La momia de Franco

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Estoy seguro de que la momia de Franco se despierta inquieta cada noche, y vaga por el monasterio de Cuelgamuros hasta la alborada, aburrida porque en la muerte ya no hay nadie a quien matar. El único rato algo entretenido que tiene la momia de Franco cada noche es cuando, al salir la luna, levanta su lápida de tonelada y media con un solo brazo y yergue su metro y medio como un campeón. Después pasea un rato por la cripta, donde no hay nada nuevo que mirar. Todo sigue igual que en el día de su entierro. Y se aburre. La momia de Franco se aburre.

La momia de Franco, una vez momificada, pensaba que en el Más Allá iba a vivir experiencias nuevas e indescriptibles. La gloria eterna. La encarnación icónica del espíritu de la raza. Una operación de laringe para curar voz vicetiple. Pero no. Cada noche la momia se despierta, levanta con un solo huevo su mármol tonelado de eternidad, y solo ve la misma cripta. Pasea entorno a ella y se aburre.

Yo no dudo de que los españoles seamos capaces de sacar a Franco de su cripta. Lo que me parece más difícil es que seamos capaces de salir, algún día, de su cripta los españoles.

Aníbal Malvar

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Leonor de Borbón, princesa y mendiga

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Como todos los contadores de cuentos saben, hay un momento peligroso para las princesas modernas, y es aquel en que pasan de las páginas de sociedad a las de política a edades quizá demasiado tiernas. Es el caso de nuestra Leonor de Borbón, heredera del trono, que el día de su 13 cumpleaños celebrará los 40 años de la Constitución leyendo en público fragmentos de nuestra Carta Magna. Vaya cumpleaños para una niña.

La elegante y fina periodista Aurora G. Mateache nos informa, en La Razón, de que este será el tercer acto público de la futura coronada. El primero fue cuando, en enero pasado, Felipe VI le impuso el Toisón de Oro y le dio estos infantiles consejos: “Te guiarás permanentemente por la Constitución, cumpliéndola y observándola; servirás a España con humildad y consciente de tu posición institucional; y harás tuyas las preocupaciones y las alegrías, todos los anhelos y los sentimientos de los españoles”. Papi cumplía ese día 50 años. Es extraña la manera que tiene la familia Borbón de soplar las velas junto a sus niñas preadolescentes.

Varios periodistas palaciegos apodan a la princesita Leonor con un epíteto que no voy a repetir aquí por respeto a la infancia. No es ninguna palabra malsonante ni desafeccionada. Tampoco seais malpensados. Los cronistas que viven entre tules y organdís no suelen ser demasiado crueles. Pero reflejan con su mote lo que perciben: el ambiente real y sus escenificaciones no son el mejor entorno para el crecimiento de una niña normal.

A mí, personalmente, me parece una crueldad la sobrexposición de esta niña, las rigurosas palabras que tiene que escuchar sin entender, la rectitud protocolaria a la que la someten, cuando lo suyo es que estuviera brincando por los parques o jugando a los médicos en un penumbroso portal.

A uno no le parece esta práctica real demasiado alejada de la de algunos mendigos que usan a sus hijos para reblandecer las generosas almas cristianas y sus bolsillos. Los borbones sacan a su niña rubia cada cierto tiempo para afianzar una monarquía que vive horas bajas, para limosnear la simpatía de un pueblo que, a golpe de titulares y paseíllos judiciales, ha ido conociendo las miserias, comisiones, botsuanadas, bárbaras corinnas, balonmanazos, emeriteces y deslealtades de nuestra ejemplar borbonía.

Ahora, el día de su trece cumpleaños, a Leonor la ponen a leer la Constitución ante la nación toda. Una Constitución que, según el barómetro del CIS de septiembre, está cuestionada por un altísimo 70% de la población, que desea transformarla. O sea, que ponen a la niña a recitarnos un texto que ya no queremos y en el que ya no creemos. Buena metáfora sobre el estado de nuestra monarquía. Aunque sobre su continuidad no nos pregunte el CIS.

Leonor de Borbón, princesa y mendigaEn una deliciosa entrevista publicada por El Mundo esta semana, y firmada por Iñako Díaz Guerra –hay que disparar contra el periodista cuando el periodista es bueno–, nuestro cronista áulico por excelencia, Jaime Peñafiel, nos asegura que “Leonor nunca será reina”. Se imagina uno a la servidumbre zarzuelera limpiando estancias para evitar que el perverso panfleto caiga en manos de la princesa, pues de todos es sabido, desde que su madre se lo contó a la revista Tiempo, que la niña lee a Lewis Carroll y a Stevenson, y que adora las películas de Kurosawa.

Continúa el ex director de Hola!: “La monarquía es una institución medieval y no se puede democratizar. Democrática es una república, la monarquía es lo que es […]. Con Letizia intentó modernizarse, pero sólo se vulgarizó”. Ítem más: “Felipe puede ser rey cuatro, seis… ocho años más. Es ridículo hablar de Leonor como futura reina porque nunca lo va a ser. Dejemos en paz a la niña, aunque sea la propia Letizia la que la está promocionando”.

Dejemos en paz a la niña. Quítome el sombrero ante don Jaime y su sincretismo ontológico. Ese dejemos solo lo puedo interpretar, y más en este caso, como un plural mayestático. Y como un alegato en defensa de la infancia. Es deplorable que nadie saque a un menor para mendigar monedas frente a las iglesias. Pero lo es más que un monarca airee a su hija para mendigar palacios, privilegios, perezas, impunidades y sinecuras. Dejad en paz a la niña, por favor.

Aníbal Malvar

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Langostas

La belleza lleva en si misma el germen de su propia destrucción

Los turistas esperan el transbordador en la isla de Hidra, Grecia.
Los turistas esperan el transbordador en la isla de Hidra, Grecia. REUTERS

 

Un día no muy lejano toda la belleza de este planeta será completamente devorada por una plaga mortífera. Ahora son 1.000 millones. Pronto serán 2.000, luego 3.000 millones y muchos más los insectos ortópteros, conocidos como langostas, que hoy bajo la forma de turistas con gorra, mochila, camiseta, bermudas y chanclas se reproducen con una rapidez extraordinaria y migran de un sitio a otro con un designio devastador. En la Biblia se puede leer: “Envió el Señor un viento abrasador que trajo las langostas en tan espantosa muchedumbre que nunca hubo tantas hasta aquel tiempo. Y cubrieron la faz de la tierra devorando toda la hierba de la tierra y los frutos de los árboles”. La plaga de la langosta solo se detiene cuando después de acabar con toda la vegetación muere por falta de alimento. Tampoco el turismo cesará hasta que no haya destruido por invasión y aplastamiento las ciudades más hermosas del mundo, las ruinas históricas, los monumentos, catedrales, obras de arte de los museos y también playas, islas, valles y cimas incontaminadas. La belleza lleva en si misma el germen de su propia destrucción. Cada día atrae una mayor cantidad de adoradores y los convierte en una plaga letal. En este momento sobrevuela el planeta un millón de aviones con la tripa llena de insectos ortópteros listos para aterrizar; millones de trenes y caravanas de coche cruzan todos los países; miles de cruceros desembarcan en los puertos de mar un número inimaginable de langostas con un mismo fin predeterminado: aglomerarse y crear una insoportable claustrofobia en torno a la belleza de este mundo hasta destruirla por completo, de forma que solo quede a su alrededor un rastro de orín y de sudor. Hoy son mil. Pronto serán 4.000 millones las langostas humanas destinadas a realizar este maleficio que la belleza lleva dentro como una maldición.

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