Debajo

Y aunque el día era hostil –viento, frío-, nada me resultaba horrible. Tampoco hermoso. Tan sólo tremendamente sólido

Miraba por la ventanilla la hojarasca del otoño, un resplandor de fuego.
Miraba por la ventanilla la hojarasca del otoño, un resplandor de fuego. GETTY IMAGES

 

Pasaron semanas. Yo vagaba. Creyendo que estaba viva. Hasta que un hombre al que casi no conozco me dijo algo y se quedó mirándome. Yo respiré como quien acaba de ser alcanzado por un disparo perfecto (eran palabras: palabras perfectas). Entonces el hombre se rió. Era una risa tan real como las piedras. Y yo sentí que la pulpa fría de la anestesia se desvanecía dentro de mí y dejaba a la vista los gajos de un entusiasmo iridiscente. Fue como abrir una habitación cerrada y ver cómo el moho, la humedad, las telarañas, la niebla pegajosa del tiempo detenido, los vahos de la sombra oculta debajo de la cama, el polvo raído en las alfombras, la tierra pegada a los cristales, reptaban y se iban lejos. Y empecé a reírme. De mí, de mí, de mí. Y seguí riéndome cuando me despedí de ese hombre, y cuando salí a la calle, y cuando caminé hasta la parada del autobús (acá decimos “colectivo”), y mientras miraba por la ventanilla la hojarasca del otoño, un resplandor de fuego como cientos de cabezas pelirrojas arrojadas a la calle (¡qué imagen tan fea!). Y aunque el día era hostil —viento, frío— nada me resultaba horrible. Tampoco hermoso. Tan solo tremendamente sólido. La gente no parecía pesarosa ni agobiada. Era gente desconocida, con vidas raras, como la mía. Y sentí una alegría de panadera, de delantal, de pelo recogido, de olor a mina de lápiz, una alegría venida de la nada. Qué bien, me dije. Bajé del colectivo, caminé, llegué a casa. Entendí, con satisfacción, que nada había cambiado, que no estaba eufórica: que era un día como solían ser los días antes. Debajo de las sombras, de la rigidez, de las películas que no vi, de los bares a los que no fui, de los viajes que hice sin querer hacerlos, de los amigos con los que no pude encontrarme, estaba yo. Un hombre desconocido me había llevado de regreso a casa. Allí permanezco.

LEILA GUERRIERO

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El mundo Mundial: El mundo global

El mundo Mundial: El mundo global

El francés Kylian Mbappé, de 19 años, celebra con la Copa del Mundo el 15 de julio de 2018.CreditMatthias Hangst/Getty Images

BUENOS AIRES — El mundo dejó de ser mundial. Se acabó el gran paréntesis que nos permitió pensar que las cosas tienen un propósito, que sus resultados se pueden medir, que somos hinchas de nuestros países, que esperar vale la pena, que los esfuerzos encuentran recompensa, que los días rebosan de emociones, que somos los mejores o, incluso, los peores. Es duro volver a la rutina.

Yo me la pasé bien escribiendo esta columna, dentro de ciertos límites. Un día de estos les voy a contar el placer de transformar la culpa en regodeo: ese contento del que hace lo correcto, la patética satisfacción del deber cumplido. A mí también me daba un poco de culpa hacer lo que está haciendo usted ahora, mi estimada: perder el tiempo leyendo sobre fútbol. Por eso lo bueno de este invento de escribir sobre él es que me justifica: este mes, cuando leía más y más notas mundialistas, cuando miraba más y más partidos, podía creer que estaba trabajando, preparándome, cumpliendo con mis obligaciones. ¿No es bonito? Una de las decisiones más ambiguas que uno puede tomar es convertir en trabajo lo que le gusta hacer: suena perfecto, y en los primeros tiempos es perfecto. Hasta que, eventualmente, uno empieza a odiarlo y se pierde una gran fuente de placer y no gana casi nada. O sí, quién sabe.

En cualquier caso, el campeonato terminó y llegó el torneo de balances. Ya leí varios: que la catarata de goles en los últimos 15 minutos le dieron emoción a los partidos, que la catarata de goles de pelota parada le quitaron juego, que los equipos con mayor posesión —España, Alemania, Argentina— se volvieron pronto, que se ha impuesto una nueva forma de jugar basada en no jugar sino correr, que las viejas glorias que nunca mueren agonizan, que las nuevas glorias tipo Mbappé o Mbappé no están tan consagradas, que el fútbol europeo ha demostrado su superioridad porque es ordenado y organizado y rico y decente —como Croacia, que puso un técnico hace nueve meses en medio de escandaletes de corrupciones varias—, que el fútbol sudamericano no puede funcionar porque vende a todos sus jugadores —y entonces, si no funcionan, no se entiende por qué se los compran—, y así de seguido. Y en medio de todo esto apareció una historia.

El mundo Mundial: El mundo global

Zlatko Dalic, entrenador de Croacia, después de la premiación en la final de Rusia 2018CreditKirill Kudryavtsev/Agence France-Presse — Getty Images

Cambio todo el Mundial por una historia, pensé cuando la vi: que cambiaba todo el Mundial por esa historia. Solo había visto ese video: en una cancha de básquet descubierta, precaria, dos muchachos avanzan pateando una pelota de fútbol hasta que se ve, frente a un arco pequeño, un ataúd, ligeramente atravesado. Entonces el último muchacho hace que la pelota rebote en el ataúd y entre en el arco para armar un gol póstumo. Y enseguida una docena de muchachos con la misma camiseta morada entran en cuadro y, como quien festeja un gol, se abrazan al cajón y lloran. Me impresionó: cualquier idea, cualquier disquisición sobre el lugar que el fútbol ha conseguido ocupar en nuestras vidas queda boba frente a ese minuto de video, ese gol de ultratumba. Quise saber quién era el muerto, qué le había pasado. Quise saber la historia.

La busqué. Las primeras informaciones que encontré —en medios web conocidos, respetados— es que había sucedido en estos días y “en México”, así, sin precisiones. Era razonable: si hay algún lugar de América Latina donde es fácil morirse últimamente es México: más de 26.000 asesinados en 2017. Así que imaginé una historia de narcos y venganzas y muchachos tronchados en plena juventud y todas esas cosas. Pero seguí buscando: quería más detalles, y la primera sorpresa, al cabo de cuatro o cinco clics, fue que el video databa de hace un año y medio. No era una novedad; solo que el mundial le había dado un marco para difundirse más, y alguien había aprovechado. Ya empezaba a aclararse el engaño, y seguía sin haber historia, ningún nombre.

Al fin —otra banda de clics— me encontré con que la muerte había sucedido el 3 de enero de 2017 en Ciudad Ojeda, Zulia, Venezuela, y que el muerto se llamaba Keduin Indriago, que era un chico de 19 años integrante de la selección juvenil venezolana de fútbol sala y que había tenido la muerte más banal, un choque con su moto. Todo el silencio se justificaba: lo que se podía contar no era tan interesante, la historia no era actual, y la red se quedó más desnuda: ¿cuántos de los relatos, de las filmaciones, de las imágenes que nos ofrece no son lo que nos dicen? ¿Cuánto es, como el fútbol, una ficción glorificada? ¿Qué es un espectador, sino alguien que cree? ¿Qué debería ser sino alguien que duda?

Pero ya hablamos de otras cosas. El mundo este domingo dejó de ser mundial. Ha vuelto a ser global, que es la forma tristona de decir lo mismo: lo mismo sin los goles y los gritos. Global: unificado, homogéneo, dominio de unos pocos. Hasta dentro de cuatro años, cuando se arme de vuelta la ilusión, o hasta cualquier momento, cuando por fin se rompa.

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El Banquete de la Reina

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Cuando la Reina, Cleopatra, salió de su larga e importantísima reunión con los 100 generales más importantes del imperio romano, sus sirvientes le prepararon un gran banquete para que ella comiera y se repusiera.

Sin embargo, a pesar del aire exhausto que tenía, la hermosa Reina de Egipto rechazó la comida y, alegando que se acababa de dar un gran banquete, les dijo:

– Solo quiero un poco de sopa, me duele la mandíbula.

                                                                                             Fin.
Sir Helder Amos 
http://www.365microcuentos.com/

Retratos que atraviesan los ojos

Retratos que atraviesan los ojosPrimero es un fogonazo de color, un estallido que inunda la pupila, pero sin llegar a cegarla. Entonces el ojo se da cuenta de que lo que ve es una figura humana, casi siempre femenina, que permanece impasible y seria al saberse contemplada.

«Me atrae mucho conseguir combinaciones cromáticas poco usuales, incluso difíciles, que sean capaces de atravesar el ojo del que mira», justifica Agnes Ricart, la artista valenciana autora de estos retratos. «En mi trabajo, el color prevalece por encima de la forma, con la intención de que las imágenes tengan cierta dosis de intensidad energética».

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Los personajes de Agnes Ricart nunca sonríen. «Tal vez las sonrisas concedan cierta liviandad emocional a mi trabajo que actualmente no me interesa representar», justifica la artista. Para ella, su estilo «habla sobre sexualidad y género a través de una estética dinámica y enérgica, con composiciones directas y trazo ligeramente naif».

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A veces es posible reconocer en esos rostros a algún personaje célebre. Personas que resultan interesantes para Ricart, «especialmente referentes feministas contemporáneos de diferentes ámbitos culturales», explica. «Sin embargo, muchas de mis ilustraciones no parten de personas reales, sino que se configuran como rostros o identidades inventadas».

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Buitres

La FIFA pidió que se acabara en el fútbol con esos planos depredadores de mujeres guapas en las gradas

Philipp Lahm y Natalia Vodianova en la presentación de la Copa.
Philipp Lahm y Natalia Vodianova en la presentación de la Copa. MATTHIAS HANGST GETTY IMAGES

 

De este Mundial militarizado y ganado a triste golpe de córner elijo una anécdota. El día en que España fue eliminada por penaltis comenté con una amiga que durante la retransmisión se mostraran tantos planos de chicas guapas en el graderío. Es ya un tópico televisivo. Se detecta a las muchachas más hermosas y se les aísla en un plano que provoca comentarios felices de la concurrencia y hasta chocarrerías de los locutores. Pasa en la información sobre prostitución, que los cámaras encuentran cómo enfocar el nacimiento de un glúteo, la pantorrilla más atrayente y el escote más seductor, convirtiendo la noticia de un suceso mafioso en un anuncio de burdeles. También cuando llega el buen tiempo y en las playas españolas se arraciman los bañistas, no hay reportaje que no contenga un posado sugerente donde se localiza a la chica más guapa del arenal.

Sin embargo, la amiga que veía el fútbol con nosotros me dijo que eso no era cierto. Que se pinchaban tantos planos de aficionados hombres como de mujeres y que lo que sucedía es que mi cabeza androcéntrica solo era capaz de percibir los planos de chicas e ignoraba el resto. Me pasé 10 días muy tocado por el asunto. Es cierto que nuestra cabeza guía los ojos y, de la misma manera que toda acción es política, toda mirada es sexual. Combatimos con la educación nuestra basura neuronal y la única actitud posible es recurrir al sentido común y jamás atizarle a otro lo que no deseamos para nosotros. Pero la FIFA vino a salvarme de lo que ya creía una enfermedad incurable. Gracias, FIFA, y juro que nunca pensé escribir esta proclama sobre una asociación que tiende más a lo corrupto que a lo ejemplar.

Fue la FIFA la que pidió en un comunicado que cesaran esos planos depredadores donde se cazan chicas en el graderío. Quizá vieron el último partido de Suecia donde mientras se atendía a un jugador lesionado, el realizador pinchó sucesivamente nueve planos de jóvenes suecas que elevaban la autoestima erótica de ese país pese a su eliminación deportiva. Vamos, que el tarado no era solo yo, sino que también la mirada de mi amiga resultó incapaz de admitir la verdad que encerraba mi crítica a las retransmisiones. Este episodio me enseñó a seguir apostando por educar nuestro sentido común y permitirle liberarse lo más posible tanto de la inercia depredadora de siglos de dominación masculina como de algún discurso demasiado mediatizado por urgencias del día. Eso sí, en la final, la Copa la presentaron un futbolista y una modelo. Extraña pareja.

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