¿Dejarías que tu abuela saliera con un Stone?

Los Rolling Stones regresarán a América Latina en 2016 en un intenso espectáculo geriátrico. Sus conciertos son como una invitación a la Última Cena, la oportunidad de decirle adiós a los profetas. Si a los 40 años Mick Jagger parecía demasiado viejo para cantar Satisfaction, a los 72 fascina por la misma causa. Los heraldos de la juventud se transformaron en acaudalados decanos del alto volumen. Lo peculiar es que, mientras sus facciones se curtían con los navajazos de los años, la inmadurez dejaba de ser atributo de los adolescentes para afectar a la especie entera

En No somos los últimos, Massimo Rizzante habla del infantosaurus, criatura suspendida en el tiempo. La noción de edad se ha relativizado en tal forma que alguien de 15 años puede ser un melancólico que ya agotó sus aspiraciones cibernéticas y alguien de 68 puede vivir una etapa bio-erótica donde todos los alimentos son orgánicos, menos el viagra. En palabras de Rizzante: “Una masa amorfa y sonriente, que ya no sabe cuál es su verdadera edad, intenta descubrir, por medio de cualquier instrumento que la técnica le ofrece, la posibilidad de no verse inmersa en la madurez”. Esta tendencia ha dado lugar a una nueva categoría sociológica: los post-adultos.

Los Rolling Stones comenzaron su trayectoria con una estética de lo efímero: “El tiempo no espera a nadie”, “te has quedado anticuada, mi pequeña”, “¿quién quiere los periódicos de ayer?”. Uno de suscovers más conocidos, Time is on my Side, es un paradójico elogio de la impaciencia: la amada se ha ido, pero regresará corriendo (decir “el tiempo está de mi parte” significa que ella resistirá la separación durante los tres minutos que dura la melodía).

Andrew Loog Oldham, autoproclamado descubridor del grupo, narra en su autobiografía (que lleva el apropiado título de Stoned) los años casi inverosímiles en que Jagger y Richards no habían sido descubiertos. Para promover su rebeldía, lanzó una campaña con el lema: “¿Dejarías que tu hija se casara con un Rolling Stone?”.

Hoy la frase tendría que referirse a las abuelas. La cultura pensionista de la “serenidad activa”, como la llama Rizzante, y los trabajos de la cirugía plástica han convertido el envejecimiento en algo tan misterioso como el secreto bancario.

¿Qué se pierde cuando se pierden las diferencias de edad? Los pueblos originarios de América consideran que la vejez es un depósito de experiencia. En Chiapas, un anciano es un “hombre de juicio”. Llegar a ese punto no representa una tragedia, sino una aspiración.

Cuando entrevisté a Jagger, en 2001, me sorprendió que no supiera de qué discos provenían sus canciones: “No soy un bibliotecario de mí mismo”, explicó. En cierta forma, lo enaltece no estar tan consciente de su pasado; al mismo tiempo, eso lo convierte en icono de una era que ha delegado la memoria en prótesis (en el caso de los Stones, los seguidores somos su disco duro). Por contraste, en las asambleas de los indios de México el más viejo resume lo que se ha dicho. De acuerdo con el filósofo y lingüista Carlos Lenkersdorf, esos ancianos son “archivos y bibliotecas de sabiduría acumulada”.

Pero los Rolling Stones tienen otra lección que dar. En 2016 recorrerán Latinoamérica con un guitarrista que no refuta la edad, sino que suma las eras en su rostro de piedra. Si Jagger es el emblema del ejecutivo que niega el tiempo corriendo maratones y desayunando cereal antioxidante, Keith Richards es un acervo del blues, una legendaria y esquiva muestra de que es posible sobrevivir en la sociedad del espectáculo sin perder la autenticidad. En tiempos de infantosaurios, es un “hombre de juicio”.

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Tan exitoso como el fracaso

Hace unos días me reuní con los organizadores de Fuck Up Nights, movimiento dedicado al fracaso, creado por jóvenes arquitectos que aman el espacio pero no la especulación inmobiliaria. Ante la dificultad de edificar proyectos con contenido social, decidieron convertir su frustración en proyecto, con tan buenos resultados que su festival ya se reproduce en más de 100 ciudades.

Pocas cosas resultan tan exitosas como hablar del fracaso. No es raro que el impulso provenga de México, cuyo grito de guerra en el deporte es “¡Sí se puede!”, demostración de que históricamente no se ha podido.

 

En la Ciudad de México, el foro se celebrará en noviembre, en apropiado relevo del Día de Muertos. Ahí no se confesarán descalabros íntimos, sino vejámenes profesionales, oportunidades perdidas ante el destino, desacuerdos entre la vocación y el mundo. No se abordan los quebrantos del corazón, sino las fracturas entre el individuo y la sociedad, la anomia que tanto interesó a Émile Durkheim.

Curiosamente, el segundo país donde el festival ha tenido más éxito es Alemania. Las razones para sentirse mal ahí son muy distintas a las nuestras. Recuerdo una clase en el Colegio Alemán en la que el maestro trazó en el pizarrón algo que parecía una cancha de fútbol: “Es el mapa de una frase alemana”, explicó. Un idioma donde las frases necesitan mapas revela cierta pasión por el orden. Alemania ha admirado la egregia y tiránica disciplina de Thomas Mann, Franz Beckenbauer y Herbert von Karajan. En ese entorno cargado de presiones, la impuntualidad es un estigma.

En las meritocracias, el fracaso proviene de no cumplir expectativas. En México, permite reconciliarnos con una realidad que, francamente, es bastante defectuosa.

Por definición, el éxito destaca, disgrega, separa al favorito de la tribu. Esto lastima a la comunidad, que se queda sin uno de los suyos (“a ver si todavía me saludas”, le advertimos al desmesurado que cae en pecado de triunfar). Sería excesivo decir que buscamos voluntariamente la derrota; nos desentendemos de la victoria para no ser medidos por su criterio rigorista. “Con dinero y sin dinero, pero sigo siendo el rey”, canta José Alfredo Jiménez, en franco desacato a las leyes del mercado.

Cada país sufre profesionalmente a su manera. Fuck Up Nights confirma que México puede convertirse en asesor mundial de fracasos. Nuestros errores pertenecen a la norma y se socializan fácilmente en un foro para el descontento. Esto alentó a la exigente Alemania, donde la falla es vista como la excepción de la que no se habla.

La idea se opone a la cultura del triunfalismo. Cuando a Ted Turner le preguntaron si tenía un plan B al fundar CNN, contestó: “El fracaso no era una opción”, actitud estupenda para ganar y kamikaze para perder.

Graduados en descalabros, los latinoamericanos tenemos anticuerpos para las crisis. ¿Podemos exportarlos? Después de tres décadas de bienestar, España entró en una dramática recesión y los arquitectos sintieron de inmediato los embates del desempleo. Mi primo Joan Villoro, miembro del Colegio de Arquitectos de Barcelona, cuenta que algunos de sus colegas pensaron en el suicidio. Como remedio para la melancolía, organizó un club de lectura. Si eso fracasa, ahí está Fuck Up Nights.

“Jamás consideres feliz a nadie que dependa de la felicidad”, escribió Séneca. Quien da por sentado el confort, sufre más al prescindir de él. Quien reconoce su pobreza, sueña en mejorías.

País de carencias, México exporta estrategias para confesar fracasos. ¿El triunfo de Fuck Un Nights es una contradicción? En modo alguno: su éxito constata que no hay triunfos sin heridas y sólo gana quien se lleva bien con la derrota.

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Resistencia en la tierra

 

El 19 de septiembre de 1985 un empellón me sacó del sueño. Vivía en la punta sur de Ciudad de México, donde el suelo de piedra volcánica es más sólido y los temblores provocan menor alarma. Nací en 1956, 10 meses antes de un célebre sismo. En 1957 mi madre enfrentaba severos desafíos (el principal de ellos: un bebé que berreaba en una época anterior a los pañales desechables); de pronto, la tierra entró en sintonía con sus angustias y ella temió haber parido a un hijo de los terremotos. Años después, esa leyenda me parecería magnífica: no pensé que el subsuelo protestaba por mi llegada al mundo; juzgué que me daba la bienvenida “a la mexicana”, retumbando de emoción.

El 19 de septiembre de 1985 no me preocupó que la tierra se moviera hasta que sucedió algo insólito. La casa donde vivía tenía una campana. A las 7.18, la campana tocó sola.

“Las campanadas caen como centavos”, escribió López Velarde. En este caso, caían como metralla. Me ubiqué bajo el quicio de una puerta. Cuando la campana dejó de sonar, la quietud adquirió curiosa irrealidad. Descolgué el teléfono: no había línea. Tampoco había luz.

¿Aún existía la ciudad? La posibilidad de un borramiento decisivo, una aniquilación mayúscula y demencial, se volvió factible.

Fui al coche a oír la radio. Jacobo Zabludowsky narraba los hechos por teléfono satelital. El periodista que después de la matanza de Tlatelolco se limitó a hablar del clima, recuperó su vocación primera y contó cabalmente lo ocurrido. Alcancé su relato cuando la voz se le quebraba al contemplar los escombros de los estudios de televisión donde había pasado la mayor parte de su vida.

Muchos edificios se derrumbaron por estar mal construidos. El terremoto de 8,1 en la escala Richter hizo la auditoría que jamás haría el Gobierno.

Seguí escuchando la radio hasta enterarme de que los montañistas de la UNAM solicitaban voluntarios para ir a puestos de socorro.

En el estadio de Ciudad Universitaria conocí el nuevo talismán de la ciudadanía. Los brigadistas se ataban un trozo de tela amarilla en el brazo. Eso bastaba para luchar por la ciudad. ¿Quién tuvo esa idea? El amarillo no es un color muy popular. Si se hubiera elegido el verde, habrían sobrado banderas para cortar jirones. Pero las contingencias históricas se deciden en forma caprichosa. México, Distrito Federal, se convirtió en el sitio sorprendente donde trapos de un color absurdo aparecían por todas partes, como si las abuelas los hubieran guardado junto a los calcetines impares por si algún día sus descendientes necesitaban demostrar el peculiar heroísmo de estar vivos. Si podíamos encontrar tantos paños amarillos, podíamos ser suficientemente raros para salvar nuestra ciudad.

Mientras tanto, el presidente Miguel de la Madrid juzgaba que un desastre natural podía darle “mala imagen” a México. Decidió que la mejor manera de combatir una tragedia era negarla y rechazó la cooperación internacional: “Estamos preparados para atender esta situación y no necesitamos recurrir a la ayuda externa. México tiene suficientes recursos y unidos, pueblo y Gobierno, saldremos adelante. Agradecemos las buenas intenciones, pero somos autosuficientes”.

¿A qué recursos se refería? El mandatario que tres años después orquestaría el fraude electoral más flagrante de nuestra historia, no tenía idea de lo que hablaba.

Mientras tanto, en los pasillos de Ciudad Universitaria, una cosa quedaba clara: había que rescatar la ciudad con las uñas. Por radio llegaban informes de los sitios más dañados. Se organizaron brigadas para ir a la Colonia Roma. Los montañistas escalarían los edificios con sogas y la infantería, armada de palas, trabajaría a nivel de la calle. Con esta estrategia subimos a una camioneta. No nos conocíamos. Ignorábamos de qué éramos capaces. Estábamos ahí, horas después del terremoto, en una ciudad que la urgencia volvía nuestra.

En la Colonia Roma encontramos edificios que seguían en pie pero habían perdido las paredes: era posible ver las cocinas y los muebles, como si se tratara de casas de muñecas. Entre las casas había súbitos baldíos, huecos amorfos, cráteres, oquedades. Nuestro vehículo trituraba vidrios. El aire olía a gas.

En su poema Tierra roja, Francisco Segovia imagina las zozobras de una expedición a Marte. Ante la indescifrable extrañeza del paisaje, exclama: “No son nativas / las piedras de esta tierra”.

Descendimos en la calle del Oro. ¿Qué riqueza podíamos hallar ahí? Nuestra misión consistía en convertir desechos en trozos ordenados, restos inverosímiles en restos comprensibles.

Encontramos papeles, el brazo de una silla, el aspa de un ventilador, formas sueltas, partes de algo, y los apilamos en la calle. Construíamos ruinas para salvarnos de la ruina.

¿Sirvió de algo esa fatiga? No rescatamos a nadie y acaso sólo nos rescatamos a nosotros mismos, convenciéndonos de que podíamos hacer algo útil.

Al final de la batalla, alguien debe recoger los restos. La paz comienza con los pordioseros de la gloria, los que se hacen cargo de los escombros, recogen los zapatos, los botones, los peines rotos, lo que antes tuvo un sentido y un destino. Eso éramos nosotros, la gente de la basura, los que llevan algo de un lado a otro en una letanía de los objetos.

El terremoto obligó a un examen de conciencia. Nadie se salva sin explicaciones. Podías morir y no lo hiciste. ¿Tiene sentido vivir como vives si el techo se puede venir abajo?, ¿vale la pena estar con esa persona, en ese trabajo, en esa ciudad? Ciertas réplicas llevaron los nombres de “divorcio”, “crisis vocacional”, “mudanza”.

Tuvimos miedo, miedo de morir, miedo de que otros hubieran muerto, miedo de expresar el miedo. Ser débil exige valentía. Si el presidente quiso ocultar que era vulnerable, nosotros debíamos aprender a serlo.

El terremoto desnudó tramas de corrupción y confirmó la inoperancia del Gobierno. Muchas cosas podían ser criticadas. Más allá de eso, nos dio una lección elemental, tan antigua como el primer asentamiento humano: no somos dueños de la ciudad; en todo caso, podemos lidiar con los desechos para que la ciudad exista. Perteneces al sitio donde estás dispuesto a limpiar la mierda.

Como el poeta Francisco Segovia en su imaginario viaje a Marte, el 19 de septiembre de 1985 supimos que las piedras no eran nativas de esta tierra, pero nosotros sí lo éramos.

Juan Villoro es escritor.

Imagen de RAQUEL MARIN

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Juan Villoro / El Amor, S. A.

Profesora de Sociología en la Universidad Hebrea de Jerusalén, Eva Illouz se ha especializado en la forma en que el amor sobrevive en la sociedad contemporánea. Entre sus sugerentes libros se cuentan La salvación del alma moderna y El amor y las contradicciones culturales del capitalismo.

Sus reflexiones se basan en un hecho eminentemente moderno: la concepción de la pareja como una unidad que comparte tareas de reproducción y supervivencia, pero también de complicidad sexual y ocio. No siempre se asumió que los cónyuges deberían conversar, entretenerse y gustarse.

Tener una pareja estable contrasta con los incentivos de la época, tendientes a afirmar la singularidad y la realización personal. En un espléndido ensayo publicado en la revista La maleta de Portbou, Illouz afirma: “La cultura capitalista moderna requiere que se cultive la autonomía [Esto] entra en conflicto con la realidad del amor entendido como dependencia, apego y simbiosis”. La estabilidad opera a contrapelo de una sociedad que fomenta la independencia, la competitividad y la realización del yo. La publicidad y el estatus nos llevan a cambiar de coche y a cuestionar el kilometraje de nuestra pareja.

Cada cierto tiempo, Goethe se sentía amenazado de matrimonio. Esto ocurría en una época en que el amor libre y las relaciones ocasionales no formaban parte de la norma. El autor de Las tribulaciones del joven Werther había ganado prestigio como experto en formas artísticas de morir de amor. Amaba la parte romántica del cortejo, pero temía el desgaste de la rutina. En Las afinidades electivas dio con una fórmula deportiva para resolver el predicamento. Una relación debía plantearse como un partido de tenis a dos de tres sets. La pareja debía fijar un plazo de convivencia y valorar el resultado. Esto permitiría establecer otro plazo. Si el resultado era fantástico, la alianza se consolidaba; si había dudas, venía el set decisivo.

Toda pareja enfrenta dilemas que transforman la relación en una guerra de supervivencia. El enemigo manifiesto es el mundo exterior donde se acaba el papel de baño, no llega el gas y las escuelas castigan por los retardos. El incumplimiento de alguno de estos menesteres transforma la lucha en algo interno. Entonces recuerdas que tu pareja ronca, llegó tardísimo el jueves, se duerme con la tele prendida, no oye lo que le dices y hace mucho que no tiene un detalle contigo.

Rafael Pérez Gay define al psicoanálisis como una actividad para “un grupo ilustrado que encontró en la desdicha los misterios de la felicidad”. Esta frase afortunada y melancólica se aplica sin pérdida a la vida en pareja.

Cuando vemos a un hombre y una mujer llevarse mal con confianza pensamos que están casados. Goethe llegó a decir que casarse era la iniciativa más humana, pues iba contra el instinto natural. Por su parte, Dolly Parton justificó así su participación en un concierto a favor del matrimonio gay: “También ellos tienen derecho a ser infelices”. Rodeado de chistes y frases que lo desaconsejan, el matrimonio sobrevive como la resistente unión de dos personas que no pueden estar separadas ni completamente unidas.

“¿Seguimos necesitando la pareja?”, se pregunta Illouz. Su respuesta es positiva, aunque las razones que ofrece son graves. En su opinión, el matrimonio monogámico ha dejado de ser un baluarte del conservadurismo para transformarse en una zona de resistencia a la sociedad de consumo: “Una pareja es de hecho una proclamación contra la cultura de la elección […] La pareja opera sobre una economía de la escasez. Por lo tanto, requiere virtudes y un carácter para el que la cultura moderna ya ha dejado de entrenarnos: requiere la capacidad de singularizar al otro, de suspender el cálculo, de tolerar el aburrimiento, de frenar el desarrollo personal, de vivir con una sexualidad (frecuentemente) mediocre, de preferir el compromiso a la inseguridad contractual”. Este párrafo engrandece la unión voluntaria como un gesto heroico, ajeno a los estímulos de la meritocracia. Al mismo tiempo sugiere que el entusiasmo y la vitalidad deben buscarse en otra parte.

Cuando los novios acaban con los protocolos de la boda, dicen: “al fin solos”. Pero el aislamiento no es absoluto. Eva Illouz estudia la forma en que el amor y la pareja son determinados por el entorno. A veces no es el matrimonio lo que fracasa, sino la época.

“Una pareja es una isla”, señala Illouz. Y toda isla necesita un ferry para llegar a la tierra firme. A veces, el problema no surge en la isla sino en el ferry.

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Gràfico de Loui Jover

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Chingando a toda pastilla

Una mujer sentada delante de una pared con pintadas, en una calle de Tarija, Bolivia. /FERDINANDO SCIANNA

 

Mi padre nació en Barcelona, mi madre en Yucatán y yo en Ciudad de México. “La lengua común que nos separa”, dice un conocido refrán para referirse a los países que hablan español. Crecí con tres nombres para las mismas cosas. En nuestra versión lingüística de la Sagrada Familia, el padre, la madre y el niño usábamos tres palabraspara el color de mi mochila: marrón, atabacado o café.

Naturalmente, había una jerarquía de los idiomas. Nuestro hábitat reproducía las aventuras del español en el mapamundi: mi padre hablaba con la autoridad de quien tiene “denominación de origen” y además es profesor; mi madre se las arreglaba para adaptar eso a las necesidades de la casa, y yo hablaba como podía. La Real Academia, las voces de provincia y el influjo de la calle se mezclaban en la mesa, con distintos grados de aceptación. Mi padre –que usaba la prestigiosa palabra “peonza” en vez de la vernácula “trompo”– ejercía los derechos de quien ocupa la cabecera y me censuraba por exclamar “¡chin!”. Esta expresión me parecía simpática, parecida al “glug-glug” con que se ahogaban las caricaturas. Como buen filósofo, mi padre me reprendía con explicaciones: “No uses ese apócope”. Durante años pensé que “apócope” era una injuria. Tardé mucho en saber que “chin” era una abreviatura del verbo más popular de México: “chingar”.

Disponer de modismos diferentes nos hacía sentir originales. Mi abuela yucateca usaba palabras mayas, le decía tuch al ombligo y xixa las migajas. Nos entusiasmaba la posibilidad de ser incomprensibles. No éramos ricos, pero hablábamos raro. Por desgracia, los demás nos acababan entendiendo. No teníamos el lenguaje cifrado de los espías, la dramática tara de Babel o la alucinada elocuencia de los chiflados. Éramos comprensibles; es decir, banales.

He encontrado esa pasión por el lenguaje privado en tertulias con amigos hispanohablantes donde cada quien trata de ser único y hermético. Buscamos demostrar que en nuestros países nada se dice del mismo modo, hasta que descubrimos que llevamos horas hablando sin problemas de la dificultad de entendernos.

La verdad, es casi imposible que los variados herederos de Cervantes practiquen el selectivo privilegio de no entenderse. Un millón de palabras diferentes nos conducen a malentendidos y transitorias fugas de significado, pero cuando creemos estar en una selva oscura, volvemos al ordenado jardín de la lengua compartida.

Las diferencias existen, claro está. A veces jugamos a exagerarlas y otras a ignorarlas por completo. Me parece enriquecedor que en España se use el vosotros, se distinga la pronunciación de la “ce” y la “zeta” de la “ese”, y que el lenguaje se renueve con expresiones contraculturales como “a toda pastilla”, prueba de que la velocidad es adictiva.

Escribir desde América Latina supone un trato peculiar con los vocablos. Existen lenguas anteriores (el guaraní, el quechua, el náhuatl); en consecuencia, somos nativos en un lenguaje adquirido. La relación con las palabras es más frágil cuando ahí detrás hay otras palabras.

Expresiones españolas tan frecuentes como “que te lo digo yo” o “las cosas como son” carecen de fortuna en América Latina, porque la realidad y el lenguaje no siempre se hablan de tú. Cuesta trabajo ser literal en culturas donde las palabras fueron instrumento de dominación. Aprenderlas llevó a una apropiación peculiar, donde alterar el idioma significaba resistir.

La colonia vio nacer un español lleno de valores entendidos, alusiones indirectas, mezclas híbridas con las lenguas originarias. Inevitablemente, también aquí “las cosas son”, pero sobran maneras de decirlo y escribir adquiere cierta condición exploratoria. Esto fomenta la incertidumbre, pero también la creatividad y aun el disparate (recordemos el humor voluntario de Cantinflas para hablar sin sentido y el humor involuntario de los políticos, que declaran para ocultar los hechos).

Una de las mayores conquistas de la Academia Mexicana de la Lengua fue que se aceptara el uso de la palabra “españolismo”. También Castilla puede caer en excesos de regionalismo.

España tiene inmensos traductores (baste mencionar a Javier Marías y su Tristram Shandy o José María Micó y su Orlando furioso), pero son tantos los libros que ahí se traducen que con frecuencia parten de la hipótesis, más atribuible al desdén que a sueños imperiales, de que los españolismos son cosmopolitas. Fuera de la Península, resulta absurdo que un teniente del imperio austrohúngaro creado por Arthur Schnitzler diga que un hombre fornido es un “tío cachas” o que un rubicundo personaje de J. M. Coetzee tenga “michelines”.

Hay casos en verdad descomunales, como el de la novela de Don Winslow El poder del perro, ubicada en la frontera entre México y Estados Unidos, y donde los agentes de la migra y los sicarios hablan como personajes de una narcozarzuela, improbable Verbena de la Paloma con cocaína. En una obra tan dialogada como esa, que se adentra en los bajos fondos, los regionalismos son válidos. Lo extraño es que no se acuda a los de la zona, que no pertenecen a una tribu exigua, sino al país con más hispanohablantes del planeta.

Como en la mesa de mi infancia, España ha ocupado la cabecera del idioma, pero la suerte de los platillos se ha decidido en diversos sitios. Me parece sintomático que el escritor de habla hispana con mayor influencia en los últimos años sea Roberto Bolaño. Sus detectives salvajes combinan localismos de todos los países. Con desenfado, uno de sus personajes mexicanos dice “guardabarros” por “salpicaderas” sin perder carta de identidad.

Muchos años después de enterarme de que “chin” es apócope de “chingar” –es decir, “joder”–, el español continúa su promiscuo y fecundo intercambio de vocablos. Aunque es prestigioso suponer que no nos comprendemos y que cada uno de nosotros habla un lenguaje propio, tarde o temprano entendemos los caprichos de un idioma que se la pasa chingando a toda pastilla.

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El Estado mexicano está desdibujado: Juan Villoro

Villoro presentó en la Feria del Libro de Oaxaca su último libro.

El Estado mexicano se ha desdibujado y no hay ningún horizonte político que nos pueda satisfacer, aseguró el escritor Juan Villoro en una conferencia de prensa con motivo del lanzamiento de su más reciente libro de cuentos Apocalipsis (Todo incluido) (Almadía, 2014), presentado en el marco de la Feria Internacional del Libro de Oaxaca (Filo).

“No hay ningún frente político que represente una esperanza confiable, es verdaderamente terrible lo que ha pasado en todos los partidos políticos: el PAN ejerció el poder en forma desastrosa en 12 años, se convirtió en la tercera opción político y se peleó luego de una manera intestina que lo acabo debilitando más.

“El PRD no puede ser una opción política después del respaldo que le dio al gobernador (Ángel) Aguirre y al alcalde (José Luis) Abarca. Estamos en un vacío de alternativas políticas; creo, sin embargo, que tenemos una opción muy interesante y, al mismo tiempo, difícil de aquilatar por novedosa: México se ha unido en la indignación y hay un clamor emocional de que esto debe cambiar”, aseveró el escritor mexicano.

Desde su perspectiva, debemos estar conscientes que este horror es de décadas atrás; es una descomposición social que se ha ido fraguando y no se trata de algo que ahora conocemos y, si bien, ahora se ha “condensado la indignación de todos nosotros, se ha visibilizado el horror, es algo en proceso desde hace mucho tiempo”.

“La paradoja de nuestro país es que es un país bipolar, en el que todo sucede en dos velocidades, y tenemos un país de creación y aniquilación simultáneas. Es un país donde el carnaval y el apocalipsis ocurren al mismo tiempo, simultáneamente vivimos pruebas de la barbarie y de la civilización, de la destrucción y de la creación.”

Para cambiar el país tenemos que pasar por la política, aun cuando la política en curso sea “absolutamente desastrosa”, destacó Juan Villoro, por lo cual debemos encontrar nuevas formas de participación política, ciudadanizar la política: “tenemos que encontrar formas de participación directa, no representativa. Tenemos que refundar el Estado”.

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“Yo sé leer”: vida y muerte en Guerrero

En este territorio bipolar, el carnaval coexiste con el apocalipsis. El emporio turístico de Acapulco y la riqueza de los caciques contrasta con la pobreza de la mayoría, y el narcotráfico no es la principal causa de su deterioro

 

El cadáver de Margarita Santizo fue velado en la calle Bucareli de la Ciudad de México, frente a la Secretaría de Gobernación. Así se cumplía la última voluntad de la difunta, que había buscado sin éxito a su hijo desaparecido. La escena sirve de alegoría para un país donde la política amenaza con transformarse en un rito funerario.

La espiral de violencia alcanzó un grado superior el 26 de septiembre con el asesinato de seis jóvenes y el secuestro posterior de 43 estudiantes normalistas en Ayotzinapa. Ese día me encontraba en la Universidad Autónoma Guerrero para dar una conferencia sobre José Revueltas. Mi anfitrión era un alto funcionario de la Universidad que en su juventud perteneció a la guerrilla de Lucio Cabañas. Hablamos del escritor comunista tantas veces encarcelado por sus ideas. Esto permitió que el académico repasara su propia trayectoria: “Lucio Cabañas me salvó la vida”, comentó con una peculiar mezcla de admiración y tristeza: “Me obligó a bajar de la sierra antes de que mataran a su gente: ‘No tienes aspecto de campesino’, me dijo: ‘Si te encuentran acá, no podrás decir que andabas sembrando; tienes que continuar la lucha donde vales más: el salón de clases”.

La exigencia del guerrillero significó la pérdida de una ilusión. Al mismo tiempo, el solitario camino de regreso a la vida civil permitió que un luchador social siguiera con vida.

La gran paradoja del Estado de Guerrero es que ser maestro también es un oficio de alto riesgo. Cabañas nació en un pueblo que refutaba su nombre (El Porvenir) y se dedicó a la enseñanza primaria. Muy pronto descubrió que era imposible educar a niños que no podían comer. Al igual que otro maestro, Genaro Vázquez, creó un movimiento para mejorar la vida de sus alumnos y se topó con la cerrazón oficial. Con el tiempo, quienes enseñaban a leer radicalizaron sus métodos de lucha.

La cultura de la letra ha sido un desafío en una zona que dirime discrepancias a balazos. En los años sesenta del siglo XX, dos terceras partes de los pobladores de Guerrero eran analfabetas. La Normal de Ayotzinapa surgió para mitigar ese rezago, pero no pudo ser ajena a males mayores: la desigualdad social, el poder de los caciques, la corrupción del gobierno local, la represión como única respuesta al descontento, la impunidad policiaca y la creciente injerencia del narcotráfico. Esas lacras no son ajenas a otras partes del país. La peculiaridad de Guerrero es que el oprobio ha sido continuamente impugnado por movimientos populares.

En México armado, libro fundamental para entender este conflicto, Laura Castellanos narra el tránsito de los maestros a la guerrilla. Genaro Vázquez fundó una Asociación Cívica que recibió el repudio de las autoridades y el mote despectivo de “Civicolocos”. Por su parte, Lucio Cabañas creó el Partido de los Pobres, pero no logró incidir en la política local. El Gobierno ofreció a los cabecillas dinero y puestos políticos (en Guerrero, suelen ser sinónimos). Los líderes rechazaron esa salida “negociada” y optaron por un camino sin retorno en la montaña.

La cultura de la letra ha sido un desafío en una zona que dirime las discrepancias a balazos

La salvaje represión de la guerrilla se conoció con el redundante eufemismo de “guerra sucia”. Después de la muerte de Cabañas, hubo 173 desapareciedos. Castellanos cuenta la historia de la base aérea en Pie de la Cuesta, Acapulco, donde los aviones despegaban para arrojar disidentes al océano, inclemente recurso que también usarían las dictaduras de Chile y Argentina. En los años setenta, durante la presidencia de Luis Echeverría, México fue el país esquizoide que daba asilo a perseguidos políticos de Sudamérica y sepultaba a sus inconformes en altamar.

Hablábamos en Acapulco de José Revueltas y Lucio Cabañas cuando supimos que seis jóvenes habían sido asesinados en el municipio de Iguala. Esta noticia del infierno venía agravada por una certeza: el horror no era nuevo; llegaba de muy lejos. En Guerrero, la violencia ha sido sistemáticamente alimentada por las masacres cometidas por el ejército y grupos paramilitares. Luis Hernández Navarro, autor de un libro crucial sobre el tema (Hermanos en armas), señala que todos los movimientos insurgentes de la región han surgido después de matanzas (la de Iguala, en 1962, produjo el levantamiento de Genaro Vázquez; la de Atoyac en 1967, el de Lucio Cabañas; la de Aguas Blancas en 1995, el del Ejército Popular Revolucionario).

¿Cuál será el saldo de 2014? El narcotráfico ha ganado fuerza en la región con la presencia rotativa de los cárteles de La Familia, Nueva Generación, los Beltrán Leyva y Guerreros Unidos. Pero no es la principal causa del deterioro. En ese territorio bipolar, el carnaval coexiste con el apocalipsis. El emporio turístico de Acapulco y la riqueza de los caciques contrasta con la pobreza extrema de la mayoría de la población. La indignante desigualdad social justifica el descontento y explica que muchos no encuentren mejor destino que sembrar marihuana o matar a sueldo.

En 2011, el Partido de la Revolución Democrática llevó a la gubernatura a Ángel Aguirre, que había pertenecido al PRI y fungido como gobernador interino en 1999, sustituyendo a su jefe, Rubén Figueroa, responsable de la matanza de Aguas Blancas. Su elección fue un giro oportunista para sumar intereses políticos con el engañoso mensaje de una alternancia en el poder. Como los barcos que utilizan la insignia de Panamá, el PRD se ha convertido en una entidad que alquila su bandera. En la búsqueda del poder por el poder mismo, apoyó a un personaje que jamás combatiría la corrupción ni la injusticia. Al amparo de esa gestión, surgieron figuras dignas de Los Soprano, como el alcalde de Iguala, José Luis Abarca, también del PRD y hoy fugitivo. De manera inverosímil, la cúpula partidista respaldó a Aguirre después de la desaparción de los estudiantes. Sólo la presión social llevó a su renuncia, que en modo alguno mitiga el eclipse del “Partido del Sol”.

La indignante desigualdad social conduce a muchos a sembrar marihuana o matar a sueldo

En la búsqueda de los normalistas desaparecidos se han encontrado fosas con otros muertos. De 2005 a la fecha han aparecido 38 criptas de ese tipo. Excavar la tierra en Guerrero es un inevitable acto forense.

Durante medio siglo, los abusos de las autoridades han sido repudiados por una población pobre pero politizada. La Escuela Normal representa un centro neurálgico de la discrepancia. Conviene recordar que en los años sesenta uno de sus activistas se llamaba Lucio Cabañas.

El 26 de septiembre hubo cuatro balaceras distintas y un solo blanco: los jóvenes. Con el apoyo del crimen organizado, el alcalde Abarca sembró el terror para amedrentar a los normalistas que se movilizaban para recordar a las víctimas de la matanza de Tlatelolco. Una vez desatado el mecanismo represivo, también fue acribillado un equipo de fútbol. ¿Su delito? Ser jóvenes; es decir, posibles rebeldes.

“Hay una tensión entre leer y la acción política”, escribe Ricardo Piglia. Interpretar el mundo puede llevar al deseo de transformarlo. En ocasiones, la letra, y la ortografía misma, son un gesto político que desafía un orden bárbaro: “Podríamos hablar de una lectura en situación de peligro. Son siempre situaciones de lectura extrema, fuera de lugar, en circunstancias de extravío, o donde acosa la amenaza de una destrucción. La lectura se opone a una vida hostil”, argumenta Piglia en El último lector.

El Che Guevara pasó su última noche en una escuela rural. Ya herido, contempló una frase en la pizarra y dijo a la maestra: “Le falta el acento”. La frase era “Yo sé leer”. Ya derrrotado, el guerrillero volvía a otra forma de corregir la realidad.

Hace años, maestros acorralados por el Gobierno decidieron tomar las armas en Guerrero. Lucio Cabañas decidió salvar a uno de los suyos para que volviera a la enseñanza, instrumento de lucha en un país sin ley.

43 futuros maestros han desaparecido. La dimensión del drama se cifra en una frase que se opone a la impunidad, el oprobio y la injusticia: “Yo sé leer”. El México de las armas teme a quienes enseñan a leer.

A ese país le falta el acento. Llegará el momento de ponérselo.

Juan Villoro es escritor. Acaba de publicar ¿Hay vida en la Tierra? (Anagrama).

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Escupir es preciso

Hubo épocas en las que el acto de escupir tenía reconocimiento social. En mi infancia, los despachos de los abogados y las salas de espera de los médicos ostentaban un objeto en el rincón: la escupidera cromada.

Presumiblemente, el ser humano enfrenta hoy los mismos desafíos con su saliva; sin embargo, ya no hay recipientes para el esputo.

El fútbol es la reserva donde los profesionales sueltan flemas en público. Al término de una jugada, la cámara se acerca al protagonista. Lo vemos alzar los ojos al cielo, donde viven su abuela y las esperanzas de chutar mejor; luego lo vemos menear la cabeza, como si fallar por un milímetro le dejara agua en las orejas; por último, lo vemos escupir.

¿Por qué sucede esto? En el tenis, los jugadores tocan las cuerdas de su raqueta para concentrarse. No se puede decir lo mismo de la relación del futbolista con su saliva. Nadie juega mejor por despojarse de un poco de baba. Se trata de una forma de descargar los nervios y la frustración. El escupitajo es el único ansiolítico que funciona al ser expulsado. Poco importa que millones de espectadores vean el gesto, reprobable en cualquier otra circunstancia.

Todo lenguaje requiere de puntuación. Al discurso del fútbol le sobran signos de admiración (el gol, la falta artera, la barrida milagrosa) y puntos suspensivos (el jugador que rueda después de recibir una patada, el balonazo a las tribunas, el pase rumbo a la nada).

Ciertos genios, como Butragueño y Valderrama, adormecen la pelota y ponen el tiempo entre paréntesis; otros, como Xavi e Iniesta, colocan comas para lograr cláusulas subordinadas.

Los defensas aman el punto y aparte y los centros delanteros, los dos puntos. Los burladores de barrio, que prefieren sortear contrarios a concluir jugadas, trazan signos de interrogación. Los insultos a los rivales y las reclamaciones al árbitro equivalen a las comillas.

¿Dónde queda el punto y coma? En la garganta de los jugadores. El signo más difícil de usar, el que señala una pausa que no lo es del todo, encuentra en el fútbol grosera y eficaz aplicación. Nadie escupe en movimiento ni después de anotar (la culminación no requiere de un remanso). Solo la obligada transición exige este acto: el lance no salió bien, pero la vida sigue. No se trata de una seña de desdicha, sino de un desahogo para recuperar el ritmo, un punto y coma.

En el fútbol los aciertos equivalen al 5% del partido. El resto es algo que no funcionó, una oportunidad para escupir.

En España se le dice “flemón” al desastre que puede salir de una boca. Cuando un jugador lo padece, se queda en casa. Tal vez no es excluido para que recupere la salud sino para que no abuse del proyectil que podrían alterar el juego.

Ciertos escupitajos han cobrado triste celebridad. Frank Rijkaard, jugador templado, cometió un grave error de puntuación. Quiso poner a Rudi Völler entre comillas, pero como no habla alemán, soltó un gargajo ruin. ¿Cómo olvidar al perplejo delantero que quedó como un pirata salpicado de medusas?

No hay vida humana sin tics: unos se tocan la oreja, otros juegan con sus llaves. Territorio de la duda, el fútbol es el sitio donde los héroes fallan casi todo el tiempo y recuperan la fe, y escupen.

Juan Villoro

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Juan Villoro / El Amor, S. A.

Profesora de Sociología en la Universidad Hebrea de Jerusalén, Eva Illouz se ha especializado en la forma en que el amor sobrevive en la sociedad contemporánea. Entre sus sugerentes libros se cuentan La salvación del alma moderna y El amor y las contradicciones culturales del capitalismo.

Sus reflexiones se basan en un hecho eminentemente moderno: la concepción de la pareja como una unidad que comparte tareas de reproducción y supervivencia, pero también de complicidad sexual y ocio. No siempre se asumió que los cónyuges deberían conversar, entretenerse y gustarse.

Tener una pareja estable contrasta con los incentivos de la época, tendientes a afirmar la singularidad y la realización personal. En un espléndido ensayo publicado en la revista La maleta de Portbou, Illouz afirma: “La cultura capitalista moderna requiere que se cultive la autonomía [Esto] entra en conflicto con la realidad del amor entendido como dependencia, apego y simbiosis”. La estabilidad opera a contrapelo de una sociedad que fomenta la independencia, la competitividad y la realización del yo. La publicidad y el estatus nos llevan a cambiar de coche y a cuestionar el kilometraje de nuestra pareja.

Cada cierto tiempo, Goethe se sentía amenazado de matrimonio. Esto ocurría en una época en que el amor libre y las relaciones ocasionales no formaban parte de la norma. El autor de Las tribulaciones del joven Werther había ganado prestigio como experto en formas artísticas de morir de amor. Amaba la parte romántica del cortejo, pero temía el desgaste de la rutina. En Las afinidades electivas dio con una fórmula deportiva para resolver el predicamento. Una relación debía plantearse como un partido de tenis a dos de tres sets. La pareja debía fijar un plazo de convivencia y valorar el resultado. Esto permitiría establecer otro plazo. Si el resultado era fantástico, la alianza se consolidaba; si había dudas, venía el set decisivo.

Toda pareja enfrenta dilemas que transforman la relación en una guerra de supervivencia. El enemigo manifiesto es el mundo exterior donde se acaba el papel de baño, no llega el gas y las escuelas castigan por los retardos. El incumplimiento de alguno de estos menesteres transforma la lucha en algo interno. Entonces recuerdas que tu pareja ronca, llegó tardísimo el jueves, se duerme con la tele prendida, no oye lo que le dices y hace mucho que no tiene un detalle contigo.

Rafael Pérez Gay define al psicoanálisis como una actividad para “un grupo ilustrado que encontró en la desdicha los misterios de la felicidad”. Esta frase afortunada y melancólica se aplica sin pérdida a la vida en pareja.

Cuando vemos a un hombre y una mujer llevarse mal con confianza pensamos que están casados. Goethe llegó a decir que casarse era la iniciativa más humana, pues iba contra el instinto natural. Por su parte, Dolly Parton justificó así su participación en un concierto a favor del matrimonio gay: “También ellos tienen derecho a ser infelices”. Rodeado de chistes y frases que lo desaconsejan, el matrimonio sobrevive como la resistente unión de dos personas que no pueden estar separadas ni completamente unidas.

“¿Seguimos necesitando la pareja?”, se pregunta Illouz. Su respuesta es positiva, aunque las razones que ofrece son graves. En su opinión, el matrimonio monogámico ha dejado de ser un baluarte del conservadurismo para transformarse en una zona de resistencia a la sociedad de consumo: “Una pareja es de hecho una proclamación contra la cultura de la elección […] La pareja opera sobre una economía de la escasez. Por lo tanto, requiere virtudes y un carácter para el que la cultura moderna ya ha dejado de entrenarnos: requiere la capacidad de singularizar al otro, de suspender el cálculo, de tolerar el aburrimiento, de frenar el desarrollo personal, de vivir con una sexualidad (frecuentemente) mediocre, de preferir el compromiso a la inseguridad contractual”. Este párrafo engrandece la unión voluntaria como un gesto heroico, ajeno a los estímulos de la meritocracia. Al mismo tiempo sugiere que el entusiasmo y la vitalidad deben buscarse en otra parte.

Cuando los novios acaban con los protocolos de la boda, dicen: “al fin solos”. Pero el aislamiento no es absoluto. Eva Illouz estudia la forma en que el amor y la pareja son determinados por el entorno. A veces no es el matrimonio lo que fracasa, sino la época.

“Una pareja es una isla”, señala Illouz. Y toda isla necesita un ferry para llegar a la tierra firme. A veces, el problema no surge en la isla sino en el ferry.

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Gràfico de Jover

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El peluquero deprimido

Fui trasquilado por falta de amor a la humanidad. Naturalmente, tardé en advertir que la rapada tenía causas morales. Todo empezó con la difícil tarea de encontrar en Barcelona una peluquería que no pareciera un laboratorio de nouvelle cuisine. En los locales con sillones de diseño, los pelos se transforman en fideos de dramática posmodernidad. La verdad sea dicha, me gustaría tener suficiente material para someterme a esa aventura, pero pertenezco a la especie rala que sale de la peluquería de moda sin otra distinción que sugerir que el corte se hizo con cortaúñas.

     En una esquina del Ensanche encontré la clásica peluquería simple: tubo de tres colores en la puerta, sillones giratorios de cuero, infinidad de frascos de plástico y fotos recortadas de revistas, con fantasiosos cortes de pelo que están ahí de adorno pero que nadie pide. Un hombre de unos setenta años barría el piso. Llevaba la filipina blanca de los barberos de antes, incapaces de bautizar su negocio como “Edoardo” o, peor aun, “D’ Edoardo”.

     Tal vez para demostrar que no está en posesión de un arma blanca, el hombre con tijeras no para de hablar. Cuando se limita a fumar mientras esculpe un copete en forma de budín, despierta toda clase de sospechas (en este axioma se basa la película El hombre que nunca estuvo ahí, de los hermanos Coen).

     El peluquero en cuestión pertenecía al modo canónico: activaba las tijeras aunque no cortara, como un tic para tomar impulso, y hablaba sin freno ni cansancio, a pesar de que uno de sus temas era precisamente el cansancio. Tres meses atrás, su socio había sido asaltado en una estación del metro y no quería volver al trabajo, abatido por la depresión. Él tenía que atender a todos los clientes. Había buscado un sustituto, pero no corren tiempos de gente de tijera. Me hizo ver que los negocios nuevos se llaman “estéticas”, como si ahí oficiaran teóricos hegelianos. Por contraste, comentó mientras me untaba la espuma de un jabón barato, los locales tradicionales deberían llamarse “éticas”.

     Durante tres meses, el hombre dedicó sus domingos a visitar a su socio. Caminaban en la playa en compañía de un perrito, hablaban de las décadas compartidas en un rectángulo de dos por cuatro hasta llegar al momento fatal: la boca del metro, el asalto, el temor a perderlo todo, el sinsentido de cortar pelo. Una desolación profunda trababa por dentro a su amigo y le impedía abrir tijeras.

     La depresión del socio acabó por deprimir a mi peluquero. Consultó a un psiquiatra y le recetaron ansiolíticos. Hablaba de su propio mal como si fuese un efecto secundario y llevadero de la depresión de su amigo.

     En las siguientes visitas se quejó del exceso de trabajo y volvió a hablar de su socio, cuya tristeza informe hacía que él tomara calmantes. No se asumía como enfermo. En su relato, había un paciente para dos enfermedades. Cuando el otro se curara, los ansiolíticos serían un frasco más en la repisa, semejante al spray de vetiver.

     Al cabo de unos meses conocí al segundo peluquero. Tenía la mandíbula cruzada por una cicatriz y arrastraba un pie. Me saludó de mal talante: dos clientes aguardaban turno. Los vio de reojo y dijo, con una mueca conciliadora: “No se preocupe: ésos tienen tan poco pelo como usted.” En unos minutos se ocupó de mí; cortaba de prisa y con algún descuido. Le pregunté por su socio. “Está de vacaciones”, contestó con una sonrisa oblicua, como si las vacaciones fueran el sobrenombre de un hospital, un manicomio o un cementerio. Miraba de modo curioso, tal vez concentrado en los pelos en las orejas, y hablaba sin cesar, en tono atropellado. No entendí o, mejor dicho, no quise entender lo que decía. Extrañé al otro peluquero cuya auténtica enfermedad era su socio.

     Me refugié en una revista de mujeres desnudas y escritores famosos. Fui absorbido por una prosa sensiblera; el autor luchaba contra las injusticias del planeta con aires de superhéroe. De cualquier forma, era suficientemente deplorable: lo pésimo magnetiza más que lo malo. Me perdí en la argumentación del articulista que salvaba al mundo. Cuando alcé la mirada, encontré en el espejo a una persona que se me parecía y venía de un campo de exterminio. El peluquero sonreía como si mi cráneo fuera su terapia. El asaltado había regresado a vengarse.

     Un artículo de Chesterton, “El barbero ortodoxo”, me hizo pensar en otra moral para la historia: “Antes de que alguien hable con autoridad de amar a la humanidad, insisto (e insisto con violencia) en que debe estar siempre agradecido de que su barbero trate de hablar con él. Su barbero es humanidad: que ame eso.” El barbero conversacional representa para Chesterton la primera frontera de la tolerancia. Si alguien es incapaz de oírlo divagar sobre el clima o la política, que no diga luego que se interesa en el Congo o el futuro de Japón.

     Mi negativa a oír al segundo peluquero se debía a lo que me contó el primero, pero las tareas humanitarias no admiten sustituciones. En el sillón giratorio hay que oír a todos los peluqueros. Conocí el planteamiento de una historia pero hacía falta el segundo peluquero para llegar al desenlace. La cobardía o una abstracta superstición me hicieron repudiar lo que aquel hombre llevaba dentro. El resultado está a la vista. No es casual que, ante las vistosas tentaciones de las “estéticas” para el pelo, el peluquero original y ahora ausente haya propuesto que su negocio se llame “ética”.

 Juan Villoro

Encontrado en: http://www.letraslibres.com/interna.php?sec=5&art=7929

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