El fin de la tele

ALBERTO BARRERA TYSZKA 

El fin de la tele
CreditE+/Getty Images

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CIUDAD DE MÉXICO — Hace dos semanas, a través de un comunicado, la empresa Univisión confirmó lo que ya era un sonoro rumor: la posibilidad de su venta. Se trata de la cadena pionera de la televisión en español en Estados Unidos y, junto a Telemundo, una de las dos pantallas que se disputan el público hispano en ese país. Más allá de los elementos puntuales, entre los que destaca una deuda millonaria, la gran pregunta es si realmente existe alguien interesado en comprar hoy en día un canal de televisión abierta. ¿Para qué?

Desde hace años, la aparición de internet, los cambios en las plataformas comunicacionales y las consecuentes variaciones en los hábitos de consumo de las nuevas generaciones han terminado produciendo una revolución involuntaria: es una transformación radical y casi inesperada, sin dirección política, sin otro sujeto protagonista que la tecnología. De pronto, el poder pasó de la pantalla a los usuarios. El control sobre lo que puede o no se puede ver cambió de manos. La “dictadura” de la TV abierta —como la llamó Carlos Monsiváis— finalmente ha sido derrotada.

No es aventurado afirmar que en el futuro, la palabra “televisión” dejará de existir. Se quedará sin referencias. Tan sola e inútil como la palabra “betamax” o la palabra “casete”. Un cambio tecnológico ha producido una crisis en una de las industrias aparentemente más sólidas y bien cimentadas. Y se trata de una alteración que escapa a la moralidad con la que frecuentemente se enjuicia a la televisión. No se trata de dilucidar si el cambio es bueno o malo. Simplemente es inevitable. Su propia dinámica le ha dado más libertad a los contenidos, ha redimensionado las posibilidades de la narrativa audiovisual. No está en crisis el relato. Todo lo contrario. Lo que está en crisis es su forma de producción, distribución y consumo. El televisor y la industria que respira tras él de repente comenzaron a convertirse en una antigüedad.

El día a día, con su urgencia de llenar veinticuatro horas de programación, tal vez no permite mostrar tan nítidamente lo radical que en el fondo está siendo el cambio. La tele abierta tenía un poder casi absoluto. La única defensa posible ante ella consistía en apagarla. No había más opciones. Desde su trono emisor, administraba y distribuía no solo la sentimentalidad y la moral sino que, incluso, también organizaba los tiempos del gusto y de la angustia, los horarios para reír o para informarse. Era el centro de la casa. Y muchas veces lo era de manera literal, física.

Ahora somos los usuarios quienes podemos elegir y decidir qué, cómo y cuándo consumir los contenidos audiovisuales. Ya hace dos años, una encuesta mostraba cómo en España el 72 por ciento de los jóvenes ven más YouTube que televisión. La migración de la audiencia hacia las plataformas de transmisión en línea ha producido un cambio vertiginoso e irreversible. No solo se trata de un asunto de ratings y de ventas. El propio contenido que definía la ficción audiovisual también ha cambiado. También la palabra “teleculebra” se está quedando huérfana.

El fin de la tele
En una televisión, en el interior de una habitación en Nueva York, se transmite una telenovela en el año 2003.CreditNancy Siesel/The New York Times

La telenovela fue el género emblemático de la televisión abierta latinoamericana. Está ligada genéticamente a ella, tiene que ver con su origen, con su naturaleza. Ese folletín cotidiano e interminable —que empezó versionando algunos clásicos de la literatura del siglo XIX y que se desarrolló canibalizando el relato sentimental de la mujer pobre que se enamora de un hombre rico— fue durante años el producto estrella de nuestra tele. Su garantía de origen, su marca. Hoy en día los culebrones son animales en vías de extensión. No me refiero al melodrama sino a esa forma específica del melodrama, a ese formato de largo aliento, asentado sobre estereotipos y desarrollado narrativamente bajo la premisa de la reiteración y del falso suspenso. Ninguna de las plataformas (Netflix, Amazon Prime, etc.) que definen hoy el mercado está buscando una María la del Barrio de 150 horas.

Las llamadas plataformas de transmisión libre (OTT) han impuesto un modelo y un ritmo de ficción mucho más diverso, que se desperdiga abriendo cada vez más segmentos de la audiencia, ampliando sus límites. Lo que define a las nuevas plataformas no son sus productos sino su infinita posibilidad de tener más productos. Siempre. De cualquier tipo. Por eso una de sus condiciones esenciales es la velocidad. Cada vez son más frecuentes los formatos seriados, con un máximo de ocho o diez capítulos. No es azaroso que Televisa, la productora de telenovelas más importante del mundo, apueste ahora por transformar su grandes clásicos de siempre en series modernas e innovadoras de veinticinco capítulos.

No solo es un tema de contenidos. También, como objeto, la televisión está muriendo. Cada vez más, los jóvenes consumen el contenido audiovisual a través de sus teléfonos. El futuro está en esa pantalla que también es una extensión de la mano. Es una nueva TV, tan personal que te la llevas al baño o te la guardas en el bolsillo. Su relación con el cuerpo crea incluso una intimidad y un poder que antes no existía. De pronto, incluso las pantallas planas, de última generación, comienzan a parecer dinosaurios lejanos e inútiles.

El fin de la tele
Los logos de Netflix y YouTube y otros servicios de transmisión en línea CreditChris Mcgrath/Getty Images

Por supuesto que en los contextos latinoamericanos, donde la pobreza y la desigualdad sigue definiendo drásticamente la realidad, este proceso avanza con más lentitud y dificultades. Pero, en general, la vida de la tele abierta parece tener sus días contados. Su margen de acción se va estrechando, se va concentrando cada vez más en territorios claramente delimitados: los concursos en vivo, los deportes, las noticias. El populismo mediático se alimenta de esta crisis, vive su mejor momento. Quizás pronto llegue el día en que la política sea la única ficción que se transmita por la televisión abierta.

Cada vez son más frecuentes los rumores sobre la venta, o posible venta, de canales de televisión tradicionales. Sin embargo, en general, nunca se concretan. Nadie parece ahora estar interesado en un comprar un canal. Su única posibilidad de sobrevivir es cambiar. Necesitan reinventarse como productores de contenidos, al servicio de las nuevas plataformas. Su reino se acabó. Otra señal de los tiempos: ningún poder es eterno.

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La voz del enemigo: los libros y las series indagan en la ultraderecha

JORGE CARRIÓN 

La voz del enemigo: los libros y las series indagan en la ultraderecha
Emma Thompson como la lideresa Vivienne Rook en “Years and Years” CreditBBC

Jason Stanley nos recuerda en su ensayo Facha que Adolf Hitler, en Mi lucha, insiste en que “el objetivo de la propaganda es remplazar los argumentos razonados en la esfera pública por los miedos y las pasiones irracionales”. Y, a renglón seguido, cita una entrevista a Steve Bannon en que este confiesa que el triunfo de Donald Trump se produjo por la rabia, pues “la rabia y el miedo hacen que la gente salga a votar”.

Desde la primera línea de su libro, Stanley crea un puente aéreo entre los años de la expansión del fascismo por Europa y los nuestros: “Como en los años treinta, el mundo está reaccionando negativamente contra la globalización”. Y al frente de esa reacción hubo, y vuelve a haber, un grupo de dirigentes que no buscan soluciones que alivien la inquietud, sino que en cambio la espolean, “porque la política fascista solo puede sobrevivir y prosperar en un estado de ansiedad y miedo constante”.

No solo entre Adolf Hitler y Steve Bannon: entre Gabriele d’Annunzio y Donald Trump también puede existir una genealogía. O viceversa. Porque las genealogías —como nos enseñó Borges— solamente son válidas si son reversibles. Y porque en los nuevos discursos de la extrema derecha global hay ecos y reformulaciones que remiten tanto a los líderes políticos como a los ideólogos literarios del fascismo italiano. Este año es el centenario, de hecho, de la aventura militar y experimento artístico del Estado Libre de Fiume, donde D’Annunzio sentó el primer precedente de la viabilidad práctica de la teoría fascista.

La voz del enemigo: los libros y las series indagan en la ultraderecha
CreditBlackie Books

De esa historia parte Reinaldo Laddaga en su nueva —y mejor— novela, Los hombres de Rusia, que recurre al mecanismo del manuscrito encontrado (precisamente en un foro de votantes de Trump) para narrar en clave antropológica y simbólica cómo un joven es abducido por una secta guerrillera, cómo alguien cambia de bando e ingresa en las filas del extremismo. El proceso en que uno de los nuestros se vuelve uno de los otros.

Cuando Laddaga desplaza la atención de la ultraderecha estadounidense a la rusa, cita a Eduard Limónov, una de las voces más incómodas de la literatura contemporánea. Acaba de publicarse en español El libro de las aguas, tal vez su obra más poderosa, como consecuencia directa del gran éxito de Limónov, de Emmanuel Carrère.

No es casual que las obras más leídas y premiadas tanto de Carrère como de Javier Cercas hayan enfocado, durante los últimos veinte años, a terroristas de la convivencia, del orden social y de la democracia: El adversarioSoldados de SalaminaLimónov o El impostor comparten la fascinación por figuras oscuras, violentas, totalitarias, manipuladoras. Reales e infames. Ambos autores se adelantaron a una tendencia global que ha catalizado el auge de la extrema derecha: la de dar voz a nuestros enemigos.

Después de que algunos de los grandes cronistas mexicanos contaran en sus libros el drama de las víctimas de la guerra contra el narco y la épica, la picaresca y sobre todo la crueldad de los principales narcotraficantes del país, justamente este año Pablo Ferri y Daniela Rea han publicado los resultados de su investigación modélica en el tercer vértice del triángulo. El Ejército. Los otros victimarios.

En La Tropa: Por qué mata un soldado los periodistas consiguen entrar en la cárcel para entrevistar a soldados de rango menor, para escucharlos y para tratar de entenderlos. Comparten la miseria de sus orígenes, la ilógica del sistema militar, la necesidad de justificar lo injustificable.

La voz del enemigo: los libros y las series indagan en la ultraderecha
Russell Crowe como Roger Ailes en “The Loudest Voice” CreditShowtime

Un ejemplo elocuente, entre los muchos que ofrecen Ferri y Rea, podría ser este: “‘Luz verde significa que te dan la libertad de hacer lo que tú quieras, sin pedir permiso o autorización’, explicaba el soldado Ramiro una mañana, bajo un árbol frondoso, junto al campo de fútbol de pasto natural de Lomas de Sotelo. ‘Por ejemplo, por reglamento las camionetas de los soldados (cuando van en convoy) no se pueden separar. Con luz verde, se pueden separar; si ves a un sospechoso se puede revisar y disparar antes de que ellos disparen porque un hombre armado es un peligro para el soldado’”.

“La historia no se repite, pero las genealogías son importantes para entender el presente”, leemos en Del fascismo al populismo en la historia, de Federico Finchelstein, una lectura global de cómo el populismo nació como respuesta al fascismo en los años cuarenta y se fue convirtiendo en un posfascismo que ha llegado hasta los Estados Unidos. “A partir de 2017, el populismo norteamericano se ha convertido en el posfascismo más relevante del nuevo siglo”, afirma el escritor argentino y profesor de la New School for Social Research. Pero no el único: Venezuela, Brasil, Nicaragua, Rusia y diferentes Estados europeos también se encuentran en esa tensión entre populismo y posfascismo.

En el siglo XXI las tendencias se contagian y se agrandan, simultáneamente, en diversos lenguajes narrativos. Por eso no es de extrañar que no solo los libros, sino también las series de televisión, estén generando genealogías que nos permitan entender mejor la polarización radical de las sociedades actuales (en una paradoja muy propia de nuestra época: el interés y la atención hacia una realidad inquietante la convierten en un mercado y, enseguida, en una realidad mayor).

¿Cómo entender el brexit? ¿Cómo interpretar la llegada a la presidencia de Bolsonaro o de Trump? ¿Cómo comprender la vigencia de la posverdad? A través de narrativas sobre el pasado reciente que nos den claves, que transformen la masa inabarcable de hechos y datos (el Big Data) de la realidad histórica en una trama familiar, en un complot definido, en una biografía factual, en un relato seductor (en storytelling).

La voz del enemigo: los libros y las series indagan en la ultraderecha
CreditEditorial Aguilar

Porque, como dice el consultor de medios, empresario televisivo y depredador sexual Roger Ailes en La voz más alta —la serie que rebobina ante nuestros ojos cómo fue la fundación de Fox News a finales de los años noventa y sigue su peligrosa evolución hasta nuestros días— la mayoría de la gente “no quiere estar informada, sino sentirse informada”.

La búsqueda de genealogías políticas es global. Después de la serie italiana 1992, que contó el auge en esos mismos años de la Liga Norte y el proceso que llevó a Silvio Berlusconi a fundar Forza Italia en 1994, HBO España acaba de estrenar la serie documental El Pionero. La protagoniza Jesús Gil y Gil, quien además de llevar a cabo innumerables negocios inmobiliarios y de ingresar tres veces en prisión, fue presidente del Club Atlético de Madrid, alcalde de Marbella y al mismo tiempo columnista del berlusconiano programa de Tele5 Las noches de tal y tal, donde aparecía en una piscina rodeado de mujeres en biquini.

Paralelamente, en México se han estrenado Los días de Ayotzinapa, sobre esa herida que sigue abierta en pleno mandato de Andrés López Obrador; Un extraño enemigo, que narra el clima político y underground de 1968 a través de Fernando Barrientos, el turbio jefe de la dirección de seguridad nacional de la policía de México; y 1994, la docuserie de Diego Enrique Osorno sobre ese otro año clave de la historia reciente del país, el del asesinato de Luis Donaldo Colosio (candidato del PRI), el fin del gobierno de Carlos Salinas de Gortari, la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio y el levantamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional en Chiapas.

La centralidad del procedimiento de la genealogía en las narrativas actuales responde a la urgencia de encontrar explicaciones a nuestras angustias sobre todo políticas, pero también científicas, tecnológicas, culturales o ambientales. De generar (difíciles) sentidos. Muchos relatos documentales sobre el cambio climático o la inteligencia artificial, por ejemplo, también se articulan a través de líneas temporales que convierten fenómenos de una enorme complejidad en una secuencia comprensible de causas y efectos.

No es de extrañar que no solo los libros, sino también las series, estén generando genealogías que nos permitan entender mejor la polarización radical.

Por eso una de las series más relevantes de 2019 es Years and Years, que ha invertido esa lógica y ha creado una interesantísima genealogía inversa. En vez de usar los recursos habituales para reconstruir los motivos por los que nos encontramos en un futuro distópico —la investigación detectivesca, la arqueología, el flashback— Russell T. Davies nos cuenta la historia de la familia Lyons (y de Gran Bretaña y de Europa y del mundo) desde 2019 hasta 2034 acelerando hacia adelante.

En lugar de abordar la prehistoria del brexit, fabula sus consecuencias. Entre ellas, la central, es el ascenso de Vivienne Rook (Emma Thompson), una política populista que simula carecer de discurso para llegar al poder (e implantar un muy argumentado plan de genocidio).

Porque si la ciencia ficción es el nuevo realismo nos puede ayudar a identificar los Adolf Hitler, Gabriele D’Annunzio, Jesús Gil y Gil, Edvard Limónov, Silvio Berlusconi, Donald Trump o Jair Bolsonaro del inminente futuro.

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Mirar Netflix es mucho más contaminante de lo que piensas

Mirar Netflix es mucho más contaminante de lo que piensas

SERGIO PARRA

El 1 por ciento de las emisiones globales de C02 son generadas por ver vídeos online. Ver Netflix, pues, tiene un efecto significativo en el planeta. También leer (aunque leer libros en papel, en promedio, parece menos contaminante que leer online o en ebooks).

La transmisión y visualización de videos en línea genera 300 millones de toneladas de dióxido de carbono al año. Un tercio de esta cifra corresponde a vídeo bajo demanda tipo Netflix o HBO. El otro tercio, a pornografía. Esto significa que la visualización de videos pornográficos genera tanto CO2 por año como el que emiten países como Bélgica, Bangladesh y Nigeria.

Contaminación online

Son datos de un think tank francés llamado The Shift Project. A principios de este año, estimó que las tecnologías digitales producen un 4% de las emisiones de gases de efecto invernadero y que esta cifra podría elevarse al 8% para 2025. La definición de tecnología digital del informe incluye los centros de datos que almacenan y suministran contenido de Internet, junto con el equipo necesario para acceder a él, desde teléfonos hasta enrutadores de Wi-Fi. No incluye equipos digitales en automóviles y fábricas.

Volviendo solo a los vídeos online, los autores del informe utilizaron los datos de 2018 de las empresas Cisco y Sandvinepara calcular el tráfico global. Luego, estimaron la cantidad de electricidad que se usaba para transportar estos datos de video y verlos en diferentes dispositivos, desde teléfonos hasta televisores. Finalmente, estimaron las emisiones globales utilizando cifras promedio globales para las emisiones de carbono de la generación de electricidad.

La definición de “video online” del informe no incluye la transmisión de video en vivo como las videollamadas de Skype, “camgirls” o telemedicina, que representan otro 20 por ciento de los flujos de datos globales.

El cambio a videos de mayor calidad, como la resolución 8K, contribuirá a aumentar las emisiones. Lo mismo podría ocurrir con el lanzamiento de servicios de transmisión de juegos.

Una simple búsqueda en el buscador genera unos 7 gramos de dióxido de carbono. Para que os hagáis una idea de la cifra, hervir una tetera produce unos 15 gramos. Así que controlad vuestra curiosidad. O bebed menos té.

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Censura anticonstitucional a Otegi

Censura anticonstitucional a Otegi

Ayer España vivió uno de los momentos más negros en la historia de la democracia. No me refiero a la entrevista a Arnaldo Otegi en el Canal 24 horas de TVE, sino a los intentos anticonstitucionales de censura por parte de los llamados partidos constitucionalistas. Ayer, en pleno siglo XXI, la derecha española representada por PP, Cs y Vox intentaron hurtar a la ciudadanía el derecho recogido en el artículo 20 de la Carta Magna, que determina que todas las personas tienen derecho a comunicar o recibir libremente información veraz por cualquier medio de difusión, al tiempo que indica que esto no puede restringirse mediante ningún tipo de censura previa.

Resulta lamentable que la derecha, cada vez más ultra en todas sus ramificaciones, impida escuchar el testimonio del líder de un partido político democrático, EHBildu, que se ha constituido en Euskadi como una de las formaciones que más ayuntamientos gobierna. Amordazar a un representante político de un partido como EHBildu, que va cobrando más peso año a año y que, para el pesar de esa España intransigente, ha jugado un papel esencial en el cese del terrorismo de ETA, es una barbaridad. Porque si las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, así como la sociedad española en general y la vasca en particular han sido protagonistas en la desaparición de ETA, el espacio político abierto por EHBildu no puede menospreciarse como hace una parte de la población.

La entrevista que tuvo lugar anoche, esa de la que tantas personas se atreven a opinar hoy sin siquiera haberla escuchado, fue la primera vez en mucho tiempo en que se pudo oír la voz de Otegi, que ha cumplido la pena impuesta por la justicia, a pesar de que el mismo Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo sentenció que no había tenido un juicio justo. La ciudadanía tiene derecho a formar su propia opinión sobre él y sobre EHBildu escuchándolo en primera persona, no en base a lo que los exaltados de Pablo Casado, Albert Rivera y Santiago Abascal dicen.

Las víctimas mortales de ETA desde 1968 se cifran en 864. Una auténtica tragedia; una barbaridad que jamás debió ocurrir porque aquella violencia jamás estuvo justificada. Las mujeres asesinadas por la violencia de género, sólo desde 2003, superan las 1.000 víctimas… y siguen sumando. Ojalá que todas esas personas a las que les importa más escuchar de boca de Otegi una condena a ETA en lugar de verle realizar movimientos políticos encaminados hacia la paz, fueran tan contundentes en la condena de la violencia de género, en lugar de aliarse con quienes la banalizan o, incluso, que la fomentan promoviendo la prostitución.

La realidad es una: EHBildu y Otegi rechazan el terrorismo, reconocen su responsabilidad en el dolor causado -incluso diciendo barbaridades como apostillar “más daño del necesario”– y están comprometidos con la construcción de la paz. Totalmente de acuerdo en que hay muchos hechos que se le pueden reprochar, pero ¿avanzamos en esa construcción de la paz centrándonos en esos reproches en lugar de dar voz a quien elección tras elección cuenta con más apoyo de la ciudadanía? Porque si de reproches hablamos, no podemos obviar que el terrorismo de Estado de los GAL, entre 1983 y 1987, asesinó a más de 25 personas en sus atentados, así como que más del 60% de los crímenes de la guerra sucia contra ETA siguen impunes. Si queremos centrarnos en las condenas de crímenes atroces, comencemos por lo anterior, porque esta derecha rancia, heredera de un modo un otro del franquismo, condene esa Dictadura que tanto daño hizo y sigue haciendo a España. Ni lo han hecho ni lo harán, pero quienes queremos avanzar en una democracia real que no llega, no nos quedamos anclad@s en eso… como Otegi no se cogerá un mes de baja por las barbaridades que ayer la derecha y ultra-derecha dijeron de él.

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Pasar de la radio a la tele es como pasar de la idea a la realidad, del mundo infantil al adulto, del orden lógico al ontológico

JUAN JOSÉ MILLÁS

Control de un estudio de radio de Onda Cero.
Control de un estudio de radio de Onda Cero. ATRESMEDIA

En la radio se habla con frecuencia de la televisión, pero en la televisión jamás se habla de la radio. Consideramos que la televisión es la realidad y la realidad se limita a suceder. Los crímenes suceden; los asaltos suceden; los exámenes de selectividad suceden; los accidentes de circulación suceden; las broncas parlamentarias suceden, y nosotros, desde la radio o los periódicos, efectuamos la crítica de lo que sucede. La radio valora lo que hace la tele, pero a la tele le importa un rábano lo que hace la radio. La tele proyecta realidad, escupe realidad, la tele lo configura todo. Por eso en la radio se habla de ella mientras que en ella jamás se habla de la radio.

La radio practica un discurso extramuros. Se asoma al mundo y cuenta lo que ocurre en él. Lo cuenta con asombro, con rabia, con pena, como dolor, con alegría, con tristeza o euforia. Pero la radio habla sabiendo que ella no forma parte del tinglado. También los periódicos tienen secciones dedicadas al análisis de los contenidos de la tele. Solo de forma excepcional se escribe en ellos de lo que sucede en la radio porque la radio es metafísica allá donde solo interesa la física. Cuando una estrella de la radio da el salto a la tele, se considera que progresa adecuadamente. Cuando sucede al revés, la estrella ha comenzado su declive. Pasar de la radio a la tele es como pasar de la idea a la realidad, del mundo infantil al adulto, del orden lógico al ontológico.

Cuando vas por la calle tras haber salido en la tele, la gente te dice: “Te vi en la tele”. No comentan lo que hiciste o dijiste porque el único sentido de salir en la tele es el de salir en la tele. Salir en la radio constituye, en cambio, un modo de entrar, aunque ignoramos dónde.

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Qué se puede esperar del regreso de ‘Black Mirror’

Netflix estrena el próximo miércoles 5 de junio la quinta temporada de ‘Black Mirror’, compuesta de tres capítulos tan inquietantes como cabía esperar y cada uno enmarcado dentro de un género distinto.

El actor Andrew Scott, en un capítulo de Black Mirror. Netflix.
El actor Andrew Scott, en un capítulo de Black Mirror. Netflix.

MARÍA JOSÉ ARIAS

Black Mirror es una marca tan potente que no es raro escuchar o leer la muletilla “parece un capítulo de Black Mirror” cuando se comentan algunas noticias del mundo real. Su crítica a cómo el ser humano utiliza de forma negligente y abusiva la tecnología no es que invite a reflexionar, es que obliga a hacerlo merced a un manera de contar las cosas muy particular, muy suya.

La serie de Charlie Brooker no plantea –en la mayoría de los casos– un futuro por llegar con coches voladores y robots por doquier, sino un futuro que en realidad es o podría ser presente en el que una aplicación de citas controla el tempo de las relaciones y un videojuego puede suplantar la vida real.

En su regreso a la que es su nueva casa desde la tercera temporada, la quinta tanda de episodios que llega hoy a Netflix se compone de tres entregas con un tema claro desde el principio que quieren abordar. Diferentes en tono, narrativa y estética, cada una aporta una muesca más a una serie que de por sí siempre da de qué hablar. Para esta ocasión han apostado por una historia de adolescentes, otra de secuestros y otra de videojuegos y realidad virtual. Esto es, sin spoilers, lo que se puede esperar de los nuevos episodios de Black Mirror. No hay orden, así que pueden verse cómo se quiera sin importar cuál va primero o después.

‘Añicos’ (70 minutos)

La sinopsis oficial resume de qué trata este episodio como “un taxista con un plan secreto se convierte en el centro de atención en un día en el que todo se descontrola”. El conductor en cuestión al que se refiere está interpretado por un Andrew Scott que se mete en la piel de un hombre atormentado por un suceso trágico que lo cambió todo y que hace que se obsesione hasta el punto de secuestrar al trabajador de una empresa (Damson Idris) para conseguir lo que quiere, hablar con el dueño de la misma (Topher Grace).

Descubrir el porqué tiene tanto interés Chris es hablar con quien se ha hecho multimillonario gracias a la creación de una red social es parte del interés de un capítulo cargado de tensión emocional. El sentimiento de culpa y la adicción a las notificaciones que suelen llegar en forma de favoritos o me gusta se aborda desde la perspectiva de un drama personal muy profundo que sirve para el lucimiento de Scott. Smithereens se carga de una tensión contenida y liberada que mantiene con el corazón en un puño hasta el final como toda buena historia con rehenes.

‘Rachel, Jack y Ashley Too’ (67 minutos)

En su línea de facilitar sinopsis lo más crípticas posibles para no desvelar demasiado en una serie donde los spoilers pueden realmente arruinar el placer de su visionado, la publicada por Netflix para Rachel, Jack y Ashley Too es que “una adolescente solitaria sueña con conectar con su estrella pop favorita, una artista cuya existencia no es tan bonita como parece…”. Bajo esa premisa y con Miley Cyrus como gancho, este capítulo está escrito como una de género adolescente sobre la imagen que se proyecta a los demás y cómo se es realmente.

Lo que se puede esperar de él es esa búsqueda de identidad de cada uno de los personajes, a su manera, con sus tiempos y con un artilugio tecnológico resultando clave para la relación que establece el personaje de Cyrus con las dos hermanas interpretadas por Angourie Rice y Madison Davenport, tan diferentes en su forma de vestir como en su manera de afrontar la muerte de su madre. Resulta inevitable ver Rachel, Jack y Ashley Too y no acordarse de cuando Cyrus era Hannah Montana. El paralelismo es evidente.

‘Striking Vipers’ (61 minutos)

“Dos antiguos amigos de la universidad se reencuentran y viven una serie de acontecimientos que podría alterar sus vidas para siempre”. Sin desvelar cuáles son esos sucesos que cambiarán el curso de su existencia (o no), sí se puede decir sin miedo a revelar demasiado que Striking Vipers es un videojuego de realidad virtual con estética retro que resulta de suma importancia en el desarrollo de los hechos que se narran.

Anthony Mackie, Yahya Abdul-Mateen II, Nicole Beharie, Pom Klementieff,y Ludi Lin dan vida a los principales protagonistas de un capítulo con un poco menos de drama que los otros dos, pero con sus dosis de diversión, crisis personal, acción y sexo virtual. Todo muy Black Mirror para poner sobre la pantalla la discusión de dónde acaba la persona y dónde empieza su avatar y cuál de los dos es más real, el de carne y hueso o el hecho de píxeles. Dónde se es uno mismo es la gran pregunta que se aborda aquí.

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Los Siete Reinos cruzan al otro lado del espejo

El final de ‘Juego de tronos’ crea un vacío que va más allá del ocio y la ficción (este artículo no contiene ‘spoilers’)

GUILLERMO ALTARES

Maisie Williams como Ayra Stark en 'Juego de tronos'.
Maisie Williams como Ayra Stark en ‘Juego de tronos’. EL PAÍS

Al principio de La orgía perpetua, su ensayo sobre Flaubert, Mario Vargas Llosa resume la influencia que la ficción puede tener sobre la realidad a través de una frase sobre un personaje de Balzac que se atribuye a Oscar Wilde: “La muerte de Lucien de Rubempré es el mayor drama de mi vida”. Se trata de una sentencia que difícilmente se puede aplicar a Juego de tronos, porque demostró desde su primera temporada que no era prudente tomarle demasiado cariño a un personaje porque podía ser decapitado, torturado o apuñalado en el capítulo siguiente. Sin embargo, la frase con la que prosigue el escritor peruano su texto sí tiene todo el sentido: “Un puñado de personajes literarios han marcado mi vida de manera más durable que buena parte de los seres de carne y hueso que he conocido”.

Después de ocho años, la serie basada en las novelas de George R. R. Martin llega a su fin, e incluso aquellos espectadores que tienden a confundir a la mayoría de los personajes —ocurre algo parecido en una reunión de antiguos alumnos: te suenan las caras, pero eres incapaz de ponerles un nombre— sentirán algún tipo de vacío que va mucho más allá de su ocio. Juego de tronos ha irrumpido de forma tan rotunda en la realidad que algunos lectores amenazaron a Martin para que terminase sus novelas de una vez, mientras que una petición popular para que los guionistas cambien la última temporada ha alcanzado el millón de firmas.

Los lectores americanos de Charles Dickens esperaban en los puertos a que llegasen los barcos de Inglaterra para poder leer las nuevas entregas de sus grandes novelas. Las cosas no han cambiado mucho: semana tras semana se esperan los nuevos capítulos, un vacío que se convierte en meses o años entre una temporada y otra. Unas generaciones han crecido con una parte de su imaginación capturada por una galaxia muy lejana, otras, por dos pisos de amigos en Manhattan o por los barrios bajos de Baltimore. Ahora que los Siete Reinos se han desvanecido y sus personajes continúan su existencia al otro lado del espejo, lejos de nuestra mirada, seguiremos yendo al puerto a esperar a que aparezca en el horizonte un buque capaz de cumplir con las exigencias de nuestra imaginación, que son también las de la vida

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Por qué ‘Juego de tronos’, acabe como acabe, ha sido tanto tiempo la serie de (casi) todos

Violencia, sexo, política, acción y personajes a los que amar y odiar son solo algunas de las claves de por qué ‘Juego de tronos’ ha sido y seguirá siendo tan importante en el mundo de las series.

Cersei y Jamie Lannister. HBO.
Cersei y Jamie Lannister. HBO.

MARÍA JOSÉ ARIAS

El 17 de abril de 2011, hace poco más de ocho años, iniciaba su andadura televisiva una poderosa saga literaria que para entonces ya contaba con una legión de seguidores. El característico zumbido de HBO daba paso a la primer escena de Juego de tronos. Esa en la que tres jinetes cruzaban un muro, el Muro, hacia un paisaje helado para darse de bruces con una escena salvaje y mostrar a un caminante blanco. Después sonaba por primera vez la sintonía creada por Ramin Djawadi. Aquel capítulo, al que le seguirían 72 más, se llamaba Winter is coming, frase que se ha repetido hasta la saciedad como un mantra para asustar a los timoratos. Lo que pasó después ya es parte de la historia de la televisión.

Al margen de lo que ocurra la madrugada del lunes y de lo satisfechos que queden o no los millones de seguidores de la serie creada por David Benioff y D. B. Weiss, Juego de tronos se ha convertido en los últimos años en La Serie. Así, con mayúsculas. De la que todo el mundo habla, de la que todo el mundo evita spoilers y la que casi todo el mundo ha visto. Y quien no ha caído en sus redes ha de sufrir el martirio de que familiares, amigos y conocidos hablen de ella e insistan en convencerles de que deberían asomarse a los Siete Reinos y elegir favorito al Trono de Hierro.

Sin embargo, ser fan de Juego de tronos no siempre fue fácil. Llevar el sello de HBO es sinónimo de algo, de calidad. Le da cierta garantía al espectador. Aunque lo cierto es que la conversión de Canción de hielo y fuego en serie de televisión no era tan ambiciosa en las primeras temporadas como lo ha sido en las últimas. Basta con echar la vista atrás para recordar aquella imagen de Nido de Águilas que parecía de cartón piedra o ese Torneo del Rey con más bien pocos súbditos. Ha cambiado y crecido mucho la población de Desembarco del Rey en estos años. Como lo han hecho los efectos visuales y el trabajo en postproducción. Nada que ver aquellos planos de entonces, cuando aún Ned Stark conservaba su cabeza, con los últimos de los dragones sobrevolando tropas y ciudades y arrasándolas con su aliento de fuego.

Esa evolución es una muestra más de la importancia y de la magnitud de una historia que primero se convirtió en un fenómeno más allá de los libros y después lo hizo más allá de las pantallas, por supuesto. Para los lectores de las novelas, que eran muchos, era inevitable asomarse a ella con la perspectiva de quienes ya conocen de qué va, su universo y cuáles son las reglas del juego. El resto se encontró con una serie ambientada en un mundo fantástico de estética medieval y criaturas pálidas con ojos azules, sexo, violencia, incesto, magia, mucha controversia (eso siempre viene bien a la hora de sumar adeptos en este sentido) y algo con lo que no todos los guionistas se atreven: presentar a un personaje haciendo creer que es su protagonista, el héroe de la historia, y decapitarlo antes del final de la primera temporada. Hubo tiempo suficiente para encariñarse con él de manera que el mazazo fuese mayor y llorar con pena su muerte. No fue la única para una ficción televisiva a la que no le ha temblado el pulso a la hora de eliminar personajes de las formas más horribles y, a veces, incluso espectaculares.Habrá quien no esté de acuerdo, pero es muy posible que la sexta y la séptima temporada sean las mejores

Esta ha sido una de sus señas de identidad. Hasta el punto de convertirse en una suerte de medidor a la hora de valorar las bajas en otras series. Además de, claro, una broma recurrente entre los actores, que cada vez que recibían un nuevo guion lo hacía con la espada de Damocles pendiendo sobre sus cabezas. Fueron cayendo uno a uno. A veces en grupo, como en la memorable Boda roja o cuando el fuego valyrio arrasó el Septo de Baelor. Unos eran muy queridos y fueron llorados. Otros, más odiados y celebrados. Muertes en las que al otro guapo oficial le reventaban la cabeza en un combate, a un mal padre le disparaban con una ballesta en el retrete, a un tipo detestable le devoraban sus propios perros hambrientos y un gigante bonachón parco en palabras moría sujetando una puerta y convirtiéndose en leyenda. Ni los niños se han salvado del exterminio en esta serie. Algo que estaba en los libros y que dotó a Juego de tronos de unas reglas propias del juego, el suyo.

Daenerys Targaryen, en una escena del penúltimo capítulo de Juego de Tronos. HBO

Daenerys Targaryen, en una escena del penúltimo capítulo de Juego de Tronos. HBO

El momento clave en el que la serie se adelantó a las novelas

Todo eso contribuyó a que el fandom fuese creciendo hasta el punto de conseguir romper récords de audiencia y congregar semana semana a millones y millones de espectadores delante del televisor para saber cuál sería el siguiente movimiento en la batalla por los Siete Reinos. Durante las primeras cinco temporadas (casi) todo estaba escrito de antemano por George R. R. Martin pese a que los guionistas se tomaron sus licencias. Es lo que tiene la adaptación, que no ha de ser literal. Después, cuando la trama voló libre de lo que marcaban las novelas el interés se multiplicó exponencialmente. Ya no había camino marcado y todo era nuevo. Habrá quien no esté de acuerdo, pero es muy posible que la sexta y la séptima temporada sean las mejores. Al hecho de que algunos personajes dieran el salto de madurez que se les venía exigiendo desde hacía tiempo, que la acción llegase a raudales y de calidad y que algunas muertes fuesen más que aplaudidas se unió que por fin quienes no habían leído las novelas dejaron de oír la letanía de ‘es que esto no se parece al libro’.

Entonces, hace cinco semanas, llegó la octava y crítica y fans se dividieron en facciones. A falta de un solo episodio, pocos están satisfechos al 100%. Primero, que si por qué perder el tiempo con dos capítulos de personajes que se reencuentran y hablan cuando la chicha está en la batalla. Después, que si el enfrentamiento final con los Caminantes Blancos no fue para tanto y no murió nadie de primera línea. Luego, que si se cuela una taza de café para llevar y una mano crece milagrosamente. O que ese personaje se merecía una muerte más cruel a la altura de sus barrabasadas o que la evolución de esa otra no se corresponde con lo que debería haber sido… Críticas y más críticas, quejas y más quejas que no pueden hacer olvidar la importancia de Juego de tronos ya no como serie de una calidad que puede ser más o menos discutible según quien la defienda o denoste, sino como fenómeno seriéfilo. Que haya tantos comentarios en su contra tras los dos últimos episodios o que cientos de miles de personas hayan firmado una petición para que se rehaga esta última temporada no es otra cosa que una muestra más de su importancia.

Juego de tronos se ha convertido en La Serie porque ha dado razones para ello y porque los espectadores así lo han querido. Antes que ella lo fue Perdidos, cuyo final aún se discute casi una década después. Desde el cierre de aquella isla misteriosa con un oso polar como inquilino inexplicable dentro ninguna ficción había logrado llenar ese hueco. Como la creada por Damon Lindelof, Jeffrey Lieber y J. J. Abrams, la de Benioff y Weiss ha alimentado durante ocho años ese caldo de cultivo que es el fandom que convierte una serie en suya para lo bueno y para lo malo. Su trama de conspiraciones políticas, rivalidades y poder en la que los bandos se dividen por casas ha contribuido a que, como explicaba hace ya seis años Natalie Dormer a Público, una gran parte de quienes la siguen se comporte como hinchas de un equipo de fútbol. En lugar de ir con el Real Madrid o con el Barcelona lo hacen con los Stark, los Targaryen o los Lannister. Incluso los actores se han decantado por un personaje u otro como candidato a ocupar el Trono de Hierro. “Si Daenerys no lo consigue va a ser un anticlímax”, reconocía en una entrevista con este periódico Sophie Turner en la sexta temporada. En la cuarta, Sibel Kekilli apostaba más por Tyrion. Ambos siguen vivos.

El juego de adivinar qué pasará

Lo intrincado de los linajes, los secretos, las profecías y las confabulaciones entre familias han sido durante ocho años el terreno idóneo para desarrollar teorías más o menos locas y jugar a adivinar qué pasará en el siguiente capítulo o temporada. La lucha es por el trono, pero al final quién lo ocupe ese lunes no es lo que realmente importa, sino el camino hasta llegar a ese momento definitivo. Que haya sido una serie de degustar semana a semana también ha ayudado a engrandecer al fenómeno como en su día ocurrió con Perdidos. Eso hace que la digestión se pueda hacer con calma, con tiempo para buscarle segundas intenciones a cada frase, cada detalle y que se desarrollen esas teorías que tanto han hecho crecer a Juego de tronos fuera de su emisión.

Otra de las razones por las que ha trascendido más allá de la pantalla tiene que ver con sus personajes, el cariño u odio que se les ha cogido y la importancia dada a quienes son ninguneados en otro tipo de ficciones o en la vida real. Los repudiados son aquí quienes más interés despiertan. Un bastardo, un enano y un puñado de mujeres que han demostrado que el poder es cosa suya y se han convertido en iconos de un feminismo que algunos han puesto en tela de juicio en la recta final debido a los derroteros que ha tomado la historia pese a que lo más prudente sería esperar al último minuto para juzgar. Como ha demostrado Juego de tronos, en Poniente cualquier cosa puede pasar y aún quedan 80 minutos por recorrer.

Ocho años después el fenómeno es tal que rellenar el hueco que deja no va a ser fácil. En HBO lo han intentado con Westworld, que les ha dado buenos resultados, y su idea es alargar la sombra de la creación de Martin apostando por los spin-off. De momento, a falta de un episodio, lo que se puede asegurar es que sí, que por mucho que Juego de tronos acabe, su legado permanecerá y que aún quedan semanas, sino meses, de teorías sobre esta o aquella escena, sobre el significado de cada plano y protestas -las habrá seguro- sobre el desenlace que le han dado.

La serie más premiada de la historia de los Emmy se despide la noche de este domingo -madrugada del lunes en España- dejando a millones de fans huérfanos y a un amplio reparto de actores teniendo que buscarse el pan en otros lares. A los de Perdidos el fenómeno que les aupó también les devoró en parte y ninguno ha logrado repetir el éxito de la isla. En Juego de tronos, quienes han salido antes ha tenido suerte dispar. Para Pedro Pascal o Richard Madden, por ejemplo, ha sido un auténtico trampolín. Para otros, no tanto. De los que que aún seguían vivos al comienzo de la octava, algunos ya habían demostrado su talento como actores antes de enrolarse en esta aventura. Unos pocos han sido auténticos descubrimientos. Pero también hay quien, pese a su protagonismo en Poniente, ha dejado claro que sus capacidades interpretativas son limitadas. Su habilidad para reinventarse será la clave.

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‘Juego de tronos’ 8×04: Errores tácticos

[Atención: aquí se revelan y discuten detalles del cuarto episodio de la octava temporada de Juego de tronos. La noche es oscura y llena de spoilers, procedan con precaución].

‘Juego de tronos’ 8×04: Errores tácticos

Cersei (Lena Headey) retoma el rojo Lannister después de mucho tiempo usando negro de luto.CreditHelen Sloan/HBO

Tenía tres dragones, uno se murió en la nieve y, de los dos que quedaban, uno se murió en el mar…

El equipo Targaryen cometió en este episodio un nuevo error táctico al subestimar, otra vez, a Cersei y Euron, a tal punto que les fue posible –casi sin pestañear– tomar prisionera a Missandei y decapitarla frente a Gusano Gris y Daenerys (Cersei, quien antes prefería torturar un poco más a quienes la disgustaban, aprendió algo de su primogénito Joffrey). Nos despedimos así de otra competente mujer de fuera de Poniente, aunque el programa parece haber olvidado por completo que existen otros continentes (¿qué será de Daario Naharis como virrey de los pueblos libres? Ni a Daenerys, la mhysa de aquellos habitantes, parece importarle lo suficiente como para referirse a ellos más que de pasada).

De nuevo fue un episodio con varios momentos impactantes y con conversaciones bien estructuradas, pero también algunas de las sacudidas fueron a costa del desarrollo que han tenido ciertos personajes. Me parece que para mantener más contenida la trama y llegar eficientemente a la conclusión, los creadores y productores ejecutivos de la adaptación, David Benioff y Dan Weiss, trataron a sus protagonistas en este episodio más como fichas que tienen que desplazarse a un punto del tablero que como personajes con siete temporadas de razonamiento que habían ido evolucionando con sus jugadas anteriores. Porque todos caen directo en la trampa de Cersei… otra vez.

‘Juego de tronos’ 8×04: Errores tácticos

Piras funerarias… quizá pocas considerando cuántos dohtrakis e inmaculados murieron CreditHelen Sloan/HBO

Después de varios momentos para congeniar en Invernalia y de rendir honor a los muertos, empiezan a moverse las fichas. “Es nuestro deber y nuestro honor que permanezcan vivos en la memoria, para quienes vengan tras nosotros y quienes vengan tras ellos, mientras que los hombres respiren”, dice Jon sobre los fallecidos en la Batalla por Invernalia, en medio de miradas incómodas con la Madre de Dragones, que se tornan tiernas durante el banquete… hasta que los presentes vitorean a Jon. Cuando, poco después, se reúnen en la habitación de Jon, él dice que no puede callar sobre sus orígenes. “¿Aunque la verdad nos destruya?”, le ruega Daenerys, justamente proyectando lo que sucederá cuando los demás personajes se enteren.

Así empieza a rodar la conspiración de Varys, con discusiones tensas con Tyrion sobre qué conviene más para la gente a la que difícilmente le importa en su cotidianidad quién está en el trono. La temporada pasada ya se había instalado la semilla del descontento en Varys, durante una gran escena con Daenerys al insistir en que solo quiere aliarse con el monarca que cree que hará lo mejor por su gente, lo cual repite esta vez. Tyrion asegura que cree en la Madre de Dragones, aunque parece estar empezando a dudar cuando Sansa —apenas un episodio después de que ella le dijera que siempre tendrían lealtades divididas— le revela la verdad sobre Jon/Aegon.

“Me preocupa su estado mental”, le comenta Varys sobre Daenerys antes de la emboscada, y luego la serie se esfuerza por darle la razón. Varys era un estratega destacado, el mejor protector de secretos del reino, pero ahora no duda en mostrarle todas sus cartas a la Mano de la Reina, cuando Tyrion deja claro que no está dispuesto —¿aún?— a cambiar de parecer. Con eso queda marcado el camino hacia los últimos dos episodios.

También está la ficha de Jaime, a quien los creadores deciden regresar al sur, a pesar de su trama de crecimiento personal y redención al lado de Brienne. Jaime abandona casi sin chistar a la mujer a la que había ido a buscar al Norte para pelear a su lado y a quien nombró con ojos llorosos dama de caballería, como si la noche que pasaron juntos después de una ronda de bastantes tragos hubiera sido cualquier cosa. Y como si su renovada relación con Tyrion fuera nimia. Se anulan los avances que Jaime había tenido como alguien que reconocía sus actos e intentaba mejorar, incluyendo su contundente rechazo a Cersei en la temporada pasada, cuando ella hizo el ademán de ordenarle a la Montaña que lo matara. Así que, después de enterarse de que Bronn fue contratado por Cersei para matarlos a él y a Tyrion, regresa a Desembarco del Rey para estar al lado de Cersei. Caballero Lannister a E7.

‘Juego de tronos’ 8×04: Errores tácticos

Missandei, la única mujer no caucásica que quedaba, ya no está y Varys ya no respalda a Daenerys. ¿Será la gota que derrame el vaso para la Madre de Dragones? CreditHelen Sloan/HBO

Entre quienes se mantienen consecuentes están las hermanas Stark. Arya rechaza el pedido de matrimonio de Gendry, por fin reconocido como Baratheon y el nuevo lord de Bastión de Tormentas, porque sabe que ella no es el tipo de persona que se vuelve dama de un castillo. Arya retoma en vez de eso su lista y parte a Desembarco del Rey junto con el Perro en busca de cierto par de ojos verdes Lannister. Sansa también mantiene sus avances estratégicos, pues al enterarse de la ascendencia de Jon ve una oportunidad de proteger al Norte.

El ejemplo más claro del apuro narrativo es Daenerys.

La producción de la serie sí se ha esforzado por pintarla como la reencarnación total de su padre, el Rey Loco, desde mediados de la temporada pasada. Quien antes hablaba con convencimiento de querer “romper la rueda” de disputas marcadas solo por el apellido familiar y aseguraba que quería proteger a la gente cuyas cadenas rompió en Essos ahora no parece tener otra motivación que atrincherarse en su apellido familiar y su búsqueda sangrienta por el trono. Querrían hacerla la última gran villana de la serie (si es que realmente derrotan a Cersei, que consistentemente es la mejor jugadora en el tablero, completamente la hija de su padre).

Pero la manera en la que orillan a Daenerys a ese fin es la que se siente como una movida de peones: los asesinatos de la megatraductora Missandei y de Rhaegal —que me dejaron boaquiabierta, y no tanto porque muriera otro dragón, al que apenas lloran— hacen parecer que ningún personaje aprendió de las batallas recientes, como solían hacer varios de los estrategas involucrados en el juego por el trono. Claro que el equipo Targaryen ha cometido errores tácticos antes, pero ¿en serio olvidaron por completo que el ejército de Cersei ya había usado una ballesta especial contra Drogon en la batalla por el botín de Altojardín? ¿Ignoraron cómo los Lannister los emboscaron cuando los Inmaculados fueron a Roca Casterly y terminaron siendo sitiados? Enterarse de que la monarca Lannister nunca pretendió movilizar a sus ejércitos para ayudar en la lucha contra los muertos, ¿no los hizo algo más recelosos de cómo proceder en su intento de tomar el sur, ni conscientes del despropósito de intentar evitar que Cersei mate a Missandei? Daenerys se acerca a Desembarco del Rey desde el aire, en busca justamente de quemar la flota de Euron, y ¿ni siquiera está monitoreando si hay algo detrás de un acantilado que no es tan alto?

“Ese es mi destino y lo cumpliré sin importar el costo”, declara Daenerys sobre derrocar a tiranos. El programa indicaría que Cersei posiblemente tendrá su fin, pero ¿qué harán los demás si es que Daenerys, como parece, se convierte en aquello que odia?

‘Juego de tronos’ 8×04: Errores tácticos

Adiós, Rhaegal CreditHBO

Detalles sin estandarte

• Este episodio es el primer respiro para que algunos personajes se dirijan la palabra, como la conversación de Sansa con el Perro en la que se subraya cuánto ha cambiado la Pequeña Ave Stark al enfrentarse a los peores demonios. Se cimenta así la idea en Sandor Clegane de que por fin es momento de confrontar a los suyos: su hermano la Montaña. El tan anticipado Cleganebowl se acerca.

• Benioff y Weiss, los escritores del episodio, le dan cierre a las tramas de Thormund y Fantasma (¡Sobrevivió! Sin una oreja), pues se decide que vayan más al norte, “el verdadero Norte”. Lo mismo para Sam y Gilly, que reciben su final feliz al despedirse de Jon para aparentemente quedarse en Invernalia a esperar el nacimiento de su segundo hijo.

• David Nutter regresa como director después de estar detrás de las cámaras para los primeros dos episodios y varios clásicos de la serie, entre ellos el de la Boda Roja (“The Rains of Castamere”) y cuando Drogon incinera a los Hijos de la Arpía que pretendían asesinar a Daenerys (“The Dance of Dragons”). El próximo capítulo, que promete ser la gran batalla por Desembarco del Rey, correrá a cargo de Miguel Sapochnik.

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