Turquía: libertad o radicalización

Gran parte de Europa, Persia y el norte de África estuvieron durante muchos siglos, bajo los dominios de Constantinopla. El Imperio Otomano extendió así su red, por medio mundo así, como su religión islámica.

Se parecía mucho a los tiempos de Carlos V en España donde, como él mismo decía, en sus territorios “jamás se pone el sol”. Los califas oteaban también como desde su Constantinopla veían de que manera se expandían dejando la huella del islam.

Para nosotros los occidentales, el dominio español se trató de un Imperio, una palabra manchada, manida y hasta maldita. Tiene unas afecciones expansionistas y unos tics dictatoriales. Para ellos, se trataba de un califato. El califato donde el califa, tenía y tiene la potestad política y religiosa al mismo tiempo; algo que ha llegado hasta nuestros días. La máxima autoridad de un Estado Islámico, lo es desde el punto de vista político pero también religioso.

¿Qué ocurrió con aquel extraordinario califato que nos dejó un mosaico cultural a la Humanidad tan vasto como su territorio? Con la llegada de la primera guerra mundial desapareció. El último Gran Califato se desmoronó en mil pedazos.

Un general, Kemal Ataturk, con tintes dictatoriales, pero con la idea moderna de hacer una Turquía actual, sentó las bases para crear un país poderoso, con fuerza y vigor. Ataturk creó, a su manera, un Estado pre democrático.

Con los años, las décadas y la presión europea, Turquía se convierte a la comunión democrática con lo que eso conlleva.

Y entonces aparece en escena Recep Tayyip Erdogan, actual primer ministro turco. Pero antes, mucho antes de que llegara a tan alto puesto, el joven Erdogan ya se dedicaba a la política sin esconder su afinidad con el islamismo radical. Eso, le costó la privación de libertad y fue ahí, donde se dio cuenta de que su discurso tenía que ser menos radical. Por eso, al llegar al poder en el 2003, hace de Turquía un país con un potentísimo ejército, un vigor económico envidiable; pero también un país que respiraba aires de libertad.

Ahora ¿qué ocurre cuando se instalan las democracias? Que la gente dice lo que piensa; que la gente vota a quien quiere. Eso, no lo vio bien Erdogan una vez que ya, en la actualidad no esconde su radicalismo islamista.

Solo hay que recordar que la famosa tala de árboles, por la que empezaron las protestas en Estambul, fue debida a que pensaba construir una mezquita. Eso no es malo. Pero parece echar una forzada a su pueblo donde la inmensa mayoría es joven y laico. No podemos olvidar que, aunque Turquía es un país de corte islámico, en los últimos años ha sido muy abierto y respetuoso con otras maneras de pensamiento.

Ahí estriba el conflicto de la ciudadanía turca contra Erdogan. No se trata, como han querido confundir a la opinión pública internacional, de revueltas sociales contra la clase política en general, ni contra la religión ni contra ambas cosas. Es un malestar contra la radicalización de Erdogan.

Lo bueno que tienen las democracias y la libertad es que, una vez que se prueban ya no se pueden dejar. Es la bendita droga de exponer, expresarse y opinar sin sufrir persecuciones. Es votar con lo que conlleva: premiar o castigar. Eso, Erdogan no lo ha entendido más que con botes de humo y mangueras de agua.

Así no se resuelven las cosas. Pero es comprensible la preocupación generalizada, porque Turquía es, tal vez, el punto más estratégico de todo el mundo: la unión de dos grandes continentes, Europa y Asia.

Alberto Pelaez/http://www.milenio.com

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