El becario del miedo

alvite

Un tipo intenta meterse de madrugada en problemas para ser parte del submundo sórdido que le fascina, y fracasa porque su conciencia le devuelve al lugar del que venía, igual que al nadador que bracea mar adentro le fallan las fuerzas y el oleaje le devuelve sin remedio a la orilla. Como me dijo un tipo duro, «por extraño que parezca, amigo, en este ambiente, para ser uno de tantos no vale cualquiera, y no me pidas explicaciones, porque lo único que podría contestarte con seguridad es que en este mundo no se entra como consecuencia de un esfuerzo ni por una vocación, sino por una fatalidad, y eso significa, muchacho, que de repente te encuentras en medio de todo esto y sabes que has llegado hasta aquí huyendo de ti mismo, igual que el caballo que se presenta destacado en la meta porque quería huir del jinete que lo monta». Aquel tipo tenía razón y jamás dudé en seguir sus consejos. Meses después de aquello recordamos lo que me había dicho tanto tiempo atrás y se disculpó: «Hablé demasiado entonces. Una frase larga malogra cualquier idea y yo aquella noche respiré muy poco al hablar. Espero que hayas dominado tu conciencia. Es fundamental que lo hagas o estarás perdido. Haz las cosas según se te ocurra hacerlas, amigo, en la seguridad de que algún día encontrarás una buena razón para haberlas hecho. Y ahora me callo antes de caer en el mismo error de la otra vez. Solo una cosa: En este mundo sólo ganarás tu prestigio gracias a haber jodido tu reputación». Aquel tipo volvía a tener razón. Ciertamente, para ser uno de tantos en aquel ambiente no valía cualquiera. El caso es que yo me decidí a intentarlo porque quería saber qué siente un hombre cuando descubre que es por culpa de una de las chicas del garito por lo que a veces llega Dios tarde a la iglesia.

Mi abuelo materno combatió en la Guerra Civil al lado de los nacionales y de regreso en casa dijo que no estaba aseguro de que todo aquel espanto hubiese servido para otra cosa que no fuese para aprender geografía. Veinte años después del fin de aquel conflicto le pregunté muchas veces por las batallas y por los soldados, por el coraje y por el miedo. Jamás conseguí que me diese una respuesta concreta, ni siquiera una evasiva con algunos datos sucintos con los que pudiera reconstruir su estancia en la guerra. Era como si sus recuerdos de la lucha le hubiesen borrado la memoria. Supuse que había regresado reticente y cansado, seguramente convencido de que solo valía la pena tener fe en el escepticismo y en los dioses descreídos. Recordaba ríos y ciudades, cordilleras y sembrados, pero jamás se refirió al dolor o a la muerte. Sólo en una ocasión creo recordar que me dijo algo relativo a los soldados que luchaban en el otro bando. No podría citar al pie de la letra lo que él me contó aquel día, pero vino a decir que «incluso los muchachos que lucharon en el otro bando, en el momento de morir se convertían en parte de los nuestros». Hubo muchos como él en aquella guerra en la que con el pánico se quedaban ciegas las yeguas. Muchos se quedaron por el camino, otros regresaron al lugar del que habían salido y con el tiempo se enteraron de las razones por las que habían luchado. A mi abuelo lo desmovilizaron dos años después de terminada la guerra y al desandar el camino en aquella España en la que solo medraban los cementerios, se encontró con que su mujer le regañó por volver tan tarde a casa. En el 61, poco antes de morir, me dijo: «Éste es un país en el que si vas a la guerra, necesitas un buen motivo para volver con vida a casa».

José Luis Alvite/larazon.es

Deja un comentario