Fern, Tree, Nature, Green, BlackExisten pocas cosas más difíciles que justificar nuestra existencia en este universo. Además de tratarse de una exploración esencial del hombre como especie, esta búsqueda también tiene una dimensión más íntima, y ésta implica una búsqueda personal que se nos presenta a todos en algún momento. En Japón, existe un término que define este camino, la búsqueda del sentido de nuestra vida: se llama ikigai. Una revisión de este concepto y su significado podría darnos claves sencillas, pero esenciales, para encontrar aquello que podría justificar nuestro tránsito por este mundo.

Las palabras japonesas, a menudo intraducibles a nuestra lengua, brillan por su minuciosidad, por su capacidad de describir cosas, ideas o sensaciones profundamente específicas (un precioso ejemplo son las 50 palabras del japonés para nombrar la lluvia). Por su parte, la palabra ikigai resulta de la combinación de dos conceptos: iki que significa “vida” y gai que, a grandes rasgos, podría traducirse como “valor”; a su vez, gai (una voz que viene del Periodo Heian japonés) deriva de kai, que significa “concha”, objetos marinos que en ese entonces eran profundamente valiosos.

Una idea como “el valor de la vida” podría sonar, en un primer momento, grandilocuente y difícil de asimilar. Pero en japonés, lo que nosotros llamamos “vida” (término que engloba tanto el tiempo que pasamos literalmente vivos, como también la vida cotidiana) se define con dos palabras distintas: jinsei, que significa sencillamente “vida”, y seikatsu, que se refiere a la “vida cotidiana”. El concepto ikigai hace referencia específicamente al seikatsu, algo que podría ayudarnos a redimensionar el concepto y comprenderlo como aquello que le da sentido a nuestra vida todos los días. Entendido de esta manera, el ikigai podría ser nuestro hobby, nuestro empleo o, por ejemplo, la tarea de criar un hijo. En Japón, este término se refiere, entonces, a la suma de pequeños placeres (de los que alguna vez Hermann Hesse habló tan lucidamente) que, en conjunto, le dan sentido a nuestra vida.

Quienes han explorado este concepto en Occidente, lo han llevado a un lugar más práctico, relacionándolo con el trabajo que realizamos y cómo éste puede o no ser una fuente de satisfacción personal —de ahí que haya sido utilizado profusamente en empresas y cursos para empleados de grandes corporativos. Mientras que para los japoneses el ikigai no tiene que ver necesariamente con la manera en que nos ganamos la vida, para los occidentales este concepto se ha definido como el acto de encontrar un empleo que le da sentido a nuestra vida, uno que se encuentra en la intersección de lo que amas y lo que sabes hacer, además de ser lo que nos permite ganar ingresos económicos. En el diagrama a continuación, resulta claro cómo el ikigai se ha traducido en este lado del mundo.

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Para otros estudiosos del concepto, como el escritor y explorador de National Geographic Dan Buettner, el ikigai es una fuente de longevidad. En su Ted Talk sobre la Zonas Azules del mundo —lugares donde se concentra una mayor cantidad de centenarios—, Buettner plantea que una de las razones por las que la gente en la isla japonesa de Okinawa vive más tiempo (un promedio de 87 años en las mujeres y 81 años en los hombres), además de sus sanísimos hábitos alimenticios, es que tienen muy claro su ikigai: los viejos tienen el deber de compartir su sabiduría con las siguientes generaciones. Esta responsabilidad resulta un motivo para vivir que trasciende la importancia de una persona y resulta en un generoso acto que da fuerza a estas personas para levantarse cada mañana.Encontrar el valor de nuestra vida implica un proceso profundamente personal y valiente, una exploración que puede tomar mucho tiempo y que constituye la búsqueda más elevada a la una persona puede aspirar. Así, el concepto del ikigai (tanto desde su definición oriental, como también en la occidental) nos invita a buscar aquello que amamos y no dejarlo ir (un consejo del que alguna vez habló el mitólogo Joseph Campbell) y quizá también a encontrar el valor de lo que hacemos como algo que nos trasciende, porque esto sólo puede resultar en una vida plena y (tal vez) más larga.

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*Imagen: Dominio Público