Los perros de Angrois

Antes de ocurrir la desgracia del tren, la de Angrois era una de tantas aldeas de Galicia, lugares entrañables y apacibles en los que la vida transcurre tan tranquila, tan silenciosa, que hay perros que mueren de viejos sin haber aprendido a ladrar. Es en sus aldeas donde radica la esencia de esa galleguidad recelosa y a la vez hospitalaria, el lugar emocional del que surge ese tipo humano que te recrimina que robes un puñado de uvas de su parra y después del reproche colma tus brazos con dos docenas de racimos y te da conversación hasta que se echa encima la hora de cenar y se ofenderá mucho si no te sientas a su mesa. Dentro de la terrible desgracia que supuso, el Alvia ha ido a descarrilar en un buen sitio, en Angrois, la aldeíta próxima a Compostela a la que tantas veces fui caminado cuando era niño porque me suponía cruzar el río Sar con los pantalones arremangados y adentrarme en aquel orbe silvestre en el que, como en tantos lugares de Galicia, había unos señores calmosos que jugaban a las cartas con los naipes repetidos y unas mujeres muy trabajadoras y entusiastas que a mí me parecía que tenían la santa paciencia de hervir la leche con el fuego apagado. Fueron los hijos y los nietos de aquella gente quienes bajaron a las vías a socorrer con mantas a las víctimas del Alvia, consolaron a los heridos y dudaron si ofrecerles a los muertos un poco de conversación y un sitio en su mesa para compartir con los ancianos la cena invertebrada de los niños. Ni siquiera con el estruendo del tren ladraron los perros de la aldea. Fue hasta en eso un pasmoso ejemplo de silencioso civismo, de sobrecogedora y callada solidaridad. Y ahora Angrois saldrá de los telediarios y recobrará la calma antigua de esos sitios de Galicia en los que incluso la muerte es donante de sangre.

José Luis Alvite/larazon.es

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