Cuando la URSS sentó a Dios en el banquillo de los acusados

Ad Absurdum

Cuando la URSS sentó a Dios en el banquillo de los acusados

«No hay Dios», dice Yuri Gagarin.
Cartel propagandístico de la URSS, 1975.

Al poco tiempo del triunfo de la Revolución Rusa, a principios de 1918, Anatoli Lunacharski vio pertinente abrir uno de los procesos judiciales más estrambóticos de la historia.

Hay que tener en cuenta que el anticlericalismo fue uno de los grandes protagonistas en los primeros años tras el triunfo de la revolución. La gente no podía ni oler a religión en unos tiempos en los que se señalaba a la Iglesia como un gran mal de la historia. Los nervios estaban de punta en toda la URSS, así que, dada esta situación, Lunacharski tuvo la gran idea, por aquello de echar más gasolina al fuego, de sentar a Dios en el banquillo de los acusados.

Cuando la URSS sentó a Dios en el banquillo de los acusados

Lenin (izquierda, de negro) con Lunacharski.

Las rebeliones iconoclastas de esta época fueron de lo más variadas, pero desde luego esta de querer juzgar a Dios por sus crímenes contra la humanidad se lleva el primer premio. El mismísimo Lunacharski se puso al frente del proceso,para lo que preparó en Moscú un tribunal. Con el lío que debía tener Dios y ahí estaba, esperando una notificación judicial para ser juzgado.

Pocos días después comenzó el juicio con la tediosa y maratoniana lectura de todos los cargos que el pueblo ruso (que se había presentado como acusación particular) asignaba a la trina deidad. De todas formas, nosotros os resumimos esa gran turra en forma de larguísima acusación en un cargo: Dios era acusado de genocidio.

Cuando la URSS sentó a Dios en el banquillo de los acusados

Lunacharski, liado con un caso muy duro.

Se intentó plantear el juicio con las características propias de un juicio normal y corriente, procurando para ello darle un ambiente lo más real posible.

Los fiscales contaban con “pruebas” que inculpaban al Altísimo en crímenes contra la humanidad y, como no podía ser de otra forma conforme a derecho, el acusado contaba con su defensa: una serie de abogados de oficio que el Estado le había asignado, tal y como le correspondía.

Cuando la URSS sentó a Dios en el banquillo de los acusados

¿Quién querría meterse con la Iglesia Ortodoxa Rusa con lo que mola?

La cuestión es… ¿Quién cojones se sentó en el banquillo de los acusados?

Como Dios en persona no pasaba ese día por ahí, colocaron una Biblia en su lugar, porque bueno… no todo podía ser calcado a un juicio real. Los abogados tuvieron que hacer de abogados del diablo (bueno, no, en realidad aquí era precisamente al revés) defendiendo a Dios.

Pero como suele ocurrir cuando tienes que defender algo indefendible, que sabes que tienes las de perder y más vale asegurar la opción menos mala, recurrieron a lo típico: alegaron que Dios padecía una demencia y trastornos psíquicos.

Como vemos, la táctica de alegar enajenación ha sido utilizada desde siempre y por todo dios, nunca mejor dicho.

Cuando la URSS sentó a Dios en el banquillo de los acusados

Lunacharsky en la inauguración del monumento a Karl Marx cerca de Smolny en noviembre de 1918.

Tras otras cincos horas de apelaciones y protestas, se declaró a Dios culpable de los delitos de genocidio y crímenes contra la humanidad. Y se dictaminó la pena: Dios debía morir fusilado al amanecer del día siguiente.

Y así se hizo, pero en esta ocasión dispararon al cielo, no a la Biblia que habían utilizado como personificación divina. No sabemos exactamente cuándo decidieron que ya estaba bien de disparar, pero seguro que se tiraron un buen rato por si acaso. Jaque mate, Nietzsche.

Cuando la URSS sentó a Dios en el banquillo de los acusados

Insistimos.

Lo más curioso de todo es que el mismísimo promotor del juicio era un gran estudioso de la historia de las religiones y las relaciones entre teología y política, de hecho, Anatoli Lunacharski se encontró con más de un problema dentro del partido (ni más ni menos que con Lenin topó) por querer aplicar los conceptos religiosos del dogma cristiano a la revolución y al sistema comunista (especialmente el concepto de ideología de la salvación).

Cuando la URSS sentó a Dios en el banquillo de los acusados

Lunacharski, el terror de Dios… y de las nenas.

La utilización de los principios salvacionales cristianos aplicados al marxismo queda reflejada en su obra Religión y socialismo, y no fue el único que planteó cosas por el estilo.

En los últimos años de su vida, tuvo una actitud crítica ante este periodo de exaltación antirreligiosa, y en los años posteriores a 1929 se rebajó el nivel de violencia en este aspecto en la URSS. Posiblemente porque ya no quedaba nada que reprimir, pero bueno, algo es algo.

Lunacharski, el hombre que pasó a la historia por haber juzgado a Dios, acabó muriendo en 1933, cuando se dirigía a ocupar su puesto como embajador en la España de la II República.

Con información de MCNEAL, R. H. (1972), Bride of the revolution: Krupskaya and Lenin, University of Michigan Press; y ABC.

Ad Absurdum suele escribir sobre historia, a veces en libros como Historia absurda de España o Historia absurda de Cataluña.

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¿Dios? El de me cagüen…

¿Dios? El de me cagüen…
Willy Toledo durante una rueda de prensa. EFE/Archivo

Recuerdo cuando era niño cómo se podía contar aquel chiste en el que uno le pregunta a otro “Oye, ¿quién es Dios?”, a lo que responden, “¿el de me cagüen?”. Hoy habría que tener mucho cuidadito, no fuera que ofendiera los sentimientos religiosos y terminaras en el calabozo una noche antes de una vista judicial. Esa es la España que tenemos, en la que cagarse en Dios para criticar la sinrazón de una organización como los Abogados Cristianos, que busca amedrentar y cercenar la libertad de expresión, importa más a la Justicia que investigar a un adúltero empedernido cuya catadura moral se viene calando desde que se codeaba con el dictador y sobre el que una de sus amantes ha puesto en la picota más alta de la corrupción.

La Democracia en España es como “el dogma de la santidad y virginidad de la Virgen María”, ese que mis queridas del Coño Insumiso ofendieron según los picapleitos cristianos: es un mero acto de fe. Cuando alguien nos dice que España es un país democrático no se puede demostrar, sencillamente, nos lo tenemos que creer. La libertad de expresión es uno de los pilares más esenciales en cualquier democracia y el caso de Willy Toledo vuelve a demostrar que en nuestro país no existe. No, desde luego, sin hacer pasar antes por un calvario judicial que para lo único que sirve es para consumir recursos de una Justicia esclerótica.

Willy no ha sido detenido por cagarse en Dios, sino por no personarse ante un juez por considerar que la denuncia es una patraña. A pesar de que la orden de detención se emitió el pasado 4 de septiembre para que de ese modo se personara en los juzgados hoy, día 13, que ayer Willy durmiera en un calabozo solo tiene un propósito: amedrentar, mandar un recado de escarmiento.

La Justicia ha vuelto a hacer el ridículo. Incluso siendo necesaria la detención de Willy para que hoy acudiera al juzgado -de otro modo, como es lógico, él no habría ido-, ésta se podría haber producido esta mañana, evitando así que pasara una noche en el calabozo. La Justicia ha querido dar un golpe en la mesa y lucir un acto de fuerza; lo único que ha logrado es darnos más fortaleza a quienes apoyamos a Willy.

Su detención no hace más que darnos la razón cuando alertamos de la amenaza que se cierne sobre la libertad de expresión.  Especialmente cuando se utiliza, como lo ha hecho Willy, para denunciar las atrocidades de quienes dicen defender una religión que, históricamente, tanto daño ha hecho -y hace- a la Humanidad. Pero así son las religiones, con su doble rasero, poniendo encima de la mesa sus ‘bondades’ y obviando sus miserias, su mezquindad, su complicidad activa con actos violentos. Ante todo eso, nuestro rechazo, nuestra denuncia, nuestro humor, un humor, por otro lado, que en estos casos es una cosa muy seria:

– Padre, me confieso.

– Dime, hijo mío.

– El otro día, le hice una felación al cura del pueblo de al lado.

– Pues muy mal, hijo, sabes que ésta es tu parroquia.

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La violencia de Dios

La limpieza étnica que han sufrido los rohinya ha erosionado la imagen del budismo como una religión no violenta, pero no es un hecho nuevo ni en esta religión ni en otras

La violencia de Dios
EVA VÁZQUEZ

El trágico episodio de la limpieza étnica sufrida por los rohinyá musulmanes en Myanmar (Birmania) ha puesto en entredicho la sinceridad del compromiso de Suu Kyi con los valores humanos. De paso erosiona la imagen del budismo como religión de la no violencia (ahimsa).En su interminable lucha por la democracia contra los militares golpistas, la hoy presidenta en calidad de “consultora suprema”, The Lady, como era llamada por sus compatriotas, declaró siempre que la firmeza de sus actitudes se apoyaba en una empatía inclusiva de sus carceleros, en la “compasión”, y en el consiguiente rechazo de todo acto violento contra ellos. Ahora, sin embargo, desde que entró en acción el Ejército hace un año, secundado ocasionalmente por gentes budistas, con más de 700.000 rohinyá huidos a la vecina Bangladés, pueblos destruidos y exacciones de todo tipo, Suu Kyi ha optado por encubrir la barbarie militar, después de un prolongado silencio.

La única circunstancia atenuante consiste en la existencia de un poder dual en Birmania, donde el Ejército mantiene una autonomía plena para sus actuaciones, sin control civil alguno. Su condena por Suu Kyi habría sepultado de inmediato la transición democrática. Solo que eso no la exime de su responsabilidad moral, hasta en detalles formales como mencionar el término rohinyá solo asociado a una lucha armada que califica de terrorista. Será difícil que recupere el aura de ejemplaridad bien ganada desde 1988.

Por lo demás, esta oscilación pendular entre valores pacifistas y conducta agresiva no es nueva en la historia del budismo. Con el complemento del karma, la idea-clave de compasión tiene como referencia al sujeto que la asume, sin ulteriores contenidos precisos, lo cual ya se prestó en el pasado a ejercicios siniestros de cinismo: Mindon, rey de Birmania, budista modélico, rechazaba la pena de muerte, pero cuando manifestaba su real desagrado hacia alguien, éste no podía soportarlo y moría. Algo así como la reencarnación del benéfico lugarteniente de Buda, Guanyin, en la criminal regente china Cixi. El caso más espectacular es, sin embargo, el del budismo japonés, marginado desde 1868 por la revolución Meiji, al considerársele extraño al país, y que más tarde se esforzó por ver reconocido su patriotismo en el nuevo Japón. Es así como se puso al servicio del militarismo y justificó la barbarie nipona sobre pueblos como el chino, los cuales a su entender ignoraban que la brutal invasión japonesa era un acto de compasión. La degeneración no solo alcanzó al budismo zen: las sectas budistas constituyeron el aval religioso de la vía imperial de expansionismo armado que acabó en Hiroshima.

Más allá de Japón, la alianza entre budismo y nacionalismo supuso siempre la tentación para el primero de legitimar la violencia, singularmente frente a los tamiles en Sri Lanka, fundiendo budicidad y nación. El camino seguido en Birmania fue parecido. La consideración del budismo como religión de Estado tiene lugar asimismo en Tailandia y en Laos, si bien ya en ambos los contenidos originarios de la doctrina de Buda sobreviven. Paralelamente entra en juego la coexistencia del budismo oficial con lo que en Vietnam se llama “la religión del pueblo”, el culto a los espíritus protectores que cubre la insuficiencia del budismo en cuanto oferta religiosa dirigida a unos creyentes, ante la primacía otorgada a la sangha, la orden de monjes.

La situación se repite con variantes en todos los países del sureste asiático. Es algo observable gracias a la omnipresencia de las “casas de espíritus”, en unos con phy o nats personalizados, sobre todo en Tailandia, en otros como poderes espirituales que controlan lugares, poblados y personas. Nos alejamos de la violencia, hasta el punto de que en Laos, el propio Buda es el gran genio protector, “el Buda de las aguas”, irradiando buen feng allí donde es instalado como talismán. Su magisterio moral resulta complementario.

En la vertiente opuesta, la experiencia del Estado islámico ha servido para comprobar cómo la adopción extrema de la violencia no surge en el islam contemporáneo de desarrollos recientes. Procede en cambio de una voluntad de regreso a los orígenes, a esa edad de oro donde el Profeta, con el concurso de sus compañeros —los “piadosos antepasados”, al-salaf al-salih,salafismo—, diseñó la expansión de un poder religioso previsto a escala universal. De esa finalidad se deduce el requerimiento de un califa, ejecutor del mandato de Mahoma, como hicieran sus sucesores inmediatos.

Se trata de una arqueoutopía en cuya vocación de ortodoxia, de reencuentro con las prácticas originarias, se inscriben, amen de los atentados propios del yihadismo, las degollaciones de masas, y/o como espectáculos ejemplares, la destrucción sistemática de monumentos, el exterminio de minorías satanizadas (yazidíes), la esclavización y prostitución forzosa de mujeres de los vencidos, la difusión de un enloquecido mensaje de yihad hasta la aniquilación de Occidente y, en general, la consideración del otro, el no creyente (chiies incluidos), como enemigo de Alá a suprimir.

El intento del ISIS de edificar la sociedad islámica perfecta, sobre el patrón de la hisba —ordenar lo mandado e impedir lo prohibido— más su secuela de castigos, intenta responder rigurosamente al credo de los orígenes, donde la noción de esclavitud resultó básica. El hombre es esclavo de Dios (abd’allah) del mismo modo que el esclavo depende sin límites del amo. La divinidad se construye entonces bottom top, de abajo a arriba. Y el no creyente, privado de Dios, viene asimilado en términos religiosos y prácticos al esclavo. El creyente puede disponer de él a voluntad, incluso matándole si se le opone. Ejemplo: tendrá un máximo de cuatro esposas, pero todas las concubinas y cautivas que desee. Estas, en tanto que infieles, no son personas. Tampoco las víctimas. La deshumanización es absoluta.

El yihadismo ofrece un caso extremo de violencia religiosa, pero no nació por generación espontánea. Como en tantos otros aspectos, el judaísmo sirvió de antecedente al concebir un Dios todopoderoso que en el Levítico anunciaba: “Vuestros enemigos caerán ante vosotros al filo de la espada”. Botón de muestra: tras el 11-M, portavoces de múltiples religiones exhibieron en un Parlamento Mundial reunido en Barcelona las intenciones a su juicio siempre pacíficas de los respectivos credos. Terminadas sus intervenciones, una coral interpretó el hermoso espiritual basado en el Libro de Josué. Olvidaban la matanza generalizada de “hombres y mujeres, viejos y niños, bueyes, ovejas y asnos” que en Jericó siguió al triunfo de las trompetas de Yahvé.

El círculo se cierra al reencontrar en el cristianismo valores de compasión cercanos de Buda, hasta el punto de ser éste cristianizado en la leyenda medieval de Barlaam y Josafat. Pero como en el budismo la violencia penetró con fuerza —ejemplo, las Cruzadas—, y culminó tanto en el catolicismo tridentino como en el De servo arbitrio de Lutero que inaugura el camino hacia el Gott mit uns prusiano. Hoy, bajo el pacifismo de Francisco, sobrevive en la concepción reaccionaria posconciliar, poderosa en España, con un Dios que desde su infinitud se impone al hombre, cercado siempre por el Maléfico. Desaparece el Cristo evangélico como Dios que se hizo hombre y condenó el sacrificio, la violencia, abriéndose a la libertad.

Antonio Elorza es profesor de Ciencia Política.

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La Peste facilitó la laicidad porque el clero moría tanto o más que el resto

La Peste facilitó la laicidad porque el clero moría tanto o más que el resto
A pesar de que en 1350 más de um millón de peregrinos acude a Roma en busca de consuelo y cura de sus enfermedades, o precisamente por ello, la laicidad empezó a difundirse entre muchos creyentes.

La razón es que, si bien la Iglesia se enriquecía gracias a los legados que le dejaban los fallecidos, también pagaba un tributo: las estadísticas no estaban de su parte. Y es que los judíos, por ejemplo, estaban gratificados con una mortalidad menor debido a una mejor higiene (lo que, por otra parte, también conduce a creer que son ellos los que difunden la enfermedad).

Tributos mortales

Otro tributo que debía pagar la Iglesia, concretamente el clero, era la muerte. Debido a lo que se ofrecía consuelo religoso a los enfermos, el clero está expuesto a la Peste más que otros colectivos. El hecho de que la pandemia también se cebe con los miembro de la iglesia hace que la gente empiece a cuestionarse lo que está sucediendo.

O como abunda en ello Alessandro Giraudo en su libro Cuando el hierro era más caro que el oro:

Los llamamientos escatológicos del clero caen en saco roto para quienes creen vivir el fin del mundo, como escribe Giovanni Villani, cronista de la época, y quieren aprovechar los últimos momentos de su vida. La caída del poder de la Iglesia y de su control sobre la educación pública (se cierran numerosas escuelas, seminarios y conventos) alimenta un movimiento de secularización de la sociedad.

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Gracias al desastre, pues (si bien hubo otras causas coadyuvantes), germinaron las primeras semillas del Renacimiento. Ello no ha evitado que la gente continúe creyendo en las curaciones milagrosas, pero lo hacen en menor grado.

Sobre todo, como nos recordaba Carl Sagan, porque es más probable que un enfermo se cure en la sala de espera de un hospital (antes de ser tratado) que en Lourdes, como explicamos en Es tan probable que fallezcas viajando a Lourdes como que te curen en Lourdes.

De hecho, como sigue Sagan, es más probable que uno se cure de cáncer espontáneamente si se queda en casa que si viaja a Lourdes (porque viajar implica un riesgo de muerte por accidente):

Si combinamos cualquier tipo de cáncer, argumenta Carl Sagan en su libro El mundo y sus demonios, el índice de curas espontáneas se estima entre 1 de cada 10.000 y 1 de cada 100.000. Es decir, si el 5 % de los peregrinos que visitaron Lourdes fueran a curarse de cáncer, “habría entre cincuenta y quinientas curaciones ‘milagrosas’ de dicha enfermedad”. Pero en Lourdes sólo 3 de cada 67 curaciones oficinales guardaban relación con el cáncer.

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Religión neuropatológica

Se han escrito muchos libros biográficos sobre personajes que, a lo largo de la historia, contemplaron milagros o hablaron con Dios. Pero echo en falta el mismo número de libros que aborden tales hechos históricos (si partimos de la base de que nacen de la sinceridad del biografiado) de modo que, en vez de centrarse en los testimonios (que gracias a películas como Doce hombres sin piedad sabemos que son falibles), se basen en el trasfondo neuropatológico.

Es decir, libros de historia neurobiológicos.

Religión como enfermedad mental

Echo de menos libros de historia que no nos cuenten la vida de Juana de Arco, que fue acusada de herejía y murió quemada en la hoguera en 1431 porque aseguraba que Dios guiaba sus pasos, como si leyéramos Los juegos del hambre o cualquier otro libro de ficción. Los libros de historia que propugno acaso no deberían perder más de una línea de texto en explicar lo que creía Juana de Arco y los demás que la creyeron.

Serían libros de historia que no se plantearan si era una profetisa o una santa, porque tales eran las interpretaciones medievales, primitivas, acientíficas. Libros de historia que bucearan solo en la biología. Que George Bernard Shaw incluyera transcripciones literales de las actas del juicio a Juana de Arco en su obra Santa Juana tiene su interés anecdótico, pero no llega a la médula del asunto.

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La médula del asunto es que Juana de Arco, probablemente, padecía una epilepsia del lóbulo temporal. Quienes sufren tal dolencia sufren una suerte de hiperreligiosidad, y tienden a pensar que existe un espíritu o una presencia detrás de todo lo que acontece. Y, en consecuencia, el caso de Juana de Arco no sería único en la historia, tal y como ha explicado el neurólogo David Eagleman en un libro de Michio Kaku titulado El futuro de nuestra mente:

Parece que una buena parte de los profetas, mártires y líderes de la historia padecieron epilepsia del lóbulo temporal. Pensemos en Juana de Arco, una muchacha de dieciséis años que cambió el rumbo de la guerra de los Cien Años porque creía (y convenció de ello a los soldados franceses) que oía voces del arcángel San Miguel, santa Catalina de Alejandría, santa Margarita y san Gabriel.

Personas trastornadas convencieron a personas crédulas

Ésa podría ser la explicación que subyace en gran parte de los movimientos religiosos del mundo, que locos convencieron de su locura a los más crédulos. Y también de gran parte de los movimientos laicos basados en la irracionalidad y las pulsiones emocionales más primarias. No abundan los libros que aborden la historia desde este punto de vista mecanicista, reduccionista (en el buen sentido) y racional. Pero a medida que se pueda tener acceso a datos biológicos fidedignos sobre los personajes históricos objetos de glosa, quizá se puedan abandonar las meras conjeturas y proporcionar teorías más sólidas.

A ese respecto, ya existe algún libro así escrito nada menos que en 1892, cuando los tratados de enfermedades mentales mencionaban una conexión entre la “emotividad religiosa” y la epilepsia. Pero no fue hasta 1975 cuando se hizo la primera descripción clínica de tal conexión por parte del neurólogo Norman Geschwind, del Hospital para Veteranos de Boston:

Observó que los epilépticos que sufrían fallos eléctricos en el lóbulo temporal izquierdo solían tener experiencias religiosas y conjeturó que la tormenta eléctrica en el cerebro era de algún modo la causa de aquellas obsesiones religiosas.

Aquí todos somos bastante tontos, disonantes cognitivos y, en algunos casos, locos. El problema es que se nos haga demasiado caso.

Naturalmente, que nadie se sienta ofendido: soy perfectamente consciente de que el trastorno mental no explica todos los casos de creencias en dioses. También pueden existir otros motivos: la inercia de la educación, el contexto sociocultural, e incluso la mera estupidez. También habrá, como todos (yo incluido) que defiendan su posición por callar bocas, por no tener que admitir que lleva años equivocado o por miedo a la nada (yo también continué el ritual de los Reyes Magos durante años a pesar de que descubrí que eran mis padres). Aquí todos somos bastante tontos, disonantes cognitivos y, en algunos casos, locos. El problema es que se nos haga demasiado caso.

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El Papa debería volver al psiquiatra

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Si es usted católico y homosexual, lo siento mucho, pero tiene usted un problema bien serio y debería consultar a un psiquiatra. No lo digo yo, lo dice el Papa, cabeza visible de la Iglesia católica, lengua infalible del rebaño y una verdadera autoridad en cuestión de enfermedades mentales desde los tiempos en que el Vaticano ordenaba pegar fuego a libros, brujas, filósofos y científicos. Eso sí, si acude a la consulta de un especialista serio, no descarte que en vez de intentar corregir sus gustos desviados, lo trate directamente del catolicismo. La homosexualidad no se puede curar: la gilipollez sí, aunque es difícil.

A muchos ingenuos, no todos ellos católicos, les han podido sorprender las declaraciones de Bergoglio, un hombre al que suponían revestido de buena fe y armado de una escoba mágica capaz de limpiar la podredumbre secular de la iglesia gracias a su genuino acento latinoamericano. Más aun cuando Bergoglio ha especificado que lo mejor es empezar el tratamiento desde la más tierna infancia, en cuanto asomen los primeros síntomas de mariconería o tortillerismo, porque a partir de los 20 años la cosa ya se pone muy cuesta arriba y no queda más remedio que recurrir a un exorcista.

Como se ve, el Papa Francisco sigue al pie de las letras las enseñanzas evangélicas: que tu mano derecha no sepa lo que hace tu mano izquierda. Con la izquierda pide perdón y enjuga lágrimas de cocodrilo por los miles de abusos cometidos y amparados en el seno de la iglesia católica; con la derecha repite el mazazo homófobo de siempre, condenando la homosexualidad al reino del pecado, la enfermedad y la impudicia. Dejad que los niños se acerquen a Freud. Tan intempestivas han sonado las palabras papales que el Vaticano, en la versión corregida de sus declaraciones, ha suprimido las referencias psiquiátricas. El mismo Bergoglio contó en cierta ocasión que, como buen argentino, durante una temporada visitó a una psicoanalista judía una vez a la semana, “para aclarar algunas cosas”. No dijo si fue para intentar remediar una infancia marcada por impulsos homosexuales latentes o por un Edipo mal resuelto, pero parece que aclararse no se ha aclarado mucho.

Para terminar de arreglar las cosas, el Papa ha recetado las excursiones infantiles al diván justo en mitad de la tempestad de mierda que vuelve a caer encima de la iglesia católica a raíz del escándalo de Pensilvania. Al igual que a otros ilustres jerarcas eclesiásticos, Bergoglio ve un niño y se le va el santo al sexo. Al Papa Francisco no lo tragan en el Vaticano por razones que tienen muy poco que ver con la teología y todo con el poder: por eso sus detractores están usando toda la artillería disponible, incluida la acusación de encubrir personalmente los abusos del cardenal Thedore McCarrick. Como el que está libre de pecado tira la primera piedra, el arzobispo Carlo Maria Viganò ha lanzado una carta de once páginas directa a la apostólica yugular del Sumo Pontífice. De este modo, las puñaladas traperas contra el Papa Francisco en los pasillos del Vaticano van dejando en pañales las intrigas contra Jude Law en la teleserie de Sorrentino. Son más bien los sacerdotes pederastas y sus cómplices y encubridores quienes deberían visitar no al psiquiatra sino a un capador de cerdos.

David Torres

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Una máquina de abuso y silencio corrompió a la Iglesia en Pensilvania

Los relatos sobre siete décadas de agresiones sexuales descubren un “manual de instrucciones de ocultación de la verdad” en el seno de la institución eclesial

En la iglesia de Saint Adalbert, en Pittsburgh, había en los años setenta un monaguillo al que querían muchos sacerdotes. Uno de ellos, George Zirwas, se encariñó tanto que lo llevaba a menudo de excursión y hasta le enseñó a conducir. Un día, junto a otros curas, comenzó a abusar de él. La historia del menor se pierde en el informe interminable que un gran jurado ha elaborado sobre siete décadas de abusos sexuales en la iglesia de Pensilvania. Como ocurrió con el caso de Boston entre 1984 y hasta 2002, los relatos dibujan un patrón común: abusos y silencio sistematizados en el seno de la institución eclesial.
Víctimas del escándalo de abusos sexuales en la Iglesia católica durante una conferencia en Harrisburg (Pennsylvania).
Víctimas del escándalo de abusos sexuales en la Iglesia católica durante una conferencia en Harrisburg (Pennsylvania). MATT ROURKE AP

 

“Lo sentí por todos. Lo sentí por ellos y lo sentí por los que sufrieron los abusos. Lo que está mal, está mal. Otra cuestión es la pecaminosidad. Que una persona haga algo mal es objetivo. Pero si es pecaminoso solo Dios lo sabe”,  dice el padre Mike Harcarik en el comedor de su casa, después de oficiar la misa de las 10 de la mañana. El padre lleva 25 años al frente la iglesia de Saint Adalbert y 55 años en el sacerdocio y le suenan, o conoce, a buena parte de los nombres de curas que desvela el informe de los mil horrores contra niños.

—¿Por qué lo siente por los abusadores?

—Porque había una debilidad. Fue una cuestión de que la debilidad se apoderó.

Fue a mediados de los años setenta cuando el monaguillo citado como “George” en la investigación conoció la “debilidad” del padre Zirwas. El informe, recién publicado tras dos años de investigación, lo cita como miembro de un “círculo de curas depredadores” que compartían a sus víctimas, con las que utilizaban “látigos, violencia y sadismo mientras las violaban”. Además de Zirwas, formaban el grupo Francis Pucci, Robert Wolk y Richard Zula.

Un día Zirwas llevó a George a una reunión con otros sacerdotes. Lo subieron a una mesa, lo desnudaron y le empezaron a fotografiar, como hicieron con otros chicos. Producían material pornográfico en dependencias rectorales. Para distinguir a los agredidos, les regalaban cruces de oro. El niño que la llevaba era una presa.

Los abusos de este grupo se produjeron entre los años setenta y ochenta. Poco después llegó el padre Mike a la parroquia. “Yo no juzgo, Dios es juez”, dice, y por supuesto en lo que se refiere al gran jurado, debe haber un juicio [civil]”. Y también, tras el informe del gran jurado, habrá otros juicios. Pero muchos de los protagonistas, víctimas y verdugos, han muerto. Por eso, para George la justicia llegó a medias. Zula y Wolk resultaron condenados por violaciones de chicos. Los cargos contra Pucci se retiraron por una cuestión técnica y Zirwas murió sin ser procesado.

El documento habla de al menos un millar de víctimas de los abusos y de la gran maquinaria de silencio. El gran jurado, un cuerpo legal que actúa previo a un juicio y cuya investigación ayuda a determinar las imputaciones, describe todo un “manual de instrucciones de ocultación de la verdad”. En un tono que parece emular el de los 10 mandamientos —en este caso, seis— el texto reza:

“Primero, asegúrese de usar eufemismos frente a palabras reales para describir agresiones sexuales. Nunca diga violación, sino contacto inapropiados”. “Segundo, no lleve a cabo verdaderas investigaciones” sino “asigne a clérigos a hacer preguntas inadecuadas”. “Tercero, para lograr una apariencia de integridad, envíe a sacerdotes para ‘evaluación’ en centro psiquiátricos de la Iglesia”. “Cuarto, cuando un cura deba ser trasladado, no diga el motivo. Diga a los feligreses que está en ‘baja médica’ o ‘fatiga nerviosa’. O no diga nada’. “Quinto, aunque un sacerdote esté violando a niños, proporcióneles casa y cubra sus gastos”. “Finalmente, y sobre todo, no diga nada a la Policía. El abuso sexual, aunque sin penetración, siempre ha sido un delito. Pero no lo trate de ese modo, sino como un ‘asunto personal’, ‘dentro de casa’”.

Justificar un aborto

Una carta de 1989 ayudaría a establecer un séptimo consejo: victimice al agresor. En aquella misiva, el obispo de Scranton, James C. Timlin, se dirige al cardenal Luigi Dadaglio en Roma para informarle de que un sacerdote había asistido a un “aborto irregular”. “El sacerdote actuó indudablemente presa del miedo y el pánico. Él había dejado embarazada a la chica a la que ayudó con el aborto”, justifica. La debilidad de la que hablaba este miércoles el padre Mike desde Pittsburgh. Así, recomienda su perdón recordando que “el cura se encuentra ahora en una parroquia bastante lejana de la ciudad en la que se cometió el crimen”.

Todos los clérigos implicados en abusos fueron migrando de parroquia en parroquia, de una iglesia a otra. George Zirwas pasó por un total de ocho entre 1979, cuando fue ordenado sacerdote, y 1995, cuando fue dado de baja. Murió en 2001. El miércoles en la iglesia de Saint Adalbert a nadie a parte del pastor le sonaba su nombre, pese a que muchos de los feligreses eran octogenarios vinculados a esa comunidad toda su vida.

Un viejo monaguillo del lugar, ahora de 87 años, sí admitía este miércoles conocer a algunos de los sacerdotes implicados en el caso. “Uno era amigo mío, el padre Ted, ¿cómo es posible? Te confiesas con ellos y…”. El parroquiano pidió aparecer bajo algún nombre ficticio para no desvelar su identidad. Otros hicieron lo mismo.

La entrada está llena de folletos informativos. “Cómo rezar el rosario”, se titula uno. “¿Cómo voy a confesión?”, pregunta otro. Uno habla de “Informar sobre abusos a niños y ley de servicios de protección del menor en Pensilvania”. Es de 2007. Defiende el padre Mike que la política de la Iglesia ha cambiado radicalmente respecto a los abusos, que aquella ocultación ya no es posible.

Cuando acaba la misa, una de las feligresas acude a saludarlo y le presenta a la más joven de la parroquia, su hija Josephine, de apenas unas semanas de vida. Buscarán fecha para el bautizo. El sacerdote se retira a la residencia y los parroquianos van abandonando la iglesia. Justo a la salida, una señal de tráfico amarillenta advierte: Watch children (Cuidado con los niños).

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