Los sonidos «f» y la «v» nacieron con la alimentación del Neolítico

Científicos han concluido que estos sonidos se extendieron por cientos de lenguas con la adopción de una dieta blanda que transformó la fisionomía de las mandíbulas, hace 4.000 años

Los sonidos «f» y la «v» nacieron con la alimentación del Neolítico

En la actualidad existen entre 7.000 y 8.000 lenguajes hablados en todo el mundo. Se construyen a partir de 2.000 sonidos diferentes, desde las llamadas vocales cardinales («a», «e» y «o»), hasta los chasquidos consonánticos de las lenguas click, del sur de África. Cada una de estas lenguas es más rica en un tipo de sonidos que en otros y ha evolucionado de una forma concreta a lo largo del tiempo: aparecen y desaparecen conceptos, las palabras más usadas se acortan, se adoptan una entonaciones u otras.

Algunos científicos consideran que toda esta maravillosa diversidad surge porque el lenguaje es parte de nuestra naturaleza: un producto de nuestra cultura, pero también de nuestro cuerpo, de nuestras manos, de nuestra boca y de nuestra garganta.

Algunos de estos científicos acaban de publicar un estudio en la revistaScience en el que han demostrado que dos sonidos esenciales en las lenguas contemporáneas, «f» y «v», aparecieron hace apenas cuatro milenios. Gracias a cinco años de trabajo, en los que han comparado multitud de lenguas y han elaborado sofisticados modelos biomecánicos, han concluido que estos sonidos surgieron gracias al cambio de dieta que trajo consigo el Neolítico y que estuvo asociado con transformaciones esenciales en la forma de morder.

«Nuestro artículo muestra evidencias que apuntan al hecho de que los sonidos labiodentales han aparecido recientemente en la historia de nuestra especie», ha dicho en rueda de prensa Damian Blasi, investigador en la Universidad de Zurich y en el Instituto Max Planck de Ciencia de la Historia Humana, y uno de los tres autores del estudio. Blasi se refirió así a sonidos como «f» y «v», muy comunes y presentes en la mitad de las lenguas actuales.

Este artículo muestra que un cambio cultural puede cambiar nuestra biología de forma que afecte a nuestro lenguaje», ha dicho enSciencemag.org Noreen Von Cramon-Taubadel, investigador en la Universidad de Buffalo, Estados Unidos.

Aunque no está claro cuándo surgió el lenguaje, se considera que la mayoría de sus sonidos aparecieron hace unos 300.000 años, con el nacimiento de nuestra especie, Homo sapiens. Pero hay una excepción. Hace tres décadas, el lingüista Charles Hockett propuso que los sonidos labiodentales, que se hacen con los labios inferiores y los dientes superiores, no podían estar presentes desde tan pronto, en las poblaciones de cazadores-recolectores.

Mandíbulas del Paleolítico

¿Por qué? Porque en los humanos del Paleolítico los dientes superiores e inferiores estaban alineados en las mandíbulas, de forma que les resultaba más costoso hacer estos sonidos. Sin embargo, esto cambió, según Hockett y otros, cuando la mandíbula se modificó y los dientes superiores quedaron adelantados sobre los inferiores, como ocurrió a partir del Neolítico y pasa hoy en día.

Según dijo Hockett, esta diferencia tiene su origen en la alimentación. En el Paleolítico los alimentos eran más fibrosos y duros, por lo que las mandíbulas inferiores eran mayores, los molares salían más adelantados y los dientes inferiores y superiores estaban alineados. Esta dentadura, decía Hockett, hacía más difícil que la mandíbula superior tocase el labio inferior, lo que hace falta para pronunciar los sonidos labiodentales.

Damian Blasi y sus colegas Balthasar Bickel y Steven Moran quisieron poner a prueba esta hipótesis. Lo hicieron a través de modelos computacionales biomecánicos con los que trataron de simular cómo el humano produce los sonidos labiodentales. En concreto, los investigadores compararon la mordida característida del Paleolítico con la del Neolítico. Así observaron que la mordida más moderna hace un 29% más fácil pronunciar los sonidos labiodentales.

Diferencia entre la mordida del Paleolítico (izquierda), con los dientes superiores e inferiores alineados, y la moderna (derecha), con los dientes superiores adelantados
Diferencia entre la mordida del Paleolítico (izquierda), con los dientes superiores e inferiores alineados, y la moderna (derecha), con los dientes superiores adelantados – Scott Moisik

Blasi ha resaltado que no es que una cosa ocurriera como consecuencia de la otra. Sino más bien que este cambio aumentó la probabilidad de que aparecieran dichos sonidos: «El proceso fue gradual, no determinista, y diverso en las regiones y sociedades, con frecuencia modulado por factores sociales y culturales, como el prestigio».

Según ha sugerido Balthasar Bickel, otro de los autores del estudio, a medida que más adultos fueron desarrollando la mordida no alineada comenzaron a usar más los sonidos con «f» y «v». Incluso, ha sugerido, estos sonidos pudieron convertirse en una señal de prestigio en India o Roma, representando dietas más blandas y ricas.

El auge de la «f» y la «v»

Además de esto, los investigadores también analizaron la distribución de los sonidos labiodentales en miles de lenguas, y su relación con las fuentes de comida más características de las poblaciones que las hablan. «Descubrimos que aquellas poblaciones con una larga tradición de dietas blandas y preparación de comida son las que tienden a albergar más sonidos labiodentales». De hecho, las poblaciones de cazadores-recolectores analizadas tienen la cuarta parte de sonidos labiodentales que las sociedades agrícolas.

Por último, analizaron las relaciones entre las lenguas Indo-Europeas y averiguaron que los sonidos labiodentales se extendieron muy rápidamente. Pasaron de ser raros hace 8.000 años a extenderse ampliamente gracias a la adopción de la agricultura y los métodos de procesamiento de alimentos como la molienda de grano. En la actualidad, las consonantes «f» y «v» aparecen en el 76 % de las lenguas Indo-Europeas. De hecho, según los autores, los sonidos labiodentales se extenderán aún más, por todo el mundo, con la adopción de dietas más blandas.

A la vista de sus conclusiones, los investigadores han propuesto analizar el lenguaje desde una perspectiva más biológica, en la que se estudie su relación con la biomecánica y la neurofisiología. «Los nuevos métodos desarrollados en nuestro artículo nos permitirán ir más allá para reconstruir los sonidos del habla del pasado antiguo o prehistórico», ha dicho Steven Moran, otro de los autores.

Sin embargo, este estudio tiene limitaciones, puesto que los autores se han centrado en los lenguajes Indo-Europeos, por estar muy extendidos y estar muy bien documentados.

Los autores han dicho estar interesados en aplicar estos métodos a más sonidos. Otra de sus metas será sumergirse en los orígenes evolutivos del lenguaje hablado. «Ahora estamos en posición de investigar si el origen del lenguaje hablado evolucionó gradualmente o no», ha dicho Moran. Y, más en concreto, estudiar cómo los sonidos surgieron a casa de la interacción entre la biología y la cultura, y cuáles aparecieron antes que otros.

Además, estos hallazgos sugieren que los sonidos «f» y «v» tuvieron un coste. Según Moran: «Nuestra mandíbula inferior es más pequeña, padecemos las muelas del juicio y tenemos los dientes apiñados». Todo para usar una de las herramientas más potentes a nuestro alcance: el lenguaje hablado.

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No tienen suerte

Parece que hubiera una legión de “sexadores” mirándole el sexo a todo: a la literatura, al cine, a los consejos de administración, a los ministerios

ESTÁ VISTO que las mujeres no tienen suerte. Durante siglos han estado sojuzgadas (si hablo en pasado es porque me refiero sólo a las occidentales), no se les ha permitido estudiar ni trabajar (con la inmensa excepción de las clases pobres, que se han deslomado desde la niñez), se les han puesto trabas para desarrollar actividades artísticas y científicas o no se las ha tomado en serio; han sufrido condescendencia y paternalismo, y lo que hacía una mujer se equiparaba con lo que hacía un crío avispado: mira qué gracioso, no está exento de mérito. En España fueron menores de edad, literalmente, hasta que Franco se fue a la tumba y los franquistas a sus casas. Necesitaban autorización del marido o del padre para las cosas más inverosímiles, abrir una cuenta corriente, sacarse un pasaporte, tener un empleo remunerado. Yo conocí a algunas que, una vez alcanzada la mayoría, prefirieron no casarse para gozar de libertad y autonomía. No estaban dispuestas a verse bajo la tutela de un individuo, por más que la mayoría de los maridos —justo es reconocerlo— no la ejercieran de facto. Entre personas civilizadas no existían esas prohibiciones conyugales. Pero el mero hecho de que existieran por ley bastaba para que algunas no quisieran correr riesgos y renunciaran conscientemente a hijos y familia propia. Elegían ser lo que entonces se llamaba “una solterona”. No había “sexismo” en el término, ya que también se utilizaba en masculino para los varones, a menudo acompañado del vocablo “empedernido”, lo cual transmitía la idea errónea de que los “solterones” lo eran por su voluntad y por aversión al compromiso, mientras que las “solteronas” se conformaban con su falta de éxito o su mala fortuna. Sin duda había casos así (como había hombres que sólo habían recibido calabazas a lo largo de sus vidas); pero ya digo que conocí, de niño, a no pocas jóvenes inteligentes, atractivas y solicitadas que lo último que deseaban era tener a su lado a alguien con autoridad sobre ellas, así fuese respetuoso y civilizado.

Todo esto fue cambiando desde el inicio de la democracia, y durante cuarenta años, con constancia, las cosas se fueron normalizando. Quedan todavía vestigios inadmisibles, como la menor paga de una mujer por el mismo trabajo que hace un hombre. Eso, según nuestras leyes, no puede darse, pero lo cierto es que se da en muchos lugares. La normalización consistía —y esa era la justa aspiración feminista— en que el sexo resultara indiferente. En que no se juzgara nada en función de él. Ni la capacidad, ni la competencia, ni el talento, ni el mérito o el demérito. Entre mis colegas escritoras, por ejemplo, lo que más las irritaba era que se las llamara a conversar con otras autoras sobre “literatura femenina” o “de mujeres”. Señalaban con razón que a los novelistas nadie nos reunía para que habláramos de “literatura de varones”. Eso indicaba que todavía, pese a todo —pese a Emily Brontë y Jane Austen, Madame de Sévigné, George Eliot y Pardo Bazán, unas pocas clásicas—, el que las mujeres escribieran se veía como algo cercano a una curiosidad, por no decir a una anomalía. Era como si se las confinara a un ghetto. Recuerdo que a Rosa Chacel, a la que traté desde la infancia, la sacaban de quicio estas distinciones. Ella no se sentía en la estela de esas autoras y de Charlotte Brontë, Virginia Woolf, Colette e Isak Dinesen —las supuestamente mejores—, o no sólo. Se sentía también en la de Conrad, Flaubert, Proust, Valle-Inclán, Dickens y Tolstoy.

Esa tendencia se ha ido al traste, y esta vez por imposición del último feminismo. Parece que hubiera una legión de “sexadores” mirándole el sexo a todo: a la literatura, al cine y a la televisión, a la música y al teatro, a los consejos de administración y a los ministerios, a la justicia y a la ciencia y a la enseñanza. Continuamente se señala el número de mujeres que intervienen en algo, y, casi por sistema, se subrayan y ensalzan sus contribuciones. Si antes había ninguneo —hasta cierto punto—, ahora se va a marchas forzadas hacia el enaltecimiento indiscriminado, lo cual constituye otra forma de ghetto. Si yo fuera una mujer a lo Rosa Chacel, por seguir con su ejemplo, creo que estaría cabreada con una parte de mis congéneres. Han hecho tanto hincapié en el sexo de las personas, destacando las bondades del suyo, que cuando uno lee el enésimo elogio, ya no sabe si es sincero o si responde sólo a una “política de elevación”, a una incesante campaña de veneración o llámenlo como quieran. En los últimos años se han saludado tantísimas obras maestras de escritoras —sobre todo estadounidenses y argentinas—, que, de creer a los críticos y a los colegas, no sabría por dónde empezar y tendría lectura obligada para varias décadas. Como mi tiempo es limitado y debo emplearlo con tiento, el resultado es que pongo entre paréntesis o en cuarentena todas esas enérgicas loas y aguardo a ver qué queda y se consolida. No es que yo sea índice de nada, pero me temo que no soy el único —ni la única— que contempla con justificable escepticismo la avalancha de maravillas por sexo. Y una vez más, me parece, son las mujeres las que salen perdiendo. 

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Tres fases

Los discursos de Churchill y de De Gaulle han sido reducidos a simples y frenéticos tuits salidos de los dedos de Donald Trum

Un hombre mira en Seul una noticia sobre las declaraciones en Twitter de Donald Trump.
Un hombre mira en Seul una noticia sobre las declaraciones en Twitter de Donald Trump. AHN YOUNG-JOON (AP)

 

La voz, la imagen, la Red. La radio era la voz. En los años treinta del siglo pasado con la radio ascendió Hitler al poder, y en manos de su ministro de propaganda, Joseph Goebbels, se convirtió en una formidable arma política. Durante la guerra, a través de ese aparato, los ladridos del führer fueron neutralizados en el espacio con las arengas de Churchill y De Gaulle. En la contienda civil española la radio propició la ardiente voz de Pasionaria llamando al combate y las insidias usadas por Queipo de Llano para desmoralizar al enemigo. Después, en la posguerra había que tapar el aparato con dos mantas para que los vecinos no se enteraran de que se estaba sintonizando la Pirenaica. El control de la radio por el poder fue constante hasta que 30 años después la voz fue sustituida por la imagen. Este cambio se produjo en el debate cara a cara en televisión entre Richard Nixon y John F. Kennedy el 26 de septiembre de 1960. Era la primera vez que la política hubo de someterse al lenguaje y a los códigos de la pantalla. En ese encuentro no fueron lo más importante las ideas, sino la telegenia de los candidatos. Nixon fue derrotado porque apareció con el rostro sudoroso lleno de sombras frente a Kennedy, recién afeitado y con un bronceado de yate. A partir de entonces, los asesores de imagen elevaron la corbata del candidato al mismo nivel de su inteligencia. Tres décadas después, el poder de la imagen ha sido suplantado por la fuerza de Internet, que ha introducido la política en una charca llena de infinitas ranas, que se dedican a llenar las redes de impulsos irracionales, tóxicos sin control. Los discursos de Churchill y de De Gaulle han sido reducidos a simples y frenéticos tuits salidos de los dedos de Donald Trump, y en esa fétida charca chapotean los políticos todavía en chancletas sin saber el peligro que corren. Este es el panorama.

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