Los “rafitas”

Los "rafitas"

ES CADA día más evidente que los centros de internamiento, a los que la Ley del Menor se refiere, no funcionan. Habrá que pensar de una puñetera vez en una diferente. Cada día son más los rafitas que, después de haberse cargado a alguien y pasado algún año en uno de esos reformatorios, van por la calle, protegidos más que vigilados, robando coches y haciendo de las suyas, pero más creciditos. Para los padres heridos y zaheridos ha de ser una cruz insoportable… A Sandra Palo, el Rafita y sus compinches la violaron, la atropellaron varias veces con un coche y la quemaron luego. Nuestra especie de civilización educa o deforma a los niños y los diversifica. Ser Defensor del Menor no es fácil. Y cada vez más se corre el riesgo de pasarse o de no llegar. Han de ser individualizados y estudiados al límite. Basta de los rafitas que roban coches, sonríen a las cámaras, se exhiben buscando su publicidad… La Ley del Menor ha de ser modificada. Sembrar la alarma y echar la culpa a bandas de inmigrantes es fácil pero falso. Para algo estará el Legislador. A los rafitas ya los conocemos.

Antonio Gala/elmundo.es

Suicidarse sin dolor

Suicidarse sin dolor
El laboratorio de investigadores de Otringal ha descubierto una manera de suicidio indoloro perfecto. Los que tengan miedo de realizar esta práctica de acabar con la vida por miedo a lo que puedan sufrir o a que haya algún fallo y se queden pikis el resto de su existencia, están de enhorabuena.

Tenemos que suicidarnos en un espacio alto y cerrado. No tiene que haber ventilación porque queremos inundar levemente el lugar con CO2. Tiene que hacer mucho frío y debemos ir en ayunas. Nos disponemos a saltar al vacío desde una altura de cuatro o cinco plantas. Pero antes de hacerlo, debemos tomar cinco pastillas de somníferos y un trago de tequila.

Una vez en el aire, activaremos un dispositivo que hará que tras nosotros caiga un camión, para que cuando nos desmembremos en el suelo nos aplaste. Pero no aterrizaremos en el suelo, no, lo haremos sobre una piscina que contendrá una mezcla de agua, lejía y gasolina. Estará electrificada y en llamas. Hacia nosotros apuntará una jeringuilla que nos contagiará un surtido Nestlé de enfermedades: el SIDA, la gripe A, el síndrome del intestino irritable… Además, habrá un detector de movimientos para que cuando lleguemos a tocar la piscina una pistola nos dispare, una guillotina nos atraviese y una bomba nuclear explote. Por último, una gorda se comerá el polvo resultante.

escrito por Tandro en otringal.com

El Revolver

El Revolver
 

El único recuerdo que guardo de mi adolescencia es el revólver Colt, cromado, calibre 38, que mi tío me dejó como herencia junto a una cartuchera de pecho, cuyas correas daban dos vueltas alrededor de mi cuerpo, por entonces con menos músculos que hoy y con más huesos por las privaciones de la vida.

Con decir que dormía armado, lo digo todo. Por las mañanas, al despertar con los gritos de mi madre, jugaba con el revólver, contemplándolo contra la luz que penetraba por la ventana. Vivía obsesionado por su forma y tamaño, sin comprender cómo un objeto maravilloso podía trocarse en peligroso. Acariciaba la culata, hacía girar el tambor contra la palma de la mano y me apuntaba el cañón contra la sien, como quien jugaba a la ruleta rusa.

—¡No te apuntes así, porque eso que tienes en las manos no es juguete! —gritaba mi madre desde más allá de la puerta—. Así se apuntó tu tío y así lo mataron. Un disparo en la cabeza acabó con su vida…

Entonces yo retiraba el revólver de mi sien y apuntaba contra la pared, imaginándome que de un balazo hacía volar por los aires el sombrero de mi adversario. Después soplaba el humo del cañón y, haciéndolo girar en el dedo, como lo hacían los cowboys, lo enfundaba en su cartuchera de cuero negro.

A veces, sin ponerme siquiera los pantalones, me acercaba hacia la ventana. Apuntaba al primer peatón, simulaba el estampido de las balas con la boca y descargaba los seis tiros, mientras adentro, en la cocina, se escuchaba la voz de mi madre, hablando consigo misma como todas las mañanas.

Con el tiempo, el revólver se convirtió en un amuleto contra los peligros. En su presencia me sentía más valiente y seguro, hasta que un día, mientras yacía todavía en la cama, el revólver apuntado contra mi sien, presioné el disparador sin quererlo y la bala me atravesó de lado a lado. La sangre manó a chorros y la vida se me atascó entre las paredes del pecho.

Cuando mi madre volvió del mercado y presintió que yo seguía en la cama, mirando el techo desde el punto de mira del revólver, asomó la cara hacia la puerta y dijo:

—Hora de ir al colegio…

Escuché la voz como en sueño, me aferré al revólver como un niño que se abraza a su muñeco de peluche y me dispuse a enfrentar la muerte, con el revólver cargado por las manos del diablo.

Mi madre, molesta por mi silencio, entró en el cuarto. Puso a prueba su autoridad y decisión irrevocables, y dijo enérgicamente:

—¡Deja ya de jugar con el revólver y hacerte el muerto!…

Mas al ver un reguero de sangre que se perdía entre las tablas machihembradas del piso, pegó un grito al cielo, tembló como gelatina y repitió entre sollozos:

—¡¿Qué te dije?!… ¡¿Qué te dije?!…

 Victor Montoya

Revistas del corazon

Revistas del corazon

 

Las revistas del corazón
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     Vive en un país de África, en torno al golfo de Guinea, un amigo de Savio Ramogar, se llama Lamboni. Enterado por Internet, por satélite, por la radio, por otros medios de información de lo que ocurre en España, envía a su amigo todos los meses un largo correo electrónico en el que le cuenta sus impresiones sobre lo que oye, lee, se comenta… sobre el país de su amigo Savio.Uno de esos correos es el siguiente. 

     Hola, amigo Savio: 

    Hoy he recibido las revistas de cotilleo que me acabas de enviar. Gracias por pensar en mí. Además, recibo a menudo de otros amigos españoles periódicos y revistas de todo tipo. ¡No veas cómo me alegra contemplar y observar de lejos, desde estas tierras lejanas de África, a través de estos medios y desde Internet, a la sociedad española, pues a través de estos medios consigo hacerme una imagen bastante fiel, aunque quizá algo distorsionada, de cómo ha ido evolucionando la sociedad que conocí antaño! Los periódicos me informan sobre todo de la situación política en España, de la palabrería de los dirigentes, de la oposición, de los grupos que tiran y tiran hacia sí tratando de sacar la mejor tajada de las debilidades de los gobiernos, de la corrupción, del despilfarro de los «reyezuelos» y déspotas de algunas Comunidades Autónomas. Pero hoy no me quiero fijar en la política ni en los políticos que observo de lejos. Hoy ojeo con pasión y humor las revistas, esas revistas que llaman de corazón, sentimentales, de famosos y famosillos…

Creo, me dicen, que dichas revistas se compran como el pan de cada día por parte las amas de casa, las empleadas del hogar, las trabajadoras empleadas fuera del hogar, las secretarias en empresas, las cajeras de los grandes almacenes, de los supermercados y de las tiendas, etc., etc. ¿Será verdad todo eso? ¡Menudo negocio para sus dueños! Creo que en ningún país del mundo hay tantas revistas y programas de televisión del cotilleo, que ahí llamáis «del corazón». ¿Quién habrá inventado ese eufemismo? ¿Por qué será? ¡Cómo le gusta a tu sociedad mariposa mariposear y tener tantos mariposones! Y en realidad, ¿por qué no? Cuando en las mentes sólo hay vacío, están huecas, con algo habrá que rellenarlas, ¿no?

Mira, amigo Savio, creo —escribo de lejos y juzgo a partir de lo que leo, oigo y veo—, que tienen razón los extranjeros que visitan España, y que van a tu país a divertirse. Dicen —lo he oído muchas veces— que los españoles son muy divertidos y juerguistas. En realidad, creo más bien que ahí, sobre todo el mundo femenino, la gente se aburre como las ostras. ¿Será verdad? Entonces, se recurre al cotilleo —la «prensa del corazón»—, a las revistas que llevan las murmuraciones y el cotilleo hasta la propia casa. Pasan así horas y horas a ver lo que hacen los demás, a contemplar a los ídolos del momento. ¡Qué guapos, qué bien vestidos, qué elegantes, qué suerte tienen esas gentes ricas, esos aristócratas que se permiten esos lujos, esas casas de ensueño que tienen, esas fiestas que dan y cómo se invitan entre sí! Ni tú ni yo, amigo mío, tenemos esa suerte, pero nos contentamos con verlos a ellos en estas fotos tan bonitas, tan llamativas… Mucha, mucha gente, las mujeres en particular, dan la impresión de que no disfruta de lo que tiene; ¡disfruta viendo, contemplando, admirando lo que tienen los demás!

Para que se vendan bien, para hacer negocio, los hábiles editores de esas revistas «del corazón» o del cotilleo recurren a menudo al morbo: ¡hay que alimentar a las fieras para que no pasen hambre y no decaigan las ganas! Y no sólo las fieras se alimentan de lo que les echan las revistas. Por si fuera poco, aún recuerdo lo que me contabas en tu última carta sobre los programas de la televisión de tu país —de todos los canales nacionales y locales—. ¡Oh! ¡cielo! Resulta que en España las escenas de cotilleo —la telebasura, como decís ahí coloquialmente— superan en horas de emisión, en audiencia, en atracción, en comentarios… al resto de todas las emisiones. Ni la cultura, ni los reportajes, ni las noticias, ni los deportes, ni las películas… ¿Será verdad? ¿Será verdad que nada consigue adueñarse tanto de la audiencia de los españoles como las emisiones de cotilleo? ¿Ya nada llena la mente de millones de españoles como el cotilleo, ese deporte nacional de siempre que nunca se ve saciado? Ya en los tiempos que pasé en tu país, a la televisión se la llamaba «la caja tonta». ¿Siguen llamándola hoy así? Yo, por mi parte, la llamo «la caja hueca» donde sólo hay risitas, risotadas, cuentos y cuentillos, comentarios jocosos, comentarios sobre famosillas y famosillos, actores ricos y actores guapos bien pagados y bien subvencionados…

¡Con qué cara de envidia parece contemplar la gente sencilla, la «gente mariposa», al famosillo, ya sea en las revistas del cotilleo, en la tele! (porque la televisión hace y deshace a los famosillos del momento, a los artistas, a los actores, presentadores…). ¿Sabes, amigo Savio?, no te añado nada nuevo si te digo en qué se entretiene a la gente ociosa de allí y de aquí en las televisiones y las revistas de cotilleo. Me llama la atención en particular lo que veía estos días en las revistas: a ver quién es el o la más sexy de los famosillos de la TV o de las revistas; a ver quién es la o el más guapo, atractivo, deseado entre tantos competidores. Incluso —y no te lo pierdas: ¿lo habrás visto tú también?— (cito un periódico de cotilleo): «¿Quiénes son los —chicos o chicas— que tienen el mejor culo de España?». Los concursantes deberán enviar una fotografía de su trasero. Los ganadores —y sobre todo las ganadoras— recibirán premios, obsequios, viajes gratis, etc. También lo habéis podido ver en un programa de Televisión Española. ¡Válgame Dios! Esto es, parece ser, amigo Savio, el ocio de la juventud de tu país y la alegría —claro está— de los que viven del negocio y ocio del cotilleo. Porque, no hay que olvidarlo, todo eso no es más que negocio de unos pocos listos que se aprovechan de la estupidez e incultura del común de la gente, de la gente mariposa. Los primeros son unos pobres diablos; los segundos, nadan en la abundancia gracias a la necedad e ignorancia de los primeros. ¿Lo ves tú así en tu país? 

Rumor y cotilleo parecen alimentar las horas que se le dedican durante el tiempo que la gente nada tiene que hacer para que no se aburra; son migajas que alimentan a los ociosos que dejan pasar el tiempo hasta que el tiempo pueda con ellos. Esto es, como ya se decía en nuestro tiempo —¿se sigue diciendo aún en la actualidad?— un deporte nacional español: ¡cómo apetece contemplar las intimidades de los demás, sobre todo de las y los famosillos de la tele y las revistas del corazón!; ¡cómo gusta  meterse en la vida de los demás, morderse unos a otros, maldecir al prójimo, crear envidias, despellejarse! Y ¡menudo éxito tienen dichos programas! Leí un día lo que decía un periodista (Raúl del Pozo) algo más serio que los que se dedican al cotilleo: «Despellejar a la gente supone un éxito seguro; si te metes con alguien en un artículo, cuentas sus bajezas, sus cohechos y sus vicios, tienes el éxito asegurado». Y añade, haciendo alusión a las revistas de cotilleo que tengo entre las manos y a la telebasura: «Lo que se vende y se premia son iconos, biografías, aureolas, celebridades de televisión. Primero se lanza al famoso, después, se venden sus cuernos, sus bautizos, sus divorcios, sus abortos»… ¿Estás de acuerdo, amigo Savio?

Mientras ojeo las revistas pienso a menudo: ¿quiénes son esas «celebridades», esos «iconos» de la televisión y de las revistas del corazón? Para mí, amigo Savio, son esas mariposas que pasan la vida de flor en flor, ajenas al peligro, pavoneándose de sí mismas, personajes etéreos, vaporosos, con alas luminosas, casi transparentes que reflejan mil colores, pero que son superficiales, sin consistencia, etc. Esta, esa, este, ese, aquel, aquella que cambia de marido o de mujer o de amante como se cambia de calzado; que muestra sus encantos e intimidades sin pudor ante millones de mirones; que muestra el mejor «culo», los mayores pechos —como una buena vaca lechera—, el mejor peinado —donde anidan los pájaros—, los mejores pendientes… para que millones de españolitos les admiren sentados en sus cómodos sofás, cansados de no haber dado golpe durante todo el día; que no hablan más que de «glamour», de flechazo, de enamoramientos que no duran más allá del instante; que se emparejan hoy, de desemparejan mañana y pasan la vida mariposeando; que hoy se aman, mañana se odian y nunca están satisfechos de nada ni de nadie y lo cuentan tan contentas en los medios. ¡Cómo se lo pasa mucha gente contemplando a esos divinos personajes, fuera del común de los mortales, la envidia de los pobres mirones que no pueden alcanzar semejantes alturas!

De lo que leo, deduzco lo que probablemente se comenta a menudo entre la gente mariposa cuando se deja llevar por las apariencias. Seguro que has oído cosas de lo más extraño: «Hay gente para todo». Así, lo que podría ser una excepción, una cosa rara, algo que sólo ocurre de higos a peras, se convierte, en el mundo de los famosos, famosillos, de las revistas del cotilleo o del corazón, de la telebasura… en algo cotidiano, normal, alegre, divertido. ¡No faltaba más! ¡Cómo atraen esos programas de televisión para gente inculta, aburrida y vacía! Ocurre otro tanto con las revistas de publicación y compra semanal con sus «divertimóvil», «olemóvil», «Top música», «top model»,  «topless», «topten», «juegos», etc., etc. Y se oyen gritillos, murmullos… de esas gentes: «Mira qué guapos», «mira qué elegancia», «ese está como un tren», «esa estrena nuevo look», «vaya cómo se pelean por la novia, por el novio», «estos pueden llegar al altar o ante el concejal»; «después de la pelea, verás, esos se reconcilian… para volver a pelearse»; «¡qué suerte!: acuden a la televisión, aparecen en las revistas de cotilleo para insultarse unos a otros, decir chorradas… y ganar millones»; «es que tenemos una televisión muy rica —con el dinero de todos— que se puede permitir tirar así el dinero… a los puercos». A que lo oyes a tu alrededor y lo lees en las revistas, amigo Savio.

Como ves, esta es la sociedad occidental, rica, ociosa, vacía, relativista, sociedad avestruz que se mira a sí misma encerrada en su torre de marfil; sociedad mariposa, superficial, animada o empujada a ello por las administraciones públicas, por los políticos: «pan y juegos», dan los políticos; y los que mueven los hijos de los dineros dan incultura para que la gente se revuelque en la basura. No, tanto como eso, no ocurre en mi país; aquí la gente está en otras ocupaciones más importantes y no tiene tiempo que perder en mirar y admirar a los demás. Como no hay peor ciego que el que no quiere ver, ni peor sordo que el que no quiere oír, seguro que para muchos de tus conciudadanos, lo que te comento aquí es puro cuento chino, como el proverbio del «efecto mariposa».

Un abrazo, amigo Savio,

Almas de animales muertos

Almas de animales muertos

Después del rastro
doblando la esquina, estaba
una cantina
donde me sentaba y veía caer el sol
a través del a ventana,
una ventana que daba a un lote
lleno de hierbas altas y secas.

Nunca me dí un regaderazo con los muchachos
en la fábrica
después de trabajar
así que olía a sudor y
sangre
el olor a sudor disminuía después
de un rato
pero el olor-sangre empezaba a fulminar
y ganar fuerza.

Fumé cigarrillos y tomé ceveza
hasta que me sentí lo suficientemente bien
como para subirme al camión
con las almas de todos esos animales muertos
que viajaban conmigo
las cabezas volteaban discretamente
las mujeres se levantaron y se alejaron
de mí.

Cuando me baje del camión
solo tenía que bajar una cuadra
y subir una escalera para llegar,
a mi cuarto donde prendería el radio
y encendería un cigarro
y que nadie se molestaría conmigo.

CHARLES BUKOWSKI

Lunas y lunaticos

Lunas y lunaticos

Sobre la superficie lunar se encontraban dos astronautas. Estaban a unos cuantos metros de la nave de aterrizaje, donde el resto del equipo bajaba todo el material necesario para larga lista de experimentos planeados. El capitán James Mayansky increpó a su acompañante:

-¿Qué, te convences ahora? ¿Es esto suficiente prueba? Has estado callado todo el viaje desde que despegamos de la Tierra, podrías decir algo.

El segundo astronauta guardó silencio. Detrás del cristal de su casco espacial su rostro estaba serio y ceñudo.

-¿No quieres hablar, eh? Ven, vamos a ver el módulo de alunizaje original.

James tomó de la mano a su compañero y le guió hasta detrás de una duna plateada, donde se encontraba el histórico módulo lunar del Apolo 11. Por unos instantes se detuvo para disfrutar del momento: ¡Toda una vida de entrenamiento y al final lo había conseguido! Estaba en la Luna, contemplando el preciso lugar donde la había pisado por primera vez la humanidad. Se sintió extremadamente afortunado. ¡Que maravillosa vista!

-¿Lo ves? Está todo ahí. El módulo, las huellas de los astronautas, las marcas del aterrizaje, la placa con la firma de Armstrong…

James dejó de hablar para observar a su acompañante, que seguía silencioso y con cara de pocos amigos. Se preguntó si estaba escuchando, tal vez estaba en algún tipo de shock. Igual estaba enfermo. Al fin y al cabo no era la persona mejor entrenada de la misión.

“¡No es justo que esté aquí!”, pensó James. “El único mérito que tiene este hombre es ser el chalado con la página conspiración lunar más popular. El directivo de la NASA que lo seleccionó para venir con nosotros tiene un sentido del humor de lo más retorcido.” De pronto sintió lástima por él. Toda una vida dedicada a buscar fantasmas y pruebas de que el hombre no había llegado a la luna para acabar pisándola él mismo. La situación era más trágica que irónica. Intentó ser amable.

-Mira, sé que es difícil aceptar que llevas toda la vida obsesionado con una idea, pero disfruta de estar aquí, del enorme privilegio que se te ha concedido y de…

-Es un montaje.

-¡¿QUÉ?!

-Es un montaje. Obviamente no estamos en la luna, todo esto es un elaborado escenario. Con la tecnología actual es imposible llegar a la Luna.

-Pero eso es absurdo. Yo…

-Vamos a ver, si yo no soy capaz de instalarme la impresora en mi güindous y soy más listo que el hambre. ¿Cómo vais a ser vosotros capaces de llegar a la Luna? Es un argumento irrefutable.¿Creíais que seríais capaces de engañarme, eh? ¿Eh? ¡Pues estabais equivocados!

-Pero… pero…

-Tengo que reconocer que ha sido un buen truco lo de pintar el desierto de Nevada de blanco y lanzar un enorme globo aerostático con la forma exacta del planeta Tierra para intentar hacerlo más creible.

James no se lo podía creer. ¡Tenía que haber algo que la paranoia de este hombre no fuera capaz de explicar!

-¡Ya lo tengo! ¿Que me dices de la gravedad? ¿No te sientes más ligero?

El conspiranoico enarcó las cejas.

-¡Ja! Buen intento, “Capitán”. Es un Campo Antigravitatorio Electromagnético (CAE) sacado del Área 51 implantado bajo tierra. Todo el mundo sabe que el gobierno Estadounidense extrajo esa tecnología del Ovni que aterrizó en la tierra en 1947 en Huelva.

-¿De qué estás hablando? ¿Dónde está Huelva? ¿Cómo es posible que creas que el gobierno Estadounidense esté en contacto con alienígenas y tenga esa clase de tecnología y sin embargo sostengas que el hombre no llegó a la Luna? ¡Tú has llegado a la Luna! ¡ESTAMOS EN LA LUNA!

-Desde luego, que poca capacidad interpretativa tienen los agentes del FBI. ¿Creía que me iba a impresionar con el “despegue” desde la Tierra? Con esos cientos de actores posando como técnicos de la NASA, toda la prensa internacional haciendo el paripé, las asombrosas vistas de la tierra fuera de órbita… La enhorabuena de mi parte a los encargados del departamento de animación multimedia, porque la verdad es que me costó ver el montaje. Han mejorado ustedes desde el burdo intento de 1969, pero siguen sin ser capaces de engañarme.

-Oh, dios mio… – James se llevó las manos al cristal del casco.

-Veo que ya se ha cansado de intentar engañarme y se ha rendido a la evidencia, agente. Espero que no le importe si me quito este casco de moto que me han puesto, es bastante incómodo…

-¡Pero que haces, idiota!

El conspiranoico se quitó el casco y cayó al suelo con claros síntomas de asfixia. Mientras se agarraba el cuello y los ojos se le salían de las órbitas, James se apresuró en volverselo a colocar. El conspiranoico volvió a respirar y dijo entre jadeos:

-¿Hasta donde pretendeis llegar para intentar convencerme de esta patraña? Habeis sellado este área del desierto de Arizona con una cúpula gigante, habeis pintado las estrellas y las constelaciones y habeis extraído todo el oxígeno con un fuelle. A mi me la vais a pegar, cachorros de los Illuminati.

-Sigh… Volvamos a la nave.

El Capitán James Mayansky volvió a la nave arrastrando las botas de su traje espacial. A su lado su acompañante le seguía dando saltitos en la baja gravedad, feliz por haber conseguido, una vez más, no ser engañado.

Juin/perpicalia.com

El reto de la nueva legislación nutricional pasa por desenmascarar las grasas ocultas

El reto de la nueva legislación nutricional pasa por desenmascarar las grasas ocultas

«Patatas, sal y grasa vegetal». Esto es cuanto figura en la etiqueta de muchas de las bolsas de aperitivos que pueblan los supermercados. Tras un primer vistazo, y al constatar la ausencia de conservantes, colorantes y estabilizantes, muchos consumidores apostarían por asegurar que se trata de un producto saludable. Sin embargo, la realidad es que el ‘snack’ podría albergar grandes cantidades de sustancias perjudiciales para el corazón. «La gente lee grasa vegetal en una etiqueta y se relaja, tiende a asociarla con un perfil saludable, cuando no siempre es así», alertan los expertos, quienes recuerdan que el aceite de oliva poco tiene que ver con los artificiales ácidos grasos ‘trans’ o los aceites de coco y palma, pese a que todos ellos tienen un origen vegetal. Mientras el primero protege las arterias por su alto contenido en ácidos grasos monoinsaturados, los segundos son grandes aliados del colesterol, fundamentalmente cuando se consumen en exceso. La falta de claridad, que no sólo afecta a los datos que aportan los aperitivos, sino también a muchos otros productos de bollería industrial, precocinados y alimentos de comida rápida, exige un cambio en la legislación sobre la información nutricional que le llega al consumidor, tal como están reclamando, estos días, diferentes especialistas de todos los ámbitos.

«Al leer una etiqueta en la que sólo se dice grasa vegetal, sin más detalles, siempre hay que sospechar», alerta Pedro Mata, director de la Unidad de Lípidos de la Fundación Jiménez Díaz de Madrid, quien subraya que «el que usa aceites saludables siempre lo destaca» como un activo importante de su producto.

«Tendemos a pensar que un paquete de patatas es menos perjudicial que un bollo y que pueden consumirse muy a menudo, pero si pudiéramos comprobar el tipo de aceite en el que están fritas es posible que, en muchos casos, cambiáramos de opinión», añade.

La legislación actual no exige que cada fabricante especifique el origen de la grasa que utiliza, lo que, según este especialista, da pie a que los aceites menos saludables se camuflen bajo el genérico ‘vegetal’. «Por ejemplo, los aceites de coco y de palma son muy comunes en la cocina industrial, pero pocas veces aparecen detallados en la etiqueta», explica el especialista del centro madrileño. ¿La causa? Su alto contenido en ácidos grasos saturados -los que normalmente contienen las grasas animales, como la mantequilla-, cuyo consumo excesivo se ha asociado en repetidas ocasiones con un mayor riesgo cardiovascular debido, principalmente, a que contribuyen a aumentar los niveles de colesterol en sangre. Su abuso también se ha relacionado en la literatura científica con un mayor riesgo de obesidad, problemas metabólicos y otros trastornos, como el cáncer.

Pese a este perfil tan poco saludable, estos aceites ‘ocultos’ en las listas de ingredientes no son, sin embargo, los que más preocupan a los especialistas. El verdadero caballo de batalla para nutricionistas y cardiólogos son las grasas ‘trans.’

Estos lípidos están presentes de forma natural -y en pequeñas cantidades- en la carne de los rumiantes y en los productos lácteos, pero, la mayor parte de los que consumimos tienen un origen ‘artificial’. Gracias a un proceso denominado hidrogenación y a partir de aceites vegetales, es posible obtener estas grasas, que resultan muy baratas y de fácil manejo para la industria.

Mejoran la apariencia de los alimentos, garantizan su sabor e incluso hacen que perduren más. Sin embargo, estudios científicos han concluido que ingerir cinco gramos diarios de estos lípidos aumenta hasta un 25% el riesgo de infarto. Las ‘trans’ son especialmente dañinas para el corazón porque, al contrario que las saturadas, no sólo elevan los niveles de LDL -también conocido como ‘colesterol malo’-, sino que también provocan un descenso en el HDL o ‘colesterol bueno’, generando todo un cóctel perjudicial para el organismo.

Muchas de las galletas, aperitivos, bollería industrial, productos precocinados o de comida rápida que existen en el mercado se elaboran a partir de ácidos grasos ‘trans’, por lo que, para el consumidor medio, no es difícil ingerir una dosis considerable a la semana.

«El verdadero problema es que la gente no es consciente de la cantidad de este tipo de grasas que consume», apunta Jordi Salas, catedrático de Nutrición y Bromatología de la Universidad Rovira i Virgili de Tarragona, quien asegura que «las estimaciones muestran que, en Occidente, entre el 4% y el 9% de las grasas que la gente toma se consumen en forma de ‘trans’» mientras que la Organización Mundial de la Salud (OMS) recomienda no superar el 1%.

Cristina G. Lucio/salud/elmundo.es