La piñata

Era el momento de aprovechar. Los gringos están  enredados en su propio ridículo y nosotros, por una vez, podíamos quedar como señores. Mirarlos por encima del hombro con aire superior y una sonrisa burlona.

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En efecto, el oso en esta ocasión era suyo. Ya no saben cómo hacerle para salir del mal paso. Ahora resulta que fueron los rusos los que hackearon su sistema de cómputo para hacer ganar a Trump. Lo dice todo serio el propio Presidente. ¿Cómo la ve, jocoso lector? Ya ni la chingan. Eso no se le había ocurrido ni al mismísimo López Obrador.

Están a un paso del “voto por voto, casilla por casilla”, me cae. Quién sabe a dónde llegará el berrinche, pero parece obvio que no va a ninguna parte y que se quedará en eso, en berrinche. Un berrinche vergonzoso, impropio de una “democracia madura” como la que pretenden ejercer desde hace casi dos siglos y medio, con algún sobresalto por ahí, es cierto. Dos que tres magnicidios, el vodevil de Florida del año 2000, y poca cosa más. Nada importante.

Ahora sin embargo no saben qué hacer para impedir que el neardenthal convierta la Casa Blanca en su caverna. Echaron toda la carne en el asador para garantizar la permanencia del establishment a través de la inocente Mrs. Clinton y falloles. No estaba en el guión.

Nunca antes se había visto a un Presidente de EU convertido en un agitador de campaña como quiso serlo y hacerlo el señor Obama. Ferviente y apasionado como el que más. Nunca antes se había visto a una primera dama ir repartiendo propaganda electoral de puerta en puerta.

A medida que el proceso avanzaba y el diluvio de encuestas arreciaba, el pánico en las filas de los clintonistas (mucho más amplias que las de los simples demócratas) se adueñaba del espíritu y del discurso. Se dedicaron de tiempo completo a mentarle la madre a Trump, sin caer en cuenta hasta qué punto eso lo favorecía. Ellos y nadie más lo hicieron Presidente.

El pánico se convirtió en histeria y la histeria en derrota. El que se enoja pierde. Es algo que en México sabemos bien, y alguien habría debido pasarles el tip. De la misma manera que alguien debió recordarles la importancia de “verse con fama, aunque infame” como ilustra el sapientísimo don Alonso Quijano de Salazar.

En fin, aún tienen más de un mes para seguir dando patadas de ahogado y volviéndose el hazmerreír de propios y extraños. Sin duda lo van a aprovechar. De la vergüenza a la desvergüenza no hay más que un paso.

Era pues el momento en que desde México las instituciones públicas se mantuvieran al margen de tan triste espectáculo y dieran una imagen de seriedad y sobriedad. Aunque sólo fuera la imagen. Pero no. Somos incapaces. Nuestra idiosincrasia no permite que alguien sea más chapucero. Es más fuerte que nosotros.

Y esta vez le correspondió a la bancada del PRD en el Senado dejar claro que a nacos nadie nos gana. Que los del sol azteca constituyen un colectivo cada vez menos colectivo y en plena descomposición, es algo que todos sabemos, excepto tal vez ellos mismos. Aunque a lo mejor son ellos los primeros en ser conscientes de tal degradación.

El paso del Pejelagarto por ahí no podía no dejar huella. Lo hizo mierda todo y se fue. De aquel sueño de los fundadores, hace treinta años, no queda nada. Ha tiempo que se ha vuelto una pesadilla. Una de aquellas, terribles, de las que no puede uno despertar.

La lumpenización de los amarillos ya no la para nadie. Y aprovecho aquí la ocasión para mandar un respetuoso saludo a su insigne, flamante e intachable Presidente Nacional.

Usted lo sabe perfectamente, y yo sé que usted lo sabe, pero hay cosas que exigen ser repetidas. Pleonasmo más que conveniente, imperioso. Resulta que los H. senadores del PRD (aún existe tal cosa, quién sabe por cuánto tiempo) organizaron su preposada, con todo y prepiñata con la efigie del prepresidente gringo. Con despreocupación y desparpajo infantiles, la agarraron a palos mientras le espetaban inocentes improperios de la más pura raigambre popular. Nunca se informó, creo, de qué estaba relleno el simpático monigote, cuál fue la recompensa de las festivas y candorosas criaturas.

Nunca pensaron en si su desenfadado festejo podía ser leído en clave política o provocar algún tipo de reacción allende el Bravo. Si allá se difundieron imágenes y si ello podría complicar aún más la situación de los mexicanos residentes. Son cosas en las que los niños no piensan.

Es encomiable sin duda enarbolar la defensa de nuestros compatriotas y defender sus derechos, adquiridos y por adquirir. Pero hay que saber cuándo y sobre todo cómo y con qué.

Planteamientos incendiarios no garantizan poder orquestarlos ni ganarlos. Ondear reclamos anticipados únicamente sirve teniendo el dominio, obteniendo recursos asequibles y oportunos. Manejar invectivas valida irritaciones, y además concita hostilidades originando lamentables exabruptos.

Decir que Miguel Barbosa y su kínder fueron irresponsables es defenderlos. Consentirlos y consecuentarlos como pequeñuelos que aún no saben lo que hacen. No se trata de un acto imprudente, fue un acto intolerable, indigno. La próxima vez ojalá manden hacer una piñata mejor. A mí se me ocurre una, con parentesco más cercano, digamos.

MARCELINO PERELLO

http://www.excelsior.com.mx/opinion

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