Pensamientos

-Es evidente que hay novelas escritas por novelistas que detestan la literatura, para ser leídas por tipos que aborrecen la lectura.
– Si el hombre de tu vida te hiciese caso, amiga mía, correrías el grave riesgo de que se convirtiese en tu marido.
– ¿Por qué tan a menudo las pensiones compensatorias del divorcio dejan descompensada la economía de los hombres?
– Tiene que ser verdaderamente terrible que las pocas veces que duerme, el insomne sueñe que está despierto.
– Con la suerte que tengo, estoy seguro de que en el caso de existir la reencarnación yo me reencarnaría en un cadáver.
– Quince años de matrimonio es lo que tarda una mujer de tu edad en ser diez años mayor que tú.
– Cuando era adolescente tenía a menudo la impresión de que al confesarme el sacerdote no averiguaba mi principal pecado por verme el alma, sino por mirarme la mano.
– Una prostituta me dijo hace muchos años que hasta hacía poco tiempo había sido azafata. Después de intimar con ella, me dio en la nariz que seguramente había sido azafata en un bacaladero.
-Si es cierto que Dios está en todas partes, ¿por qué demonios no está también en la cabeza de los ateos?
-Pasarse el enemigo a sabiendas de que la guerra está perdida no está bien visto, pero es tan agradable casi como lo sería para un atleta empezar a correr en la meta.
– Las mujeres operadas para aumentar el pecho van a tener difícil la posteridad porque ni siquiera Dios va a ser capaz de resucitar la silicona.
– Como están las cosas en este país, los mendigos tendrán que andarse con ojo si no quieren que un golpe de mala suerte los convierta en clase media.
– La burocracia española no tendrá remedio mientras para solicitar un papel te obliguen a cubrir tres impresos.
– Como soy muy despistado me preocupa que con motivo de mi muerte no acierte a morir en mi cadáver.
– Admirar un cuadro de Van Gogh constituye una demostración de cultura. Pero hay obras cuya destrucción tendría que considerarse una demostración de civismo.
– A la gente que tiene mala caligrafía lo lógico sería que les mejorase la letra si les temblase la mano.

José Luis Alvite/larazon.es

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Mujer a deshora

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Se cuentan con los dedos de una mano las veces que habré perdido en público la compostura a lo largo de mi vida. Me gustaron siempre la calma, cierta desidia y los gestos inútiles, como cuando compré un sombrero sólo por el placer de saber qué sentiría al descubrirme ante la muchacha que acababa de vendérmelo. También me gusta disculparme con la gente que me ofende y llegar en coche por error a lugares a los que jamás tendría que haber ido. Incluso cuando era adolescente y practicaba mucho deporte, mi vocación era la de convertirme por fin en un hombre estoico y cansado, en alguien convencido de que su meta en la vida sería cualquier sitio al que hubiese ido a parar. Por supuesto, sé que en mi caso sólo es cansancio lo que a otros les parece paciencia y también sé que si muriese en extrañas circunstancias, considerando la abnegación del forense me jodería no poder echar una mano en mi autopsia. Mi proverbial pereza me ha alejado de doctrinas e ideologías, de credos y de instrucciones, de modo que mi vida ha transcurrido con una libertad que no fue nunca en mi caso una conquista de la inteligencia, sino el resultado de la desidia. Me ha ocurrido como al caballo del hipódromo, que si llega pronto a la meta no es por el afán de ganar, sino para sacudirse por fin de encina el peso del jinete. La verdad es que tampoco he tenido nunca entusiasmo de redentor, ni pasta de héroe. Sólo deseo ser el hombre descreído y cansado que a veces alentó el sueño de dar a deshora con una mujer atractiva, interesante y letal a la que poder decirle: «Sé que no soy tu tipo y no me importa. También sé que pierdo el tiempo hablándote y tampoco me importa. En realidad sólo me interesas por si el día de mañana necesito un remate estúpido para mi columna del periódico».

José Luis Alvite/larazon.es

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R.I.P.: Jose Luis Alvite

Carta a Carlos Herrera

Querido Carlos Herrera: Por primera vez no puedo culpar de mi ausencia a la desidia, ni alegar que una monada ciega de Denver me salió al paso y sin motivo alguno se encaprichó conmigo. Tampoco me servirá de excusa la vieja historia de cuando era un niño muy delgado y el viento al azotar me levantaba del suelo y me cambiaba de acera, de raza y de familia. Esta vez es el cáncer, amigo Herrera, esa cosa que yo pensaba que en mi caso sólo podría ser una mancha que, puesto en lo peor, haría una metástasis como de tebeo en la tapicería del coche. Cáncer de colon y cáncer de pulmón. Dos golpes en un solo mazazo. Fue algo desproporcionado, como encontrar un centollo en el interior de una almeja, pero, ¡qué demonios!, tantos años entre el humo del Savoy me enseñaron que la penumbra te salva del disgusto de que con la luz descubras que en la cola del piano no estaba sentada la mujer con la que contabas, sino el tipo impasible que viene a precintar las manos del pianista. Es una de esas veces en mi vida que la peor noticia no me la da Hacienda. ¡Qué quieres que te diga!, el caso es que lo he encajado sin pestañear, no porque sea un valiente, sino, sencillamente, porque siempre supe que el mío en la vida sería un viaje en el que inesperadamente al tren se le acabarían por detrás el humo, y por delante, las vías. No sé, Carlos, amigo mío, …estas cosas ocurren y seguro que tienen algún sentido. Dice mi oncólogo que «la situación es muy comprometida» y eso significa que mi buena suerte puede haber cambiado a peor y que la vida ya no me dará la siguiente patada en el culo apócrifo de otro hombre. No importa. Ojalá pueda volver a tu lado. Y si no vuelvo, por favor, piensa que fue sólo porque me empeñé en el estúpido sueño de llegar por ferrocarril a una ciudad sin tren.

Jose Luis Alvite

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Cuestión de sabañones

Nunca creí que las revoluciones fuesen la consecuencia directa del adoctrinamiento ideológico de las masas, ni el resultado evolutivo natural de los grupos sociales espoleados por la Ilustración. He conocido a muchos combatientes políticos que entregaron lo mejor de sus vidas a la lucha contra el franquismo desde un anonimato entusiasta y sufrido que a la larga sólo les condujo a un estoicismo abnegado e inútil que casi nadie les ha agradecido. Con el tiempo comprendieron que el adoctrinamiento y las convicciones morales hacen menos por el entusiasmo revolucionario que el desempleo, el frío o el hambre. El pueblo ruso no unió su suerte a la de los revolucionarios soviéticos porque los míseros campesinos de la Rusia imperial compartiesen su credo o sus sueños, sino porque los niños no dormían por culpa del hambre y en Moscú y en San Petersburgo escaseaba el carbón para las estufas. En mi adolescencia sentí como algo muy íntimo la necesidad de alinearme con los comunistas de la clandestinidad, pero si identifiqué aquella llamada moral no fue porque hubiese leído a Marx o a Engels, sino porque tenía en las manos unos jodidos sabañones que me producían el dolor y la furia que un hombre necesita para cambiar de criterio sin necesidad de razonar. En una ocasión hablé con un misionero comboniano sobre la expansión del catolicismo en África y no le importó reconocer que El Vaticano se equivocaba al presumir que la implantación de la fe católica sería cosa de enfriar con hielo el agua del bautismo y elegir bien las homilías. Yo estuve de acuerdo con aquel tipo en que la idea de Dios es más fácil de implantar si va precedida de ciertos alicientes. Estaba claro que a los africanos antes de proponerles la fe católica sería interesante llenarles el estómago, de modo que parecía obvio que la idea de Dios sería más fácil de asumir si antes el neófito aprendiese a usar el tenedor y el cuchillo. Nada podrían hacer las clases cultas por cambiar con sus ínfulas revolucionarias el curso de la Historia si no contasen con el apoyo ansioso e incendiario de las masas populares escarmentadas por largas privaciones materiales. Al final quienes se la cargan son los simples ciudadanos. De hecho, cada vez que se frustraba una revolución, los intelectuales se refugiaban en el oculista, en el ateneo o en el exilio, mientras que los mártires del gremio de impresores acababan sin remedio en la cárcel. Personalmente reconozco que mi identidad comunista fue breve y simbólica. Auque encontraba atractiva la promesa del reparto de la riqueza, la verdad es que mi entusiasmo revolucionario se diluyó tan pronto como con el calor del verano se esfumaron de mis manos aquellos jodidos sabañones que incluso me habrían impedido aplaudir sin dolor la caída del franquismo.

Jose Luis Alvite/larazon.es

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Guantes de lana

Quede claro que en absoluto defiendo la ambigüedad funcional del presidente Rajoy en el desempeño de su cargo. Nada me une a él. Ni profeso su ideario político, ni soy en absoluto amigo suyo y tampoco he votado jamás por el Partido Popular. En realidad no me siento próximo a ningún partido político porque desde niño me he resistido a los credos y a las normas. He preferido siempre seguir lo que me dicta mi conciencia, y aún así, reconozco que cuando lo que me dicta mi conciencia no es mejor que lo que me sugiere cualquier placer, sinceramente me inclino por sucumbir a la tentación del placer, lo que explica que en la mayoría de mis decisiones la influencia de un pensamiento profundo haya sido siempre menos determinante que la interferencia de cualquier mujer perversa. Del presidente he elogiado algunas veces su prudente pachorra y no me retractaré de haberlo hecho. Tampoco me preocupa en absoluto censurarle su falta de energía, la frialdad de aburrido amanuense con la que administra su presidencia, esa falta de ímpetu que tanto se le reprocha, porque es cierto que Mariano Rajoy resulta ser a simple vista la clase de hombre sin agallas que no daría un golpe en la mesa sin antes haberse puesto los guantes de lana para no despertar a las soñolientas termitas que devoran sus barnizadas manos de abedul. El que yo le hago se trata en todo caso de un retrato elaborado de manera intuitiva, un apunte a partir de sus modales contenidos de hombre profiláctico y aburrido del que podríamos pensar que en un naufragio no saltaría al mar sin haberse abrigado antes con la bata de casa. Con esas referencias no parece el hombre ideal para enfrentarse a las circunstancias asfixiantes que le acosan, pero yo no descarto nada, entre otras razones, porque a lo mejor Mariano Rajoy, como los tenores portugueses, da el do de pecho con la boca cerrada.

José Luis Alvite/larazon.es

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El becario del miedo

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Un tipo intenta meterse de madrugada en problemas para ser parte del submundo sórdido que le fascina, y fracasa porque su conciencia le devuelve al lugar del que venía, igual que al nadador que bracea mar adentro le fallan las fuerzas y el oleaje le devuelve sin remedio a la orilla. Como me dijo un tipo duro, «por extraño que parezca, amigo, en este ambiente, para ser uno de tantos no vale cualquiera, y no me pidas explicaciones, porque lo único que podría contestarte con seguridad es que en este mundo no se entra como consecuencia de un esfuerzo ni por una vocación, sino por una fatalidad, y eso significa, muchacho, que de repente te encuentras en medio de todo esto y sabes que has llegado hasta aquí huyendo de ti mismo, igual que el caballo que se presenta destacado en la meta porque quería huir del jinete que lo monta». Aquel tipo tenía razón y jamás dudé en seguir sus consejos. Meses después de aquello recordamos lo que me había dicho tanto tiempo atrás y se disculpó: «Hablé demasiado entonces. Una frase larga malogra cualquier idea y yo aquella noche respiré muy poco al hablar. Espero que hayas dominado tu conciencia. Es fundamental que lo hagas o estarás perdido. Haz las cosas según se te ocurra hacerlas, amigo, en la seguridad de que algún día encontrarás una buena razón para haberlas hecho. Y ahora me callo antes de caer en el mismo error de la otra vez. Solo una cosa: En este mundo sólo ganarás tu prestigio gracias a haber jodido tu reputación». Aquel tipo volvía a tener razón. Ciertamente, para ser uno de tantos en aquel ambiente no valía cualquiera. El caso es que yo me decidí a intentarlo porque quería saber qué siente un hombre cuando descubre que es por culpa de una de las chicas del garito por lo que a veces llega Dios tarde a la iglesia.

Mi abuelo materno combatió en la Guerra Civil al lado de los nacionales y de regreso en casa dijo que no estaba aseguro de que todo aquel espanto hubiese servido para otra cosa que no fuese para aprender geografía. Veinte años después del fin de aquel conflicto le pregunté muchas veces por las batallas y por los soldados, por el coraje y por el miedo. Jamás conseguí que me diese una respuesta concreta, ni siquiera una evasiva con algunos datos sucintos con los que pudiera reconstruir su estancia en la guerra. Era como si sus recuerdos de la lucha le hubiesen borrado la memoria. Supuse que había regresado reticente y cansado, seguramente convencido de que solo valía la pena tener fe en el escepticismo y en los dioses descreídos. Recordaba ríos y ciudades, cordilleras y sembrados, pero jamás se refirió al dolor o a la muerte. Sólo en una ocasión creo recordar que me dijo algo relativo a los soldados que luchaban en el otro bando. No podría citar al pie de la letra lo que él me contó aquel día, pero vino a decir que «incluso los muchachos que lucharon en el otro bando, en el momento de morir se convertían en parte de los nuestros». Hubo muchos como él en aquella guerra en la que con el pánico se quedaban ciegas las yeguas. Muchos se quedaron por el camino, otros regresaron al lugar del que habían salido y con el tiempo se enteraron de las razones por las que habían luchado. A mi abuelo lo desmovilizaron dos años después de terminada la guerra y al desandar el camino en aquella España en la que solo medraban los cementerios, se encontró con que su mujer le regañó por volver tan tarde a casa. En el 61, poco antes de morir, me dijo: «Éste es un país en el que si vas a la guerra, necesitas un buen motivo para volver con vida a casa».

José Luis Alvite/larazon.es

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Mujer a deshora

alvite

Se cuentan con los dedos de una mano las veces que habré perdido en público la compostura a lo largo de mi vida. Me gustaron siempre la calma, cierta desidia y los gestos inútiles, como cuando compré un sombrero sólo por el placer de saber qué sentiría al descubrirme ante la muchacha que acababa de vendérmelo. También me gusta disculparme con la gente que me ofende y llegar en coche por error a lugares a los que jamás tendría que haber ido. Incluso cuando era adolescente y practicaba mucho deporte, mi vocación era la de convertirme por fin en un hombre estoico y cansado, en alguien convencido de que su meta en la vida sería cualquier sitio al que hubiese ido a parar. Por supuesto, sé que en mi caso sólo es cansancio lo que a otros les parece paciencia y también sé que si muriese en extrañas circunstancias, considerando la abnegación del forense me jodería no poder echar una mano en mi autopsia. Mi proverbial pereza me ha alejado de doctrinas e ideologías, de credos y de instrucciones, de modo que mi vida ha transcurrido con una libertad que no fue nunca en mi caso una conquista de la inteligencia, sino el resultado de la desidia. Me ha ocurrido como al caballo del hipódromo, que si llega pronto a la meta no es por el afán de ganar, sino para sacudirse por fin de encina el peso del jinete. La verdad es que tampoco he tenido nunca entusiasmo de redentor, ni pasta de héroe. Sólo deseo ser el hombre descreído y cansado que a veces alentó el sueño de dar a deshora con una mujer atractiva, interesante y letal a la que poder decirle: «Sé que no soy tu tipo y no me importa. También sé que pierdo el tiempo hablándote y tampoco me importa. En realidad sólo me interesas por si el día de mañana necesito un remate estúpido para mi columna del periódico».

José Luis Alvite/larazon.es

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alvite

Se cuentan con los dedos de una mano las veces que habré perdido en público la compostura a lo largo de mi vida. Me gustaron siempre la calma, cierta desidia y los gestos inútiles, como cuando compré un sombrero sólo por el placer de saber qué sentiría al descubrirme ante la muchacha que acababa de vendérmelo. También me gusta disculparme con la gente que me ofende y llegar en coche por error a lugares a los que jamás tendría que haber ido. Incluso cuando era adolescente y practicaba mucho deporte, mi vocación era la de convertirme por fin en un hombre estoico y cansado, en alguien convencido de que su meta en la vida sería cualquier sitio al que hubiese ido a parar. Por supuesto, sé que en mi caso sólo es cansancio lo que a otros les parece paciencia y también sé que si muriese en extrañas circunstancias, considerando la abnegación del forense me jodería no poder echar una mano en mi autopsia. Mi proverbial pereza me ha alejado de doctrinas e ideologías, de credos y de instrucciones, de modo que mi vida ha transcurrido con una libertad que no fue nunca en mi caso una conquista de la inteligencia, sino el resultado de la desidia. Me ha ocurrido como al caballo del hipódromo, que si llega pronto a la meta no es por el afán de ganar, sino para sacudirse por fin de encina el peso del jinete. La verdad es que tampoco he tenido nunca entusiasmo de redentor, ni pasta de héroe. Sólo deseo ser el hombre descreído y cansado que a veces alentó el sueño de dar a deshora con una mujer atractiva, interesante y letal a la que poder decirle: «Sé que no soy tu tipo y no me importa. También sé que pierdo el tiempo hablándote y tampoco me importa. En realidad sólo me interesas por si el día de mañana necesito un remate estúpido para mi columna del periódico».

José Luis Alvite/larazon.es

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Muérdanse la lengua

Dos ministros y los altos representantes de Renfe y Adif ya han declarado culpable al maquinista del Alvia sin esperar el resultado de los informes técnicos, como prometieron. Descartan cualquier fallo tecnológico y se adelantan descaradamente a lo que pueda decidir en su día el juez. Se veía venir. El Poder y las finanzas se unen y cargan contra un hombre para el que no respetan su presunción de inocencia. Está en juego un contrato multimillonario con Brasil, y los políticos y los contables no dudan en buscar un culpable para que no se frustre el negocio. Lo tienen fácil. Francisco José Garzón, el maquinista del Alvia, no parece que pese mucho más de cincuenta quilos. Es un blanco fácil, un obstáculo sin importancia, y será como si un tractor aplastase una nuez. Su propia empresa le ataca. Está condenado de antemano, así que, si no cambian las cosas, no parecerá descabellado que el juicio se celebre con el maquinista en prisión. Será como si a un condenado a la pena capital lo sentasen en la silla eléctrica cuando llevase varios días muerto. ¿Queda descartada de antemano la posibilidad de un fallo técnico? ¿Estará pactado el veredicto del dichoso informe pericial? ¿Suponen los dos ministros, en connivencia con Renfe y Adif, que se pueden atropellar los derechos más elementales de un hombre sólo porque pesa menos de sesenta quilos y casi ni se le distingue en las fotos al lado del policía que le socorre? ¿Conseguirán los políticos, como tantas veces, que la conveniencia prevalezca sobre la justicia? Yo desconozco lo ocurrido en la cabina del Alvia y sé que era ese hombre quien conducía el tren, pero la experiencia nos dice que cada vez que se produce un naufragio casi nunca la culpa es del timonel, sino de las olas. No nos precipitemos. Muérdanse la lengua, señores ministros. Al menos su silencio les pondrá a la altura tan digna a la que rayan los muertos.

José Luis Alvite/larazon.es

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Los perros de Angrois

Antes de ocurrir la desgracia del tren, la de Angrois era una de tantas aldeas de Galicia, lugares entrañables y apacibles en los que la vida transcurre tan tranquila, tan silenciosa, que hay perros que mueren de viejos sin haber aprendido a ladrar. Es en sus aldeas donde radica la esencia de esa galleguidad recelosa y a la vez hospitalaria, el lugar emocional del que surge ese tipo humano que te recrimina que robes un puñado de uvas de su parra y después del reproche colma tus brazos con dos docenas de racimos y te da conversación hasta que se echa encima la hora de cenar y se ofenderá mucho si no te sientas a su mesa. Dentro de la terrible desgracia que supuso, el Alvia ha ido a descarrilar en un buen sitio, en Angrois, la aldeíta próxima a Compostela a la que tantas veces fui caminado cuando era niño porque me suponía cruzar el río Sar con los pantalones arremangados y adentrarme en aquel orbe silvestre en el que, como en tantos lugares de Galicia, había unos señores calmosos que jugaban a las cartas con los naipes repetidos y unas mujeres muy trabajadoras y entusiastas que a mí me parecía que tenían la santa paciencia de hervir la leche con el fuego apagado. Fueron los hijos y los nietos de aquella gente quienes bajaron a las vías a socorrer con mantas a las víctimas del Alvia, consolaron a los heridos y dudaron si ofrecerles a los muertos un poco de conversación y un sitio en su mesa para compartir con los ancianos la cena invertebrada de los niños. Ni siquiera con el estruendo del tren ladraron los perros de la aldea. Fue hasta en eso un pasmoso ejemplo de silencioso civismo, de sobrecogedora y callada solidaridad. Y ahora Angrois saldrá de los telediarios y recobrará la calma antigua de esos sitios de Galicia en los que incluso la muerte es donante de sangre.

José Luis Alvite/larazon.es

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