado el significado real de esa imagen? De hecho, ¿qué quiere decir eso de “salvar” a la Tierra?

Si el vehículo espacial de Anders hubiera alcanzado la cima lunar 55 millones de años antes, se habría encontrado con un sofocante planeta selvático tan caliente que casi no tenía hielo ni nieve. Si la visita hubiera ocurrido 700 millones de años atrás, habría visto una “bola de nieve”, pues la Tierra estaba cubierta por capas de hielo de kilómetros de grosor. Y si hubiera aterrizado en nuestro planeta hace 3000 millones de años, su primera experiencia, de haberse quitado el casco, habría sido una muerte rápida por asfixia. Esa Tierra, que ya albergaba vida, tenía aire, pero no oxígeno.

Todas estas versiones de la Tierra tienen algo en común: estaban profundamente moldeadas por la vida. Fue la vida que actuaba a través de los microbios lo que ayudó a echar a andar algunas de las fases de “bola de nieve” de la Tierra. Fue la vida en la forma de bacterias de un azul verdoso lo que le dio por primera vez a la Tierra su atmósfera de oxígeno. Desde que el geoquímico Vladimir Vernadsky acuñó el término “biósfera”, los científicos han considerado a la vida como un actor en igualdad de condiciones en el drama de la historia de la Tierra.

La biósfera es una potencia cósmica por derecho propio. Es una fuerza planetaria que canaliza energías enormes que fluyen desde el Sol y las transforma en rondas sinfín de innovación evolutiva impredecible. Esa fuerza le da a la Tierra y a su biósfera una resiliencia a largo plazo que hoy en día debemos imaginar por completo para comenzar a asimilar el cambio climático que estamos provocando.

Hablamos de “salvar” a la Tierra como si fuera un conejito que necesitara de nuestra ayuda. Mostramos imágenes de osos polares demacrados sobre hielos flotantes que se derriten para provocar un sentimiento de culpa e incitar a la acción a favor del medioambiente. Sin embargo, esas imágenes y reportajes nos ciegan ante la realidad de este momento destacado en la historia de la Tierra.

Nuestro planeta no necesita que lo salvemos. La biósfera ha soportado cataclismos mucho peores que el que representamos nosotros y tras millones de años prosperó de nuevo. Incluso las cinco temibles extinciones masivas en la Tierra se convirtieron en posibilidades para la creatividad de la biósfera y generaron nuevas rondas de experimentos evolutivos. Después de todo, así fue como nosotros, los mamíferos de cerebros grandes, terminamos dominando la Tierra en lugar de nuestros antecesores, los dinosaurios. Como alguna vez lo dijo la gran bióloga Lynn Margulis: “Gea es una dura resistente”. A la larga, la biósfera se hará cargo de prácticamente cualquier cosa que le arrojemos, incluyendo el cambio climático.

No obstante, lo que la historia de la Tierra sí deja en claro es que, si no tomamos las medidas correctas pronto, la biósfera simplemente seguirá su curso sin nosotros, y creará nuevas versiones de sí misma en el clima cambiante que estamos generando ahora. Así que seamos sinceros: el problema no es salvar a la Tierra ni a la vida en general, sino salvar a nuestra apreciada civilización. Desde esa perspectiva, la naturaleza de nuestras opciones cambia significativamente.

La última era del hielo terminó hace aproximadamente diez mil años y el planeta entró en un largo periodo de estabilidad mayoritariamente cálido y húmedo. Los científicos llaman a esta época geológica el Holoceno. La historia completa de nuestra civilización ocurre dentro de esta etapa. Todas nuestras revoluciones en la agricultura, la construcción de ciudades y la industria han sucedido durante el Holoceno. Pero este periodo está terminando ahora y nosotros lo hemos provocado. El impacto humano, en particular el cambio climático, está alterando el funcionamiento del planeta.

En respuesta, los científicos ven surgir una nueva época en la evolución de la Tierra, que llaman el Antropoceno. Sin embargo, la creación de una versión sustentable a largo plazo de la civilización en el Antropoceno plantea un nuevo y profundo conjunto de preguntas que seguirán siendo un misterio para nosotros mientras sigamos obsesionados con salvar a la Tierra.

Por ejemplo: ¿qué es la naturaleza? Desde la perspectiva de la biósfera, una ciudad no es fundamentalmente distinta de un bosque. Ambos son resultado de los interminables experimentos evolutivos de la vida. Y los bosques, igual que los pastizales, los insectos y los microbios productores de oxígeno, fueron alguna vez una innovación evolutiva. En ese sentido nosotros, y nuestro proyecto civilizatorio, no somos una plaga en el planeta. Solo somos lo que la biósfera está haciendo en este momento. Así que la pregunta se convierte en qué cambios debemos hacer para seguir siendo “lo que está haciendo” dentro de varios milenios.

Una civilización de nuestra escala siempre tendrá efectos en la biósfera. Imaginarse algo distinto es ignorar las leyes de los planetas que hemos descubierto muy recientemente (las leyes de la física, la química y la biología). También es ignorar la propia historia de la biósfera, en la que las especies ubicuas y “exitosas” siempre tienen un impacto. Nuestra misión no puede ser eliminar el impacto, lo que sería imposible dado nuestro tiempo de vida, sino tener el tipo correcto de impacto reducido.

Tenemos que establecer una relación cooperativa con la biósfera —que ni siquiera hemos imaginado aún— en la que todos se beneficien. Esto implica entender lo que hace a la biósfera —con nosotros todavía en ella— más fuerte, innovadora y resiliente. No obstante, es poco probable que todas las especies de la Tierra hagan ese viaje con nosotros. Puede ser que el fitoplancton microscópico le importe más a este tipo de biósfera saludable que nuestros amados osos polares. Tendremos que enfrentar decisiones difíciles con profundas consecuencias éticas. Pretender que podemos extender el Holoceno a perpetuidad sin esas consecuencias nos puede conducir a un desastre mayor que hacerles frente con conocimiento.

Reconocer esto —que a la larga la Tierra continuará sin nosotros— no nos absuelve de la necesidad de actuar de manera urgente. No justifica la negación del cambio climático ni el vandalismo ecológico. Tampoco significa que somos libres para imponer sufrimiento a otras criaturas terrestres. En cambio, es aceptar la verdadera escala de nuestras responsabilidades con el planeta. Significa que debemos convertirnos en agentes de algo que la Tierra no ha visto antes: una biósfera consciente de sí misma y que puede actuar con miras a su futuro con compasión y sabiduría.

Adam Frank es profesor de Astrofísica en la Universidad de Rochester y autor de “Light of the Stars: Alien Worlds and the Fate of the Earth”.

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Los animales ya se adaptan al plástico: este coral prefiere alimentarse de microplásticos

Los animales ya se adaptan al plástico: este coral prefiere alimentarse de microplásticos

SERGIO PARRA

La contaminación de microplásticos de nuestros océanos es un hecho: en las aguas del fondo oceánico, se ha advertido la presencia de microplásticos en cantidades que van desde 2,06 a 13,51 piezas por litro, cifras mucho mayores que las que se encuentran en la superficie.

Sin embargo, ya hay animales que se han adaptado evolutivamente a ellos, como es el caso de este tipo de coral que prefiere alimentarse de microplásticos.

Astrangia poculata

Astrangia poculata es nativa de aguas poco profundas en el Océano Atlántico occidental y el Mar Caribe, y según un reciente estudio, se alimenta de microplásticos. Los especímenes que el equipo recolectó fueron encontrados en la costa de Rhode Island, cerca de la ciudad de Providence. El sitio fue seleccionado debido a su proximidad a una gran área urbana.

Lo que se descubrió es que cada pólipo contenía al menos 100 trozos de microplástico, la primera instancia registrada de plástico que consume coral en la naturaleza.

Pero lo más sorprendente es lo que pasó luego. El equipo arrojó microperlas en tanques de coral criados en el laboratorio junto con su comida normal, los huevos de camarón. Cuando luego cortaron los corales para abrirlos, descubrieron que había dos veces más plástico en sus pólipos que huevos de camarón. Los investigadores afirman que esto demuestra que el coral tiene una fuerte preferencia por las trazas de plástico sobre los alimentos naturales.

Astrangia poculata crece en pequeños grupos de hasta 5 cm de ancho. Los pólipos individuales son grandes y se sientan en copas pedregosas conocidas como coralitos. Los pólipos son translúcidos y la colonia tiene un aspecto peludo cuando se expande. En aguas cálidas y con altos niveles de luz, este coral a menudo aloja en sus tejidos a protistas simbióticos que producen la fotosíntesis, conocidos como zooxantelas. En condiciones más frías o con poca luz, las zooxantelas ya no pueden ser beneficiosas para el coral y pueden ser expulsadas.

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Stefano Mancuso, el hombre que habla con las plantas

El botánico italiano es uno de los divulgadores más interesantes e influyentes del reino vegetal. En esta entrevista cuenta cómo nació su amor por las plantas y las complejidades de la inteligencia vegetal que constituye el 81,8 por ciento de la vida de nuestro planeta.

Por JORGE CARRIÓN 

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Junto a los pabellones de Australia, Birmania, Rusia o el Reino Unido, en la Trienal de Milán puedes visitar el de la Nación de las Plantas. A través de datos estadísticos, instalaciones vegetales y vídeos de experimentos, la muestra nos recuerda que sin el reino botánico no existirían el oxígeno ni la atmósfera ni los alimentos. De ese reino depende la vida entera del planeta Tierra.

El recorrido se abre con una imagen gigante que ilustra nuestra ceguera vegetal: aunque predominen los árboles, los arbustos o las flores en ese rincón de la selva, estamos programados genéticamente para fijarnos sobre todo en ese tigre que nos mira, agazapado, en una esquina.

La sala en que unos espejos multiplican la vegetación, el vídeo que revela que la actividad química de las raíces es muy similar a la de un cerebro o el dispositivo luminotécnico y musical en que descubrimos cómo se comunican entre ellas todas las partes de una planta comparten el objetivo de hacer visible una dimensión de la realidad a la que nunca le hemos prestado la atención que merece.

El proceso de visibilización culmina en los dos últimos espacios, donde escuchamos el discurso de la Nación de las Plantas en la sede de Naciones Unidas de Nueva York y donde leemos su Constitución. La voz y la prosa pertenecen a Stefano Mancuso, director del Laboratorio Internacional de Neurobiología Vegetal de la Universidad de Florencia, autor de varios libros de referencia sobre la sensibilidad y la inteligencia de las plantas y curador de la exposición.

Stefano Mancuso, el hombre que habla con las plantas
Una vista del pabellón de La Nación de las Plantas en la Triennale de Milán CreditGianluca di Ioia/Triennale de Milán

Si la entrada —con su tigre— se encuentra junto a la fascinante The Great Animal Orchestra, la salida da al resto de los pabellones nacionales, sin puertas ni barreras, porque como recuerda Carlo Sgarzi —asistente del comisario—, “la nación vegetal no tiene fronteras y cree que todos los individuos son siempre recursos, no costes ni problemas”.

No es extraño que Mancuso haya recurrido a los códigos de la ciencia ficción para conceptualizar su último proyecto: “Si llegara al planeta Tierra una nave alienígena, su tripulación seguramente se dirigiría a las plantas, vería en ellas a sus interlocutores naturales, pues constituyen el 81,8 por ciento de la vida de nuestro planeta”, afirma el investigador y divulgador. “Y a la inversa: para poder entenderlas, para poder narrarlas, hay que pensar que las plantas son extraterrestres”.

Una vocación tardía

Cabello y barba grises, Mancuso es un hombre de aspecto tranquilo, a quien imaginas fácilmente hablando con las plantas de su laboratorio en esa misma voz baja que templa cada una de sus frases, para enunciar con absoluta normalidad ideas y afirmaciones que atentan contra las definiciones que circulan sobre qué significa ser humano, contra todo lo que nos han enseñado.

“Darwin es uno de mis héroes de la infancia, porque era un viajero, un explorador, capaz de estar cinco años fuera de casa”, me cuenta el autor de Uomini che amano le piante. Pero fue en la edad adulta cuando se dio cuenta de la auténtica envergadura del personaje: “Tal vez sea el mayor científico de la historia, hay que pensar que en su época la ciencia —no la religión, la ciencia— creía que los seres vivos eran creación divina, el salto que nos hizo dar no tiene precedentes”.

Gracias a esa tradición de sabios que miraron, que prestaron atención, que escucharon a las plantas, Mancuso acabó abducido por su campo de estudio. ¿Cuál es el origen de su interés por el reino vegetal? “Lo he hablado con muchos colegas botánicos: ninguno de nosotros conserva un recuerdo de la niñez en que sintiera un interés genuino por las plantas”, me responde. “Se trata de una pasión muy intelectual, no es intuitiva, por tanto no es propia de la infancia, sino de la edad adulta”.

Stefano Mancuso, el hombre que habla con las plantas
The Great Animal Orchestra CreditThe Fondation Cartier

El otro día su padre le envió una foto en que aparece de niño mirando con mucho interés una gran hoja y le dijo: ¿ves cómo desde siempre te interesaron las plantas? Pero él le respondió que en realidad no se fijó en ellas hasta que empezó a realizar sus propios experimentos, durante su doctorado en Pisa a fines de los años ochenta. Fue entonces cuando vivió sus semanas eureka.

Construyó un recipiente de cristal para estudiar cómo reaccionan las raíces ante la presencia de un obstáculo. Según el conocimiento de la época, la raíz chocaría contra esa presencia inesperada y después se desplazaría en forma de zigzag sobre su superficie, hasta lograr esquivarla y proseguir su camino. Él vio con sus propios ojos que, en realidad, algunos centímetros antes del contacto, la raíz ya comenzaba a desviarse, para rodear el problema sin llegar a rozarlo.

No solo eso: la raíz tomaba su camino por la izquierda o por la derecha según fuera más rápido. Y en el caso de que estuviera descendiendo por el centro exacto, en el 50 por ciento de las ocasiones optaba por un lado, y en el otro 50 por ciento, por el otro.

“Yo no me esperaba nada de eso, estaba dispuesto a observar lo que se suponía que ocurriría según lo que había leído, y a trabajar a partir de esos datos, pero de pronto me di cuenta de que la planta podía percibir y decidir, que había algún tipo de sensibilidad y de inteligencia en ella”, me dice con un eco de aquella emoción todavía rebotando en sus pupilas. “Sigo trabajando en la dimensión que me abrió aquel primer experimento”.

“La Nación de las Plantas reconoce y garantiza la práctica de la ayuda recíproca y el apoyo mutuo entre las comunidades naturales de seres vivos”.STEFANO MANCUSO

Hijo de un general y de una maestra, ambos ahora merecidamente jubilados, Mancuso se crio en una caserna militar de Catanzaro, la capital de Calabria que antaño fue famosa por su industria de la seda. “Se llama Franco”, me dice con una media sonrisa, “ya sé en España un general que se llame Franco suena fatal”. Su padre era un oficial atípico, que nunca quiso que sus hijos siguieran su carrera: “Mi hermano menor, Gianluca, de hecho, intentó ingresar en la academia y mi padre llamó por teléfono a un colega para hacer que no lo admitieran”.

Fue su madre, Rosaria, y su otro hermano, Michele, quienes más influyeron, directamente o indirectamente en el futuro del joven Stefano. Ella, siempre cultivando sus flores, siempre rodeada de plantas, le comunicó su amor por la botánica. Él, dos años mayor que Mancuso, sufre una discapacidad que obligó a sus padres a llevarlo a diversos especialistas de toda Italia: “Fue en aquellas largas esperas médicas cuando me aficioné a la lectura, me acuerdo totalmente de la primera novela que leí entera, una de Emilio Salgari, El tesoro del presidente del Paraguay”, y se ríe. Después llegaron las ficciones de Alexandre Dumas y de Julio Verne y las obras de los clásicos de la literatura, aunque cursó el bachillerato en el Liceo Científico.

Stefano Mancuso, el hombre que habla con las plantas
CreditGalaxia Gutenberg

La caserna era —en su recuerdo— un lugar perfecto para el ejercicio de la libertad y para el constante descubrimiento. Un espacio de varias hectáreas, vallado, vigilado, absolutamente seguro, donde “yo podía explorar libremente, pasar horas en soledad, entendiendo cómo funcionaba el mundo”. En cuanto cumplió 15 años también empezó a viajar solo. Un verano recorrió Italia y otro, Francia e Inglaterra. Pero fue en el mar de Calabria, durante las vacaciones escolares, cuando conoció de adolescente a quien sería y sigue siendo sus esposa, Anna Maria.

Escogió Florencia para sus estudios superiores en parte por ella, que es del norte de Italia. “Pero entré en Ingeniería Agrícola porque pensaba que tenía más salida profesional que Física o que Biología, no porque ya supiera cuál era mi vocación”, me confiesa. No fue hasta los estudios de posgrado en Pisa cuando llegó el experimento con las raíces, la sorpresa, la lenta iluminación.

Inteligencia vegetal

¿Sería posible nuestro conocimiento actual del mundo vegetal sin la ayuda de la última tecnología?, le pregunto: “Hay una que ha sido central, porque hace sesenta años era muy compleja y ningún botánico la utilizaba, y ahora en cambio se puede aplicar con un teléfono móvil: la cámara rápida”. Mediante esa técnica fotográfica se puede observar en pocos minutos cómo una planta se ha movido durante días o meses.

Mancuso es un colaborador nato. En la mayoría de sus libros encontramos cuatro manos. El que lo hizo internacionalmente conocido, Sensibilidad e inteligencia en el mundo vegetal, lo escribió con la periodista Alessandra Viola; en Biodiversos dialogó con Carlo Petrini, el líder del movimiento Slow Food (comida lenta); y El increíble viaje de las plantas está ilustrado por Grisha Fischer. “La mayoría de las fotografías de El futuro es vegetal son mías”, apunta, “creo que la imagen tiene una potencia superior para comunicar los mensajes”.

Stefano Mancuso, el hombre que habla con las plantas
CreditGalaxia Gutenberg

La Nazione delle Piante, en cambio, es puro texto, porque se trata de desarrollar los artículos que conforman la Constitución de esa nación sin Estado ni fronteras. Una vuelta de tuerca a los argumentos de El futuro es vegetal —el mejor que ha escrito—, en que explicó por qué en el reino vegetal están las claves para corregir los atentados que la humanidad ha cometido contra el planeta.

“La nación de la plantas no reconoce la jerarquía animal, fundada en centros de mando y funciones específicas, y promueve las democracias vegetales difusas y descentralizadas”, leemos en el artículo tercero. Y en el octavo y último: “La Nación de las Plantas reconoce y garantiza la práctica de la ayuda recíproca y el apoyo mutuo entre las comunidades naturales de seres vivos”. El estudioso de las plantas se ha convertido en su portavoz, en su abogado, para revitalizar el género de la utopía.

Su exposición en la Trienal de Milán, de hecho, contrasta con la muestra central, Broken Nature, comisariada por la prestigiosa curadora Paola Antonelli, que explora a través del arte y del diseño cómo el ser humano ha roto sistemáticamente sus vínculos con el planeta. En ella predomina la distopía.

Se trata de la segunda incursión de peso de Mancuso en el ámbito museístico. El verano pasado sorprendió con El Experimento de Florencia, un proyecto con el artista Carsten Höller: los visitantes se tiraban por un tobogán alucinante con una planta en el regazo y después podían comparar, gracias a los sensores, cómo habían reaccionado ambos cuerpos durante la caída. La estructura era, por supuesto, de inspiración vegetal.

También hay una sintonía radical entre la forma y el contenido en las canciones de Botanica, el disco y espectáculo que Mancuso concibió con Deproducers y que ha recorrido los escenarios de toda Italia. Así, el tema en que se habla de la fotosíntesis reproduce en su partitura los ritmos de ese proceso; o cuando se refiere a la dendrocronología simula musicalmente los aros concéntricos que crecen en el interior de los árboles.

Stefano Mancuso, el hombre que habla con las plantas
CreditGalaxia Gutenberg

Mancuso no cesa de ensayar maneras de narrar esos otros seres vivos, que —de tan presentes— no hemos visto durante millones de años. Las plantas son tan raras, según nuestros parámetros antropocéntricos, que están diseñadas para ser comidas por los animales. Así logran que estos las protejan, las cultiven, las alimenten, las hagan viajar.

Sus estrategias de supervivencia y de adaptación han sido, desde siempre, totalmente distintas de las animales, porque las plantas apostaron por las raíces, por el sedentarismo. Su necesaria relación con las especies motrices siempre se basó en la seducción. Las plantas nos seducen sobre todo por su fruto, a través de él se aseguran de que las cuidaremos y las difundiremos. Como dice Mancuso: “El tabaco invierte un 30 por ciento de su energía, más o menos lo que un ser humano invierte en su vivienda, en producir nicotina, con el único objetivo de generar dependencia en los animales que lo consuman”.

El error es pensarlas “como animales minusválidos, a quienes les falta algo, movimiento, cerebro, mirada”. Y concluye: “Hay que acercarse a ellas al revés, sin el prejuicio animal: son una forma increíble de inteligencia, como de otro planeta”.

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GERARD MANLEY HOPKINS, UNO DE LOS MÁS GRANDES POETAS, SOBRE VER POR PRIMERA VEZ UNA AURORA BOREAL

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HOPKINS, EL GRAN POETA QUE CELEBRÓ LA BELLEZA INCANDESCENTE DEL MUNDO, DESCRIBE LAS LUCES DEL NORTE


The world is charged with the grandeur of God.
    It will flame out, like shining from shook foil;
    It gathers to a greatness, like the ooze of oil
Crushed. Why do men then now not reck his rod?

Gerard Manley Hopkins

Gerard Manley Hopkins, uno de los más grandes poetas en lengua inglesa, fue uno de los espíritus más sensibles a la belleza del mundo. El también jesuita consideró el mundo creado como una teofanía, como la vibrante sinfonía de una inteligencia divina, y la labor del hombre y la naturaleza, la celebración en alabanza de esa belleza. 

Sin duda, uno de los fenómenos naturales que generan más asombro son las auroras. En una entrada de su diario, Hopkins describe este maravilloso encuentro:

Septiembre 24, 1870

Vi por primera vez las auroras boreales. Mi ojo fue arrobado por los haces de luz y oscuridad como la corona de rayos córneos que hace el Sol detrás de una nube. Primero pensé en una nube plateada hasta que vi que éstos eran más luminosos y no apagaban la claridad de las estrellas de la Osa. Se alzaron irradiando levemente desde la línea de la tierra. Luego vi suaves pulsos de luz uno tras otro surgir y desaparecer por encima en un arco, pero parpadeantes y con el arco roto. Parecían flotar, y no seguir la curvatura de la esfera como las estrellas fugaces aparentan, sino libres aunque concéntricas con ella. Esta labor frenética de la naturaleza completamente independiente de la tierra, y que parece acaecer en unos instantes que no pueden ser medidos por nuestras medidas de días y años, sino que son un tiempo más simple, como si corrigiera la preocupación del mundo al solo preocuparse con y apelar al Día del Juicio, fue como un nuevo testigo de Dios y me llenó de un delicioso terror.

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Conoce a los pájaros vampiro de las Galápagos

Por JOSHUA SOKOL 

Conoce a los pájaros vampiro de las Galápagos
Un pinzón vampiro bebiendo sangre de un alcatraz o piquero de Nazca. Los pinzones solo recurren a su dieta vampírica en tiempos difíciles y, cuando lo hacen, se ponen en riesgo. CreditJaime Chaves

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Durante la mitad del año, una pequeña ave de color café en la región más septentrional de las islas Galápagos usa su pico extremadamente afilado para recolectar semillas, néctar e insectos. Sin embargo, cuando el ambiente se torna seco, bebe sangre.

Te presentamos al pinzón vampiro. Sí, así como lo leíste.

Los pinzones de las Galápagos han sido, desde la época de Charles Darwin, uno de los ejemplos más claros del funcionamiento evidente de la evolución. Y el Geospiza septentrionalis es un pinzón de Galápagos particularmente atípico: una de las pocas aves en el mundo que extrae y bebe sangre de manera intencional; además, solo se encuentra en las islas Wolf y Darwin, dos de los lugares más remotos y restringidos de todo el archipiélago.

El pinzón vampiro tiene un método. Primero, vuela hacia la espalda de un alcatraz de Nazca en reposo, picotea la base del ala del ave marina y bebe. La sangre mancha el plumaje blanco del alcatraz. Otros pinzones se congregan alrededor para esperar su turno, o para observar y aprender. Como los alcatraces adultos (también llamados bobos) pueden volar y escapar, estos ataques casi nunca son letales.

La ingesta de sangre es una dieta poco común, y un trabajo de investigación publicado en 2018 reveló que los pinzones vampiro han desarrollado bacterias especializadas en su intestino que ayudan con su digestión. Un dato aún más sorprendente, según un artículo publicado hace poco en la revista Philosophical Transactions of the Royal Society B, es que algunas de estas bacterias son similares a las que se encuentran en los murciélagos vampiro de Centroamérica y Suramérica.

Se Jin Song, bióloga de la Universidad de California, campus San Diego, y autora principal del estudio, había estudiado con anterioridad la evolución convergente de las bacterias intestinales. ¿Acaso animales dispares que llevan una alimentación como si fueran la dieta popular del momento —comer solo hormigas y termitas, por ejemplo— desarrollan una microbiota intestinal similar con el paso del tiempo evolutivo?

Los pinzones vampiro, que fueron vistos por primera vez en 1964, le dieron a Song la oportunidad de observar intestinos de bebedores de sangre de diferentes ramas del árbol de la vida.

Conoce a los pájaros vampiro de las Galápagos
Los pinzones hacen fila para beber la sangre de un alcatraz. CreditJaime Chaves

Los pinzones bebedores de sangre no llevan una vida fácil. Solo recurren a su dieta vampírica en tiempos difíciles. La sangre tiene un contenido peligrosamente alto de sal y hierro, y bajo de nutrientes esenciales como las vitaminas B. Los murciélagos vampiro enfrentan los mismos retos alimentarios.

Song ya había recopilado datos sobre los murciélagos vampiro y para comparar a estos animales con las aves colaboró con colegas que trabajaban en las Galápagos, quienes recolectaron muestras de excremento de pinzones vampiro.

Cuando el equipo de Song comparó los genomas bacterianos en el excremento del pinzón vampiro con las bacterias en el intestino del murciélago vampiro, descubrió pocas similitudes. No obstante, como lo describió el equipo en el artículo científico reciente, los dos microbiomas intestinales sí tenían un ingrediente en común que podría ayudar a digerir la sangre: altos niveles de Peptostreptococcaceae, una familia de bacterias que se piensa que ayudan a procesar el sodio y el hierro.

A pesar de que estos murciélagos y aves siguieron caminos evolutivos muy diferentes para llegar a su estilo de vida como bebedores de sangre, “fue muy interesante que se haya encontrado que tenían algo en común”, dijo Song.

En las Galápagos, los colegas de Song —Jaime Chaves, de la Universidad de San Francisco de Quito, y Daniel Baldassare, biólogo investigador— están analizando si los pinzones han desarrollado alguna de las proteínas de efecto analgésico o anticoagulante que los murciélagos vampiro usan en sus víctimas.

A Chaves todavía le asombra el “privilegio” de ver a los pinzones vampiro en el acto.

“Ser testigo de un comportamiento tan único es una de las cosas más gratificantes para un científico”, comentó.

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Descubren una criatura marina extinta atrapada en ámbar de hace 99 millones de años

Este pariente de los calamares vivió en lo que hoy es Myanmar

La pieza de ámbar con 40 animales en su interior

La pieza de ámbar con 40 animales en su interior – NIGPAS

Numerosas criaturas extintas que vivían en los bosques hace millones de años han sido encontradas atrapadas en ámbar.Insectos, una araña con colalagartos,ranas e incluso un pájaro entero, del que se aprecian desde la cabeza y las alas hasta las patas. Sin embargo, como es lógico, es mucho más raro dar con vida marina preservada por la savia que brota de un árbol. Un equipo internacional ha tenido la suerte de encontrar un ejemplar inédito: se trata de una amonita, un animal marino pariente de los calamares que vivió hace 99 millones de años en lo que hoy es el norte de Myanmar.

Según explican los autores en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS), esta amonita es la primera atrapada en ámbar jamás descubierta. La «joya» mide 33 mm de largo, 9,5 mm de ancho, 29 mm de alto y pesa 6,08 g. También encierra un conjunto diverso de organismos que hoy viven en tierra o en el mar, incluidos al menos 40 animales individuales.

De la fauna terrestre que se encuentra en el ámbar, los ácaros son los más abundantes. También están presentes arañas, milpiés, cucarachas, escarabajos, moscas y avispas, la mayoría de las cuales habrían vivido en el suelo del bosque. De la marina, además de la propia amonita, están presentes los caracoles de mar y otros crustáceos isópodos como los que viven en las orillas en la actualidad.

Los investigadores del Instituto de Geología y Paleontología de la Academia China de las Ciencias en Nanjing utilizaron la tomografía microcomputada de rayos X para obtener imágenes tridimensionales de alta resolución de la amonita, incluidas sus enrevesadas suturas, que son importantes para identificarlas. De esta forma, descubrieron que la amonita es una Puzosia juvenil (Bhimaites).

La amonita
La amonita – NIGPAS

Misterio resuelto

Pero, ¿cómo diantres esta criatura, que vive en el mar, fue a parar a un pedazo de ámbar que también contiene animales terrestres? Todas las conchas presentes están vacías y no tienen tejidos blandos, por lo que los organismos estaban muertos desde hace mucho tiempo en el momento en que fueron envueltos por la resina. La capa exterior de la amonita está rota y la entrada llena de arena. El ámbar también contiene arena adicional.

La explicación más probable para la aparición de organismos marinos y terrestres a la vez dentro del ámbar es que los árboles productores de resina estaban cerca de una playa de arena cubierta de conchas. Los insectos voladores quedaron atrapados en la resina mientras aún estaban en el árbol. A medida que la resina fluía por el tronco, iba atrapando otros organismos que vivían cerca del pie del árbol. Al llegar a la playa, sepultó las conchas y echó el guante para siempre a los crustáceos que vivían allí.

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Este nuevo dinosaurio descubierto tiene alas de murciélago

Este nuevo dinosaurio descubierto tiene alas de murciélago

Su fósil, hallado en 2017 por un granjero local en la provincia de Liaoning (China), estaba bien conservado, y nos revela que el dinosaurio tenía el tamaño de un pájaro. Es así el segundo dinosaurio conocido con alas membranosas, además de Yi qi, que vivió 2-3 millones de años más tarde.

Una producto evolutivo efímero

Ambopteryx, de aproximadamente 32 centímetros de largo y aproximadamente 306 gramos de peso, era ciertamente capaz de planear, si bien es difícil saber si podría lograr el vuelo con impulso.

Las alas de membrana en los dinosaurios parecen haber sido un producto evolutivo de corta duración, tal y como señala el paleontólogo Min Wangdel Instituto de Paleontología y Paleoantropología de Vertebrados de la Academia China de Ciencias, y autor principal de este estudio que describe al dinosaurio publicado en la revista Nature:

Durante mucho tiempo, pensamos que las alas emplumadas eran el único aparato de vuelo. Sin embargo, estos nuevos descubrimientos muestran claramente que las alas membranosas también evolucionaron en algunos dinosaurios estrechamente relacionados con las aves. En conjunto, la amplitud y la riqueza de la experimentación relacionada con el vuelo es mayor de lo que se pensaba anteriormente durante la transición dinosaurio-ave. Estamos viendo solo la punta del iceberg.

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Los peces abisales ven los colores casi en la oscuridad

Descubren un superpotente sistema de visión en especies que viven a 1.500 metros de profundidad

Peces de aguas profundas con visión mejorada: malcarado plateado (Diretmus argenteus), ojo de tubo (Stylephorus chordatus) y pez linterna (Benthosema sp)
Peces de aguas profundas con visión mejorada: malcarado plateado (Diretmus argenteus), ojo de tubo (Stylephorus chordatus) y pez linterna (Benthosema sp) – Pavel Riha, University of South Bohemia, Ceske Budejovice

En las profundidades de los océanos de la Tierra, a 1.500 metros bajo el nivel del mar, el mundo es oscuro. Hasta ahora, los investigadores creían que los peces que habitaban esos negros abismos no veían los colores. Pero estaban equivocados. Un nuevo estudio publicado en la revista «Science» ha descubierto que algunos peces abisales están equipados de un sistema visual no descrito previamente que les permite distinguir tonos entre la negrura. Estos ojos superpotentes son capaces de detectar las señales bioluminiscentes de los órganos emisores de luz que tienen muchas de las criaturas de las profundidades, y así diferenciar rápidamente a una presa de un depredador en un ambiente hostil en el que los unos se comen a los otros en la oscuridad. La investigación ha sido realizada por un equipo internacional liderado por la Universidad de Basilea (Suiza).

Los vertebrados, incluidos los humanos, utilizan dos tipos de células fotorreceptoras, bastones y conos, para poder ver. «Los conos se usan en condiciones de luz brillante, mientras que los bastones se usan generalmente con luz tenue», explica Fabio Cortesi, científico del Instituto del Cerebro de UQ Queensland.

El pez linterna tiene órganos bioluminiscentes y un mayor número de genes de rodopsina
El pez linterna tiene órganos bioluminiscentes y un mayor número de genes de rodopsina – Zuzana Musilová, Charles University, Praga

Las células que nos permiten ver

Tanto los bastones como los conos contienen unas proteínas llamadas opsinas que absorben la luz en longitudes de onda específicas. La visión del color en los vertebrados se debe al hecho de que los conos usan alrededor de cuatro opsinas diferentes, una variedad que permite la sensibilidad a una amplia gama de colores. En los seres humanos, por ejemplo, estas longitudes de onda son el rango rojo, verde y azul del espectro de la luz. Es lo que nos permite apreciar el azul del cielo, el verde de las hojas de los árboles o el estallido rojo de una flor abierta.

Sin embargo, el 99% de todos los vertebrados tiene solo una opsina en sus bastones, por lo que la mayoría son ciegos al color en condiciones de luz tenue. Los peces de aguas profundas que viven entre 200 y 1.500 metros bajo la superficie no son una excepción.

«Allá abajo es muy monocromático, y la mayoría de los peces solo perciben la luz azul», afirma Fanny de Busserolles, especialista en ecología visual en aguas profundas. «Pero hemos descubierto algunas excepciones espectaculares».

Un nuevo sistema visual

Al analizar 101 genomas de peces, el equipo internacional de científicos liderados por biólogos evolutivos de la Universidad de Basilea reveló un novedoso sistema visual que, en lugar de usar una sola opsina para ver en la oscuridad, como la mayoría de los otros vertebrados, se basa en múltiples opsinas sintonizadas para cubrir una amplia gama de la bioluminiscencia emitida por organismos de aguas profundas.

El pez víbora (Chauliodus) tiene un prominente órgano bioluminiscente debajo de su ojo
El pez víbora (Chauliodus) tiene un prominente órgano bioluminiscente debajo de su ojo – Wen-Sung Chung, Universidad de Queensland

«Encontramos que 13 especies tenían más de un gen de opsina de bastón, y uno, el pez espinoso plateado (Diretmus argenteus), tenía 38 de estas opsinas», afirma Cortesi. El análisis de la secuencia de genes y los experimentos sobre cómo funcionan las opsinas sugirieron que estos peces pueden captar una amplia gama de longitudes de onda de la luz, lo que significa que probablemente vean muchos colores.

Diretmus argenteus es el vertebrado con el mayor número de genes de opsina.
Diretmus argenteus es el vertebrado con el mayor número de genes de opsina. – Alexandra Viertler, Universidad de Basilea

Para el investigador, esta habilidad podría haber evolucionado como un arma de supervivencia. «Hay muchos colores de bioluminiscencia, la luz producida y emitida por organismos vivos, allí abajo, y aparece principalmente en los destellos que vienen de otros peces. Si quieres sobrevivir allí, necesitas decidir rápidamente si estás viendo un depredador o presa potencial», señala. Por ejemplo, el rape atrae a sus presas con sus órganos bioluminiscentes.

«Parece que los peces de aguas profundas han desarrollado esta visión basada en rodopsina múltiple varias veces de forma independiente, y que esto se usa específicamente para detectar señales bioluminiscentes», explica por su parte Walter Salzburger, de la Universidad de Basilea y coordinador del equipo internacional. Salzburger indica que esta característica otorga una ventaja evolutiva para ver mucho mejor tanto a las presas como a los depredadores potenciales.

Los investigadores señalan que este hallazgo puede «ayudar a redefinir el paradigma actual de la visión de la evolución de los vertebrados», tal y como ha ocurrido para otras familias al utilizar la lectura del genoma.

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El legado perdido de Copito de Nieve

Quince años después de su muerte, el famoso gorila no tiene tumba ni estatua, sus huesos y su piel permanecen bajo llave y las otras partes de su cuerpo que se donaron a la ciencia han estado a punto de perderse por falta de financiación.

Copito de Nieve, el gorila albino

Copito de Nieve, el gorila albino Zoo de Barcelona

En la mañana del 24 de abril de 2004, un pequeño grupo de personas se reunió en el zoo de Barcelona para enterrar las cenizas de Copito de Nieve, el famoso gorila albino que había muerto unos meses antes tras enfermar de cáncer de piel. Sus cenizas se enterraron en una urna biodegradable junto a las semillas de un árbol africano que debía crecer en su recuerdo. Quince años después, no hay restos de aquel árbol y el lugar fue tapado por el zoológico tras unas reformas. Además, en el interior de aquella urna solo había una pequeña parte del cuerpo de Copito, porque el resto se había donado a la ciencia. “La urna contenía básicamente las vísceras, que se llevaron a una incineradora”, reconoce Jordi Portabella, por entonces presidente del zoo y segundo teniente de alcalde de Barcelona. “También se hicieron moldes de la cara y de las manos para hacer una estatua, pero que yo sepa no se han utilizado nunca”.

Los huesos y la piel del gorila albino descansan ahora en un cajón del Museo de Ciencias Naturales de Barcelona, bajo llave y lejos del público. “Aquí tenemos todo el esqueleto, una parte del músculo y el resto de la piel”, explica su directora Anna Omedes, que ya era la máxima responsable del museo en 2004. En aquel momento hubo una dura disputa entre el zoo y el museo sobre el destino que debían tener los restos de Copito. “Nosotros nos vimos en la obligación de recordar que un destino evidente de Copito era nuestro museo”, recuerda Omedes. “Enviamos un informe y comunicamos a las autoridades del Ayuntamiento que teníamos un convenio y éramos los receptores de las piezas del zoo. Considerábamos que Copito era un gorila y como tal nos interesaba”.

Se firmó un acuerdo para que el museo guardara los huesos y la piel con la condición de no exhibirlos nunca

“Se crearon dos posiciones muy claras”, recuerda Portabella. “Anna Omedes encabezaba la de quererlo disecar para el museo de historia natural, y la mía, que era la de dar el cuerpo a la ciencia e incinerar el resto”. En su opinión, la opción de disecar a Copito suponía tratar con frivolidad a un ser vivo que había sido muy representativo de la ciudad, además de ser más propia del siglo XIX que del XXI. “La propuesta inicial era ponerlo en la entrada del museo y me pareció que teníamos que hacer prevalecer la dignidad del animal”, argumenta.

Copito, en sus primeros años en el zoo

Copito, en sus primeros años en el zoo Zoo de Barcelona

La disputa se resolvió con un acuerdo, un acta de conformidad entre el Ayuntamiento y el Instituto de Cultura de Barcelona, por el cual se cedían al museo los huesos y la piel del animal pero con la condición expresa de que nunca deberían ser exhibidos. “Este acuerdo no se ha cambiado nunca, sigue estando como estaba en aquel momento y no se puede mostrar”, asegura Omedes. “El esqueleto está perfectamente limpio y guardado con todos los esqueletos que tenemos, y la piel está en un líquido conservante”. Los restos de Copito permanecen en los almacenes del museo, a disposición de cualquier científico que quiera examinarlos, algo que no ha sucedido hasta ahora, según su directora, que se plantea retomar el intento de exhibirlos antes de jubilarse. “Pienso que este pacto debería revisarse, porque fue producto de un momento con mucha tensión emocional, pero dentro de cuatro días los que conocimos a Copito ya no estaremos”.

Restos en una nevera

A unos kilómetros del museo, el cerebro y los ojos de Copito de Nievedescansan en un arcón congelador de la Facultad de Veterinaria de la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB). Están aquí porque el catedrático Martí Pumarola decidió salvarlos a pesar de la falta de fondos. Durante unos años, los restos de Copito se conservaron en el Banco de Tejidos Animales de Cataluña (BTAC), del que Pumarola era responsable y donde se recibían muestras del zoo y de otros lugares para su conservación y estudio. Pero la crisis hizo que las instituciones dejaran de aportar fondos.

Nevera de la UAB en la que se guardan los restos de Copito

Nevera de la UAB en la que se guardan los restos de Copito Martí Pumarola

 

“La universidad me cortó el dinero para pagar a la persona que lo llevaba, un técnico de soporte”, explica Pumarola. “Como no recibía ninguna ayuda ni del ministerio ni de la Generalitat, lo he cerrado, pero tengo las neveras llenas y conservo los archivos”. Hoy en día la web del BTAC está cerrada porque no hay fondos para pagar los servidores, pero el encéfalo de Copito y sus ojos, preparados en parafina, se conservan congelados junto a las muestras de otros proyectos para los que Pumarola sí ha conseguido financiación.

El cerebro de Copito y los ojos conservados en un congelador la UAB

El cerebro de Copito y los ojos conservados en un congelador la UAB Vozpópuli

Después de la muerte de Copito, fueron muchos los científicos que se interesaron por los tejidos del gorila para posibles estudios. No todos fueron a parar al BTAC. Algunas muestras de la piel fueron a la Universidad de Barcelona y el epidídimo, parte del aparato reproductor donde se almacenan los espermatozoides, fue enviado al Instituto Universitario Dexeus. El investigador del Centro Nacional de Biotecnología (CNB-CSIC) Lluís Montoliu viajaba en un vuelo de regreso a España cuando leyó la noticia de la muerte de Copito en un diario y, como especialista en albinismo, se puso en marcha para conseguir los ojos del gorila. “Pedimos los ojos, pero no nos llegaron completos, porque los trocearon y los pusieron en diferentes frascos, con formol y otros convertidos en bloques de parafina para ser procesados”, recuerda. Una vez que cortaron los ojos en láminas y los observaron al microscopio, saltó la sorpresa. “Yo no me lo creía, cuando vi el pigmento ahí, en el coroides en las dos partes del ojo”, relata. “Pensé que estaba viendo un artefacto”.

Una misteriosa mirada

La sorpresa de Montoliu venía porque hasta entonces todo el mundo pensaba que Copito tenía un tipo concreto de albinismo, el OCA1, en la que no se produce ninguna pigmentación en el ojo. “Pero los ojos de Copito eran azules, y si eran azules- en aquel momento no lo sabíamos – teníamos que habernos dado cuenta de que no podía ser albinismo oculocutáneo de tipo 1”. De hecho, el investigador catalán Jaume Bertranpetit analizó el gen de la tirosinasa de Copito y no encontró la mutación que estaba buscando. Tuvieron que pasar casi diez años para que el equipo de Tomás Marqués, de la Universidad Pompeu Fabra (UPF), analizara el genoma completo y resolviera el misterio. “Nosotros hicimos el genoma”, relata a Next. “Ya no solo buscábamos un tipo de albinismo, sino que miramos en todo el genoma en busca de mutaciones deletéreas. Y descubrimos dos cosas bonitas: primero, que tenía un albinismo muy raro que es el tipo 4 (OCA4) y que este individuo nacido en la selva era producto de la relación entre dos parientes, probablemente tío-sobrino”.

“Estaba como endiosado, te miraba de arriba a abajo y pensabas: qué chulo es”

Los ojos de Copito ya habían sido objeto de interés de otros especialistas antes de su muerte. El doctor Miquel Badía fue quien operó al gorila de cataratas en el año 2001. “El ojo tenía muy poco pigmento”, recuerda. “El iris era clarísimo, casi gris”. La mejoría tras operar el primer ojo fue notable. El animal volvió a mostrar interés con su entorno y a relacionarse con otros gorilas, así que se decidió operar el segundo ojo. “Esta vez le operamos sin hacer publicidad, porque cada cosa que se le hacía a Copito había gran revuelo”, explica el doctor Badía. “Le pusimos una lente intraocular como la que ponemos en humanos, fue toda una experiencia”. Al igual que las personas con albinismo, Copito tenía nistagmo, un movimiento continuado de los ojos que le impide fijar la vista. “Suelen tener un punto de fijación, una posición de la cabeza que a veces es ladeada, en la que ven mejor”, explica el especialista. “Y Copito siempre miraba de lado”.

El famoso gorila albino Copito de Nieve

El famoso gorila albino Copito de Nieve Zoo de Barcelona

“Es verdad que te miraba de soslayo”, recuerda Jesús Fernández, por entonces veterinario jefe del zoo de Barcelona. “Estaba como endiosado, te miraba de arriba a abajo y tú pensabas: qué chulo es”. También era frecuente que se pusiera la mano para taparse el sol, que le molestaba muchísimo debido a su condición genética. Todos aquellos síntomas debieron poner en alerta a sus cuidadores, pero la señal definitiva apareció cuando se le enrojeció toda la piel, por el impacto de la luz solar. “A mí me llamó un buen día, en el año 96, el jefe de veterinaria porque resulta que estaba rascándose mucho y tenía una eritrodermia”, recuerda el catedrático Antoni Castells, que fue quien diagnosticó su cáncer de piel. En aquel momento se empezó a vigilar al animal, pero al cabo de un tiempo apareció una herida cerca de la axila y se decidió biopsiar.

“Había como un silencio en el zoo, como si todos los animales supieran que algo ocurría”

“Una cosa que me llamó mucho la atención es cuando se decidió hacer el estudio completo y anestesiar a Copito había como un silencio en el zoo, como si todos los animales supieran que algo ocurría”, asegura Castells. “Era la primera vez que lo anestesiábamos y allí había unas 20 personas”, recuerda Fernández. “Intervino un anestesista, un internista, un dermatólogo, un oftalmólogo, el equipo veterinario, un ecografista, un dentista…Lo principal era descartar que no hubiera problema cardiaco, pero allí fue donde apareció la primera señal de que la herida era una carcinoma”. Después de tres años de pruebas y cuidados, y para evitar más sufrimiento del animal, se le practicó la eutanasia.

Copito, en los últimos años de su vida

Copito, en los últimos años de su vida Zoo de Barcelona

“Murió con unos 40 años, fue muy longevo y vivió muy bien, pero podría haber vivido algunos años más”, asegura el que fue su cuidador. “La eutanasia fue en la madrugada y todo sucedió enseguida. Toda la gente que estuvimos allí alrededor, tuvimos un vínculo con él, para todos era algo especial”. Para la ciencia también lo fue, porque hasta la fecha es el único gorila albino que hemos conocido. Su cerebro fue analizado en busca de señales de neurodegeneración, sus ojos sirvieron para conocer mejor el tipo de albinismo que sufría y su genoma contribuyó a completar el conocimiento sobre los gorilas de llanura y su endogamia. La ciudad de la que un día fue un símbolo dejó pasar el tiempo y nunca le pagó el tributo en forma de estatua que le debía. Hoy sus restos están a punto de pasar también al olvido.

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El vídeo que muestra la timidez de los árboles

Un vídeo de un bosque mexicano muestra este fenómeno natural a vista de pájaro

Hay árboles cuyas ramas dejan de crecer cuando están a punto de tocar a las de su vecino. Es un  fenómeno que se conoce como timidez de los árboles y cuya explicación científica no está del todo clara. Este vídeo del fotógrafo Dimitar Karanikolov, especializado en imágenes tomadas con drones, captura la timidez de los árboles de un bosque en Tulum, un municipio mexicano en la península de Yucatán.

Los árboles se mueven por el viento, que también mece los surcos entre las copas. “El dron estaba a unos 50 metros del suelo. Conseguí las imágenes en enero”, dice a Verne este búlgaro de 43 años, arquitecto de profesión. “Me gustan las imágenes con esta perspectiva porque parecen mapas. Son muy diferentes respecto a lo que solemos ver”, añade. Karanikolov publicó su vídeo en Instagram el 5 de marzo, pero se está difundiendo mucho en internet desde principios de abril: un post en Imgur con la escena lleva más de 2,3 millones de reproducciones en cinco días desde el 16 de abril y también está siendo muy compartido en Twitter.

“Creo que el vídeo se ha difundido tanto poque todos necesitamos más naturaleza en nuestas vidas”, añade Karanikolov. No es la primera vez que la timidez de los árboles capta mucha atención en internet. En 2017 le dedicamos un artículo a este fenómeno natural, después de que un tuit con dos imágenes de copas d árboles que no se tocan fuera muy difundido en esta red social.

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“La timidez” es en botánica un fenómeno por el cual ciertos árboles mantienen entre ellos una distancia llamada “grieta de timidez”. Hermoso

¿Cómo es posible que los árboles mantengan esas separaciones?

El botánico australiano Maxwell Ralph Jacobs fue el primero en hablar del término timidez de los árboles” (crown shyness en inglés). Fue en su libro Hábitos de crecimiento del eucalipto (1955). Sostiene que este fenómeno se produce por a la abrasión de unas hojas contra otras cuando se rozan por el viento.

Por otra parte, el botánico francés Francis Hallé considera que este fenómeno tiene una explicación genética. “La forma de la copa nunca es aleatoria; cada árbol tiene su programa específico de desarrollo, controlado por genes”, dice en su artículo Arquitectura de los árboles, en Boletín de la Sociedad Argentina de Botánica. Hallé diferencia dos tipos de árboles, los unitarios y los reiterados. Los primeros dominan el entorno y los segundos se adaptan. “La reiteración es un progreso, es una forma más moderna y más eficaz de crecer, que se ha generalizado a la mayoría de nuestros árboles”, añade.

Carles Gracia, profesor de Ecología (especializado en bosques) de la Universidad de Barcelona, considera que “de momento, no hay ningún experimento que explique a qué se deben esas líneas de separación”, indicaba a Verne en 2017. “Algunos expertos creen que la explicación puede estar en los compuestos orgánicos volátiles. Se trata de una serie de sustancias que los árboles emiten a través de las hojas y que sirven para coordinar ciertos procesos con otros ejemplares. No es que hablen, es que se coordinan para, por ejemplo, que las semillas nazcan a la vez en todos los árboles”, comenta Gracia.

 

“No está demostrado que esos mismos compuestos sean los que originan estos espacios entre los árboles, pero tiene mucho sentido ecológico. Producir hojas es lo que más energía les cuesta. Hacer que crezcan para nada es un desperdicio. Es más óptimo algo así: si tu rama va por aquí, que la mía vaya por allí“, comenta Gracia. La timidez de los árboles no es un fenómeno común en España, ya que los bosques de la península no son suficientemente frondosos. Es más normal ver estas líneas de separación en bosques tropicales. Esta foto, por ejemplo, corresponde a un bosque de Sri Lanka.

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