LISBETH ALEXANDRA OÑA MORALES: POEMAS

LISBETH ALEXANDRA OÑA MORALES: POEMAS

DOS

Estábamos turbados en una guillotina. Un 16 de octubre afirmaste llegar con tus manos llenas de azufre a darme el stock de mi última agonía.

Te basta decir: “la filosofía me prostituye”

Por eso el ADN que construí en tus labios se va al aspirar el plantón que cae de tus cascadas.

Por eso los duendes que compramos en la plaza te acechan y derrumban el polvo que cuidaba tus días en mi lejanía.

Estábamos turbados… Nos perdimos en la desidia…

Un 30 de febrero fue el clímax mental, porque aun te construías lágrimas con discos de plomo.

“El sol desembarcaba tus ondas polares” Estábamos

Esta Ba Mos

Estabas

Estábamos eternos en nuestras quiméricas obsesiones y en los “eternos”; que se daban, cuando te acostabas con las sombras.

Esta Ba Mos

Y cantamos los versos que flagelaban el sonido.

A noche descubrí que el mundo está cabreado y que no tiene eje que lo centre.


Por eso sigo tejiendo tu mirada en mis dedos.

Anoche nos desquiciamos con la temperatura de las calles y con tiburones terrestres que comían la memoria.

Anoche pasamos gustos la iglesia que no es morada de tu Dios.

Anoche estábamos Esta

Ba Mos

Estabas y Ahora no.

C i r c o    e n     l a       l l u v i a

Regreso a la lluvia

camino en ella, me columpio.

¿En la cuerda floja?

Tomo un paraguas, me balanceo

-Cabeza chapote ante, divagas en espejos lodosos-

Imagino un circo que atraviesa mi tristeza guardo la lluvia que no me limpia

que se me olvida de pronto caigo

tropiezo, lloro, decido, me lastimo caigo.

Me toma un cometa…

en el séptimo vuelo explotan mis pulmones. Transmuto…

Quiero unirme al sistema pájaro.

En Vuelco auto suicida de nubes en polvo

Que se prolifera, transforma.

Me pongo melancólica

Me hace falta el asco de mis gritos,

Pero regreso a la lluvia y me columpio en ella Tal vez…

¿En la cuerda floja?

Turbulencia de un ascendiente

A papa le gustaban las fieras locas intensas… De chiquito proliferaban notas suaves.

Degustaba de noches alucinadas Y el verde plateado de su tiempo.

Degustaba de putitas babeantes

“Ellas”

le daban las cenizas de sus ojos.

Un poco, pálido, moreno, ondulado Degustaba del encierro y el fastidio De la iglesia,

cada 5 años se golpeaba el pecho culposo. Degustaba dar serenos a iguanas.

A papito le gustaba beber…

Creyendo que el alcohol era un karma (y era feliz). Dormitaba y soñaba con fieras locas intensas

Que lloraban las cenizas de sus días

E impregnadas

Absorbían el verde plateado de su tiempo.


Alimañas un grito al olvido

Sigo habitando en tu mente/ en el cristal del lente izquierdo que se te quebró anoche./En los insectos que moran gatos enfermos y una que otra rata.

Un viaje a Manta era lo que necesitábamos/ ver cruzar mariposas, mosquitos tristes, mosquitos soñadores./ Ver fijarse en nuestros pechos cigarras que extraían la savia del poco amor que nos teníamos. /

Ver congas y hormigas mutantes de pena que poco a poco subían las extremidades./

Ya no importaba la mirada triste/ nos convertíamos en crustáceos/ en seres torpes de ojos borrosos que tropezaban en recuerdos./

Sigo habitando en la memoria del 98/ cuando soñaba volar el Cotopaxi/ curiosear el hielo sin quemarme y convertirme en llama errante./

Sigo habitando en la memoria de otra gente/ en la salinidad de la costa/ en el frio de la sierra./

Lo que necesitábamos era ser insectos volátiles que vaciaran el poco amor que nos teníamos./

Sigo habitando en tu mente/aunque me haya marchado a la sierra/

y no me acuerde más de vos.

 

Lisbeth Alexandra Oña Morales, (1996). No estudia letras, ni ninguna carrera de ciencias socialesafines; pero vive con la satisfacción de seguir matemáticas y química donde se le cruce, porque la ciencia también es poesía. Es contra alto desde los 12 años edad.

En 2011 participó en el concurso artístico literario: “Mujer simplemente mujer” en la programación de marzo mes de la mujer Otavaleña. Ha formado parte de distintos talleres literarios dictados por Ministerio de cultura en 2013 y 2015. Ha participado en talleres por apertura a la Feria del Libro Quito, desarrollado en el “Centro Intercultural Comunitario Kinty Wasi- la Casa del Colibrí”. Actualmente forma parte del Colectivo cultural independiente “Niño de Cristal”. Fue invitada al III Festival de Literatura y Artes Plásticas Riobamba 2016.

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Poemas de FLORENCIA MADEO FACENTE

Poemas de FLORENCIA MADEO FACENTE
Sally Nixon

Entré en un almacén de la costa

Con polvo sobre viejos productos

de cosmética (perfumes que, por ejemplo, Avon

 ya no vende en el catálogo)

y alguna que otra estampita religiosa, 

un santo con cara de pescado,

y lo que siempre falta.

Dos nenes frente a una computadora casi vieja

 a los disparos dentro de un juego

en primera persona multijugador.

Se venden sombrillas y pequeños muebles de playa

 por si se te ocurriera broncearte

y permanecer quieto junto a ellos 

toda la temporada.

La mujer que me atiende me pregunta cómo está el tiempo. 

Se ve que no sale desde la edad del polvo.

Yo pienso que de tanto viento tomaron consistencia 

un par de cosas que podrían llegar a justificar 

aquella pregunta común sobre la atmósfera,

que lo más manso de la ola se estiró como una lengua 

y se comió a las gaviotas,

y que no somos quiénes para entender su muerte. 

Alrededor de los arrecifes se empuja algo, no sé bien, 

que vuelve sólidos los tiempos,

el mío y el del salmón congelado en la ventana,

 tiempo materializado como el de una silla rota 

que soporta la lluvia en la calle

mientras nadie se la lleva.

Los adolescentes no despegan sus ojos de la pantalla. 

Me preocupa imaginarlos con una cruel ceguera.

De pronto, sobre el rifle que dispara caen pedazos blancos.

-¡Está nevando!

-Wow, qué lindo…

25 años

Estoy en una edad

en la que ya no sería apropiado que se me muriera una planta, 

tampoco salir sin paraguas o descuidarme el esmalte.

Amor, dejaste al fin de parecerte a un vendaje.

Tu elástico desprotegió con un ruido mi tamaño.

Hay igual distancia entre los veinte y los treinta, 

sé que puedo ser un puente en destrucción

o todo lo contrario.

Mi rostro final es rescatado de un cofre oscuro, 

pierde el resplandor yendo cada vez más

cerca de la superficie,

en lugar de huesos los demás reciben mis poemas 

y mis padres agitan sus pañuelos sobre mí

como si partiera.

Retrato de una inundación que ocurre en otra casa

Una gotera marcó, durante pocas noches, 

el tiempo de esta casa.

La escuchaban con las medias puestas.

Salían de la cama y caminaban dando brincos como los

 gorriones

pero las medias se enfriaron y les agarró fiebre.

«Chicos, la inundación se llevó nuestra casa. 

Ahora está en un lugar mejor».

Hay que volver a comprar camas, 

tomar fotos para los portarretratos

 (lo peor de una inundación, 

perder las fotos).

Pero la mente es amante de los rincones 

que permanecen oscuros.

No importa elegir entre un sillón verde o gris. 

Ya no se almacenarán los últimos cambios.

Los adultos de la casa no tenían su fe 

puesta en los objetos,

y sin embargo…

Pocas cosas de verdad quedan.

El gato duerme sobre la lámpara 

que fue necesaria para encontrarlo.

5.

Pensá en esos puestos de flores

y diarios que quedan abandonados 

tras el inicio de un terremoto.

Nota en un restaurant

Una mancha de sangre 

no sale,

pero si la limpiás enseguida tenés 

más chances.

Ahora bien, si te demorás 

puede que no salga del todo,

que quede imborrable el contorno 

y se forme algo monstruoso

como un país,

un país que solo vos

(no importa si la sangre es tuya

o de otro, importa sólo tu motivación 

para borrarla) sabrás vacío.

                                        De “Una ciudad en silencio”

Sobre la autora:

Florencia Madeo Facente nació en 1992. Estudia para ser profesora de filosofía y actualmente trabaja como profesora de español para extranjeros. Asiste al taller de Paulina Vinderman. Publicó “Una ciudad en silencio” en Celofán, ed. La Carretilla Roja (2018). Actualmente se encuentra finalizando un poemario.  

Colaboración: Sara Montaño Escobar

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Apuntes al reverso de un poemario

Apuntes al reverso de un poemario

 

Siempre hay que rasgarse

ya no las vestiduras o el cerebro

sino el alma;

como si fuese necesario el quiebre

para estar tranquilos

y apañar a los demás,

o al menos presentar los versos

como espadas

-inútiles espadas que no hieren

sino solo desde el pomo-.

Las manos siempre heridas,

nunca falta la mención a los padres,

a la infancia o la diabetes de la abuela

que murió sin los dedos de los pies. 

Siempre hay que dolerse

de una u otra forma,

pensando que el dolor 

es digno de respeto.

Después vendrá el tiempo de aceptar

que el amor de secundaria era ridículo,

como aquel te amo dicho a media calle

con un vaso de fruta entre las manos;

como aquellas cartas 

rebosantes de perfume y para siempres.

Ya vendrá el tiempo de envainar 

la espada del dolor amplificado

y sacar los utensilios propios

de poéticas serenas:

un buen calentador,

el pan, la copa, el queso,

unos anteojos,

una bufanda que no pique

y todos esos menesteres

para escribir sin prisa,

sentado, 

tranquilamente.

 

APUNTES AL REVERSO DE UN POEMARIO

 

si dice que es poema

es un poema

quedan emplazados los lectores

a asumir su parte indispensable

del contrato

si entienden qué mejor

pero si no

en realidad no importa

siempre habrá un par de traductores

entusiastas

amigos que pagan 

o arrendan un favor

o jóvenes astutos 

o críticos ingenuos

que vistan con sus trapos

al rey que se pasea desnudo

no importa que no suene

no importa que haga alarde

de lo obvio o que carezca

de sentido

si dice que es poema

si es leído en un encuentro de poesía

si se encuentra impreso y empastado

no hay sitio pues

para ninguna duda

 

 

AGUA Y ANHELO

 

Para R. por coincidir 

en esta isla sin orillas

Me has dicho que el sueño y el mar

son cuerdas atadas a ti, que te vuelven

al sitio dulce de la infancia y a tu isla.

Me has dicho que ahí, 

donde cede el insomnio,

aún puedes ver el bosque,

su canto tantálico de lluvia,

su lluvia obscura de batracios y de frutas.

A través del cristal de tus anteojos

miro tus ojillos quietos, concentrados

para ver el sueño en la vigilia.  

Tu voz en el recuerdo se olvida aún más

de pronunciar las erres

y el seseo se desvanece hecho suspiro,

como si la lluvia, el mar,

la brisa que no cesa en ti

deshicieran en el aire tus palabras.

Te habita aquella isla, 

como esa maldita circunstancia que escuchamos;

te habitan las aguas de tus mundos, te rodean

aquí mismo, debajo de esta plancha de cemento,

en la casa difusa de tus náufragos,

en la Venecia que no dejas de pensar,

en tu escritura y en tu infancia,

en la noche y en el día.

En cambio a mí, hombre de llano,

me habita el polvo, el cactus, los magueyes:

yo no miro el agua sino desde la sed,

solo sueño el mar como espejismo.

Tal vez, si algo nos une,

sea el agua y el anhelo.

 

—Adan Brand

 

Adán Brand (Aguascalientes, 1984) Licenciado en Letras Hispánicas y Maestro en Lingüística Aplicada por la UNAM. Poemas y ensayos suyos han aparecido en distintos medios nacionales e internacionales. Es autor de Soy más humano cuando como vegetales (Eximia: 2015) y de Animalaria (Eximia: 2018). Los poemas cedidos a esta página forman parte de este último libro.

Revista

CARLOS NUSS; POEMAS

CARLOS NUSS; POEMAS
Pamela Rahn

Ella corría
Ella corría a través del espejo
como un misterio que se nombra a si mismo,
la caída antes que el salto,
las dos cabezas de la oscuridad
mirándome en sus talones,
volteando por sobre su boca
que dice lo que ella no dice. 
Corría a través del espejo,
sus dos perfiles, flor a mano cerrada
giraban por sobre sus hombros,
los anzuelos sugeridos al pez del sol
que en vano cruza los dedos,
flota y boquea en el pelo de agua,
en el reflejo perdido por milésimas 
de sombra dentro de su sombra. 
Ella corría a través del espejo
copiando las muecas de la luz,
el karma de la luna la miraba de espaldas,
la inútil carrera del tiempo
jugándose en sus párpados, 
sus dos apéndices cóncavos hacia el vacío, 
sus dos maneras de inercia y lejanía. 
A través del espejo iba
para espantar el reflejo y salir 
para siempre
de él.
Canción de cuna para despertar
Alguien te dará de palabras
algo moverá tu lengua de lugar.
¿Harás de lo normal una excepción?
¿Será la belleza tan terrible?
La voz será un perfume que guía 
al ciego entre baldosas rotas.
Canciones de cuna para despertar,
la grafía descalza quema al pisar,
al hablar sin amuletos.
Siempre se dice para otro
aún cuando ese otro
sea uno mismo.
De “La quinta pata”
Autoinventario
Soy un porcentaje en la estadística,
un rol en la encuesta
que no sabe-no contesta
sobre el mote de la gravedad de las piedras
y el volumen de los escrotos.
Soy el mes del fin del sueldo,
soy un voto impugnado,
soy plusvalía y consumidor final,
target de la publicidad, 
blanco de las ofertas,
soy un ticket de supermercado.
Soy un rostro al final de la fila,
soy un litro de sangre donada
que no alcanzó a ser derramada
…aún.
Urbana
La calle es una prosa dura
sin ningún esmero estético
siga derecho y se llega a la felicidad
con una bolsa de supermercado; 
pierda cuidado,
la policía custodia el patio recién barrido
y las caderas de los automóviles,
si el huésped no pierde la calma 
en los semáforos.
La libertad es una ama de casa
con derecho a la palabra
y al resentimiento del sábado a la noche.
La clase dirigente digiere gente
con el entusiasmo de un empleado municipal,
con el amor de las fauces de las urnas.
La mañana toca bocina en los corazones
mientras la tarde prueba su traje de muerte,
ajustando el dobladillo de las costureras
para hacer las paces a la luz de las velas.
Los hombres tropiezan 
con sus callos y sus sombras
limpiándose la esperanza de la cara
para ensuciarse religiosamente
al día siguiente,
en la eucaristía de las esquinas.
                                               De “Contrapunto pat-AGÓNico”
Sobre el autor:
Carlos Nuss (Concordia, Entre Ríos). Reside en Comodoro Rivadavia desde 2009. Estudió Profesorado de Historia. Ha puesto en escena espectáculos que fusionan la oralidad de la poesía con otras artes como la música y el teatro. Publicó los libros de poesía “Contrapunto pat-AGÓNico” (Vela al viento, 2016) -en coautoría con Ezequiel Murphy-, “La quinta pata” (Espacio Hudson, 2017) y la nouvelle “Tons” (Editorial Cooperativa El Miércoles, 2018). Expuso “La gota perfecta” –muestra de pintura y poesía basada en la devastadora tormenta que azotó Comodoro Rivadavia en 2017– junto a la poeta Mariana Heredia y la pintora Alejandra Heredia.
Colaboración: Sara Montaño Escobar
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Punto de partida: «Reconocer la voz. Acerca de Tierra impar de Francisco Layna Ranz» [Diego L. García]

Punto de partida: «Reconocer la voz. Acerca de Tierra impar de Francisco Layna Ranz» [Diego L. García]

Hoy hemos comido miel de hiedra, untada sobre pan
…..negro.
El humo era dulzón, parecía cegar a los que huían.
Teníamos en las manos la tajadura que nunca supimos
…..explicar.
Dos, tres veranos después surgió el recuerdo de la miel
…..primitiva. Lo hicimos en torno a una canción y a
…..una cosecha. También de esa época nuestro primer
…..cementerio.
Ahí empezó, inevitable, la historia de los muertos.

(«El descubrimiento de la miel»)

La historia de los muertos se cuenta en una lengua impar. No es que la palabra intente ocupar el espacio de los cuerpos, sino que se reconoce en lo incompleto como un susurro, un tanteo, una aproximación; a eso podemos llamarlo símbolo. Y el recorrido del símbolo siempre es una espiral donde conviven tanto la tradición esotérica como aquello inesperado que a veces definimos como lo poético: «miel de hiedra», el «verano», «una canción», «una cosecha», el «cementerio», una cadena con rastros míticos en dirección a una gran incertidumbre que la poesía de Francisco Layna Ranz resignifica en el código de sus espacios a veces oníricos, a veces bucólicos, a veces interiores. Espacios en los que puede desarrollar su plan: inscribirse en la ausencia y extraer lo que allí acontece.

Él era un bosque con sus pupilas inyectadas en resina y en
…..hielo de porcelana.
No cabían más imágenes en su edad, eso pensaba.”

(«Gigante que sueña»)

El gigante que sueña reaparece a lo largo del libro, ligado conceptualmente a la búsqueda: «buscar sentido siempre es labor posterior». Las ideas de nada, de vacío, de ausencia llevan a un agotamiento de lo real; «resina», «hielo», «porcelana», materiales para reconstruir una existencia que en torno al lenguaje resulta no solo posible, sino sanadora de las heridas del absurdo. «Nunca sabré la razón de la escritura. Todo sucede al / mismo tiempo, en eso consiste». Así, el sujeto poético irrumpe en la ubicación de su relato hacia la idea del desconocimiento que conlleva, y refuerza, la posibilidad de que algo persista en acción de todos modos. Ese estado refleja una manera de la conciencia escritural nada menos que como una conciencia gratuita del vivir. Resulta impactante indagar desde esta postura en las preguntas tradicionales que recorren el hecho poético (o artístico, en su sentido amplio). Desde allí es que debemos leer esta obra.

Los seres y sus contornos dejan tras de sí una estela de
…..nombres. Me apropio de ellos con tan solo observarlos.
…..Soy todo un ladrón de experiencias: eso creo.

(«Nadie en algún sitio»)

No sé lo que es el regreso. Tampoco sé si yo soy cierto, si
…..soy verdadero.
Siempre que abro una maleta me llega una voz que
…..reconozco.
Eso es ahora la vida: reconocer.
Tantear en las respiraciones, buscar en ellas, rastrear el
…..pacto.
Algún indicio de que aún existe lo que dejó de existir.

(«Prólogo para Fabio»)

El reconocer a pesar del no saber. Una forma del poema para aproximarse al sentido. Un tanteo «en las respiraciones», ritmo y distancia entre la vida y «lo que dejó de existir». El indicio de algo nombrable, esa fina línea por donde transita el poema. Parece no haber espacio para la soberbia plenitud de las voces. ¿Qué pueden decir quienes avanzan aturdidos en las cintas de la materia? El pacto apunta a un espacio menos aprehensible. Dirá en otro poema: «Lo nombrado solo queda en mi respiración».

El libro sigue en tramos impares, los números divinos según los antiguos, conformando una secuencia que desarma las leyes del tiempo.

Nos dijeron: el pasado es una probabilidad. El infinito es
…..anterior, nos dicen los caídos. La arena es un ejemplo
…..de lo eterno. Ni la duración ni la edad, ni siquiera la
…..mueca o el acento.
Luego discutimos, como solíamos, el matiz y el significado.
Lo nombrado solo queda en mi respiración, no distinto
…..de cualquier ruido, aunque sea el último torzal del
…..estallido.

(«Nueve»)

En el sueño de los gigantes caben todas las probabilidades y todas las caídas. La escritura del poema respira y se aproxima a ese infinito nuclear, donde las palabras alguna vez habitaron. No sé si Layna Ranz lo asimila a un dios o a la respiración de sus ausencias. Lo único claro es que el estallido de lo material permite que por fuera de su ley se gesten otros lenguajes. Si reconocer la voz implica una traducción del inframundo, habrá que salir sin voltear hacia las presencias que nos siguen, sin pretender confirmaciones ni recompensas más que la fugaz percepción de una dirección.

 

Portada Tierra impar
Francisco Layna Ranz, Tierra impar. Ril, 2018.

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PAMELA CUENCA: EL CORAZÓN NO ES DE PALMITO

PAMELA CUENCA: EL CORAZÓN NO ES DE PALMITO
Debería llamar a papá. Decirle que la luz no es mejor que la oscuridad, que ahí también hay instantes blancos que ciegan. Debería dejar de lado la tortura de saber que soy otra sombra. Mirar con profundidad, yo, aún que puedo. Tomar la mano del equilibrio mental y deshojarme al fin. 
Debería, también, dejar de coquetear con la muerte, pensar en otra cosa, pensar en la mirada de todos los que hemos sido condenados. Encontrarme contigo en el espejo, besar mi reflejo para besarte a ti. Asomar mi rostro al filo del precipicio y sentir miedo de caer. 
En esta cajita de cerillas vas a encontrarme, durmiendo junto a los conejitos blancos de los que te hablé. Debería decirte todas las cosas, duele guardarse las palabras y perforarse la garganta. Duele escuchar todas las voces del mundo en mi cabeza y no poder diferenciar la tuya.  Tenerte cerquita del pecho sin posibilidad de permanencia. La importancia de todas las cosas puede reducirse a tomar tu mano.
Si estiramos más la cuerda no se romperá, la nuestra siempre ha sido elástica, siempre volveremos al comienzo para chocar nuestros cuerpos. 
Que sí, que me niego mil veces frente al río. Que recuerdo todos nuestros instantes. Que pienso en papá, que no puedo evitar llorar en tu hombro, que no puedo evitar quererte querer. Que todas las no cosas son la no existencia de sabernos no cerca. Somos el charquito formado por la huella de un animal salvaje: hemos bebido de él y ahora los salvajes somos nosotros. 
El no abrazo eterno será el sentimiento que se le niega al mañana todos los días al salir el sol. 

1

La niña de los pernos es una oblata con brazos de tul. Aquí en medio de los gusanos carcome luces se duerme la última codorniz con huevos de plata. Un perno mal colocado hizo de la niña un agujero en torno de su capa y las golondrinas volaron a lugares lejanos con casitas de chocolate para los malos hombres. 

2

Contaba una leyenda que en los siglos pasados hubo una niña de ojos grises, manos robóticas y luces led en la boca, poseedora de pernos arcoíris buscaba entre las sombras a su pequeño hermano licuadora y soñaba con construir un mundo de cicatrices verdes y foquitos azules. Su vestido de lana era un acordeón que sonaba solo. Cajitas de caramelos para los hombres tristes. 

3

Mi casa es una jaula gigante, aquí los ratones astillan los pies de los infelices, mi casa es un agujero hondo, sin salida, con barrotes gruesos y nos ahogamos. Los pernos se oxidan de a poco y el olor a aceite quemado lo llena todo. Mi casa es un saco de hierbas para cobayos de luz. El hombre y el acordeón dejan caer la última canción y yo, niña, canto.

2

Yo encontré en la caja de pinturas el color más hermoso y me lo comí, tenía dentro de mis entrañas la hermosura brillante del color, la belleza de la tarde y de los arcoíris. Encontré en una caja de diamantes un lucero, lo miré y busqué en el espejo algo como el cielo, pero las nubes no vinieron a mí. Encontré en las casitas de muñecas las tenebrosas golondrinas con picos sangrantes y cuerpos de pulpo, encontré sangrando a la amapola y lloré porque siempre le tuve miedo a los silencios, a la ausencia, a las ventanas. Me encerré en esta caja de pinturas me devoré a mí misma. Me lastimé los dedos, me corté la piel tantas veces. Fui un ratoncito mirando a los conejos matarse entre sí. Fui el gato ciego que se acicalaba lentamente. Yo encontré una caja y la caja me envolvió. Me sobrepuse al temor de la oscuridad, de las mujeres de mantos negros, sin manos, con sus bocas entreabiertas que cazaban mariposas invisibles, me sobrepuse y corrí de nuevo al armario. Soy un cardo que espera, ya sin miedo, la llegada de las voces. 

 

Me he permitido soltar acuarelas en el mar, me he permitido pintar las olas con azules más intensos. Permití la existencia de un cuadro ligeramente balanceado en el piso. Este presagio irreparable es la ceguera de mis ojos. Conservo la oscuridad en los bolsillos: la ruptura del océano.  Me arrastraré persiguiendo la sombra evitando la tormenta que suplique un nombre. Disipar el terrible contexto de mi mano sobre tu pierna. Aquí, donde debería nacer la vida todo es desierto. No existe el camino a ninguna casa, mi vientre no albergará a ningún hijo. Aquí todo es muerte, la ausencia total de las decisiones. 

¿Recuerdas la noche siguiente del día que nació mi hermano, papá? Fuiste a verme en casa de mi abuela, me dijiste: ‘vamos a dar una vuelta, hija’ Yo te seguí, como he venido siguiendo tu sombra todos estos años.
Te estacionaste cerca a la Puerta de la Ciudad, y lloraste. Fue la primera vez que te vi llorar de verdad, que entendí tu tristeza, desde ese día guardo tus lágrimas en mi memoria: para recordar que el llanto existe cuando el amor no llega a ser suficiente. 
¿Recuerdas lo que me dijiste esa noche, papá? Tomaste mi mano y murmuraste que ningún momento se compara al día en que me compraste mi primer par de zapatos. Lloré, aún recuerdo tus ojos, mirándome. 
Ya no sé cuándo me miras, papá. Tus ojos se hicieron grises, se fueron perdiendo en una neblina demasiado espesa. Así que ahora cuando tu mirada perdida intenta buscarme yo recuerdo aquel día. Recuerdo tus ojos cafés y tu voz diciéndome: ‘hija, perdón’
Debo confesarte papá, nunca he podido perdonar a nadie, por eso mi corazón es una caja carcomida habitada por los monstruos que creíste matar bajo mi cama. Pero papá, antes de que la arena de los años y las pesadillas forme en mí un desierto, yo te perdoné. 
Siempre regreso a ese lugar, aunque no pueda regresar a ti, quisiera yo también ahora poder tomarte de la mano y… 
Papá, aunque la luz se rompa yo seré tus ojos.
BIOGRAFÍA
Pamela Cuenca, Loja, Ecuador, 1996. Ganadora del Premio Nacional de Poesía César Dávila Andrade con su obra inédita Los cubos que me habitan (Cuenca, 2017). 
Ha publicado avances de su futuro libro en las plaquetas: Ensayo de realidad virtual para un gato que despierta (Loja, 2017), Despersonalización de una máquina: futuro no inmediato (Ambato, 2017- Loja, 2017), El descanso de la nube roja (Loja, 2018). 
Algunos de sus poemas aparecen en: Antología Alma Adentro Mujeres Ecuatorianas Premiadas (Editorial El Conejo, Quito, 2018), Alas Púrpuras: Antología de resistencia y libertad (El Ángel Editor, Quito 2018) y en espacios como Revista Suridea de la CCE (Loja, 2013-2014), Revista El Faro (Loja, 2016-2018), Gaceta cultural República Sur (Cuenca, 2017), Anábasis (Perú, 2017), Cráneo de Pangea (Quito, 2017-2018), Habemus Poesía Loja (2017), Cromosoma Lunático (Loja, 2017), Digo.Palabra.Txt. (Venezuela, 2017), Le Miau Noir (España, 2017), Bartleby (Perú, 2017), Casapalabras (Quito, 2018). 
Entrevistada para la revista Rocinante Nro. 111 (Quito, 2018). Entrevista en El Telégrafo (Guayaquil, 2017). Entrevista en Diario El Tiempo (Cuenca, 2017). Entrevista en Diario El Mercurio (Cuenca, 2017). Entrevista para Ecotelpress (Loja, 2018).  
Ha sido invitada a encuentros nacionales como La Palabra Crece, Manta 2017, Bibliofrenia, Ambato 2017, IV Festival de Literatura y Artes Plásticas Riobamba 2017, Feria del Libro PUCE Quito 2017, Festival Lectura de un Kanibal Urbano, Quito 2018, Festival Otra Orilla Guayaquil- Durán 2018, Feria del Libro Ibarra 2018. Invitada nacional para la Feria Internacional del Libro y la Lectura, Quito 2018.
Directora y fundadora del I Festival de Poesía De Lirios Ambato 2017. Aparte de su actividad literaria ha trabajado como reportera en canales de televisión. Es coautora de un artículo de investigación publicado en Revista ComHumanitas de la Universidad de los Hemisferios (Quito, 2014). Fue miembro del Ballet Folclórico Internacional “AYMARA” durante tres años. 
Colaboración: Sara Montaño Escobar
Imagen: Constelada (Shirley Andrade)
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Cresta del aullido

Cresta del aullido

Boca accidental

bajo tela negra

 

Abrir, cerrar,

a un paso apresurado

 

Filo en escala que  s u b e

 

Se abstrae la sensación

 

Un como retumbar vertical 

 

Vigía en la sala;

atrás, el lobo herido en el bosque

 

renguea y llora

(los lobos siempre sufren mucho)

 

Presionar, aplicar 

la tinta de la caligrafía sanguínea

 

Un ser incompleto,

tuerto,

a medio sostener 

 

vértigo en sus músculos:

hay aire en lugar de piso

 

Cazador travestido de venado

lanzándose desde la cañada

 

aquí mira un río dolido,

    aquí duerme una piedra masticada

 

abrasión mecánica

 

una rodilla que canta sus tristezas al revés

 

cortina de navajas

cerrando las fauces sobre el movimiento

 

medio muchacho,

           medio lobezno

gira rostro, gira pierna

 

En la abulia del viento

se ha visto levantar la cascada muerta;

 

en el lavabo sale sangre ardiendo

 

(Tam-tam)

 

De pie la garra triturada

 

A todo lo alto, 

autos derramándose entre pirámides planas

 

El que llora no parece persona,

ni máquina,

                   ni nube

 

El que llora es un pobre animal hambriento de sueño

y lleva en la piel

una torre de vidrios

 

Subir saltando a cuatro manos;

a través de los retratos taxonómicos,

la onda de las figuras vivas 

desemboca en los ritos de un tiempo vegetal

 

Un no-ser en la sien, 

retozando hasta el fastidio;

la bestia que alguna vez fue imaginada, camina ahora sin cojear 

 

          No humano, ni animal:

          el nuevo suspirante bate sus alas;

                               ¿alguna vez sintió que era correr?

 

 

Aldo Vicencio (Ciudad de México, 1991) Poeta y ensayista, estudió la Licenciatura en Historia en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Fundador del colectivo poético Naufragio, y colaborador de Liberoamérica,es autor del poemario Piel Quemada: Vicisitudes de lo Sensible (Casa Editorial Abismos, 2017) y el videolibro Anatolle. Danza fractal (El Ojo Ediciones, 2018). Su obra ha sido publicada en diversas revistas literarias iberoamericanas como Punto en Línea de la UNAM y Círculo de Poesía en México; Digo.Palabra.txt  de Venezuela, Revista Antagónica,  de Costa Rica; Enfermaria 6  en Portugal, Oculta Lit y penúltiMa de España, entre otras. Ha sido incluido en las antologías Nueva Poesía y Narrativa Hispanoamericana (Lord Byron Ediciones, 2016) y Nido de Poesía (LibrObjeto Editorial, 2018). 

Revista

Abril

Deberíamos dedicar esta jornada de reflexión a leer poesía

El poeta T. S. Eliot y su segunda esposa Valerie, en su casa en 1958.
El poeta T. S. Eliot y su segunda esposa Valerie, en su casa en 1958. GETTY IMAGES

 

Abril es el mes más cruel: engendra / lilas de la tierra muerta, mezcla /recuerdos y anhelos, despierta / inertes raíces con lluvias primaverales. / El invierno nos mantuvo cálidos, cubriendo / la tierra con nieve olvidadiza, nutriendo / una pequeña vida con tubérculos secos…”.

La pausa impuesta por ley de la que los españoles disfrutamos hoy, la primera en una larga campaña electoral que dura ya varios años y que continuará mañana, pues tiene una segunda vuelta en un mes, deberíamos dedicarla a leer poesía, ese envés de lo real que es lo único que permanecerá en el tiempo. Por ejemplo, a ese libro maravilloso al que pertenecen los versos con los que he abierto este artículo, que el norteamericano T. S. Eliot dedicó a su amigo Ezra Pound y que forma parte ya del patrimonio moral y poético de la humanidad, La tierra baldía:“¿Cuáles son las raíces que arraigan, qué ramas crecen / en estos pétreos desperdicios? Oh hijo del hombre, / no puedes decirlo ni adivinarlo; tú solo conoces / un montón de imágenes rotas, donde el sol bate, / y el árbol muerto no cobija, el grito no consuela / y la piedra seca no da agua rumorosa. Solo / hay sombra bajo esta roca roja (ven a cobijarte bajo esta sombra roja)…”.

Lo prescindible no deja ver lo importante, lo cotidiano e inmediato anula nuestro entendimiento tanto como para no reparar en que las estaciones siguen su curso ajenas a nuestros desvelos y que el tiempo, lo verdaderamente irrecuperable y valioso de todo lo que tenemos, se nos va de entre las manos mientras discutimos sobre esto y lo otro, sobre cuestiones que a veces no nos importan más allá de quedarnos con la razón, ese mito creado por la inteligencia que de inteligente tiene muy poco a menudo. Abril, el mes de las lilas y de las raíces nuevas, la estación en la que la tierra muerta renace después de un invierno largo incluso en este país de suaves temperaturas, se nos va un año más de los calendarios y la mayoría de los españoles lo hemos perdido, aturdidos por las procesiones y los tambores de la Semana Santa nacional y por la sobreexposición a una propaganda electoral que no conoce límites y que llena de ruido y de furia a una población convencida de que la vida ha de ser así, pues lo único importante para muchos es quién ha de gobernar el país y de qué manera. Por eso, este día llamado de reflexión que verdaderamente habría que decir de despresurización colectiva de palabras y de consignas electorales, muchos lo ven como un agujero negro, un día de espera absurdo y sin contenido, cuando para lo que debería servirles es para darse cuenta de que los verdaderamente absurdos e insustanciales han sido todos los anteriores, en tanto en cuanto les han impedido apreciar lo que más importa: el renacer de la vida y de la naturaleza un año más después del oscuro invierno, la llegada de las lluvias a un país que tanto las necesita, el despertar de los sentimientos y las pasiones en las personas por encima de las ideologías, la algarabía de los jardines y de unos pájaros a los que la organización del mundo les trae sin preocupación mientras existan árboles en los que posarse. Escucharlos mientras leemos los versos de T. S. Eliot o de cualquier otro poeta al lado de un vermut o una cerveza es la mejor reflexión que podemos hacer hoy, último sábado de un mes de abril que se nos va como todos sin darnos cuenta: “Me senté en la orilla / a pescar, con la árida llanura a mi espalda / ¿Pondré por lo menos orden en mis tierras?…”.

https://elpais.com/

Traducciones: Poemas de Sandra Alcosser [versiones de Fe Orellana]

Traducciones: Poemas de Sandra Alcosser [versiones de Fe Orellana]

Dentro de la generosa tradición estadounidense, una de las vertientes fundamentales es la poesía de la naturaleza: una línea extensa y sinuosa que tiene en Emily Dickinson su primer hito y llega hasta nuestros días con poetas como la recientemente fallecida Mary Oliver. A dicha genealogía pertenece Sandra Alcosser, de quien presentamos a continuación estas versiones de Fe Orellana donde el poema se abre a la observación minuciosa de lo salvaje y lo natural, haciéndole espacio al asombro.

 

Cada hueso una oración

Tus cartas llegaron frágiles de Nepal.
Estampillas de antílopes y monos bailarines riéndose
a pesar de no haber visto una fruta en días.

Afuera de Manang, una mujer te mira.
Una nómada con un colgante de jade
te lleva hacia su carpa. De sus manos
tomas un cuenco con leche de yak. Delicioso.
Te quedarías, pero el cielo
ya se echó perder con el agua.

Cruzando el paso de Thronog La, tu cerebro
empieza a hincharse. Duermes en los brazos
de un sherpa que te da de comer opio, extrae
las sanguijuelas del cuerpo. Morirías,
pero la lluvia es demasiado desoladora.

En el valle su familia toca tu pecho,
el pelo crespo y negro, y dices: “Bien. Está bien.”
Nadas con un búfalo en el río. Una niña
lava ahí a su madre. Alcanza una parte
del hombro de la mujer ya muerta y la comparte
con su padre.

Llevas una toga blanca al verte.
Apunto un regalo de los fósiles del Himalaya
y no puedo nombrar ningún hueso. Esta también fue mi casa,
ahora cada pieza huele a humo de leña. Unas pilchas
bendecidas por el Dalai Lama cuelgan en la ventana,
amarillo muselina, la tinta se desvanece como si levantaran
oraciones en la noche húmeda de East River.

El amor es fácil en Nepal, me dijiste,
todas las ruedas giran en el sentido del reloj y los muertos
son enterrados cómodamente en los muros
de sus propias casas.

Insecto baboso

Vi un insecto zambullirse
de cabeza en un jarro de cristal.
Aumentado se parecía
a la crisis de identidad de un amigo –
ojos rojos, cuerpo amorfo
arqueado como un escorpión.
Tanteando el agua con un tallo de lirio,
rescaté al nadador,
lo ayudé a arrastrarse al labio del florero,
entonces me felicité, como si
el insecto fuera invención mía.
Lo dejé en la piel de la flor
secándose, mientras me iba
a un día de trabajo. Cuando volví
había escalado más alto, untando
la carne púrpura con espuma. Estático
en su sitio como una atenta cabeza
perdida entre champú, se había llevado
los dulces pétalos consigo
removiéndolos con su babeo
hasta dejarlos atrofiados y encostrados.
Parecía tan inofensivo al principio
cubierto por su propia saliva,
creo que lo llamaré
insecto farsante.

 

Lo que hace bailar a los osos grizzli

Junio y al fin las arvejas
adornan Mission Valley.
Arriba, detrás de campos numinosos,
enjambres de chinitas como enormes
y lustrosos abanicos de Hong Kong,
como faldas cubiertas de amapolas,
vuelven rojas las montañas.
Y entre penstemones azules
giran los osos grizzli
como si tiraran puñetazos de color
contra sus bocas rasgadas.
¿Acaso nunca quisiste
dar vueltas así
sobre unas patas peludas y endurecidas
al medio de bayas hinchadas,
como si saborearas el lenguaje
de principios del verano -formar
operáticas y lánguidas vocales,
romper consonantes
de cascarón duro como insectos
moteados entre tus dientes.
¿Nunca has querido
bailar un vals entre los cerros
como una bestia?

 

Versiones originales

Each Bone a Prayer

Your letters arrive frail from Nepal.
Stamps of antelope and monkey-dancers, laughing
though they have not seen fruit in days.

Outside Manang women watch you-.
A nomad wearing dangling jade
waves you into her tent. From her hands
you take a bowl of yak milk. Delicious.
You would remain, but the sky
already rots with water.

Crossing the pass at Thorong La, your brain
begins to swell. You sleep in the arms
of a sherpa who feeds you opium, picks
leeches from your body. You would die,
but the rain is too lonely.

In the valley his family touches your chest,
the curly black hair, and says, Fine. Very fine.
You swim with buffalo in the river. A child
washes her mother there. She pulls off a piece
of the dead woman’s shoulder and shares it
with her father.

You are wearing white robes when I see you.
I finger a gift of Himalayan fossils
and cannot name one bone. This was my home too,
now every room smells of woodsmoke. Rags blessed
by the Dalai Lama hang at the windows, yellow muslin
and ink fading as they fly prayers
onto a humid East River night.

In Nepal, you tell me, love is easy,
all wheels are spun clockwise, and the dead
are buried comfortably in the walls
of their own homes.

 

Spittle Bug

I watched an insect dive
upside down in a crystal bowl.
Magnified, it resembled
a friend’s identity crisis —
red eyes, amorphous body
arched like a scorpion.
Probing the water with an iris stem,
I rescued the swimmer,
helped it crawl to the vase lip,
then complimented myself, as if
the bug were my own invention.
It rested on the flower’s parchment,
hyperventilating, while I went off
to a day’s work. When I returned
it had climbed higher, slathering
purple flesh with froth. Stalled
in one spot like an indulgent head
lost in shampoo, it had taken
the sweet petals with it,
rolling them in babble,
till they were stunted and scabbed.
It looked so harmless at first
roiling in its own spit,
I think I shall call it
gossip bug.

 

What Makes the Grizzlies Dance

June and finally snow peas
sweeten the Mission Valley.
High behind numinous meadows
ladybugs swarm, like huge
lacquered fans from Hong Kong,
like serrated skirts
of blown poppies,
whole mountains turn red.
And in the blue penstemon
grizzly bears swirl
as they bat snags of color
against their ragged mouths.
Have you never wanted
to spin like that
on hairy, leathered feet,
amid the swelling berries
as you tasted a language
of early summer — shaping
lazy operatic vowels,
cracking hard-shelled
consonants like speckled
insects between your teeth,
have you never wanted
to waltz the hills
like a beast?

 


Foto Sandra AlcosserSANDRA ALCOSSER (Washington, 1944). Poeta estadounidense. Entre sus colecciones de poemas destacan A Fish to Feed All Hunger (1986), Except by Nature (1998) y A Woman Hit by a Meteor (2001). Sandra Alcosser es poeta laureada de Montana y entre las distinciones a su obra se cuentan PEN Syndicated Fiction Award, Larry Levis Award y Puschart Prize, además de ser directora del Central Park Poets–in–the–park y fundadora del MFA de escritura creativa de San Diego State University, donde es profesora de poesía, ficción y poéticas feministas.

Imagen destacada Fe OrellanaFE ORELLANA (Santiago, 1991). Narrador y traductor. Ha publicado la novela Mujer colgando de una cuerda (PorNos, 2017) y aparece en la antología de narradores chilenos Santiago (Dostoievsky Wannabe, 2019). Desde el 2012 es coordinador del LEA (Laboratorio de Escritura de las Américas). Actualmente reside en San Diego, California.

 

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