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5ago/120

El peluquero deprimido

Fui trasquilado por falta de amor a la humanidad. Naturalmente, tardé en advertir que la rapada tenía causas morales. Todo empezó con la difícil tarea de encontrar en Barcelona una peluquería que no pareciera un laboratorio de nouvelle cuisine. En los locales con sillones de diseño, los pelos se transforman en fideos de dramática posmodernidad. La verdad sea dicha, me gustaría tener suficiente material para someterme a esa aventura, pero pertenezco a la especie rala que sale de la peluquería de moda sin otra distinción que sugerir que el corte se hizo con cortaúñas.

     En una esquina del Ensanche encontré la clásica peluquería simple: tubo de tres colores en la puerta, sillones giratorios de cuero, infinidad de frascos de plástico y fotos recortadas de revistas, con fantasiosos cortes de pelo que están ahí de adorno pero que nadie pide. Un hombre de unos setenta años barría el piso. Llevaba la filipina blanca de los barberos de antes, incapaces de bautizar su negocio como "Edoardo" o, peor aun, "D' Edoardo".

     Tal vez para demostrar que no está en posesión de un arma blanca, el hombre con tijeras no para de hablar. Cuando se limita a fumar mientras esculpe un copete en forma de budín, despierta toda clase de sospechas (en este axioma se basa la película El hombre que nunca estuvo ahí, de los hermanos Coen).

     El peluquero en cuestión pertenecía al modo canónico: activaba las tijeras aunque no cortara, como un tic para tomar impulso, y hablaba sin freno ni cansancio, a pesar de que uno de sus temas era precisamente el cansancio. Tres meses atrás, su socio había sido asaltado en una estación del metro y no quería volver al trabajo, abatido por la depresión. Él tenía que atender a todos los clientes. Había buscado un sustituto, pero no corren tiempos de gente de tijera. Me hizo ver que los negocios nuevos se llaman "estéticas", como si ahí oficiaran teóricos hegelianos. Por contraste, comentó mientras me untaba la espuma de un jabón barato, los locales tradicionales deberían llamarse "éticas".

     Durante tres meses, el hombre dedicó sus domingos a visitar a su socio. Caminaban en la playa en compañía de un perrito, hablaban de las décadas compartidas en un rectángulo de dos por cuatro hasta llegar al momento fatal: la boca del metro, el asalto, el temor a perderlo todo, el sinsentido de cortar pelo. Una desolación profunda trababa por dentro a su amigo y le impedía abrir tijeras.

     La depresión del socio acabó por deprimir a mi peluquero. Consultó a un psiquiatra y le recetaron ansiolíticos. Hablaba de su propio mal como si fuese un efecto secundario y llevadero de la depresión de su amigo.

     En las siguientes visitas se quejó del exceso de trabajo y volvió a hablar de su socio, cuya tristeza informe hacía que él tomara calmantes. No se asumía como enfermo. En su relato, había un paciente para dos enfermedades. Cuando el otro se curara, los ansiolíticos serían un frasco más en la repisa, semejante al spray de vetiver.

     Al cabo de unos meses conocí al segundo peluquero. Tenía la mandíbula cruzada por una cicatriz y arrastraba un pie. Me saludó de mal talante: dos clientes aguardaban turno. Los vio de reojo y dijo, con una mueca conciliadora: "No se preocupe: ésos tienen tan poco pelo como usted." En unos minutos se ocupó de mí; cortaba de prisa y con algún descuido. Le pregunté por su socio. "Está de vacaciones", contestó con una sonrisa oblicua, como si las vacaciones fueran el sobrenombre de un hospital, un manicomio o un cementerio. Miraba de modo curioso, tal vez concentrado en los pelos en las orejas, y hablaba sin cesar, en tono atropellado. No entendí o, mejor dicho, no quise entender lo que decía. Extrañé al otro peluquero cuya auténtica enfermedad era su socio.

     Me refugié en una revista de mujeres desnudas y escritores famosos. Fui absorbido por una prosa sensiblera; el autor luchaba contra las injusticias del planeta con aires de superhéroe. De cualquier forma, era suficientemente deplorable: lo pésimo magnetiza más que lo malo. Me perdí en la argumentación del articulista que salvaba al mundo. Cuando alcé la mirada, encontré en el espejo a una persona que se me parecía y venía de un campo de exterminio. El peluquero sonreía como si mi cráneo fuera su terapia. El asaltado había regresado a vengarse.

     Un artículo de Chesterton, "El barbero ortodoxo", me hizo pensar en otra moral para la historia: "Antes de que alguien hable con autoridad de amar a la humanidad, insisto (e insisto con violencia) en que debe estar siempre agradecido de que su barbero trate de hablar con él. Su barbero es humanidad: que ame eso." El barbero conversacional representa para Chesterton la primera frontera de la tolerancia. Si alguien es incapaz de oírlo divagar sobre el clima o la política, que no diga luego que se interesa en el Congo o el futuro de Japón.

     Mi negativa a oír al segundo peluquero se debía a lo que me contó el primero, pero las tareas humanitarias no admiten sustituciones. En el sillón giratorio hay que oír a todos los peluqueros. Conocí el planteamiento de una historia pero hacía falta el segundo peluquero para llegar al desenlace. La cobardía o una abstracta superstición me hicieron repudiar lo que aquel hombre llevaba dentro. El resultado está a la vista. No es casual que, ante las vistosas tentaciones de las "estéticas" para el pelo, el peluquero original y ahora ausente haya propuesto que su negocio se llame "ética".

 Juan Villoro

Encontrado en: http://www.letraslibres.com/interna.php?sec=5&art=7929

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29may/100

El señor Nakamura


Entre los casos reales que Paul Auster recogió en su programa radiofónico, sorprende el de una gallina con suficiente sentido de la orientación para regresar por su cuenta a su casa.

El mérito de esta gallina es considerable. Las especies migratorias atraviesan el cielo con una precisión que nunca alcanzará la aviación civil. Según me contó Guillermo Arriaga, escritor que en sus ratos libres perfecciona sus conocimientos de cacería, los gansos son muy severos con el líder de la parvada. Antes de bajar a una laguna, el líder sobrevuela la región y decide si es conveniente establecerse ahí. En caso de que se equivoque, es expulsado para siempre de la comunidad.

Resulta notable que un ave de corral, del todo ajena a las exigencias de un ganso canadiense, encuentre su camino en el tráfico urbano.

Hay quienes siguen las coordenadas del exterior y quienes usan conceptos para llegar a la meta. La segunda opción es más difícil, sobre todo para las aves. ¿Puede un pájaro describir dónde vive? Fue lo que ocurrió hace unos días, en las abigarradas calles de Tokio.

El agente Shinjiro Uemura patrullaba su zona cuando se topó con un loro, especie poco común en Tokio. La sorpresa del encuentro aumentó con lo que dijo el animal: “Soy el señor Yosuke Nakamura”. Aquello parecía una novela de Murakami. Tanta formalidad hacía suponer a un humano atrapado en el cuerpo del animal.


El agente decidió resolver el misterio en la comisaría. Ahí, el visitante entró en confianza y cantó canciones japonesas. Luego repitió su nombre: era el señor Nakamura. “Le hablé, traté de ser su amigo, pero me ignoró olímpicamente”, dijo Uemura. El loro sólo se interesaba en agotar su repertorio. Entre canción y canción, pronunció el nombre de una calle. La policía descubrió que ahí vivía Yosuke Nakamura. Le preguntaron si había perdido un loro. En un cuento la respuesta sería negativa. Sin embargo, la realidad no es menos rara. El loro se había convertido en el espejo de su dueño. ¿Cuál de los dos resulta más real? Para nosotros, Nakamura existe por su mascota.

En Nueva York, una gallina aprendió a volver a casa. En Tokio, un hombre quiso ser un loro que volvía a casa. Los animales desconciertan.

Juan Villoro

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28may/100

Animales de diseño

La forma más inmediata que tenemos de modificar las cosas es nombrarlas de otro modo. Ahí está, por ejemplo, la mosca “suboscura” que impresionó a Juan José Millás al grado de dedicarle una “subcolumna”. ¿Qué significa que algo esté por debajo de lo oscuro? Si un Rembrandt de los insectos quisiera pintar esa mosca a contraluz, ¿debería desarrollar la técnica del clarosuboscuro?


La tentación de redefinir a los animales pasó de la fantasía a la realidad cuando el hombre dejó de contar ovejas y empezó a clonarlas en laboratorios. Intervenir en la lógica de las especies comporta un dilema ético complejo.

Entre las especies de diseño se encuentran los cerditos verdes que parecen cebados con kriptonita. Su piel es un material de alto contraste. Esto permite que células útiles para implantes sean vistas sin ningún problema por los radiólogos.

Pero apenas se logra algo por necesidad, alguien busca hacerlo por gusto. Es el caso del GloFish, pez genéticamente modificado para emitir luz rojiza. ¿Vale la pena incidir en la rueda del cosmos por razones decorativas? El pez lumínico no tiene otro sentido en la superación de las especies que ser la estrella de una pecera.

En un mundo contradictorio no podían faltar animales que benefician de modo discutible. Me refiero a los gatos hipoalergénicos. José Emilio Pacheco atrapó en verso la fascinación del felino casero: “Ven, gato, acércate/ eres mi oportunidad de acariciar al tigre”. El problema es que los gatos hacen estornudar a mucha gente.

Una empresa de Estados Unidos cría gatos sin el gen que produce alergias. No se trata de una clonación sino de una cruza entre ejemplares selectos, según demuestra su precio: 3.500 dólares. Los gatos hipoalergénicos permiten otra clase de selección natural: como los diamantes, certifican el pedigrí de sus dueños.

¿Qué pasaría si pudiéramos alterar el físico de nuestros congéneres?¿Sabemos en verdad qué nariz y qué mirada nos convienen? El lunar, la pequeña cicatriz, el diente levemente desviado son peculiares formas de la belleza. ¿Puede haber algo más entrañable que un defecto físico que hemos aprendido a querer?

En un planeta con cuerpos de diseño entenderíamos que sólo el error singulariza.

  • Juan Villoro

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21may/100

Cereal bíblico

En un mundo donde el pez vela cruza los mares incorporando mercurio a su organismo, resulta reconfortante encontrar rincones que venden comida orgánica.

Confiamos en ellos por la atractiva publicidad que los decora y el confiable aroma a cardamomo que despiden.

La verdad es que en materia de productos naturales al ciudadano moderno se le dificulta distinguir el original de la copia. Una naranja pigmentada puede ser más auténtica que una reluciente naranja industrial. Carecemos de instinto para reconocer lo que no fue mancillado por fertilizantes. Para ello necesitamos etiquetas. Ante la posibilidad de comer galletas radiactivas (o que engorden mucho), revisamos empaques con erudita minucia. El género literario más leído de nuestro tiempo son los “valores nutricionales” de un producto.

Convencidos de su poder de seducción, los artesanos naturistas han pasado de la salud física a la espiritual. Ya circulan cereales hechos en Estados Unidos que no sólo prometen ser sabrosos y muy digestivos, sino conducir a otro nivel de la conciencia.

Mi primer contacto con la alimentación espiritualizada fue el Peace Cereal, producto 96% orgánico que destina el 10% de sus ganancias “a la paz”. La promesa suena un poco abstracta (como decir: “el 10% de mis regalías son para la dicha”); sin embargo, la caja informa que el dinero es enviado al yogui Bhajan, cuyo equipo de meditación otorga premios y becas por la paz.

Quien mastica esas crujientes hojuelas no sólo se siente sano: es bueno. La propaganda genera una sensación de filantropía (o al menos de 10% de filantropía, que ya es bastante en este mundo desigual).

A mi plato ha llegado otro cereal: Ezekiel 4:9. En este caso, los valores nutricionales vienen de la Biblia: “Toma también trigo, cebada, habas, lentejas, mijo, avena y ponlo en una misma vasija”. El libro de Ezequiel propone esta comida para las penitencias de quien desee expiar la iniquidad. No se trata de un lujo, sino de proteínas para los días duros.

Sin embargo, el calvario de ayer puede ser la gloria de hoy. Quien desayuna con bíblico afán se siente purificado. Para enfrentar los motores de la nueva Jerusalén, la Escritura —es decir, la etiqueta— recomienda consumir copos sagrados.

Juan Villoro

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11mar/101

A salvo

Desde 1985 los capitalinos tenemos un sismógrafo en el alma. Si una lámpara se mueve, nos refugiamos en el quicio de una puerta. Esta intuición no nos sirvió el 27 de febrero. A las 3:34 de la mañana una sacudida nos despertó en Santiago de Chile. Yo dormía en un séptimo piso; traté de ponerme en pie y caí al suelo. Fue ahí donde desperté. Hasta ese momento creía que me encontraba en mi casa y quería ir al cuarto de mi hija. Sentí alivio al recordar que ella estaba lejos. Durante dos minutos el temblor tiró botellas, libros y la televisión. El edificio se cimbró y pude oír las grietas en las paredes. Pensé que nos desplomaríamos. Alguien gritó el nombre de su pareja ausente y buscó una mano invisible en los pliegues de la sábana. Otros hablaron a sus casas para contar segundo a segundo lo que estaba pasando. Imaginé el dolor que causaría esa noticia, pero también que mi familia dormía, con felicidad merecida. Me iba del mundo en una cama que no era la mía, pero ellos estaban a salvo. La angustia y la calma me parecieron lo mismo. Algo cayó del techo y sentí en la boca un regusto acre. Era polvo, el sabor de la muerte.

Mientras más duraba el temblor, menos oportunidades tendríamos de salir de ahí. Los muebles se cubrieron de yeso y una naranja rodó como animada por energía propia. Cuando el movimiento cesó, sobrevino una sensación de irrealidad. No era normal estar vivo. El alma no regresaba al cuerpo.

Juan Villoro en Reforma.

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Archivado en: juan villoro 1 Comentario
8mar/100

Dias robados: El cielo artificial

La ciudad de México crece con el veloz desconcierto de las epidemias. Lo primero que llama la atención al viajero es la dificultad de orientarse entre sus calles. "Es el único lugar donde he tenido miedo de perderme para siempre", afirmó el escritor triestino Claudio Magris. Nuestras calles repiten los nombres de los héroes como si así pulieran su gloria. Quien consulte la Guía Roji encontrará tantas calles Zapata, Juárez o Hidalgo como para construir varias metrópolis suficientemente patriotas. Al abordar un taxi, el conductor evade la responsabilidad de orientarse en el laberinto: "Usted me dice por dónde." Nada más natural que los profesionales del volante ignoren un territorio que excede a la experiencia humana.

     Los límites de la ciudad ya quedan tan lejos que resulta inexacto hablar de las afueras. Hemos perdido la noción de periferia y el aeropuerto, que alguna vez ocupó la punta oriente de la capital, se ha vuelto ruidosamente céntrico.

     De Tenochtitlan al Distrito Federal: un palimpsesto mil veces corregido, borradores que ya olvidaron su modelo original y jamás darán una versión definitiva. La villa flotante de los aztecas, la retícula soñada por el virrey de Mendoza, las avenidas promovidas por el regente Uruchurtu, los tianguis infinitos que rodean los heterogéneos rascacielos de la posmodernidad, integran un paisaje donde las épocas se combinan sin cancelarse. La misma corteza terrestre contradice el tiempo. De acuerdo con el sismólogo Cinna Lomntiz, el 19 de septiembre de 1985 la ciudad de México se comportó como un lago: el terremoto desconcertó a los especialistas porque sus ondas se desplazaron a manera de olas. Desde el punto de vista sismológico, la ciudad debe ser estudiada como una cuenca de agua. Nuestros coches viajan sobre un lago implícito.

     La ciudad de México es ante todo una voracidad de crecimiento, un caos que nos rebasa a diario con frenética intensidad. ¿Será posible que un territorio que confunde la cronología y subyuga todos los espacios tenga un plan maestro, un orden secreto que lo justifique? Los pasajeros que llegan de noche al Aeropuerto Benito Juárez contemplan un cielo invertido. Miles de estrellas palpitan en el horizonte. El avión persigue una galaxia. Este paisaje desmedido entrega una clave para entender el propósito oculto de México D.F. La historia entera del sitio que nos tocó en suerte apunta a la creación de un cielo artificial.

     Los edificios aztecas crecieron sobre el lago y se reflejaron en sus aguas; la ciudad tenía dos cielos. Desde entonces hemos vivido para suprimirlos y buscarles un complicado sustituto. Los años de la Colonia transcurrieron para secar el agua y nuestros delirios industriales eliminaron el aire puro. Hoy en día, el cielo es una bruma difusa que los niños pintan de café o gris en sus cuadernos escolares. En su peculiar lógica de avance, la moderna Tenochtitlan destruye los elementos que la hicieron posible. No es casual que la literatura mexicana ofrezca elocuente testimonio de la caída celeste. En 1869, Ignacio Manuel Altamirano visita la Candelaria de los Patos y habla de la "atmósfera deletérea" que amenaza la ciudad; en 1904, Amado Nervo exclama: "¡Nos han robado nuestro cielo azul!"; en 1940, pregunta Alfonso Reyes: "¿Es ésta la región más transparente del aire? ¿Qué habéis hecho, entonces, de mi alto valle metafísico?" Tres décadas más tarde, responde Octavio Paz: "el sol no se bebió el lago/ no lo sorbió la tierra/ el agua no regresó al aire/ los nombres fueron los ejecutores del polvo".

     En 1957 Jaime Torres Bodet escribe "Estatua", un poema que finalmente descarta de su libro Sin tregua:
      
     Fuiste, ciudad. No eres. Te aplastaron
     tranvías, autos, noches al magnesio.
     Para verte el paisaje
     ahora necesito un aparato
     preciso, lento, de radiografía.
     ¡Qué enfermedad, tus árboles! ¡Qué ruina
     tu cielo!
      
     La literatura ha sido, precisamente, el aparato que Torres Bodet pide para registrar la ciudad sumergida bajo sus muchas transformaciones. En aquel año sísmico de 1957, el Ángel de la Independencia cayó a tierra. Fue un momento simbólico en la vida de la ciudad: el cielo había dejado de estar arriba. Ése era el mensaje que el Ángel ofrecía en su desorientación, pero tardamos mucho en comprenderlo.

     "El único problema de irse al cielo —escribe Augusto Monterroso— es que allí el cielo no se ve." Vivimos en el imperfecto paraíso que no puede verse a sí mismo.

     Por las noches, la ciudad se enciende como una constelación poderosa y desordenada. ¿Qué designio superior explica esta inversión del cielo?

     En Las ciudades invisibles, Italo Calvino describe los mecanismos que explican a las urbes más variadas del mundo. Uno de ellos se aplica a México. Durante años, ejércitos de albañiles levantan muros y terraplenes que parecen seguir los caprichos de un Dios demente. Llega un día en que los hombres temen a la arena y al cemento. Construir se ha vuelto una desmesura. Sin embargo, alguien intuye el sentido de las calles y los edificios que se multiplican sin fin: "Esperen a que oscurezca y apaguen todas las luces", dice. Cuando la última lámpara se extingue, los constructores contemplan la bóveda celeste. Entonces entienden el proyecto.

     En lo alto, brilla el mapa de la ciudad.

Juan Villoro/letraslibres

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4mar/100

La ciudad de México: mujer barbuda (y 2)

Para la prensa internacional, el D. F. se ha convertido en algo así como la mujer barbuda del circo; ejerce la elocuente fascinación del defecto: los reportajes hablan de la contaminación, la inseguridad, los temblores, las amenazas intestinales y el incierto folklor de nuestras salsas. Y sin embargo, no podemos romper el cordón umbilical con México (cuya posible etimología es "ombligo de la luna"). Lunáticos y edípicos, nos parecemos al Don Juan de Rake's Progress, la ópera de Stravinski con libreto de Auden: acabamos enamorados de la mujer barbuda.

Juan Villororo · Mapas

En la ciudad de México la costumbre no se repite, se improvisa. Incluso la corteza terrestre confunde las épocas con inestable actitud. El terremoto de 1985 desconcertó a los expertos porque el subsuelo se movió como si ignorara las leyes de la física. Después de seis años de estudiar el enigma, el sismólogo Cinna Lomnitz llegó a la siguiente conclusión: en la mañana del 19 de septiembre de 1985, la ciudad de México fue un lago; las ondas sísmicas se desplazaron como olas.

Los aztecas fundaron su capital en un islote y ganaron terreno al agua. Los conquistadores españoles que habían hecho la guerra de Italia no vacilaron en comparar a Tenochtitlan con Venecia. La ciudad fue secada durante siglos y las calles surgieron del lecho de los ríos. En el casco urbano, el principal recuerdo lacustre son los edificios coloniales que se hunden como navíos a punto de naufragar.

La memoria del agua establece un vínculo con los orígenes. Desde el punto de vista sismológico, aún estamos en una cuenca navegable: nuestros coches viajan sobre un lago implícito.

En un sitio donde la corteza terrestre responde a un pasado primigenio, ignorado por la superficie, no es de extrañar que las temporalidades se crucen. No hay forma de instalar líneas de teléfonos en el centro de la ciudad sin practicar una arqueología accidental. Aunque los técnicos no busquen otra cosa que un resquicio para sus cables de fibra óptica, encuentran puntas de obsidiana, noticias del mosaico indígena.

Pero hay comunicados más recientes de los antiguos pobladores del valle. De acuerdo con el Instituto Nacional Indigenista, en la actual Tenochtitlan cerca de dos millones de indios conservan sus usos y costumbres.

Juan Villororo · Mapas

Aunque toda metrópoli se erige contra la naturaleza, pocas han tenido la furia destructora de México D. F. Una vez anulada el agua, el horizonte de destrucción fue el cielo. El paisaje urbano está determinado por estas pérdidas fundamentales. Hace algunos años, al visitar una exposición de dibujos infantiles, comprobé que ningún niño usaba el azul para el cielo; sus crayones escogían otro matiz para la realidad: el café celeste.
Quien aterriza de noche en la ciudad de México siente que llega a una galaxia desordenada. Sin embargo, esa marea encendida, que ocupa el valle entero, sigue creciendo. Su lógica exige la expansión continua. ¿Hacia dónde puede proseguir? Todas las flechas apuntan hacia abajo. El subsuelo recorrido por el metro es nuestra última frontera. Más allá de los imperativos geológicos, esta dinámica tiene una fuerta carga simbólica. En la mitología prehispánica, la vida comienza y termina bajo la tierra.

Borges resumió en dos versos su atribulado fervor por Buenos Aires:  "No nos une el amor sino el espanto/ será por eso que la quiero tanto". Los contradictorios placeres de la ciudad de México son de este tipo. A diario juramos abandonarla y a diario nos entregamos a su abrazo; es la irrenunciable compañía que merecemos. Que otros vivan en las ciudadelas del orden y el tránsito feliz. Nosotros exigimos el carácter complicado y la belleza ambigua de la mujer barbuda

Juan Villoro.

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4mar/102

La ciudad de México: mujer barbuda (1)

En México Distrito Federal el paso del tiempo significa una desaforada multiplicación de la especie. Nací en 1956, cuando la ciudad tenía cuatro millones de habitantes, y ahora tiene unos 18 o 20. Aunque los conteos de población son inciertos, no hay duda de que somos demasiados. Estamos ante un fenómeno insólito: la metrópoli nómada. Sin movernos de sitio, hemos cambiado de ciudad; por convención seguimos hablando de “México, D.F.”, pero es obvio que el paisaje anda suelto y se transfigura en otro y otro.

Hace mucho que la naturaleza fue replegada hasta desaparecer de nuestra vista. El aeropuerto ya está en el centro y las tareas agropecuarias se ejercen en el único espacio disponible, las azoteas. Secamos el lago que definía la ciudad flotante de los aztecas, asfaltamos el valle entero, destruimos el cielo azul. ¿Por qué vivimos aquí? No nos retiene la ignorancia. Los capitalinos estamos muy al tanto de los horrores ecológicos (somos expertos en las ronchas que salen con la contaminación, la peligrosidad de los terremotos, las tasas de plomo en la sangre); sin embargo, en franco desacato de la evidencia, consideramos que ninguna de estas amenazas es para nosotros. ¡Bienvenidos a la cultura del postapocalipisis! En nuestra peculiar percepción del entorno juzgamos que somos el resultado (nunca el anuncio) de una tragedia. De ahí la vitalidad de un sitio al borde del colapso, cuyo mayor misterio es que funcione.

Recorrer México D. F. depara sorpresas numerosas. Todos los días circulan bajo tierra cinco millones de usuarios del metro. Se trata de una ciudad alterna que prefigura el México por venir, donde la gente nacerá y crecerá en la cripta de los aztecas sin necesidad de salir a la intemperie. Hoy en día, los metronautas disponen de cafeterías, tiendas, exposiciones y cursos subterráneos. También cuentan con su propia patrona, la Virgen del Metro, que apareció por una filtración de agua en la estación Hidalgo, en 1997.

En la superficie circulan los taxis que se han rendido a la evidencia de la macrópolis y no saben adónde ir. Cuando el despistado pasajero da una dirección, el conductor confiesa su ignorancia y pide señas para llegar ahí: “Usted me dice por dónde”.

Cuando Günter Grass estuvo en México a principios de los años ochenta preguntó con rigor teutón: "¿cuántos habitantes tiene la ciudad?" El vértigo llegó con la respuesta que entonces se juzgaba apropiada: "entre l2 y l6 millones". La diferencia, el margen de error, era del tamaño de Berlín Occidental, la ciudad donde vivía Grass.

Además las calles repiten sus nombres como si así pulieran la gloria de los héroes. Quien abra el popular plano de la capital conocido como Guía Roji encontrará 179 calles Zapata, 215 Juárez, 269 Hidalgo, lo cual basta para construir unas veinte urbes suficientemente patriotas. En nuestro mapa movedizo ni siquiera las estatuas son estables. El monumento ecuestre a Carlos IV ha ocupado tres lugares distintos al modo de un caballo de ajedrez.

Juan Villoro

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3mar/100

¿Quienes somos en la red?

                               

En el futuro todos seremos imbéciles. No me refiero a un deterioro de la especie, sino a la imagen colectiva que posiblemente dejará nuestra época. Si los arqueólogos del porvenir estudian nuestro comportamiento virtual, encontrarán una civilización del equívoco. Imaginemos que los libros desaparecen y las únicas pruebas de nuestro paso por la Tierra son los mensajes digitales. En ese horizonte sombrío, Wikipedia, Facebook y Twitter tendrían la importancia del Código Hammurabi, la piedra Rosetta y las inscripciones cuneiformes en el palacio de Nabucodonosor II.   

Sería gravísimo que los ciberarqueólogos fueran personas bienintencionadas, dispuestas a tomar en serio el vertedero virtual y suponer que nuestros chats y nuestros blogs transmiten verdades.

Las vidas reconstruidas a partir de Wikipedia serían muy poco ejemplares, por no decir calumniosas. Esa herramienta tribal incluye las ocurrencias de impulsivos enciclopedistas. A veces uno desearía que fueran ciertas (a mí me asignaron un consulado en Barcelona), pero casi siempre son dudosas. ¿Y qué decir de Facebook y Twitter, donde una persona se puede inscribir con el nombre de otra para despotricar hasta la abyección? Abundan los casos de comentaristas clonados por adversarios que los hacen opinar en la red lo contrario a lo que escriben en la realidad. ¿Y si sólo sobreviven en ese mundo al revés, como némesis de sí mismos, apoyando en la posteridad lo que detestaron en vida?

No hay identidad a salvo. Cualquiera puede suplantar a cualquiera. El resultado es el opuesto al del carnaval. Las máscaras venecianas permiten una rara sinceridad; al amparo de un disfraz, se puede decir lo que uno desea sin que eso resulte comprometedor. En cambio, en Facebook no te vuelves Yolanda para ser tú mismo sino para desprestigiarla a ella. Nunca la inexactitud había dejado tantos rastros.

Más allá de la pésima imagen que estamos construyendo para los arqueólogos futuros, la incontrolada red comienza a vulnerarnos. Sé de personas que han perdido amistades, romances y trabajos porque un usurpador escribió desastres en su nombre.

Juan Villoro

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3mar/100

Dias robados: El peluquero reprimido

 


Fui trasquilado por falta de amor a la humanidad. Naturalmente, tardé en advertir que la rapada tenía causas morales. Todo empezó con la difícil tarea de encontrar en Barcelona una peluquería que no pareciera un laboratorio de nouvelle cuisine. En los locales con sillones de diseño, los pelos se transforman en fideos de dramática posmodernidad. La verdad sea dicha, me gustaría tener suficiente material para someterme a esa aventura, pero pertenezco a la especie rala que sale de la peluquería de moda sin otra distinción que sugerir que el corte se hizo con cortaúñas.

     En una esquina del Ensanche encontré la clásica peluquería simple: tubo de tres colores en la puerta, sillones giratorios de cuero, infinidad de frascos de plástico y fotos recortadas de revistas, con fantasiosos cortes de pelo que están ahí de adorno pero que nadie pide. Un hombre de unos setenta años barría el piso. Llevaba la filipina blanca de los barberos de antes, incapaces de bautizar su negocio como "Edoardo" o, peor aun, "D' Edoardo".

     Tal vez para demostrar que no está en posesión de un arma blanca, el hombre con tijeras no para de hablar. Cuando se limita a fumar mientras esculpe un copete en forma de budín, despierta toda clase de sospechas (en este axioma se basa la película El hombre que nunca estuvo ahí, de los hermanos Coen).

     El peluquero en cuestión pertenecía al modo canónico: activaba las tijeras aunque no cortara, como un tic para tomar impulso, y hablaba sin freno ni cansancio, a pesar de que uno de sus temas era precisamente el cansancio. Tres meses atrás, su socio había sido asaltado en una estación del metro y no quería volver al trabajo, abatido por la depresión. Él tenía que atender a todos los clientes. Había buscado un sustituto, pero no corren tiempos de gente de tijera. Me hizo ver que los negocios nuevos se llaman "estéticas", como si ahí oficiaran teóricos hegelianos. Por contraste, comentó mientras me untaba la espuma de un jabón barato, los locales tradicionales deberían llamarse "éticas".

     Durante tres meses, el hombre dedicó sus domingos a visitar a su socio. Caminaban en la playa en compañía de un perrito, hablaban de las décadas compartidas en un rectángulo de dos por cuatro hasta llegar al momento fatal: la boca del metro, el asalto, el temor a perderlo todo, el sinsentido de cortar pelo. Una desolación profunda trababa por dentro a su amigo y le impedía abrir tijeras.

     La depresión del socio acabó por deprimir a mi peluquero. Consultó a un psiquiatra y le recetaron ansiolíticos. Hablaba de su propio mal como si fuese un efecto secundario y llevadero de la depresión de su amigo.

     En las siguientes visitas se quejó del exceso de trabajo y volvió a hablar de su socio, cuya tristeza informe hacía que él tomara calmantes. No se asumía como enfermo. En su relato, había un paciente para dos enfermedades. Cuando el otro se curara, los ansiolíticos serían un frasco más en la repisa, semejante al spray de vetiver.

     Al cabo de unos meses conocí al segundo peluquero. Tenía la mandíbula cruzada por una cicatriz y arrastraba un pie. Me saludó de mal talante: dos clientes aguardaban turno. Los vio de reojo y dijo, con una mueca conciliadora: "No se preocupe: ésos tienen tan poco pelo como usted." En unos minutos se ocupó de mí; cortaba de prisa y con algún descuido. Le pregunté por su socio. "Está de vacaciones", contestó con una sonrisa oblicua, como si las vacaciones fueran el sobrenombre de un hospital, un manicomio o un cementerio. Miraba de modo curioso, tal vez concentrado en los pelos en las orejas, y hablaba sin cesar, en tono atropellado. No entendí o, mejor dicho, no quise entender lo que decía. Extrañé al otro peluquero cuya auténtica enfermedad era su socio.

     Me refugié en una revista de mujeres desnudas y escritores famosos. Fui absorbido por una prosa sensiblera; el autor luchaba contra las injusticias del planeta con aires de superhéroe. De cualquier forma, era suficientemente deplorable: lo pésimo magnetiza más que lo malo. Me perdí en la argumentación del articulista que salvaba al mundo. Cuando alcé la mirada, encontré en el espejo a una persona que se me parecía y venía de un campo de exterminio. El peluquero sonreía como si mi cráneo fuera su terapia. El asaltado había regresado a vengarse.

     Un artículo de Chesterton, "El barbero ortodoxo", me hizo pensar en otra moral para la historia: "Antes de que alguien hable con autoridad de amar a la humanidad, insisto (e insisto con violencia) en que debe estar siempre agradecido de que su barbero trate de hablar con él. Su barbero es humanidad: que ame eso." El barbero conversacional representa para Chesterton la primera frontera de la tolerancia. Si alguien es incapaz de oírlo divagar sobre el clima o la política, que no diga luego que se interesa en el Congo o el futuro de Japón.

Juan Villoro/letraslibres

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