Como hace la marea

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Es difícil prever cuánto durará la crisis y cómo saldremos de ella. Más fácil parece augurar que cuando eso ocurra, los españoles ya no seremos los de antes del batacazo y habremos entrado en razón para que algo semejante no se repita en mucho tiempo. Seguramente saldremos imbuidos de una humildad de la que hemos carecido y nos habremos dado cuenta de que no es bueno vivir con el ritmo de antes, cuando no concebíamos el final de una verbena sin que fuese seguido al instante por el comienzo de la verbena siguiente. El terrible azote de la crisis nos habrá demostrado que el sol turístico de las vacaciones al otro lado del mundo no puede sustituir en absoluto el calor que nuestros padres encontraron al atardecer en el fuego de sus cocinas de leña. No volveremos a malgastar el tiempo como antes, ni a dilapidar el dinero. Descubriremos que el placer de viajar no siempre es mejor que el gusto de leer, igual que comprenderemos que, gracias a la sensibilidad y a la inteligencia, incluso puede ser divertido aburrirse. Y sobre todo, supongo que tendremos a  favor una clase política distinta, con actitudes honestas y reglamentos nuevos, formada por hombres y mujeres que no se ganen a pulso nunca más el deshonroso castigo de ser cacheados al abandonar el poder. Para eso, será necesario que todos nos hayamos renovado por dentro, con ese espíritu de redención que nos invade cada vez que excluimos la mierda y la chatarra para aligerar en el cambio de piso el coste de la mudanza. Por estar todos en el mismo naufragio es evidente que habrá que repartirse solidariamente en los botes y arrimar el hombro al remar. En los momentos de angustia no sirven de nada las posiciones políticas. Lo que cuenta para ponerse a salvo es aceptar que la orilla está a la misma distancia para todos, algo que, sin ser muy lista, siempre supo la marea.

Josè Luis Alvite/larazon.es

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