La segunda “conquista”: españoles en América

Cuando llegué a México a trabajar en 1985, me encontré con un país tan joven como yo. Tenía 20 años y un futuro por labrarme, igual que México. Aquel chaval al que cariñosamente llamaban el “Majo Peláez”, quería respirar el mundo a bocanadas de aire oxigenando al cuerpo y al alma.

De aquello, han pasado casi treinta años. Aquel “Majo Peláez” enfant terrible que quería estar en todos lados a la vez y en ninguno al mismo tiempo, que comenzaba a flirtear con las aristas del peligro y nada le parecía arriesgado, se hizo más mayor y más todavía hasta llegar a la serenidad que redime el paso del tiempo.

A México lo veo igual de joven. Pareciera que no cumple años, que se incorpora sangre fresca joven, nueva y renovada cada cierto tiempo. No solo es un país con un gran potencial. Es que, desde la añoranza de la perspectiva, lo atisbo creativo, ilusionado, con vistas al futuro de erigirse en adalid de todas las causas habidas y por haber.

Es verdad que tiene imperfecciones pero no tengo más remedio que comparar. En la comparación estriba la diferencia.

América Latina emerge potente con países que crecen a una media muy considerable. Europa es una anciana aburguesada que vive de las rentas de su pasado, de sus casas de alquiler. Es un continente que no tiene futuro porque su despensa la ha ido consumiendo y ahora ya no tiene abastecimiento.

América Latina se ha asentado como un gigante que estaba adormilado y que, a base de cafés, ahora es un toro que solo quiere embestir y entrar a la muleta, tantas veces cuantas se lo pide el cuerpo.

Europa es un viejo torero. La gloria que fue y que tuvo que retirarse y cortarse la coleta porque se encuentra demasiado cansando. Veo a esta anciana Europa sin traje de luces. Es como si lo hubiera dejado en la silla, con sus bordados de oro enormes. Está impoluto pero prefiere verlo desde la lontananza a tener que ponérselo.

Porque lo que le ocurre a Europa, especialmente a España, es una profunda depresión social; es una melancolía colectiva, como cuando se perdieron las últimas colonias a finales del siglo XIX. Europa despide apatía porque no quiere levantarse. Es la abulia propia del deprimido que solo quiere dormir y seguir durmiendo.

No sé qué vamos a hacer con tanto marasmo. Si sé que muchos, ante una situación sin retorno, hacen las maletas y se van a explorar a la joven América para encontrar un hueco.

Ahora el latino que vive en España, ya no es un sudaca ni un “panchito”, como se les llamaba antes de manera despectiva. Ahora casi lleva el Don por delante. Lo que pasa es que eso deberíamos haberlo aprendido mucho antes; cuando con cien euros se atrevían a cruzar el Atlántico con una familia y un porvenir que no tenían. Además nos regalaron el diez por ciento del PIB español gracias a su esfuerzo.

Ahora nos vamos queriendo comernos a América Latina que es muy grande y es para todos. Pero cuidado. A ver si ahora tenemos modales y se nos bajan los humos de cuando nos convencieron que éramos la octava potencia del mundo, esa que mandaba tropas a Irak para defender la “causa justa”. Esa en donde nunca se escondía el sol bajo sus dominios. A ver si de una vez por todas, entendemos que España ha hecho muchas cosas buenas y que es un gran país. Pero a ver si también comprendemos que ha habido hechos reprobables.

Me alegro que América nos reciba con los brazos abiertos. Bueno, siempre fue así. Tienen un espíritu muy elevado.

Alberto Pelaez/http://www.milenio.com

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