Y el cortado es…….

El reloj marca las 13:00 horas del domingo 30 de mayo, recién termina el juegazo que ganó el Tri a Gambia, me imagino el orgullo del técnico ante ese valiosísimo y rotundo triunfo de la verde.

Durante toda la transmisión, para los comentaristas el tema prioritario fue tratar de adivinar a qué jugador dará de baja Aguirre, incluso abrieron sus twitters personales para conocer la opinión de los aficionados, quienes por cierto, marcaron casi unánimemente al Bofo, como si hubiese alguna duda al respecto “desdendenantes”.

Para no quedarme fuera del tema voy a dar mi pronóstico, repito que lo estoy haciendo a la una de la tarde del domingo.

Y el cortado es.......

Mi opinión es que el que tiene que salir del Tri es… chan, chan, chan, chan, ¡JAVIER AGUIRRE!, sí, leyó usted bien, Aguirre es el más malito, el peor, el más indeciso, ineficiente e inepto del grupo, el más prescindible. Él y sólo él, tiene al Tri en un estado de indefinición verdaderamente absurdo y cínicamente ofensivo, ¡a 15 días del Mundial!, por favor.

Me parece que el manejo tan vulgar y ofensivo que del tema ha hecho Javier es inaceptable para jugadores, afición, medios, etc. Ha sido un cachondeo y ha permitido que el medio y la afición nos dediquemos a especular con nombres y apellidos desde hace mucho tiempo, este tema se ha manejado de forma grosera y vulgar, ha dañado prestigios, se ha prestado para todo tipo de opiniones muchas de ellas interesadas, ha expuesto a varios jugadores a una situación por decir lo menos… incómoda e injusta, sus nombres han pasado de boca en boca exhibiéndolos como la basura del Tri.

Cada uno de los largamente mencionados como posibles excluidos de la lista final, han sido VENTANEADOS públicamente de manera INNECESARIA… han sido cinco o seis nombres que de manera absurda han pasado de ser seleccionables a los malos del cuento, los dispensables, los fracasados, los faltos de corazón, o de técnica, o de personalidad, o de huevos, y todo porque Javier no sabe lo que quiere.

PD. Me pregunto: ¿Y Aguirre, apá?

carlos.albert@milenio.com

Divagaciones durante un apagón

Divagaciones durante un apagón

Estaba negra, palpable la noche. No se alcanzaban a ver las copas finales de los hermosos árboles enfrente de mi casa, era la tenebrosa oscuridad de la fiebre, de los sueños, de la muerte. Lo que da miedo, lo irremediable sin la luz eléctrica, sólo más tarde la temblorosa llama del sirio pascual siempre listo en mi casa por si alguien se moría. Madre. En la tenebra me recosté entendiendo: no había luz eléctrica, ni teléfono, ni por supuesto la atorrante televisión embaucadora. Traté de leer con la vela, como Tolstoi escribiendo La Guerra y la Paz… imposible, los ojos se volvieron dos globos supongo colorados. Afuera lo oscurísimo dejaba la colonia sumida en una pegosteosa formidable nada… me hundí en la siempre sabida muerte. Miedo, por supuesto. Acababa de leer la catástrofe que es ahora nuestra patria, el mundo…el niño sentado en una sillita en medio de un cuarto vacío sosteniendo el techo con vigas porque afuera está la construcción de la línea 12 del Metro… La cara cerúlea, vendada, de un aparente Fernández de Cevallos (mi abuela era Ceballos) en cautiverio y desnudo… Todos los del gabinete bizcos… La iglesia en lugar de meter el orden en los calzones de los niños, discurriendo mensadas de si es católica, apostólica y romana…El dolor por Cariño y Jaakkola. El petróleo matando a los animales sagrados de Dios (los caballos y los perros son nobles…los burros son santos) (los más inocentes los del mar contaminado)…La pobreza del planeta (“pobre gente toda la gente” Pessoa). La pericia crudelísima de los bancos. Los patéticos sueldos de nosotros los periodistas honrados. La ancianidad de mi perrito bamboleante. Mi piel, mi estomago, mis ojos, mis desalmados médicos, mi hermano el doctor muerto, mi soledad de 24 horas, la ingratitud de mis iguales, el desgarrador intento de no volver a escribir jamás un libro . Mi mamá, mi papá, mis amores, Nueva York y yo hincada frente a mi primer Greco. La catedral de Notre Dame vista desde un camión llevándome fuera de París. Matan a golpes a un detenido en Irapuato. Los gusanitos de maguey que no comeré este año. El sufrimiento animal. La celestial águila de la bandera mexicana que está pintando Carmen Parra y que nunca poseeré. Los niños maltratados que me despiertan a la duermevela. La limosna ganada con mi novela Fuimos es Mucha Gente después de diez años… Los honorarios que no obtendré por la reedición gratis de Las Cosas, un libro mágico mío publicado en Guanajuato…Los óleos que vendo y nadie compra…Lo conseguido en “honorarios” y lo pagado a cada médico: el pielólogo, el estomaguero, el ojero, el oidor, el de las muelas, el piesero…y así…al chas-chas…

Maria Luisa Mendoza/exonline.com.mx

*Periodista y escritora

Mata al bebe

Mata al bebe

-Cuando se abre el telón vemos al bebé sobre una mesa. También hay un atril donde colocamos la caja negra que contiene el objeto. El concursante…
-El bebé está desnudo.
-Mmm… No lo sé. Quizás lleva un pañal. No nos preocupan los detalles de momento. En una esquina de la pantalla vemos el cronómetro que marcará los treinta segundos. Una cuenta regresiva, de treinta a cero. Y entonces el presentador abre la caja.
-El concursante descubre a la vez que el público el contenido de la caja.
-Sí. Un cortauñas, un mechero. Un bombilla.
-Estoy intrigado.
-En ese mismo instante el cronómetro se pone en marcha y el concursante debe matar al bebé haciendo uso del objeto.
-Perdona, ¿acabas de decir “debe matar al bebé”?
-Piénsalo bien. El concursante no conoce previamente el contenido de la caja. Sólo tiene treinta segundos para acabar con la vida de… Joder, está obligado a desplegar toda su creatividad. Se lo ponemos difícil. Le damos una esponja. Le damos… un rotulador de punta gorda.
-Y el show se llama “Mata al bebé”.
-Mata al puto bebé. Claro y conciso. No me digas que no es una idea cojonuda.
-…
-Es una idea de puta madre.

hongosblog.blogspot.com

El mito de la adicción a Internet

En un día cualquiera de 1995 al psiquiatra Ivan Goldberg, afincado en Nueva York, se le ocurrió gastar una broma. Había leído la cuarta edición del Manual diagnóstico y estadístico de trastornos mentales (DSM, en inglés), la Biblia de la psiquiatría moderna, y decidió animarse con una parodia. Se inventó una enfermedad.

El mito de la adicción a Internet

La llamó “desorden de adicción a Internet” (IAD, en inglés). Describió sus síntomas y lo colgó, cómo no, en su discreto portal de Internet, hoy aún disponible. Habló de ansiedad, de necesidad de conectarse horas y horas, y de movimiento involuntario de los dedos para teclear. Incluso animaba a crear un grupo de ciberadictos anónimos. Probablemente lanzó unas carcajadas antes de publicarlo.

La sorpresa llegó días después. Recibió decenas de mensajes de gente que se identificaba con el problema. Sus colegas de profesión abrieron un intenso debate. La idea se extendió. Ese mismo año, la psicóloga Kimberley Young, referente en la materia, fundó el Centro para la Recuperación de la Adicción a Internet (netaddiction.com). Los medios comenzaron a hacerse eco. La bola de nieve ya era demasiado grande para detenerla.

Quince años después, la polémica continúa, aunque desinflada. Cada vez más expertos se niegan a admitir esta patología.

“En 25 años de profesión no he conocido ni un solo paciente que la tenga. Es como hablar de adictos al teléfono, no tiene sentido”, asegura José Miguel Gaona, médico psiquiatra especializado en adicciones y doctor en Medicina por la Universidad Complutense de Madrid.

El último borrador del DSM, elaborado por la Asociación Americana de Psiquiatría, vuelve a excluir la dependencia de Internet como trastorno de conducta. No hay ninguna evidencia científica.

Goldberg, el bromista, intentó aclarar el entuerto en el año 1997. “Si extendemos el concepto de adicción para incluir todo aquello que la gente hace en exceso, tendríamos que aplicarlo a leer libros, a hacer ejercicio, a hablar con la gente…”, declaró a la revista The New Yorker. Pero la broma sigue viva.Desde 1996, decenas de estudios han intentado demostrar sin éxito la existencia de la adicción a Internet. El último viene de Reino Unido. Según investigadores de la Universidad de Leeds, el 1,2% de la población europea entre 16 y 51 años vive enganchada. Su droga: conectarse demasiado tiempo e ignorar otros aspectos de la vida. Aseguran, además, que muchos de ellos sufren depresión. Pero hay un problema. “No sabemos qué ocurre primero, si la gente deprimida acude a Internet o es esta la que produce depresión”, se pregunta Catriona Morrison, autora principal del informe.

La bibliografía es extensa. El hospital universitario de Kaohsiung (Taiwán) reveló recientemente los resultados tras dos años de analizar el comportamiento de adolescentes: un 11% vive obsesionado con la Red. La Universidad de Augusta (EE UU) lo cifró en el 4% en EE UU y el 14% en China. En 2008, la Universidad de Stanford habló del 1%. Vaughan Bell, profesor en el Instituto de psiquiatría del Kings College de Londres, afirma que estas investigaciones se basan en encuestas mal diseñadas y muestras insuficientes. “Definen adicción en función del número de horas que pasamos online, pero no de las causas que llevan a ello. La gente es adicta a sustancias o actividades, no a un medio de comunicación. Decir que soy adicto a Internet es tan absurdo como decir que lo soy a las ondas de radio”. Como él, varios psicólogos y psiquiatras se han dedicado los últimos años a desmontar mitos. Scott Caplan, profesor en la Universidad de Delaware (EE UU), lleva desde 2002 estudiando la relación entre interacción social e Internet. Sus resultados son reveladores: personas con ansiedad, depresión y dificultad para socializar tienden a usar más Internet y no al revés. Es decir, la Red no crea patologías sino que canaliza una desviación existente. ¿Cuánto tiempo es normal y excesivo delante de la pantalla? Helena Matute, catedrática de Psicología de la Universidad de Deusto, fue una de las primeras en España en publicar un artículo sobre el tema (en 2003). “Si alguien no puede dejar de entrar en Internet es como si fuera al mismo bar de la esquina todos los días. Podría ser un problema, pero no una adicción”, escribió. Hoy sostiene la misma postura. “Mucha gente tiene trastornos de conducta, pero en la inmensa mayoría no se pueden achacar a la Red”.

Según la Asociación para la Investigación de Medios de Comunicación (AIMC), el 37% de los españoles se conecta entre 10 y 30 horas semanales. El 9% lo hace más de 60 horas. Los chats y las redes sociales son las actividades más populares. Esto ha alimentado un temor: engancharse a Facebook o al Messenger puede perjudicar la socialización en persona, la de toda la vida, la saludable. Falso. Diversas investigaciones echan el argumento por tierra. La Universidad de Virginia (EE UU) publicó una en enero: adolescentes entre 13 y 14 años con una vida social offline equilibrada son más proclives a utilizar redes sociales entre los 20 y 22 años. Las consideran una extensión normal de su vida. “Hoy los adolescentes tienen una necesidad social de comunicarse. Antes se hacía en persona o por teléfono. Ahora se hace por chat. El canal ha cambiado”, explica Xavier Carbonell, profesor de Psicología de la Universidad Ramon Llull (Barcelona). Sus propios estudios demuestran que no es posible hablar de adicción. Ahora analiza el impacto en la conducta de los juegos de rol online.

Aquí sí existe una reducida, pero fiable, conexión entre videojuegos violentos y cambios de conducta. Nick Yee, investigador en el Palo Alto Research Center (California), calcula que un jugador medio dedica entre 20 y 22 horas semanales a esta actividad. “Lo único seguro es que justo después de concentrarse en un juego violento, algunos adolescentes reaccionan agresivamente, pero no podemos demostrar que aumente su agresividad a largo plazo”.

Ha muerto Dennis Hopper

Tenía 74 años y un cáncer de próstata. Probablemente nadie como él haya encarnado tan bien a toda una generación, salvo James Dean, que tenía la inapreciable ventaja de llevar muerto muchos años y ya se sabe que los difuntos son muy ventajistas al ocupar posiciones en la iconografía.

Hopper había sido lo que en términos ciclistas llamaríamos ‘un gregario’ de James Dean en la película de Nicholas Ray que lo encumbró: ‘Rebelde sin causa’. Fue en 1955. Al año siguiente obtuvo un papel secundario en ‘Gigante’, junto a Dean y Rock Hudson. Pero fue en 1969 cuando se hizo un hueco en la historia de la cultura del siglo XX, al dirigir Easy Rider, una película de la que él supo hacer un espejo en el que empezó a mirarse toda una generación. ‘Easy rider’, a la que la distribución española puso un título como de libro con testimonio de autoayuda (Buscando mi destino) consagró en todo el mundo la expresión ‘road movie’ y fue la expresión estadounidense de los movimientos contraculturales que a finales de la década de los sesenta se extendieron por todo el mundo. Tal como dijo Hopper sobre su película y las razones de su éxito:

“Nadie se había visto a sí mismo en las películas hasta entonces. La gente fumaba porros y tomaba LSD por todo el país, pero en cine seguían viendo a Doris Day y a Rock Hudson”.

Arrieros somos, podría haber sido una traducción aproximada del ‘mensaje’ de la película, aunque no hay nadie que pueda correr tanto durante mucho tiempo. Esa es la clave de la ventaja de James Dean, que murió on the road, al chocar su Porsche 550 Spyder con un Ford Tudor conducido por un estudiante en una carretera secundaria de California: “Vive intensamente, muere joven y deja un bonito cadáver”.
Para Hopper se ha acabado la carrera, aunque él hace ya tiempo tuvo que dejar el alcohol y las drogas para poder llegar a los 74, hasta el día de ayer. Descanse en paz y que la cuneta le sea leve.

La doctrina del bienpensar

La doctrina del bienpensar
Esta semana las productoras de televisión han lanzado la voz de alarma: muchas podrían cerrar el próximo año por la inestabilidad del sector y por el previsible recorte económico en los presupuestos de las cadenas públicas. El grito de pánico se une al del sector de la prensa y al de tantos otros sectores que, al no disponer de altavoces mediáticos, no logran hacer tanto ruido.
Cuando empezó esta suave desaceleración económica, los optimistas (es decir, los imbéciles) aseguraban que las crisis tenían su lado bueno. Porque las crisis, decían, limpiaban el mercado de farsantes y especuladores. Eso sería verdad si (a) el Universo fuese justo y (b) la crisis no fuese culpa precisamente de los farsantes y los especuladores.
Entiendo que las productoras y los periódicos pierdan los nervios y lancen voces de alarma. Lo que me molesta es que los medios y quienes les proveen de contenido sugieran que su desaparición supone un enorme drama social en virtud de no sé qué principio democrático del que sólo echan mano cuando los números se vuelven rojos.
Si cierra un periódico, una productora de contenidos o una cadena de televisión lo lamentaré por los trabajadores, por supuesto, como lo lamento cuando cierra una fábrica de coches o una panadería. Pero no siento que la calidad democrática de nuestro país merme si cierra uno, dos, cuatro periódicos porque no siento que, hoy por hoy, ninguno de ellos contribuya a la calidad democrática, a la libertad de expresión o a la pedagogía política. No siento que ninguna productora o televisión española nos haga más libres, cultos, educados, no siento que ningún medio de comunicación fomente la crítica, la disidencia o apueste por la tan cacareada sociedad del conocimiento. Más bien al contrario; considero que fomentan el adoctrinamiento, la obediencia y la dulce y suave filosofía del bienpensar.
Desde que esta crisis se hizo carne y empezó a afectar a la economía real he visto cómo los farsantes y las voces de su amo se hacían fuertes en periódicos, televisiones y organismos públicos. La crisis asusta, y el miedo no es buen prescriptor de libertades ni disidencias, lo que provoca que el poder decisorio se concentre en los adalides de la obediencia, la propaganda y el capital. La crisis económica, en definitiva, ha sido un durísimo golpe para la libertad de expresión en nuestro país, infinitamente mayor que el cierre de cualquier cabecera o cadena de televisión.
Si en los próximos meses desaparece un periódico o una televisión, me entristeceré por los trabajadores que se queden en la calle, pero que nadie me pida que llore por la libertad de expresión. Porque la libertad de expresión, amigos llorones de la prensa y la televisión, no depende del dinero.
Jose A. Perez/mimesacojea