La cultura representa a una Cataluña dividida

La cultura representa a una Cataluña dividida

Manifestantes catalanes durante una protesta en Barcelona, el 29 de septiembreCreditEnric Fontcuberta/EPA, vía Shutterstock

Dos Cataluñas, el documental de Álvaro Longoria y Gerardo Olivares que ha estrenado este viernes Netflix para su audiencia global de unos 130 millones de abonados, comienza con la escisión del Parlament de Catalunya de los días 6 y 7 de septiembre del año pasado. El campo semántico de la división recorre los 116 minutos de metraje, está en boca de todos los políticos, periodistas y ciudadanos entrevistados: fractura, separación, ruptura. El presidente de Cataluña, Quim Torra, no obstante, ha llamado a la población a celebrar el primer aniversario de la consulta popular del 1 de octubre de 2017 como “el día de la victoria”.

Con su lógica narrativa de zapping, en que se van sucediendo imágenes de archivo y declaraciones brevísimas en español, catalán e inglés, Dos Cataluñas va alternando las opiniones y los argumentos de personas de ambas ideologías, casi siempre irreconciliables. “Somos un montón de gente que nos sentimos huérfanos, jodidos”, dice Carles Francino respecto a los ciudadanos de la tercera Cataluña, la de quienes no aceptan el binarismo. “Este problema no lo teníamos”, se lamenta el periodista.

Existía, pero no condicionaba la vida y el debate como lo hace ahora, con nueve políticos catalanes en prisión, siete en el extranjero y —como dice el periodista Enric Juliana en el documental— una “lucha de varios partidos por la supremacía política en Cataluña” que marca la agenda mediática de todos los días. Tampoco definía, como lo hace ahora, una parte importante de la producción cultural.

Desde que el 2 de octubre del año pasado TV3 dedicó toda la programación de informativos al “referéndum”, el material audiovisual no ha hecho más que crecer. También se han publicado muchísimos libros relacionados con el tema. En estos momentos entre los títulos más vendidos en catalán están Escrits de presó, de Joaquim Forn; Operació urnes, de Laia Vicens y Xavier Tedó, y su secuela, Més operació urnes, consecuencia directa de los más de cincuenta mil ejemplares vendidos de la crónica de la organización y el éxito de la consulta ilegal.

La cultura representa a una Cataluña dividida

Manifestantes que participaron en la acampada separatista de la Plaza de San Jaime, el 29 de septiembre.CreditJon Nazca/Reuters

“¿Habrías publicado ahora Otra Cataluña. Seis siglos de cultura en castellano si no hubiera ocurrido lo que ha ocurrido durante los últimos doce meses?”, le pregunto por teléfono a su autor, el periodista y escritor Sergio Vila-Sanjuán. Y me responde: “Era una material que tenía desde hace muchos años sobre la mesa, pero la nueva situación ha provocado que todo deba volver a discutirse desde cero, y mi voluntad era aportar a ese debate la información de toda una parte de la cultura que hasta ahora no se había sistematizado”.

El libro recuerda que, aunque la literatura catalana nació en los siglos XIII y XIV con autores de la importancia de Ramon Muntaner y se consolidó en el siglo siguiente con Ausiàs March y Joanot Martorell, en 1417 Enrique de Villena publicó en catalán y tradujo inmediatamente su libro Los doce trabajos de Hércules; a partir de entonces escribió sobre todo en castellano. Fue maestro del marqués de Santillana, escritor español, y padre de Isabel de Villena quien fue “educada en la corte de Alfonso el Magnánimo, religiosa Clarisa, desarrolló una carrera literaria propia en Valencia, y en lengua catalana”.

Se acaba de cumplir el sexto centenario, por tanto, del nacimiento de una cultura literaria bilingüe. Vila-Sanjuán documenta a decenas de escritores catalanes que escribieron en castellano, incluidos los líderes de la Renaixença (el renacimiento de la literatura en catalán, que se produjo durante el siglo XIX), que aunque ahora se hayan convertido en topónimos en catalán, firmaron sus artículos o sus libros con su nombre español, como es el caso de Buenaventura Carlos Aribau (que solamente publicó en catalán un poema, “A la pàtria“). Incluso en la edad de oro de la cultura y el idioma catalanes, la de Joan Maragall o Josep Carner, antes del funesto golpe de Estado de Francisco Franco, “no hay una hegemonía real, sino convivencia de ambas lenguas y predominio de una u otra en distintos ámbitos”, dice el autor.

La cultura representa a una Cataluña dividida

CreditEdiciones Destino

Del mismo modo que para ninguno de los entrevistados en Dos Cataluñastiene el mismo significado la palabra “democracia”, tampoco hay consenso sobre cómo es la relación entre el catalán y el castellano en esta sociedad. Ni siquiera hay acuerdo sobre qué ocurrió exactamente el 1-O. Esa confusión se observa en la exposición que se acaba de inaugurar en la antigua cárcel de La Modelo, 1 de Octubre y más: Barcelona, ciudad de derechos, porque en realidad se trata de tres exposiciones que evidencian precisamente el desacuerdo colectivo.

Por un lado tenemos dos muestras documentales, El 1 de Octubre, un día para no olvidar, con infografías y vídeos, y El 1 de Octubre, la fuerza de la gente, del fotorreportero que mejor documentó la jornada, Jordi Borràs. En los textos de sala se denuncia la desproporcionada represión policial, pero se asume acríticamente la legitimidad de la consulta y se ignora el proceso que condujo a ella. Por el otro lado está la exposición artística colectiva Resistencias y memorias. El arte contra la represión y la censura, comisariada por Paula Kuffer, que incluye a autores barceloneses de orígenes diversos, como el francés Pierre Marquès, la gallega María Ruido o el cubano Levi Orta.

“Nuestra voluntad es la de coser”, afirma Kuffer —traductora y experta en Walter Benjamin—, “la de construir un lugar de encuentro”. Tal vez se haya logrado fugazmente en las jornadas que han reunido durante este fin de semana a intelectuales de signo diverso, como Jordi Amat, Marina Garcés, David Fernández, Jordi Évole o Cristina Fallarás. Pero la impresión que comunica ese espacio carcelario, con esas exposiciones tan distintas, incluso contradictorias, que estarán abiertas al público hasta el 16 de octubre, es más de corte que de costura.

En cierto momento del documental de Netflix, Pablo Iglesias recuerda que España es un Estado plurinacional. Lo que muestra Dos CataluñasOtra Cataluña y 1 de Octubre y más: Barcelona, ciudad de derechos es que también Catalunya es plurinacional, aunque en la realidad sociopolítica y en sus representaciones culturales esos dos relatos no sean los predominantes.

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Los efectos secundarios de ‘Maniac’, la nueva serie de Netflix

Los efectos secundarios de ‘Maniac’, la nueva serie de Netflix

Jonah Hill y Emma Stone protagonizan <em>Maniac</em>, la nueva serie de Netflix. CreditMichele K. Short/Netflix

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Emma Stone, con cabello rubio claro y quien lucía pálida, estaba sentada en una silla en un plató de los estudios Silvercup, en Queens, Nueva York. Traía puesta una camisa blanca sin mangas y un overol gris. Bajo las luces fluorescentes, en su cara destacaba el ceño fruncido.

“Al final, ¿qué es lo normal?”, preguntó hacia la cámara.

Qué buena pregunta.

Stone se estrena en su primer gran papel televisivo como una joven emocionalmente dañada de nombre Annie en Maniac, un programa de diez episodios de media hora de duración. La serie, que estará en Netflix a partir del 21 de septiembre, realmente quiere mantener a los espectadores desequilibrados. Cuando crees que encontraste tu equilibrio, de inmediato terminas desorientado de nuevo. Y es que… ¿de dónde salieron esos elfos? Maniac es un programa con varios efectos secundarios.

“Era muy importante que no hubiera algo ‘normal’”, dijo el director Cary Fukunaga, conocido por True DetectiveSin nombre y Beasts of No Nation. Desarrolló el programa junto con Patrick Somerville, novelista y también escritor y productor de The Leftovers, de HBO.

Maniac está inspirada, muy muy vagamente, en una serie noruega absurdista que tiene el mismo nombre. La original está ambientada dentro de un hospital psiquiátrico y el personaje protagónico es Espen, un paciente de poca monta posiblemente esquizofrénico que reimagina su día a día con vidas fantasiosas como vaquero, héroe de guerra y superespía.

Cuando el productor Michael Sugar compró los derechos para la adaptación, se los ofreció a Fukunaga, quien aceptó porque “quería hacer algo que permitiera experimentar con varios géneros”, dijo. (Por ejemplo, aventura, suspenso y fantasía). Buscó a Somerville y juntos se deshicieron de prácticamente todo el concepto original.

En vez de un hospital psiquiátrico, idearon un ensayo clínico. Y Espen ahora son dos personajes, Annie (Stone), una mujer depresiva y adicta que lidia con un trauma familiar, y Owen (Jonah Hill), un hombre enajenado de su familia acaudalada y posiblemente esquizofrénico. Con la supervisión dudosa del doctor Mantleray (Justin Theroux) de Biotech y Neberdine Pharmaceuticals, los participantes del ensayo prueban una serie de píldoras diseñadas para curar cualquier enfermedad mental y “erradicar todas las formas innecesarias e ineficientes del dolor humano para siempre”. Los resultados varían.

Las pastillas, y una “tecnología de microondas”, trasladan a los participantes a momentos como de sueños en los que se enfrentan a traumas pasados y a mecanismos de superación. (¿Estará todo en su cabeza? Sí, muy probablemente). Las mentes de Annie y Owen terminan misteriosamente vinculadas y de repente son una pareja casada en Long Island y en otro momento estafadores bien vestidos de los años cuarenta. Y, en una secuencia, Annie es un elfo.

“Mitad elfo”, dijo Stone en entrevista telefónica. “No quisiera interpretar a un elfo completo”. Ya en un tono más serio, Stone dijo que el atractivo de sumarse al proyecto de diez episodios fue porque “es muy emocionante explorar un personaje con una gama más amplia a la que estoy acostumbrada”.

El tono también varía mucho: de repente es ligero y luego misterioso, gentil y después cruel, surreal, y luego agresivo; los cambios a veces suceden en un solo episodio. Incluso las escenas ambientadas en la supuesta vida ordinaria fuera del ensayo te hacen sentir desconcertado.

En el mundo de Maniac los avances tecnológicos no pasaron más allá de los años setenta; no existen los teléfonos celulares ni los microprocesadores. Abundan las drogas y, como parte del psicodrama (énfasis en lo psicótico) de repente hay un koala de color púrpura jugando ajedrez en un parque.

Los efectos secundarios de ‘Maniac’, la nueva serie de Netflix

Las mentes de los personajes de Hill y Stone quedan misteriosamente vinculadas durante la prueba experimental. CreditMichele K. Short/Netflix

Es decir que los personajes no están cómodos en sus vidas diarias, así que tampoco debe estarlo el público.

“Queríamos que la audiencia se sintiera desorientada sobre cuál es la realidad”, dijo Somerville. “¡La realidad es extraña!”.

Durante una visita al set en otoño pasado, esa realidad tenía mucha actividad. Habían completado la mitad del rodaje y varios asistentes con cafeína en mano iban corriendo para preparar el plató y a los actores para la siguiente escena.

Maniac fue grabada en cuatro meses, un periodo algo corto cuando solo hay un director para los diez episodios, sobre todo un director tan meticuloso como Fukunaga. “Para lo que queríamos lograr teníamos un presupuesto bastante bajo”, dijo Fukunaga (Netflix no quiso revelar el monto), “y una agenda casi imposible”.

Fue particularmente difícil para el equipo conseguir toda la utilería correspondiente a cada subrealidad de los sueños —durante la visita al set, Fukunaga consideró que una serie de armas medievales era muy aburrida (supongo que los elfos y mitad elfos merecen algo mejor)—, pero también fue complicado para los actores. Muchos aparecen como personajes distintos y varios de esos personajes parecen estar al tanto de que no son completamente reales. Cuando Stone interpreta a Arlie, la estafadora de los cuarenta, también debe interpretar unos momentos en los que Annie se da cuenta de dónde está y otros momentos en los que ambas se fusionan.

“Obviamente pensé: ‘¿Cómo diablos voy a hacer de cinco personajes y salir de uno y pasarme al otro cada día?’”, dijo. “Pero terminó siendo algo muy divertido”.

El otro reto, quizá el más complicado, fue realizar una serie que fuera tan extraña y torcida, con koalas y gráficos de computadoras antiguos, que fuera respetuoso de lo que sienten Annie y Owen debido a sus traumas y esquizofrenias y cómo estos han paralizado sus vidas. Eso tenía que sentirse real, incluso en una serie donde se debate qué es la realidad. Su dolor y su enfermedad nunca debían ser un chiste.

“El realismo emocional es lo que importa y si no tomábamos eso en cuenta todo se desmoronaba”, dijo Somerville.

Los efectos secundarios de ‘Maniac’, la nueva serie de Netflix

Cary Fukunaga, a la derecha, dirigió todos los episodios de “Maniac”, en la cual también aparecen Justin Theroux y Sonoya Mizuno, a la izquierda. CreditMichele K. Short/Netflix

Es un realismo que también era muy importante para Stone, quien ha hablado de que padece episodios de ansiedad; aunque no comparte la depresión y la adicción de Annie, las entiende. “No hay nada en mí, y creo que en ninguno de nosotros, que quiera aminorar esas luchas”, dijo.

Y aunque las pruebas de Neberdine sugieren una experimentación extrema, el programa tampoco quiere abogar en contra de la terapia o de las drogas psiquiátricas. De hecho, los mismos creadores dicen que abocaron tanto de sus vidas a la historia —con meses de conversaciones radicales e íntimas sobre cómo construirla— que terminaron “pasando por un proceso terapéutico”, dijo Fukunaga.

Probablemente hay maneras de acceder a ese proceso menos costosas que hacer una serie, aunque ahora que terminó la grabación Fukunaga le ve el lado bueno.

“Creo que ya estamos perfectamente bien y reparados”, bromeó. “Gracias, Netflix, por arreglar mi mente”.

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El guionista de ‘Barrio Sésamo’ confirma algo que ya sospechábamos: Epi y Blas eran pareja

Strambotic

El guionista de ‘Barrio Sésamo’ confirma algo que ya sospechábamos: Epi y Blas eran pareja

Tras años de rumores, bromas y especulaciones sobre la supuesta relación amorosa de Epi y Blas, la aclaración definitiva ha llegado. Mark Saltzman, guionista de Barrio Sésamo se ha encargado de confirmar lo que todo el mundo sospechaba.

Sí, los simpáticos personajes de trapo eran novios. “Cuando escribía a Epi y Blas, siempre he pensado que eran pareja. No tenía ninguna otra manera de contextualizarlo”, ha dicho Saltzman en una entrevista concedida a Queerty.

“Además, más de una persona se ha referido a Arnie y a mí como Epi y Blas”, ha revelado en referencia a Arnold Gassman, montador de cine que fue su pareja durante 20 años. Es más, aunque no era su intención, ha confesado que muchos de los aspectos de su relación de pareja acababan reflejados en las historias que protagonizaban las dos famosas marionetas.

“Arnold, como editor de cine, era el ordenado, el organizado, como Blas. Yo era más como Epi, el bromista. (…) El trastorno obsesivo compulsivo de Arnie creaba fricción con lo caótico que soy yo. Y esa es la dinámica de Epi y Blas. Llevé esa dinámica a los personajes”, ha explicado.

La supuesta homosexualidad de Epi y Blas siempre ha sido objeto de comentarios y muy a menudo se ha dado por hecha. De hecho, en 2013, el semanario The New Yorker utilizó una imagen de los dos personajes para ilustrar su portada sobre la decisión del Tribunal Supremo de Estados Unidos a favor de los matrimonios homosexuales.

El guionista de ‘Barrio Sésamo’ confirma algo que ya sospechábamos: Epi y Blas eran pareja

Noticia original en 20 Minutos. Con información de Yo Fui a EGB y Queerty.

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‘Dirty Money’: Michael Corleone tenía razón

‘Dirty Money’: Michael Corleone tenía razón

En el pasado un escandalillo sexual acababa con una carrera política en Estados Unidos; hoy lo que shockea es la corrupción. En la mente del ciudadano es la mentira, y no el cuero o el látigo, lo que ha llegado a ocupar el lugar de lo perverso. De eso habla en profundidad la serie documental de Dirty Money.

Ya lo vislumbró Michael Corleone en El padrino, cuando su padre lamenta que ningún Corleone esté manejando los hilos del poder. Entre las plantas de tomates, Michael lo consuela: «Ya legaremos, papá. Ya llegaremos». Y llegaron. A aquí van unos cuantos personajes de los que don Vito estaría orgulloso.

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Dirty Money comienza con el director de la serie, Alex Gibney, emprendiéndola contra Volkswagen por falsificar los índices de monóxido de carbono que emiten sus vehículos. NOx Duro trata sobre la necesidad de aumentar las ventas. Con precisión alemana, ejecutivos y técnicos desarrollan un truco tan técnicamente sofisticado que hará que los científicos se rasquen la cabeza durante años.

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El timo germano y El golpe del jarabe de arce ilustran los dos extremos de la corrupción presente en las grandes industrias. El robo de la «miel canadiense», perpetrado por sus propios empleados, fue tosco y rústico. Pero ambos engaños fueron exitosos y afectaron seriamente a dos marcas paísconsolidadas. Lo cual hace pensar: ¿habrá un cártel del azafrán?, ¿una mafia del aceite de oliva?

Reza un dicho ruso: «El pescado se pudre por la cabeza», y justamente por eso esta serie resulta iluminadora. Pero lo cierto es que la cabeza sola no alcanza para dirigir una gran organización, para ello el resto del pescado también debe pudrirse.

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Uno de los episodios más inquietantes es Banca y Lavado, pues echa por los suelos toda idea preconcebida sobre quiénes son los malos y quiénes los buenos. En este punto Dirty Money toma una postura moral y no simplemente moralizante. En estos asuntos, como en las novelas negras  de James Ellroy, no existen los inocentes.

La investigación y los testimonios exponen que ni los bancos ni los países desean terminar con un negocio tan descomunal y provechoso como el lavado de dinero. Y lo más curioso: el espectador casi siente pena por los muertos y presos de los cárteles, atrapados entre la codicia del narco y la avaricia del sistema bancario. Una desilusión como la que produce una peli de Costa Gavras.

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Al contrario que otros capítulos, Venta corta y farmacéuticas desarrolla dos historias. Una, la del ideólogo que pergeña la adquisición de laboratorios para aumentar estratosféricamente la rentabilidad de sus drogas indispensables. La otra, la del autoengaño del inversor que financia al ideólogo. Eso que en política se denomina hibris y en castizo, capullez.

La diferencia con otros documentales –que tienden a ser especulaciones o teorías– es que Dirty Money no plantea causalidades, sino que va y viene abriendo habitaciones interconectadas. No ilustra tramas perfectas, sino centrípetas, como la realidad.

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Si en la mayoría de los documentales los acusados eligen la invisibilidad, Scott Tucker, el empresario de Día de pago, defiende con uñas y garras su empresa millonaria construida sobre préstamos usureros, un collage turbio de textos legales y la rapiña más pura y dura. Tucker también defiende ferozmente sus cochecitos de carrera.

La cleptocracia no es nueva, pero sí lo es su flagrancia. Por eso, el Estado irá a por Tucker como un misil termoguiado. La estrella del drama es el empresario, pero los actores secundarios tampoco tienen pérdida: un abogado con cara de asesino, una esposa furiosa y una adolescente  que aún cree en el Ratón Pérez. Un casting digno de Scorsese.

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Y llegamos al capítulo final, el episodio sobre Donald Trump, especulador inmobiliario y líder del mundo libre. El hombre de confianza no es una trama de corrupción. Se trata más bien del perfil del constructor y la demolición de su credibilidad. El derrumbe de un mito autogestado por medio de material de archivo utilizado cual bola de derribo.

Cada aseveración que Trump hace sobre su riqueza, su capacidad o su integridad es destrozada de inmediato por imágenes, testigos y periodistas. Un alegato devastador contra la mentira como no se ha visto en años. Dan ganas de comprar palomitas y sentarse a disfrutar de la humillación ajena.

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Pero ese es solo el aspecto mediático del problema de la corrupción sistémica. Lo más importante de Dirty Money es su moraleja silenciosa. El hecho de que el estado de derecho está bajo un doble ataque por parte de la plutocracia y del crimen megaorganizado, dos fuerzas que  persiguen fines similares: crear feudos parásitos dentro del Estado de derecho.

Fenómeno que Nils Gilman denomina «la doble insurgencia». Una infección que tarde o temprano nos afectará a todos y que ni un paquete de palomitas ni un vino con Michael y don Vito podrán subsanar.

‘Dirty Money’: Michael Corleone tenía razón

POR CLAUDIO MOLINARI
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¿Cuáles son los mitos culturales del siglo XXI?

¿Cuáles son los mitos culturales del siglo XXI?

Desde la izquierda: Tom Holland, Robert Downey Jr., Dave Bautista, Chris Pratt y Pom Klementieff en “Vengadores: Infinity War”. CreditMarvel/Disney

Atención a las cinco películas que están arrasando en la taquilla de este año. Vengadores: Infinity War, sobre un grupo de superhéroes creados a principios los años sesenta que se unieron por primera vez en un cómic de 1963. Pantera Negra, que convierte en protagonista de nuestra época a un personaje que debutó como secundario de Los Cuatro Fantásticos en 1966. Mamma mia: Una y otra vez, cuya banda sonora es de ABBA, un grupo que lanzó sus grandes éxitos en los años setenta. La sexta entrega de la saga Misión Imposible, basada en una serie de televisión de los años sesenta y setenta. Y Los increíbles 2, una película de animación sobre una entrañable y simpática familia superheroica que vive en… ¿adivinan? ¡Sí! ¡Los años sesenta!

Cuando nos despertamos en la segunda década del siglo XXI, la mitología del siglo XX seguía allí. El éxito de Harry Potter ha explotado exponencialmente en estas dos décadas, pero las novelas están ambientadas en los años ochenta y noventa. Los niños de hoy todavía usan pijamas de Mickey Mouse, quien dentro de diez años cumplirá un siglo de vida. Y en carnaval se visten como Superman, Batman o el Capitán América, que nacieron en plena Segunda Guerra Mundial. Aunque Frozen o La patrulla canina hayan ocupado un espacio importante en el imaginario infantil de nuestra época, siguen siendo predominantes los personajes del siglo pasado de los universos de Disney, Marvel y D.C.

Muchos de esos mitos también entretienen masivamente al público adulto, que se mantiene fiel —en su amor esquizofrénico— tanto a la saga setentera de Guerra de las Galaxias como a los nuevos discos y conciertos de sus contemporáneos Bob Dylan o The Rolling Stones.

¿Cuáles son los mitos culturales del siglo XXI?

Emilia Clarke y Kit Harington en “Juego de tronos” CreditHBO

Son pocos los nuevos iconos en el horizonte de la gran mitología popular del siglo XXI. No es casual que varios de ellos pertenezcan a Canción de Hielo y Fuego, la serie de novelas de George R. R. Martin, gracias sobre todo a su versión televisiva, Juego de tronos. No es casual porque las series de televisión se han convertido en la nueva máquina de generar mundos globalmente reconocibles. De Los Soprano a El cuento de la criada, pasando por Perdidos o Mad Men, la mayoría de los personajes que han engendrado más odio o admiración en los últimos años han nacido en la pequeña pantalla (la de la TV, el ordenador portátil o el teléfono móvil).

Aunque nuestra realidad ya no admita jerarquías ni centros —y sin consenso mayoritario no hay mitología—, lo cierto es que los mitos del siglo pasado han sabido pervivir en el nuestro con un protagonismo indiscutible. ¿Por qué ninguna serie de los últimos años ha logrado construir un personaje tan perdurable como Spiderman? ¿Por qué, si vamos más atrás, Sherlock Holmes o Hércules Poirot siguen reencarnándose en cómics, películas, series, obras de teatro, musicales o videojuegos? Más allá del tapón generacional o del tiempo que exigen los dioses para acumular los estratos de lecturas, versiones e interpretaciones que les aseguran la posteridad, es necesario preguntarse —con Bugs Bunny, creado en 1940—: ¿qué hay de nuevo, viejo?

Pues lo que hay de nuevo son, por ejemplo, los peluches de Ty. Aunque los primeros Beanie Babies surgieron en los ochenta y pronto se convirtieron en piezas de colección, fue en los años dos mil cuando la línea de juguetes protagonizó uno de los primeros fenómenos de venta en línea.

En la actualidad entre los suaves animalitos de ojos brillantes encontramos no solo a ratones o pingüinos, sino también a Garfield, los cachorros de La patrulla canina o todos los unicornios de Mi pequeño pony. Lo mismo ocurre con Funko Pop!, esos muñequitos cabezones que se encarnan en cualquier personaje pop, convirtiendo tanto a Popeye o a Dumbo como a los protagonistas de Stranger Things en enanitos del mismo tamaño y, de paso, en piezas de la misma infinita colección.

¿Cuáles son los mitos culturales del siglo XXI?

El local de Funko en la Feria Internacional del Juguete de América del Norte tuvo una gran afluencia de visitantes en 2017. CreditDamon Winter / The New York Times

Le podríamos llamar la lógica Lego. Todo puede construirse con esos pequeños ladrillos de colores. Todos los mundos son reproducibles en Legolandia o en las películas y series de animación de Lego: ninjas, caballeros medievales, superhéroes, cualquier imaginario. Aunque el juego de construcción no sea un invento del siglo XXI, sí lo son sus variaciones audiovisuales. Unas historias que demuestran que todo puede traducirse al formato Lego, igual que cualquier personaje puede tener su versión Beanie Baby o Funko Pop!

¿Son esas plataformas transversales los mitos que está generando nuestra época? Es muy probable. Ahora que Google cumplió veinte años, podemos observar el buscador como un parque temático o como un universo, diseñado para que pases en él el mayor tiempo posible. Si buscas los ganadores de los Oscar, te muestra las caras de los actores o los pósteres de las películas, para que no acudas a las fuentes que dieron la noticia.

Y si buscas a Platón o a Clarice Lispector, te enseña en un recuadro parte de lo que Wikipedia dice sobre ellos, para que no cliquees el vínculo y te vayas con tu música a otra parte.

Lo mismo hacen Facebook o Twitter o Netflix, contenedores gigantescos que ofrecen innumerables mitologías, al tiempo que ellos mismos se van convirtiendo en mitos. Como el Monte Olimpo, como la Biblia, como el Multiverso, esas marcas globales son espacios virtuales polimorfos que albergan múltiples imaginarios. Los personajes o los mundos narrativos pueden pasar de moda, pero los nuevos dioses, con su catálogo infinito de imágenes y relatos, están diseñados para perdurar.

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Alemania 74: el Mundial que precipitó la agonía de Franco

Iñaki Berazaluce

Alemania 74: el Mundial que precipitó la agonía de Franco

Franco, en el palco del Bernabéu, el estadio del régimen por antonomasia.

La inolvidable Copa del Mundo de 1974 se jugó en Alemania (mejor dicho, en la República Federal Alemana) en junio y julio de 1974, y supuso la consagración de Johan Cruyff, líder de la llamada “Naranja Mecánica”, la selección de Holanda que cayó derrotada con la anfitriona en la final por 2-1.

El Generalísimo Francisco Franco, gran aficionado al fútbol y teleadicto en sus últimos años de vida, se tragó todos los partidos que retransmitió TVE de aquel Mundial, en torno a una veintena. “Y eso que España no se había clasificado”, según apostilla Álvaro Corazón Rural en un reciente artículo en JotDown (‘Un culé al que le gustaba el Madrid’).

Según recordaba Paul Preston en su monumental y controvertida biografía de Franco: «El 9 de julio el caudillo ingresó en el Hospital Francisco Franco por consejo de Vicente Gil, para tratar una flebitis en la pierna derecha. Gil atribuyó el problema a la repetida presión ejercida por la caña de pescar que apoyaba en su pierna y a que durante la Copa Mundial de Fútbol de 1974 hubiera permanecido sentado ante el televisor mirando todos y cada uno de los partidos que se habían transmitido».

«Todos y cada uno, como nosotros si pudiéramos -apostilla Corazón Rural-. Hasta los partidos de Haití se tragó el caudillo. Y eso que España no se había clasificado. Se dice que los dictadores utilizaron el fútbol para prolongar sus regímenes y el nuestro, de algún modo, se acortó gracias a él».

Alemania 74: el Mundial que precipitó la agonía de Franco

Arias Navarro lleva al Caudillo el tomo de sentencias de muerte para firmar esa mañana, antes del café.

Se trata, no obstante, de una licencia periodística, porque el Caudillo no hubiera podido ver las tres derrotas de Haití (frente a Polonia, Argentina e Italia) ni aunque hubiese querido, a no ser que se hubiera arriesgado a darse un garbeo por RFA, su antigua aliada durante la guerra y ahora regida por los EE.UU. tras la derrota del III Reich en la Segunda Guerra Mundial. El motivo es que Televisión Española sólo retransmitió veinte partidos de los 41 disputados durante el Mundial 74.

Según confirma el profesor universitario Manuel Palacio en su ensayo ‘Franco y la TV’ [.pdf], “la tromboflebitis que sufrió Franco en el verano de 1974 tuvo que ver con la inactividad que sufrió entre el 17 de junio y el 7 de julio, fechas en las que visionó la totalidad de los veinte partidos de fútbol que se emitieron con motivo del Mundial de Fútbol de 1974”. De ser así, efectivamente aquel bien hallado Mundial acortó la vida de Franco y, por ende de su régimen fascista.

Alemania 74: el Mundial que precipitó la agonía de Franco

Johan Cruyff, haciendo diabluras en el Holanda, 4 – Argentina, 0.

Aunque durante los primeros años de la televisión que él mismo fundó, Franco fue pragmático y no hacía demasiado caso de la “caja tonta”, a medida que fue haciéndose mayor le cogió el gusto al electrodoméstico y durante la década de los setenta, cuando ya chocheaba, se hizo adicto a la TV. Cuenta Palacio:

«(…) En la familia Franco debían de conceder un gran valor simbólico a la televisión si recordamos que cuando en 1974 despiden a Vicente Gil, médico personal del Jefe del Estado durante la friolera de treinta y siete años, le regalan como agradecimiento por los servicios prestados un televisor en color: “No sabía qué enviarte y entonces, como tú eres muy casero y muy familiar, te hemos mandado un televisor”, le explica Carmen Polo al galeno. En El Pardo, Franco poseía en los años setenta al menos dos televisores (algo obviamente muy inhabitual en la España de ese tiempo). Uno el Autovox del que ya hemos hablado, en blanco y negro de unas treinta y dos pulgadas, colocado en la habitación que hacía las funciones de salón privado, y que llegó a contar con un sistema de mando a distancia por cable. Y un segundo en color dispuesto en el comedor para amenizar almuerzos y cenas (en ese tiempo TVE emitía tan solo unas diez horas de televisión en color para el disfrute de unos 40.000 propietarios de aparatos pancromáticos)».

Tal vez en un universo paralelo, Franco hubiese seguido los consejos de su fiel Vicente Gil, moderando su desaforado consumo televisivo y, quién sabe, prolongando su vida hasta Argentina 78, el Mundial con el que otros espadones, Videla y compañía, hipnotizaron al pueblo argentino.

Alemania 74: el Mundial que precipitó la agonía de Franco

Visto en JotDown. Con información de Wikipedia y‘Franco y la TV’ [.pdf].

 

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Cuando tu smart TV te espía

Estamos acostumbrados a que las páginas web rastreen nuestra navegación a través de las cookies y nos sirvan publicidad relacionada con nuestros hábitos en internet. Es lo que hace años llamaban en inglés behavioural advertising, que a efectos prácticos sería algo así como publicidad comportamentalCostó, pero es algo que aunque todavía irrita, hemos asumido. Lo que no podíamos imaginarnos es que este mismo fenómeno sucedería cuando viésemos la televisión. Si tienes un televisor inteligente (smart TV), asume que las compañías pueden saberqué estas viendo.

Existen compañías que se dedican a recopilar esa información con el objetivo de que la persona que está viendo la televisión reciba anuncios personalizados, no sólo en su smart TV, sino también en el resto de dispositivos con los que navega por internet.

Según ha revelado The New York Times, Samba TV es una de estas compañías que, en función de nuestros hábitos de consumo televisivo, nos hace llegar anuncios de determinados programas que se emiten. En EEUU la propia compañía admite recopilar datos de cerca de 13,5 millones de televisores inteligentes, una cifra que le ha valido para conseguir una ronda de financiación de 40 millones de dólares, captando el interés (y el dinero) de multinacionales como Time Warner.

¿Cómo es posible realizar esta rastreo? Pues gracias a acuerdos previos con los fabricantes de los televisores. Así, Samba TV tiene alianzas con Sony, Sharp, TCL y Philips, en virtud de las cuales instala su software en los aparatos. Las personas que adquieren uno de estos aparatos visualizan en sus pantallas una sugerencia para utilizar el servicio Samba Interactive TV, con el que recibirán recomendaciones de programas y ofertas especiales. Sin embargo, no se advierte a l@s consumidor@s de la cantidad de datos que recolecta el software para ello. Con todo, ya es algo más de lo que hacía Vizio, que en 2017 fue condenada a paga 2,2 millones de dólares por haber estado monitoreando durante dos años el comportamiento televisivo en 11 millones de aparatos sin consentimiento de las personas afectadas.

El software de Samba es capaz de rastrear todo cuanto se visualiza en la pantalla, incluidos los videojuegos. Entre los perfiles que puede determinar en función de los hábitos de consumo se encuentra el político, esto es, si se es más progresista o conservador; de hecho, Samba TV ya ha ofrecido esta información a sus anunciantes.

En realidad, compañías como Samba TV no venden directamente la información que recolectan, sino que venden a los anunciantes la posibilidad de enviar sus anuncios a los diferentes dispositivos conectados a la red de l@s usuari@s que es capaz de detectar el software. Bienvenidos al mundo conectado.

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De negro

 Al que no le guste TVE, que cambie de canal. Ese es el descaro inmoral que rige entre los políticos españoles

Cada tarde nos muestran su trabajo en
Cada tarde nos muestran su trabajo en ‘España Directo’. Hoy los veremos de negro porque hoy es #ViernesNegroRTVE #sosRTVE #DefiendeRTVE. TWITTER 

Muchos periodistas de TVE visten de negro cada viernes a modo de protesta. Reporteros, presentadores, la cara visible de la televisión pública muestra así su incomodidad por el control político de la labor informativa. Hace unos días, el ministro de Hacienda resumió la posición del Gobierno sobre este asunto: Al que no le guste TVE, que cambie de canal. Ese es el descaro inmoral que rige entre los políticos españoles cuando se trata de los medios de información de propiedad pública. Los toman para sí y quien aspire a una gestión profesional, que se fastidie. En realidad, el verbo que usan en público y privado es más elocuente: que se jodan. La secretaria de Estado de Comunicación fue grabada mientras dirigía esa frase a los jubilados que protestaban contra la presencia del presidente Rajoy en un acto. Las imágenes no fueron emitidas en la televisión pública por orden de arriba, y eso ha provocado las dimisiones de dos jefes intermedios.

Hace poco, en un noticiario televisivo, el presentador anunció que iban a emitir unas imágenes deleznables. Un joven propinaba un puñetazo a un mendigo y lo tumbaba contra el bordillo. El vídeo, grabado por un compinche del agresor, fue emitido en bucle. Una, dos, tres, hasta dieciséis veces pude contar. Es un hábito televisivo abusar de imágenes chocantes, pero en el caso de la alto cargo desaprensiva se ordenó ocultar el vídeo porque podía perjudicar la imagen del Gobierno. Es la anécdota que confirma la apropiación indebida de la tele pública. Sus profesionales la sostienen y prestigian gracias a la calidad personal y a una discreción elogiable, pero se sienten incómodos y piden a la ciudadanía, con gestos como el de la ropa negra, que reclame a tantos patriotas y defensores de la Constitución que apliquen idéntico rigor al trato a los medios públicos.

En un momento en el que España está pasando un examen forzado de su calidad democrática, los organismos europeos están escandalizados del uso politizado de los medios públicos entre nosotros. La reforma parlamentaria para el nombramiento del presidente de RTVE está bloqueada por el PP. En realidad, más que reformar se trata de regresar al formato que Zapatero tuvo la dignidad de establecer, basado en el acuerdo entre partidos, un milagro temporal que Rajoy se encargó de fulminar en el mismo instante en que accedió al poder, con una única estrategia de mandato: rendir los valores del derecho a la información al privilegio oportunista de dominar la línea editorial. Una degeneración del voto democrático hacia el ventajismo partidista. Negro es hoy el color de la luz.

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El virus de ‘The Rain’ propaga el miedo a lo intangible

Netflix estrenó  ‘The Rain’, su primera serie danesa. Un drama postapocalíptico de ocho episodios protagonizado por un grupo variopinto de personajes que unen fuerzas para sobrevivir en un mundo hostil en el que el ser humano ha perdido su humanidad ante un enemigo intangible. 

Netflix estrena ‘The Rain’, su primera serie danesa.

 MARÍA JOSÉ ARIAS

Una vez mostrado el repertorio propio de género -cómo era la vida antes del caos y lo más o menos afortunados que eran todos con su vida moderna llena de comodidades-, lo que hace The Rain es soltar lastre, deshacerse de lo que podría convertirla en una serie más sobre el apocalipsis que se parece a esta o aquella para andar su propio camino. Porque en realidad de lo que trata esta historia es de lo que hace al ser humano ser eso, humano. Lo que le diferencia de los animales. Es algo que se empieza a intuir hacia el final del primer episodio y que se aborda de lleno en un tercer capítulo que establece las reglas del juego de la ficción creada por Jannik Tai Mosholt, Esben Toft Jacobsen y Christian Potalivo.

 El primer aspecto del que se desprende The Rain sin ningún tipo de pudor o miramiento es del concepto de drama postapocalíptico familiar. Y lo hace, además, de una manera cruel y violenta dejando solos a los dos protagonistas principales de la historia, Simone (Alba August) y Rasmus (Lucas Lynggaard Tønnesen). Dos hermanos que se quedan aislados en un búnker en el que tienen todo lo que necesitan para sobrevivir. Seis años después (un capítulo para el espectador), la comida se ha agotado y deben arriesgarse a salir al exterior. Ella asoma más madura, con complejo de madre que ha de cuidar de su polluelo a toda costa. Es lo que le pidió su padre y es lo que lleva haciendo los últimos años. Él, como un ingenuo adolescente que entró como niño y no sabe de qué va la vida.

Cuando abandonan el refugio subterráneo en el que fueron confinados por su propia seguridad y en el que han esperado el regreso de un padre cuyo destino es uno de los misterios a resolver, Simone y Rasmus hacen acto de presencia en un mundo desolado, gris y endurecido para el que no están preparados por muchas razones. Principalmente porque cuando entraron en el que ha sido su hogar tanto tiempo ella era una adolescente cuya máxima preocupación era un examen y una cita con el guaperas del grupo y él, un niño asustado. Llevan demasiado tiempo aislados y son incapaces de imaginar el tipo de horrores al que se han enfrentado quienes han sobrevivido al virus.

No solo porque ahora, como buena historia apocalíptica, las ciudades parezcan fantasmas, haya cadáveres abandonados en los recovecos más inesperados y cualquier rastro de civilización sea un mero recuerdo, sino porque hay dos cosas que han desaparecido y que son la esencia de The Rain. Por un lado, la comida. Por otro, la humanidad. Con la primera escaseando y convertida en un lujo, las personas han mutado hasta convertirse en bestias, en animales capaces de acorralar y masacrar a un padre y su hijo por unas migajas de alimento que no servirán para saciar su hambre. De todo eso se sirve The Rain para cimentar una atmósfera terrorífica y angustiosa. De eso y del temor a un enemigo invisible. No hay zombis, ni extraterrestres, ni criaturas mutantes. Lo que provocó la situación en la que se encuentran es un virus que se propagó con la lluvia. Cada escena en la que se ve a los protagonistas ‘relajados’, camino de algún lado o disfrutando de un descanso no es más que el preludio de que algo va a ocurrir. Los personajes están siempre alerta. El espectador, también.

 
La serie danesa

En eso ahonda The Rain, al menos es sus tres primeros episodios -facilitados por Netflix a los medios antes del estreno de hoy a nivel mundial-. Lo que se ve es una serie que arranca con un planteamiento muy al uso y que se va desligando de él poco a poco. Abandonando en el camino lo que no quiere ser para convertirse en lo que realmente le interesa. En el grupo de personajes principales los hermanos no están solos. En su salida al exterior tropiezan con cinco extraños liderados por un antiguo soldado que se convierte en su mejor baza para sobrevivir en un mundo hostil al que no pertenecen. Son distintos entre sí y se encuentran juntos por necesidad, porque siempre es más fácil sobrevivir y resistir los ataques en manada. Tienen al líder, al amigo del líder, el nerd, la friki y la que hace cualquier cosas para sobrevivir.

Aunque no es nuevo, lo más interesante que plantea The Rain es la dicotomía entre la ingenuidad de quienes han pasado seis años encerrados en un búnker y aún conservan su humanidad frente a los que llevan seis años luchando por sobrevivir. A partir de ahí, pueden pasar varias cosas. Que Simone y Rasmus hagan como Maca en Vis a vis y se mimeticen con el nuevo ambiente en el que les ha tocado vivir o que Martin (Mikkel Boe Følsggard), Patrick (Lukas Løkken), Beatrice (Angela Bundalovic), Lea (Jessica Dinnage) y Jean (Sonny Lindberg) se reencuentren con esa parte de su humanidad que creían perdida. En el equilibrio deberán encontrar la forma de encajar para sobrevivir. Las reglas han cambiado y la solidaridad puede ser lo que acabe con ellos. The Rain es un poco más The 100, que acaba de estrenar su quinta temporada, que The Walking Dead o Falling Skies, por ejemplo.

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‘Wild Wild Country’: no hay guion que supere un documental así

‘Wild Wild Country’: no hay guion que supere un documental así

La eterna disputa entre realidad y ficción es un combate de escaso interés, como lo son todos aquellos decididos de antemano. A la ficción no solo se le exige que sea buena, también ha de parecerlo. Real. Verosímil. No basta que los hechos sean entretenidos, tienen que guardar cierta lógica y resultar creíbles. La realidad, obviamente, no se enfrenta a ese problema. Vale todo. Un día puedes salir de tu casa rumbo a la oportunidad de tu vida y llega un autobús, te atropella y te quita del tabaco. Esas cosas pasan, pero prueba a escribirlo en una película, verás dónde te mandan.

Por eso, por más que un experimentado guionista quiera exprimir hasta la última gota de su imaginación para parir una obra magnífica, nunca podrá competir con algo como Wild Wild Country. A lo largo de sus seis capítulos (de una hora de duración), el espectador tendrá que pellizcarse en repetidas ocasiones para creerse la narración. De hecho, si fuera ficción, el primer impulso sería desconectar. Sin embargo, como sabemos que es real, toda la atención se centra en saber cómo fue posible. Por eso la realidad siempre gana.

Cuanto menos se sepa a la hora de enfrentarse a esta nueva producción de Netflix, mejor. Aunque valga como mínima sinopsis que la serie documental recoge las aventuras y desventuras de una secta liderada por un gurú indio llamado Bhagwan. Del apellido tomarían el nombre sus seguidores, los rajneeshes. La congregación se inicia en su país natal, pero tras algunos problemas legales deciden mudarse para construir desde cero una ciudad. Así, como suena.

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El resultado es que miles de excéntricos desembarcan en medio de ninguna parte. Concretamente, en un minúsculo pueblo de Oregón. En el Oregón de 1981, si es que aquello ha cambiado mucho desde entonces.

Los documentales, al igual que cualquier obra audiovisual, basan su éxito en la pericia para transmitir la historia. En cómo se presenta y se dosifica la información. Y Wild Wild Country lo hace de manera magistral. El arranque utiliza las declaraciones actuales de algunos vecinos de Antelope, el pueblo en mitad de la nada. Ellos rememoran cómo vivieron la llegada de unos invasores con prendas rojas de pies a cabeza.

El espectador, que también se enfrenta a lo desconocido, queda inmediatamente identificado con ellos. Para mayor impacto, las entrevistas se entremezclan con imágenes de archivo de la llegada de los rajneeshes.

Ya desde la misma presentación se apunta la comisión de delitos. Como esos sucesos tardarían mucho en llegar, aquí se adelantan en forma de píldoras. Sin desvelar nada concreto que arruine la sorpresa, pero insinuando el impresionante lío que se formaría con aquellos tipos.

A continuación se introduce a Ma Anand Sheela. Aún no lo sabemos, pero será la gran protagonista de la historia, ya que la secretaria y portavoz del gurú participará en escándalos mayúsculos. De nuevo, otra píldora informativa con imágenes de los 80 para ponernos en antecedentes. Y llega el primer bombazo: el tiempo ha pasado y esa señora que camina de espaldas por el bosque, con aire apacible y pinta de pasar las tardes colaborando con una ONG, es ella. El documental ha conseguido su testimonio. Y va a contarnos paso a paso todo lo que sucedió con su secta.

La narración la completan varios rajneeshes, ahora convertidos en personas de aspecto respetable que peinan canas. Como la comuna estaba repleta de cámaras de vídeo y la televisión alimentó el escándalo durante años, todo cuanto desvelan se confronta y completa con las imágenes de lo que afirmaban hace más de tres décadas.

Estos personajes también son impagables: un abogado de éxito que lo deja todo para seguir al líder, una mujer que parece no haber roto nunca un plato, pero termina reconociendo ante la cámara un intento de asesinato. También la encargada de la comunicación. En aquella época, todos idolatraban al gurú, que acumulaba más lujo del que podía disfrutar. Algunos de ellos, incluso, lo siguen haciendo hoy. Y hasta se aferran a su legado.

Por más momentos inverosímiles que ofrezcan, que hay varios, ninguno de ellos aguanta la comparación con Ma Anand Sheela. Ella es el documental. Es un personaje imposible, que esconde bajo su quietud una fiera capaz de pasearse por los platós norteamericanos exhibiendo un carisma y un modo de expresarse que ya querría para sí la estrella de rock más transgresora. Y no titubea a la hora de amenazar, de forma no siempre velada, a cualquiera que osara interponerse en su camino.

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¿Y por qué este documental de Netflix supera a cualquier serie de ficción? Porque abundan cosas que, si leemos en un guion, tildaríamos de locura y tacharíamos con rotulador rojo. Como muestra, ni al villano más arquetípico de una historia de superhéroes se le ocurriría el plan que lleva a cabo la portavoz de la secta para ganar las elecciones del condado de Wasco. Es tan retorcido y desprovisto de toda ética que, de no estar viéndolo con tus propios ojos, jamás pensarías que sucedió. Te lo cuenta un amigo y vas corriendo a Google a desmentirlo.

Algunas locuras son desveladas en los inicios, como la manera en la que se levanta la ciudad. De un campo yermo terminan sacando agricultura sostenible. De la nada absoluta, del polvo, construyen multitud de casas, instalan un sistema de tuberías y una estación eléctrica. Si hasta terminan con su propio aeropuerto… Todo lo necesario y más, listos para albergar una comunidad de diez mil personas.

Los directores juegan continuamente con el espectador gracias a la forma de desgranar los hechos. Si al principio lograron la identificación con los vecinos, en cuanto les dejan hablar un poco más comprendemos que sus argumentos son ridículos. Se convierten en caricaturas, esgrimiendo razonamientos absurdos y escandalizados por las prácticas sexuales que tenían lugar en la comuna. En un abrir y cerrar de ojos pasan de apacibles lugareños a rancios que rechazan al extraño con un crucifijo en una mano y un arma en la otra.

Aunque el documental presenta los claroscuros de todos. Ni deja a títere con cabeza ni apunta con el dedo a nadie. Hablan los hechos. Así, los seguidores de la secta, el gurú y sus secuaces, los vecinos de Antelope y las autoridades tienen trapos sucios que la serie se encarga de sacar a la luz sin pudor alguno.

Y todo ello con un ritmo narrativo impecable que se mantiene de principio a fin. Entre la sorpresa de los capítulos iniciales y el interés de cómo se cerró aquella locura hay episodios intermedios que siempre reservan un giro final. La bola se hace más y más grande y, cuando parece que va a detenerse, sigue aumentando.

Normalmente, las obras de ficción versan sobre temas universales que se repiten a lo largo de los tiempos. Los relatos se sirven de algunos de ellos para articularse. Sin embargo, aquí da la sensación de que están todos. Amor, dinero, muerte. Tribunales, fe, mentira, sensacionalismo, traición, crimen, patriotismo, sexo, espionaje, racismo, matrimonio, política. Todo eso y mucho más. Cualquier cosa imaginable. Por increíble que parezca, Wild Wild Country ha llegado para que el espectador alucine comprobando que sí, que todo aquello sucedió de verdad.

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