Manchas sin mantel

Manchas sin mantel; por José Luis Alvite

Cada vez que contemplo una de nuestras fantásticas y viejas catedrales y me pongo en lo peor, imagino que el terremoto devastador que por desgracia las abatiese serviría al menos para asegurarnos el espectáculo posterior de unas ruinas sin duda admirables. Después me fijo en cualquiera de los numerosos e hipotéticos monumentos de última hora y dudo mucho que de su horrenda fealdad nos compensase la posibilidad de que su derrumbe nos dejase el legado de unas interesantes ruinas. Ya que parece por ahora imposible que muchos arquitectos reflexionen sobre sus esperpentos, al menos podrían tener el acierto de prever sus obras de manera que, gracias a la fragilidad de sus materiales, la construcción del mamotreto no encarezca luego su derribo. Conozco unos cuantos «monumentos» concebidos con paredes blancas en las que por suerte abundan las pintadas que les dan un cierto interés. Gracias a esas paredes manuscritas por los gamberros me he dado cuenta de que a veces ocurre con ciertos edificios que pierden interés tan pronto alguien limpia sus paredes, igual que sucede con el pintor vanguardista, cuyos cuadros ganan mucho cuando alguien, por error, cambia de agujero la alcayata. Todos conocemos ejemplos de arquitectura deplorable y tenemos la absoluta certeza de que mejorarían de aspecto si fuesen blanco de un obús, como esas mujeres que al borde de la anodina madurez se embellecen gracias a acusar en su rostro el rasgo envilecedor e inesperado de una mala noticia. Visité en una ocasión uno de esos «contenedores culturales» en el que se albergaba un museo de arte contemporáneo y recorrí sus salas con indisimulada desgana. ¿Por qué será que a la mala pintura se le entiende tan bien el precio? Una empleada me preguntó luego con mucha amabilidad si me había agradado la muestra pictórica. Y yo, muy sinceramente, le dije: «A mi madre le gustará saber que no todas las manchas acaban por Navidad en su mantel».

Josè Luis Alvite/larazon.es

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