¿Sienten los animales dolor por la muerte de otros?

Una creciente cantidad de evidencias científicas defiende la idea de que las especies con características parecidas al ser humano son conscientes de la muerte, experimentan pena e incluso guardan luto

Algunos científicos creen que ciertas especies sienten dolor real por la pérdida

Durante semanas, la noticia de una madre orca acompañando el cadáver de su cría por las aguas heladas del mar de los Salish llamó la atención de todo el mundo. La orca, llamada Tahlequah, también conocida por los científicos como J35, mantuvo lo mejor que pudo el cadáver de la criatura durante 17 días hasta que lo abandonó.

Esta ha sido una de las mayores demostraciones que hayamos podido presenciar del dolor que sienten los mamíferos marinos.

Entre los científicos, sin embargo, sigue existiendo un prejuicio contra la idea de que los animales sienten dolor “real” o responden de diferentes formas a la muerte. Sobre este tema, el zoólogo Jules Howard, por ejemplo, escribió:

«Creer que J35 mostraba señales de pena o dolor es creer más en la fe que en la ciencia».

Como especialista en bioética, he estudiado la relación entre ciencia y ética durante más de veinte años. Una creciente cantidad de evidencias científicas defienden la idea de que los animales con características parecidas al ser humano son conscientes de la muerte, experimentan la pena, e incluso puede que guarden luto o que lleven a cabo algún ritual con sus muertos.

Los escépticos del dolor animal tienen razón en una cosa: los científicos no saben mucho sobre los comportamientos de los animales relacionados con la pena. Son pocos los investigadores que han indagado sobre cómo piensan y sienten la muerte la mayoría de los animales con los que el ser humano comparte el planeta, tanto la suya propia como la de otros.

Pero, insisto, no saben sobre el tema porque no lo han estudiado.

Los científicos aún no han prestado la suficiente atención al estudio de lo que podría definirse como “tanatología comparativa”, la ciencia que estudia la muerte y las prácticas relacionadas con ella. Esto se puede deber a que muchos de los humanos no consideran la posibilidad de que los animales sufran por la muerte de aquellos a quienes quieren.

La percepción de la mortalidad es para muchos científicos y filósofos una característica exclusiva los humanos.

El luto del elefante

Sin embargo, varios informes sobre la pena y otros comportamientos relacionados con la muerte de un amplio número de especies están ayudando a los investigadores a formular preguntas sobre la conciencia de la muerte en animales y averiguar cuál es la mejor manera de estudiar estos comportamientos.

Los elefantes, por ejemplo, se preocupan por los huesos de sus muertos y guardan luto por la muerte de sus seres queridos. Un estudiante de doctorado que analizaba el comportamiento de elefantes en África filmó en 2016 uno de estos rituales con los huesos. Miembros de tres familias diferentes acudieron a visitar el cuerpo de una matriarca difunta, oliendo, tocando y pasando varias veces junto al cadáver.

También se ha visto a chimpancés, en varias ocasiones, participar en actos relacionados con la muerte. En una ocasión, se estudió a un grupo de chimpancés en cautividad después de que muriera un miembro del grupo, una chimpancé hembra llamada Pansy. Los chimpancés se acercaron al cuerpo de Pansy en busca de algún signo de vida y le quitaron hebras de paja del pelaje. Además, evitaron pasar durante días por el lugar en el que se produjo el deceso.

En otra ocasión, los científicos registraron cómo un chimpancé se sirvió de un utensilio para limpiar un cadáver. En 2017, un grupo de investigadores de primates en Zambia grabó a una madre utilizando un manojo de hierba seca para limpiar los dientes de su hijo fallecido. La conclusión, de acuerdo con los científicos implicados, es que los chimpancés siguen sintiendo un vínculo social, incluso después de la muerte, y muestran sensibilidad hacia los muertos.

También se ha visto a urracas enterrando a sus muertos bajo la hierba. El etólogo Marc Bekoff, que observó esta conducta, lo describió como “el funeral de la urraca”.

En uno de los ejemplos más recientes y fascinantes, un niño de ocho años filmó a unos pecaríes, una especie de cerdo salvaje que se encuentra en algunas zonas de los América, respondiendo a la muerte de uno de los miembros de la manada. Los pecaríes visitaron el cuerpo en varias ocasiones, hocicándolo, golpeándolo y durmiendo a su lado.

¿Llanto por sus difuntos?

También se ha visto cuervos formando lo que los científicos llaman «agrupaciones cacofónicas», moviéndose y graznando en grupo como respuesta a la muerte de un congénere.

Estos son solo algunos ejemplos de los muchos que hay.

Algunos científicos defienden que estos comportamientos no deben ser equiparados con los términos humanos de “pena” y “luto”, porque no es algo rigurosamente cierto. La ciencia puede observar estos comportamientos, pero es muy difícil saber qué los ha motivado. Un estudio publicado en Science en 2011, que constató señales de empatía en las ratas y ratones, abordó el asunto con el mismo tipo de escepticismo.

Es cierto que debemos que ser cautelosos a la hora de atribuir emociones y comportamientos, como la pena, a los animales. Pero no porque haya dudas sobre la capacidad de los animales para sentir pena.

El caso de Tahlequah nos enseña que los humanos tenemos mucho que aprender de los animales. La pregunta no sería si los animales sufren, sino cómo expresan su sufrimiento.

Jessica Pierce es profesora de Bioética en la Universidad de Colorado en Denver (EE.UU.). Este artículo fue publicado origialmente en «The Conversation».

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Los sistemas secretos de las plantas cuando son atacadas

Los sistemas secretos de las plantas cuando son atacadas

CreditSimon Gilroy

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Las plantas no tienen ojos ni oídos ni boca ni manos. Tampoco tienen cerebro… ni siquiera sistema nervioso. ¿Qué decir de músculos? Ninguno. Permanecen inmóviles siempre en el mismo lugar; lo único que hacen es absorber la luz del sol y los nutrientes del suelo. Sin embargo, cuando se aproxima alguna criatura con la intención de comerlas, pueden sentirlo.

Entonces, responden a ese estímulo.

¿Cómo es posible?

“Ahora tenemos que pensar como plantas”, dijo Simon Gilroy, botánico de la Universidad de Wisconsin-Madison que estudia la forma en que las plantas perciben el medioambiente e interactúan con él.

“Las plantas no son animales verdes”, explicó Gilroy. “Son diferentes, aunque algunas veces sus funciones exhiben similitudes asombrosas con las de los animales”.

Los sistemas secretos de las plantas cuando son atacadas

Ante los mordiscos de una oruga CreditSimon Gilroy

Como parte de un estudio publicado en la revista científica Science,diseñado con el propósito de dilucidar qué mecanismos secretos emplean las plantas para comunicar que se aproxima alguna amenaza, Masatsugu Toyota —quien ahora es catedrático en la Universidad Saitama de Japón— y otros investigadores del laboratorio de Gilroy en Wisconsin observaron a algunas orugas masticar una planta y utilizaron tijeras para cortar las hojas con el fin de ver cómo respondía.

Aplicaron glutamato, un neurotransmisor importante que ayuda a las neuronas de los animales a comunicarse.

Los sistemas secretos de las plantas cuando son atacadas

Si una parte de la planta es cortada se esparce calcio desde otras hojas. CreditSimon Gilroy

Al menos en otros diez videos, además del que se presenta aquí, emplearon una proteína verde y brillante para observar cómo el calcio y los mensajes químicos y eléctricos resultantes se desplazaban a través de la planta. También observaron bajo el microscopio cómo se movían las señales de alarma por las extremidades de las hojas, un fenómeno que reveló que las plantas no son tan pasivas como parece.

Los mensajes se originan en el punto de ataque, desde donde el glutamato propulsa una ola de calcio que se propaga a través de las venas de la planta, como si se tratara de una red de tubería. Esta inundación activa las hormonas del estrés e interruptores genéticos que abren el arsenal de la planta y la preparan para defenderse de sus atacantes, sin necesidad de un solo pensamiento o movimiento.

Los sistemas secretos de las plantas cuando son atacadas

La planta cuando se le unta glutamato, un neurotransmisor CreditSimon Gilroy

Al igual que los animales, las plantas son eucariontes —organismos pluricelulares— que se derivaron de un ancestro universal común (llamado LUCA por su sigla en inglés) hace miles de millones de años. Impulsados por nuestro instinto de supervivencia cuando percibimos una amenaza, enviamos a través de nuestro cuerpo o tejidos un mensaje de alerta acerca del peligro para reaccionar a su presencia. Las acciones que aplicamos son muy variadas, ya que dependen de adaptaciones personales a nuestro estilo de vida en ambientes distintos; no obstante, gran parte de la maquinaria celular básica es igual. La biología dejó estos mecanismos intactos, pues si algo no está descompuesto, ¿qué necesidad hay de arreglarlo?

Un mecanismo que comparten nuestras células es la fluctuación en los niveles de iones de calcio, que contienen una carga eléctrica. En los seres humanos, esta carga ayuda a controlar la transmisión de mensajes entre las neuronas. Un cambio en los iones de calcio puede hacer palpitar nuestro corazón o provocar la contracción de nuestros músculos, de tal forma que podamos ponernos de pie y huir si percibimos alguna amenaza.

Obviamente, las plantas no pueden correr. No obstante, los investigadores sabían que los genes que elaboran receptores similares a aquellos sensibles al glutamato disparan señales eléctricas que se desplazan por las plantas cuando sufren alguna herida. Activan genes en el resto de la planta para que puedan responder.

Con la ayuda del glutamato, los iones de calcio pueden fluir y llevar su señal a través de canales: el glutamato ingresa en los espacios receptores especiales de manera similar a una llave que embona en la cerradura de un candado, y así va abriendo compuertas de acceso. Estos canales no son exactamente iguales a los del sistema nervioso de los mamíferos, pero su apariencia es muy similar y es probable que su funcionamiento sea parecido. Basados en esta idea, Gilroy y su equipo se dedicaron a observar el flujo de los iones de calcio.

Para ello modificaron plantas Arabidopsis con la intención de elaborar una proteína que fabrican las medusas y que produce un color verde brillante bajo el microscopio. Este sensor, en este caso, brilla más cuando aumentan los niveles de calcio.

También eliminaron de algunas plantas el receptor similar al glutamato. En ellas, la señal fluorescente era débil:

Los sistemas secretos de las plantas cuando son atacadas

Si una planta es modificada para no tener receptores de glutamato, los registros de fluroescencia son débiles.CreditSimon Gilroy

La verdadera sorpresa fue la velocidad con que se transmitían las señales de hoja en hoja; un par de minutos, siempre y cuando estuvieran conectadas a través del sistema vascular. Es una reacción más lenta que la de nuestro sistema nervioso, pero “para un biólogo botánico, es rápido”, dijo Gilroy.

Al parecer, la planta también podía percibir la severidad del daño, porque cuando aplastaban una hoja, toda la planta respondía:

Los sistemas secretos de las plantas cuando son atacadas

Cuando la planta es comprimida, así se esparce el calcio CreditSimon Gilroy

En todas las áreas que tocaba el calcio, la planta producía ácido jasmónico, una hormona que controla procesos de defensa en situaciones de estrés; los científicos creen que activaba genes que de alguna manera producen una reacción de las defensas químicas y físicas de la planta.

El metil jasmonato, uno de los productos del ácido jasmónico, flota por el aire como un perfume con aroma a jazmín. Para los insectos puede resultar repulsivo o interrumpirles la digestión, por lo que estos comensales evitarán regresar. Las defensas físicas además pueden endurecer la pared celular de la planta, para que sea difícil comerla.

“Los autores le sumaron muchas piezas al rompecabezas para descubrir cómo una herida localizada dispara defensas generalizadas en hojas distales”, dijo Ted Farmer, botánico de la Universidad de Lausana en Suiza, quien describió las señales eléctricas de las heridas en las plantas.

Sin embargo, gran parte del proceso sigue siendo un misterio, como qué maquinaria es responsable del funcionamiento de esas reacciones.

El aspecto no tan misterioso es que, en gran medida, las plantas y los animales enfrentan los mismos problemas. Si los humanos pueden manejar las amenazas, también las plantas pueden hacerlo.

“Es posible que incluso tengan mejores sistemas que nosotros para percibir el ambiente, ya que no tienen la ventaja de poder ponerse de pie y salir corriendo”, subrayó Gilroy.

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Descubren un pez que ‘se derrite’ en la superficie

Descubren un pez que ‘se derrite’ en la superficie

Peces babosos morado, rosa y azul, de Atacama CreditUniversidad de Newcastle

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De entre la oscuridad de la profundidad del océano emerge una criatura de nariz respingada. Ondula hasta llegar a un verdel muerto en un palo, cuidadosamente puesto ahí por científicos desde la superficie, y usa sus mandíbulas.

Es una especie de pez caracol o baboso, y nunca había sido vista por los humanos. Los peces babosos lucen como anguilas gordas y cortas, y viven en varios lugares del océano, desde sitios rocosos superficiales hasta las fosas más profundas. El llamado pez baboso azul por sus descubridores vive en el fondo de la fosa de Atacama, una gran brecha en el suelo oceánico de casi 8 kilómetros de profundidad, cerca de la costa de Chile y Perú.

El grupo de la Universidad de Newcastle que lo observó lanzó un explorador, que incluía una cámara, un verdel muerto y otras piezas de equipamiento hacia la profundidad a través de un cable a principios de este año. Ahora el grupo ha anunciado en la Conferencia Challenger para Ciencias Marinas que también descubrieron dos especies adicionales de pez caracol, llamadas por ahora pez baboso rosa y morado.

El pez baboso del océano profundo es una bestia extraña. Sobre todo, es muy blando.

Pez baboso azul

 

“El tejido es prácticamente gel”, dijo Thomas Linley, un investigador asociado en la Universidad Newcastle que trabajó en el proyecto. “Realmente se sostienen por el agua alrededor de ellos”.

Sus dientes y los diminutos huesos en el oído interno son las partes más duras de sus cuerpos y extraer a los peces babosos de las profundidades puede sentirse como un ejercicio fútil. Sin la presión del agua y el frío del océano profundo, se derriten al llegar a la superficie.

“Se deshacen a nivel molecular”, dijo Linley. “Es como un fantasma que desaparece frente a tus ojos”.

Eso hace aún más emocionante que el equipo logró atrapar a un pez baboso morado. Han mantenido el cuerpo en un ambiente cuidadosamente controlado para mayores estudios.

Los descubrimientos confirman una corazonada que el equipo tuvo: que si miras a cualquier fosa del océano profundo, habrá al menos una nueva especie de pez baboso.

Hasta el momento, el mismo grupo ha descubierto el pez baboso de las Marianas y el pez baboso etéreo en la fosa de las Marianas en el océano Pacífico occidental, y también existe una especie de pez baboso en la fosa Kermadec en el Pacífico sur.

Descubren un pez que ‘se derrite’ en la superficie

Tomografía de un pez baboso morado descubierto en la fosa de AtacamaCreditUniversidad de Newcastle University/Centro de Imagen y Análisis, Museo de Historia Natural de Londres

Esto se puede deber a que los peces babosos de aguas poco profundas sufren adaptaciones que les permiten prosperar en el océano más profundo, en donde tienen abundantes presas. Sin embargo, debido a esos cambios fisiológicos, los peces son incapaces de subir a menores profundidades para salir de ahí, por lo que nunca habían sido vistos por humanos.

“Es una buena decisión, pero es un compromiso absoluto. Es comprar donde vives en vez de rentar”, dijo Linley sobre adaptarse a la vida en la fosa.

El grupo todavía no ha publicado el artículo sobre estos hallazgos, pero trabajan en documentar con mayor detalle el espécimen de pez baboso morado. Fotografías y tomografías del cuerpo serán el primer paso, debido a su fragilidad.

“Realmente nos estamos tomando nuestro tiempo, porque solo tenemos uno”, dijo Linley.

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¡Ballena a la vista!

El avistamiento de cetáceos es una de las actividades más atractivas para los turistas que visitan las zonas de tránsito. Toneladas de plástico las amenaza

Una ballena jorobada salta junto a una pequeña embarcación en Puerto López (Ecuador).
Una ballena jorobada salta junto a una pequeña embarcación en Puerto López (Ecuador). JOSÉ JÁCOME (EFE)

Las ballenas son los mamíferos que más kilómetros recorren en busca de alimento o para reproducirse. Las jorobadas se alimentan en la Antártida y se reproducen en las costas de Colombia, Panamá o Ecuador.

Avistar uno de estos ejemplares es un espectáculo que muchos quieren experimentar. Ver la cola de una ballena hundirse en las profundidades del océano para coger impulso, sentir el vaivén del barco azotado por las olas provocadas por el salto de la jorobada o escuchar el bufido del espiráculo cuando sale a tomar aire y continuar su marcha es algo que pone la piel de gallina a quien lo vive y que transmite a quien escucha la historia.

Estos días, visitantes y foráneos han fletado varias embarcaciones en Ecuador para acercarse a las jorobadas que se reproducen en las aguas del Pacífico.

El avistamiento de cetáceos es una práctica habitual que celebran los organismos ecologistas, pues aunque puede suponer un peligro para los animales —que en ocasiones se sienten “agobiados” y cambian sus hábitos—, proporciona mayor beneficio económico que la caza comercial y promueve la protección de esta fauna.

Y es que hace unos años, la ballena jorobada era una especie en peligro de extinción por la caza furtiva; ya se ha recuperado y se estima que en los océanos hay más de 60.000 ejemplares.

Sin embargo, como el resto de la fauna marina, estos mamíferos se ven afectados por la contaminación. Las ballenas no dentadas se alimentan a base de pequeños peces y de kril, unos animales que se encuentran en la superficie, igual que las toneladas de plástico que flotan en nuestros océanos.

Según WWF, cada año se tiran al mar cerca de ocho millones de toneladas de residuos plásticos, que suelen acabar en el estómago de los animales, lo que puede causarles graves problemas e incluso la muerte.

En febrero de este año apareció muerto en las costas murcianas un cachalote que había ingerido hasta 29 kilos de plásticos. Se estima que el 90% de las aves y la mitad de las tortugas marinas han comido plástico alguna vez.

Está en nuestra mano cuidar los océanos para seguir disfrutando del espectáculo que nos ofrecen las ballenas.

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Lo que nos dice el duelo de una orca

Lo que nos dice el duelo de una orca

La orca llamada J35, o Tahlequah, arrastrando a su cría muerta el séptimo día CreditKen Balcomb/Center for Whale Research

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Entre las muchas peculiaridades de la naturaleza humana, hay una que siempre me ha parecido especialmente valiosa: la tendencia a proyectar nuestros propios sentimientos en otros animales. Esto parece ser un atajo hacia la empatía, una manera de acercarnos a otras especies. Sin embargo, los científicos difieren. Ellos lo llaman antropomorfismo y no lo alientan. Se estremecen cuando un video viral que muestra a un cerdito perreando al ritmo de una canción de Rihanna inspira cientos de comentarios que elogian la confianza, la cadencia y el gusto musical del animal. ¿Qué tal si el lechón en realidad está demostrando hostilidad, si bien con un ritmo pegajoso? ¿Está bailando o está asustado? ¿Y quién puede asegurar que el gato gruñón —que se ha hecho famoso en internet— realmente está de mal humor?

Los científicos tienen buenos motivos para recomendar cautela al respecto: existe una buena cantidad de argumentos muy válidos en contra de antropomorfizar a las criaturas con las que compartimos este mundo. Uno importante es el que afirma que sus vidas interiores merecen ser analizadas en sus términos, no en los nuestros. En ocasiones, interpretar su comportamiento a través de una perspectiva humana puede ser engañoso, poco inteligente o incluso perjudicial. Pero en otras —y estas ocurren con más frecuencia que lo que la ciencia quiere admitir— percibirnos en ellos es precisamente la respuesta indicada, cuando el estado emocional del animal es evidente para cualquiera que tenga ojos y corazón.

Tal es el caso de Tahlequah, también conocida como J35, una orca hembra de 20 años de la población residente del sur en grave peligro de extinción situada en el estrecho de Puget, Washington. El 24 de julio, dio a luz a una cría hembra, que estuvo viva solo durante treinta minutos. La cría estaba desnutrida, por lo que no tenía suficiente grasa para mantenerse a flote. Tahlequah mantuvo el cuerpo en la superficie, postrado sobre su cabeza o dentro de su boca. Se ha observado a orcas y otras especies cetáceas cargando a sus muertos, pero casi nunca lo hacen durante más de un día. Tahlequah nadó con el cuerpo de su cría por aguas agitadas durante, al menos, nueve días, en lo que los espectadores de las redes sociales y los investigadores de orcas llaman un “recorrido de duelo”, y tienen razón. Después, no ha sido avistada.

Cuando se aprende sobre la historia natural y cultural de las orcas, se comprende lo estrechamente conectadas que están una madre y su cría, cuán cercano es su vínculo. Al igual que nosotros, las orcas son individuos conscientes de sí mismos con habilidades cognitivas y que se comunican mediante el dialecto distintivo de su especie. A diferencia de nosotros, su identidad primordial es comunal: no solo las incluye a ellas, sino a su grupo familiar. La idea de que Tahlequah está en duelo por la muerte de su cría no es una proyección sentimental. La ciencia lo respalda con firmeza.

Las orcas son uno de los mamíferos socialmente más sofisticados del planeta. Viven en grupos matrilineales que pueden incluir cuatro generaciones, donde las abuelas más ancianas son las lideresas. Se sabe que las matriarcas pueden llegar a vivir más de cien años; están dentro de solo un puñado de especies, incluyendo a la humana, que pasan por la menopausia. Así como todas las otras características de adaptación de la naturaleza, esto tiene un porqué: las matriarcas fungen como parteras, niñeras, navegantes y maestras. Las madres, abuelas y bisabuelas orcas transmiten tanto conocimiento indispensable que las crías que se apartan de su influencia carecen de preparación para la vida silvestre de las orcas, como si un niño criado por lobos fuera abandonado en el centro de Manhattan.

Aunque no podemos llegar a comprender plenamente las experiencias de otras especies, el comportamiento y la neuroanatomía de las orcas parecen indicar que tienen una vida interior compleja. Sus cerebros son impresionantes, en algunos aspectos más grandes y más elaborados que el que consideramos el estándar por excelencia: el nuestro. El lóbulo frontal de las orcas está altamente desarrollado, así como su corteza insular, y ambos están relacionados con las emociones sociales y la conciencia. Al igual que el cerebro humano, el de la orca contiene neuronas Von Economo: células poco comunes especializadas que se relacionan con la empatía, la comunicación, la intuición y la inteligencia social.

Así que las orcas pueden sentir emociones, por exótico que parezca, y eso toca una fibra sensible en nosotros. Sí, son inteligentes, pero nuestra fascinación con las orcas y otros cetáceos también proviene de algo más esotérico. De algún modo, presentimos lo conectados que estamos. Tal como sucede con el antropomorfismo, la ciencia se opone a la noción de que estos animales nos afecten tan profundamente por un parentesco innato… pero eso no aminora nuestro sentimiento. Al momento de describir las múltiples características sublimes de las orcas, incluso los científicos más racionales empiezan a sonar conmovidos. Alguna vez el ecologista marino Robert Pitman se refirió a las orcas como “los animales más asombrosos que actualmente habitan este planeta”. Otro científico las proclamó “las indiscutidas soberanas de los océanos del mundo”.

Sin embargo, últimamente hemos arruinado el ecosistema marino a tal grado que incluso sus soberanas tienen dificultades para sobrevivir. Solo quedan 75 residentes del sur y si no hay un cambio drástico en las circunstancias, sus posibilidades de sobrevivencia son escasas. No han podido dar a luz a una cría sana en tres años. Estas ballenas se enfrentan a un sinfín de fuentes de estrés —contaminación y ruido marino industrial, entre muchos otros— pero su problema más grande es la malnutrición. Las residentes del sur se alimentan principalmente de salmón chinuc; la sobrepesca y la destrucción de hábitats no solo han provocado que esos peces escaseen, sino que los han contaminado con todo, desde compuestos ignífugos hasta Prozac y cocaína.

El sufrimiento por Tahlequah es un buen punto de partida. De cierta forma, esa es la parte sencilla. Lo más difícil es convertir nuestra aflicción compartida por esta madre en un impulso para resolver los problemas que aquejan a la menguante población de orcas residentes del sur. Si no estamos dispuestos a convertir nuestra empatía en acción, entonces un día no muy lejano les explicaremos a nuestros hijos y nietos lo increíbles que eran las orcas y lo mal que nos sentimos por lo que fue de ellas; cómo su dolor hizo eco en nosotros y cautivó nuestra atención; cómo nos dolió su pérdida, solo que no lo suficiente para que hiciéramos lo necesario para salvarlas.

El secreto que convierte a las palomas mensajeras en un arma de guerra

Unos pequeños cristales de magnetita les permiten orientarse, lo que les ha dado un papel destacado en tiempo de conflicto

El secreto que convierte a las palomas mensajeras en un arma de guerra

Seguramente los lectores más incondicionales de los cómics españoles recordaran que don Pantuflo Zapatilla –el padre de los gemelos Zipi y Zape-, además de detestar el fútbol, es catedrático de Numismática y Colombofilia. Una extraña combinación académica que tan sólo se le podía ocurrir a José Escobar Saliente (1908-1994).

La colombofilia se puede definir como el arte de criar y entrenar palomas mensajeras con fines deportivos. Una práctica que se fundamenta en la capacidad innata que tienen estas aves para regresar al palomar cuando se las deja en libertad.

El secreto de la magnetita

Las palomas, al igual que otros animales, como la trucha arco iris, son capaces de detectar el campo magnético terrestre y utilizar esa información para orientarse en sus desplazamientos.

Una de las hipótesis que pretenden explicar este fenómeno se basa en que la información es captada por receptores que contienen magnetita -un mineral formado por óxido de hierro y de color negruzco- capaces de transformarla en impulsos nerviosos.

Hace más de una década un equipo de investigadores de la Universidad de Carolina del Norte (Estados Unidos) postulaba que la magnetita se localizaba en las dendritas de las neuronas.

Sin embargo, en el año 2012 esta hipótesis fue refutada y se formuló una teoría más firme en la que se señalaba a las células inmunitarias –concretamente a los macrófagos- como las responsables de que las palomas encuentren el camino de regreso a su casa.

Fuera del servicio militar

Fue precisamente este GPS biológico el que hizo de estos animales un aliado incondicional en algunas unidades militares como, por ejemplo, la paloma 46415, que actualmente se encuentra disecada en el Museo del Ejército.

Este ave fue laureado durante la dictadura franquista por salvar la vida de doscientos guardias civiles en el Santuario de la Virgen de la Cabeza (Jaén). Al parecer el ave fue capaz de entregar el mensaje que portaba en la sede del Gobierno Militar de Córdoba.

Sin embargo, en el año 2010 las palomas mensajeras fueron «desmilitarizadas» tras la publicación en el Boletín Oficial del Estado (BOA) del Real Decreto por el que dejaban de tener interés para la Defensa Nacional.

El problema de los excrementos

La imagen romántica y de admiración que envolvía a las palomas mensajeras poco a poco ha ido dando paso a una cierta ojeriza hacia las palomas por parte de la ciudadanía, ya que desde hace algunas décadas suponen un verdadero problema para los grandes monumentos de las ciudades.

Por una parte, están sus corrosivos excrementos, la llamada palomina. Antaño se empleaba como abono natural, debido a que en su concentración hay una elevada cantidad de ácido úrico y fosfórico.

Sin embargo, la palomina tiene su parte negativa, ya que favorece el deterioro de la arquitectura de las grandes urbes. Cuando el ácido úrico entra en contacto con el agua reacciona disolviendo la piedra caliza, un elemento tradicional de la arquitectura de nuestro país. Por si esto no fuera suficiente, la acidificación conlleva la aparición de microbios nocivos para la piedra.

Estas aves, además, son transmisoras de más de cuarenta patógenos diferentes para los humanos, entre los cuales se encuentran la Clamydia o la Salmonella, los cuales pueden producir neumonía y gastroenteritis, respectivamente.

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La vida de Lincoln Brower, el defensor de las mariposas monarca

La vida de Lincoln Brower, el defensor de las mariposas monarca

Lincoln Brower en 2006 durante un viaje de investigación a México, donde estudió el ciclo de la vida migratoria de las mariposas monarca. CreditJenn Wiley Schmidt

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Lincoln Brower dedicó seis décadas al estudio del extraordinario ciclo de vida migratorio de la mariposa monarca y a hacer un llamado para su protección. Murió el 17 de julio en su casa de Roseland, Virginia. Tenía 86 años.

Su esposa, Linda S. Fink, mencionó que la muerte se debió a complicaciones de la enfermedad de Parkinson.

En innumerables publicaciones académicas, artículos y entrevistas, Brower retrató la historia de la monarca, la cual puede volar varios miles de kilómetros de lugares como Maine, en Estados Unidos, hasta un hogar invernal en las montañas del centro de México. El viaje es particularmente asombroso porque las mariposas que llegan a México nunca han estado en las zonas donde arriban para invernar; son las descendientes de las monarcas que migraron desde México en el ciclo anterior (las mariposas se reproducen en su camino hacia el norte y después mueren).

“Si alguna vez has visto dentro del cerebro de una mariposa, te habrás percatado de que es del tamaño de la cabeza de un alfiler y, a pesar de esto, la minicomputadora que se encuentra dentro de esa cabeza de alfiler tiene toda la información necesaria para llevarlas a México sin haber ido antes”, comentó Brower en una entrevista que dio en 1990 a The New York Times.

En la década de los ochenta, Brower trabajó con el gobierno y grupos mexicanos para establecer santuarios que protegieran de la explotación forestal a los bosques de abetos, claves porque son donde se concentran las mariposas, aunque en años posteriores denunció que aún había tala ilegal.

“Los tesoros biológicos como la monarca son tan valiosos como la Mona Lisa”.

Asimismo, Brower expresó su preocupación por los efectos que pudieran tener en las mariposas los herbicidas y los cultivos modificados genéticamente en Estados Unidos, pues las monarcas dependen del algodoncillo cuando cursan su parte del ciclo vital en el norte.

“La gente que visita por primera vez los santuarios de la mariposa monarca en México queda atónita ante las mariposas que flotan en el cielo, pero Lincoln tenía el corazón roto al ver la disminución dramática que sufrió la especie desde las expediciones que realizó en las décadas de los setenta y los ochenta”, mencionó en un correo electrónico Fink, profesora de Ecología en la Universidad Sweet Briar en Virginia.

La vida de Lincoln Brower, el defensor de las mariposas monarca

Las mariposas Monarca viajan cerca de 4000 kilómetros desde Estados Unidos y Canadá para llegar a México. CreditRebecca Blackwell/Associated Press

Lincoln Pierson Brower nació el 10 de septiembre de 1931 en Madison, Nueva Jersey. Sus padres fueron Bailey y Helen Pierson Brower. Creció en Chatham, Nueva Jersey, y quedó fascinado con las mariposas y las polillas a una corta edad.

En 1953, recibió el título de biólogo de la Universidad de Princeton. Comenzó a estudiar las monarcas cuando estuvo en la escuela de posgrado de Yale, donde recibió un doctorado en Zoología en 1957.

De 1958 a 1980, Brower dio clases en la Universidad Amherst y, de 1980 a 1997, en la Universidad de Florida. Desde 1997, fue profesor investigador de Biología en la Universidad Sweet Briar.

A pesar de que es más conocido por su trabajo con las monarcas, Brower destacó en otras áreas. En las décadas de los cincuenta, sesenta y setenta, estudió la coloración y el mimetismo adaptativos en la naturaleza al lado de su primera esposa, Jane Van Zandt Brower. Brower también examinó la conservación y la ecología de los ríos, en especial del río Connecticut, y realizó dos documentales sobre inundaciones de ríos.

En 1977 realizó su primer viaje a México para investigar las monarcas. No solo estudió el viaje migratorio de las mariposas; también analizó la química de sus hábitos alimentarios.

“Las mariposas le fascinaron toda la vida, pero la monarca le permitió ser uno de los fundadores del campo de la ecología química (o química ecológica, como él prefería llamarla) y convertirse en uno de los defensores de la conservación de las colonias que pasan el invierno en México”, mencionó por correo electrónico su hijo, Andrew Van Zandt Brower, biólogo de la Universidad Estatal de Middle Tennessee.

Brower no pensaba que la monarca estuviera en peligro de extinción, al menos no por el momento. Sin embargo, alertó en varias ocasiones que su espectacular patrón migratorio estaba en riesgo.

“Las poblaciones sedentarias de monarcas se dan de manera natural en las islas del Caribe, Trinidad, Bermuda y Suramérica. Las monarcas sobrevivirán como especie en algunos de esos lugares”, dijo en 1998. “No obstante, nos perderemos de su increíble y hermosa migración y de todo lo que esté asociado con ella. Es por eso que he dicho que este bello síndrome de la migración y el ciclo invernal es un ‘fenómeno biológico en peligro de extinción’”.

La vida de Lincoln Brower, el defensor de las mariposas monarca

Brower en 2016 en la Universidad Sweet Briar en Virginia, donde él era catedrático e investigador de Biología. Él era conocido como el mejor amigo de la mariposa monarca.CreditCentro para la Diversidad Biológica, vía Associated Press

Debido a que Brower era conocido como el mejor amigo de las monarcas, a menudo se enfrentaba a una pregunta en particular.

“De vez en cuando, me hacían esta pregunta en las ponencias públicas: ‘Y bien, profesor Brower, dígame: ¿para qué sirve la mariposa monarca?’”, comentó en alguna ocasión. “No hace falta decir que me enfurecía bastante cuando alguien me preguntaba eso”.

Sin embargo, tenía una respuesta, una que provocaba que quien la hubiera hecho reflexionara sobre el tipo de cosas que valoramos y por qué lo hacemos.

“He visto la Mona Lisa en París”, comenzaba. “¿Para qué sirve la Mona Lisa? En realidad, es solo una pintura en un pedazo de papel. Pero la admiramos como parte de nuestra cultura y de nuestra tradición”.

“Creo que debemos darnos cuenta de que los tesoros biológicos como la monarca son tan valiosos como la Mona Lisa”.

Además de Fink, con quien se casó en 1990, y de su hijo, le sobreviven una hija, Tamsin Brower Barrett, y dos nietos.

Según su esposa, a Brower siempre le dio gusto conversar con niños de escuelas primarias sobre orugas y mariposas, y era el tipo de académico que llevaba su trabajo a casa. Fink mencionó que de abril a octubre usaban una luz ultravioleta en el hogar para que él pudiera censar las especies de polillas.

Hace poco tiempo, Brower y Fink grabaron una breve historia oralsobre la vida del científico. Brower recordó que lo castigaron en la escuela por no entrar a clases, pues se retrasó por querer recolectar un tipo particular de polilla.

“Me suspendieron un día y me humillaron”, rememoró. “Me tuve que sentar en una silla dentro de un salón de clases todo el día”.

Fink le preguntó: “¿Valió la pena?”.

Brower respondió: “Totalmente”.

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Tragar sapos

Es la selección natural ayudada por la selección artificial

Rhinella marina.
Rhinella marina. © GETTYIMAGES

 

La idea parecía buena, y al fin y al cabo estaba inspirada en unas tecnologías agrícolas casi tan viejas como la propia agricultura: domesticar gatos para que se comieran a las ratas, luego perros para que se comieran a los gatos, y así sucesivamente. En las plantaciones de caña de azúcar del norte de Australia, el gran problema en las primeras décadas del siglo XX era la plaga del escarabajo de la caña, un nativo australiano con una inusitada voracidad por ese dulce cultivo de origen americano. Así que los dueños de las plantaciones decidieron importar al mayor tragaldabas de escarabajos que se conocía en el mundo: el sapo de caña (Rhinella marina),tan americano como el propio cultivo azucarero y que parecía ejercer un buen control de plagas no solo en Sudamérica y Centroamérica, sino también en las islas del Pacífico donde se había introducido.

Así pues, los azucareros australianos importaron desde Hawai 102 sapos de caña en junio de 1935. En solo dos meses mantenidos en cautividad, los sapos se reprodujeron tan bien que los cultivadores pudieron soltar 3.000 ejemplares por las plantaciones del norte. Hoy ya son unos 200 millones, y en su avance hacia el Oeste incluso ha evolucionado para tener unas patas más largas que le permitan llegar más lejos. Lo que en los años treinta parecía una técnica natural de control de plagas se ha convertido en una de las mayores pesadillas para la fauna local australiana, y en particular para el simpático quoll, o cuol, un marsupial del tamaño de una ardilla que es lo bastante ceporro como para comerse a esos sapos asquerosos, que pueden medir 15 centímetros y pesar hasta más de dos kilos. Como son muy venenosos, los quolls están desapareciendo del mapa debido a sus pésimos hábitos alimentarios.

Como en el caso de otras especies invasoras, erradicar al sapo de caña del continente oceánico parece imposible. Pero los ecologistas han tenido una idea rompedora que, al menos, puede salvar de la extinción al quoll. Con tanto sapo tóxico por todas partes, los naturalistas han podido detectar un pequeño número de quolls que han desarrollado una aversión natural a tragar sapos. Los investigadores los han seleccionado, los han cruzado entre sí y con otros ejemplares y han comprobado que el disgusto por tragar sapos se transmite a su prole. Ahora los están mezclando con las poblaciones del campo. Si todo va bien, el quoll se salvará por un método simple y eficaz de evolución acelerada. Es la selección natural ayudada por la selección artificial.

https://elpais.com

La impresionante pelea «a muerte» de dos toros bravos en México

Momento de la pelea en Arroyo Hondo, cuando entra en liza un tercer toro

Momento de la pelea en Arroyo Hondo, cuando entra en liza un tercer toro – México Bravo

Tremenda lucha. Dos toros bravos de la ganadería mexicana de Arroyo Hondo se enzarzan durante varios minutos en un combate por disputar el dominio del terreno y de la camada.

Con la colaboración de México Bravo (de donde rescatamos el vídeo), las impresionantes imágenes del programa taurino con más solera muestran la fuerza bruta y brava de las reses que pastan en el estado de Zacatecas, una de las pocas con sangré Parladé en México.

¿Quién se convertirá en el rey de la divisa? , tras la lucha de los dos ejemplares. Pero, para mayor emoción, entra en liza un tercer toro que trata de derribar al que hasta ese momento ejercía su primacía. Son parte de los códigos de las reses bravas, que convierten en esta ocasión la dehesa en un auténtico ring de boxeo. «A muerte».

https://www.abc.es/cultura/toros

 

Las arañas utilizan un ‘parapente electrostático’ para volar

Hasta ahora era un misterio la manera en que viajaban largas distancias por el aire, incluso en días sin viento. Un equipo ha comprobado que usan la electricidad estática de la atmósfera para surcar los cielos.

Las arañas utilizan un ‘parapente electrostático’ para volar

Las arañas utilizan un ‘parapente electrostático’ para volar Michael Hutchinson

 

Darwin calificó estos vuelos sin viento como “inexplicables”

Lo que han descubierto es doblemente interesante, porque por un lado parece que las arañas aprovechan el Gradiente de Potencial de la Atmósfera, la diferencia de carga que hay de forma permanente entre las diferentes alturas, y por otro resulta que tienen un sistema especial para detectarlo, que son los pequeños pelos de sus patas, que se ponen erizados de la misma manera que el pelo de una persona cuando se carga de electricidad. De esta forma, las arañas notan que hay una fuerte carga eléctrica en la atmósfera, preferentemente en días de poca humedad, y despliegan unos cuantos hilos de seda en forma de parapente. Como su carga es diferente de la que hay en las partes superiores, la araña echa a volar por el mismo mecanismo por el que los papelillos ascienden hasta pegarse en un bolígrafo que hemos cargado de electricidad rozándolo contra la manga de un jersey.

“Anteriormente se pensaba que las fuerzas de arrastre del viento o las corrientes térmicas ascendentes eran las responsables de este modelo de dispersión, pero nosotros demostramos que los campos eléctricos pueden disparar este mecanismo y aportar ascenso en ausencia de movimiento de aire”, precisa Morley. “Esto significa que los campos eléctricos y el empuje pueden aportar las fuerzas para que esta dispersión de las arañas se produzca en la naturaleza”. Los autores se propone ahora comprobar si este sistema es utilizado por otros animales para volar y qué papel puede jugar la electricidad estática en la dispersión atmosférica de especies y partículas en suspensión.

Referencia: Electric Fields Elicit Ballooning in Spiders (Current Biology) DOI 

 

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