No a los de mayoria

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Los diputados plurinominales vinieron a ser de consolación, un poco de segunda, digamos; aunque tienen los mismos derechos, obligaciones y dietas que los de mayoría. Se llegó a la paradoja de que el camino más corto hacia San Lázaro pasaba por las listas plurinominales…

Desde hace meses se discute públicamente la posibilidad, para algunos la necesidad, de reducir el número de curules en ambas cámaras legislativas. La idea de quienes sostienen tal iniciativa es la de ahorrar dinero en el gasto público.

Digamos de entrada que tal propuesta es del todo cándida. Aun suprimiendo todas las curules, el ahorro logrado sería insignificante frente a la magnitud del déficit público. Son escalas diferentes. Mientras que el primero se mide en cientos de millones de pesos, el segundo es del orden de cientos de miles de millones.

En nombre de tan altruista plan de ahorro nacional hay quienes se inclinan por suprimir a las diputaciones plurinominales, es decir, en la Cámara de Diputados, 200 curules. Valiente ahorro. Ya me dirá usted. Pero las cosas son bastante más graves y atañen la médula misma del ejercicio y de la estructura democráticos.

“No a los plurinominales”: he ahí una consigna que se va abriendo camino y que nuestro periódico alberga, a través de Pedro Ferriz de Con, de manera destacada. Yo sostengo exactamente lo contrario: sí a los plurinominales y únicamente a los plurinominales. No a los diputados de mayoría. Tan clarito como eso.

Ya dije mi conclusión. Ahora, en reversa, me toca explicarla. La introducción relativamente reciente de las diputaciones plurinominales tuvo la intención de corregir un vicio flagrante en el sistema hasta entonces imperante, según el cual, si un candidato ganaba su distrito con 51% de los votos y su oponente obtenía 49%, ése 49 iba directamente a la basura y sus votantes no obtenían ningún tipo de representación parlamentaria.

Póngase pilas y piénselo así: suponga que hay tres distritos, A, B y C, cada uno con 100 electores, y que hay dos partidos: el RIP y el NAP. El distrito A lo gana el RIP 51 a 49 votos, en el B también gana el RIP, 51 a 49. En cambio el C lo gana el NAP 99 a 1. De esta manera, según el antiguo sistema de representación mayoritaria única, y al que no pocos quieren regresar hoy, el RIP obtiene dos diputados y el NAP uno solo. Pero resulta que el RIP obtuvo en total 51+51+1=103 votos, mientras que el NAP, con la mitad de diputados, obtuvo 49+49+99=197 votos, ¡Casi el doble que el partido “ganador”!

Es contra esta aberración de la aritmética democrática que se instauraron las diputaciones plurinominales. La idea es que la composición de las cámaras refleje de manera más fiel y justa la distribución de la opinión popular. Lo que pasa es que se hizo mal. Se quiso mantener, a toda costa, la figura del diputado por “mayoría relativa” y se conservó la circunscripción, por encima de los distritos y de los estados. Un galimatías inextricable.

Los diputados plurinominales vinieron a ser de consolación, un poco de segunda, digamos; aunque tienen los mismos derechos, obligaciones y dietas que los de mayoría. Se llegó a la paradoja de que el camino más corto hacia San Lázaro pasaba por las listas plurinominales, sobre todo en los primeros lugares. Y era común que el diputado por mayoría perdiera la elección, pero uno o más de sus correligionarios ingresaran a la cámara como plurinominales.

Para la asignación de estos últimos se ideó un esquema absolutamente incomprensible para el ciudadano de a pie: que si los restos mayores y los restos menores, que si las cuotas asignadas permitían el número de plurinominales realmente obtenido o había que reducirlo debido al número “excesivo” de diputados de mayoría conquistados. Total, un berenjenal del que era imposible salir bien librado. Sólo apto para “técnicos” hiperespecializados. El resto de los mortales no tenemos más remedio que leer y acatar los resultados que nos son dictados.

La supresión de los plurinominales ciertamente suprime de tajo todo este merequetengue, y el misterio de la asignación se difumina, pero se cae en la paradoja inaceptable de hace rato, la de los tres distritos. Además, al haber una sola curul en juego por distrito, la lucha dentro de cada formación por obtenerla se convertiría en una auténtica carnicería, y los cambios de camiseta se darían al por mayor. Si de por sí.

La única solución razonable es, entonces, la de suprimir los diputados de mayoría. A cada sección electoral, sean distritos, estados o circunscripciones, se le asigna un cierto número de curules, proporcional al número de habitantes, y de tal manera que la suma de todas sea el número ideal de diputados. En cada una de estas secciones, cada uno de los partidos presenta una lista, una planilla, por la que votarán los electores.

Serán diputados los primeros de la lista, en número proporcional a los votos obtenidos. Tan sencillo como eso. Se acabaron los misterios y los enredos. Queda por determinar cómo evaluar los porcentajes. Cómo pasar de los números fraccionarios de éstos a los enteros de los candidatos. Es sencillo, por ejemplo, mediante la regla de Hont. Pero tendré que explicársela la próxima semana.

De momento, de manera contundente: Sí a los plurinominales.

Articulo de Marcelino Perello/exonline.com

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