El loco de la colina

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Quizás soy sólo una voz que habita en lo más profundo de la noche.
Una voz que recorre las avenidas silenciosas o cruza las calles vacías de las ciudades-dormitorio.
Una voz que atraviesa las fábricas desiertas y las cabezas sin sueños.
Una voz que pasa de largo por los cenáculos donde la violencia y el dinero conspiran contra la felicidad de los hombres.
Una voz inaudible en el silencio del alcohol de los bares de la noche, o en el estruendo de las discotecas.
Una voz que cruza la quietud de los pisos donde duerme el cansancio del día.
Una voz que frecuenta el insomnio de los hospitales y que no se detiene ante los barrotes de las cárceles. Una voz que pasa junto a las vallas publicitarias iluminadas que ofrecen a las estrellas los sueños de un mundo que no sueña.
Pero soy también una voz que surge del silencio, íntima y humana, para comunicarte un mensaje de paz, de amor y de amistad.
Un mensaje de esperanza para un mundo que parece haber perdido el sentido de su marcha.

Las monarcas se guian por sus antenas

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Luis González de Alba

2009-09-27

Pocas cosas más fascinantes que las aves migratorias: patos, gansos, cigüeñas y otras muchas aves que cruzan continentes para pasar el invierno en clima benigno y anidar. Selma Lagerlöf escribió El maravilloso viaje de Nils Holgersson a través de Suecia en que el pequeño Nils va montado en el cuello de un ganso. Los científicos se han planteado el campo magnético terrestre y hasta las constelaciones como guía de aves que pueden volar sobre toda Europa, el Mediterráneo y llegar a los mismos lagos africanos que visitan cada invierno.

Pero saber que hay insectos migratorios que recorren distancias similares y aun mayores resultó asombroso. Las mariposas monarca (Danaus plexippus) cruzan toda Norteamérica, del este de Canadá en diagonal sobre Estados Unidos y México hasta las montañas de Michoacán, al oeste. Lo que más sorprende no es la resistencia, que es de maravillar, la pregunta inmediata es: ¿y cómo se guían?

Las monarca migra para hibernar y con la primavera reproducirse y regresar al norte. Fue una sorpresa que vuele desde Canadá para dormir todo el invierno en una zona de la Sierra Madre con temperaturas cercanas al cero y no en clima templado. Al llegar la primavera, comienza su ciclo vital en México: pone huevecillos sobre una planta venenosa, la asclepia (o lengua de vaca), con la que se alimenta desde oruga y toma un olor y sabor atemorizante para los predadores.

A fines de abril se rompen los capullos y surgen las mariposas que emprenden su viaje al norte. En el camino se siguen alimentando de asclepia venenosa. A fines de octubre, regresan por millones a hibernar en los oyameles de la Sierra Madre, un misterio hasta 1975, año en que, para desgracia de la monarca, fue descubierto su recóndito santuario.

A diferencia de la mayoría de las mariposas, que viven unos 24 días, el ciclo vital de la monarca es de nueve meses, en los que llega a Canadá y regresa a México para que una nueva generación siga la misma ruta.

Un equipo de la Universidad de Massachusetts, acaba de publicar los resultados de su estudio acerca de esta migración sobre más de 4 mil kilómetros, 8 mil de ida y vuelta. Neurobiólogos de la Escuela de Medicina de esa universidad han encontrado que un mecanismo clave en esa odisea, muchísimo más extensa que la de Odiseo a Ítaca, no está en los cerebros de estos maravillosos insectos, como se había pensado, sino en sus antenas: “un descubrimiento sorprendente que provee de una perspectiva completamente nueva sobre el rol de las antenas en la migración”.

En un artículo publicado en Science este 25 de septiembre, el equipo encabezado por Steven Reppert demuestra que las antenas –que se creía detectores de olores– son necesarias para orientarse en relación al sol. “Sabemos que la antena del insecto es un órgano notable, responsable de percibir no solamente olores, sino dirección del viento y hasta vibraciones sonoras”, dice Reppert.

Aun antes de que se descubrieran sus santuarios michoacanos, algunos estudios habían demostrado que las mariposas poseen un reloj circadiano, como el que nos avisa que es hora de dormir, para corregir la orientación del vuelo y mantenerse volando hacia el sur hasta sus refugios de invierno en México, aunque el sol se mueve durante todo el día.

Todos sabemos que si una orden nos pide “camina con el sol de frente” iremos en una dirección distinta según la hora: al amanecer hacia el oriente, al atardecer en el sentido opuesto. Ese movimiento del sol en el cielo es compensado por el reloj circadiano de la mariposa. Se supuso que esa brújula solar residía en el cerebro del insecto. Pero observaciones de hace 50 años, mucho antes de localizar sus santuarios de hibernación, mostraron que las mariposas sin antenas perdían la orientación y esos viejos datos señalaron al equipo de Reppert un rumbo de investigación.

Una vez más, vieron que sin antenas las mariposas no encontraban el sur en un simulador de vuelo, mientras las intactas se orientaban correctamente. El equipo también demostró que los ciclos moleculares en los relojes cerebrales no se alteraban en mariposas sin antenas y que éstas contenían sus propios relojes circadianos que funcionaban independientemente de los relojes cerebrales.

Los investigadores cubrieron después con pintura negra las antenas para bloquear la percepción de la luz por los relojes de las antenas. Esas mariposas tomaron una dirección incorrecta y fija: el cerebro del insecto podía percibir la luz, pero no ajustar su timing con el movimiento del sol a través del cielo para así mantener la dirección correcta. Si el equipo usaba pintura clara para cubrir las antenas, las mariposas establecían correctamente el rumbo sur de su vuelo. Esto indica que la lectura de la luz solar por las antenas es clave para la navegación de las monarca.

fuente:milenio diario

Los ancestros del pozolero

Misha canibal
Misha canibal

Aztecas practicaban el canibalismo gastronómico

Los aztecas practicaban el canibalismo con fines gastronómicos y no sólo rituales, afirma un historiador mexicano que publicó recientemente un libro sobre el tema, “tabú” entre los cronistas de la conquista española.

Juan Miralles, autor de “Hernán Cortés, inventor de México”, la más exhaustiva biografía que se ha escrito hasta ahora sobre el conquistador, de la editorial española Tusquets, dijo a ANSA que el canibalismo de los aztecas, y de los pueblos oprimidos por este imperio, “está totalmente documentado”.

Sin embargo, afirmó, “los historiadores suelen guardar silencio al respecto, para no denigrar la memoria de los pueblos indígenas mesoamericanos”.

“La antropofagia que los aztecas practicaban no era ritual; era gastronómica. El propio Bernardino de Sahagún habla de dos platillos hechos con carne humana, uno de ellos el Tlacatlaolli, antecedente de lo que hoy se conoce como pozole”, un platillo que combina el cerdo o el pollo con granos de maíz, expone Miralles.

Para respaldar sus afirmaciones sobre el canibalismo Miralles cita no sólo a Sahagún, un fraile autor de la “Historia general de las cosas de la Nueva España”, uno de los más notables cronistas de la conquista de México, sino también a fray Bartolomé de las Casas, autor de “Historia de las Indias” y a otros autores antiguos.

“El testimonio es unánime, tanto de fuentes españolas como indígenas. No se trataba de una antropofagia ritual, sino de un canibalismo que podría etiquetarse de gastronómico, y que se encuentra perfectamente documentado”, insistió el historiador.

El escritor, de 71 años, docente universitario, editor de libros sobre la conquista y ex diplomático, refirió que los miembros de la casta de los comerciantes y artesanos, que no podían hacer prisioneros en las guerras, acudían a una especie de ferias a adquirir esclavos para sus fiestas.

“A estos esclavos, hombres y mujeres, después de que los compraban criábanlos con mucho regalo y vestíanlos muy bien; dábanles a comer y beber abundantemente y bañábanlos en agua caliente”.*

Dialogo con la muerte

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Esta novelucha –por pequeña, no por vulgar que también puede ser– está basada en hechos reales aunque hayan sido un poco o bastante exagerados hasta el punto de que cualquier parecido con ella es pura casualidad.

Daniel estaba harto de su vida, harto de vivir en una mugrienta pensión, de que su familia nunca le llamara para cenar en Nochebuena, de trabajar de mozo de carga en el supermercado, de no haber estado con ninguna mujer, pero sobre todo estaba harto de tener la cara desfigurada. En efecto, veintiocho años antes –cuando sólo tenía cinco–, su madre le dejó al cuidado de la sartén, con tan mala suerte que todo el aceite le saltó a la cara. Desde entonces, jamás nadie le volvió a ver sonreír, incluso se rumoreaba que decía: “me encantaría tener el cutis de Miguel Ángel Rodríguez”.

Hasta ese día lo llevaba con resignación, pero ese lunes, un uno de junio mientras descargaba los envases de membrillos del camión del súper tropezó con un mocoso, que le gritó a la cara: “A ver si miras por donde andas Freddy Krueger “. En ese momento Daniel exteriorizó todos su sufrimientos, todo lo que se había callado durante veintiocho años, todo lo que le habían hecho sufrir los insultos que oía a sus espaldas y exclamó sollozando: “Quiero morirme, prefiero la muerte a seguir con este rostro”.

Al llegar al hostal, se tiró sobre la vieja y chirriante cama de muelles y mientras enjuagaba sus lágrimas, miró su imagen en el espejo –hacía unos cinco años que no lo hacía, el mismo tiempo que llevaba sin bañarse (lo que podía explicar que nadie se le acercara)-, y pudo comprobar que la destrucción de su rostro aumentaba progresivamente. En ese momento, la señora Matilde –la dueña de la pensión- entró en la habitación y le dijo:

“Tú, piltrafa humana, la comida está en la mesa; hoy hay pastel de sobras”.

Entonces Daniel volvió a pensar en lo que antes había gritado en la calle. “Ojalá tuviera valor para matarme” pensaba.

Al instante, una nube de humo apareció detrás de él. Tras toser abundantemente, giró la cabeza y encontró una extraña figura, con un rostro arrugado y una capa negra.

“¿Quién eres?” gritó atemorizado.

” Soy la muerte, pero no te asustes. No vas a morir, vengo a hacer un pacto contigo”.

” ¡Y vendrás a que te venda mi alma!, vete por ahí con ese cuento” contestó Daniel.

“El que compra almas es mi amigo Satanás, pero si quieres pruebas de mi identidad te las mostraré. Sólo tres, pues tengo que contarte muchas cosas. Observa la ventana”.

Daniel obedeció y pudo ver como de repente empezó a nevar. “Pura casualidad” exclamó tranquilamente.

“Eres realmente incrédulo, y eso me encanta. ¿Ves esa docena de cucarachas que desfila ante tus zapatos?”.

“Claro que las veo, ¡cómo que me tienen harto!”.

” Pues comprueba cómo empiezan a morir”.

Una tras otra todas las cucarachas adoptaron la absoluta quietud que sólo otorga la muerte.

“No me creo que las hayas matado. He sido yo, que hace un rato eché

Cucal, que las mata bien muertas” replicó el escéptico Daniel.

“Jamás había tenido que llegar a utilizar la tercera prueba, pero no importa. Cierra los ojos y piensa en alguien famoso a quien odies” afirmó la muerte con autosuficiencia.

“Ya lo estoy haciendo”

“Pues abre los ojos”

En ese momento, Daniel vio ante sí un horroroso rostro, algo que le causó auténtica impresión, que no pudo soportar.

“Sorpresa, sorpresa. Surprai, surprai Danielito”.

“Está bien, me lo creo. Pero por favor, no quiero volver a ver a Isabel Gemio”.

“Ahora que me has creído al fin puedo contarte el motivo de mi visita” dijo la muerte antes de ser interrumpida.

“¿Y dónde tienes la guadaña?”

“Eso ya está muy desfasado. Ahora tengo una segadora con turbo y ABS”.

“¿Pero la usabas para cortar el césped?”

“Pues claro, no te puedes imaginar la mala hierba que crece delante de mi casa. ¿Para qué creías que la usaba?”.

“Para nada, cosas mías. Cuéntame que te trae por mi humilde morada”.

“Y tan humilde, nauseabunda diría yo”.

“Oye, sin faltar, que mis veinte mil pesetas me cobran al mes”.

“No me lo tengas en cuenta y atiende a mi propuesta. Te podría quitar

todas las llagas y quemaduras si quisieras. Te costaría muy poco”.

“Ya lo sé, me lo pueden quitar con láser por unos cincuenta millones de pesetas, pero eso para mí es mucho dinero”.

“Y para mí, no te fastidia, a ver si crees que el dinero llueve del cielo, válgame la expresión. Te lo haría gratis, bueno a cambio de un pequeño pacto. Sólo firma este contrato de ciento catorce claúsulas”.

“Es como pedir un crédito pero con mucho menos papeleo. Acepto, ¿tengo que firmar con sangre?”.

“Tú ves mucha televisión; mira aquí me pones tu DNI y NIF, tu número de la seguridad social, tu última nómina, edad, peso, aficiones, y sobre todo especifica bien si tienes algún seguro de vida, es sólo a título estadístico. Por último echas una firmita y me pones la huella digital”.

Mientras Daniel completaba todos los datos preguntó: “¿Por qué tengo que poner todo esto?”.

“Es que estoy informatizando mi base de datos, aunque todavía no domino bien el interfaz de Access en Windows”.

Para Daniel fue como si estuviera hablando chino. “Ya está” dijo.

“Bien, pues esta copia es para ti, y esta para mí”. En ese momento apareció en la habitación un notario, que la abandonó tan pronto como dijo: “Doy fe”.

“Ya veo que tienes bien montado el negocio, ahora lo justo sería que

cumplieras tu parte del trato y devolvieras la suavidad a mi piel”.

“Seguro que no quieres probar la nueva crema con Q- enzimas con efectos demostrados”.

“Muy bromista, estoy esperando”.

“Te estás olvidando con quien estás hablando. En fin, vamos allá” dijo la muerte mientras deslizaba sus manos cual curandero por la cara de Daniel. “Mírate al espejo” le dijo cuando pareció acabar su ritual.

En ese momento Daniel sintió auténtico miedo, su indiferencia ante la existencia hacía que no temiera a la muerte, pero sí temía su rostro, ese quemado semblante que había marcado trágicamente toda su vida. Tras unos instantes de duda, levantó la cabeza y miró tímidamente al espejo.

Lo primero que observó fue el rostro de la muerte a su izquierda, con la mano apoyada en la barbilla contemplando su creación. Segundos después miró el reflejo de su propia cara y no pudo creer lo que vio.

“¿Qué te parece?. Cada día me sorprendo más a mí mismo” exclamó la muerte muy orgullosa.

“Estupendo, quizás se te ha ido la mano. Me parezco a Jaime Bores”.

“Eso es lo que me has pedido”

“¿Y por qué me has cambiado el corte de pelo?”

“Mera cuestión estética, te favorece. Te das un aire al Miguel Bosé de los 80”.

“No sé como tomarme eso. En fin, voy a salir a comerme el mundo”.

“Pero no es oro todo lo que reluce, recuerda que tienes que cumplir las cláusulas del contrato”.

“Por supuesto, ¿no te fías de mi palabra?”.

“Más te vale, si no la cumples hará efecto la cláusula ciento ocho que estipula que tienes veinticuatro horas para empezar a cumplir el resto de las condiciones o morirás” dijo la muerte justo antes de esfumarse.

“Haré cualquier cosa para mantener esta imagen” pensó.

En ese instante la señora Matilde volvió a entrar en la habitación gritando con insistencia: “A cenar cara quemada, a cenar”.

Al ver el nuevo semblante de Daniel se desmayó, lo cual –aunque no esté del todo bien- alegró a éste.

Tras haber comprobado que su cambio de imagen no pasaba inadvertido, Daniel se fue a la cama, y tuvo dulces sueños; soñó que todo cambiaría para él, que iba a triunfar, que en este mundo sólo importa el aspecto exterior y él tenía una piel, que ni el mejor lifting podría lograr. Tan bien durmió, que se levantó un cuarto de hora tarde y fue el trabajo sin desayunar.

Al llegar al supermercado, su estado de ánimo se vino abajo. Nadie le dijo nada.

“Compañeros, no me notáis nada distinto”.

“Pues no lo sé, ah, te has cambiado la raya de sitio, pero muévete que hay que descargar el camión de las latas de anchoas” (dijo aun observando su nuevo rostro, por la innata maldad humana teorizada por Hobbes).

En ese momento comprobó la lista con las cláusulas del contrato. La primera era: ‘por este supremo contrato me comprometo a acabar con la sociedad que me ha marginado. Para ello mataré a quince personas, para liberarlas de su error, una cada día de luna llena’. Continuó leyendo, y pudo comprobar que todas se referían al tipo de asesinato a efectuar en cada caso: palizas, puñaladas, descuartizamientos con posterior colocación de las partes amputadas en el congelador. Tras leer esto último, temeroso, salió corriendo.

Nadie le echó en falta, fundamentalmente porque el camión de las anchoas se salió en una curva, y se cayó barranco abajo dando quince vueltas de campana (para tranquilidad del lector he de decir que el conductor sólo sufrió daños leves: se rompió una uña y sangró por la nariz durante tres minutos) y se tomaron el día libre.

Esa tarde fue de bar en bar, y le dieron las cuatro, las cinco y las seis. . .

Pensó y pensó, no sabía si cumplir el contrato o no. Si lo cumplía sería una canallada, y muy condenable (no en el sentido literal, ya que con el sistema penal saldría en menos que un gallo dice dos veces kikiriki), pero tendría un cutis que envidiaría hasta la Preysler.

Si no lo cumplía sería una persona honrada, pero no podría comprobar qué le ofrecía la vida con un aspecto normal.

Miró nuevamente el contrato, y pudo comprobar que la primera persona en la lista era Matilde.

Daniel tomó una decisión, le quedaban quince minutos para cumplir el plazo. Comenzó a correr hacia la pensión, y llegó con el tiempo justo; al atravesar la puerta le quedaba un minuto, corrió hacia la cocina y allí estaba la dueña de la pensión troceando el conejo para la cena.

Era la hora, corrió hacia ella con los brazos extendidos y los puños apretados. Ella ya estaba esperando sentir la presión de ellos sobre su cuello, la asfixia que acabaría con su vida. Pero lo único que sintió fue un abrazo, que sería el último gesto de Daniel. El reloj de cuco del salón dio las diez de la noche, y el cuerpo del muchacho comenzó a convulsionarse; su rostro tomó un aspecto aún peor al de antes del cambio, sus arterias y venas explotaron y la sangre se deslizó por las juntas de los azulejos arrastrando kilos de mugre. Los ojos se le salieron de sus cuencas y comenzó a vomitar bilis y jugos pancreáticos hasta que por su boca salieron su hígado, estómago, intestinos y resto del aparato digestivo. No podía haber agonía final más dolorosa, y es que no se permite engañar a la propia muerte.

Matilde sufrió un infarto, con lo que el objetivo de Daniel de salvar a todas las personas de la lista no se pudo cumplir.

Por cierto, la autopsia determinó que Daniel murió de salmonela.

—Lo más importante de esta historia es que nuestro protagonista antepuso el bien ajeno y su propia ética al suyo propio (bueno, tal vez fuera porque vio que su vida no cambió mucho y porque no tenía valor para ser un asesino múltiple, pero quedémonos con que el sufrimiento de Daniel fue provocado por su gran corazón)—.

Ivan Boto

editorial:historias para dormir un poco

Patatas Bravas

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Este es un plato sencillito, pero con unos resultados casi profesionales, sólo los mayores expertos en patatas bravas del mundo, los habitantes de Archidona, notarán la diferencia con las preparadas por un gourmet. Ensuciaremos unos cuantos cacharros, por lo que también habremos de ir familiarizándonos con el verbo “limpiar”, ya sabes: tú limpias, él limpia, vosotros limpiáis y ellos limpian.

Por fin podemos hacer unas patatas bravas como las de un bar, o incluso mejores -si las del bar no son muy buenas-.
Esta receta la puede hacer el más inútil, y además lo voy a explicar de un modo sencillo, así que toma nota, coges el vaso de la turmix -lo reconocerás porque suele ser de plástico transparente, es un recipiente de medio litro aproximadamente-.
Una vez que tienes el vaso de la turmix en tus manos, le echas tomate frito (50 ml/persona), un diente de ajo, un chorro de aceite, un poco de vinagre, media guindilla/persona (más si lo quieres muy picante), un poco de pimentón y una pizca de sal.
Una vez tienes todo eso en el vaso de la batidora, para no perder tiempo, vas calentando aceite (bastante, que cubra las patatas) para freír las patatas, que habrás de cortar en forma de dados (divide la patata en ocho/dieciseis partes según su tamaño, y cada parte en cinco trozos).
Cuando el aceite esté caliente (al echar las patatas echará burbujitas) echas todas las patatas y las dejas hacer.
Mientras se hacen enchufas la turmix y picas lo que tenías en el vaso, luego -muy importante- lavas la batidora, porque si no se queda pegado y sale muy mal.
Las patatas ya casi estarán, así que las sacas de la sartén y les pones sal, echas el aceite para la aceitera (no lo desaproveches), y en la misma sartén (más que nada para no ensuciar otra) echas las patatas y la salsa por encima.
Lo pones a fuego lento un rato, recubriendo bien las patatas, hasta que la salsa haga burbujitas.
Apagas el fuego, vacías la sartén en una fuente grande, y adornas con un poco de perejil de bote.
Delicioso, parecerá que llevas toda la vida cocinando. Pruébalo y me cuentas (sólo si te sale bien, los que habéis llamado con los partes médicos dejad de atosigarme).

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