Gran Via

 

Cuando en Madrid aún había gallinas, artesas en la ribera del Manzanares, zarzuelas y churrerías, se inventó la Gran Vía, una puñalada de luz al corazón del casticismo, una mano abierta al aire. La Gran Vía nos hizo libres; nació para ser Broadway, y significa lo mismo; degeneró en cabarés para estraperlistas y no fue lo que debió haber sido, la ciudadela de sueños luminosos aunque yo recuerdo a Ava Gardner tapando los boquetes del cielo.

En Semana Santa habrá una gran tarta con 100 velas en la calle que retrató Antonio López con luz apastelada, un poco Nueva York cagata con toque de rascacielos estalinista. Los comerciantes, los amigos de la Gran Vía, apagarán las 100 velas de una urbe o verdú, que dicen los gitanos, que vino al mundo en época de magnicidios.

El alcalde Gallardón cortó la cinta del aniversario con un christmas extraño, un texto de Ramón: «La Gran Vía es el escape progresivo del hombre montado sobre el alcotán valeroso, y los que le vimos nacer, nos guiamos por la vieja alegría para remontarla, un poco ciegos del tiempo». En principio no entendí el mensaje, aunque alguien sabio me explicó que era el vuelo de Madrid al Poniente, a la modernidad, para que las golondrinas pudieran torcer con alegría las esquinas.

La Gran Vía llegó a los noticieros en las navidades de 1959, en el momento en que Ike, vencedor de la Alemania nazi, la cruzó en coche descubierto, meses después de que Bahamontes ganara el Tour, el día que yo conocí a una yanqui con bragas de plata y pepitilla de oro. Madrid dejaba de ser poblachón, luz fuerte frente a sombra oscura, el cero y el ombligo de La colmena.

Siempre nos dieron el coñazo diciendo que mejor para la Península hubiera sido la capital en Lisboa o Barcelona. Borges mismo piensa que Madrid, fuera de la Plaza Mayor o del Viaducto no vale nada, porque la Puerta del Sol es bastante desdichada, y «la Gran Vía, bueno, es más o menos un sainete, en Madrid todo parece servicio doméstico». Eso no deja de ser una gilipollez, aunque lo dijera el genio.

Por Gran Vía pasea el espectro de Dos Passos, lencería cubierta de sangre, un millón de cadáveres, la resaca de los corresponsales, entre troteras y dólares cuando se cometían crímenes para dar coba. Amamos la Gran Vía babilónica, donde se vendían bocatas de nieve, entre maderos y puchantes, y nunca se sabía si el camello era Menéndez Pelayo. La calle nació cuando solo había 700 bugatas y los periódicos costaban una perra chica. La inauguró Canalejas, anticlerical con barba, bigote y chistera.

Después le dieron matarile en la Puerta del Sol.

Raul del Pozo/elmundo.es

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Cruce de linajes

El hombre es polvo, un polvo, se hizo junto al andamio del ombligo, en el atrio de la vagina de una madre, siempre saludada como una dulcelumbre, a la altura de las diosas. Madre, tabú y la ley primordial de la humanidad, viga maestra del psiquismo, solía ser para un español palabra sagrada hasta que en pleno estado de excepción de la igualdad de género ha perdido, si no prestigio, sí influjo. Se han penalizado unas expresiones injuriosas que afectan a minorías, hasta hace poco marginadas, y se han despenalizado otras que parecían santas. En los procesos, si has llamado al jefe bujarrón, te condenan; si le has dicho hijo de puta, te absuelven.

Hijo de puta, el insulto más grave de la lengua castellana, está en gran medida tolerado, pero como hay tantos, para heredar tendrían muchos que hacerse la prueba del ADN y se llevarían sorpresas. Si tienen razón algunos políticos, estamos rodeados de hijos de puta. Empezó Carlos Fabra llamándole eso al portavoz socialista, siguió un concejal del PP diciéndoselo a uno de Izquierda Unida, Esperanza Aguirre confirmó la tesis de que los verdaderos hijos de perra están siempre en tu propio partido. Después Juan Cotino, que ha sido de la madera, informó a una diputada de las Cortes valencianas quién era su padre; por último llevó el término a la apoteosis el académico Arturo Pérez Reverte. Nuestro escritor más universal dijo: «En España todos hemos sido hijos de puta».

Ya lo sabíamos, aunque como dijo la abuelita de un marinero del Beagle, si procedemos del mono, mejor ocultémoslo. Tenía razón la dama victoriana: es mejor tapar los desmanes cuando se está usando el insulto más que nunca, con menos vocablos que antes que había mil maneras de injuriar a alguien con el máximo dicterio (bastardo, hijo de aforros, hijo de cura, de la Gran Bretaña, de mil leches).

El insulto no es siempre expresión de desprecio; vale para denigrar y para exaltar. Se usa desde los albores del idioma y no siempre significa que la madre sea una profesional aunque se aceptara que puta sin daca fuera gusto sin cencerro. Los más grandes escritores usaron la ofensa para honrar al vino: «Oh hideputa bellaco, dame acá esa bota».

Todo parece indicar que si se hicieran las pruebas de ADN, ese test riguroso con el 99% de aciertos, los hijos de puta serían aglomeración porque después de la movida y el despelote, se practicó el adulterio de manera compulsiva. Así que mejor no hablar de linajes porque se han cruzado los mármoles, tapices, candelabros con la golfería y las latas del barrio. No olvidemos que algunas reinas del siglo XIX tuvieron multitud de amantes, a los que hicieron alcaldes y estanqueros en premio a sus servicios al Estado.

Raul del Pozo/elmundo.es

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Chile tiembla

«Mamá, tranquila, ya pasó», dice la niña a su madre ante la magnitud 8,8 del terremoto. Pablo Neruda, telúrico, comparó el seísmo con el pateo de los caballos que llegaron cuando don Cristóbal el marinero puso los pies en el Nuevo Mundo. En el disco duro de la azotea tengo clarísimos recuerdos de Chile a pesar de mi mala memoria; más que recuerdos son sueños de una mañana fina y larga y gentil, como antes vio John Gunter, Chile colgado en la costa como una cuerda de campana llena de nudos, en una bandeja de nieve entre Los Andes y el Pacífico, entre viñas del cielo y cobre ardiente.

Veo el mapa tan estrecho, que se hizo para que Argentina no llegara al Pacífico, y tengo que pensar en una dieta para poder permanecer en ese mapa angosto, veo la sangre de un carabinero en un parque, veo todo mi siglo resumido en tres ciudades y tres nombres que relucen como el sol, Valparaíso de Allende, Parral de Neruda y San Carlos de Violeta Parra.

A Neruda nunca le conocí, tampoco a Allende, pero estuve en una tribuna debajo de él, a 10 metros, mientras pasaba un millón de chilenos pidiendo socialismo en libertad. Me viene a la cabeza la palabra larga y bella y me acuerdo del hábito malva de Violeta en la Candelaria, París 1962, y aquel estribillo «qué dirá el Santo Padre que vive en Roma, que le están degollando a su paloma»; ella cantaba mientras yo me comía las aceitunas que dejaban los clientes. Recuerdo lo incómodo que es estar sentado cerca de Allende y lo cálido que es ese país, hermano de verdad, donde los conquistadores extremeños se acojonaban más con los seísmos que con los araucanos, a pesar de que fueron los que ofrecieron más resistencia y pasaron a la épica.

Crucé Los Andes en compañía de Víctor Manuel, que iba a cantar a Santiago. Los motores del avión gruñeron en el espinazo de América y luego me sentí libre; enseguida descubrí ante el dorado vino que las morenas misteriosas hablaban como pajaritas de las nieves. Me sentí plenamente español porque aunque los héroes de la Araucana hicieron salvajadas, los chilenos no olvidan que les llevaron la viña y el castellano.

Estuve debajo de la tribuna de Allende en junio de 1971, cuando la VOP, un grupo ultraizquierdista, mató a Pérez Zujovic, ex ministro demócrata cristiano, responsable de una masacre. Era entonces la América insurrecta, el primer soviet en la paz, la nacionalización del cobre. Todo se fue al infierno. Para que fracase un sueño, además de la mano sucia de la CIA, es necesario un grupúsculo de paranoicos de ultraizquierda.

Chile siempre asaltado: otra vez le da en los ojos la herradura del jinete del Apocalipsis.

Raul del Pozo/elmundo.es

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Fumar es un placer

 

El sifilazo se achacaba a Francia; desde los tiempos de don Francisco de Quevedo los españoles pensaron que el peor y más contagioso y asqueroso humor que infectaba al mundo, la sífilis, el mal francés, bajaba de la destemplada cabeza del eminentísimo cardenal de Richelieu. No sólo el mal, también el deleite, la dulzura, la flauta mágica, el francés, lo francés, la cornamenta, siempre estuvieron presentes en nuestra literatura. Los gabachos han sido nuestros maestros en goce y tal vez por eso, muy rechazados, muy criticados tachándoles de volterianos y libertinos. En los prostíbulos de algunas ciudades españolas, en la posguerra, había carteles que decían: «En esta casa no se hace el francés».

Hubo una tendencia ultramontana que culpaba a los franceses de la costumbre de tocar el saxo, una prueba más de la ignorancia castiza, porque darle al chupete, el mamar o chupar viene del latín fellatum y los museos están repletos de esculturas y dibujos, cerámicas y monumentos etruscos, egipcios, cretenses alusivos al falo.

Han sido también los franceses, otros franceses menos franceses, quienes han denunciado la felación como un acto humillante, convirtiendo un cigarrillo en el miembro de oro de Mefistófeles. Querían un anuncio de impacto y lo han logrado. La asociación de defensa de los no fumadores ha puesto a jóvenes simulando una calada a la minga; un inocente adolescente y una chica apenas salida de la pubertad, arrodillados, succionan un cigarrillo y alguien está de pie.

Ha estallado el escándalo; querían convencer de que fumar te hace esclavo, que el cigarrillo no supone un acto de rebeldía, de libertad, de emancipación, sino todo lo contrario, de sumisión, de culto al poder simbolizado en el falo, pero el cipote oculto se ha cargado al mensaje de la dependencia y de la liberación.

Las feministas han contestado al cuplé de Sarita Montiel y a los publicitarios obsesos y puritanos, diciendo que es ridículo vincular el tabaco con el sexo: «Practicar la felación no provoca cáncer». Me parecen las que protestan feministas transgénicas, pos-ideológicas; se meten en el enredo de una contradicción. El beber, el fumar, la mayoría de las dependencias y apetitos desordenados, según el maestro Lacán, que siempre escribió cosas maravillosas que no se entienden, están relacionados con la angustia del destete y con otras neurosis sexuales.

La melancolía de la leche materna acompaña al hombre y a la mujer toda la vida, y a veces el cigarrillo, el vaso de whisky son inconscientemente un pezón o un pene. Claro que las feministas tienen un conflicto con Lacán; rechazan su teoría falocéntrica y nunca entendieron que dijera que la mujer no existe. Se refería a que no hay armonía entre los sexos, y que a veces, la pareja, es una fantasía.

Raul del Pozo/el mundo.es

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El Cobra

Los pateos son la sal de los espectáculos y un derecho inalienable del público desde que los mosqueteros montaban el cirio y la zorrera en los teatros de la calle del Príncipe. En la ópera, el derecho al pataleo no ha respetado ni siquiera a la divina Maria Callas, a la que le arrojaban huevos en la Scala de Milán. Los espectadores a veces no se conforman con los silbidos o los insultos y salen del teatro a comprar hortalizas para cerrar la boca de una soprano.

Lorin Maazel, el violín y la batuta del universo, director de la orquesta del Palau de les Arts de Valencia, que cobra 80.000 euros por concierto, tuvo un ataque de furia durante un concierto en Berlín. Corría el año 1972, dirigía Un ballo in maschera, de Verdi, y al final del primer acto el público empezó a protestar («¡buuuuuu, buuuuuu!») porque metía mucho metal en la sinfonía.

Maazel no se echó la mano a los genitales, porque era un judío francés bien educado, aunque saliendo al proscenio dijo a los espectadores: «Señoras y señores, disponen ustedes de cinco minutos para abandonar el teatro, porque yo pienso seguir dirigiendo de igual manera los dos actos que quedan».

Ante tal provocación, los alemanes aplaudieron y el incidente quedó reducido a una mera anécdota.

El escándalo que más me recuerda al de John Cobra, fue el que protagonizó El Cordobés en la corrida del Corpus de Toledo (1969). Toreaban Manuel Benítez, El Viti y Manolo Martínez. Un espectador increpaba al de Palma del Río, porque según él, toreaba borregos, y de pronto Manuel Benítez gateó por las barreras para pegarle al que le gritaba. El que daba la bronca era Pedro Trapote. Tuvieron que separarlos.

El ataque de furia de John Cobra se parece al de El Cordobés, otro robagallinas. Nada que ver con el espectáculo burgués, que definía así Fernando Fernán Gómez: «El teatro son unas señoras».

John Cobra es un chico echado a perder, un forajido como los que vemos en las películas. No sé por qué se alarman, hay cientos de miles así, que se sienten rechazados; no tienen un pase y se tumban en la cloaca por miedo a caerse en ella.

El Cobra incendió la cazuela de la televisión con su sinceridad hip-hop, de hispano y negro en su propio país. Vino del Bronx de la huerta, de los grafittis y del funk del patio, con las zapatillas de lengua fuera.

Con el puchelón del suburbio llegó el escándalo, porque se tocó los huevos en un país rosáceo, de falso buen corazón. Es un personaje de Torrente que hizo máster en Villa Paquita. Reventó la gala, reventará la Red y no es un friki, sino un airado. «No soy violento, me defiendo».

Raul del Pozo/elmundo.es

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Los canibales

Madrid es la olla. Decían los del Gobierno que el perol del odio estaba en Madrid, donde una pandilla de antisistema bailaba con la danza alrededor de la marmita, pero el rito primitivo se ha ido extendiendo a Cataluña, a Bilbao, a Oviedo, a los estadios y a los paraninfos. Se observan signos de voracidad en los políticos que quieren quitar a los que están para ponerse ellos, como si vieran un misionero blanco al que hay que cocer en el cuerpo del Rey, del ex presidente de Gobierno o del aspirante a un puesto en el Parlamento.

Fue primero la vicepresidenta del Gobierno la que utilizó la expresión «gula de poder» al referirse al apetito de cargo; en los mismos días, un político de Ciutadans, Jordi Cañas, afirmó que las declaraciones de Ernest Maragall, eran un ejercicio de canibalismo. Me parecen acertadas las expresiones que definen esa bulimia de poder, no las veo como exceso de la sátira. Estamos a punto de comernos unos a otros, pero no en el buen sentido, en el que refleja el videoclip de Nadal y Shakira.

Durante los meses que nos quedan para las elecciones, los políticos y los votantes, empiezan a practicar rituales de canibalismo. Según los que la han probado, la carne humana, es más sabrosa que la del cerdo y no se crean que el canibalismo ha sido un festín de los pueblos exóticos. Una cultura tan sofisticada como la china cuando condenaba a muerte a algún mandarín, después de que lo mataban se lo comían; desde el Libro Rojo, los chinos se han humanizado y sólo llevan a la cocina animales, con preferencia perros.

Otra historia sagrada de tan buenos narradores como la hebrea cuenta momentos de canibalismo. El profeta Ezequiel prometió a los hebreos de parte de Dios, que si combatían bien contra el rey de Babilonia, podrían comer carne de caballo y carne de caballero.

Los historiadores romanos escriben que los españoles de Sagunto se alimentaban de la carne de sus compatriotas. En los pueblos, el día de la fiesta del patrón o de la patrona, se comen la vaquilla que han toreado después de escenificar la guerra entre moros y cristianos. Con esos genes y congéneres, no es extraño que tantos años después la política sea una comida totémica.

En los debates del Parlamento, los dirigentes del partido contrario y los del mismo, se muerden cuando se besan. Desde que en UCD se comieron unos a otros, y fueron especialmente voraces los cristianos, hasta los mordiscos que se dan los y las del PP de Madrid, pasando por la antropofagia controlada del PSOE, esto es un festival de canibalismo.

¿Quién dijo pacto, consenso? Los dos partidos y los otros, como Bokasa, meten cada día en la nevera los tobillos de sus adversarios.

Raul del Pozo/elmundo.es

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Galgo y cigüeña

Cuando Dios quiso crear el caballo cogió un puñado de viento y como observara en el caballo defectos, creó el galgo. Cuenta El gran libro de los galgos que la red, las perchas, los lazos, el reclamo, el hurón y el galgo eran la alacena de posguerra porque escopetas había pocas y los cartuchos salían caros; la única carne de Humilladero era de liebre. Ha recopilado un tratado sobre esos perros Antonio Romero, el jornalero que se ha pasado la vida persiguiendo latifundistas y liebres. Nos hace la apología de ese delicado perro de cabeza larga, enjuta y seca, convexo, cuello esbelto, ojos oblicuos y almendrados.

En esta España hay una enmienda a la totalidad de lo inhumano. Ya no es éste aquel país que se llamó de los buitres porque se comían las tripas de los caballos después de las corridas. Muchos dicen que el pensamiento único nos ha puesto un nuevo cinturón de castidad, pero hemos escuchado el silencio de la naturaleza.

Entre 8.000 pueblos, sólo 13 han pedido el almacén radiactivo; los aldeanos defienden la pobreza de sus tierras. No hubo, como pronosticaba Miguel Sebastián, riñas por tener cementerio. Nadie se atreve a dejar un galgo atado a un árbol. Tampoco hay crueldad en la caza de la liebre, es la naturaleza en pie de igualdad.

Farina cantaba una copla que estremecía a las cabrillas de la madrugada: «Alma de tirano, corazón de hierro, maldita sea la mano que mata a un perro». Los gitanos, a pesar de que los delatan ladridos, tuvieron querencia a los galgos, que iban delante de tartanas. En el libro se cuentan cosas estremecedoras de Manuel Torre, que definió el duende: «Tú sabes todos los estilos, pero no triunfarás nunca porque no tienes duende». Esperaban que llegara el gran advenimiento de su cante, pero el gitano del 27 se bebía 30 copas de aguardiente y en vez de cantar hablaba de sus galgas Andújar y Amapola.

La nueva seguiriya es España de buen corazón. Ya hay cigüeñas al sol y cada pueblo interesante vuelve a tener, como es proverbial, a un tonto y una cigüeña. Estaban al borde de la extinción y más de 40.000 se quedan en nuestras torres almenadas. La cigüeña ya no emigra a pesar de los nevazos.

(Almuzara, la del libro de los galgos, editó El día que mataron a Manolete, de Tico Medina, héroe y maestro de reporteros. En esa biografía se cuenta que a Manolete lo mataron la cornada, el corazón y el coño de Lupe Sino, pero no la otra c de cocaína. Así tengo el corazón partido entre Tito y Tico, porque Tito (Fernández) me contó que cuando era chico de recados en los rodajes llevaba la nieve para Lupe y Manolete por el pasadizo que había entre Cock y Chicote).

Raul del Pozo/elmundo.es

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Pez bobo

Las telecos se lanzan al negocio editorial. Anuncian plataformas on line para libros y periódicos del pasado y del presente, toda la obra del ingenio humano. Ahora sí que llegará la Biblia en verso y en lengua de fuego electrónica. Si no se espabilan los escritores tendrán que ser gigolós del Estado o buscones como cuando adulaban a los clarísimos nombres de sus excelencias. Hubo una época en la que los gloriosos clásicos tenían que incensar al rey, a la Iglesia, a los mecenas y, lo que es aún peor, a los lectores. Otra vez, o escriben al abrigo del poder o se convertirán en personas sin techo.

Los británicos se han sublevado ya contra los libros electrónicos, exigen la mitad de los beneficios; van de culo, pero hacen muy bien en patear porque los creadores ponen el magín y los libreros y editores, sólo el enchufe del ordenador. Ya se podía descargar a Homero o a Shakespeare, ahora pueden llevarse en un piercing. Se publicaba un millón de libros al día; eso se acabará con los libros electrónicos, que ya han aumentado el 35%. Toda la cultura universal se adquirirá con la tarjeta electrónica de una multinacional. Se acabará el fetichismo de los libros y los derechos de autor si los creadores no se sublevan.

Los libros, los poemas, las noticias llegarán a los móviles con tinta que no mancha. Un rebaño de demonios, una tertulia infinita, interactiva, asaltará a los navegantes de la Red. En la música, el cine, la literatura y el periodismo está a punto de abolirse la propiedad. De momento, los libros más solicitados son los eróticos y serán más pinchados aquellos textos que confirman las alucinaciones y paranoias políticas. El eco de tus escritos repercutirá en tu propia oreja y habrá que procurar no enojar a los consumidores porque el cliente siempre lleva la razón. Pero eso es abyecto; mejor enfadarlos que adularlos.

Ya presintió Borges a lectores iracundos que le imprecaban en sueños. Él trataba de estar de acuerdo con ellos; aun así le insultaban. Contó que un señor se mostraba muy agresivo y después de media hora de soportar injurias le dijo: «Se ha acordado de mi madre, me ha escupido. Después de todo esto, ¿no le parece que podamos seguir conversando tranquilamente?». Sentía desdén por la opinión del vulgo desde que sólo vendió 37 ejemplares de Historia universal de la infamia, pero en vez de adularlos empezó a alborotarlos y descubrió lo fascinante que resulta provocar a los necios.

Los necios pican en el cebo de los textos como peces bobos. El pez bobo es de difícil pesca, por eso es tan divertido descubrir lo bien que pica en el anzuelo de la pluma con su cerebro primitivo y su mala intención.

Raul del Pozo/elmundo.es

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Huele a quemado

La política ya no es un título de honra, ensucia, mancha las manos. Los sondeos detectan una calle cabreada, la clase gobernante como tercer problema y un aumento vertiginoso de lo que llaman desafección a la política, es decir inquina, antipatía, falta de afecto. Los sentimientos fatalistas, se aceleran en esta política del turrón, de veguerías y chanchullos, una política protocolaria hueca que unta a los filibusteros y compra minorías.

Por ahora los linchamientos son sólo virtuales, pulgas del infierno, pero empiezan a insultar a los políticos cuando cruzan por las calle, porque no se puede llegar en coche a la carrera de San Jerónimo. Cuentan los diputados que les llaman vagos y mangantes, se han dado casos de bamboleo de Audis, y de bandeo a sus señorías. Los políticos viven momentos peligrosos, vísperas de tiempos más peligrosos, porque en época de crisis siempre hay conatos de neofascismo y la política se entiende como estigma, sambenito o mala fama.

Los debates del Parlamento se calientan hasta el punto de que sale humo de la mesa del presidente del Congreso. Ellos lo achacan a la fuente del ordenador. Puede que sea así, o tal vez se deba a la energía termodinámica que segregan los apasionados debates del Hemiciclo. Yo temo que se repita aquella escena que relató el filósofo danés y que consistía en que un circo empezó a oler a chamusquina y el empresario ordenó al payaso que avisara al público; los espectadores creyeron que era una broma y empezaron a carcajearse, mientras las llamas avanzaron por la carpa espantando a los leones.

Cómo estará el patio del Congreso que el Rey y el cardenal, que suelen ser los primeros en presentir los apedreamientos, tienen miedo a que los tomates les manchen la púrpura, la escarlata o el armiño y se dedican a hablar de inquietud y de incertidumbre. Los signos semióticos, las criaturas abstractas, anomalías arcaizantes, están más al loro que sus señorías; como George Rigaud, salen de los palacios el día de los enamorados.

En estos días se vuelve a recordar la España de la Restauración y el papel del Rey en aquel turnismo de truhanes y mohatreros, vocablos que vienen de la literatura de la mangancia, y que llevan una h escondida como si fuera una cartera. Mohatrero era aquel pájaro que se dedicaba a hacer compras y ventas fingidas, como aquí ha ocurrido en los pasados años del cemento. Vuelve en cierto modo aquel panorama de espectros, pero como nos cae bien el Rey, le aconsejamos que no se meta en el fregado, porque ya pasaron las vicalvaradas y las noches de tricornios. Majestad, váyase de caza.

Insisto, al que asoma la cabeza le vuelan el sombrero o la corona.

Raul del Pozo/elmundo.es

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Los ojos

Escribió Russell que la envidia es una pasión universal. «Napoleón envidiaba a César, César a Alejandro y Alejandro a Hércules, que no ha existido nunca». También cuenta la correspondencia entre Leibniz y Huygens que se lamentaban con lágrimas de cocodrilo de que Newton se hubiera vuelto loco. Russell no sabía de qué hablaba, sin conocer España, ni su última época, la de cobardes terroristas que se encapuchan en los anónimos para segregar mierda.

Aquí Russell pudo redondear su tesis porque no es necesario ser Alejandro o Newton para que te detesten; a la envidia natural se añade el odio político. Ignoramos ya qué es España y hasta dónde llega, pero soportamos cada día la saña de la mejor calidad, de mirada turbia, flaca y amarilla desde los cuévanos de los ojos, desde la alevosía del emboscado.

Por estas razones estoy preocupado por el futuro de Ronaldo; lo terminarán linchando, es demasiado guapo para salir de noche. No sabe Ronaldo con quién se juega los cuartos. Esto se desmorona y no sale a flote sino la mierda, y él va y mira fijamente a los ojos, como si estuviera en Inglaterra.

Esto tampoco es el dulce Portugal, sino la nación de la flor infecunda de la mala uva, la que relató un rey que escribía en galaico-portugués y que sintió la espina del odio en su corazón: «Nada me hubiera agradado tanto, ni el canto de las aves, ni el amor, ni las armas, como un buen galeón que me alejara de ese demonio de campiña llena de escorpiones».

A los caballos de los picadores se les vendaban los ojos para que no miraran a la gente mientras los destripaban. Algo de eso quieren hacer con Ronaldo, como hacían con los gladiadores: taparle los ojos. Le han pedido que no mire fijamente o con dureza a los árbitros o al público. Con el Ibex teñido de rojo, no está el campo para mirar desafiando, sobre todo si ganas 4.000 euros por segundo, más que todos los diputados del Parlamento, como le ha recordado el presidente del Congreso, en un país que se desmorona, sobre todo por el crispamiento.

La admiración que le dedican puede convertirse en negra envidia. La gente, en vez de gozar con lo que tiene, sufre por lo que tienen los demás, mientras también la burbuja del fútbol está a punto de estallar.

Es que con los ojos se puede desafiar, hablar, despreciar, amenazar, y también se puede besar, aunque no van por ahí las miradas.

A Picasso no le vendaron los ojos de gitano porque se piró y así hizo posible su obra gloriosa y pudo cantarlo Alberti, todo ojos pintando el odio de Guernica con sus 100.000 ojos en dos ojos.

Raul del Pozo/elmundo.es

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