Alemania 74: el Mundial que precipitó la agonía de Franco

Iñaki Berazaluce

Alemania 74: el Mundial que precipitó la agonía de Franco

Franco, en el palco del Bernabéu, el estadio del régimen por antonomasia.

La inolvidable Copa del Mundo de 1974 se jugó en Alemania (mejor dicho, en la República Federal Alemana) en junio y julio de 1974, y supuso la consagración de Johan Cruyff, líder de la llamada “Naranja Mecánica”, la selección de Holanda que cayó derrotada con la anfitriona en la final por 2-1.

El Generalísimo Francisco Franco, gran aficionado al fútbol y teleadicto en sus últimos años de vida, se tragó todos los partidos que retransmitió TVE de aquel Mundial, en torno a una veintena. “Y eso que España no se había clasificado”, según apostilla Álvaro Corazón Rural en un reciente artículo en JotDown (‘Un culé al que le gustaba el Madrid’).

Según recordaba Paul Preston en su monumental y controvertida biografía de Franco: «El 9 de julio el caudillo ingresó en el Hospital Francisco Franco por consejo de Vicente Gil, para tratar una flebitis en la pierna derecha. Gil atribuyó el problema a la repetida presión ejercida por la caña de pescar que apoyaba en su pierna y a que durante la Copa Mundial de Fútbol de 1974 hubiera permanecido sentado ante el televisor mirando todos y cada uno de los partidos que se habían transmitido».

«Todos y cada uno, como nosotros si pudiéramos -apostilla Corazón Rural-. Hasta los partidos de Haití se tragó el caudillo. Y eso que España no se había clasificado. Se dice que los dictadores utilizaron el fútbol para prolongar sus regímenes y el nuestro, de algún modo, se acortó gracias a él».

Alemania 74: el Mundial que precipitó la agonía de Franco

Arias Navarro lleva al Caudillo el tomo de sentencias de muerte para firmar esa mañana, antes del café.

Se trata, no obstante, de una licencia periodística, porque el Caudillo no hubiera podido ver las tres derrotas de Haití (frente a Polonia, Argentina e Italia) ni aunque hubiese querido, a no ser que se hubiera arriesgado a darse un garbeo por RFA, su antigua aliada durante la guerra y ahora regida por los EE.UU. tras la derrota del III Reich en la Segunda Guerra Mundial. El motivo es que Televisión Española sólo retransmitió veinte partidos de los 41 disputados durante el Mundial 74.

Según confirma el profesor universitario Manuel Palacio en su ensayo ‘Franco y la TV’ [.pdf], “la tromboflebitis que sufrió Franco en el verano de 1974 tuvo que ver con la inactividad que sufrió entre el 17 de junio y el 7 de julio, fechas en las que visionó la totalidad de los veinte partidos de fútbol que se emitieron con motivo del Mundial de Fútbol de 1974”. De ser así, efectivamente aquel bien hallado Mundial acortó la vida de Franco y, por ende de su régimen fascista.

Alemania 74: el Mundial que precipitó la agonía de Franco

Johan Cruyff, haciendo diabluras en el Holanda, 4 – Argentina, 0.

Aunque durante los primeros años de la televisión que él mismo fundó, Franco fue pragmático y no hacía demasiado caso de la “caja tonta”, a medida que fue haciéndose mayor le cogió el gusto al electrodoméstico y durante la década de los setenta, cuando ya chocheaba, se hizo adicto a la TV. Cuenta Palacio:

«(…) En la familia Franco debían de conceder un gran valor simbólico a la televisión si recordamos que cuando en 1974 despiden a Vicente Gil, médico personal del Jefe del Estado durante la friolera de treinta y siete años, le regalan como agradecimiento por los servicios prestados un televisor en color: “No sabía qué enviarte y entonces, como tú eres muy casero y muy familiar, te hemos mandado un televisor”, le explica Carmen Polo al galeno. En El Pardo, Franco poseía en los años setenta al menos dos televisores (algo obviamente muy inhabitual en la España de ese tiempo). Uno el Autovox del que ya hemos hablado, en blanco y negro de unas treinta y dos pulgadas, colocado en la habitación que hacía las funciones de salón privado, y que llegó a contar con un sistema de mando a distancia por cable. Y un segundo en color dispuesto en el comedor para amenizar almuerzos y cenas (en ese tiempo TVE emitía tan solo unas diez horas de televisión en color para el disfrute de unos 40.000 propietarios de aparatos pancromáticos)».

Tal vez en un universo paralelo, Franco hubiese seguido los consejos de su fiel Vicente Gil, moderando su desaforado consumo televisivo y, quién sabe, prolongando su vida hasta Argentina 78, el Mundial con el que otros espadones, Videla y compañía, hipnotizaron al pueblo argentino.

Alemania 74: el Mundial que precipitó la agonía de Franco

Visto en JotDown. Con información de Wikipedia y‘Franco y la TV’ [.pdf].

 

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Cuando tu smart TV te espía

Estamos acostumbrados a que las páginas web rastreen nuestra navegación a través de las cookies y nos sirvan publicidad relacionada con nuestros hábitos en internet. Es lo que hace años llamaban en inglés behavioural advertising, que a efectos prácticos sería algo así como publicidad comportamentalCostó, pero es algo que aunque todavía irrita, hemos asumido. Lo que no podíamos imaginarnos es que este mismo fenómeno sucedería cuando viésemos la televisión. Si tienes un televisor inteligente (smart TV), asume que las compañías pueden saberqué estas viendo.

Existen compañías que se dedican a recopilar esa información con el objetivo de que la persona que está viendo la televisión reciba anuncios personalizados, no sólo en su smart TV, sino también en el resto de dispositivos con los que navega por internet.

Según ha revelado The New York Times, Samba TV es una de estas compañías que, en función de nuestros hábitos de consumo televisivo, nos hace llegar anuncios de determinados programas que se emiten. En EEUU la propia compañía admite recopilar datos de cerca de 13,5 millones de televisores inteligentes, una cifra que le ha valido para conseguir una ronda de financiación de 40 millones de dólares, captando el interés (y el dinero) de multinacionales como Time Warner.

¿Cómo es posible realizar esta rastreo? Pues gracias a acuerdos previos con los fabricantes de los televisores. Así, Samba TV tiene alianzas con Sony, Sharp, TCL y Philips, en virtud de las cuales instala su software en los aparatos. Las personas que adquieren uno de estos aparatos visualizan en sus pantallas una sugerencia para utilizar el servicio Samba Interactive TV, con el que recibirán recomendaciones de programas y ofertas especiales. Sin embargo, no se advierte a l@s consumidor@s de la cantidad de datos que recolecta el software para ello. Con todo, ya es algo más de lo que hacía Vizio, que en 2017 fue condenada a paga 2,2 millones de dólares por haber estado monitoreando durante dos años el comportamiento televisivo en 11 millones de aparatos sin consentimiento de las personas afectadas.

El software de Samba es capaz de rastrear todo cuanto se visualiza en la pantalla, incluidos los videojuegos. Entre los perfiles que puede determinar en función de los hábitos de consumo se encuentra el político, esto es, si se es más progresista o conservador; de hecho, Samba TV ya ha ofrecido esta información a sus anunciantes.

En realidad, compañías como Samba TV no venden directamente la información que recolectan, sino que venden a los anunciantes la posibilidad de enviar sus anuncios a los diferentes dispositivos conectados a la red de l@s usuari@s que es capaz de detectar el software. Bienvenidos al mundo conectado.

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De negro

 Al que no le guste TVE, que cambie de canal. Ese es el descaro inmoral que rige entre los políticos españoles

Cada tarde nos muestran su trabajo en
Cada tarde nos muestran su trabajo en ‘España Directo’. Hoy los veremos de negro porque hoy es #ViernesNegroRTVE #sosRTVE #DefiendeRTVE. TWITTER 

Muchos periodistas de TVE visten de negro cada viernes a modo de protesta. Reporteros, presentadores, la cara visible de la televisión pública muestra así su incomodidad por el control político de la labor informativa. Hace unos días, el ministro de Hacienda resumió la posición del Gobierno sobre este asunto: Al que no le guste TVE, que cambie de canal. Ese es el descaro inmoral que rige entre los políticos españoles cuando se trata de los medios de información de propiedad pública. Los toman para sí y quien aspire a una gestión profesional, que se fastidie. En realidad, el verbo que usan en público y privado es más elocuente: que se jodan. La secretaria de Estado de Comunicación fue grabada mientras dirigía esa frase a los jubilados que protestaban contra la presencia del presidente Rajoy en un acto. Las imágenes no fueron emitidas en la televisión pública por orden de arriba, y eso ha provocado las dimisiones de dos jefes intermedios.

Hace poco, en un noticiario televisivo, el presentador anunció que iban a emitir unas imágenes deleznables. Un joven propinaba un puñetazo a un mendigo y lo tumbaba contra el bordillo. El vídeo, grabado por un compinche del agresor, fue emitido en bucle. Una, dos, tres, hasta dieciséis veces pude contar. Es un hábito televisivo abusar de imágenes chocantes, pero en el caso de la alto cargo desaprensiva se ordenó ocultar el vídeo porque podía perjudicar la imagen del Gobierno. Es la anécdota que confirma la apropiación indebida de la tele pública. Sus profesionales la sostienen y prestigian gracias a la calidad personal y a una discreción elogiable, pero se sienten incómodos y piden a la ciudadanía, con gestos como el de la ropa negra, que reclame a tantos patriotas y defensores de la Constitución que apliquen idéntico rigor al trato a los medios públicos.

En un momento en el que España está pasando un examen forzado de su calidad democrática, los organismos europeos están escandalizados del uso politizado de los medios públicos entre nosotros. La reforma parlamentaria para el nombramiento del presidente de RTVE está bloqueada por el PP. En realidad, más que reformar se trata de regresar al formato que Zapatero tuvo la dignidad de establecer, basado en el acuerdo entre partidos, un milagro temporal que Rajoy se encargó de fulminar en el mismo instante en que accedió al poder, con una única estrategia de mandato: rendir los valores del derecho a la información al privilegio oportunista de dominar la línea editorial. Una degeneración del voto democrático hacia el ventajismo partidista. Negro es hoy el color de la luz.

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El virus de ‘The Rain’ propaga el miedo a lo intangible

Netflix estrenó  ‘The Rain’, su primera serie danesa. Un drama postapocalíptico de ocho episodios protagonizado por un grupo variopinto de personajes que unen fuerzas para sobrevivir en un mundo hostil en el que el ser humano ha perdido su humanidad ante un enemigo intangible. 

Netflix estrena ‘The Rain’, su primera serie danesa.

 MARÍA JOSÉ ARIAS

Una vez mostrado el repertorio propio de género -cómo era la vida antes del caos y lo más o menos afortunados que eran todos con su vida moderna llena de comodidades-, lo que hace The Rain es soltar lastre, deshacerse de lo que podría convertirla en una serie más sobre el apocalipsis que se parece a esta o aquella para andar su propio camino. Porque en realidad de lo que trata esta historia es de lo que hace al ser humano ser eso, humano. Lo que le diferencia de los animales. Es algo que se empieza a intuir hacia el final del primer episodio y que se aborda de lleno en un tercer capítulo que establece las reglas del juego de la ficción creada por Jannik Tai Mosholt, Esben Toft Jacobsen y Christian Potalivo.

 El primer aspecto del que se desprende The Rain sin ningún tipo de pudor o miramiento es del concepto de drama postapocalíptico familiar. Y lo hace, además, de una manera cruel y violenta dejando solos a los dos protagonistas principales de la historia, Simone (Alba August) y Rasmus (Lucas Lynggaard Tønnesen). Dos hermanos que se quedan aislados en un búnker en el que tienen todo lo que necesitan para sobrevivir. Seis años después (un capítulo para el espectador), la comida se ha agotado y deben arriesgarse a salir al exterior. Ella asoma más madura, con complejo de madre que ha de cuidar de su polluelo a toda costa. Es lo que le pidió su padre y es lo que lleva haciendo los últimos años. Él, como un ingenuo adolescente que entró como niño y no sabe de qué va la vida.

Cuando abandonan el refugio subterráneo en el que fueron confinados por su propia seguridad y en el que han esperado el regreso de un padre cuyo destino es uno de los misterios a resolver, Simone y Rasmus hacen acto de presencia en un mundo desolado, gris y endurecido para el que no están preparados por muchas razones. Principalmente porque cuando entraron en el que ha sido su hogar tanto tiempo ella era una adolescente cuya máxima preocupación era un examen y una cita con el guaperas del grupo y él, un niño asustado. Llevan demasiado tiempo aislados y son incapaces de imaginar el tipo de horrores al que se han enfrentado quienes han sobrevivido al virus.

No solo porque ahora, como buena historia apocalíptica, las ciudades parezcan fantasmas, haya cadáveres abandonados en los recovecos más inesperados y cualquier rastro de civilización sea un mero recuerdo, sino porque hay dos cosas que han desaparecido y que son la esencia de The Rain. Por un lado, la comida. Por otro, la humanidad. Con la primera escaseando y convertida en un lujo, las personas han mutado hasta convertirse en bestias, en animales capaces de acorralar y masacrar a un padre y su hijo por unas migajas de alimento que no servirán para saciar su hambre. De todo eso se sirve The Rain para cimentar una atmósfera terrorífica y angustiosa. De eso y del temor a un enemigo invisible. No hay zombis, ni extraterrestres, ni criaturas mutantes. Lo que provocó la situación en la que se encuentran es un virus que se propagó con la lluvia. Cada escena en la que se ve a los protagonistas ‘relajados’, camino de algún lado o disfrutando de un descanso no es más que el preludio de que algo va a ocurrir. Los personajes están siempre alerta. El espectador, también.

 
La serie danesa

En eso ahonda The Rain, al menos es sus tres primeros episodios -facilitados por Netflix a los medios antes del estreno de hoy a nivel mundial-. Lo que se ve es una serie que arranca con un planteamiento muy al uso y que se va desligando de él poco a poco. Abandonando en el camino lo que no quiere ser para convertirse en lo que realmente le interesa. En el grupo de personajes principales los hermanos no están solos. En su salida al exterior tropiezan con cinco extraños liderados por un antiguo soldado que se convierte en su mejor baza para sobrevivir en un mundo hostil al que no pertenecen. Son distintos entre sí y se encuentran juntos por necesidad, porque siempre es más fácil sobrevivir y resistir los ataques en manada. Tienen al líder, al amigo del líder, el nerd, la friki y la que hace cualquier cosas para sobrevivir.

Aunque no es nuevo, lo más interesante que plantea The Rain es la dicotomía entre la ingenuidad de quienes han pasado seis años encerrados en un búnker y aún conservan su humanidad frente a los que llevan seis años luchando por sobrevivir. A partir de ahí, pueden pasar varias cosas. Que Simone y Rasmus hagan como Maca en Vis a vis y se mimeticen con el nuevo ambiente en el que les ha tocado vivir o que Martin (Mikkel Boe Følsggard), Patrick (Lukas Løkken), Beatrice (Angela Bundalovic), Lea (Jessica Dinnage) y Jean (Sonny Lindberg) se reencuentren con esa parte de su humanidad que creían perdida. En el equilibrio deberán encontrar la forma de encajar para sobrevivir. Las reglas han cambiado y la solidaridad puede ser lo que acabe con ellos. The Rain es un poco más The 100, que acaba de estrenar su quinta temporada, que The Walking Dead o Falling Skies, por ejemplo.

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‘Wild Wild Country’: no hay guion que supere un documental así

‘Wild Wild Country’: no hay guion que supere un documental así

La eterna disputa entre realidad y ficción es un combate de escaso interés, como lo son todos aquellos decididos de antemano. A la ficción no solo se le exige que sea buena, también ha de parecerlo. Real. Verosímil. No basta que los hechos sean entretenidos, tienen que guardar cierta lógica y resultar creíbles. La realidad, obviamente, no se enfrenta a ese problema. Vale todo. Un día puedes salir de tu casa rumbo a la oportunidad de tu vida y llega un autobús, te atropella y te quita del tabaco. Esas cosas pasan, pero prueba a escribirlo en una película, verás dónde te mandan.

Por eso, por más que un experimentado guionista quiera exprimir hasta la última gota de su imaginación para parir una obra magnífica, nunca podrá competir con algo como Wild Wild Country. A lo largo de sus seis capítulos (de una hora de duración), el espectador tendrá que pellizcarse en repetidas ocasiones para creerse la narración. De hecho, si fuera ficción, el primer impulso sería desconectar. Sin embargo, como sabemos que es real, toda la atención se centra en saber cómo fue posible. Por eso la realidad siempre gana.

Cuanto menos se sepa a la hora de enfrentarse a esta nueva producción de Netflix, mejor. Aunque valga como mínima sinopsis que la serie documental recoge las aventuras y desventuras de una secta liderada por un gurú indio llamado Bhagwan. Del apellido tomarían el nombre sus seguidores, los rajneeshes. La congregación se inicia en su país natal, pero tras algunos problemas legales deciden mudarse para construir desde cero una ciudad. Así, como suena.

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El resultado es que miles de excéntricos desembarcan en medio de ninguna parte. Concretamente, en un minúsculo pueblo de Oregón. En el Oregón de 1981, si es que aquello ha cambiado mucho desde entonces.

Los documentales, al igual que cualquier obra audiovisual, basan su éxito en la pericia para transmitir la historia. En cómo se presenta y se dosifica la información. Y Wild Wild Country lo hace de manera magistral. El arranque utiliza las declaraciones actuales de algunos vecinos de Antelope, el pueblo en mitad de la nada. Ellos rememoran cómo vivieron la llegada de unos invasores con prendas rojas de pies a cabeza.

El espectador, que también se enfrenta a lo desconocido, queda inmediatamente identificado con ellos. Para mayor impacto, las entrevistas se entremezclan con imágenes de archivo de la llegada de los rajneeshes.

Ya desde la misma presentación se apunta la comisión de delitos. Como esos sucesos tardarían mucho en llegar, aquí se adelantan en forma de píldoras. Sin desvelar nada concreto que arruine la sorpresa, pero insinuando el impresionante lío que se formaría con aquellos tipos.

A continuación se introduce a Ma Anand Sheela. Aún no lo sabemos, pero será la gran protagonista de la historia, ya que la secretaria y portavoz del gurú participará en escándalos mayúsculos. De nuevo, otra píldora informativa con imágenes de los 80 para ponernos en antecedentes. Y llega el primer bombazo: el tiempo ha pasado y esa señora que camina de espaldas por el bosque, con aire apacible y pinta de pasar las tardes colaborando con una ONG, es ella. El documental ha conseguido su testimonio. Y va a contarnos paso a paso todo lo que sucedió con su secta.

La narración la completan varios rajneeshes, ahora convertidos en personas de aspecto respetable que peinan canas. Como la comuna estaba repleta de cámaras de vídeo y la televisión alimentó el escándalo durante años, todo cuanto desvelan se confronta y completa con las imágenes de lo que afirmaban hace más de tres décadas.

Estos personajes también son impagables: un abogado de éxito que lo deja todo para seguir al líder, una mujer que parece no haber roto nunca un plato, pero termina reconociendo ante la cámara un intento de asesinato. También la encargada de la comunicación. En aquella época, todos idolatraban al gurú, que acumulaba más lujo del que podía disfrutar. Algunos de ellos, incluso, lo siguen haciendo hoy. Y hasta se aferran a su legado.

Por más momentos inverosímiles que ofrezcan, que hay varios, ninguno de ellos aguanta la comparación con Ma Anand Sheela. Ella es el documental. Es un personaje imposible, que esconde bajo su quietud una fiera capaz de pasearse por los platós norteamericanos exhibiendo un carisma y un modo de expresarse que ya querría para sí la estrella de rock más transgresora. Y no titubea a la hora de amenazar, de forma no siempre velada, a cualquiera que osara interponerse en su camino.

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¿Y por qué este documental de Netflix supera a cualquier serie de ficción? Porque abundan cosas que, si leemos en un guion, tildaríamos de locura y tacharíamos con rotulador rojo. Como muestra, ni al villano más arquetípico de una historia de superhéroes se le ocurriría el plan que lleva a cabo la portavoz de la secta para ganar las elecciones del condado de Wasco. Es tan retorcido y desprovisto de toda ética que, de no estar viéndolo con tus propios ojos, jamás pensarías que sucedió. Te lo cuenta un amigo y vas corriendo a Google a desmentirlo.

Algunas locuras son desveladas en los inicios, como la manera en la que se levanta la ciudad. De un campo yermo terminan sacando agricultura sostenible. De la nada absoluta, del polvo, construyen multitud de casas, instalan un sistema de tuberías y una estación eléctrica. Si hasta terminan con su propio aeropuerto… Todo lo necesario y más, listos para albergar una comunidad de diez mil personas.

Los directores juegan continuamente con el espectador gracias a la forma de desgranar los hechos. Si al principio lograron la identificación con los vecinos, en cuanto les dejan hablar un poco más comprendemos que sus argumentos son ridículos. Se convierten en caricaturas, esgrimiendo razonamientos absurdos y escandalizados por las prácticas sexuales que tenían lugar en la comuna. En un abrir y cerrar de ojos pasan de apacibles lugareños a rancios que rechazan al extraño con un crucifijo en una mano y un arma en la otra.

Aunque el documental presenta los claroscuros de todos. Ni deja a títere con cabeza ni apunta con el dedo a nadie. Hablan los hechos. Así, los seguidores de la secta, el gurú y sus secuaces, los vecinos de Antelope y las autoridades tienen trapos sucios que la serie se encarga de sacar a la luz sin pudor alguno.

Y todo ello con un ritmo narrativo impecable que se mantiene de principio a fin. Entre la sorpresa de los capítulos iniciales y el interés de cómo se cerró aquella locura hay episodios intermedios que siempre reservan un giro final. La bola se hace más y más grande y, cuando parece que va a detenerse, sigue aumentando.

Normalmente, las obras de ficción versan sobre temas universales que se repiten a lo largo de los tiempos. Los relatos se sirven de algunos de ellos para articularse. Sin embargo, aquí da la sensación de que están todos. Amor, dinero, muerte. Tribunales, fe, mentira, sensacionalismo, traición, crimen, patriotismo, sexo, espionaje, racismo, matrimonio, política. Todo eso y mucho más. Cualquier cosa imaginable. Por increíble que parezca, Wild Wild Country ha llegado para que el espectador alucine comprobando que sí, que todo aquello sucedió de verdad.

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Enchufados a Matrix

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A cada día que pasa, la realidad de Matrix (1999) parece más vigente. La crítica de las hermanas Wachowski hacia la hiperconexión de la sociedad es brutal y perturbadoramente premonitoria. Nos hemos convertido en las pilas que alimentan a las propias redes que nos atrapan, y que engullen todos los datos que podamos proporcionales. Esclavos de guguelfeisbuctuiter y el pesado del guasap, bajamos la mirada hacia nuestros dispositivos móviles y dejamos que su luz nos ilumine a diario, estemos donde estemos. El metro, la oficina, el autobús, la escuela… Sus tentáculos llegan hasta la calle, convirtiéndonos en artífices de una sociedad más conectada, pero con el riesgo de padecer un peligroso ataque de ansiedad digital.

En una clase de César Rendueles en el Máster CCCD, y a propósito de comprender cómo nos afectan las nuevas tecnologías, este afirmó con contundencia que la televisión se podía considerar como la responsable de “la mayor transformación antropológica actual”. Según un estudio de Barlovento Comunicación (Kantar Media), los españoles consumen una media diaria de 4 horas y 16 minutos de televisión. Y claro, dadas las circunstancias, imagínese… Tantas horas sentado en el sofá desafía a la aplicación de las leyes del mismísimo Darwin. ¿Quién superará con mayores garantías la selección natural? Mejor no responder. Produce mayor estruendo la ironía de tener que hacerse la pregunta.

No obstante, existe algo entrañable en la caja tonta. Por lo menos, tiene una mayor relación con lo que hacían nuestros predecesores hace cientos de miles de años: reunirse alrededor del fuego. Los Simpsons nos lo recuerdan cada vez que empieza un nuevo capítulo, con la madre, el padre y los niños dispuestos a recibir una buena dosis de entretenimiento familiar. Es, sin duda, una imagen diferente de la que abunda ahora. Sigue estando la tele delante, pero como invitado de otra escena: la de una pareja consultando las redes sociales, mientras el pequeño chatea con un amigo… y el hermano mayor está navegando por Internet. La novedad de la situación es que los dispositivos móviles van a todas partes con nosotros. Vivimos enchufados a Matrix.

Es la paradoja de las nuevas tecnologías. Estamos hiperconectados a las redes, pero más que socializar, nos atrapan como si fuésemos un banco de peces, analogía que usa Víctor Sampedro en su libro Dietética Digital. Gracias a los medios de comunicación, percibimos con cotidianidad cosas que ocurren muy lejos de nosotros. Es lo que Marshall McLuhan definió ya en 1962 con el término de “aldea global”. Más de medio siglo después, dicha aldea no ha hecho más que crecer. Y no sólo eso. Las nuevas tecnologías están blindando sus fronteras para separarnos de nuestra realidad más próxima y tangible. En noviembre de 2016 conocimos que, por primera vez en la historia, las conexiones desde dispositivos móviles habían superado a las de ordenadores de escritorio. Al igual que en el caso de la televisión, los smartphones y tablets están propiciando una nueva revolución antropológica, incluso más acelerada, cuyos efectos aún no hemos tenido tiempo de valorar.

Los argumentos en favor de las bondades de las nuevas tecnologías son numerosos, pero es conveniente prestar atención a la otra cara de la moneda. Varios estudios sociales concluyeron hace tiempo que Internet puede tener un impacto negativo en la comunicación familiar, así como en el círculo de amistades. También se detectan problemas como la soledad o la depresión. Puede ser coincidencia, pero Neo ya respondía a esta definición en Matrix, un programador que, cansado de su vida, decide abandonar la caverna de Platón para averiguar qué es lo que esconde la pastilla roja que le ofrece Morfeo. El descubrimiento es duro, pero liberador. Ya sin el yugo de las máquinas, comprendió el sistema y lo hackeó, convirtiendo una aplicación esclavizadora en una poderosa herramienta que hacía volar (de forma literal) a la mente del ser humano.

Es una buena metáfora de lo que vivimos ahora, con millones de pantallas tratando de captar nuestra atención, de esclavizarnos. Luchan por quitarnos la energía (en forma de tiempo y datos), pero debemos saber cuándo entrar y salir de esta realidad virtual: recuperar el control sobre nuestras vidas. Hay que evitar quedar atrapados. No dejar que sólo nos ilumine una pantalla, sino el mundo que nos rodea. Aprender a convivir con una tecnología que, por ser tan potente y novedosa, parece que se nos va de las manos. Hay solución… y puede que un buen síntoma sea que, después de leer este artículo, se vea capaz de apagar su dispositivo.

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Recetas de cocina friki inspiradas en ‘Juegos de tronos’, ‘Twin Peaks’ y otras series

Recetas de cocina friki inspiradas en ‘Juegos de tronos’, ‘Twin Peaks’ y otras series

Menú para hoy:

Primero: Fideos de dragón blanco de Blade Runner
Segundo:  Salmón estilo Los Sims
Para acompañar: Zumo de calabaza de Harry Potter

Postre: Pastel de cerezas de Norma (Twin Peaks)
Para acabar: Leche de amapola (Juego de tronos)

Cualquier persona con apenas conocimientos de cocina puede ofrecer este y otros menús siguiendo las 56 recetas que Cassandra Reeder propone enCocina Friki (Libros Cúpula). En el volumen caben recetas de bebidas y platos mencionados en videojuegos, libros de fantasía y terror, y películas y series de televisión que forman parte de la cultura pop. Recetas para carnívoros como el pollo de los Hermanos Pollo de Breaking Bad, y para veganos (siguiendo la tradición vulcaniana).

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Reeder asegura en la introducción que las recetas:

  • Son lo más exactas posibles para hacer justicia a los fans y los creadores.
  • Fáciles y baratas.
  • El resultado final es apetitoso o comestible. (Esto debe ir en gustos).

Uno puede fiarse de Cassandra Reeder. Lleva diez años publicando recetas frikis en geekychef.com. Servidor, que no es cocinitas pero se defiende, no ha podido resistirse a probar algunas de estas recetas. Los resultados son deliciosos aunque algunos ingredientes los he sustituido. Digamos que son variantes de otra región del universo fantástico. Igualmente respetando el espíritu original. Los resultados son sa brosos, pero no muestro fotos porque emplatar no está entre mis dones. Han entrado en cocina la sopa de la esposa de Firefly, el salmón de Los Sims y la pizza de Las tortugas Ninja pero sin enrollar. No tengo mano para hacer rollitos.

Como cafetero y trek probé el raktajino o café klingon. Como Reeder indica, este café es dos veces más fuerte que el café corriente. Es un café para guerreros. Empleé cafetera de goteo en lugar de prensa. No me extraña la prensa: a los klingon les gusta aplastar cosas.

En lugar de filtro vietnamita usé filtro de papel número 4 de marca blanca. Por lo demás, todos los ingredientes: el café molido, la leche condensada, las especias… Perfecto para una tarde tranquila solo o en buena compañía, aunque los klingon de toda la vida –los barbudos y melenudos– son ruidosos.

Espero la oportunidad para probar el vino de sangre klingon. Es una mezcla de vino barato, cerveza y alcohol de naranja de 40º que quizá no deba hacerse con niños en la casa ni las redes sociales a mano.

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Quienes por prescripción médica no puedan tomar café o este les quite el sueño mejor deben optar por la leche de amapola (milk of the poppy) de Juego de tronos. Reeder ha creado una receta apta para todos los públicos. La auténtica incluye un derivado del opio y seguro que tendrá un sabor amargo. La variante de Reeder es deliciosa aunque no cura heridas de espada ni cornadas de jabalí.

El libro es un alarde de imaginación al tratar de responder a cuestiones como qué aspecto tiene y cómo sabe la comida en Zelda o Minecraft. Terry Pratchett aconsejaba a los jóvenes autores que pensaran: ¿qué comen las hadas? El escritor sabía que los lectores consideran verosímil un mundo en el que reconocen elementos de la vida como las comidas (aunque estas sean inventadas). Cassandra Reeder completa el universo imaginado por los autores.

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La tercera especie: el carbono alterado

La tercera especie: el carbono alterado

Seres de carbono y seres de silicio. La futura convivencia que preocupa a apocalípticos como Elon Musk –que ya ve el alzamiento a la vuelta de la esquina–, y también a los expertos menos agoreros, ha tenido siempre dos protagonistas claros: humanos y robots. No son tantos los que han pensado en la tercera y definitiva especie: el carbono alterado. Personas mejoradas mediante tecnología o, dicho de otro modo, cíborgs.

El gurú de la inteligencia artificial Ray Kurzweil, teórico del transhumanismo al servicio de Google, lleva tiempo hablando del concepto de singularidad: en cosa de unas décadas, de aquí a 2045, los cacho carnes (que diría el bueno de Bender) nos fusionaremos con las máquinas y multiplicaremos a lo bestia nuestra aún limitada capacidad intelectual.

A ese futuro, o uno bastante parecido, nos traslada la nueva e infravalorada creación de Netflix Altered Carbon. No es la obra maestra que HBO se sacó de la manga con Westworld, pero invita a meditar sobre un sendero poco transitado de la inteligencia artificial: cómo cambiaremos los humanos cuando nuestra esencia pueda traducirse a unos y ceros.

En la serie, los humanos portan una especie de circuitos («pilas», amén del doblaje) que almacenan todo lo que nos define salvo el cuerpo (o «funda»). La muerte «real» solo es posible si ese prodigioso chip es destruido y no existe una copia de seguridad almacenada para la resurrección. Los ricos y poderosos no solo cuentan con backups que se transmiten constantemente vía satélite a alguna ubicación segura, sino que además poseen ejércitos de clones de su anatomía dispuestos a alojarlos de inmediato. Los pobres deben conformarse con la funda que tenga disponible el de la morgue.

Los consiguientes debates acerca de la identidad y la vida eterna se suceden, opacando por desgracia al que, de lejos, es el más original de los curiosos personajes del futuro. El verdadero protagonista de Altered Carbon es, o debería ser, un hotel con escopeta que rinde un homenaje constante, desde su nombre a sus modales, a la figura y obra de Allan Poe.

La inteligencia artificial que gestiona (y es) el desértico establecimiento que sirve de cuartel general a los héroes se aleja, y mucho, del habitual retrato cinematográfico de las máquinas. Si bien es capaz de auténticas carnicerías cuando se requieren, al más puro estilo killer robot, el bueno de Poe encarna todos los valores que nos gustaría ver en una IA: ama y comprende a los humanos, es leal, compasivo, servicial hasta el extremo, capaz de realizar sacrificios por una causa justa y tiene una brújula moral ajena a los maniqueísmos. Ni es un trozo de código desprendido de toda emoción ni uno de esos superordenadores malignos que Hollywood repite hasta la náusea.

En un mundo de cíborgs donde las personas han perdido buena parte de su humanidad, un ser compuesto de algoritmos es el mejor representante de los valores que supuestamente nos distinguen. Si así es cómo será el carbono alterado, mejor que reine el silicio. Con gente (artificial) como Poe, a quien debería temer Elon Musk es a sus propios congéneres. En nuestra manos está alcanzar la singularidad, si es que anda cerca, con la conciencia limpia y la esencia de una pieza. Nosotros somos el autor que tiene que escribir a Poe. Que no se tuerzan los renglones de código.

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Frankenstein cumple 200 años: del monstruo de Mary Shelley al de Netflix

Frankenstein cumple 200 años: del monstruo de Mary Shelley al de Netflix

 
Páginas del borrador de “Frankenstein o el moderno Prometeo” de Mary Shelley en una exposición de 2014, en Nueva York CreditEmon Hassan para The New York Times

Mary Shelley descubrió la maternidad y la escritura novelística al mismo tiempo. Su embarazo coincidió en parte con la creación de Frankenstein o el moderno Prometeo, pero la pequeña Clara Everina Shelley no sobrevivió al primer año de vida. En cambio, su novela ha llegado hasta nosotros con la misma intensidad eléctrica y cicatrizante del primer día.

Se publicó en 1818: han pasado doscientos años exactos. Dos siglos durante los cuales la criatura no ha parado de crecer, cada vez más monstruosa. Como recuerda Lorenzo Luengo en su excelente prólogo del volumen colectivo Frankenstein resuturado (un proyecto de Fernando Marías para la Editorial Alrevés), no solo se hicieron varias ediciones de la novela poco después de publicarse, también se multiplicaron enseguida las versiones teatrales piratas. Comenzaba su transformación en mito, su destino transmedia.

La madre de Mary murió en su parto, como nos recuerda ella misma en la serie The Frankenstein Chronicles. Esos fantasmas —los de la maternidad atravesada por la muerte— son los que narra Elena Odriozola en el precioso y teatral relato sin palabras que preludia la edición de la novela que ha publicado Nórdica. Treinta y tres dobles páginas ilustradas que, en lugar de acompañar el texto, lo reimaginan, lo reinterpretan, lo reinventan. En clave biográfica y materna.

Frankenstein cumple 200 años: del monstruo de Mary Shelley al de Netflix

 
El bicentenario de la publicación de “Frankenstein o el moderno Prometeo”, nos recuerda que la obra mantiene su intensidad dramática y los cuestionamientos filosóficos que la convirtieron en un clásico. CreditIlustración de Elena Odriozola

No creo que sea casual que realice una operación parecida la serie británica que se estrenó en 2015, pero ha sido lanzada internacionalmente por Netflix en este año de bicentenario. También en ella la autora aparece como personaje. La vemos en el lecho de muerte del poeta y artista William Blake. La vemos como madre viuda que sufre las consecuencias del éxito de su obra, que ha manchado con la viscosidad de la blasfemia a la familia noble de su marido. La vemos como personaje secundario de una obra que en sus nueve décimas partes es realista.

Prometeo, le dice Mary Shelley en la pantalla al inspector John Marlott, es un símbolo para “todos los que nos oponemos a la tiranía y la opresión”. Y añade: “Las personas como Blake o como yo creamos cosas insólitas y extrañas en que los hombres pueden verse reflejados”.

En nuestro siglo XXI, la mujer escritora —real y visionaria— nos empieza a parecer tan interesante como el científico y como el monstruo que creó —ambos de ficción, ambos hombres—. La escritora que se opuso a la opresión masculina y que retrató el ego infinito de los hombres de su generación en la figura de Victor Frankenstein.

“La escritora imaginó la vida que surge de varios fragmentos de vida. La vida hecha de textos robados en contextos distintos”.

The Frankenstein Chronicles comienza en una orilla del río Támesis plagada de restos de naufragios. Junto con las cajas rotas y las barcas hechas añicos, llegan cerdos muertos y el cadáver de una niña confeccionado con ocho cadáveres de ocho niñas. Ese vertedero es una máquina azarosa de producir collages. Y ese cuerpo es un collagehumano.

Aunque la cirugía plástica permita entender literalmente la presencia de la figura de Frankenstein entre nosotros, no es en la criatura sino en la mirada del doctor Frankenstein donde Mary Shelley proyectó el futuro. Un siglo antes que los cubistas, en clave fantástica (que es como el ser humano siempre ha pensado el futuro), la escritora imaginó la vida que surge de varios fragmentos de vida. La vida hecha de textos robados en contextos distintos.

“La invención, hay que admitirlo humildemente, no consiste en crear del vacío, sino del caos”, escribe la propia Mary Shelley en su introducción: “En primer lugar hay que contar con los materiales; puede darse forma a oscuras sustancias amorfas, pero no se puede dar el ser a la sustancia misma”.

La creación de la obra literaria, por tanto, siguió el mismo método que la creación del ser abominable: “La sala de disección y el matadero me proporcionaron muchos de mis materiales”, dice el protagonista en la novela. Y cuando tras dos años de trabajo experimental concluye su obra, leemos: “Yo lo había observado atentamente durante el tiempo en que estuvo sin terminar; entonces era feo; pero, cuando los músculos y las articulaciones adquirieron movimiento, se convirtió en un ser que ni el propio Dante habría podido imaginar”.

En su monstruo están, en potencia, el collage y el zapping y el remix y las ventanas que se abren y se cierran en la pantalla de un ordenador. Las estrategias de lectura que se han ido imponiendo. Pero no solo se proyectan hacia el futuro la forma de la novela, que une al relato con el género epistolar, o la forma del monstruo, que cose fragmentos en un todo. También en la relación entre el creador y la criatura, entre el filósofo natural y su vida e inteligencia artificiales, vemos sombras y discursos que atraviesan dos siglos.

Desde el galvanismo hasta Penny Dreadful, pasando por Metropolis(1927), de Fritz Lang. Etiquetas como #muertededios, #terror, #creatividad, #reciclaje o #posthumano. Porque los clásicos no son solo camaleónicos, y se adaptan a las ideas centrales de cada época; también son reptiles, van cambiando de forma y de lenguaje, es decir, de piel.

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ESTAS FUERON LAS 10 PRIMERAS SERIES QUE CREARON EL FENÓMENO DE “BINGE-WATCHING” EN NETFLIX

ESTAS DIEZ SERIES CREARON UNA OBSESIÓN ENTRE LOS USUARIOS DE NETFLIX
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Netflix se ha convertido en la segunda compañía de medios más valiosa del mundo después de Disney (claro  que si o contamos a Google y a Facebook como medios), dando un claro golpe a la TV tradicional. Gran parte del éxito de Netflix se debe a lo en inglés se llama “binge-watching”, sesiones maratónicas en la que los usuarios, picados por una serie, ven todos los episodios en un corto periodo de tiempo. Netflix define “binge-watching” como acabar una temporada en una semana. Datos de Netflix muestran que el 90% de los usuarios han tenido al menos uno de estos episodios cuasi-obsesivos.

Esto es algo que obviamente no era posible con la TV tradicional. El usuario actual quiere elegir el contenido que ve y decidir a qué hora lo ve y sin anuncios.

Netflix ha publicado un comunicado en el que ofrece cifras sobre el comportamiento de sus usuarios y revela las primeras series, ya no “vintage”, sino “binge”. Estas fueron las series de primera generación de Netflix que cautivaron al público y crearon este fenómeno:

1.Breaking Bad
2.Orange is the New Black
3.The Walking Dead
4.Stranger Things
5.Narcos
6.House of Cards
7.Prison Break
8.13 Reasons Why
9.Grey’s Anatomy
10.American Horror Story

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