Patológica

Sin desacreditar en absoluto los avances médicos, me parece que cada vez se patologizan más conductas

La patologización de la vida nos lleva a saturar consultas y urgencias.
La patologización de la vida nos lleva a saturar consultas y urgencias. GETTY IMAGES

 

Siempre me he manifestado a favor de la anestesia. Incluso, entiendo esos análisis de sangre que me producen grima —goma, aguja, vena, algodoncillo— y son imprescindibles para la detección precoz de la enfermedad. Cada persona conoce el caso de otra salvada de un cáncer gracias a la medicina preventiva. Benditas sean las vacunas y san Louis Pasteur, que, sin embargo, no ha llegado a curarnos del todo la rabia. Sin desacreditar en absoluto los avances médicos, me parece que cada vez se patologizan más conductas. Igual que sucedió con el placer femenino y la homosexualidad, ahora se patologizan comportamientos infantiles, transexualidad, menopausia, la vuelta al trabajo tras las vacaciones —“depresión posvacacional”—. La gente es intolerante al humo del tabaco, la lactosa o el gluten: no es que no les guste el humo, es que son intolerantes. Los parámetros para medir los niveles de proteínas en la sangre se estrechan y un número significativo de pacientes tomamos pastillas contra la hipercolesterolemia, la ansiedad, el insomnio o el estreñimiento.

Vivimos con la obsesión por el índice de masa corporal y asociamos la expresión “estar bien” con un corpore canónicamente sano y bello. Podemos padecer abotargamiento ideológico e incultura general básica, pero si tenemos la tensión entre 6 y 12, conservamos los dientes y el pelo no clarea, entonces, estamos bien. La buena salud como meta en la vida acaso constituya un mecanismo de amortiguación de respuestas ciudadanas contestatarias; sin embargo, paro y pobreza inciden en un malestar psíquico que es al mismo tiempo físico: las mujeres, más vulnerables al riesgo de exclusión social, acumulan historias e historiales sobre dolores físicos que delatan enfermedades sistémicas.

La patologización se relaciona con la medicalización: en 2002, el profesor de la Universidad París VIII Philippe Pignarre vinculaba el incremento de pacientes diagnosticados de depresión con intereses de industrias farmacéuticas que distribuían antidepresivos, como panacea universal, en sociedades donde los individuos tienen buenas razones para estar cabreados y tristes.

La patologización de la vida, esa hipocondría enraizada en el miedo, nos lleva a saturar consultas y urgencias, y a sentir la compulsión de contratar, si se dispone de recursos, una sociedad médica privada: “Invierta en su salud” es un eslogan literal, no metafórico. La ingenua esperanza de que no vamos a morir choca con otro efecto secundario de la patologización: la incapacidad para el disfrute. Todo lo que produce placer es malo, moralmente malo: la salud y el cuidado del cuerpo se han erigido en horizonte religioso. Como si no ir al gimnasio o comer grasas fuese cosa de mala gente. Desde las experiencias sanitarias y laborales de mi cuerpo menopáusico, abogo por un poco de cordura: no se trata de curarnos los cánceres de mama ingiriendo pócimas de raíces cocidas por un curandero asesino —¿recuerdan el pecho putrefacto de una mujer que acudió demasiado tarde al hospital?—; no se trata de volver a la superstición y renegar del progreso. Pero lo que tampoco es saludable es beberse las cervezas con culpa visualizando la lenta degradación hepática, visitando el ambulatorio semanalmente y tomando pastillas para aplacar los nervios. Recuerden las palabras de Guillermo Rendueles: a veces, lo que las personas necesitan no es un medicamento, sino un comité de empresa. También tendríamos que hablar de la perversidad del repago, la interesada destrucción de la sanidad pública y otros círculos muy viciosos.

https://elpais.com

 

Morir de hambre, morir por capitalismo

David Bollero

Morir de hambre, morir por capitalismo
La ONU advierte del aumento de hambre (FAO)

El mundo se muere de hambre. Hoy 821 millones de personas, según el último informe de la ONU. ¿Y mañana? La Tierra entró en números rojos el pasado 1 de agosto, es decir, a esas alturas del año, la Humanidad ya había consumido lo que produce en un año. ¿De veras creen que con este sistema se rebajará esa cifra de hambruna mundial?

Los Objetivos de Desarrollo del Milenio se han dado de bruces con la realidad, se han estrellado contra el capitalismo y, con todo, la ONU sigue distinguiendo entre un capitalismo bueno y malo. Este sistema depredador en el que, inevitablemente, para que unas pocas personas amasen fortunas han de hacerlo a costa de otras y del mismo planeta, es incompatible con eses Objetivos del Milenio.

En 2017 aumentó en 7 millones el número de personas afectadas por la subalimentación, es decir, por la carencia crónica de alimentos. Nos estamos moviendo ya en los niveles de hace 8 años; vamos de mal en peor. Mientras el 20% de la población de todo África (256 millones) se muere de hambre, en Europa, Norteamérica… continuamos con un consumismo desmedido. Según WWF, con el ritmo que mantenemos en los países depredadores nos harían falta 1,6 planetas para satisfacer nuestras demandas. Inviable.

En lugar de tomar medidas radicales, esto es, que acudan a la raíz del problema, la ONU parchea y se limita a ir desplazando el límite para cumplir con los Objetivos del Milenio: ya vamos por el 2030. En este punto, no debemos olvidar que la ONU no es un ente etéreo, sino que somos tod@s, que 191 jefes de Estado suscribieron en el año 2000 los ocho Objetivos de Desarrollo del Milenio, entre los que se encuentra ‘hambre cero’.

El cambio climático, que hemos provocado los ‘países desarrollados’, tiene mucho que ver en esta situación, pero también la sobreexplotación de recursos naturales en las regiones afectadas, olas guerras, esas que desde países como España alimentamos vendiendo armas a uno de los bandos, como sucede con el conflicto en Yemen y nuestros negocios con Arabia Saudí. Y es que la guerra en Yemen, junto con otras como las de Sudán del Sur, Somalia y el norte de Nigeria son algunas de las causantes de la hambruna.

Como consecuencia de todo ello se producen movimientos migratorios ante los cuales, España y Europa dan la espalda, estableciendo un cordón sanitario y abandonando a nuestras propias víctimas. Quienes llegan a nuestras fronteras son eso, el resultado directo o indirecto de nuestro consumismo: ‘primero España y l@s español@s’, claman ciertas personas. De nuevo, parches con tintes xenófobos y fascistoides.

A niveles domésticos sucede lo mismo que a escala global. Una parte del España consume de manera desmedida mientras la pobreza avanza a pasos agigantados. La miseria se ceba con buena parte de la población mientras en plena crisis afloran 10.000 nuevas personas millonarias.

Nada cambiará si no acabamos con el capitalismo. No basta con reformularlo, es preciso desterrarlo. De no hacerlo, nada importará la Diada, el tráfico de masters o la goleada de la Selección. Más pronto que tarde, nos habremos ido al carajo.

¿Cuánt@s de ustedes saben que la ONU tiene una campaña en marcha desde hace años llamada ‘Acabemos con la defecación al aire libre’? En lo que usted ha tardado en leer este artículo, ha muerto un niño o una niña a consecuencia de enfermedades ligadas con esta práctica. Un tercio de la población mundial (2.500 millones de personas) continúa sin acceso a un saneamiento adecuado, como retretes o letrinas. Más de mil millones de personas en todo el mundo han de literalmente cagar al aire libre mientras el resto del mundo les cagamos encima a ellos. Sigan defendiendo el capitalismo y, quizás, sean ustedes quienes se vayan por el retrete mañana.

https://blogs.publico.es/david-bollero

Una dieta vegetariana está asociada a una peor salud, según un análisis

Una dieta vegetariana está asociada a una peor salud, según un análisis

Un equipo de investigadores austriacos con sede en el Instituto de Medicina Social y Epidemiología de la Universidad Médica de Graz llevó a cabo hace unos años un nálisis con más de 1350 austríacos, de 15 años o más de edad, revelando importantes ideas sobre lo que significan para nuestra salud las dietas vegetarianas.

Peor salud

Curiosamente, si bien hubo beneficios positivos asociados con el vegetarianismo, el estudio sugiere lo siguiente:

En general, nuestros hallazgos revelan que los vegetarianos reportan peor salud, siguen tratamientos médicos con más frecuencia, tienen peores prácticas preventivas de salud y tienen una calidad de vida inferior. Nuestros resultados han demostrado que los vegetarianos reportan condiciones crónicas y una peor salud subjetiva con mayor frecuencia.

También descubrieron incidencias de cáncer “significativamente más altas” en los vegetarianos, así como un aumento en las tasas de trastorno de ansiedad y depresión, aunque señalan que esto es inconsistente con otras investigaciones. En general, los vegetarianos sufren de condiciones más crónicas y toman más medicamentos que incluso los que comen carne ocasionalmente.

Screen Shot 2017 12 04 At 6 07 53 Pm

Naturalmente, ser vegetariano también tiene sus ventajas: en promedio tienen un índice de masa corporal más bajo y sufren menos problemas de colesterol, hipertensión, enfermedad arterial coronaria y diabetes tipo 2. Los vegetarianos disfrutan de un nivel socioeconómico más alto, aunque la correlación puede no ser igual a la causalidad: muchos trabajadores de bajos ingresos podrían no ser capaces de comprar productos de alta calidad. Los vegetarianos también tratan mejor sus cuerpos: hacen más ejercicio y fuman y beben menos alcohol.

¿Cómo es posible, pues, que arrojen alguno datos tan negativos de salud? Dadas las cuestionables tácticas de mercadotecnia de las marcas de “alimentos saludables” que afirman que “los alimentos son medicinas” y llaman a sus productos “superalimentos”, no sorprende que algunos vegetarianos crean que su dieta es una panacea. Esto podría explicar en parte la mala salud de los vegetarianos: usan menos la medicina convencional, acuden menos al médico y son más reacios a las vacunas y mucho más amigos de las terapias alternativas.

Otros estudios, como este titulado Mortalidad en vegetarianos y no vegetarianos: hallazgos detallados de un análisis colaborativo de 5 estudios prospectivos, sugiere que en realidad las diferencias entre vegetarianos y no vegetarianos en cuanto a salud son muy pequeñas. Esta amplia investigación que apareció en la revista American Journal of Clinical Nutrition analizó a más de 60.000 personas durante un período de veinte años, entrevistándoles sobre sus hábitos alimenticios al inicio del estudio y, luego, a distancia de 5, 10 y 15 años.

También otro estudio de la Universidad de Oxford sostiene que ambos grupos tienen la misma esperanza de vida, pero con la condición de que el consumo de carne sea moderado.

Por supuesto, como contrapartida, también pueden hallarse estudios que dicen todo lo contrario. Ante lo cual, quizá la postura óptima frente a todos estos datos discrepantes sea no adoptar ninguna postura de manera categórica.

https://www.xatakaciencia.com/salud/

Elogio de la pereza

Elogio de la pereza

¿Para qué se ha hecho el verano, si no es para dormir siestas que empalmen la comida con la cena y la hora del aperitivo con la de salir de copas? Siestas que Camilo José Cela definía como de pijama, padrenuestro y orinal.

Hay quien las considera una pérdida de tiempo, cosa de vagos y perezosos. Otros aprovechan el alejamiento de la oficina para avanzar el trabajo de septiembre. Y no, no solo son autónomos quienes hacen estas locuras. Son los que se definen como antes muertos que perezosos.

Pero ¿por qué está tan mal vista la pereza? ¿Realmente es algo tan horrendo? Tirando del tópico y respondiendo a la gallega, todo depende.

Si hacemos caso a la definición de la RAE en su primera acepción («tedio o descuido en las cosas a que estamos obligados»), es posible que sí. La obligación antes que la devoción, que decían las abuelas de antaño.

Pero si por pereza nos referimos a dormir más horas, entonces no solo es buena, sino que tendríamos que sindicarnos para luchar por su implantación.

Resulta irónico hablar de dormir en una sociedad que no lo hace, o al menos no lo hace las horas que debiera. No es necesario redundar en los beneficios del sueño. Pero como hace hace demasiado calor para estar gastando neuronas en ciertas lecturas, sirva lo siguiente a modo de resumen: el sueño ayuda a nuestro organismo a repararse, ayuda al crecimiento en los más jóvenes y oxigena nuestro cerebro.

En el artículo The Wisdom of the Sloth: Is Sleep a Lost Virtue?, publicado en Knowing Neurons, apuntan dos razones más por las que deberíamos coger la costumbre de dormir, al menos, ocho horas diarias: previene el cáncer y el Alzheimer. Eso ya son palabras mayores.

Lo cierto es que no nos tomamos en serio la necesidad de dormir. La vigilia puede ser algo tan peligroso como el alcohol, pero no sabemos verlo.

«Después de estar 20 horas despierto, estás tan perjudicado cognitivamente como lo estarías si estuvieras borracho», afirma Mathew Walker, profesor de Neurociencia y Psicología en la Universidad de California en Berkley, y director y fundador del Center of Human Sleep Science.

Hasta tal punto que si condujéramos durante 24 horas sin dormir nada, esa falta de sueño tendría efectos semejantes a cuando llevamos una tasa de alcohol en sangre superior al 0,1%.

«Con el sueño estamos como con el tabaco hace 50 años», explica Walter. «Tenemos todas las evidencias de las enfermedades que puede provocar su falta, pero el público aún no ha sido prevenido contra esto ni la ciencia ha sabido comunicarlo, al contrario de lo que sí ha sabido hacer sobre fumar».

El problema que tenemos en Occidente es que no dejan de llegarnos mensajes a favor de estar activos y productivos todo el día. Y en esa productividad a saco no entra el sueño ni la pereza entendida como una manera más lenta de hacer las cosas.

Someter las rutinas a un ritmo frenético, hacerlo todo muy deprisa, parece ser la norma en la sociedad actual. Si algo va más lento de lo que nuestros cánones mandan, se encienden las alarmas.

«Esta velocidad está correlacionada con un alto riesgo de infarto y de enfermedades respiratorias», advertía el psicólogo Luis Muiño en una entrevista para la COPE.

«La gente que va más rápido suele cometer muchísimos más errores» que aquellos individuos clasificados como de tiempo cognitivo lento, continuaba explicando Muiño. Y no son pocos los genios englobados en esa última categoría. Darwin y Einstein lo eran.

Quizá sea esa manera más lenta de proceder la que les dé fama de perezoso a estas personas con altas capacidades cognitivas.

Así lo explicaba Ares Anfruns, psicoterapeuta y coach del Institut Gomà de Barcelona, en un artículo de El País: «Las personas con altas capacidades intelectuales se caracterizan, entre otras cosas, por comprender ideas complejas y abstractas y por poseer un comportamiento creativo a la hora de encontrar soluciones».

«Su gran habilidad es su mente pensante y es ahí donde pasan muchas más horas que otras personas elaborando ideas, creando diferentes escenarios de una misma situación, asociando distintos contextos y buscando resultados diferentes».

«Debido a esta condición su ritmo para pasar a la acción y ponerse en marcha es diferente al de otros; no es que no lo hagan, sino que lo retardan. En mi opinión, no es la pereza lo que les define, sino un ritmo diferente».

Así pues, durmamos la siesta en cualquiera de sus modalidades y soltemos el pie del acelerador de la vida. Si lo llaman, pereza, que lo llamen, qué más da. No todo el mundo la ve como un vicio a evitar.

El propio Bill Gates dijo en alguna ocasión: «Siempre voy a elegir a una persona perezosa para hacer un trabajo difícil porque sabrá encontrar una manera fácil de hacerlo». Y no es el cofundador de Microsoft precisamente un modelo de fracasado.

Conviene pararse a pensar, a contemplar, a no hacer nada. Y eso lleva un esfuerzo, aunque parezca lo contrario. Ya lo dijo Oscar Wilde, «no hacer nada es lo más difícil del mundo; lo más difícil y lo más intelectual».

https://www.yorokobu.es

Por qué cada vez estamos más gordos

Fundación Vida Sostenible

 

Cuatro de cada diez españoles tiene sobrepeso y dos de cada diez es obeso. En total seis de cada diez personas en nuestro país son gordas, rechonchas, opulentas, rellenas y rollizas. Es una tendencia general: la Organización Mundial de la Salud estima que entre 1980 y 2014 el porcentaje de obesos en el planeta se multiplicó por dos. Podemos ver cómo ha cambiado la situación examinando una foto tomada en cualquier playa o piscina en la década de 1970 y comparándola con una imagen actual. Georges Monbiot, en un artículo publicado recientemente titulado “Estamos en la nueva era de la obesidad. ¿Cómo ocurrió? Te vas a sorprender” muestra una foto tomada en 1976 en una playa de Brighton, Inglaterra.

La situación en Reino Unido es todavía peor que en España. Monbiot, en su brioso artículo, enumera uno tras otro todos los sospechosos habituales de la epidemia de gordura y los desecha tajantemente: no comemos más que antes (en realidad, contando las calorías, tal vez un poco menos). Tampoco la causa parece ser que antes la gente se moviera más, tuviera más oficios manuales y menos de escritorio, los datos indican que la obesidad abunda más en oficios que requieren esfuerzo físico que en oficinas. Las actividades voluntarias de ejercicio físico y la proliferación de gimnasios hacen que probablemente en conjunto el ejercicio físico voluntario haya crecido mucho.

La causa principal de la epidemia de obesidad está en que comemos diferente, no en la cantidad total de alimentos que ingerimos o la manera en que los quemamos. Nuestra comida ha cambiado mucho en las últimas décadas. Para empezar, la grasa evidente ha desaparecido de nuestra mesa: tocinos y carnes grasientas han sido erradicadas, así como la leche entera. Han ocupado su lugar las carnes magras y la leche desnatada o semidesnatada. También compramos menos azúcar y no adquirimos más aceites o mantequilla (esta última siempre muy marginal en nuestro país). Todo esto debería hacernos enflaquecer, pero ha ocurrido lo contrario.

Monbiot da una pista importante: comparando 2016 con 1976, los británicos consumen actualmente por persona la mitad de leche líquida (y casi toda desnatada), tres veces más helados, cinco veces más yogures y 39 veces más postres lácteos. Esta denominación técnica incluye natillas, mousses, flanes, chocolates de sabores, gelatinas, etc. Es un indicador importante, en España su consumo es de más de 6 kilos al año, tanto como el de queso. En conjunto, la leche líquida retrocede y los derivados lácteos avanzan. Su consumo respectivo por persona fue de 73 kilos de leche contra 38 de postres, yogures, helados y batidos. Pero el gasto respectivo fue de 52 eurillos contra 129 eurazos.

No es de extrañar que las grandes firmas de alimentación estén dejando de lado la leche vulgar y dedicando grandes esfuerzos en investigación y desarrollo a la formulación de derivados lácteos cada vez más sofisticados y con mayor valor añadido, como se dice en jerga financiera. De ahí el esplendor de los armarios de lácteos refrigerados en los supermercados. Quien dice derivados lácteos puede decir derivados de cereales: el pan corriente redujo sus ventas al mismo ritmo que las aumentó el sector de cereales de desayuno y galletas variadas. Las antiguas e inocentes galletas María han evolucionado en una compleja variedad de galletas de placer, de desayuno e incluso “saludables”.

Todos estos productos se construyen con una base de materia prima barata (leche, harina refinada de trigo o maíz) dopada con cantidades variables de azúcar y aceite de palma e infinidad de aditivos, texturizantes, saborizantes y colorantes. Otros productos más complejos, los platos precocinados, debe incluir algo de carne, pescado o legumbres en su composición, pero siguen partiendo de materias primas baratas. El colmo es el sector de las bebidas refrescantes, que funciona a base de agua, mucha azúcar y pequeños porcentajes de zumo procedente de concentrado o incluso nada de zumo en absoluto.

En conjunto, toda esta masa de alimentos derivados es de fácil acceso en cualquier establecimiento grande o pequeño, aparentemente no cara y fácil de utilizar –si acaso hay que calentar y comer, pero la mayoría se pueden comer directamente del paquete. Los alimentos derivados funcionan como una enorme bomba que inyecta azúcar, harinas refinadas y grasas procesadas en la población, todos los días y a todas horas, pues la cuidadosa formulación de estos productos les convierte literalmente en adictivos.

Nadie nos obliga a comerlos, pero hay datos interesantes: el dinero gastado en publicidad de comida rápida es aproximadamente 10.000 veces superior al dinero gastado por el gobierno en campañas de alimentación saludable. La alarma en el gobierno por el crecimiento de los gastos en el tratamiento de las enfermedades derivadas de la obesidad (especialmente la diabetes) ha obligado al ministerio de Sanidad y Consumo a impulsar un Plan para la mejora de la composición de alimentos y bebidas 2017-2018, que se formalizó a comienzos de este año. 500 empresas que reúnen varios millares de productos –que suponen en total el 40% de la cesta de la compra en España– se han comprometido a reducir algo, no mucho, el porcentaje en azúcar, sal y grasas saturadas de sus productos.

Todo esto será de ayuda, pero soluciones eficaces a largo plazo deberán incluir otras medidas. La principal es tal vez recuperar la cultura culinaria de cada país –Italia es un ejemplo a este respecto– de manera que pasemos más tiempo en la cocina y menos tiempo recorriendo los pasillos de yogures de sabores de los supermercados. Paradójicamente, la mejor arma contra la obesidad es dejar de preocuparnos por la lista de nutrientes descritos en  las etiquetas de la comida, lo que se consigue comprando alimentos frescos, no formulaciones alimentarias empaquetadas en cajas de colores vivos.

Jesús Alonso Millán

https://blogs.publico.es/ciudadano-autosuficiente/

¿Quieres saber si podrías sufrir un infarto, diabetes o cáncer? La respuesta puede estar en tu ADN

¿Quieres saber si podrías sufrir un infarto, diabetes o cáncer? La respuesta puede estar en tu ADN

Un conjunto de cromosomas humanos. Investigadores han desarrollado una herramienta que busca alteraciones en el ADN y millones de puntos en el genoma. CreditPhilippe Plailly/Science Source

Read in English

Los científicos han creado una nueva y poderosa herramienta para calcular los riesgos heredados que tiene una persona de presentar cardiopatías, cáncer de mama y otras tres enfermedades graves.

Al buscar cambios en el ADN en 6,6 millones de lugares en el genoma humano, los investigadores del Instituto Broad y la Universidad de Harvard pudieron identificar mucha más gente en riesgo que lo que detectan las pruebas genéticas normales, que toman en cuenta muy pocos genes.

Por ejemplo, de cien pacientes que hayan presentado un infarto, los métodos tradicionales identificarán dos con una sola mutación genética que los pone en mayor riesgo. En cambio, la nueva herramienta encontrará veinte, según informaron los científicos el lunes en la revista Nature Genetics.

Ahora los investigadores están construyendo un sitio web que permitirá a cualquier persona subir sus datos genéticos proporcionados por una empresa como 23andMe o Ancestry.com. Los usuarios recibirán sus puntuaciones de riesgo para cardiopatías, cáncer de mama, diabetes tipo 2, enfermedad de Crohn o intestinal inflamatoria crónica y fibrilación auricular.

La gente no tendrá que pagar por su puntuación. Según Daniel Rader, profesor de Medicina Molecular en la Universidad de Pensilvania, una puntuación de riesgos —incluyendo la obtención de los datos genéticos— no debería costar más de 100 dólares.

Rader, quien no participó en el estudio, dijo que pronto la universidad ofrecerá esa prueba a los pacientes para evaluar el riesgo que corren de desarrollar una cardiopatía. Por ahora, la universidad no cobrará por las pruebas.

Sekar Kathiresan, uno de los autores principales del nuevo artículo y director del Centro de Medicina Genómica del Hospital General de Massachusetts, dijo que su equipo validó el cálculo de riesgo cardiaco en múltiples poblaciones.

Sin embargo, ADN no es destino, enfatizó Kathiresan. Un estilo de vida saludable y medicamentos que reduzcan el colesterol pueden disminuir de manera sustancial el riesgo de presentar un infarto, incluso entre quienes han heredado una predisposición genética.

La nueva herramienta también puede identificar a las personas en el extremo bajo del rango de riesgo para las cinco enfermedades. Esto sería útil para ciertos pacientes: por ejemplo, una mujer que esté tratando de decidir si debe comenzar a hacerse mamografías con regularidad o un hombre de 40 años con un nivel de colesterol ligeramente alto que quiera saber si debe tomar alguna estatina.

A pesar de lo anterior, hay inquietud sobre cómo se usará la prueba genética. “Trae consigo grandes esperanzas, pero también muchos cuestionamientos”, dijo David J. Maron, director de Cardiología Preventiva en la Universidad de Stanford. “¿Quién debe someterse a la prueba? ¿Cómo deben entregarse los resultados? Por lo general, los médicos no están bien capacitados para proporcionar los resultados de pruebas genéticas”.

Además, se pregunta: ¿los resultados realmente impulsarán a las personas a tomar decisiones que mejoren su salud?

La gente podría requerir una orientación genética antes y después de recibir este tipo de puntuaciones de riesgos, señaló Eric Schadt, director de Medicina de Precisión en la Escuela de Medicina Icahn, del hospital Monte Sinaí.

Los pacientes podrían no agradecer las consecuencias de enterarse de que tienen altas probabilidades de presentar un infarto, cáncer de mama o cualesquiera de las otras enfermedades que evalúa la prueba.

“¿Realmente comprenden las personas que una vez que te enteras de algo no hay forma de dejar de saberlo?”, preguntó Schadt, quien también es director ejecutivo de Sema4, una empresa dedicada a hacer diagnósticos.

“Los científicos han catalogado más de seis millones de minúsculos cambios en el ADN que afectan ligeramente las probabilidades de que la gente presente distintas enfermedades”.

Sin embargo, los expertos en medicina dicen que este tipo de evaluación de riesgos será lo más común en el futuro. “No estoy seguro de que podamos detenerlo”, dijo John Mandrola, electrofisiólogo cardiaco del hospital Baptist Health, en Louisville, Kentucky.

El estudio se inició porque existía un consenso general entre los investigadores respecto de que muchas enfermedades comunes no están ligadas a una mutación única, sino más bien a miles o millones de mutaciones, dijo Amit V. Khera, otro autor principal del nuevo artículo, cardiólogo del Hospital General de Massachusetts e investigador del Instituto Broad.

En los últimos años, los científicos han catalogado más de seis millones de minúsculos cambios en el ADN que afectan ligeramente las probabilidades de que la gente presente distintas enfermedades.

Cada una de esas alteraciones genéticas tiene un efecto tan pequeño —un incremento o disminución de aproximadamente un uno por ciento de las probabilidades de que una persona desarrolle una enfermedad— que no sería útil hacer pruebas de cada una de manera aislada.

No obstante, según los investigadores debería ser posible combinar los datos de todos los cambios mínimos en el ADN para construir una puntuación de riesgo individual. Para hacerlo, los investigadores requerían de un nuevo algoritmo que pudiera sopesar la importancia de las variaciones en los genes.

Posteriormente, tenían que poner a prueba las puntuaciones de riesgo que habían obtenido, así que Khera y sus colaboradores recurrieron al banco biológico del Reino Unido, que guarda la información genética y de enfermedades de medio millón de personas.

Los investigadores hallaron que su algoritmo predecía las probabilidades de ser diagnosticado con una de las cinco enfermedades. Sin embargo, el banco biológico del Reino Unido está conformado, en su mayoría, por datos de europeos caucásicos.

Así que los investigadores también pusieron a prueba y validaron su método en poblaciones de asiáticos del este, asiáticos del sur, afroestadounidenses y latinos.

Los investigadores también probaron su algoritmo con veinte mil pacientes atendidos en el hospital Brigham y de la Mujer y el Hospital General de Massachusetts.

Encontraron que aquellos con una puntuación alta de riesgo para infarto tenían de hecho cuatro veces más probabilidades de desarrollar uno que otros pacientes.

“A menos que hiciera esta prueba genética, no tendría forma de identificar a esas personas”, dijo Khera.

Es igualmente importante encontrar a la gente con un riesgo muy bajo, dicen él y otros investigadores.

En la Universidad de Pensilvania, los doctores incorporarán puntuaciones de riesgo para infartos con el fin de aconsejar a los pacientes para que reciban atención preventiva.

Rader dijo que a menudo ve a pacientes sanos en sus treintas y cuarentas con antecedentes familiares de cardiopatía. Tienen niveles limítrofes de colesterol LDL, el malo, pero muchos no quieren comenzar a tomar estatinas.

Por ahora, dijo, hace lo más que puede por evaluar su riesgo, y luego les dice a algunos: “Depende de ti” tomar o no la estatina. No obstante, ese consejo “no es muy satisfactorio”, dijo.

Una puntuación de riesgo genético sofisticada podría resolver la cuestión. “Si tienes una puntuación realmente alta, te damos una receta”, dijo. “Si tu puntuación es muy baja, puedes esperar”.

Este tipo de análisis genético tan sofisticado aún es muy nuevo, señaló Mandrola. Sin embargo, dijo que en cinco o diez años los médicos “quizá recordarán la forma en que predecían el riesgo hoy en día y se preguntarán: ‘¿En qué estábamos pensando?’”.

Viviremos 100 años, pero ¿cómo?

La expectativa de una vida cada vez más larga transforma la vejez. El mundo académico investiga cómo emplearemos esos años y si nos podemos permitir ser más longevos

Un grupo de mayores hace gimnasia en una playa de Benidorm.
Un grupo de mayores hace gimnasia en una playa de Benidorm. BARRY LEWIS GETTY

 

Hace dos siglos pasar de los 40 años era algo infrecuente. Los que lo lograban eran considerados poco menos que seres bendecidos por los dioses. Pero, gracias a los avances médicos y sociales, la esperanza de vida empezó a aumentar a un ritmo considerable a finales del siglo XIX. Ahora, vivir hasta los 80 años es habitual. Y todo apunta a que hacerlo hasta los 100 será, no dentro de mucho, bastante normal. Esta expectativa de una vida larga, compartida cada vez por más gente, es celebrada por la ciencia como un logro en la batalla de la humanidad contra la muerte. Ahora bien, ¿cómo vivir estos nuevos años? Y ¿nos podemos permitir el lujo de ser más longevos?

En el mundo académico se estudian estas cuestiones tratando de vaticinar cómo será la vejez dentro de medio siglo y cómo frenar el incremento de las desigualdades y la soledad, dos males especialmente asociados a esta edad. Un caso extremo es Japón —proporcionalmente es el país con mayor número de ancianos seguido de España—, donde la prensa ha dado cuenta recientemente de casos de gente mayor que comete pequeños delitos, como robar en tiendas, para pasar una temporada en prisión. Allí, dicen, se sienten más cuidados que fuera, donde están o se sienten solos, o no les llega el dinero.

Dejando a un lado esta opción radical nipona, si vivimos más años en razonables condiciones de salud, ¿puede esa larga etapa de vejez convertirse en un proyecto por sí mismo? El filósofo Aurelio Arteta plantea esta cuestión en su ensayo A fin de cuentas, nuevo cuaderno de la vejez (Taurus, 2018): “Igual que el joven y el maduro suelen marcarse por adelantado unos fines y unos medios, unas metas y su curso hacia ellas, ¿no deberá hacer algo parecido el anciano sensato mientras pueda, y con mayor razón todavía si esos fines y metas son por definición más irrevocables que los recorridos por las edades anteriores?”. En un correo electrónico, Arteta añade: “Me limito a imaginar que, en un número cada vez mayor, los individuos convertirán su prolongada vejez en una época de beneficio para sí y no tanto de penosa espera de la muerte”. La vida se alarga y hay que pensar qué hacer.

Se dice que si el siglo XX fue el de la redistribución de la renta, el XXI será el de la redistribución del trabajo: la jornada podría reducirse durante la crianza de los hijos, para recuperar esas horas en el futuro, o trabajar cuatro días a la semana y posponer la jubilación. Puede que la vida laboral empiece más tarde y se extienda hasta los 75 años, en lugar de los 65 actuales. Luego, llegado el momento de retirarse, el sistema podría ser más flexible: trabajar a tiempo parcial o por cuenta propia (reduciendo la cuantía de la pensión temporalmente). Claro que todo esto depende de si el individuo en cuestión tiene la suerte de poder decidir cuándo y cómo trabajar.

Más allá del asunto laboral, la longevidad puede acarrear otros cambios sociales. Por ejemplo, que se generalice la idea de tener varias vidas matrimoniales (en España, los casamientos entre mayores de 60 años se han multiplicado por cinco en cuatro décadas, según el INE). También podría ampliarse la edad máxima para tener una hipoteca de 75 a 85 años.

La cuestión de fondo es qué hacer con esos 20 a 30 años de vida que ahora siguen con frecuencia a la jubilación. Como ha advertido la escritora y Nobel de Literatura Svetlana Alexiévich, “faltan ideas que cubran este nuevo periodo”. No hay un manual de instrucciones, ni una filosofía consolidada al respecto. Disponer de más tiempo libre para hacer todo lo que el trabajo no permitió hacer es una de las cosas positivas que vienen a la cabeza. Viajar, leer, cuidar de los nietos, organizarse para pedir mejoras en sus condiciones de vida…

Las recientes manifestaciones en España para reclamar pensiones dignas son una señal de la voluntad de los mayores de influir. Tradicionalmente considerados como un leal caladero de votos para los partidos dominantes, los mayores exigen más. “Este grupo de edad era en general poco proclive al cambio. Participaba menos en él. Esto se ha empezado a romper”, explica Jesús Rivera Navarro, profesor de la Universidad de Salamanca y experto en sociología del envejecimiento.

No solo los millennials son distintos, sus abuelos también lo son. “Las generaciones que vienen son muy diferentes, han vivido cosas muy diferentes”, añade. Contribuyeron a la modernización y europeización de España. Vivieron el mayor salto y progreso económico en la historia del país. En su juventud algunos fueron a conciertos de los Rolling Stones (muchos todavía lo hacen) y protagonizaron la Transición. Pudieron estudiar más que sus padres y viajaron más, dieron a sus hijos muchas más comodidades. Es, probablemente, la generación de jubilados mejor preparada. Y empieza a quedar claro que no están dispuestos a renunciar al compromiso político que marcó su juventud.

Algunos participaron en el movimiento reivindicativo que empezó a fraguarse hace siete años con el 15-M. Curiosamente, dos de los inspiradores de este movimiento eran nonagenarios: Stéphane Hessel, autor del panfleto político¡Indignaos!, y el sociólogo Zygmunt Bauman. “Creo que los ancianos han llegado a la calle para quedarse y que sus votos, como el de las mujeres, influirá en el futuro con mayor intensidad que en el pasado, desbordando las clásicas ideas de derechas e izquierdas”, reflexiona el psicólogo Ramón Bayés, profesor emérito de la Universidad Autónoma de Barcelona, y autor de El reloj emocional. Sobre el tiempo y la vida (Plataforma Actual, 2018).

Manifestación de pensionistas en Madrid, en marzo pasado.
Manifestación de pensionistas en Madrid, en marzo pasado. VÍCTOR SAINZ

En realidad es el propio concepto de edad el que cambia. Ser mayor no será lo mismo, pero tampoco lo será ser joven. ¿Cada vez se verán cosas más propias de la juventud en edades más avanzadas? “El tiempo de duración de una vida se redistribuye: somos más tiempo jóvenes, más tiempo adultos y, de la misma forma, empezamos a ser viejos más tarde y durante más tiempo”, afirma Antonio Abellán, profesor del Grupo de Investigación sobre Envejecimiento del CSIC.

“Retrasar la edad de jubilación tiene una lógica demográfica”, concluye. El experto sitúa el fin de la edad adulta en España en los 72 años, cuando a una persona le quedan, estadísticamente, 15 años de vida. “Sin embargo, los españoles son, junto a los polacos, los europeos que sueñan con retirarse cuanto antes. Quieren jubilarse, pero luego no saben qué hacer. Supongo que tiene que ver con un sistema de trabajo que nos agota, nos aburre”, opina.

Seguir trabajando, quizás a otro ritmo o en otra cosa, sería una opción. Según un estudio de la firma holandesa Aegon, dedicada a los seguros de vida y pensiones, el 57% de los trabajadores encuestados en todo el mundo se ven trabajando tras la jubilación, bien a tiempo parcial o por su cuenta. Sus razones: mantener en forma su cerebro, asegurarse unos ingresos o porque les gusta lo que hacen. Pero no todo el mundo llega igual a los 80. “Desde el punto de vista cognitivo, a igualdad de edad, los ancianos son menos semejantes entre sí que los jóvenes, y, por tanto, siempre que fuera posible, las jubilaciones a la carta deberían sustituir a las jubilaciones menú fijo”, opina Bayés.

DISCRIMINADOS POR SER MAYORES

Ilustración de Diego Mir.
Ilustración de Diego Mir.

El edadismo es un término que define la discriminación por edad que padecen las personas mayores. En los últimos meses el debate en torno al futuro de las pensiones en España lo ha sacado a la luz. “Es sutil pero existe. Es difícil encontrar trabajo a partir de los 50 años y se cree que los mayores son menos productivos y que les cuesta adaptarse, cuando en realidad muchas veces se les arrincona”, explica el sociólogo Jesús Rivera Navarro.

Algunos consideran a los mayores unos privilegiados porque, en líneas generales, gozan de mejores condiciones laborales y cobran mejores pensiones que las que, supuestamente, habrá en el futuro. “Hay mucha demagogia”, añade Antonio Abellán, y recuerda que, si bien “los viejos tuvieron una situación mejor durante la última crisis económica, en los dos últimos años, en los que ha mejorado el índice general de pobreza en España, el de mayores de 65 años ha vuelto a subir”. Cuando la población general mejora, los mayores se quedan atrás.

Muchos veneran la juventud por encima de todo. Una muestra de ello fue la afirmación que hizo en 2007 el presidente de Facebook, Mark Zuckerberg: “Los jóvenes, simplemente, somos más listos”. La red social fue ideada cuando Zuckerberg tenía 19 años. Steve Jobs lanzó Apple a los 21 años. Los casos de emprendedores jóvenes son muy sonados, pero un estudio publicado por el MIT en marzo muestra que los casos de éxito suelen ser obra de cuarentañeros. El profesor Pierre Azoulay analizó los datos de 2,7 millones de personas que fundaron compañías en EE UU entre 2007 y 2014 y vieron que la edad media era 41,9 años. En el caso de las empresas que habían logrado crecer más rápido, la cifra se elevaba a 45 años.

Si la vida sigue prolongándose, debería alargarse la capacidad de trabajar, afirma Isabel Ortiz, directora de Protección Social de la Organización Internacional del Trabajo (OIT). “Pero el problema es que haya puestos de trabajo suficientes, porque nuestra política económica, determinada por políticas de austeridad cortoplacistas, no genera empleo. El buen envejecimiento depende de que las personas tengan unas pensiones adecuadas”, afirma. “Sin embargo, muchas reformas de pensiones están realizándose bajo esa óptica que prioriza el ahorro fiscal y no el monto de las pensiones”. En su Informe mundial de protección social 2017-2019, la OIT alerta que la pobreza en la tercera edad está creciendo en Europa y que a menos que se corrijan las reformas recientes, 19 países europeos van a ver descender sus pensiones en las próximas décadas, siendo las caídas más pronunciadas en España, Portugal y Polonia.

Pensar en tener una pensión pública en 30 años… ¿es una quimera? “Muchas de las advertencias que se hacen sobre que peligran las pensiones son alarmistas; los sistemas públicos fueron diseñados para ajustarse de forma constante a las nuevas realidades; si esos pequeños ajustes se hacen de acuerdo a los estándares del trabajo, pueden garantizar pensiones dignas y la sostenibilidad futura”, opina Ortiz.

Puede que los ciudadanos que están naciendo en este momento vean con total naturalidad —por decisión propia o porque no les queda más remedio— trabajar hasta los 75 años y vivir hasta los 100. Pero ¿cómo logrará absorber este cambio el erario público? En los años cincuenta del siglo XX, cuando se diseñaron la mayoría de los sistemas modernos de Seguridad Social, había 205 millones de personas en el mundo con más de 60 años. Esa cifra se multiplicará por 10, hasta los 2.100 millones, en 2050. El gasto en pensiones y sanidad pasará del 16% del PIB en el mundo rico al 25% a final del siglo XXI, según el FMI. El cuidado de los mayores conllevará cada vez un desem­bolso mayor. Mientras, los índices de natalidad caen en los países ricos y las condiciones laborales son cada vez más precarias.

Los bajos salarios, la temporalidad y el aumento del número de autónomos, que suelen verse forzados a cotizar menos, complica que se puedan conseguir esas pensiones adecuadas, y también sostenibles, según Marina Monaco, asesora de la Confederación Europea de Sindicatos. “Nos guste o no, viviremos más años y, supuestamente, deberemos trabajar más. Pero la decisión de hasta cuándo hay que trabajar debe surgir del diálogo entre empresas y trabajadores. Para algunos será difícil porque realizan trabajos duros físicamente”, señala. Tampoco se puede obviar que muchos son expulsados del mercado laboral antes de la edad de jubilarse: el paro crece entre los mayores de 50 años y es más difícil para ellos encontrar un trabajo. Si no pueden trabajar hasta los 65, ¿qué sentido tiene hablar de los 75?

Monaco considera que, en primer lugar, se debería pensar cómo trabajar mejor y de forma más continuada, y también tener en cuenta que, para compensar la caída de la natalidad, será necesario emplear a más inmigrantes.

Y es que al complejo asunto de las pensiones se une el hecho de que, en realidad, se desconoce cómo va a ser el mundo del trabajo en el futuro. La revolución tecnológica implica, por ejemplo, el empleo de más robots. Bill Gates ha propuesto gravar con un impuesto a los dueños de esas máquinas inteligentes por los empleos que destruyan. Para asegurar unos ingresos mínimos, otros expertos proponen la creación de una renta básica universal. En algunos lugares se han puesto en marcha iniciativas en este sentido, como Finlandia, Utrecht (Holanda) y el País Vasco. “Bien diseñada la renta básica es una iniciativa factible”, opina Ignacio Zubiri, catedrático de Hacienda Pública de la Universidad del País Vasco. Respecto a las pensiones, el economista aconseja, entre otras medidas, “empezar a retrasar progresivamente la jubilación a los 67 años para todos, financiar las pensiones también con impuestos y aumentar las cotizaciones”.

En cualquier caso, la imagen de las personas mayores tendrá que cambiar. “Debemos reconsiderar la manida visión de la senectud y, sobre todo, dejar cuanto antes de ver a los mayores como una población forzosamente pasiva, dependiente y parásita del erario público”, reflexiona Pedro Olalla en un ensayo publicado en mayo, De senectute política. Carta sin respuesta a Cicerón(Acantilado), una defensa del buen envejecer. Se trata de reivindicar la idea, ya defendida por Cicerón en su tratado sobre el envejecimiento, de que la vejez puede ser algo positivo y no una etapa de debilidad.

El panorama que se avecina es incierto. De lo que no cabe duda es de que las reflexiones en torno a la vejez y cómo vivirla son cada vez más necesarias. Las generaciones de mayores venideras tienen el papel de conquistar ese nuevo tiempo que la medicina ha ganado para ellos, una tierra incógnita. Porque, como decía el filósofo inglés Thomas Hobbes, hay algo peor que vivir una vida “solitaria, pobre, ruin, tosca y breve”: vivir una vida solitaria, pobre, ruin, tosca y… larga.

https://elpais.com/

Leche cruda: de la urbe a la ubre

El dogmatismo de un ecologismo mal entendido carga de ideología el rechazo al progreso

Leche cruda: de la urbe a la ubre

El fervor adanista que ha suscitado el consumo de leche recién ordeñada evoca sin pretenderlo la pureza alpina de Heidi. Y el entusiasmo con que la criatura trasladaba a la ingenua audiencia la plenitud de la felicidad de las montañas, siendo la suya una familia atípica -el perro, el abuelo-, pero henchida de salud y de bonhomía en el efecto lisérgico de los cencerros.

Bebía Heidi leche recién ordeñada, como reivindican ahora los apologistas de la naturaleza inmaculada. Es una operación de riesgo amamantarse de la vaca o de la cabra sin medidas profilácticas ni pasteurización, pero conviene aclarar que la apología de la “leche pura” obedece no tanto a un criterio alimenticio como a un propósito ideológico. El progreso contamina. La química profana. Y la humanidad debe regresar a la caverna, renegando de Pasteur y de los adelantos científicos que han pervertido el paraíso. Sucedía igual en el melodrama de Heidi. La ciudad gris era la contrafigura de la montaña en su ferocidad contaminante y crueldad alienante, razones inequívocas por las que la amiga urbanita de Heidi, Clara, estaba enferma, mortecina.

El brebaje purificador de la leche recién ordeñada participa del mismo oscurantismo con que se reniega de las vacunas, se recomienda parir en el hogar y se opone la homeopatía a las terapias científicas. Han regresado las supersticiones y las medicinas “naturistas”. Han reaparecido los curanderos y los mercaderes de elixires. Se le ha devuelto a la madre tierra una suerte de papel tutelar que el hombre, parece ser, había trastornando perforándola para extraerle petróleo y maltratándola con la erección de ciudades monstruosas. Por eso la vuelta al campo, de la urbe a la ubre, representa la nueva esperanza, implica un ejercicio de rectificación.

En este contexto de mística campestre y de originalidad identitaria, no sorprende que Teresa Jordá, consellera de Ganadería, Pesca y Alimentación de la Generalitat, se haya significado bebiendo un vaso de leche recién ordeñada, aludiendo al “espectacular valor biológico y gustativo”. Habrá que valorar si el bóvido catalán reúne otras cualidades específicas, pero tanto vale esta singular euforia láctea -un baño de Palomares invertido en la grandeza cromática de la blancura- para definir la inclinación del soberanismo a la tierra de origen. Y para abjurar de cualquier síntoma de cosmopolitismo. Progreso y nacionalismo son conceptos antagónicos. El soberanismo catalán se acoraza en la montaña y en el campo, como sucede en las colinas de Guipúzcoa. Y como se deduce del rechazo alérgico a toda contaminación cultural, civilizadora.

El naturalismo es una religión tan peligrosa como las otras en cuanto emprende el camino del fanatismo. Urge proteger el planeta del cambio climático. Y desconcierta que Trump se haya desconectado del Acuerdo de París en un ejercicio temerario de negacionismo, pero hay una derivada del ecologismo que idealiza la naturaleza tanto como deshereda al hombre en sus ambiciones de injerencia. Cuestionar a Pasteur es como condenar a la hoguera al doctor Fleming. Y bebe leche de la vaca cruda entre la paja y el heno de establo se antoja una regresión tan estomagante como la propia Heidi.

https://elpais.com

Te contamos la razón de porque debes bajar siempre la tapa del inodoro cuando tiras de la cadena

¿Eres de los que baja la tapa del inodoro o por el contrario prefieres tenerla arriba? Sea como sea, la tapa del inodoro no está ahí por estética, sino que cumple una función higiénica que muy pocos conocen.

Según el estudio publicado por la revista Applied Microbiology en 1975, cada vez que se tira de la cadena, el remolino de agua se mezcla con las heces y el orín, disparando miles de microparticulas fecales al aire, que junto con una cantidad de virus y bacterias potencialmente infecciosas, se posan luego en toallas, lavabos, paredes y cepillos de dientes e incluso en tu piel, tras su paso del sanitario al aire.

Un estudio más reciente confirma los patrones de dispersión de materia fecal, bacterias y virus por descarga del sanitario y recomienda cerrar la tapa y la boca siempre que tiremos de la cadena. Obviamente tampoco se recomienda dejar a la vista vasos o cepillos de dientes.

Los restos, virus y bacterias permanecen en las superficies mucho tiempo después de la descarga, eliminándose solo mediante el uso de limpiadores con desinfectantes. Por eso es que siempre debes cerrar la tapa del inodoro y lavarte bien las manos antes de salir del baño.

Mira en el video de la parte superior, qué sucede cuando tiras de la cadena del sanitario sin taparlo.

Por esta razón debes bajar siempre la tapa del inodoro cuando tiras de la cadena

¿DE DÓNDE VIENE EL SALMÓN QUE TE COMES?

Por Animal Gourmet

¿DE DÓNDE VIENE EL SALMÓN QUE TE COMES?
Si vives en México o en cualquier otro país de América Latina lamentamos decirte que el salmón que sueles comer en restaurantes o preparar en la comodidad de tu cocina, viaja congelado miles de kilómetros antes de llegar a tu mesa.

El salmón –o, más bien, los salmones, porque hay ocho especies– solo viven en las aguas del Pacífico Norte y el Atlántico. Cinco habitan las aguas norteamericanas, dos las asiáticas y uno las europeas.

Para comprar salmón, lo mejor es escoger el salvaje que proviene del Pacífico porque el del Atlántico solo se cría en granjas.

Chinook o Salmón rey

Es considerado el salmón más rico. Tiene un alto contenido de grasa, por lo que su carne es muy sabrosa y de un color que va del blanco hasta el rojo.

Coho o Salmón plata

Tiene una piel plateada y el color de la carne de rojo brillante, con un sabor similar al salmón rey, aunque con una textura más delicada.

Salmón rosa o jorobado

Es el más común del Pacífico. Su carne es de un color muy claro y casi no tiene grasa. Este tipo de salmón se vende fresco, enlatado, congelado o ahumado.

Salmón rojo

Es conocido por su carne sumamente roja y su sabor intenso. ¿Por qué se le llama así? Además de tener una carnita roja, este salmón enrojece cuando nadan en el mar al desovar.

Salmón del Atlántico

Ya lo dijimos, todo el salmón comercial del Atlántico es criado en granjas. Aunque criar salmón tiene mala reputación por las prácticas dañinas para el medio ambiente, ya hay granjas que se preocupan por la sustentabilidad de sus proyectos, solo es cuestión de investigar.

Salmón perro

Tiene unos dientes que parecen de perro (por eso se conoce de esta manera), su carne es de color claro y tiene poca grasa. Este tipo de salmón usualmente se vende enlatado o congelado para exportación.

Masu o salmón cereza

Vive en las aguas de Taiwán, Corea, Japón y Rusia. Se les conoce así porque de marzo a mayo regresan a sus aguas de origen, lo cual coincide con la temporada de cerezos en Japón.

Salmón amago

Se da principalmente en Japón.

¿DE DÓNDE VIENE EL SALMÓN QUE TE COMES?

¿Y qué pasa con el salmón de Chile?

En 2017, la Organización Nacional de Consumidores y Usuarios de Chile (Odecu) llamó a no consumir salmón producido en este país debido al alto uso de antibióticos en su crianza, dato revelado por Ecocéanos y la clínica de Medio Ambiente y Derecho de la Universidad de Yale.

Según esta investigación, en Chile se utilizan 546 toneladas de antibióticos para producir 700 toneladas de salmón, lo que supera al uso de químicos que utiliza Noruega, líder mundial en la producción de salmón (es el del Atlántico).

Así, Chile es el segundo país que más produce salmón en el mundo porque las condiciones geográficas lo permiten (tiene contacto con los hielos patagónicos, océano y montañas). Sin embargo, su salmón no es endémico. En este país se cría el salmón del Atlántico y el coho (plata).

El diario El Mostrador describe cómo viven los salmones en Chile: “balsas-jaulas albergan miles de salmones en cautiverio apretujados, alimentados con píldoras que contienen harina de pescado, colorantes, pesticidas y otros químicos que buscan aumentar la producción. Los peces reciben además hasta cinco mil veces más antibióticos que los usados en Noruega, país que lidera la industria mundial.”

Lee más sobre la industria del salmón en Chile aquí.

http://www.animalgourmet.com