Pilatos
En estos días me gusta recordar, porque se vincula con la política, el libro de Ann Wroe: Pilatos. Biografía de un hombre inventado (ed.Tusquets). El libro es un viaje por todas las posibilidades del origen del famoso funcionario romano que decidió la ejecución de Cristo. Son pocos los datos ciertos que se tienen de este hombre cuya lavada de manos es la más famosa de la historia. Ya en otras ocasiones he comentado en este espacio la siguiente anécdota, que tiene que ver con los ancestros del conocido hombre de la duda, y tiene que ver también con la capacidad política de tomar decisiones. Así va:
“Cuando Gavio Poncio atrapó al ejército romano en las Horcas Caudinas, su placer fue tan inmenso que ni siquiera pudo pensar qué haría a continuación. Así, envió a un mensajero con la orden de pedirle consejo a su anciano padre, Herennio, el hombre que había hablado con Platón.
—Suéltalos ilesos —dijo el padre.
Pero Gavio rechazó ese consejo.
—Entonces, mátalos a todos.
Pero Gavio también rechazó esta idea y le pidió a su padre que fuera a aconsejarles personalmente; Herennio se hizo llevar al campamento en carro. Allí como el viejo tozudo que era, se limitó a repetir su consejo. Salva a estos hombres y serán nuestros poderosos amigos; mátales, y debilitarás a los romanos por generaciones. No había, dijo, “tercer plan”.
No obstante, Gavio y los demás jefes samnitas le exigían uno. ¿Qué sucedería, preguntaron, si optaban por una salida intermedia? Que los romanos se vayan sanos y salvos, pero imponiéndoles algunas condiciones. Herennio no les prestó atención. “Esa es una política”, dijo, “que ni sirve para ganar amigos ni para quitarse de encima a los enemigos”.
Tras estas deliberaciones, enviaron al anciano de vuelta a casa. Gavio Poncio expuso a los romanos su tercera vía: les garantizó la vida y paz, pero cada uno de ellos tendría que pasar bajo el yugo, desarmado y vestido únicamente con una túnica. Difícilmente iban a soportar los romanos semejante humillación, pero no les quedó otro remedio que pasar bajo el yugo mientras sus enemigos les insultaban, antes de dejarles, desnudos y llorando, en la ruta de Capua.
Sin embargo, se tomaron la venganza tal como Herennio lo había predicho, la solución intermedia no les ayudó a hacer nuevos amigos y sólo sirvió para forjar una paz tan deshonrosa que samnitas y romanos pronto reiniciaron las hostilidades. Poco después los samnitas fueron derrotados y obligados a pasar bajo el yugo, Gavio Poncio entre ellos, quien luego fue paseado en triunfo y decapitado. Su maravilloso compromiso había quedado en nada. “Dejaron que se les escapara de las manos la oportunidad de hacer el bien como el mal”, escribió Livio.
Ahí queda la anécdota histórica que Wroe narra en su libro para ligar como mal de familia la duda ante la necesidad de decidir en situaciones complicadas. Aplica perfecto a nuestra vida pública y sus escasas negociaciones exitosas.
Juan Ignacio Zavala/mileniodiario
El selecto grupo de los muertos vivientes
Durante muchos años la Unión Europea veía a Noruega como el país marginal que vivía de su proteccionismo. Sí había interés en que perteneciera —en la medida en la que es poderoso y desarrollado—, pero podían vivir perfectamente sin el país de los Fiordos.
Noruega estuvo dos veces a punto de entrar en la Unión Europea a través de dos consultas populares. Sin embargo, los noruegos, por un estrecho margen, decidieron quedarse “aislados”. ¡Bendito aislacionismo! Habría que decir. Si Noruega hubiera pertencido a la Unión Europea le hubiéramos fagocitado todo. Desde la riqueza del petróleo a la de sus mares. Menos mal que esos países sí son democráticos de verdad y no manosean los votos como si fuera un trueque. Eso es algo muy serio y así, lo vive el noruego que es adusto y riguroso.
Noruega tiene hoy el segundo salario medio más alto del mundo, con tres mil ochocientos dólares; sólo por debajo de Luxemburgo. La economía crece casi un 5 por ciento cuando eso, en Europa, todavía tardaremos años en verlo. El porcentaje de desempleo se sitúa en el 2.4 por ciento —en España estamos en el 23 por ciento y subiendo—. Hay trabajo para todo el mundo, incluso para los inmigrantes que llegan en miríadas procedentes de los países bálticos, Polonia, España y, desde luego de Medio y Lejano Oriente. Los reciben con los brazos abiertos. Saben que ellos, los inmigrantes, ayudan al crecimiento del país.
La inflación ronda el 2 por ciento. Eso sí, los impuestos directos e indirectos están por todos lados. Hay tasas para la compra de casas, de carros, de alcohol, de comida. Incluso impuestos por el consumo de televisión o la gasolina, algo extraño para un país podrido de petróleo. No olvidemos que un litro de gasolina, en el país del maná negro cuesta nada menos que 2.50 dólares.
Capítulo aparte sería hablar del petróleo con las centenares de simas marítimas, de cuyas perforaciones aparece el oro negro como de las ubres de las vacas sale la leche.
Y para cerrar el círculo del desarrollo, todos los árboles que se talan del pulmón de Europa se vuelven a plantar y además, por escolares a los que les pagan.
Hay ahora una disputa por el hallazgo de grandes bolsas de petróleo en el Círculo Polar Ártico. Estados Unidos, Rusia, Islandia, Dinamarca y Noruega, todos dicen que les pertenece. Sin embargo los noruegos vetaron a Rusia en el derecho a esquilmar petróleo. Todo ello en un organismo en el que confluyen los países que colindan con el Polo Norte. Ahí se ve la legalidad de los países del norte de Europa.
Por eso la entrada de Noruega en este Viejo Continente que se muere sería un balón de oxígeno, un caramelo para el niño que sabe que jamás se va a hacer mayor. Y es ahora, más que nunca, cuando Noruega rechaza de plano pertenecer al “selecto grupo de los muertos vivientes”.
Bendito proteccionismo, siguen diciendo estos nórdicos que no hacen sino enseñarnos cómo se practica la política de verdad, cómo se cuida al ciudadano, cómo se gobierna para él.
Alberto Pelaez/mileniodiario
Abandonar lecturas no es malo
Las campañas de promoción de la lectura suelen fracasar porque sacralizan libros, autores y el acto mismo de leer; ignoran que en este terreno sólo hay una autoridad, el lector, y que éste puede encontrar insoportables libros y autores consagrados hasta hartarse de ellos. Leer cansa y el tiempo escasea. Las campañas de promoción de la lectura pueden ser contraproducentes: por cada nuevo lector puede haber muchos desertores que nunca volverán.
Sería bueno tener estadísticas de deserción; preguntar, por ejemplo: ¿ha empezado usted a leer un libro y lo ha abandonado sin terminar? ¿Por qué lo abandonó? ¿Ha probado suerte con otros títulos después? ¿Cuántos? ¿Se cansó de intentar? ¿Qué piensa de la gente que habla de muchos libros y autores? Ante una biblioteca privada ¿piensa que el dueño ha leído todo el acervo? ¿Cree que los libros son para ser leídos de principio a fin y que si uno no lo hace fracasa como lector?
Tim Parks (novelista, ensayista, traductor) ha emprendido una revisión crítica de las nociones aceptadas de la lectura y la obra y llegado a las siguientes conclusiones: los libros no se leen hasta el final sino hasta que hemos tenido suficiente; podemos abandonarlos a la mitad y sentir que hemos terminado de leerlos; el lector experimentado sabe cuánto tiempo dedicar a un libro antes de abandonarlo; sólo los lectores inseguros leen libros hasta el final sin gozar ni obtener provecho de ellos.
Parks remite su tesis a grandes lectores. Samuel Johnson, interrogado sobre si había leído cierto libro, respondió: “Sir, ¿acaso usted lee los libros completos?” Schopenhauer afirmó que bastaba hojear un libro para tener una estimación preliminar de la obra total de su autor. “La vida es muy corta para leer libros malos”, acotó. Kafka sostuvo que, después de cierto punto, el escritor puede finalizar su libro sin frase final. De hecho, él no finalizó El Castillo ni América y dio carpetazo a El Proceso (“Why Finish Books?”, The New York Review of Books).
Parks tomó conciencia de esta dimensión de la lectura cuando un amigo, después de elogiar una novela suya, le dijo que no había leído las últimas cincuenta páginas. Consternado, Parks preguntó porqué. Su amigo respondió: “Es que ya había tenido suficiente”. Parks admitió entonces que a él le había ocurrido lo mismo muchas veces y cada vez más: “Empiezo a leer un libro, lo gozo plenamente y llega el momento en que creo haber tenido suficiente. No es que haya dejado de gozar. No estoy aburrido. No pienso incluso que el libro es muy largo. Es sólo que no deseo seguir gozándolo. ¿Puedo decir que lo he leído? ¿Puedo recomendarlo?
Claro que sí. Jorge Luis Borges elogió Cien años de soledad pese a lamentar que comprendía “muchos años”. Borges podría enriquecer la tesis de Parks con su desdén de obras consagradas voluminosas, como La montaña mágica de Thomas Mann: “Cada vez la encuentro más aborrecible”. Borges sostuvo que toda novela es producto del exceso. No escribió novelas ni libros extensos por “holgazán”. Su único libro, Evaristo Carriego, carece de final.
Tim Parks está llevando su tesis hasta cuestionar el imperativo de contar historias como vía de salvación o singularización del individuo. La retórica de la superioridad de la literatura le revienta (igual que a mí). Deplora que las novelas magnifiquen el “yo”, cuando éste debería ser desinflado. “¿Necesitamos realmente la intensificación del yo que las novelas abarrotan? (…) Amo las historias complejas, pero estoy seguro que no las necesitamos.” (“Do we need stories?” The New York Review of Books)
Dado el consenso fake de la superioridad de la narrativa sobre otras formas de discurso, la idea de Parks debe ser discutida por separado. En principio, toda postulación tiene detrás una historia a ser contada, lo cual no significa que relatar sea superior a razonar. Todo razonamiento puede ser relatado y todo relato puede ser razonado, como ir de lo abstracto a lo concreto: es el mundo de la mente, la emoción y el sentimiento. El curso de Parks hacia la disolución del “yo” tiene su propia historia, la cual está en su obra. Su novela Sueños de mares y ríos está en español.
Volviendo al tema de este artículo, las campañas de promoción de la lectura tienen un foco estrecho, autoritario y pseudoelitista. Una campaña eficiente debería empezar por saber qué lee la gente y porqué abandona lecturas. Cuando una persona asume leer, ¿qué valores entran en juego? ¿Abandonar un libro a las primeras páginas significa triunfo o derrota? Hay que ver cada caso. Abandonar una obra canónica, como El Quijote, puede ser un triunfo si el lector, mal guiado por las recomendaciones, busca algo distinto.
La imagen talismánica del libro debe ser archivada a favor de la lectura eficiente, aquella que proviene del encuentro de la información e ideas necesitadas por el lector, las cuales pueden estar contenidas en conversaciones y hasta en forma escrita. Reducir la vida del espíritu al formato industrial llamado libro es cometer sinécdoque.
Ramón Cota Meza/mileniodiario
Jesús de Nazaret, indignado. Por eso lo mataron
¿Será?
Tras acusar a Dios de ser “nuestra más larga mentira”, calificar a los evangelios de “testimonio de la ya incontenible corrupción existente dentro de la primera comunidad”, definir a Pablo de Tarso como de “disangelista” y dirigir la “maldición sobre el cristianismo en El Anticristo, Nietzsche hace el siguiente retrato idílico de Jesús de Nazaret: “Él no opone resistencia, ni con palabras ni en el corazón, a quien es malvado con él… No se encoleriza con nadie, ni menosprecia a nadie. No se deja ver en los tribunales, ni se deja citar ante ellos (‘no jurar’)… Lo que él legó a la humanidad es la práctica: su comportamiento ante los jueces, ante los sayones, ante los acusadores, ante toda especia de calumnia y burla, su comportamiento en la cruz Él ora, sufre, ama con quienes, enquienes le hacen mal. No defenderse, no encolerizarse, no hacer responsable a nadie”.
De ser cierta la versión de Nietzsche, Jesús habría huido del conflicto como de la quema y se habría instalado en una religión conformista, sin que nada ni nadie le turbara. Pero nada más lejos de la realidad. Jesús fue un Indignado que adoptó una actitud de rebeldía frente al sistema y se comportó como un insumiso frente al orden establecido. El conflicto, nacido de la indignación, define su modo de ser, caracteriza su forma de vivir y constituye el criterio ético de su práctica liberadora. La insumisión y la resistencia fueron las opciones fundamentales durante los años de su actividad pública, tanto en el terreno religioso como en el político, ambos inseparables en una teocracia y la clave hermenéutica que explica su trágico final.
Indignado con la religión oficial. Se indigna con la religión oficial y sus intérpretes, que anteponen el cumplimiento de la ley al derecho a la vida e incitan a la venganza en vez de llamar al perdón. Cuando está en juego la vida y la libertad de las personas infringe a conciencia las leyes judías del ayuno, del sábado, de la pureza, etc. y justifica que sus discípulos las incumplan. Come con pecadores y publicanos y osa afirmar que las prostitutas preceden a los escribas y fariseos en el reino de Dios. El centro de la religión está en la práctica de las bienaventuranzas, carta magna de la nueva religión.
Indignado con los poderes religiosos. Las autoridades religiosas vivían una escisión entre la realidad y la apariencia. Su actitud no podía ser más hipócrita: decían y no hacían, absolutizaban la Torá e imponían al pueblo cargas legales que ellos mismos no cumplían. Jesús les echa en cara la falsedad de su magisterio y su falta de coherencia. No les reconoce autoridad, ni sigue sus enseñanzas.
Indignado con los poderes económicos. La acumulación de bienes es quizá la causa más importante de la indignación de Jesús, convencido como estaba de la incompatibilidad entre servir a Dios y al dinero y de que toda riqueza es injusta y se convierte en un medio de dominación y de opresión que genera pobreza en derredor. Cuestiona las raíces materiales y religiosas –generalmente unidas- de la exclusión y lucha por erradicarlas. Se pone del lado de los grupos marginados social y religiosamente: publicanos, pecadores, prostitutas, enfermos, posesos, paganos, samaritanos y gente de mal vivir.
Indignado con el poder político. La indignación de Jesús sube de tono cuando se enfrenta con los poderosos, a quienes acusa de opresores, y con la tiranía que imponía Roma a su pueblo. Precisamente la condena a muerte de Jesús, y muerte de cruz, dictada y ejecutada por la autoridad romana, fue la consecuencia lógica de la indignación contra con el poder político, a quien niega legitimidad, y contra el Imperio, a quien considera invasor. No se trató, por tanto, de un error, como creía Bultmann. ¡Se lo tenía merecido!
Indignado con la religión y la sociedad patriarcales, Jesús denuncia las múltiples marginaciones a las que eran sometidas las mujeres por mor de la religión y de la política, se opone a las leyes que las discriminaban (lapidación adulterio, libelo de repudio) y las incorpora a su movimiento en igualdad de condiciones que a los varones y con el mismo protagonismo. Es en el movimiento de Jesús donde ellas recuperan la dignidad que les negaba la religión oficial y la ciudadanía que les negaba el Imperio.
Indignado con el Dios autoritario. Es sin duda la indignación más dolorosa, la que más desgarro interior le provoca y la que pone a prueba su fe y su esperanza. El conflicto con Dios se muestra en toda su radicalidad en los momentos finales de su vida, cuando el agua le llega al cuello. Jesús pide cuentas a Dios por no estar de su lado en el proceso, la condena y la ejecución, como antes su correligionario Job, le expresa su más profunda decepción y lanza un grito de protesta: ”¿Por qué me has abandonado?”. La indignación de Jesús de Nazaret con los poderes económicos, religiosos, políticos y patriarcales constituye un desafío para los cristianos y cristianas de hoy y una llamada a incorporarse al movimiento de los Indignados. Y no para sacralizarlo, ¡en absoluto!, sino para sumar fuerzas y aportar nuevas razones a la lucha por “Otro mundo posible”.
Juan José Tamayo es teólogo y autor de Otra teología es posible (Herder, 2012. 2ª ed.).
Federico García Lorca. “Medio pan y un libro”…
Alocución de Federico García Lorca al pueblo de Fuente Vaqueros(Granada) en septiembre de 1931:
“Cuando alguien va al teatro, a un concierto o a una fiesta de cualquier índole que sea, si la fiesta es de su agrado, recuerda inmediatamente y lamenta que las personas que él quiere no se encuentren allí.
«Lo que le gustaría esto a mi hermana, a mi padre», piensa, y no goza ya del espectáculo sino a través de una leve melancolía.
Ésta es la melancolía que yo siento, no por la gente de mi casa, que sería pequeño y ruin, sino por todas las criaturas que por falta de medios y por desgracia suya no gozan del supremo bien de la belleza que es vida y es bondad y es serenidad y es pasión.
“Por eso no tengo nunca un libro, porque regalo cuantos compro, que son infinitos, y por eso estoy aquí honrado y contento de inaugurar esta biblioteca del pueblo, la primera seguramente en toda la provincia de Granada.
“No sólo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro. Y yo ataco desde aquí violentamente a los que solamente hablan de reivindicaciones económicas sin nombrar jamás las reivindicaciones culturales que es lo que los pueblos piden a gritos.
Bien está que todos los hombres coman, pero que todos los hombres sepan. Que gocen todos los frutos del espíritu humano porque lo contrario es convertirlos en máquinas al servicio de Estado, es convertirlos en esclavos de una terrible organización social.
“Yo tengo mucha más lástima de un hombre que quiere saber y no puede, que de un hambriento. Porque un hambriento puede calmar su hambre fácilmente con un pedazo de pan o con unas frutas, pero un hombre que tiene ansia de saber y no tiene medios, sufre una terrible agonía porque son libros, libros, muchos libros los que necesita y ¿dónde están esos libros?
¡Libros! ¡Libros! Hace aquí una palabra mágica que equivale a decir: «amor, amor», y que debían los pueblos pedir como piden pan o como anhelan la lluvia para sus sementeras.
Cuando el insigne escritor ruso Fedor Dostoyevsky, padre de la revolución rusa mucho más que Lenin, estaba prisionero en la Siberia, alejado del mundo, entre cuatro paredes y cercado por desoladas llanuras de nieve infinita; y pedía socorro en carta a su lejana familia, sólo decía: «¡Enviadme libros, libros, muchos libros para que mi alma no muera!».
Tenía frío y no pedía fuego, tenía terrible sed y no pedía agua:pedía libros, es decir, horizontes, es decir, escaleras para subir la cumbre del espíritu y del corazón. Porque la agonía física, biológica, natural, de un cuerpo por hambre, sed o frío, dura poco, muy poco, pero la agonía del alma insatisfecha dura toda la vida.
“Ya ha dicho el gran Menéndez Pidal, uno de los sabios más verdaderos de Europa, que el lema de la República debe ser: «Cultura». Cultura porque sólo a través de ella se pueden resolver los problemas en que hoy se debate el pueblo lleno de fe, pero falto de luz“.
(A PUNTO DE CUMPLIRSE 80 AÑOS DE AQUEL DISCURSO, CUALQUIER SEMEJANZA CON LA ACTUALIDAD, NO ES PURA COINCIDENCIA).
Gracias Pisi
Los sioux y las participaciones preferentes
En 1882 los sioux se dieron de bruces con la técnica de las participaciones preferentes. Un abogado, el hermano de un ministro de Estados Unidos, un reverendo y un experto en despojos formaban la comisión que acudió ese año a la gran reserva de Dakota (9 millones de hectáreas) para negociar con los indios un reordenamiento de sus emplazamientos. La propuesta consistía en que cada tribu sioux tuviese un asentamiento específico. A cambio, prometía el religioso Hinman, “el gran padre os concederá 25.000 vacas y 1.000 toros”. Ahora bien, los sioux debían firmar previamente una serie de documentos. Dado que ninguno sabía leer, ninguno advirtió que con sus rúbricas renunciaba a más de la tercera parte de la reserva (3,5 millones de hectáreas). O sea, una cesión perpetua de sus ahorros de toda la vida por unas migajas. Ciertas operaciones tienen tal recorrido histórico que merecerían una rama propia en la historiografía. Y las participaciones preferentes, productos financieros cimentados sobre las cesiones perpetuas a entidades bancarias de miles de clientes que confiaron ciegamente sus ahorros a su sucursal de toda la vida a cambio de un interés anual, tienen raíces en la conquista del “salvaje” Oeste. Porque ¿quién en su sano juicio cedería a perpetuidad 3,5 millones de hectáreas a cambio de unas vacas o los ahorros de toda la vida a cambio de una renta anual?
Este episodio de los sioux, uno más entre la vasta lista de agresiones, humillaciones y expolios, que sufrieron tras la llegada masiva de colonos europeos, se recoge en un libro que es ya un clásico: Enterrad mi corazón en Wounded Knee, escrito por Dee Brown. La editorial Turner acaba de reeditar la obra, publicada por vez primera en 1971 y convertida en un best-seller internacional, favorecida por una circunstancia imbatible: por vez primera un historiador daba voz a los nativos. Ellos no solo habían perdido vidas, tierras y cultura, también habían perdido el relato y la historia. Demasiado a menudo las víctimas solo logran imponer su testimonio pasado el fragor de la actualidad.
Turner está mostrando una sensibilidad especial hacia estos episodios históricos del nacimiento de Estados Unidos, tan adulterados por el cine con simplificaciones maniqueas, donde pocas dudas había sobre malos y buenos. El imperio de la luna de agosto, finalista del Pulitzer en 2011, de S. C. Gwynne, narra la historia de los comanches, la última tribu que resistió al hombre blanco y que accedió a vender sus tierras y cambiar la vida que habían mantenido durante generaciones.
La obra de Dee Brown, fallecido en 2002, reconstruye lo ocurrido en tres décadas esenciales del avance de los colonos y el retroceso de los nativos, entre 1860 (la Larga Marcha de los navajos) y 1890 (la masacre de los sioux en Wounded Knee). “Durante esta época fueron destruidas la cultura y la civilización del indio americano, y en ella nacieron virtualmente los grandes mitos del Oeste: las narraciones de cazadores de pieles, montañeros, pilotos de barcos fluviales, buscadores de oro, jugadores, pistoleros, soldados de caballería, vaqueros, cortesanas, misioneros, maestros de escuela y colonos. Solo en ocasiones llegó a oírse la voz de un indio y entonces, casi sin excepción, tal como fue registrada por la pluma de un blanco”, escribe el autor en el prólogo.
No es un libro alegre, avisa Brown. Se queda corto: es desolador. Y no por la sucesión de horrores que narra, si no por su desesperanza. Porque la lucha, sangrienta como todas las conquistas, es descompensada al estilo de David y Goliat, con final realista. Porque además leemos el libro cuando conocemos de sobra el desenlace. Porque leer los alegatos de un gran jefe sioux, Toro Sentado, cuando conservaba la autoridad moral pero había perdido el poder, induce a la tristeza. Es, en el fondo, el discurso de alguien que después de luchar, huir y refugiarse en Canadá, al otro lado de la frontera, ha decidido tirar la toalla.
“Si a un hombre se le pierde algo, vuelve sobre sus pasos y lo busca cuidadosamente, pues con seguridad dará con ello; así hacen ahora los indios al pediros que les concedáis las cosas que prometisteis en tiempos pasados. No creo que ello pueda ser razón para que los tratéis como bestias, hecho que ha sido causa de los amargos sentimientos que me embargan (…), el gran padre me dijo que con su perdón se borraban mis deudas pasadas y que su bondad cuidaría de guiar mis pasos futuros; acepté sus palabras y regresé sin temor. Me dijo también que no me apartara de la senda del hombre blanco y yo le aseguré que todos mis esfuerzos se dedicarían a cumplir sus deseos. Me doy cuenta de que mi país ha adquirido mal nombre, y yo quiero que recupere el propio, intachable; así ha sido siempre. A veces, cavilante, me pregunto quién ha sido el que lo ha manchado”.
Otra de lengua
Se dice que la lengua no puede ser sexista como no puede ser comunista, capitalista o católica. Quizá no, lo ignoro, la verdad. Tampoco sé si el sexo, que nos funda, se puede comparar con las ideas políticas o religiosas, que van y vienen, aunque a veces se quedan una temporada. En todo caso, y desde mi modesta perspectiva de usuario y víctima de la lengua, estoy en condiciones de asegurar que durante el franquismo, por ejemplo, la lengua era franquista, franquista y beata, olía a cuartel y a sacristía y a cirio y a letrina de barracón castrense. De ahí el rechazo que algunos escritores sentían por ella y su necesidad de bucear en otras tradiciones. Abominar de la lengua propia es como abominar del propio hígado, pero también hay gente alérgica a su caca. Somos raros. Por eso, entre otras cosas, recibimos con tanto alborozo las novelas del boom latinoamericano, porque estando escritas en nuestro idioma parecía que estaban escritas en otro.
Del mismo modo que un franquista puede devenir en demócrata o un trotskista en facha, la lengua puede cambiar también de ideología y de hecho ha cambiado, ahora parece liberal o neoliberal, no sé, depende de la emisora de televisión que pongas o de la prensa que leas. Pero no hablemos de contingencias de orden político, económico o social que duran 40 ó 50 años, lo que en la vida de la lengua no es nada o casi nada. Hablemos de lo que nos constituye en lo más profundo, de lo que somos desde que tenemos memoria: una sociedad patriarcal. ¿Puede una gramática permanecer ajena a esa condición cuyos orígenes parecen tan remotos como los del habla? Quizá no. Se dice también que, si queremos que la lengua cambie, el que tiene que cambiar es el hombre (y la mujer, claro). Una forma optimista de abordar el asunto, como si la lengua fuera nuestro producto y no nosotros el de ella.
Juan José Millás/elpais.es
Del hijo secreto de Hitler al destino de los descendientes de la cúpula nazi
Una investigación reabre la supuesta existencia de un hijo de Adolf Hitler en Francia concebido durante un breve romance. El documental «Los hijos de Hitler» retrata la carga psicológica y moral que ha perseguido a los descendientes de la cúpula nazi durante toda su vida.

Del hijo secreto de Hitler al destino de los descendientes de la cúpula nazi
La historia oficial retrata a Adolf Hitler, detonante del conflicto bélico más sangriento que ha conocido la Humanidad, como un mujeriego que, además de numerosas relaciones extramatrimoniales, se casó en dos ocasiones, pero sin dejar descendencia.
Sin embargo, una reciente investigación promovida por la revista francesa «Le Point» ha destapado la supuesta existencia de un descendiente del « Führer» en Francia. Según los documentos, el hijo de Hitler habría sido engendrado durante la estancia de éste en el país galo en 1917, en plena Primera Guerra Mundial.
El autor de «Mi lucha» entabló una relación sentimental con una joven en Fournes-in-Weppe (cerca de la ciudad de Lille), aunque nunca llegaría a conocer la existencia del producto de aquel noviazgo. La identidad de la supuesta madre es Charlotte Lobjoie, por entonces de 16 años, que se interesó por un joven soldado que pintaba en un campo de heno.
El fugaz romance concluyó con el regreso al frente de Seboncourt, al norte de la región Picardy. Charlotte daría a luz en marzo de 1918 a un niño que dejaría en adopción. El vástago, marginado por ser «hijo de un boche», recibió el nombre de Jean-Marie Loret y se criaría posteriormente en el seno de una familia francesa de clase media.
En 1939, tras licenciarse como abogado, Jean-Marie combatiría al régimen nazi durante la Segunda Guerra Mundial, ajeno a los lazos con Hitler. No conocería hasta años después a su madre biológica, quien le confesó antes de su muerte, a principios de los años 50, la identidad de su progenitor. Loret emprendió una investigación de dos décadas para constatar la historia, un proceso que incluyó referencias históricas y pruebas biológicas.
En 1981, Jean-Marie escribió el libro «Tu padre se llama Hitler», que repasa la evolución de su historia personal. «Cuando tu padre estuvo allí, le encantaba llevarme a dar paseos por el campo. Unos paseos que terminaban mal generalmente.
Tu padre, inspirado en la naturaleza, se arrancaba con discursos, los cuales no comprendía. Como no se podía expresar en francés, lo hacía en alemán. Se dirigía a un auditorio ausente», indica en uno de sus pasajes.
Charlotte habría recibido dinero ya siendo Hitler dueño y señor del Gobierno germano. Algunas de las pinturas del soldado también fueron encontradas en el ático de la casa.
Jean-Marie Loret fallecería en 1985 sin el reconocimiento de los historiadores. Ahora, el abogado de la familia, François Gibault, ha reabierto el caso.
«Los niños de Hitler»
La película «Los niños de Hitler» documenta con testimonios reales la situación vivida por los descendientes de los dirigentes nazis, con el peso de la idea de que su padres, abuelos u otros parientes fueron responsables de algunos de los crímenes más atroces jamás perpetrados.
Entre los testimonios recogidos por el director israelí Zeevi Chanoch está el de Bettina Goering, sobrina nieta de Herman Goering, ideólogo del exterminio judío. «Yo heredé su mierda», dice Bettina, que vive aislada en una zona rural de Nuevo México: «Mi nombre siempre fue una carga muy pesada», reconoce. Bettina y su hermano se sometieron voluntariamente a la esterilización «para que no haya más Goerings», afirma en el documental.
Niklas Frank, hijo del prócer nazi Hans Frank, Gobernador General de Polonia y cuyo padrino fue el propio Adolf Hitler, se afana en explicar en las escuelas alemanas sus propias experiencias. Su padre fue ahorcado después de los juicios de Núremberg.
Monika Goeth, cuyo padre Amon Goeth fue el comandante del campo de concentración de Plaszow (encarnado en la película «La Lista de Schindler» por el actor Ralph Fiennes), comprendió el verdadero rostro de su pare después de ver la película: «Fue como ser golpeado».
Rainer Hoess, nieto del comandante de Auschwitz entre 1940 y 1943, Rudolf Höss, pasó su infancia en una villa de lujo junto al campo de exterminio jugando con coches de juguete hechos por los presos. «Cuando investigué y leí sobre los crímenes de mi abuelo, terminé destrozado», dijo Rainer.
Cuando era joven intentó suicidarse en un par de ocasiones; posteriormente sufriría tres ataques cardiacos y de asma, una salud débil que empeoró cada vez que se hurgaba en el pasado nazi de su familia.
«Vista desde afuera, la tercera generación lo ha tendido todo prosperidad, acceso a la educación, paz y estabilidad. Aun así crecieron con muchos secretos no revelados, sintieron la carga del silencio en sus familias que en ocasiones iba acompañado de una falta de calidez emocional y vagas ansiedades», asegura Sabine Bode, autora de varios libros sobre el peso del Holocausto en las familias alemanas.
Incendio en la fábrica de camisas: El sangriento orígen del Día Internacional de la Mujer
ABC contaba que muchas trabajadoras saltaron por las ventanas y murieron «tras estrellarse contra el suelo». Aquel «pánico horroroso» sacudió la conciencia mundial
Hoy el mundo entero conmemora el Día Internacional de la Mujer, una efeméride que hunde sus raíces en una tragedia acaecida en Nueva York el 25 de marzo de 1911. La fábrica de camisas Triangle Shirtwaist ardió en la madrugada con centenares de mujeres que trabajaban en el interior de aquel edificio de diez plantas y que no pudieron escapar de las llamas porque los propietarios habían bloqueado todos los accesos para evitar robos en su interior.
La dramática escena en el corazón de Manhattan conmocionó a la opinión pública. 146 mujeres murieron. Al no encontrar otra vía de escape, muchas de las trabajadoras saltaron por las ventanas del edificio resultando gravemente heridas en la caída y produciendo escenas queABC describió a sus lectores de la época como de «pánico horroroso». Según contaba el periódico, 53 mujeres murieron tras «estrellarse contra el suelo».
La mayoría de las víctimas eran jóvenes inmigrantes, de origen judío e italiano, que se ganaban precariamente la vida en el taller textil de la firma. Su sacrificio no fue en vano. Tras la tragedia, las leyes estadounidenses comenzaron a recoger mejoras en la seguridad en el trabajo en el sector industrial y el incendio de la fábrica sirvió de aldabonazo para la causa de las mujeres trabajadoras y del internacionalismo obrero en general en todo el mundo.
Conquista de mejoras
Poco después del suceso, se creaba en Sindicato internacional de mujeres trabajadoras textiles. En paralelo, las iniciativas nacidas en el seno de la Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas germinaban en la proclamación de un día para el reconocimiento de los derechos de las mujeres trabajadoras, colectivo que, merced a su movilización, se iba liberando del prisma patriarcal bajo el que era percibido por parte de los dirigentes del movimiento obrero y clamaba, no solo por las mejoras sociales, sino también por la conquista del derecho al sufragio.
Sería en 1977 cuando la Organización de Naciones Unidas convirtió la jornada del 8 de marzo como el Día Internacional por los Derechos de la Mujer y la Paz Internacional.
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También las mujeres sabían pintar
Aquellas mujeres fueron reales, pintaron, esculpieron. Y triunfaron. La gran pregunta es por qué no aparecen en los libros de historia del arte. Y por qué no vemos sus obras en los museos. La respuesta la tienen los hombres que, mayoritariamente, han ejercido como historiadores, críticos y conservadores
EULOGIA MERLE




