La ráfaga

Repican las campanas, medianoche. Una súbita ráfaga irrumpe en la capilla, impacta contra el brazo del artista y hace volar por los aires su pincel. Miguel Ángel se sacude la dolorida muñeca y ve unas marcas rojizas de las que asoma un hilo de sangre. Mira hacia abajo desde el andamiaje de madera y siente el inmenso abismo voltearle el estómago, se imagina en irremediable caída hacia los infiernos. Entonces, sin dudarlo, agarra la espátula, araña rápidamente el fragmento de pintura rosada que unía el dedo de su Adán, musculoso y desnudo, con el del anciano creador y los deja separados para siempre por un centímetro abismal e infranqueable.

Ignacio Rubio Arese

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