Reseña: ‘Mudbound: El color de la guerra’, una épica sobre las crueldades cotidianas

Reseña: ‘Mudbound: El color de la guerra’, una épica sobre las crueldades cotidianas

 
Una escena de “Mudbound: El color de la guerra”, adaptación de una novela de Hillary Jordan dirigida por Dee Rees. CreditSteve Dietl/Netflix

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Esta película es selección de la crítica de The New York Times.

Mudbound: El color de la guerra es una película sobre cómo cambian las cosas, de manera lenta, dispar y dolorosa. Sin embargo, también trata sobre cómo no cambian: muestra que las fuerzas obstinadas de las costumbres, los prejuicios y el poder empantanan a las personas en un solo lugar e impiden el progreso social.

Ambientado principalmente en el delta del río Misisipi justo después de la Segunda Guerra Mundial –cuando las medidas discriminatorias seguían siendo la ley en Estados Unidos– el filme dirigido por Dee Reespone a prueba y complica esa teoría postulada por William Faulkner: el pasado ni siquiera es pasado. Es un trabajo de imaginación histórica que aterriza en el presente con una fuerza inquietante e iluminadora.

La inspiración para el guion (que la directora escribió con Virgil Williams y que está nominado al Oscar) es una novela de Hillary Jordan. Ese libro sobre la historia racial del sur estadounidense llega a tener momentos de redención en los que los personajes blancos quedan claramente divididos entre los honrados y los malvados, y los personajes negros son presentados como seres nobles, pero la película se resiste a caer en esa tendencia. Las personas que muestra, integrantes de dos familias unidas por el odio, la economía y la suerte, son complicadas y sus heridas siguen abiertas.

La fotógrafa, Rachel Morrison, le da vida a la tierra, la flora y el clima para enfatizar el poder elemental y arcaico de la historia. Las implicaciones modernas de la trama son mostradas con delicadeza por un elenco de actores sutiles y por la capacidad de Rees para ilustrar los matices psicológicos centrándose en los momentos más silenciosos y las emociones que no se proyectan.

Mudbound es un gran lienzo cinematográfico para una trama extensa y coral. En este filme hay media docena de voces distintas que reflexionan sobre el significado de lo que sucede en la pantalla; eso podría distraer o confundir a la audiencia, pero es impresionante cómo termina por imprimirle una estructura casi musical y un sentimiento de gravedad moral a la película. Lo que sucede es una tragedia colectiva en la que cada una de las personas involucradas tiene experiencias distintas.

Reseña: ‘Mudbound: El color de la guerra’, una épica sobre las crueldades cotidianas

 
Mary J. Blige y Carey Mulligan CreditSteve Dietl/Netflix

Los Jackson son una familia de agricultores arrendatarios negros que han logrado, a lo largo de años de esfuerzos, tener algo de estabilidad y cierta esperanza de que las cosas mejorarán en el futuro. La tierra que trabajan es comprada por Henry McAllan (Jason Clarke), cuyas habilidades de negocios y de agricultura no empatan con sus ambiciones, por lo que él y su esposa, Laura (Carey Mulligan), terminan dependiendo de Hap y de Florence Jackson (Rob Morgan y Mary J. Blige). Mientras, Jamie (Garrett Hedlund), el hermano menor de Henry, se vuelve amigo del hijo mayor de los Jackson, Ronsel (Jason Mitchell). Ronsel y Jamie son veteranos de la guerra y su camaradería natural rompe con las reglas de la segregación racial, algo que enfurece en especial al padre de Jamie y Henry, un hombre viejo y odioso a quien llaman Pappy (Jonathan Banks).

La villanía de ese personaje raya en la caricatura, pero Mudbound no indica que esa es la representación más insidiosa de las ideas de una supuesta supremacía blanca, porque la película nunca sugiere que el veneno del racismo se presenta tan solo en las actitudes. Hap y Florence, por ejemplo, se enfrentan a un sistema de expropiación de tierras mientras intentan mantener a sus hijos y preservar su dignidad; el sistema —o la herencia del pillaje, en palabras del autor Ta-Nehisi Coates— está diseñado para que sigan siendo pobres, dependientes y viviendo en la precariedad. Su trabajo se vuelve la fianza para Henry, en medio de su incompetencia y mala suerte; los logros de los Jackson son ignorados para mitigar los fracasos de él.

Reseña: ‘Mudbound: El color de la guerra’, una épica sobre las crueldades cotidianas

 
Jason Mitchell y Garrett Hedlund como compañeros veteranos CreditNetflix

Sin embargo, los integrantes más empáticos del clan McAllan —Laura es una mujer musical y bien leída, arrastrada al campo por su esposo y Jamie es un alma poética, pero disoluta— son, de cierto modo, más peligrosos para los Jackson. Ronsel recorrió el mundo y probó la libertad, por lo que las reglas estrictas rápidamente convierten a su hogar en un sitio intolerable. Y Jamie, a quien le gusta obviar las normas locales, no logra entender la asimetría de su amistad con Ronsel, una actitud que les acarrea terribles consecuencias. No diré cuáles son, aunque Mudbound empieza con alguien cavando una tumba y luego regresa en el tiempo.

En el camino suceden muchas cosas; quizá demasiadas. Sí hay partes de la trama que podrían haberse suprimido y giros que parecen demasiado improbables. Pero Rees también sabe que no todo se trata de la historia: lo que pasa es menos importante que a quién le pasa.

Y el público también puede disfrutar los momentos cotidianos —cómo Hap y Florence se comunican sin palabras; los recuerdos de la guerra que comparten Jamie y Ronsel; la paciencia solitaria de Laura; la inseguridad de Henry— y las actuaciones llenas de gracia que les dan vida a esos momentos.

La manera en la que se destacan los momentos de ternura y decencia son una prueba de la maestría de esta película, que recrea un mundo donde la crueldad es lo normal y la injusticia parece ser tan implacable como el clima.

https://www.nytimes.com/es

El boina verde de Matemáticas

La imagen puede contener: una persona, sonriendo

Al amparo de la segunda enmienda, un millonario en Estados Unidos puede apostarse en la habitación de su hotel en un piso 32 y masacrar a 58 personas que asistían a un concierto de música country; un joven de 26 años puede irrumpir en una iglesia y dejar tras sí un reguero de cadáveres en un santiamén; o un estudiante de 19 años al que todos suponían tocado del ala puede matar a 17 de sus compañeros de colegio y convertir San Valentín en una carnicería.

Se ha hablado de la salud mental de Donald Trump por proponer como solución a las matanzas en escuelas armar a los profesores y darles un plus de ranger, y a tenor de los casos anteriores quizás extienda su propuesta a los camareros de hotel y a los pastores evangelistas, que darían su sermón con un rifle de asalto apoyado en el atril. Pero es razonable pensar que el enfermo no es Trump sino la sociedad en su conjunto. Si tras los más de 1.500 tiroteos masivos ocurridos desde 2012 nada ha cambiado en la legislación sobre armas no es por el poder omnímodo de la Asociación Nacional del Riffle y su lobby, sino por la idiosincrasia particular de una colectividad acostumbrada al olor de la pólvora. Allí pegan tiros y aquí dormimos la siesta.

Algunas encuestas reafirman esta impresión. Una de ellas, elaborada por el Pew Research Center, un centro de estudios sobre tendencias en EEUU, revelaba datos escalofriantes sobre el particular. El 72% se mostraba a favor de la posesión de armas, un 61% era favorable que dicha posesión se extendiera a todo tipo de ellas, desde revólveres a ametralladores, y un 56% defendía el derecho a llevarlas por la calle al ir a por el pan o a las rebajas. De los encuestados, un 70% había apuntado y disparado al menos una vez en su vida y más de un tercio de los ‘desarmados’ pensaba que su posesión era esencial para su libertad.

El loco no es Trump o, mejor dicho, no es el único tarado. De hecho, su solución de armar a los profesores ni siquiera es original porque nueve estados ya permiten disponer de “armas ocultas” en las escuelas para protegerse de pistoleros, y seis más, entre ellos Florida, Misisipi, Indiana o Carolina del Sur, debaten legislaciones similares.

¿Qué hace una sociedad enferma de armas y dinero para afrontar el problema? Pues montar una industria para que la cura sea imposible. Si las matanzas en colegios se hacen habituales, se montan empresas para bunkerizarlos, de manera que uno no sabe si entra a un instituto o a un campo de concentración. Si hay que transformar a los profesores en boinas verdes, se crean centros de entrenamientos que imparten cursos de varios días llamados ‘faster’ en los que se incluye preparación psicológica por si el ‘matón’ al que hay que abatir es uno de sus alumnos. Si los padres están preocupados se les ofrece el merchandising que demandan, como mochilas antibalas, que están haciendo furor, y carpetas blindadas, de manera que no sea necesario que los profesores protejan de las balas a los alumnos con su cuerpo, que no siempre hay héroes dispuestos a sacrificarse. Y, obviamente, si se piensa que en algún momento puede limitarse la venta de armas tan ligeras y prácticas como el AR-15, que se ha puesto de moda en las matanzas, se incrementa su producción para que nadie se quede sin su rifle favorito.

Es prácticamente imposible que un país que tiene metido en los armarios de sus casas más de 300 millones de armas las entregue voluntariamente, que quienes ganan más de 1.000 millones de dólares al año en venderlas se transformen en lecheros y que los legisladores a los que untan se conviertan al budismo y a la no violencia. Hay enfermedades incurables y ésta es una de ellas.

Juan Carlos Escudier

http://blogs.publico.es/escudier

Gráfico en: Editorial & Political Cartoons

Las mejores fotografías del 2018 tomadas con un teléfono móvil

Paisajes, retratos, ciudades… Estos son los ganadores de la séptima edición del Mobile Photography Awards

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Foto: Yongmei Wang / Mobile Photography Awards 2018

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Foto: Laurence Bouchard / Mobile Photography Awards 2018

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Crossed Lines

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Fotografía ganadora en la categoría Macro & Details

Foto: Natalya Peshkova / Mobile Photography Awards 2018

Dead Valley, Namibia

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Fotografía de la serie ganadora del gran premio: Mobile Photographer of the Year 2018

Foto: Nan Deng / Mobile Photography Awards 2018 / Mobile Photography Awards 2018

Sub 42

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Fotografía ganadora en la categoría The Darkness

Foto: Rodrigo Rivas / Mobile Photography Awards 2018

Sheikh Zayed Grand Mosque, Abu Dhabi, UAE

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Fotografía de la serie ganadora del gran premio: Mobile Photographer of the Year 2018

Foto: Nan Deng / Mobile Photography Awards 2018

HÉCTOR RODRÍGUEZ

http://www.nationalgeographic.com.es

POE+ DE LISBETH ALEXANDRA OÑA MORALES

DOS

Estábamos turbados en una guillotina. Un 16 de octubre afirmaste llegar con tus manos llenas de azufre a darme el stock de mi última agonía.

Te basta decir: “la filosofía me prostituye”

Por eso el ADN que construí en tus labios se va al aspirar el plantón que cae de tus cascadas.

Por eso los duendes que compramos en la plaza te acechan y derrumban el polvo que cuidaba tus días en mi lejanía.

Estábamos turbados… Nos perdimos en la desidia…

Un 30 de febrero fue el clímax mental, porque aun te construías lágrimas con discos de plomo.

“El sol desembarcaba tus ondas polares” Estábamos

Esta Ba Mos

Estabas

Estábamos eternos en nuestras quiméricas obsesiones y en los “eternos”; que se daban, cuando te acostabas con las sombras.

Esta Ba Mos

Y cantamos los versos que flagelaban el sonido.

A noche descubrí que el mundo está cabreado y que no tiene eje que lo centre.


Por eso sigo tejiendo tu mirada en mis dedos.

Anoche nos desquiciamos con la temperatura de las calles y con tiburones terrestres que comían la memoria.

Anoche pasamos gustos la iglesia que no es morada de tu Dios.

Anoche estábamos Esta

Ba Mos

Estabas y Ahora no.

 

C i r c o    e n     l a       l l u v i a

Regreso a la lluvia

camino en ella, me columpio.

¿En la cuerda floja?

Tomo un paraguas, me balanceo

-Cabeza chapote ante, divagas en espejos lodosos-

Imagino un circo que atraviesa mi tristeza guardo la lluvia que no me limpia

que se me olvida de pronto caigo

tropiezo, lloro, decido, me lastimo caigo.

Me toma un cometa…

en el séptimo vuelo explotan mis pulmones. Transmuto…

Quiero unirme al sistema pájaro.

En Vuelco auto suicida de nubes en polvo

Que se prolifera, transforma.

Me pongo melancólica

Me hace falta el asco de mis gritos,

Pero regreso a la lluvia y me columpio en ella Tal vez…

¿En la cuerda floja?

Turbulencia de un ascendiente

A papa le gustaban las fieras locas intensas… De chiquito proliferaban notas suaves.

Degustaba de noches alucinadas Y el verde plateado de su tiempo.

Degustaba de putitas babeantes

“Ellas”

le daban las cenizas de sus ojos.

Un poco, pálido, moreno, ondulado Degustaba del encierro y el fastidio De la iglesia,

cada 5 años se golpeaba el pecho culposo. Degustaba dar serenos a iguanas.

A papito le gustaba beber…

Creyendo que el alcohol era un karma (y era feliz). Dormitaba y soñaba con fieras locas intensas

Que lloraban las cenizas de sus días

E impregnadas

Absorbían el verde plateado de su tiempo.


Alimañas un grito al olvido

Sigo habitando en tu mente/ en el cristal del lente izquierdo que se te quebró anoche./En los insectos que moran gatos enfermos y una que otra rata.

Un viaje a Manta era lo que necesitábamos/ ver cruzar mariposas, mosquitos tristes, mosquitos soñadores./ Ver fijarse en nuestros pechos cigarras que extraían la savia del poco amor que nos teníamos. /

Ver congas y hormigas mutantes de pena que poco a poco subían las extremidades./

Ya no importaba la mirada triste/ nos convertíamos en crustáceos/ en seres torpes de ojos borrosos que tropezaban en recuerdos./

Sigo habitando en la memoria del 98/ cuando soñaba volar el Cotopaxi/ curiosear el hielo sin quemarme y convertirme en llama errante./

Sigo habitando en la memoria de otra gente/ en la salinidad de la costa/ en el frio de la sierra./

Lo que necesitábamos era ser insectos volátiles que vaciaran el poco amor que nos teníamos./

Sigo habitando en tu mente/aunque me haya marchado a la sierra/

y no me acuerde más de vos.

 

Lisbeth Alexandra Oña Morales, (1996). No estudia letras, ni ninguna carrera de ciencias socialesafines; pero vive con la satisfacción de seguir matemáticas y química donde se le cruce, porque la ciencia también es poesía. Es contra alto desde los 12 años edad.

http://www.revistaelhumo.com

¿Es arte cualquier ocurrencia de un ciudadano que se llame o pase por artista?

«¿Por qué sufrir el largo y penoso aprendizaje de la formación académica, esa antigualla decimonónica, si el artista puede acceder al parnaso con su sola voluntad e inspiración? Una silla colgada en un clavo de la pared es arte; una roñosa escalera de mano que los pintores habían olvidado en la exposición de arte moderno instalada del antiguo cuartel de El Carmen de Sevilla, durante la Expo del 92, se incluyó en el catálogo y pasó como obra de arte»

El miniescándalo de la retirada de ARCO de las fotos de delincuentes condenados o en espera de juicio nos induce a reflexionar sobre los alcances del arte. Obviando la intención del autor de crear polémica y ganar unos minutos de gloria y promoción con el vitriólico mensaje implícito (si son presos políticos es porque España es un régimen antidemocrático), cabe preguntarse dónde están los límites del arte, si es que los tiene.

¿Es arte cualquier ocurrencia de un ciudadano que se llame o pase por artista? ¿Es arte esta galería de fotos que parecen sacadas de un álbum policial? Debe serlo puesto que, según la galerista, un coleccionista ha pagado noventa y seis mil euros por la «obra».

¿Es arte cualquier provocación por previsible que sea? Hace años triunfó en la prensa internacional la ocurrencia del artista conceptual Piero Manzoni, que envasó el fruto excrementicio de su vientre en una serie de latas de conserva convenientemente numeradas (edición limitada, 90 ejemplares) bajo la etiqueta, impresa en varios idiomas: Mierda de artista. Contenido neto: 30 gramos. Conservada al natural. Producida y envasada en mayo de 1961 que, teniendo en cuenta la complejidad conceptual del objeto etiquetado, bien podría cuadrar a una definición de tantas obras que pasan por ser arte solamente porque las refrenda la firma de un artista. No es ninguna broma. La conserva coprófaga puede admirarse, protegida por cristales blindados, en prestigiosos museos y colecciones particulares y su valor se acrecienta con los años. El último ejemplar de la serie que salió al mercado se adquirió recientemente en Milán por 275.000 euros.

Lo de Manzoni, como tantas otras presuntas obras de artistas pudiera tomarse simplemente como una provocación, pero eso sería quedarse en la superficie del asunto. Merece reflexión el hecho de que hace unos años más de medio millar de expertos, críticos y artistas, consultados sobre la obra de arte más influyente del siglo XX coincidieran en señalar La fuente obra del vanguardista francés Marcel Duchamp, un simple urinario de porcelana, tipo Bedfordshire, de los de piquera, que el provocador pintor envió al Salón de Artistas Independientes de Nueva York en 1917. El original se perdió, pero la idea, transmitida por algunas revistas de arte progres, cuajó de tal manera que hoy puede admirarse una veintena de réplicas en galerías tan prestigiosas como la Tate de Londres donde el objeto concita tanta admiración como las Meninas en el Prado o la Gioconda en el Louvre.

La transgresión de Duchamp creó escuela y hoy en esta sociedad acelerada y confusa en la que vivimos ha propulsado un tipo de arte que no necesita aprendizaje alguno sino solo inspiración, el arte conceptual, en el que prevalece la idea sobre la realización artística.

¿Por qué sufrir el largo y penoso aprendizaje de la formación académica, esa antigualla decimonónica, si el artista puede acceder al parnaso con su sola voluntad e inspiración? Una silla colgada en un clavo de la pared es arte; una roñosa escalera de mano que los pintores habían olvidado en la exposición de arte moderno instalada del antiguo cuartel de El Carmen de Sevilla, durante la Expo del 92, se incluyó en el catálogo y pasó involuntariamente como obra de arte.

A un famoso pintor barcelonés le encargó la Generalitat la portada de un anuario. Pasaban los meses y el artista daba largas al asunto. Finalmente, con el libro ya impreso y a falta de pasar al encuadernador, un responsable de la Generalitat se personó en el estudio del artista para apremiarlo. «De aquí no me muevo hasta que tenga la portada», amenazó. El artista no se inmutó. Aparcó por un momento los pinceles con los que lanzaba ráfagas de pintura a un lienzo y tomando una de las planchas de cartón corrugado con las que protegía el suelo de los goterones de pintura recortó a mano un rectángulo de bordes irregulares y se lo entregó: hoy se tiene por una de las más inspiradas portadas de las publicaciones de la institución.

Hace años el neodadaista Yves Klein exhibió en la galería Iris Clert una obra titulada Le Vide: una vitrina vacía en una habitación vacía. Tracy Emin presentó en la Tate Gallery otra obra consistente en una cama deshecha unos pañuelos usados sobre la esterilla del suelo y unas pantuflas desfondadas. Una obra casi perfecta si le hubiera añadido un orinal, si se nos permite esta salvedad.

El propio Yves Klein estableció en su momento que «el artista debe de crear constantemente una única obra de arte: él mismo», una idea felicísima que se ha convertido en dogma no solo de una legión de embadurnadores, sino de coachers y clientes. Hoy cualquier persona pública cultiva una estética que la singularice. No sé si habrán notado que la progresía que se ha adueñado de una buena parcela de la escena política española exhibe un estilismo deudor de cierta voluntad iconoclasta de alejarse del convencionalismo indumentario atribuido a la rancia derecha. Nada de trajes, nada de corbatas, incluso nada de peine o desodorante.

La nueva estética tiene mil maneras de expresar su disconformidad con el orden establecido. Oscila desde la pelambre hirsuta y el tono de voz impostado, entre cavernoso y ampuloso de Joan Tardá, a la coleta y las camisas country-proletarias de Pablo Iglesias, pasando por el flequillo rectilíneo, kale borroka, de Anna Gabriel. Por cierto que, como el arte debe adaptarse al medio, la joven diputada exiliada está mutando, en su nuevo perfil helvético, hacia una estética más convencionalmente femenina, cejas depiladas, melena suelta, cutis limpio, y atuendo discreto, nada de camisetas superpuestas con las mangas de la inferior algo más largas y consigna reivindicativa en el pecho. Ha sido como si hubiese pasado por uno de esos programas de la tele que, gracias al trabajo de un esteticista asistido por media docena de maquilladoras y peluqueras, convierte a un ama de casa dejada y ajada en un bomboncito de mujer, dicho sea desde el respeto y el aplauso que esta metamorfosis de la gentil activista nos merece.

http://www.abc.es/cultura/arte/

Lila Downs: ‘¿Por qué piensan que las mujeres fuertes son peligrosas?’

Lila Downs: ‘¿Por qué piensan que las mujeres fuertes son peligrosas?’

 
En el álbum “Salón, lágrimas y deseo”, Downs adoptó la mexicanidad como el corazón de su música y sus presentaciones; se trata de una reafirmación constante de los sonidos y los ritmos que la inspiran. CreditBrett Gundlock para The New York Times

CIUDAD DE MÉXICO — Mientras sus pensamientos saltan de una idea a otra, Lila Downs intenta darles forma con un torrente de palabras. Es un arrebato de recuerdos que ha transformado en canciones de resistencia y orgullo. Recuerda la vez que visitó a su madre en su pueblo de Oaxaca, donde las mujeres vendían pulque, y esa imagen la lleva a reflexionar sobre cómo las mujeres salen adelante aunque eso implique romper con las tradiciones. Luego se detiene y se pregunta: “¿Por qué piensan que las mujeres fuertes son peligrosas?”.

Hija de un profesor estadounidense y una cantante mixteca, en la vida de Lila Downs conviven distintas herencias. Su último disco lleva la marca de la crianza bicultural de dos países que le han roto el corazón. Para aliviar su tristeza, buscó hacer catarsis en la música: el resultado fue el disco Salón, lágrimas y deseo que ganó un Grammy Latino en la categoría de Mejor Álbum Vocal Pop Tradicional de 2017. “El amor vence el desamor”, dice la cantante con su voz de contralto. “Y eso me está dando fuerzas”.

Downs comenzó a trabajar en esa producción hace más de un año, justo después de que la victoria de Donald Trump la sumiera en la desesperanza. “Pensé: dedicas tu vida a reunir a la gente y después pasan estas cosas”, dijo en una entrevista, en medio de las presentaciones de su gira. Entonces ahogó sus penas en una sesión de mezcal en Oaxaca, dijo, y “al día siguiente sabía que estaba lista para crear esto”.

Lila Downs: ‘¿Por qué piensan que las mujeres fuertes son peligrosas?’

 
La cantante posó junto a sus admiradores en el centro de Oaxaca, en mayo de 2017. Junto con otros músicos, Downs ha comenzado a recaudar dinero para las víctimas del terremoto de septiembre, que destrozó Juchitán y otros pueblos de la costa del Pacífico. CreditBrett Gundlock para The New York Times

Como suele sucederle, Downs comenzó yendo en una dirección y terminó en otro sitio. Al principio, Salón, lágrimas y deseo estaba pensado como una compilación de boleros famosos, pero el plan inicial no se concretó. En vez de eso, la cantante se dedicó a recorrer la tradición musical mexicana y añadió composiciones de distintos géneros como la ranchera, el danzón, la banda sinaloense, el son huasteco tradicional e incluso el rock.

En este disco —el número 12 de su carrera— Downs adoptó la mexicanidad como el corazón de su música y sus presentaciones; se trata de una reafirmación constante de los sonidos y los ritmos que la inspiran. En un concierto reciente, celebrado en Ciudad de México, cantó rancheras acompañada por mariachis de Jalisco. En un momento les dejó el escenario a los músicos invitados, Caña Dulce y Caña Brava, un grupo de son jarocho que en su mayoría está conformado por mujeres.

También invitó a bailarines de Ciudad Ixtepec, Oaxaca, para que actuaran en su concierto, así como a chinelos de Morelos que son famosos por sus tocados elaborados. Cuatro parejas bailaron al ritmo de “Inmortal”, su danzón que evoca los perfumes y sabores de Oaxaca.

Downs ha presentado su nueva producción en países como España y Argentina y continuará su gira en Estados Unidos con un concierto en Nueva York el 23 de febrero. Cuando no viaja, está en la ciudad de Oaxaca, donde vive con su esposo y colaborador musical, Paul Cohen, su hijo, Benito, y su madre.

Junto con otros músicos, Downs ha comenzado a recaudar dinero para las víctimas del terremoto de septiembre, que destrozó Juchitán y otros pueblos de la costa del Pacífico. Además organizó un festival en beneficio de las víctimas de esa región para costear hornos de cerámica y está donando algunas de las ganancias de su gira para comprar materiales de construcción, catres y lonas para las personas que se quedaron sin casa.

“Se trata de admiración por las mujeres que tienen una enorme y grandiosa fuerza”.

Aunque decidió no grabar un álbum completo de boleros, Salón, lágrimas y deseo está poblado de canciones clásicas que incluyó por la fuerza de sus letras. Cada una de ellas suele llevar un giro grácil, sorpresivo, de la búsqueda de Downs. En “Urge”, de Martín Urieta, el arreglo ranchero cede a un ritmo de cumbia y un intermedio hablado. Un violín melancólico marca una nota de tango en “Palabras de mujer”, la canción de Agustín Lara.

Además, “Piensa en mí”, de María Teresa Lara, abre con un fondo de orquesta que se desvanece para darle paso a una guitarra y percusiones que acompañan la melódica interpretación de Lila Downs, que se interrumpe por un solo de saxofón. El bolero “La mentira”, de Álvaro Carrillo, es una canción que expresa el enojo y la frustración que los mexicanos sienten ante la corrupción y la deshonestidad de sus dirigentes.

Las canciones originales de Downs ofrecen un contrapunto a la melancolía de los boleros. Para el disco escribió temas sobre el reto de una mujer que no tiene miedo a exhibir su pasión. “Creo que al terminar el disco, cuando lo escuché todo, le dije a Paul: ‘Ay, esto es muy femenino, es un recuento de nosotras y de nuestra historia’”.

Lila Downs: ‘¿Por qué piensan que las mujeres fuertes son peligrosas?’

 
Downs ha presentado su nueva producción en España y Argentina, y continuará su gira en Estados Unidos. Cuando no viaja, está en la ciudad de Oaxaca. CreditBrett Gundlock para The New York Times

“Peligrosa”, una ranchera a ritmo de rock que escribió con Cohen, es una declaración de independencia y apetito sensual. “Dicen que soy peligrosa/ Que yo soy dolorosa porque/ Quiero vivir así”, comienza, junto con las notas de la trompeta del mariachi. Y después responde: “Digo que sí soy peligrosa/ Que sí soy desdeñosa/ Porque te quiero para mí”.

“Se trata de admiración por las mujeres que tienen una enorme y grandiosa fuerza”, dice Downs. Y de “la percepción de que las mujeres somos peligrosas”. Sobre todo cuando piensan y expresan sus opiniones.

Pero hay otra forma de verlo: “También se trata de relaciones de amor. Si eres alguien pasional, cuando estás en una relación amorosa, la gente te percibe como alguien peligroso”.

La canción constantemente revela nuevas interpretaciones, dijo. “Hay elementos de esa canción que todavía tengo que aprender en nuestros conciertos y el público también me va enseñando a entender qué significa, porque siento que esa canción me sale muy de la entraña”.

En “Tus pencas”, Downs pone al machismo de cabeza cantando descaradamente sobre el deseo sexual femenino con ritmo de música norteña. “Se trata de hacer una declaración fuerte sobre la sensualidad y, por supuesto, la sexualidad, y la metáfora es ese hermoso maguey, que es el símbolo de la virilidad mexicana”, dijo.

El disco también es una celebración de la dignidad de los migrantes mexicanos en Estados Unidos. Sin embargo, en lugar de lamentar la hostilidad del gobierno de Trump, Downs lo enfrenta como un desafío. Hace una nueva interpretación del bolero de Álvaro Carrillo “Seguiré mi viaje” con un arreglo íntimo de piano a ritmo de jazz, como el viaje de un migrante que regresa una y otra vez incluso después de ser deportado. “Qué fuerza tienen, porque a pesar de ser insultados y despechados vuelven con más fuerza”, dijo.

En “Envidia”, que escribió con Cohen, Downs canta acompañada de un acordeón tormentoso sobre la vida gastada al servicio de alguien más y la demanda de respeto: “Ya no me tapas esta vez/ Ya somos muchos/ Porque yo tengo lo que tú quisieras ser”. La canción es una “carta de contestación”, dijo Downs. “Me tienes miedo, me tienes temor y me tienes envidia. Y te voy a mostrar quién soy. Yo no soy quien tú piensas que soy”.

Lila Downs: ‘¿Por qué piensan que las mujeres fuertes son peligrosas?’

 
“Musicalmente, era muy importante incorporar la música que me apasiona”, comentó Downs sobre “Salón, lágrimas y deseo”. CreditBrett Gundlock para The New York Times

Para Downs, eso significa regresar a Oaxaca, donde pasó parte de su juventud en Tlaxiaco, un pueblo en lo alto de una montaña empapada de niebla, en el que están enterrados su padre estadounidense y su abuela mexicana. En este álbum colabora otra vez con la Banda Tierra Mojada, de Oaxaca, en su canción “Son de Juárez” que tiene un ritmo electrónico y es un tributo con tintes de rap a Benito Juárez y los pueblos indígenas de su estado.

Para completar la exploración de géneros mexicanos en su disco, escogió un tema de son huasteco clásico, “El querreque”, de Rolando Hernández

“Musicalmente, era muy importante incorporar la música que me apasiona”, dijo. Eso incluye el mariachi, que le encanta y con el que ha tratado de “buscar una manera de que se dignifique y que se tenga el aprecio y el respeto correcto hacia ese género musical”.

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