Catarsis y año nuevo

20080508101700-pulgar

DIERON las doce. Y Leo, a sus tres años, se echó a llorar. Se iba el 2009, y decía que le iba a echar mucho de menos. Le expliqué que los años no se van, que se quedan para siempre con nosotros, en el recuerdo, y en la piel. Que nos van dibujando poco a poco. Pero él lloraba desconsoladamente. La sensación de pérdida le sacudía y punto. Algo terminaba. La nochevieja tiene algo de catarsis. Nos abrazamos los unos a los otros, lloramos, exaltamos las emociones hasta romperlas. Y está bien. Porque pasamos la vida conteniendo verdades que estorban, que no encuentran nunca su lugar, y esa noche nos permitimos un punto de inflexión donde besar al enemigo, suavizar la acritud o decir lo siento. La vida sigue, pero cogemos oxígeno como si le diéramos la vuelta a la cinta y nos concediéramos otra oportunidad. Empezar de nuevo. Intentarlo otra vez. Revisar el sueño. Mirar hacia delante y ver que se escuchan con calma, que la serenidad ensombrece las ganas de descalificarse, negarse y escupirse a la cara. Que aquellos que nos representan se miran por fin, unos a otros, desde la comprensión y la intención de llegar a un consenso cuya única prioridad sea protegernos y ayudarnos a construir nuestras vidas. Mirar y ver que nadie se ríe de nosotros. Que somos capaces de pararnos, de besar, de sorprender, de sonreír más a menudo. De asumir que pasa el tiempo y las cosas cambian. España gana la Eurocopa, a Obama le conceden el Premio Nobel de la Paz, Berlusconi se va de putas con dinero público y le parten la cara, Aminatu vuelve a casa, y vuelven también los pescadores del Alakrana, ninguna mujer española deberá esconderse para abortar, y cualquier amor homosexual o heterosexual podrá respirar con dignidad; nuestro país se encuentra a la cabeza en la conquista de los derechos sociales más necesarios, que reflejan la madurez de una sociedad que pedía a gritos un reconocimiento de su verdadera identidad. Y ahora Europa tiene seis meses para contagiarse de nuestra capacidad de disfrutar intensamente de esta vida. De nuestro sentido del humor. De nuestras ganas. Que todo el que aterriza de madrugada en la Gran Vía no da crédito al movimiento, al eclecticismo, al entusiasmo, a la intensidad.

Empieza el año, y tenemos la posibilidad de ser sinceros. De mirar a los ojos y no tolerar ni una falacia más. Ni media hipocresía. Borrar del móvil todo nombre que absorba tu energía sin darte nada a cambio. Ganar tu tiempo, sin dejarte llevar por quien tiene otros planes para tus horas. Decir que no, y decirlo a tiempo.

Cayetana Guillen/elmundo.es

2010

7427

“Lo bueno es que este año ya se va a acabar…”, festinó hace algunos días el presidente Felipe Calderón. Pero que el ominoso, doloroso y sangriento 2009 termine dentro de unas horas, no significa que los problemas del país vayan a la baja ni —imposible pensarlo siquiera—, se terminen con la llegada de la nueva década.

Se va 2009, pero llega un 2010 que, a opinión de los expertos, será tan o más difícil que el año que agoniza.

Se va 2009, pero siguen los mismos problemas para México: tres millones de desempleados; falta de talento del equipo económico del gobierno federal para crear nuevas plazas de trabajo y para reactivar una economía atascada en el discurso y en la inmovilidad.

Y no es percepción. Allí está la cifra que preocupa: la compra de equipos y maquinaria por parte del sector privado cayó, este año, 22%. No hay crecimiento. No hay dinero. No hay empleos.

Incrementos en gasolina, luz, gas, servicios, tortillas, refrescos. En todo. ¡Agárrense! Y por más que el gobierno federal se empeñe en enviar el mensaje de que 2010 debe ser visto con optimismo, nada más no se ve por dónde pueda caber la mejoría en el ánimo de un país azotado por las pestes más peligrosas: la económica y la de inseguridad.

Además de los millones de desempleados, miles de empresas quebraron o están en serios problemas financieros. “Échenle ganas”, dice el spot de televisión del gobierno. Sí, como no. Que se lo digan a quienes han perdido su trabajo, o a uno de los cinco millones de mexicanos que sobreviven a diario con un salario mínimo: 58 pesotes promedio, ya con su ofensivo aumento.

No hay ningún síntoma que nos indique que el 2010 será el año de la recuperación económica.

“Hay seis millones de mexicanos más que se sumaron a la pobreza”, reconoció Calderón.

Y en relación a la lucha contra el crimen organizado, 16 mil han muerto. La pregunta es obligada: ¿Es un indicador confiable de que se le está ganando la batalla al narco? ¿Hay menos droga, hoy, en comparación al sexenio pasado? ¿Realmente se ha debilitado al narcotráfico?

Y si en el ámbito federal no se ve por dónde el gobierno pueda sacar a la economía de su letargo, en la Ciudad de México la situación es cada vez más difícil, con un jefe de Gobierno, Marcelo Ebrard, desatado en sus aspiraciones presidenciales, y manejando un presupuesto récord para este año: ¡129 mil 433 millones de pesos! Ambición política y dinero en exceso. Una combinación letal.

Nuestro gobierno “de izquierda” —que jamás lo ha sido—, le recetará a los capitalinos aumentos en impuestos y servicios: agua, predial, tenencia, licencias y más. Metro, a tres pesos a partir del sábado próximo. Ya advirtió Ebrard que el nuevo segundo piso proyectado para el Periférico, saldrá de los bolsillos de los automovilistas. Es la dictadura de un gobierno populista e ineficaz.

El DF vive en el terror. Los atracos se multiplican. La inseguridad está por todos lados. Cada vez que llueve se inunda. Las vialidades son un asco. El tráfico es ya una maldición. El transporte, caótico e insuficiente. Los microbuses han matado a más de 100 personas. La fabricación de culpables ha sido el sello de la justicia capitalina. ¡Pero basta de lamentos, si tenemos un arbolote en Reforma y miles de poseídos bailando como Michael Jackson, con sus respectivos récords Guinnes!

Algo hay que reconocer: Ebrard sí se preocupa por el empleo…al menos del de su ex esposa, Francesca Ramos Morgan, a quien le dio chamba como secretaria de Asuntos Internacionales del DF, con un sueldo superior a los 70 mil pesos mensuales. Qué considerado.

Más impuestos. Más violencia. Más desempleo. Más discursos. Más angustia.

¿De dónde sacarán el optimismo para 2010?

Martin Moreno!excelsior.com

Un mundo parcelado por muros y demagogia

preocupan los muros copiar

En este 2009 que está a punto de fenecer, con bombo y platillo celebró el mundo occidental y cristiano los primeros diez años de la caída del muro de Berlín. Y qué bueno. Los muros separan a la gente, alientan la diferencia y la discriminación. Fronteras y alambradas reducen la condición humana, confinan a los seres humanos a un espacio, impiden a unos ser como los demás, estar con los demás.

La erección del muro de Berlín fue una medida autoritaria, una respuesta idiota al atractivo que ofrecía Occidente a los habitantes del socialismo real. El resultado fue una permanente campaña propagandística que ocultó o hizo borrosos los éxitos de la República Democrática Alemana, los que no fueron pocos ni pequeños.

Pero el asunto es que mientras el muro de Berlín sigue mostrándose como ejemplo de la superioridad moral del capitalismo, otros muros, y no pocos, se han levantado en el mundo no para tapar salidas, sino para impedir la entrada. Los más conocidos y oprobiosos son el que levantó el gobierno de George W. Bush para impedir el paso de mexicanos y el que separa a Israel de Cisjordania, pero nada se dice de otras barreras.

Por ejemplo, España levantó una triple valla que aísla sus colonias africanas, Ceuta y Melilla, del territorio marroquí. Para impedir el paso de los árabes, se tendieron tres alambradas: una exterior de seis metros de altura que está inclinada hacia el lado marroquí y que es flexible para impedir que se recarguen escaleras, otra intermedia de cuatro metros de alto y, para los que eventualmente lograran superar los dos primeros obstáculos, una interior que alcanza seis metros, coronada por alambre de púas, y que tiene cámaras, sensores de movimiento, luces de alta intensidad y hasta gas pimienta en aerosol para disuadir a los migrantes.

Pero si España le cierra el paso a los marroquíes, éstos no han querido ser menos y ante su impotencia para derrotar a los bravos saharauís, han optado por levantar un muro de casi tres mil kilómetros de largo con la esperanza de que así mantendrán lejos a sus enemigos. Muros hay entre Sudáfrica y Mozambique o entre Bostwana y Zimbabue en África; entre Irak y Kuwait, entre Omán y los Emiratos Árabes o entre Saudiarabia y Yemen, en la península Arábiga. India ha levantado barreras con Pakistán, Birmania y Bangladesh. Una alambrada separa a China de Corea del Norte y barreras más complejas existen entre Corea del Norte y Corea del Sur, por no hablar de Malasia, a la que sendos muros la aíslan de Tailandia y de Brunei.

Destacan por su longitud las barreras que apartan a Uzbekistán de Kirguistán, Kazajstán, Turkmenistán y Tayikistán, las que deben sumar más de cuatro mil kilómetros, lo que constituye un récord mundial. Sin embargo, nadie le llama muro de la ignominia ni nada por el estilo. Los habitantes de origen turco de Nicosia, la capital de Chipre, están separados de los que hablan griego por una larga pared. Belfast ofrece otro caso de ciudad partida por una alta barda que tiene a los protestantes probritánicos de un lado y de otro a los “católicos”, como llama la prensa a los patriotas irlandeses.

Abundan en el mundo las ciudades divididas internamente por muros. Para protección de los ricos, San Pedro Garza García está separado del resto del área urbana de Monterrey; en la Ciudad de México, en Guadalajara, en Cancún y en Acapulco cada día se construyen nuevos conjuntos de casas separadas del mundo por una alta pared. Es la moda. Los ahítos quieren estar lejos de los hambrientos, fuera de su alcance. Tienen miedo.

Humberto Musacchio!excelsior.com

Menu de año viejo

cena

Times Square en Nueva York, Campos Elíseos en París, Puerta del Sol en Madrid, Alemania entregada al ganso, no al del paso militar, sino al relleno de manzana y ciruelas pasas. Andalucía, el arco y el crótalo, según el gastrónomo Serafín Quero sigue con las tres verdades eternas: el lomo, el jamón y el marisco. Italia cena lentejas, Francia, ostras.

La superstición celebra el festín universal, se bebe vino en vasos de oro, mientras en la Europa de la recesión se multiplican los comedores sociales, con menús para mendigos monoteístas. Es la sopa boba que se da a los boqueras desde la época del Lazarillo, la gallofa que reflejan, en sus cuadros, Velázquez, Murillo y Zurbarán. Aquella olla de tres vuelcos, con el mismo hueso, auxiliaba a pordioseros fingidos de la época imperial, hoy no hay boqueras fingidos, sino un batallón de sin papeles, sin techo, sin sitio, que no tienen dónde cenar ni dónde caerse muertos y millones de parados que van al nuevo Auxilio Social blasfemando entre fuegos artificiales, caretas y disfraces, quema de muñecos.

En todo el Sur de Europa, se arrojan muebles viejos por la ventana, la gente se pone calzoncillos o bragas rojas; en las islas del Mediterráneo se rocían las casas con mirra y copal para ahuyentar los malos augurios de este año y la madre que le parió.

Ya no salgo esta noche. Me deprime la algarabía de petardos. No salgo, sobre todo, después de conocer el menú de un hotel de Madrid, mi hotel favorito donde pensaba ir, pero la carta que aderezan es la más cursi después del diluvio: uvas con migas ahumadas, un sol de foie dorado sobre eclipse crujiente con corazón líquido de almendras y brillos de licor, Osa Mayor de moluscos y frutos marinos sobre algas yodadas, quásar de huevo incandescente con polvo de jamón ibérico y volcán de setas, círculos cósmicos de nueces y salsa de yuzú de Japón, corteza planetaria de cordero lechal (570 euros del ala).

Esto es una birria al lado de las cenas que celebraban en esta noche los patricios de Itálica, en el termino municipal sevillano de Santiponce o en Mérida. Tenían que vomitar para seguir comiendo y no era de mal tono eructar. Las cenas acaban en orgía, aunque los estoicos predicaban la frugalidad y decían que la gula es baja y mezquina. Aquel menú sí que era majestuoso: pajaritos de nido con espárragos, pasteles de ostras, tetas de lechona, ánades, liebres, guanajos, pavos reales de Samos, perdices de Frigia, morenas de Gabés, esturiones de Rodas, langostas rojas de Menorca, tordos con espinacas, quesos, dulces y vinos.

Lo voluptuoso esta noche, para mí, es no mezclarme con borrachos patosos y bodis besucones. Como para Séneca, los higos secos y la polenta serán mi menú de Año Viejo.

Padres e hijos

padre e hijos

Para variar, decidí tomarme el gin-tonic de media tarde en un hotel de cinco estrellas. Los bares de los hoteles de cinco estrellas son por lo general lugares cerrados, con mucha madera, en los que uno se siente a salvo del frío del invierno, incluso a salvo del frío del verano (cuando uno lleva el frío dentro, la estación del año importa poco). También se siente uno a salvo de la realidad, que no para de dar la lata. En la mesa más cercana a la mía había un hombre maduro y un chico de unos veinte años, hijo del anterior según deduje enseguida. El padre tomaba un whisky y el hijo un Cola Cao. Intuí que se encontraban allí para hablar de hombre a hombre, o eso había pretendido el progenitor, porque el hijo no entraba al trapo. Ya el hecho de que hubiera pedido un Cola Cao, en vez de una bebida de adultos, era un modo de decir a su señor padre que vivían en mundos diferentes. Cogí la conversación en un momento en el que el padre expresaba una curiosa idea acerca de las opiniones, políticas o de otra naturaleza.
—Las opiniones –decía– son buenas para las personas sin recursos. Se tienen opiniones cuando no se tiene otra cosa, y nosotros tenemos un patrimonio que administrar y que un día será tuyo.
—¿Y si yo prefiero las opiniones al dinero? –respondió el hijo.
—Sal a la calle y pregunta a dos o tres indigentes qué prefieren, si tener una opinión o tener donde dormir esta noche y qué cenar antes de acostarse.
—Todo el mundo tiene opiniones –insistió el chico.
—Todo el mundo con complejo de inferioridad. Cuando uno está seguro en la vida, no necesita tener ideas acerca de esto o de lo otro. Además, es mentira que la gente tenga opiniones. Son las opiniones las que tienen a la gente. El Estado lo sabe, y los poderosos también, por eso ponen en circulación opiniones todo el rato. Mientras la gente opina, no piensa en otras cosas.

El chico se hundió en un silencio rencoroso. Yo permanecía perplejo. Si el padre me hubiera parecido un cínico, me habría puesto mecánicamente del lado del joven y aquí paz y después gloria. Pero no era un cínico, sólo era un malvado. Un malvado al que hacía daño la distancia impuesta por el chico. Sin duda, quería a su hijo y pretendía salvarlo de la compulsión estimativa (patología que consiste en tener opiniones acerca de todo). El hombre, pensé, quería que su hijo fuera feliz, pero dentro de la idea que él tenía de la felicidad. La idea de felicidad del hijo iba por otro lado. El padre se autoafirmaba con su poder económico, y el hijo con sus ideas políticas (que atentaban, me pareció, contra el poder económico del padre). No les sería fácil encontrar un territorio común desde el que discutir. Para empezar, el padre se había equivocado al pretender hablar con él en el bar de un hotel de cinco estrellas. Quizá si lo hubiera citado en un café de mala muerte, es decir, en un espacio más familiar para el chico, las cosas habrían ido mejor.
En esto sonó el móvil del hijo, que rechazó la llamada tras observar de quién procedía.
—Era mamá –dijo.
—¿Y por qué no lo has cogido?
—No importa, ahora te llamará a ti.
En efecto, no habían transcurrido 30 segundos cuando sonó el móvil del hombre.
—Dime –dijo.

Mientras escuchaba, el hombre puso cara de pesadumbre. Al final, colgó y se dirigió al chico.
—Se acaba de morir el perro –dijo.
—Pero si ni siquiera estaba enfermo.
—Un ataque, ya sabes que era muy viejo.
El chico a duras penas lograba contener las lágrimas. El hombre apoyó su mano en el brazo del hijo unos segundos, en gesto de solidaridad, y luego apuró su whisky.
Mientras se levantaban de las sillas, el joven preguntó por qué su madre había intentado localizarle primero a él.
—Porque el perro era tuyo –dijo el padre, y abandonaron el bar.
Apuré mi gin-tonic y pedí otro con patatas fritas. Me había impresionado el modo en que la muerte del perro había irrumpido en la realidad para mejorarla. El suceso había servido al menos para que el padre y el hijo se sintieran unidos momentáneamente. Me pareció que la frase “porque el perro era tuyo” había llenado de autoestima al joven. Algo, en todo caso, había sucedido en esos últimos instantes. En cuanto a las opiniones, esa noche no pude dejar de pensar en cuáles tenía yo y cuáles me tenían a mí. Comprobé con sorpresa que la mayoría me tenían a mí.