Ofensa a los sentimientos no religiosos

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El escándalo de Oxfam ha supuesto un duro golpe tanto para esta organización como para el resto de ONG. No es para menos, pues a los graves hechos denunciados se suman los años de ocultación de los mismos. La gravedad del asunto ha sido tal que, incluso, algunos Gobiernos han retirado el apoyo a Oxfam. En este punto parece evidente que estas ONG tienen mucho menos poder e influencia que la Iglesia católica que registra un largo historial de delitos y opacidad a sus espaldas, con una impunidad absoluta.

Un informe de 1.200 páginas que revela orgías homosexuales grabadas en soporte digital, contrataciones de prostitutos y conversaciones sexuales por teléfono que implican a sacerdotes de toda Italia y el Vaticano. Este es uno de los últimos escándalos de la Iglesia católica. Salvo que los prostitutos fueran menores o coaccionados, ninguna de esas acciones, en las que están implicados una docena de arzobispados y unos 60 sacerdotes, son delito… con la ley en la mano. Sin embargo, con lo que propugna el catolicismo, es un cóctel de pecados mortales que se le atraganta al papa Francisco cuyo marketing ya no puede ocultar la escasa renovación que ha hecho de la institución.

Esta misma semana, la revista del Vaticano Mujeres Iglesia Mundo’ pone el acento en las monjas, denunciado que con demasiada frecuencia se convierten en sirvientas que cocinan y limpian para los cardenales y obispos por un paupérrimo salario. La discriminación de que son objeto en la Iglesia, apartándolas de cualquier reflexión intelectual mientras planchan la ropa al obispo de turno, es parte de la explotación sistemática de que son víctimas.

Si a ello sumamos la interminable lista de casos de pederastia ocultos durante décadas, uno se pregunta cómo es posible que la factura que ha pagado por ello la Iglesia sea tan ridícula. La Iglesia, como institución, apesta. La comunidad católica que no condena a esta Iglesia es tan hipócrita que mira para otro lado, haciéndose cómplice de esta decadencia. Confundir las creencias religiosas con quien se ha apoderado de su evangelización es un equivocación tan grande como la putrefacción moral que se ha apodorado de la Iglesia.

Mientras, se habla de ofensas a los sentimientos religiosos y se da rienda suelta a querellas absurdas que, lamentablemente, a veces prosperan. Cualquier cosa que pudiera decir al respecto ya lo dijo mi colega Aníbal Malvar en un lúcido e imprescindible artículo titulado Jueces de mierda y católicos de mierda. Sí añadiré, sin embargo, que quienes no somos católic@s nos sentimos ofendid@s por todos esos hechos, por los privilegios de los que goza una institución carcomida por la degeneración.

Me asquea la Iglesia Católica, como institución, en su totalidad. ¿Por qué? Para empezar, porque algunos de los valores que predica me parecen una auténtica aberración, como su machismo, su discriminación hacia quienes no son heterosexuales o la prohibición del uso de métodos anticonceptivos, entre muchos otros. Para continuar, porque incluso quienes aparentemente son coherentes con esos valores, en realidad, no lo son, porque aun siendo conscientes de lo degenerada que está buena parte de la institución no se plantan, no se salen o no protagonizan, apoyados por su comunidad, una autentica revolución que termine con esta decadencia.

Hasta que eso no suceda, los que no tenemos creencia religiosas, seguiremos siendo víctimas de la Iglesia católica sin que nadie nos ampare, porque no existe el delito de ofensas a los sentimientos no religiosos. Y, de este modo, tendremos que aguantar despropósitos como que en unas oposiciones a bombero se pregunte “a qué cofradía pertenece la imaginería de la entrada triunfal de Jesús en Jerusalem que participa en la procesión litúrgica de Ramos, en la Semana Santa Palentina?”. Ver para creer.

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Bulas a peseta para comer carne en cuaresma

Hasta 1966 la dispensa de la Santa Cruzada permitía librarse de los rigores penitenciales del ayuno y la vigilia a cambio de una limosna

Bulas a peseta para comer carne en cuaresma

«A mí me mandaba mi madre a comprar la bula para la Cuaresma y yo buscaba en el cajón la del año anterior y me quedaba el dinero», recuerda el historiadorJuan Eslava Galán de su pícara niñez, hace medio siglo, cuando los cuarenta días anteriores a la Semana Santa se vivían entre ayunos y abstinencias en recuerdo de los que pasó Jesucristo en el desierto.

El Miércoles de Ceniza abría un tiempo de penitencia hasta el Domingo de Resurrección que marcaba las comidas, la diversión y el día a día. «Comer de viernes» era una costumbre tan arraigada que existía una cocina específica de abstinencia. El cocido omnipresente se sustituía por un potaje de garbanzos con espinacas y algo de bacalao y quien podía tomaba algún pescado, en general sardinas o arenques y en muchas ocasiones en escabeche. «La Cuaresma se representaba como una vieja con 7 pies (por las siete semanas que abarca) y un bacalao seco en la mano», comenta Eslava Galán. El ayuno y la abstinencia se cumplían a rajatabla y tomar por descuido embutido era motivo de confesión para aquellos que no se hubieran hecho con una bula.

«Los diocesanos que no tomen la bula y su indulto, pecan mortalmente si no observan la vigilia todos los viernes del año, guardan el ayuno todos los días de Cuaresma y abstinencia con ayuno el miércoles de ceniza, todos los viernes y sábados de Cuaresma», señalaban las normas del obispado de Madrid-Alcalá de 1950. Quienes hubieran adquirido la Bula de la Santa Cruzada y su indulto de carnes solo tenían la «obligación de observar vigilia todos los viernes de Cuaresma, guardar ayuno el miércoles de ceniza y ayunar con abstinencia el Viernes Santo». Podían así tomar huevos, productos lácteos y pescado cualquier día, incluso los de ayuno.

El precio de la misma, de entre 50 céntimos hasta 10 pesetas, dependía del nivel económico que se tuviera. «Te las vendía el párroco en la sacristía y en aquellos tiempos era conveniente ser generoso con la Iglesia», señala Eslava Galán. «Inevitablemente la adquisición del privilegio se hizo indicador del estatus social, y se hacía ostentación de él», añade en un capítulo de su libro «Tumbaollas y hambrientos».

La Bula de la Santa Cruzada había sido concedida a los Reyes Católicos por el Papa Julio II en 1509, a semejanza de las que otorgaron Urbano II e Inocencio III a los cristianos que fueron a recuperar la Tierra Santa vistiendo la roja divisa de los cruzados en el pecho. Los sucesores Pontífices continuaron con la concesión, siempre por tiempo limitado, mandando que el importe de las limosnas se destinara al culto de las iglesias. El documento pontificio era conducido bajo palio en procesión en varias ciudades españolas, como en ésta de Madrid de 1918 que reflejaron las páginas de ABC.

En los años 60 se produjo una relajación de las costumbres que coincidió con la emigración de obreros españoles y la llegada del turismo. «La gente ya no las compraba como antes», apunta Eslava Galán.

En 1966, tras el Concilio Vaticano II, Pablo VI suavizó las normas de ayuno y abstinencia para los católicos de todo el mundo. Mantuvo el carácter penitencial del viernes con la obligación de abstenerse de comer carne, pero liberó de ella a los menores de catorce años (antes se exigía desde los 7 años) e hizo más llevaderas las normas del ayuno cuaresmal. Ese mismo año, la Conferencia Episcopal anunciaba ladesaparición definitiva de la tradicional Bula de la Santa Cruzada, renunciando a unos ingresos que en los últimos años habían alcanzado los 96 millones de pesetas.

La bula había permitido a los españoles vivir la cuaresma sin el rigor de otros países. En Francia, por ejemplo, Luis XIV ordenó en 1671 a la policía registrar las casas para requisar los alimentos prohibidos.

Los otros «ayunos»

La clase media era la que más cumplía con la «vigilia», aunque no sin dificultad. El pescado llegaba a los pueblos «poco y mal», señala el historiador. Los pescaderos conducían de noche para regresar al amanecer con el pescado comprado a última hora del día anterior en aquellas localidades que se encontraban más o menos cerca de la costa. Por entonces no había refrigeradores en los que conservarlo. Se comía mucha sardina y arenque, aunque el rey era el bacalao. Luis Gabaldón escribía un elogio a este pescado en ABC allá por 1908 al que llama «el árbitro de la vigilia, más aún, el anarquista de la carne» y relata cómo muchas casas de huéspedes cerraban «por vigilia», ante los problemas de organizar comidas de abstinencia.

Los españoles de principios y mediados del siglo pasado debían vestir además de forma modesta, dar limosna, velar (privarse del sueño), abstenerse de diversiones e incluso de hacer vida social y a los esposos se les pedía continencia sexual, siguiendo una decretal de un pontífice del siglo IV. «Obviamente no se pedía desde el púlpito, pero se veía conveniente. Eran días de recogimiento, en la que no convenían las manifestaciones de alegría», comenta Eslava Galán, que en un artículo relata cómo en el Cancionero de la Vaticana se cuenta que el rey requirió en amores a una soldadera y ella lo rechazó por ser Semana Santa y tener que guardar abstinencia.

La música resultaba inadecuada y las emisoras cambiaban las variedades por la música sacra. Las salas de baile se veían obligadas a cerrar por mandato de la autoridad e incluso la cuaresma se reflejaba en los comercios. El historiador, que aborda estos años en sus libros «De la alpargata al 600» o «Los años del miedo», cuenta a ABC cómo «había tiendas que arreglaban los escapates con motivos religiosos y las corseterías quitaban de ellos parte de su género porque estaba mal visto todo lo que pudiera favorecer la lujuria». Se llegaba a tapar las esculturas.

Los cines cerraban o solo ponían películas de carácter religioso y las procesiones eran cotidianas en toda España, especialmente en Castilla y León, Extremadura y Andalucía. Muchas de ellas han perdurado hasta hoy, como también se mantiene el ayuno y la abstinencia el miércoles de ceniza y el Viernes Santo y la abstinencia los viernes de Cuaresma para los católicos, pero no como antes.

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Plegarias

Los seguidores de Buda y de Confucio son capaces de compaginar la armonía del nirvana con las leyes del capitalismo más salvaje

Un rifle Winchester 308

Un rifle Winchester 308 GETTY

 

El Kaláshnikov se ha convertido en un instrumento de oración. Con cada proyectil escupe también una plegaria. Rezar y disparar. Nunca como hoy han estado tan unidos el bien y el mal, el progreso y el regreso de la humanidad en una confusa amalgama de religión, ciencia y fanatismo. Miles de millones de habitantes del planeta profesan la nueva fe en la energía nuclear sin dejar de creer en sus antiguos dioses. En el billete de dólar con el que se compran y se venden todas las almas se halla escrita esta súplica: ¡en Dios confiamos! En el inconsciente colectivo de Estados Unidos están interiorizados, como iconos de la patria, el rifle Winchester y el Colt 45; de hecho las matanzas en los centros escolares constituyen una forma de costumbrismo. Los profesores en los colegios, según Donald Trump, deberían impartir lecciones de ética con un revólver en la mano. Los yihadistas dominan las redes sociales más sofisticadas, pero gritan ¡Alá es grande! antes de ametrallar a los enemigos. Los judíos de Israel imploran protección a Yavhé en el Muro de las Lamentaciones, aunque sin duda fían más su seguridad a la posesión de la bomba atómica. Los seguidores de Buda y de Confucio son capaces de compaginar la armonía del nirvana con las leyes del capitalismo más salvaje. Los animistas africanos asesinan a sus congéneres de otras etnias y luego por su smartphonese enteran del resultado de la razia. Los millones de neuronas de nuestro sistema digestivo se encargan de provocarnos náuseas y vómitos cuando un alimento indigesto penetra en el estómago; en cambio, las neuronas del cerebro admiten sin rechazo alguno toda clase de basura. Lo cuecen todo en una confusa unidad, el bien y el mal, la fe, la ciencia y el fanatismo, de modo que hoy matar puede ser lo mismo que rezar. Se aprieta el gatillo y salen convertidas en plomo las plegarias.

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Monstruos, santos e intrigas: la fascinante historia de los Papas

El historiador John Julius Norwich publica una entretenida y rigurosa historia del pontificado romano

El historiador John Julius Norwich en 2014 en Oxford.

El historiador John Julius Norwich en 2014 en Oxford. DAVID LEVENSON GETTY IMAGES

 

Leído en frío, escandalizaría cualquier historia del Papado romano que afirmase que “el Vaticano es un lugar idóneo para cometer un crimen”. Lo hace el historiador John Julios Norwich en el libro Los Papas. Una historia, que edita Reino de Redonda con un delicioso (y largo) prólogo de Antony Beevor. Norwich argumenta y lo documenta mucho antes de llegar al capítulo dedicado a Juan Pablo I, que reinó allí apenas treinta días, en el verano de 1976.

¿Murió asesinado mientras dormía? Según Norwich, “es el mayor misterio papal de los tiempos modernos”. Juan Pablo I detestaba la pomposidad y estaba empeñado en devolver la Iglesia a sus orígenes, a la humildad y la simplicidad, la honestidad y la pobreza de Jesucristo. Su rechazo a ser coronado con toda la parafernalia habitual había horrorizado a los tradicionalistas. Si llega a vivir muchos años, sin duda habría realizado la revolución que no pudo llevar a cabo Juan XXIII con el concilio Vaticano II. La Curia estaba a todas luces asustada.

“Al iniciar mis investigaciones me pareció que lo más probable es que había muerto asesinado; ahora ya no estoy tan seguro”, afirma el prestigioso historiador británico. Subraya que Juan Pablo, que murió mientras dormía a los 67 años, gozaba de una salud excelente, certificada unas semanas antes, y que no se hizo ningún examen post morten o una autopsia. “El Vaticano es un Estado independiente, sin un cuerpo de policía propio; la policía italiana solo puede entrar si es invitada a hacerlo, pero no lo fue”, advierte.

Del Sumo Pontífice de la Iglesia católica se dice que es Vicario de Cristo, Sucesor de Pedro y Santo Padre, todo en mayúscula. También recibe tratamiento de Su Santidad y es Jefe de Estado de una llamada Santa Sede. El inquisidor Roberto Belarmino (1542-1621), el primer cardenal jesuita y verdugo de Giordano Bruno y de Galileo, en su famoso catecismo contestaba la pregunta “¿Quién es cristiano?” de este modo: “Es cristiano el que obedece al Papa”. Un Dios, un Cristo, un Pontífice investido por el extravagante dogma de la infalibilidad.

Cabría suponer que semejante papolatría habría elevado a los altares, proclamados santos, a todos los papas de la historia. Nada más lejos de la realidad. Solo 56 han sido canonizados por sus sucesores, la inmensa mayoría como mártires durante alguna de las persecuciones que los cristianos sufrieron en los primeros siglos. Más tarde, la santidad oficial de ‘Sus Santidades’ brilló por la ausencia. Por ejemplo, entre san Pío V, papa de 1566 a 1572, y san Pío X, que lo fue entre 1903 a 1914, hubo 342 años de sequía. En cambio, este siglo XXI empieza con dos papas santos y varios en camino. Son san Juan Pablo II y san Juan XXIII, canonizados por Francisco la primavera de 2014. Al primero, que suprimió la figura del Abogado del Diablo para facilitar los procesos, lo hizo beato su íntimo amigo y sucesor Benedicto XVI.

“Si prosigue la moda actual de canonizar a todos los papas, la santidad, por principio, se convertirá en una burla”, sentencia Norwich. Historiador de raza a la mejor manera de los de Oxford, este segundo vizconde de Norwich (nacido el 15 de septiembre de 1929), escribió antes, entre sus muchos libros, las historias de Venecia y del Imperio bizantino, y conoció personalmente a varios papas del siglo pasado. Esta vez podía haber escrito, reconoce, “unas memorias”, tal ha sido el conocimiento directo del papado en el último siglo. Lo que publica, en cambio, es una gran saga, muchas veces divertida, vista desde fuera, en el mejor estilo irónico del gran Edward Gibbon en sus relatos escabrosos sobre la decadencia del Imperio romano.”

Norwich subraya la historia de papas de enorme talla, como los únicos dos reconocidos como Magnos: León I el Magno, que libró a Roma del asalto de Atila; o de Gregorio Magno, el que más hizo por consolidar el poder temporal del pontificado, al que accedió después de haber sido gobernador civil de Roma. Pero también se detiene en pontífices de presidio: papas que abusaban de las doncellas de palacio, papas con hijos de varias mujeres, papas criminales. Pese a que no descubre nada que no se supiera, su historia resulta un delicioso, irónico y a veces divertido bocado sobre “la imponente, asombrosa y tantas veces escabrosa, terrible, escandalosa y hasta criminal monarquía absoluta más antigua del mundo”. No exagera con estos calificativos (usa otros aún más rotundos), ni para alabar a tantos papas buenos, ni para execrar a tantos papas malos.

Los Papas. Una historia contiene un capítulo titulado Los monstruos. “A pesar de todo, la Iglesia Católica romana florece como quizás nunca antes lo había hecho. Si San Pedro pudiera verla ahora, seguramente estaría orgulloso”, resume, asombrado por cómo el mensaje del judío Jesús, el fundador cristiano, que entró en Jerusalén a lomos de un borrico y fue crucificado junto a dos ladrones, ha podido sobrevivir a una historia tantas veces extravagante, y que sea venerado y conocido en todo el mundo. Más imponente resulta que gran parte de la Humanidad cuente los años y los siglos, y desarrolle los calendarios, a partir de la fecha del nacimiento del revoltoso nazareno, pese a que ni se conoce esa fecha exacta (pero sí que no fue la que se ha dicho), ni siquiera el lugar de su nacimiento.

Los Papas no eran nadie durante siglos. Ni siquiera se llamaban así hasta que el obispo Siricio asumió ese nombre como título de honor, a finales del siglo IV. En realidad, Papa, derivado del griego, significaba entonces bien poca cosa: “Pequeño padre”. Hasta Siricio, que reinó en Roma entre 384 y 399, se llamaba ‘pequeños padres’ a los miembros de edad de las comunidades cristianas, perseguidas o desprestigiadas hasta que el emperador Constantino proclamó el año 313 que el cristianismo era la religión oficial del Imperio romano. Sesenta años más tarde, Teodosio prohibía al resto de los cultos. “Una Iglesia perseguida se había convertido en una Iglesia perseguidora”, concluye John Julius Norwich.

Pomposidad perdida

Monarcas autocráticos, los Papas practicaron hasta muy recientemente la doctrina de Gregorio VII en Dictatus Papae, de 1075: solo el romano pontífice puede usar insignias imperiales, “únicamente del Papa besan los pies todos los príncipes”, solo a él le compete deponer emperadores, sus sentencias no deben ser reformadas por nadie mientras él puede reformar las de todos.

El último en creérselo fue el aristocrático Pío XII, pontífice entre 1939 y 1958. Los funcionarios debían arrodillarse cuando el Papa empezaba a hablar, dirigirse hacia él arrodillados y salir de la habitación caminando hacia atrás. El pontificado llevaba medio siglo sin poder temporal, al menos teórico, como supuso Stalin cuando en la Conferencia de Yalta, en 1945 se sorprende cuando Winston Churchill le sugiere la posible participación del Papa en las conversaciones de paz. “¿Cuántas divisiones tiene ese papa?”, zanjó el dictador soviético. Pero ningún monarca estaba rodeado de tanto ceremonial.

Norwich ilustra cómo esa pomposidad desmesurada ha llegado hasta nuestros tiempos. Por ejemplo, sobre León XIII, papa entre 1878 a 1922, cuenta que todos sus visitantes debían permanecer arrodillados durante toda la audiencia y que los miembros de su séquito estaban obligados a estar de pie en su presencia. “Se dice que durante los veinticinco años de su Pontificado ni una sola vez le dirigió la palabra a su chófer”.

JUAN G. BEDOYA

https://elpais.com/cultura

Jueces de mierda y católicos de mierda

Jueces de mierda y católicos de mierda

Jueces de mierda y católicos de mierda

 

A mí meda un poco de cosa insultar a la gente, pues mi madre es mujer culta y de origen humilde, y quizá por eso me enseñó formas, talantes y manieras. Pero algunos jueces y católicos de España son, y han sido siempre, una banda de hijos de puta. Unos mafiosos. Pistoleros contra el humor, la belleza y la inteligencia. Los curas se han follado a centenares de miles de niños, y nadie ha dicho nada. Y ahora los jueces, un mierda de juez de Jaén, un tipo o tipa que debería estar pintando palotes en un cuaderno infantil, un fascista asqueroso, un gilipollas, un castrato intelectual, una cagada de persona, una excrecencia ética, un esputo en la frente de la evolución humana, va y condena a un chaval a pagar quinientos pavos por haber subido en las redes una foto suya caracterizado de Cristo.

No encuentro en internet el nombre o la nombra de este juez, que, si no, aquí lo pondría.

El chaval ha aceptado pagar 480 euros. Diez días de jornal vareando aceitunas. No es una metáfora. El chaval condenado se dedica a varear aceitunas. Estoy seguro de que ese hijo de puta de juez no sabe lo que es varear aceitunas.

El chaval ha dicho que no quería ofender a nadie.

¿Quién se siente ofendido?

Unos mierdas despreciables conocidos como la Hermandad de la Amargura, católicos yihadistas de la estupidez gregaria, lo denunciaron. ¿Por qué? Esa no es la pregunta. La pregunta es cómo un juez puede admitir tan alocada demanda. Y que lo declare culpable. ¿Dónde estamos, compañeros?

¿Por qué no decimos nada nosotros?

¿Por qué no hacemos nada nosotros, cuando la diferencia entre decir y hacer, en democracia, no es tan grande?

¿Qué hay que hacer?

Supongo que la mierda esa de la Hermandad de la Amargura me denunciará por llamarlos no sé… A pesar de mi gran léxico, no se me ocurre cómo adjetivar a estas heces bazofieras.

Dejamos que esos putos integristas católicos sigan condenando gente, como en el franquismo y la inquisición. Y nos quedamos tan tranquilos. Son solo 480 euros. Idos a la mierda, pazguatos. Esos 480 euros le suponen al chaval diez días vareando aceitunas. ¿Habéis visto algún día a alguno de la Hermandad de la Amargura vareando aceitunas?  Yo lo hice de joven, y es duro.

Los paletos y los indocumentados no saben que la Iglesia recibe de media unos 10.000 millones de euros anuales de nuestros impuestos, entre subvenciones, exenciones y otras prebendas (ni siquiera cotizan las entradas en sitios como la catedral de Santiago, que es mi pueblo; compraron la mezquita de Córdoba por 30 euros: ¿Por qué tú no la pudiste comprar por ese precio?).

Mi directora me va a echar, pues este artículo semanal va sobre lo que se dice en los periódicos. Y no he visto el tema en ninguna portada. Jefa, ¿puedo escribir también sobre lo que no he podido leer en los periódicos?

Vale.

Quedo despedido.

Aníbal Malvar

http://blogs.publico.es/repartidor

Si tu ojo te escandaliza, arrancátelo, gilipollas

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La jurisprudencia española lleva tiempo sentando cátedra en temas tan acuciantes como los chistes sobre Carrero Blanco, las letras de rap y las chirigotas de Cádiz. Hay que decir que los jueces españoles trabajan de acuerdo a la sensibilidad delicadísima de estos tiempos en que se descuelga un lienzo prerrafaelita de un museo por machirulo y se prohíben los carteles de una exposición del pintor Egon Schiele porque ofrecen genitales a la vista del público. The New Church Ladies, como bautizara Jim Goad a estos nenúfares de la indignación, ven el garabato de una polla fláccida y se atragantan, pero luego leen que quince inmigrantes se ahogaron gracias a la acción higiénica de la Guardia Civil y no les dedican ni un avemaría.

En lo que toca a la sensibilidad religiosa, España, más que una piel fina, tiene un clítoris. Todavía colea el juicio por blasfemia que se celebró -con doce años de retraso- contra Javier Krahe por un cortometraje sobre el mejor modo de cocinar un Cristo al horno. El abogado bien podía alegar que Krahe sólo intentaba mejorar el canibalismo implícito en el acto de la comunión, ya que de eso va precisamente la eucaristía, cuando el cura alza la hostia y murmura “tomad y comed”. Si usted no cree que el pan y el vino son en ese mismo instante, gracias al misterio de la transustanciación, el cuerpo y la sangre de Cristo, entonces no sabe lo que está comulgando; si cree que la hostia es un símbolo o una metáfora o, todavía peor, un trámite, entonces no tiene usted ni puñetera idea de cristianismo. Como advirtió el escritor católico Flannery O’Connor: “Si la Sagrada Forma fuese sólo un símbolo, yo diría: Al diablo con ella”.

Lo último en cuestiones de urticaria religiosa ha sido la multa de 480 euros a un joven de Jaén por subir a Instagram un fotomontaje del Cristo de la Amargura en la que sustituyó la cara de Cristo por su propia jeta. Otro grave error teológico, puesto que si Cristo murió en la cruz para lavar los pecados de toda la humanidad, el joven chistoso de Jaén iba incluido en el lote. Más ducha en estas intricadas cuestiones dogmáticas, una ingente muchedumbre de las redes sociales se ha apresurado a aleccionar al tribunal para recordarle que Cristo también murió por ellos. Hasta un ex letrado del Tribunal Constitucional ha colgado un fotomontaje con su propia cara para recordar a sus colegas que ya no estamos en el siglo XVII.

Sin embargo, que la jurisprudencia hispánica haya decidido, en contra del sentido común y de la libertad de expresión, aplicar el delito contra los sentimientos religiosos es una magnífica noticia para el maremoto de puritanismo que amenaza con inaugurar un Neomedievo. Le están dando la razón no sólo a esos meapilas de la moral que se ofenden por cualquier cosa sino también a los verdugos del Estado Islámico que castigan a bombazos una caricatura de Mahoma. No hace falta recurrir a Voltaire ni a los Monty Python para desmontar la imbecilidad implícita en estos alardes de indignación. Fue Cristo quien dijo: “Si tu ojo derecho te escandaliza, arrancátelo”. Los evangelistas prefirieron no recoger el colofón que Cristo añadió en perfecto arameo: “Gilipollas”.

DAVID TORRES

http://blogs.publico.es/

¿Por qué la imagen de la Virgen de Guadalupe parece una vagina?

¿Por qué la imagen de la Virgen de Guadalupe parece una vagina?

 El parecido de distintas manifestaciones marianas con una vulva y su comparación distan de ser recientes, pero ¿qué tienen en común?

Una figura esbelta envuelta en un manto que le cubre de arriba abajo con sumo cuidado, especialmente en su parte superior, donde esconde su órgano más sensible. Pliegue tras pliegue su bordes delinean una imagen tan sagrada como milagrosa, que a nadie le resulta ajena.

¿Por qué la imagen de la Virgen de Guadalupe parece una vagina?

Se trata de la vulva y su adoración desde la Antigüedad no es para menos: es la parte exterior más visible de la vagina, órgano que contiene el mecanismo de reproducción y resguarda la formación de un nuevo organismo dentro de sí.

El parecido de distintas manifestaciones marianas con una vulva y su comparación distan de ser recientes; sin embargo, durante siglos se trató de un tema tabú, tanto al interior de la Iglesia como en el análisis de la iconografía religiosa, pero ¿por qué las vírgenes se parecen tanto a una vagina?

Para responder a la cuestión anterior es necesario partir del mejor ejemplo: Nuestra Señora de Guadalupe, una manifestación mariana que data del siglo XVI, conocida y adorada en todo México y Latinoamérica.

¿Por qué la imagen de la Virgen de Guadalupe parece una vagina?

La figura femenina y la creación

Una de las deidades más antiguas de las que se tiene registro es Isis. La diosa egipcia, representada como una mujer (un hecho particular para un panteón que se distinguía por dioses mixtura entre humanos y animales), era la madre de las demás deidades, además de símbolo inequívoco de la fuerza fecundadora de la naturaleza y diosa del nacimiento.

Es probable que el incipiente cristianismo adoptara la figura de Isis como inspiración para las primeras manifestaciones de María, dada su representación romana y la exposición de la deidad en el mundo entonces conocido, forjando la iconografía que conocemos como símbolo de pureza. Estos vínculos entre la capacidad divina para procrear y su simbolismo en el mundo antiguo influyeron de forma determinante en las vírgenes católicas, todas representación de María.

¿Por qué la imagen de la Virgen de Guadalupe parece una vagina?

De forma paralela y en el caso particular de esta manifestación, no es ningún secreto que María de Guadalupe es producto de un sincretismo entre la tradición católica de la evangelización y Tonantzin-Cihuacóatl, deidad del panteón azteca, madre de los dioses y creadora de la humanidad. Basta aludir a las crónicas novohispanas para confirmar que siglos antes de convertirse en el principal punto de adoración a Guadalupe y sitio de sus apariciones, el Cerro del Tepeyac era un sitio sagrado en nombre de Tonantzin, diosa de la fertilidad igual que Isis.

El culto a la fertilidad

¿Por qué la imagen de la Virgen de Guadalupe parece una vagina?

 

El Sol y la Luna, dos elementos antagónicos reconocidos por el grueso de culturas antiguas aparecen plasmados en la Virgen de Guadalupe, y siguiendo el canon de la iconografía flamenca-alemana, hacen alusión directa a la fertilidad. Esta imagen parte de los principios por representar a una mujer celestial que, al mismo tiempo, simboliza la lucha del bien y carga en su vientre al hijo de Dios.

La aureola que rodea a algunas representaciones marianas –y resulta especialmente visible en la Virgen de Guadalupe– es parte de la tradición iconográfica de la mulier amicta sole (mujer rodeada del Sol) que une a la figura femenina con el Sol.

¿Por qué la imagen de la Virgen de Guadalupe parece una vagina?

La Luna es un elemento más que representa a la fertilidad en un sinfín de culturas de la Antigüedad. El vínculo entre el satélite natural de la Tierra y la creación de vida surgió casi de forma unánime por una sencilla razón, el periodo menstrual y su coincidencia sincrónica con el ciclo lunar.

Carentes de una explicación contundente sobre los cambios en el cuerpo femenino adulto a lo largo de 28 días, las transformaciones de la Luna en la bóveda celeste parecían proveer pistas sobre el sexo, la fecundidad y el origen de la vida. En la Virgen de Guadalupe, una Luna creciente aparece sobre sus pies, completando el cuadro de la mulier amicta sole.

El culto a la vulva es una adoración al origen de la vida y al mismo tiempo, al sexo y todas sus consecuencias. Un impulso biológico y evolutivo dotado de trascendencia para una especie que recientemente adquirió conciencia de sí y trató de explicar los fenómenos que escapaban de su raciocinio a través de entidades supremas. El más importante de ellos (en contraposición a la muerte) es uno: la creación de vida, un hecho mágico y ritual, cargado de simbolismo. No sería extraño entonces –y mucho menos atentaría contra su halo de divinidad– que la Virgen de Guadalupe cargara con esta herencia de adoración a la vida que compartieron los primeros humanos y que de pies a cabeza, su imagen simulara una vagina.

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Así dijo el Papa a los abusados “mentirosos”

No hay derecho a pedirle al Papa ninguna prueba de la existencia del dios en el que cree. Pero sí de exigirle que ejerza la misericordia a la que su dogma obliga

Así dijo el Papa a los abusados “mentirosos”
El obispo Juan Barros saluda a los congregados durante una misa multitudinaria oficiada por el papa Francisco en Lobito Campos. Iquique. Chile. LUCA ZENNARO (EFE). VÍDEO: REUTERS-QUALITY

 

En 2011, el cura chileno Fernando Karadima fue encontrado culpable de abusos sexuales cometidos durante los años ochenta y noventa. Su colega chileno Juan Barros, acusado por las víctimas de Karadima como encubridor de esos abusos, fue nombrado obispo de Osorno en 2015 por el papa Francisco. El 16 de enero, durante su visita a Chile, el Papa manifestó “dolor y vergüenza” en relación con los abusos cometidos por sacerdotes. Después, dio misa en el parque O’Higgins, donde el obispo Barros estuvo a su lado, y más tarde en Temuco, donde también. El jueves, en Iquique, el Papa avanzaba derramando bendiciones cuando una periodista le preguntó: “¿Usted le da todo el respaldo al obispo Barros?”. En cámara, el gesto de Francisco es impresionante. La cara súbitamente congelada, la sonrisa paralítica, dijo: “El día que me traigan una prueba contra el obispo Barros…”. Sobrevino una pausa amenazante, un aleteo oscuro, impropio, y con una voz menos simpática que la que utiliza para pedir a los jóvenes que “hagan lío”, dijo: “… ahí voy a ver. No hay una sola prueba en contra. Todo es calumnia”. Con el tono descalificador del que se lanza sobre el vulgo que osa pedirle explicaciones, terminó: “¿Está claro?”. Después, desenfundó una sonrisa de tubo de ensayo y se fue. Y así fue como el gran líder de una religión de Occidente les dijo a los abusados “mentirosos”. Después, en rueda de prensa, las víctimas de Karadima recordaron las pruebas presentadas contra Barros; hubo escándalo. Lo que no hubo fue novedad: el Papa dejó en claro que también para la Iglesia los principales sospechosos —aquellos a quienes se cuestiona por no haber hablado a tiempo, a quienes se reclaman más y más pruebas— son las víctimas. No hay derecho a pedirle al Papa ninguna prueba de la existencia del dios en el que cree. Pero sí de exigirle que ejerza la misericordia a la que su dogma obliga.

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El papa Francisco en tierra de nadie

Este es un país muy desconfiado. La presidenta Michelle Bachelet se lo advirtió al papa Francisco no bien pisó Chile el 15 de enero. Cuatro días de visita por el centro, sur y extremo norte del país no bastaron para disipar esa desconfianza. En Chile, Francisco se convirtió en la prueba viva de que no hay nada más estrecho que el ancho camino del medio: en su breve pontificado ha logrado defraudar las esperanzas de conservadores y progresistas.

En cinco años, el papa ha visitado países de mayoría musulmana, judía, protestante y ateas, todos ellos con razonable público y sin demasiados escándalos. En Chile enfrentaba quizás un reto mayor. Los chilenos, como muchas sociedades que han prosperado bruscamente, no solo han perdido la fe, sino que la han reemplazado por un cada vez más activo anticlericalismo. Los 80 casos conocidos de abuso sexualperpetrados por miembros del clero en Chile le han dado alas a un sentimiento antirreligioso que tiene su manifestación más extrema en la quema de iglesias en el sur de Chile, presuntamente a manos de grupos mapuche.

La Iglesia chilena necesitaba un milagro de Francisco. El primer discurso del papa en el Palacio de la Moneda parecía una señal astuta y equilibrada de que había comprendido la dimensión del desafío. Francisco empezó su visita citando a Gabriela Mistral para alabar los logros de la democracia chilena. Sin demorarse ni un minuto pidió perdón a las víctimas de los abusos sexuales, usando sin eufemismo la palabra “vergüenza” para calificar lo que la Iglesia debía sentir ante la reiteración de esos casos.

De manera igualmente astuta, Francisco empezó su visita justo donde la de Juan Pablo II, 31 años atrás, había fallado de la manera más estruendosa. En el parque O’Higgins el papa polaco vio desde el altar cómo sus feligreses se enfrentaban a palos con la policía de la dictadura. Sus intentos por calmar la multitud fueron inútiles. Más de 600 personas resultaron heridas en la refriega. Francisco, en el mismo lugar, saludaba a una multitud calmada y feliz de más de 400.000 personas. Ahí mismo, sin embargo, terminó su luna de miel con los chilenos. Las cámaras de televisión captaron entre los participantes de la misa al obispo Juan Barros Madrid, señalado por las víctimas del padre Karadima como un encubridor de los abusos sexuales.

El papa Francisco ha sido incapaz de conectar con el corazón de alguna de las dos iglesias que se dividen la herencia de san Pedro y san Pablo, la progresista y la conservadora.

El resistido obispo de Osorno le quitó de pronto cualquier visibilidad al papa, quien confirmó de nuevo su confianza en la inocencia del prelado y su enojo contra cualquiera que dudara de ella. Las lágrimas que habría vertido en un encuentro privado con víctimas anónimas de los abusos sexuales del clero no lograron calmar las preguntas incómodas y los incómodos emplazamientos que lo siguieron en cada lugar donde su lento caminar y su sonrisa cansada intentó llegar. El papa, que se supone venía a entregarnos su paz, terminó tratando de calumniadores a cualquiera que se atreva a cuestionar a Barros. Un abrupto “¿Está claro?” dejó zanjada la cuestión. El papa de la sencillez volvía a ser el autoritario y decidido cardenal Bergoglio que tanto temían sus hermanos jesuitas argentinos.

Ni en Temuco ni en Iquique ni en Maipú logró llenar de público las inmensas explanadas que lo esperaban. Su uso del lunfardo argentino o sus intentos de introducir jerga juvenil —habló de “selfie vocacional”— o popular a sus discursos no consiguieron seducir más que a los que ya estaban convencidos de antemano. El papa de todos no fue, al final, el papa de nadie, la vergüenza que manifestó sentir por los abusos sexuales se terminó contagiando a su visita entera, considerada por los más variados vaticanistas la más desastrosa de las que ha emprendido.

En Chile se escenificó con especial crudeza la tragedia que ha ido marcando todo el papado de Francisco, su incapacidad para reconciliar lo que queda de la Iglesia de Juan XXIII con la aún todopoderosa Iglesia de Juan Pablo II. En los años setenta y ochenta la teología de la liberación sembró y cosechó obispos, curas, pensadores y mártires por todo Chile. Juan Pablo II castigó con especial celo esta iglesia de los pobres organizada en muy activas comunidades de base. Desde entonces, la Iglesia chilena gastó todo el prestigio ganado en la dictadura en tratar de impedir la ley de divorcio, el matrimonio igualitario o cualquier tipo de aborto. En su visita, el Francisco pasó por alto cualquiera de esos tópicos. La jerarquía conservadora que dejó instalada el papa polaco no dejó de anotar esa señal.

Para los conservadores Francisco será siempre un jesuita más preocupado de la vida de las mujeres en la cárcel que los derechos de los fetos por nacer. Para los progresistas, sin embargo, Francisco no puede dejar de ser el papa que defiende al obispo Barros, representante de todo lo que para ellos ha alejado al pueblo de las iglesias: no solo los abusos sexuales sino un estilo distante y cortesano, que prefiere quedar bien con la jerarquía que calmar las inquietudes de sus feligreses. El papa, que quiere pastores con olor a ovejas, terminó defendiendo uno que huele a caro perfume vaticano. Francisco terminó por ser el rostro de una Iglesia que impone desde arriba nombramientos resistidos por los fieles, enviando una señal a los abusados de que su dolor siempre será visto por las altas autoridad con desconfianza y hasta desprecio.

La humildad de las costumbres de este papa no se ajusta a su carácter impaciente y despectivo que no se muerde la lengua para condenar y que es bastante más cauto a la hora de celebrar. Incapaz de conectar con el corazón de alguna de las dos iglesias que se dividen la herencia de san Pedro y san Pablo, la progresista y la conservadora, ha conseguido en la que se suponía era su tierra, América Latina, ser un perfecto extraño.

 

Dios no es argentino

BARCELONA, España — Son expertos en cielos. Así que habría que ver si, para el dogma cristiano, el cielo de un país es ese país. Si así fuera, el papa Jorge Bergoglio ha vuelto por fin al suyo; lo hizo, si acaso, de una forma etérea, fugitiva: lo sobrevoló en su avión papal en viaje hacia Chile y Perú. Si no, si el cielo no cuenta, en unos días cumplirá sus cinco años como papa sin ir a la Argentina. En ese lapso viajó a todos los países sudamericanos menos Uruguay, Venezuela, las Guyanas y el suyo.

Hace casi cinco años, cuando la noticia de su elección sorprendió al mundo, publiqué aquí mismo una columna que decía que me preocupaba que Habemus papam se hubiera vuelto una frase argentina: tenemos un papa. “Para una sociedad que empezó a jugar al tenis porque Guillermo Vilas ganó Roland Garros, que empezó a mirar básquet cuando Manu Ginobili irrumpió en la NBA, que siempre dudó del verdadero valor de Borges porque nunca le dieron un Nobel y que ahora se entusiasma con las monarquías porque una argentina reina en Holanda, el hecho de que ‘uno de nosotros’ se vaya a sentar en el trono de Pedro puede tener un gran efecto multiplicador sobre el peso del catolicismo en nuestras vidas: temo que nos volvamos más papistas que el papa”. Tuve razón y estaba equivocado.

Es difícil medirlo, pero parece claro que el nivel de religiosidad pampeana no ha cambiado mucho en este lustro. La Argentina es un país bastante pagano; fue, por ejemplo, uno de los primeros del mundo en aceptar los matrimonios igualitarios, en abierta pelea con el dogma de la Iglesia encabezada entonces por el cardenal Bergoglio, que llegó a escribir que esa ley era una “movida del demonio” y que combatirla era “una guerra de Dios”.

Lo que sí cambió fue el peso de la institución y su cabeza: si la Iglesia católica siempre tuvo una influencia desproporcionada en la vida pública argentina, ahora Bergoglio se ha transformado en su polo decisivo. Todas sus corrientes lo buscan para que las legitime y ha habido incluso episodios picarescos de políticos que, so pretexto de visita pía, tratan de robarle una foto para usarla en sus campañas. También por eso no ha vuelto a su país: allí cada uno de sus movimientos se lee con tanta atención, con tantas vueltas, con tantos sentidos, que su visita sería un parto.

Sus alianzas, además, son confusas. Cuando era arzobispo de Buenos Aires estaba tan peleado con el gobierno kirchnerista que Cristina Fernández sacó de su jurisdicción ciertos actos religiosos oficiales para no tener que compartirlos con él; cuando lo paparon se reconciliaron y, desde entonces, se han visto varias veces. En cambio no trató bien al presidente Macri en su visita y no parece tener diálogo con él. Ahora, curiosamente, las clases medias antiperonistas que lo apoyaban —porque son la clientela natural de su iglesia y porque se peleaba con el kirchnerismo— le critican esas políticas. Bergoglio está sufriendo los límites del populismo: por más que lo intentes, es difícil quedar bien con Dios y con el diablo.

Pero lo sigue intentando. Sus primeros años fueron extraordinarios: con su sonrisa tímida y sus palabras precisas y sus gestos de humildad consiguió recuperar el prestigio de una organización que lo tenía por los suelos, convertir lo que se veía como un nido de pedófilos y especuladores en una institución cuya opinión debe ser escuchada en los foros del mundo. Su puesta en escena fue impecable: “Hace gestos que no son casuales, no es espontáneo, es extremadamente calculador. Una de sus imágenes típicas es cuando sube al avión llevando una maleta negra. La maleta la toma al pie de la escalera y la entrega en la puerta del avión. La tiene solo para subir la escalera. Es un papa de una habilidad extraordinaria para manejar el funcionamiento de los medios”, dijo hace poco a La Tercera Sandro Magister, vaticanista del semanario L’Espresso.

Dios no es argentino

 
El 15 de enero de 2018, el papa Francisco llegó al aeropuerto internacional de Santiago en Chile.CreditEsteban Felix/Associated Press

Se aprovecha, además, de que son muchos los que quieren creer: los que le escuchan lo que querrían escuchar. Lo muestra su frase más citada: cuando supuestamente dijo que quién era él para juzgar a los homosexuales. Nadie le contestó que es el jefe de una organización que siempre los consideró pervertidos enfermos y los condenó a las llamas del infierno. Pero, además, la cita era incompleta, amañada. Ese día, en su conferencia de prensa, Bergoglio puso sus condiciones para ser tolerante: “Si una persona que es gay busca a Dios y tiene buena voluntad, ¿quién soy yo para juzgarla?”. Según su doctrina, “buscar a Dios y tener buena voluntad” supone que dicho homosexual renuncie a sus “impulsos diabólicos”: hacer de su condición un enemigo. Es comprensible que un papa peronista intente adaptar lo que dice a lo que cree que otros querrían escuchar; lo curioso es que tantos intenten adaptar lo que él dice a lo que ellos querrían.

Son muchos, así, los que no escuchan lo que no querrían. Como, por ejemplo, tras el atentado contra Charlie Hebdo, cuando se dejó llevar y dijo lo que siempre dijeron sus antecesores: que “en la libertad de expresión hay límites” y que “mucha gente habla mal de otras religiones, se burla y provoca y entonces podría ocurrir lo mismo que le pasaría al doctor Gasbarri si llega a decir algo contra mi madre”. Bergoglio lo había explicado justo antes: “Si él, un gran amigo, dice una mala palabra sobre mi madre, puede esperar un puñetazo”. La paz también tiene sus límites, venía a decir el jefe de una organización que legitimó cientos de guerras.

Hablar, aprovechar la desmemoria; Bergoglio es un señor que entiende la razón demagógica, el arte de decir sin hacer. Y nadie se lo dice. Gracias a esa complicidad, por activa y por pasiva, Jorge Bergoglio puede seguir cumpliendo con su misión, la que el peronismo comparte con el gatopardismo: cambiar apariencias para que nada cambie. Bergoglio ya lleva cinco años manejando la Iglesia de Roma en el mundo y los ejemplos podrían multiplicarse; tomemos, para seguir el aire de los tiempos, la cuestión de las mujeres.

Imagínense al director general de un gran banco anunciando que va a hacer un anuncio decisivo. Llegado el momento, dice, con esa sencillez que siempre lo caracterizó, que en esta empresa, donde hasta ahora solo trabajaban hombres, han entendido que las mujeres existen y van a permitirles empezar a trabajar: podrán atender los teléfonos, limpiar los baños, con el tiempo, ser secretarias de algún jefe.

Algo así dijo Bergoglio hace dos años: que le interesaría estudiar si las mujeres, que no tienen acceso a ningún puesto de responsabilidad en su organización, pueden llegar a ser diaconisas —el puesto más bajo de su jerarquía— y muchos lo celebraron como una muestra de su progresismo. Aunque aclaró, ese mismo día, que su Iglesia siempre ha dicho que las mujeres no pueden ser sacerdotes y que “esa puerta está cerrada”. Hablemos de discriminaciones. Por mucho menos cualquier organización o empresa o grupo sería duramente sancionado por nuestras leyes y nuestras opiniones, pero la Iglesia de Roma tiene bula para ser la institución más discriminatoria y reaccionaria sin que se lo reprochen. Todo gracias a un papa peronista, que no quiere o no se atreve a volver a su país. Dios, después, de todo, quizá no sea argentino.