Brasil se independiza de FIFA

El futbol confirió al brasileño una autoridad festiva, su ritmo, la samba, esa magia que dentro y fuera del campo contagiaba un estado de euforia itinerante lo convirtieron en el gran animador de los mundiales, y desde luego, el mejor promotor de los valores comerciales de FIFA, que desde épocas del oscuro Havelange, supo explotar la relación sensual que el futbol provoca en los pueblos. Brasil fue el gran ejemplo de cómo el éxito deportivo puede utilizarse como ungüento social: úntese una mano de futbol sobre las capas más dañadas de un país y calmará sus heridas, al menos por un tiempo. Aún sin grandes equipos ni futbolistas, el modelo brasileño era exportable. Solo hacen falta países festivos, inocentes, hasta cierto punto ignorantes: pan y circo. A México lo trajeron Azcárraga y Cañedo (1970-1986), contemporáneos de Havelange, y desde entonces la venta de ilusión es una eficaz herramienta de distracción para casi cualquier necesidad. Ya sea política o de consumo, estas plataformas de alquiler masivas llamadas “selecciones nacionales” funcionan. Brasil, sin embargo, se rebeló contra aquello que parecía intocable, casi maternal. El futbol no es más aquel bálsamo de botica, la protesta contra el despilfarro incluso fue acogida activamente en redes por futbolistas y ex futbolistas de la selección, Neymar, Hulk, Fred, Romario, Ronaldo y Rivaldo, el único esquirol como siempre fue Pelé, quien debe retirarse de la vida pública. El gobierno lejos de entender el fenómeno social, encaró el hecho como un caso politizado, oportunista y aislado; FIFA fue más ridícula defendiendo la “fiesta del fútbol”, su evento, sin darse cuenta que Brasil no le pertenece y que el cariño por su selección no necesita intermediaries.

José Ramón Fernández Gutiérrez de Quevedo/http://www.milenio.com

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