Se logra filmar en vídeo en el Pacífico una de las medusas más extrañas que conocemos

Se logra filmar en vídeo en el Pacífico una de las medusas más extrañas que conocemos

SERGIO PARRA

Fue descubierta hace 50 años y solo ha habido una decena de encuentros. Ahora podemos verla en toda su esplendor en el siguiente vídeo.

Es, sin duda, una de las medusas más raras que se han identificado: Deepstaria puede cerrar la apertura de su campana expansiva en forma de bolsa, atrapando a cualquier presa que haya flotado dentro.

Nautilus Live

Se mantienen sin respuesta muchas preguntas relacionadas con su biología, distribución, dieta, tolerancias ambientales y comportamiento.

Filmada en el Océano Pacífico por un robot de Nautilus Live, el encuentro se produjo a 790 metros de profundidad cerca de las islas Baker & Howland.

Podemos observar cómo un isópodo rojo brillante que residía en la campana del escifozoo. Es probable que este pequeño crustáceo consuma trozos de la medusa mientras permanece oculto para los depredadores.

La descripción formal de la especie se produjo hace 45 años, casi seis años después de su descubrimiento, utilizando un fragmento de un ejemplar capturado de forma accidental. Desde entonces solo se han conseguido muestras muy limitadas, en su mayor parte procedentes de redes de pesca, y dos filmaciones de ejemplares en su medio natural.

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La berrea como acto místico

La noche en que asistí al espectáculo de los venados en los montes de Toledo me puse a recitar a media voz algunas estrofas del cántico espiritual

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Un ciervo rojo y dos hembras, durante la berrea, en el británico Richmond Park, en 2015.
Un ciervo rojo y dos hembras, durante la berrea, en el británico Richmond Park, en 2015. TOBY MELVILLE REUTERS

MANUEL VICENT13 SEP 2019 – 16:08 CDT

La berrea de los venados se produce entre la Virgen de Agosto y la Virgen del Pilar. Si ha habido lluvia abundante que garantiza buenos pastos, su plenitud se alcanza al abrirse el otoño. En esta época de celo los ciervos ponen a subasta el propio semen en medio de una lucha encarnizada, que se desarrolla ante el harén de hembras atentas al combate. El vencedor será el galán que merecerá cubrirlas y marcar territorio como macho dominante hasta la pelea del próximo año.

Si la berrea se produce durante el plenilunio el espectáculo adquiere una profundidad casi religiosa. De hecho la noche en que asistí a la berrea en los montes de Toledo, cuando desde la caída de la tarde todos los valles de la serranía se llenaron de bra­midos semejantes a tubas de una orquesta salvaje, con ecos y respuestas, hubo un momento en que recordé a San Juan de la Cruz. Para sentir cómo sonaban en medio de la imponente berrea me puse a recitar a media voz algunas estrofas del cántico espiritual.

“¿Adónde te escondiste, y me dejaste con gemido? Como el ciervo huiste, habiéndome herido, salí tras ti, clamando, y eras ido. Pastores, los que fuereis por las majadas al otero, si por ventura viereis aquel que yo más quiero decidle que adolezco, peno y muero”.

La fusión era perfecta. Resultaba fascinante la pulsión de la naturaleza unida al erotismo y a la espiritualidad del cántico y al clamor de las infinitas glándulas de los venados.

Por el camino de Torrijos y Ventas con Peña Aguilera hacia El Bullaque había llegado al parque natu­ral de Cabañeros, situado entre cotos de caza, propiedad de viejos aris­tócratas y nuevos financieros, quienes los han convertido en mataderos con alambradas, puesto que durante el año se dedican a cebar a los ciervos y luego llegan los cazadores, que pagan un alto precio por llenarles tranquilamente de plomo la barriga. Por este tiempo el campo se puebla de señores ataviados con ropa austria­ca, armados con rifles de miras telescópicas potentísimas cuya munición del calibre 300 es capaz de abrir en el cuerpo de los venados boquetes de salida en los que cabe un puño.

Ahora Cabañeros es un parque natural. Uno de los guardas que antes fue secretario de algunas monterías me explicó a la luz de la luna cómo se establece el rito de esta matanza.

Al amanecer los monteros se desayunan con unas migas con chorizo. A continuación se reza un padrenuestro o una salve montera a san Humberto, patrón de los cazadores. Se sortean los puestos y enseguida comienza la cacería. Suenan los cuernos, se realiza la suelta, el espacio se llena con los ladridos de la reala de perros podencos y mastines y los ciervos huyen rompiendo monte cargados de adrenalina, cuyo nivel no es menor en la sangre de los monteros apostados llenos de excitación en una silla de tije­ra junto al secretario.

-Yo he sido secretario en las monterías muchos años y he visto cosas- contaba el guarda a la luz de la luna. -En una ocasión serví a un banquero. Estaba en el puesto y se había traído a la amante. No entraba la caza. En un momento los dos comenzaron a aparearse ante mi vista, como si yo no fuera humano. Agarré el rifle y se lo puse al señorito en los riñones. «Si no para de follar, lo mato» le dije.

En este tiempo de berrea los ciervos, preservados por el bosque, se destapan y salen a los claros; el celo les fuerza a bajar la guardia para exhibirse y mientras ellos se excitan mutuamente con sus estremecedores bramidos, los cazadores furtivos aprove­chan semejante galantería para disparar sobre ellos. Cuando había abundancia se disparaba tam­bién a mansalva sobre las ciervas y, si estaban preñadas, abortaban en el instante de recibir el disparo. Se dice que entonces los ciervos miran la bocas de los rifles llorando.

– ¿Sabes lo que significa hacerse novio? —me preguntó el guarda.—Hacerse novio es un rito. Al final de la mon­tería el dueño del coto sirve unas judías a los tiradores. En el patio los tractores descarga­n la caza y el neófito que ha matado por primera vez a un venado es embadurnado con la sangre y las vísceras de su caza. Esa ceremonia animal es su bau­tismo, y con ello lo casan con su venado muerto. A veces le hacían comerse crudos sus despojos.

Sin duda san Juan de la Cruz cruzó con sandalias desnudas este terri­torio donde ahora bramaban sus venados. “Vuélvete, paloma, que el ciervo vulnerado por el otero asoma al aire de tu vuelo y fresco toma”. San Juan de la Cruz, en la noche oscura de su alma también oiría estos mis­mos berridos que ahora herían los montes de Toledo. Y él los convirtió en los deseos del amado.

Invitado en un restaurante de Madrid, al que acuden los monteros solo a verse y a saludarse con una cigala en la mano el abogado de un gran empresario cazador me preguntó:

– ¿Tú tiras?

– No. Yo solo voy tirando- le dije.

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ESTE VIDEO EXPLICA CON CLARIDAD CÓMO SE FORMAN LAS AURORAS BOREALES Y AUSTRALES

UNA EXPLICACIÓN CLARA Y PRECISA DEL FENÓMENO ASTRONÓMICO QUE DA ORIGEN A LAS AURORAS EN LOS POLOS NORTE Y SUR

Resultado de imagen para ESTE VIDEO EXPLICA CON CLARIDAD CÓMO SE FORMAN LAS AURORAS BOREALES Y AUSTRALES

De todos los fenómenos naturales que pueden observarse en la Tierra, pocos tan impresionantes como las auroras que tienen lugar únicamente en las regiones polares del planeta y que, por ello, reciben el nombre de auroras boreales o australes (por los términos en griego para norte y sur, respectivamente), dependiendo de dónde ocurran.

Entre las razones que hacen impresionante a este espectáculo de luces se encuentra, por un lado, lo inusual de su ocurrencia, pues si bien existe una temporada en el calendario en que es posible observarlas, e igualmente puntos muy específicos del planeta para hacerlo (entre otros, CanadáDinamarcaIslandia o Noruega), al mismo tiempo dependen de tantos factores que de algún modo se trata de un fenómeno improbable. Pero además de eso, su existencia se encuentra en conexión directa con eventos astronómicos mayores, específicamente las tormentas y las erupciones solares.

Grosso modo, de una erupción solar se liberan partículas cargadas eléctricamente, las cuales penetran en el campo magnético de la Tierra y colisionan con los átomos y las moléculas de nuestra atmósfera. De esta reacción se producen innumerables partículas de luz, llamadas fotones, que forman la aurora. Las colisiones con el oxígeno producen auroras rojas y verdes, mientras que el nitrógeno produce los colores rosa y púrpura. El fenómeno rodea las regiones polares de la Tierra, a una altitud de entre 65 y 650km, en una zona conocida como “óvalo auroral”. En el video se ofrece una visualización sumamente precisa del fenómeno. Veamos:

Este video fue realizado por el sitio Forskning para el Departamento de Física de la Universidad de Oslo en 2011.

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El perro carea ‘c’est moi’

‘Lana’ no quería traer la pelota, se lo dictaban sus genes

JAVIER SAMPEDRO

Un pastor junto a su rebaño de ovejas y dos de los perros que le ayudan en su trabajo.
Un pastor junto a su rebaño de ovejas y dos de los perros que le ayudan en su trabajo. ALFREDO ARIAS

Nunca he tenido perro. De tenerlo, mi fisiología descuidada y mi abulia pertinaz se habrían convertido en un peligro para el desamparado cánido. Pero sí que viví una temporada con una amiga que tenía cuatro. Mi favorita era Lana, una pointer blanca y negra como una vaca frisona pero ágil como una pantera y tenaz como una maldición. En cuanto me veía sentarme al ordenador, cosa que ocurría a menudo, localizaba la pelota de tenis raída y despeluchada allí donde estuviera, la cogía entre sus fauces y me la tiraba encima del teclado, directamente. En su lenguaje precario, eso quería decir que quería salir al campo, que yo le tirara la pelota y ella la recogiera de un bocado limpio y certero, a ser posible antes de que botara en el suelo. Me gustaba ver su carrera veloz y los lúcidos movimientos con que su cuerpo alcanzaba la pelota, aunque esta hubiera tropezado en una rama o se hubiera desplazado por el fuerte viento de la sierra.

Lo que más me sorprendió de todo, sin embargo, era la actitud de Lana después de recoger la pelota. Yo esperaba que me la trajera de vuelta, pero Lana no hacía eso nunca. Dejaba la pelota en el suelo, tal vez a 50 metros de mí, y se quedaba allí apuntando a ella con su mano derecha como diciendo: “Aquí está la pelota, capullo, ¿quieres venir a por ella de una vez?”. A una perra tan inteligente como ella, jamás se le ocurrió devolverme la jeringada pelota para que yo se la tirara otra vez. Eso me desconcertaba.

Después reparé en que Lana era una pointer, literalmente un puntero, mezcla ancestral de podenco (como el sabueso de los Baskerville), spaniel (que viene de español, por alguna razón) y setter, una raza adaptada a echarse en el suelo para señalar a su dueño dónde estaban las aves que debía cazar con su red. Lana no quería traerme la pelota, sino indicarme dónde estaba. Sus genes medievales le dictaban ese comportamiento, y todos mis gestos y alharacas se quedaron muy cortos para contrarrestar esa carga genética centenaria.

Mis amigas pueblerinas me han aportado otros datos muy interesantes sobre el perro carea (también llamado pastor leonés, sobre todo en León). Los pastores utilizan a esta raza desde hace siglos para mantener unido su rebaño. Si una oveja díscola se aparta del grupo, el perro carea le monta la de Dios es Cristo a base de ladridos y empujones hasta que la indisciplinada ovina vuelve al rebaño del que nunca debió salir, al menos desde el punto de vista del guardián ladrador. Al igual que ocurría con mi Lana, nadie les ha enseñado a hacer eso: parece ser una propiedad de su raza, y cuando se dan las circunstancias pueden extender ese comportamiento a rebaños de vacas que caminan por una carretera terciaria o alumnos que se dirigen desde el aula hacia la piscina. El perro carea no consentirá que nadie abandone el rebaño. ¿Cómo es esto posible?

Es la evolución, estúpido. No en este caso por la selección natural de Darwin, sino por la selección artificial que le inspiró su teoría. Erin Hecht y sus colegas de Harvard han escaneado los cerebros de 62 perros de 33 razas, y se han encontrado con un abanico completo de formas. Las regiones cerebrales más variables están implicadas en los vínculos sociales, el movimiento y la navegación. ¿Y nosotros, desocupado lector?

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El secreto que guarda el corazón del dragón de Komodo

Por primera vez un estudio publica el genoma de la especie, que revela pistas de por qué el lagarto más grande del mundo tiene tantos rasgos mamíferos

El dragón de Komodo es una de las especies más extrañas de la Tierra

Los dragones de Komodo son los lagartos más grandes del mundo: puede pesar 100 kilos y detectar a sus presas a decenas de kilómetros. Y, aunque sean de sangre fría, son capaces de aumentar su metabolismo a niveles cercanos a los de los mamíferos, lo que les da una gran velocidad y resistencia inusual en el caso de los lagartos. Todos estos ingredientes han hecho de esta especie un enigma para la ciencia, que hasta hoy no había desentrañado su ADN.

Ahora, un nuevo estudio de investigadores de los Institutos Gladstone, en estrecha colaboración con científicos de UC San Francisco (UCSF) y el Zoo Atlanta, proporciona la primera secuencia de alta resolución del dragón de Komodo, así como una idea de cómo pudo llegar a evolucionar este peculiar ser.

«Comenzamos el proyecto hace 9 años», explica el investigador principal de Gladstone, Benoit Bruneau, autor principal del estudio. «En ese momento, otros grupos habían secuenciado el genoma de la tortuga, el de la serpiente y el ave; el del cocodrilo estaba en proceso, pero la rama que faltaba era la de los varánidos, la familia a la que pertenecen los dragones de Komodo».

Un estudio completo y comparativo

Por ello, el equipo estudió el ADN de dos dragones de Komodo de Zoo Atlanta, llamados Slasher y Rinca, cuyas muestras de sangre se obtuvieron como parte de sus controles anuales programados. El estudio, publicado en la revista «Nature Ecology & Evolution», proporciona la secuencia del genoma del dragón de Komodo. Una vez que los científicos tuvieron la secuencia, usaron herramientas digitales para compararla con la de otros reptiles y ver qué hace que el genoma del dragón de Komodo sea único.

«Nuestro análisis mostró que en los dragones de Komodo muchos de los genes involucrados en la forma en que las células producen y usan la energía han cambiado rápidamente de manera que aumenta la capacidad aeróbica del lagarto», explica Abigail Lind, investigadora postdoctoral en el laboratorio de Pollard y primera autora de el estudio. «Estos cambios probablemente sean clave para la capacidad de Komodo para lograr un metabolismo cercano a los mamíferos».

De hecho, los lagartos generalmente no son conocidos por su alta capacidad aeróbica. En otras palabras, se agotan rápidamente después de realizar fuertes esfuerzos físicos. «Sin embargo, sabemos que los dragones de Komodo son capaces de mantener una actividad aeróbica, como nadar, correr o caminar distancias muy largas», explican los investigadores. «Nuestro estudio muestra que el secreto está en estas adaptaciones mitocondriales para aumentar su gasto cardíaco».

Oler a cientos de kilómetros

Además, los investigadores descubrieron que los dragones de Komodo, junto con algunos otros lagartos, tienen un número inesperadamente grande de genes que codifican sensores químicos conocidos comoreceptores vomeronasales. Estos receptores forman parte de un sistema sensorial sofisticado que permite a los animales detectar hormonas y feromonas y saber, por ejemplo, si hay algún pariente cercano, una posible pareja, un depredador o una presa.

En el genoma de Komodo, el equipo encontró más de 150 copias de una clase de genes receptores vomeronasales. El equipo también encontró que muchos de estos genes son únicos para cada especie de lagarto individual, lo que aumenta la posibilidad de que los receptores vomeronasales del dragón de Komodo puedan funcionar de maneras específicas. «Será interesante determinar si esto explica la capacidad de los dragones de Komodo para detectar presas en distancias tan grandes».

A continuación, Bruneau y su equipo esperan usar sus hallazgos para investigar cómo los genes que controlan la formación del corazón de vertebrados han cambiado a lo largo de la evolución, ya que la mayoría de los reptiles tienen solo un corazón de tres cámaras, mientras que los mamíferos tienen cuatro cámaras.

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¿Por qué los mosquitos siempre me pican a mí?

Convertirse en el objetivo de estos molestos insectos depende de varios factores, desde la variedad de bacterias en nuestra piel al color de la ropa

¿Por qué los mosquitos siempre me pican a mí?

Manuel Peinado Lorca

Llega el verano, llegan los mosquitos. Nada arruina tanto una perfecta velada como su zumbido, que advierte de que su dueño anda en busca de comida caliente. Hay más de 3.000 especies de estos insectos en todo el mundo, suficientes como para estropearnos la noche estemos donde estemos.

No es cosa de broma. Estos minúsculos insectos se consideran los animales más mortíferos del mundo y contribuyen a más de 725.000 muertes al año. No existen otras criaturas, ni siquiera nosotros, que sean responsables de la pérdida de tantas vidas humanas cada año como los mosquitos. Los humanos asesinan a unos 475.000 congéneres cada año. Las serpientes matan alrededor de 50.000, mientras que los perros (principalmente por transmisión de la rabia) se cobran otras 25.000 vidas. Algunos de los animales más temidos, como los tiburones y los lobos, matan a menos de diez.

En cuestión de mosquitos, tengo mala pata. Si se oye el zumbido de un mosquito en cualquier lugar donde me reúna con más gente, al cabo de un momento el animalito me elegirá como objetivo prioritario de su almuerzo. Eso me lleva a plantearme un par de cuestiones: ¿por qué zumban los mosquitos en los oídos? ¿Acaso no han aprendido que su molesto ronroneo va seguido inmediatamente de un intento -por lo general fallido- de acabar con ellos a manotazos? Y, sobre todo, ¿por qué me eligen a mí y no a mi compañero de mesa, que se me antoja más apetitoso?

¿Por qué zumban?

Los mosquitos no zumban para avisar a sus víctimas, sino para llamar la atención de otros compañeros dispuestos a aparearse. No pueden evitarlo. Lo único que sucede es que cuando dan vueltas alrededor de tu cabeza en busca de un lugar para aterrizar y picar, su zumbido suena más fuerte.

De lo que sí puede estar seguro es de que, aunque los dos sexos zumben, el que le ronda procede de una hembra. Los machos no pican: se alimentan de néctar.

Unos y otros se necesitan para lo de siempre: aparearse. El doctor Louis M. Roth, que dedicó su juventud a estudiar para el Ejército de Estados Unidos la fiebre amarilla transmitida por los mosquitos,publicó en 1948 un artículo en el que, entre otras muchas curiosidades sobre el mosquito Aedes aegypti, se dio cuenta de que los machos ignoraban a las hembras siempre que estas estaban descansando en silencio.

Eso sí, en cuanto las chicas levantaban el vuelo y zumbaban, los machos las perseguían frenéticos. Los enjambres de cientos de machos estaban tranquilos hasta que una hembra penetraba en el enjambre. Tan pronto como la hembra es detectada por el sonido de su vuelo, los machos se apresuran a interceptarla guiados por el sonido. Roth, al que le sobraban imaginación y tiempo, descubrió que los fogosos machos querían aparearse con el magnetófono que emitía grabaciones con zumbidos de las hembras e incluso con diapasones que vibraban en la misma frecuencia.

En 2017, dos investigadores rusos ofrecieron pruebas abrumadoras sobre el papel excepcional que juega el sonido en la vida de los mosquitos, que se debe a un órgano que descubrió hace más de siglo y medio un médico de Baltimore, el doctor Dr. Christopher Johnston. Microscopio en mano, Johnston descubrió que tienen un órgano en su antena (conocido desde entonces con el poco original nombre de orgánulo de Johnston), que les permite reconocer el zumbido de otros mosquitos.

Johnston pasó a mejor vida sin dar con el mecanismo con el que los mosquitos producían el ruido. Entre otras cosas porque no lo buscó, convencido como estaba de que el truco residía en cambios en la vibración producidos por modificaciones del batido de las alas. Pasó medio siglo antes de que otros científicos descubrieran exactamente lo que provoca el zumbido. Los entomólogos británicos Arthur E. Shipley y Edwin Wilson describieron en 1905 un órgano dentado situado en la base de las alas que hace de carraca y provoca el sonido cuando las alas se mueven.

¿Por qué siempre me toca a mí?

Veamos por qué y cómo las hembras de mosquito seleccionan a sus víctimas. La clave está en el invisible paisaje químico del aire que nos rodea.

Los mosquitos interpretan ese paisaje mediante comportamientos especializados y órganos sensoriales capaces de leer los sutiles rastros químicos que exudan nuestros cuerpos. Los mosquitos dependen del dióxido de carbono para encontrar a sus huéspedes. Cuando expulsamos aire de nuestros pulmones el dióxido de carbono no se mezcla inmediatamente con el aire. Se queda temporalmente en efluvios que los mosquitos siguen como las ratas al flautista de Hamelín.

Los mosquitos perciben esos efluvios y, como hacen los sabuesos, persiguen el rastro a medida que perciben concentraciones más altas que las que contiene el aire ambiente normal. Usando el dióxido de carbono, los mosquitos pueden localizar objetivos situados hasta 50 metros de distancia.

Bien, ahora el mosquito que va a picarme ha localizado el grupo en el que yo, su víctima propiciatoria, me encuentro. Las cosas comienzan a personalizarse cuando el mosquito está aproximadamente a un metro del grupo de objetivos potenciales.

A corta distancia, los mosquitos tienen en cuenta una gran cantidad de factores que varían de persona a persona, incluyendo la temperatura de la piel, la presencia de vapor de agua y el color de la ropa.Los científicos creen que las variables más importantes en las que se basan los mosquitos a la hora de elegir a una persona determinada son los compuestos químicos producidos por colonias de microbios que viven en nuestra piel. Las bacterias convierten las secreciones de nuestras glándulas sudoríparas en compuestos volátiles que son captadas por el sistema olfativo situado en las antenas de los mosquitos. Esos compuestos químicos son complejos e incluyen más de trescientos diferentes, que varían de persona a persona en función de su genética y del entorno.

Según un artículo publicado en la revista científica PLOS ONE, las personas con una mayor diversidad de microbios en la piel tienden a tener menos picaduras de mosquitos que otras con menos diversidad microbiana en la epidermis. Las sutiles diferencias en la composición de los efluvios químicos producidos por las diferentes colonias de bacterias cutáneas pueden explicar las grandes diferencias en la cantidad de picaduras que recibe una persona.

Así que, como no podemos controlar los microbiomas de nuestra piel, poco podemos hacer salvo evitar vestirnos de negro, porque a los mosquitos les encanta ese color. Este verano me vestiré de amarillo.

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Los 52 hercios, la frecuencia más triste del mundo

En el océano Pacífico habita una ballena que emite sonidos a una frecuencia tan elevada que ningún otro miembro de su especie es capaz de escucharla

Pedro Gargantilla

Imagen de una ballena jorobada

Anton Chejov publicó un cuento titulado “La tristeza” acerca de un cochero de nombre Yona que busca desesperada e infructuosamente a quién contarle el tormento que le aflige por la desdichada muerte de su hijo.

Ninguna persona parece dispuesta a escucharlo y, al final, el único que le presta la atención que demanda es su caballo. Con esta narración el escritor ruso pretendía hacernos reflexionar sobre la sociedad que estamos creando y en aquello en lo que, a menos que pongamos remedio, nos convertiremos.

Este cuento es un grito a la necesidad que tenemos de compartir nuestros sentimientos con los demás. Algo de lo que sabe mucho la “ballena solitaria”.

Los cantos de las ballenas

En la década de los sesenta del siglo pasado dos biólogos estadounidenses descubrieron que las ballenas jorobadas machoproducían vocalizaciones complejas y repetitivas -cantos- para comunicarse con otros miembros de su especie.

A partir de entonces los cetólogos no han parado de estudiar el fascinante lenguaje de estos mamíferos. Habitualmente los sonidos que emiten se encuentran en un rango de frecuencias que oscilan entre 15 y 25 hercios (Hz).

Cada especie dispone de un intervalo sonoro propio y dentro de las especies cada familia de ballenas expresa su propia versión. Los cetáceos repiten sonidos durante unos cuatro minutos y a eso se llama “tema”, un conjunto de temas configura una canción.

No se conoce con precisión el mecanismo fisiológico de estas estas eufonías, se sabe que las ballenas barbadas tienen laringe pero que carecen de cuerdas vocales y que, además, no necesitan espirar el aire para emitir los cantos.

Un espécimen único

Los cantos nos indican un carácter gregario, así como una capacidad de reconocimiento y emisión del canto, con una estructura sintáctica y jerárquica perfectamente desarrollada. Es el sonido lo que permite seguir la pista y reunirse con sus congéneres en la inmensidad oceánica.

En 1989 un grupo de científicos estadounidenses detectaron en el Pacífico Norte un sonido que catalogaron como el sonido de una ballena. Era un sonido diferente al que emite cualquier tipo de ballena -a 52 Hz-, más agudo incluso que el sonido que profiere una tuba.

Esa frecuencia es inaudible para el resto de las ballenas y, por tanto, ningún espécimen la puede responder. El oceanógrafo Bill Watkins la bautizó con el nombre de “ballena 52”.

Este cetáceo alza su melodía del amor por el mundo submarino sin esperar nada a cambio, nunca encontrará respuestas a sus llamadas.

Esta ballena solitaria viaja entre treinta y setenta kilómetros diarios -una velocidad de crucero que recuerda al rorcual-. Anualmente de desplaza desde las Aleutianas (Alaska) hasta California, un trayecto que se asemeja al de las ballenas azules.

Símbolo del desamparo

Los científicos barajan cuatro posibles hipótesis que permitan explicar la singularidad de la ballena solitaria: un extraño cruce entre dos especies, el último miembro de una familia extinta, un ejemplar sordo que nunca aprendió a emitir sonidos a las frecuencias adecuadas o bien que sufra una malformación que impida la emisión de registros correctos.

La “ballena 52” es el símbolo de la exclusión social, de la soledad, y ha sido fuente de inspiración de canciones, libros, documentales y tatuajes. ¿Qué puede haber más triste que un animal gigantesco deambulando por la inmensidad de los océanos emitiendo una balada de amor que nunca hallará respuesta?

Si Chejov hubiera sabido de la existencia de este cetáceo, quizás el protagonista de “La tristeza” no habría sido el cochero Yona.

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La Tierra sobrevivirá; nosotros, tal vez no

Por ADAM FRANK 

La Tierra sobrevivirá; nosotros, tal vez no
La fotografía de la Tierra tomada por William Anders desde el Apolo 8 en 1968 CreditWilliam A. Anders/NASA

En 1968, el astronauta William Anders miró hacia afuera desde su cápsula en la misión Apolo 8 que orbitaba alrededor de la Luna y vio a la Tierra de color azul que emergía sobre el grisáceo horizonte lunar. Fue la primera vez que alguien vio un “amanecer lunar” y la foto que tomó se volvió icónica.

En ella, nuestro planeta se ve solo y frágil en contraste con lo negro del espacio. A cincuenta años, la foto de Anders sigue siendo un resumen visual de la apremiante necesidad de salvar al planeta de nuestro pésimo comportamiento. Pero ¿qué tal si hemos malinterpretado el significado real de esa imagen? De hecho, ¿qué quiere decir eso de “salvar” a la Tierra?

Si el vehículo espacial de Anders hubiera alcanzado la cima lunar 55 millones de años antes, se habría encontrado con un sofocante planeta selvático tan caliente que casi no tenía hielo ni nieve. Si la visita hubiera ocurrido 700 millones de años atrás, habría visto una “bola de nieve”, pues la Tierra estaba cubierta por capas de hielo de kilómetros de grosor. Y si hubiera aterrizado en nuestro planeta hace 3000 millones de años, su primera experiencia, de haberse quitado el casco, habría sido una muerte rápida por asfixia. Esa Tierra, que ya albergaba vida, tenía aire, pero no oxígeno.

Todas estas versiones de la Tierra tienen algo en común: estaban profundamente moldeadas por la vida. Fue la vida que actuaba a través de los microbios lo que ayudó a echar a andar algunas de las fases de “bola de nieve” de la Tierra. Fue la vida en la forma de bacterias de un azul verdoso lo que le dio por primera vez a la Tierra su atmósfera de oxígeno. Desde que el geoquímico Vladimir Vernadsky acuñó el término “biósfera”, los científicos han considerado a la vida como un actor en igualdad de condiciones en el drama de la historia de la Tierra.

La biósfera es una potencia cósmica por derecho propio. Es una fuerza planetaria que canaliza energías enormes que fluyen desde el Sol y las transforma en rondas sinfín de innovación evolutiva impredecible. Esa fuerza le da a la Tierra y a su biósfera una resiliencia a largo plazo que hoy en día debemos imaginar por completo para comenzar a asimilar el cambio climático que estamos provocando.

Hablamos de “salvar” a la Tierra como si fuera un conejito que necesitara de nuestra ayuda. Mostramos imágenes de osos polares demacrados sobre hielos flotantes que se derriten para provocar un sentimiento de culpa e incitar a la acción a favor del medioambiente. Sin embargo, esas imágenes y reportajes nos ciegan ante la realidad de este momento destacado en la historia de la Tierra.

Nuestro planeta no necesita que lo salvemos. La biósfera ha soportado cataclismos mucho peores que el que representamos nosotros y tras millones de años prosperó de nuevo. Incluso las cinco temibles extinciones masivas en la Tierra se convirtieron en posibilidades para la creatividad de la biósfera y generaron nuevas rondas de experimentos evolutivos. Después de todo, así fue como nosotros, los mamíferos de cerebros grandes, terminamos dominando la Tierra en lugar de nuestros antecesores, los dinosaurios. Como alguna vez lo dijo la gran bióloga Lynn Margulis: “Gea es una dura resistente”. A la larga, la biósfera se hará cargo de prácticamente cualquier cosa que le arrojemos, incluyendo el cambio climático.

No obstante, lo que la historia de la Tierra sí deja en claro es que, si no tomamos las medidas correctas pronto, la biósfera simplemente seguirá su curso sin nosotros, y creará nuevas versiones de sí misma en el clima cambiante que estamos generando ahora. Así que seamos sinceros: el problema no es salvar a la Tierra ni a la vida en general, sino salvar a nuestra apreciada civilización. Desde esa perspectiva, la naturaleza de nuestras opciones cambia significativamente.

La última era del hielo terminó hace aproximadamente diez mil años y el planeta entró en un largo periodo de estabilidad mayoritariamente cálido y húmedo. Los científicos llaman a esta época geológica el Holoceno. La historia completa de nuestra civilización ocurre dentro de esta etapa. Todas nuestras revoluciones en la agricultura, la construcción de ciudades y la industria han sucedido durante el Holoceno. Pero este periodo está terminando ahora y nosotros lo hemos provocado. El impacto humano, en particular el cambio climático, está alterando el funcionamiento del planeta.

En respuesta, los científicos ven surgir una nueva época en la evolución de la Tierra, que llaman el Antropoceno. Sin embargo, la creación de una versión sustentable a largo plazo de la civilización en el Antropoceno plantea un nuevo y profundo conjunto de preguntas que seguirán siendo un misterio para nosotros mientras sigamos obsesionados con salvar a la Tierra.

Por ejemplo: ¿qué es la naturaleza? Desde la perspectiva de la biósfera, una ciudad no es fundamentalmente distinta de un bosque. Ambos son resultado de los interminables experimentos evolutivos de la vida. Y los bosques, igual que los pastizales, los insectos y los microbios productores de oxígeno, fueron alguna vez una innovación evolutiva. En ese sentido nosotros, y nuestro proyecto civilizatorio, no somos una plaga en el planeta. Solo somos lo que la biósfera está haciendo en este momento. Así que la pregunta se convierte en qué cambios debemos hacer para seguir siendo “lo que está haciendo” dentro de varios milenios.

Una civilización de nuestra escala siempre tendrá efectos en la biósfera. Imaginarse algo distinto es ignorar las leyes de los planetas que hemos descubierto muy recientemente (las leyes de la física, la química y la biología). También es ignorar la propia historia de la biósfera, en la que las especies ubicuas y “exitosas” siempre tienen un impacto. Nuestra misión no puede ser eliminar el impacto, lo que sería imposible dado nuestro tiempo de vida, sino tener el tipo correcto de impacto reducido.

Tenemos que establecer una relación cooperativa con la biósfera —que ni siquiera hemos imaginado aún— en la que todos se beneficien. Esto implica entender lo que hace a la biósfera —con nosotros todavía en ella— más fuerte, innovadora y resiliente. No obstante, es poco probable que todas las especies de la Tierra hagan ese viaje con nosotros. Puede ser que el fitoplancton microscópico le importe más a este tipo de biósfera saludable que nuestros amados osos polares. Tendremos que enfrentar decisiones difíciles con profundas consecuencias éticas. Pretender que podemos extender el Holoceno a perpetuidad sin esas consecuencias nos puede conducir a un desastre mayor que hacerles frente con conocimiento.

Reconocer esto —que a la larga la Tierra continuará sin nosotros— no nos absuelve de la necesidad de actuar de manera urgente. No justifica la negación del cambio climático ni el vandalismo ecológico. Tampoco significa que somos libres para imponer sufrimiento a otras criaturas terrestres. En cambio, es aceptar la verdadera escala de nuestras responsabilidades con el planeta. Significa que debemos convertirnos en agentes de algo que la Tierra no ha visto antes: una biósfera consciente de sí misma y que puede actuar con miras a su futuro con compasión y sabiduría.

Adam Frank es profesor de Astrofísica en la Universidad de Rochester y autor de “Light of the Stars: Alien Worlds and the Fate of the Earth”.

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Los animales ya se adaptan al plástico: este coral prefiere alimentarse de microplásticos

Los animales ya se adaptan al plástico: este coral prefiere alimentarse de microplásticos

SERGIO PARRA

La contaminación de microplásticos de nuestros océanos es un hecho: en las aguas del fondo oceánico, se ha advertido la presencia de microplásticos en cantidades que van desde 2,06 a 13,51 piezas por litro, cifras mucho mayores que las que se encuentran en la superficie.

Sin embargo, ya hay animales que se han adaptado evolutivamente a ellos, como es el caso de este tipo de coral que prefiere alimentarse de microplásticos.

Astrangia poculata

Astrangia poculata es nativa de aguas poco profundas en el Océano Atlántico occidental y el Mar Caribe, y según un reciente estudio, se alimenta de microplásticos. Los especímenes que el equipo recolectó fueron encontrados en la costa de Rhode Island, cerca de la ciudad de Providence. El sitio fue seleccionado debido a su proximidad a una gran área urbana.

Lo que se descubrió es que cada pólipo contenía al menos 100 trozos de microplástico, la primera instancia registrada de plástico que consume coral en la naturaleza.

Pero lo más sorprendente es lo que pasó luego. El equipo arrojó microperlas en tanques de coral criados en el laboratorio junto con su comida normal, los huevos de camarón. Cuando luego cortaron los corales para abrirlos, descubrieron que había dos veces más plástico en sus pólipos que huevos de camarón. Los investigadores afirman que esto demuestra que el coral tiene una fuerte preferencia por las trazas de plástico sobre los alimentos naturales.

Astrangia poculata crece en pequeños grupos de hasta 5 cm de ancho. Los pólipos individuales son grandes y se sientan en copas pedregosas conocidas como coralitos. Los pólipos son translúcidos y la colonia tiene un aspecto peludo cuando se expande. En aguas cálidas y con altos niveles de luz, este coral a menudo aloja en sus tejidos a protistas simbióticos que producen la fotosíntesis, conocidos como zooxantelas. En condiciones más frías o con poca luz, las zooxantelas ya no pueden ser beneficiosas para el coral y pueden ser expulsadas.

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