“Que quiebre todo para recomenzar de nuevo”

Por: Juan Arias

En estas épocas de crisis, una dosis de absurdo y de paradojas pueden ser útiles para despertarnos. De ahí mi admiración por los que saben, en estas horas, jugar con las antinomias y las aporías.

Jabor cineastaEn Brasil, un maestro del absurdo, capaz de hacernos saltar de la silla leyéndolo el escritor y cineasta, Arnaldo Jabor, cuyas columnas es mejor leerlas antes de desayunar para que no se nos indigeste el café. Jabor no es aristotélico ni lógico. Es un maestro de la paradoja.

En una de sus últimas columnas en el diario O Globo, nos ha dado un puñetazo en el estómago con sus afirmaciones llevadas al extremo, en las que dice soñar con un “supercrash del capitalismo” que nos brindaría “una conciencia más humilde de los límites”.

Afirma Jabor, sin inmutarse: “Que quiebre todo para recomenzar de cero”. Y nos revela que en su delirio llega a desear que nos llegue una catástrofe, capaz de despertarnos de “esta sucia esperanza, de esta sórdida alegría obligatoria que nos infligen”.

El crash sería, sin embargo desastroso para los catastrofistas que se quedarían sin anatemas que profesar. Ese supercrash nos traería, dice el escritor una nueva era. Terrible o no, daría igual porque alguna verdad surgiría de ella.

Esa supercrisis, mayor, que la del 29, sería buena para entrar en contacto con el absurdo, sería filosófica, en la que “el mal quedaría banalizado y el bien un lujo ridículo”.

Jabor (3)¿Cuales serían entonces, en el delirio despierto de Jabor las consecuencias de ese supercrash. Helas aquí revestidas por la figura del absurdo:

-Acabaríamos todos más espiritualizados. Primero llegaría el horror, como las bolsas quebrando y desapareciendo el dinero. Después de ello, la paz inevitable, la calma de la desgracia asumida.

-Un supercrash nos revelaría que la voracidad consumista no es la única forma feliz de vivir. Seríamos más delgados y frugales. Más elegantes, incluso.

-Provocaría una ola de suicidios de millonarios e inyectaría humildad en las almas yuppies. Y como toda crisis supone un renacimiento, surgiría una estética del crash, produciría nuevas escuelas filosóficas como el neonihilismo pragmático, o la escatología escatológica, es decir cuando “la mierda está en el fin de la Historia, una especie de Hegel marcha atrás”.

-Los intelectuales se hincharían de pesimismo esperanzador. Los bondadosos, los misioneros de la miseria, los santos oportunistas, entrarían en pánico, porque, de no existir el mal ¿cómo podríamos ser buenos?

-Una supercrisis traería un nuevo sabor de la verdad a esta opera bufa que estamos viviendo. Acabarían los pasteleos para alcanzar la verdadera tragedia real.

-Ese crash definitivo “revitalizaría lo inútil, la importancia de la nada, la ausencia de urgencias, una saludable vil tristeza”.

-Acabaría con la arrogancia del capitalismo financiero con sus enormes casinos del Mal.

-Sin el consumo existiría una gran estímulo para el sexo, dice Jabor que es un artista en el análisis de esta pasión de la carne y un pintor inigualable del misterio de la femineidad.

-Llevando su ímpetu del absurdo hasta el paroxismo, como convenía a su texto escatológico, el pensador brasileño, llega a imaginar una guerra total, donde moriríamos todos, abonando con nuestro estiércol, el suelo para nuevas especies. Y ese supercrash sería, a fin de cuentas positivo para el Homo sapiens, ya que pondría fin a ese vejamen milenario de la Historia humana que corrió siempre en busca de poder y de vanas esperanzas.

-Ninguna preocupación, si desapareciésemos nosotros que pusimos siempre la zancadilla al libre curso de la naturaleza yendo siempre contra ella. Otra nueva raza no necesitaría quizássegún Jabor, pasar por su destrucción para ser fiel a si misma, cosa que nosotros no lo hemos sido.

Y para darle a su texto un sabor brasileño irónico, afirma que con el supercrash no habría ya ese orgullo de ser “país emergente”, ya que todos seríamos “reemergentes”.

El texto del escritor brasileño es un elogio al absurdo, pero es también el sonido agudo del despertador al amanecer que nos devuelve del sueño a la realidad, de los delirios de la noche a la realidad cotidiana. Que nos obliga a enfrentarnos con nosotros mismos, con la terrible cotidianidad amasada de anhelos de superación y de derrotas y fracasos inevitables.

http://blogs.elpais.com/vientos-de-brasil

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