Las mentiras del voto hispano en Estados Unidos

Leo en la prensa mexicana una especie de orgulloso optimismo porque es probable que hoy voten algo así como 12 millones de “hispanos/latinos” en Estados Unidos.

Si se cumple significaría un muy buen avance de los 9 millones 700 mil que votaron hace cuatro años.

Sigue siendo poco, casi nada.

El voto total mañana, si se mantienen las tendencias de los últimos años, será de alrededor de 140 millones de votos. Es decir, si les va bien, los hispanos representarán 8.5 por ciento de la votación total.

Permítame ser aún más preciso: más o menos la mitad de ese voto se concentra en Texas y en California, dos estados absolutamente irrelevantes en la disputa por la Casa Blanca de este año, por lo que el voto relevante será aún menor.

Veamos por ejemplo el caso de Ohio -que será hoy un Estado clave-; según el último censo, la población hispana/latina ahí es de 3.1 por ciento. Si aplicamos los mismos patrones que en otros estados: baja elegibilidad para votar debido a estatus legal y edad (41 por ciento de la población); baja participación de aquellos que son elegibles (alrededor de 50 por ciento); el voto hispano será menos de 1 por ciento del voto total.

Vayamos a Virginia, otro estado que será importante esta noche. Ahí, según el censo de 2010, 7.1 por ciento de la población es hispana. Por lo tanto, si se comporta como lo ha hecho históricamente, el voto hispano será algo así como 1.5 por ciento del voto total en Virginia.

A todos nos encanta pensar que nuestro 1 por ciento es el más importante, el decisivo de

entre los unos por cientos… pero no.

Este asunto del “voto hispano”, además, siempre parece asumir que es un bloque que vota igual. Como si en verdad el trabajador de la construcción en Houston de origen salvadoreño tuviera los mismos intereses y necesidades que el sastre puertorriqueño de Nueva York; o el campesino californiano de origen mexicano compartiera sus convicciones con el tendero cubano de Miami.

Me tocó no hace demasiados años ver debates intensos en organizaciones hispanas nacionales para negarse a apoyar, por ejemplo, programas de legalización de indocumentados. Los que ya llegaron, ya llegaron… y no querían más.

Conocí y cubrí como periodista a hispanos más conservadores que sus vecinos blancos en Texas. A salvadoreños republicanos en Washington. Y, no sobra decirlo, a miles de cubanos reaganianos/bushianos en Miami.

La mejor prueba de que eso de hispano no iguala en lo político, tal vez sea que en la Cámara de Representantes hay dos organizaciones que agrupan a diputados hispanos. Una, la de los demócratas y otra, la de los republicanos (y tienen similar número de miembros). Hasta hace una década era una organización, pero se pelearon.

Romney es un fracaso entre hispanos, pero George Bush logró hasta 45 por ciento del voto latino en 2004; y otro republicano del sur podría repetirlo.

Quiero decir que entre más se integran, los hispanos actúan como cualquier otro estadunidense, y entonces, por suerte, sus decisiones políticas —como muchas otras— tienen que ver con factores que no son ni el color de su piel, ni su país de origen.

Lo cual no está nada mal.

Carlos Puig/mileniodiario

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