Pollo con ajos tiernos y moscatel
Por: Mikel López Iturriaga | 20 de febrero de 2012

¿La peor foto de la historia de los blogs de cocina? / EL COMIDISTA
Uno de los productos estrella de esta época son los ajos tiernos. A mí me encanta cocinar con ellos porque su sabor recuerda al ajo, pero es más sutil y herbáceo. Y sobre todo porque no me sientan como un tiro como sus papás blancos, con los que debo tomar toda clase de precauciones para no estar comiéndomelos ocho horas después.
Los ajetes, que también tienen este nombre tan cuasi-escatológico, se pueden usar para casi todo: revueltos, tortillas, arroces, pastas, guisos, salteados... lo único que tienes que hacer es quitarles la capa exterior, cortarles las raíces y picarlos como te dé la gana. También has de ser prudente con el calor porque como sus capas son tan finas se queman con cierta facilidad.
En la receta de hoy, adaptada del libro Moro East, son el principal acompañamiento de un pollo braseado bastante clasicón. Os aseguro que la salsa que resulta del jugo del pollo, los ajos tiernos y el moscatel es de esas que te puedes comer una hogaza de pan mojándola en ella. De hecho, cuando lo preparé hubo comensales que se dedicaron a sacar brillo a la cazuela con sus respectivos chuscos como si les fuera la vida en ello.
Por último, aclaro que la gran foto que ilustra la receta de hoy fue hecha bajo los efectos de una mezcla en absoluto recomendable de alcohol y fármacos para el resfriado. Por eso salió así de bien.
Dificultad
Para insustanciales.
Ingredientes
Para 4 personas
- 1 pollo de corral o ecológico, cortado en trozos grandes con piel
- 12 ajos tiernos (o menos si son muy gruesos)
- 150 ml de moscatel o vino dulce
- 150 ml de vinagre de Jerez
- 1/2 cucharadita de semillas de hinojo (se venden en herbolarios)
- 2 hojas de laurel
- Aceite de oliva virgen extra
- Sal y pimienta negra
Preparación
1. Picar los ajos tiernos.
2. Salpimentar los trozos de pollo. Dorarlos en tandas en una cazuela de fondo grueso con aceite de oliva a fuego medio, dejando que cojan un color intenso, unos 5-10 minutos por cada lado. Sacar y reservar.
3. Bajar el fuego. Si el pollo ha soltado mucha grasa, quitar dos o tres cucharadas. En la misma cazuela, rehogar cinco minutos el hinojo, el laurel y los ajos tiernos con cuidado de que no se quemen, moviendo de vez en cuando.
4. Mojar con el moscatel y dejar que evapore el alcohol un par de minutos. Añadir el vinagre, 100 ml de agua y el pollo, poniendo los trozos de pechuga arriba. Tapar y cocer a fuego suave unos 30 minutos.
5. Sacar los trozos de pechuga, volver a tapar y dejar que las patas y las alas se hagan 30 minutos más, o hasta que la carne se separe bien del hueso, añadiendo algo de vino y agua en el proceso si se queda seco.
6. Reincorporar la pechuga un par de minutos para que se caliente, remover para que el pollo se empape de la salsa y servir.
Fuente: http://blogs.elpais.com/el-comidista
Receta de chuletón con salsa de vino y fresas

Aunque no lo parezca, el chuletón con salsa de vino y fresas es una receta de aprovechamiento. El afortunado resultado de juntar una botella de vino a medio acabar, un chuletón solitario y unas cuantas fresas que empezaban a mustiarse.
Una receta sencilla y diferente, que presentada de forma original puede hacer las veces de aperitivo, aunque su espíritu es el de ser plato principal, dada la contundencia y el sabor de la carne de buey.
Ingredientes
1 chuletón de buey, de corte grueso, 300 ml de vino (media botella), 100-150 gr. de fresas, 2 cucharadas de azúcar y una pizca de flor de sal.
Cómo hacer chuletón con salsa de vino y fresas
El proceso para preparar la salsa es bien sencillo. Empezamos poniendo a reducir el vino en un cazo a fuego lento, hasta que se se quede en aproximadamente una tercera parte.
Mientras reduce el vino, limpiamos y troceamos las fresas. Luego las salteamos rápidamente en una sartén, las trituramos con la batidora y las añadimos al vino (una vez haya reducido), junto con las dos cucharadas de azúcar. Removemos bien, dejamos que siga reduciendo un poco más a fuego lento y reservamos.
Ahora pasamos la carne por la plancha bien caliente, hasta conseguir el punto que le guste a cada uno. Aunque para una carne tan sabrosa, lo recomendable es solamente marcar. En el último momento añadimos la flor de sal (o sal normal, si no tenemos).
Por último, y de forma opcional, podemos trocear en dados el chuletón y servirlo en unas cucharas a tal efecto, en las que previamente habremos vertido un poco de salsa. Si no, simplemente servimos la carne junto con la salsa, para que cada uno la añada al gusto.
Tiempo de elaboración | 30 minutos
Dificultad | Fácil
Degustación
El chuletón con salsa de vino y fresas es un bocado sorprendente, tanto por la presentación como por la combinación del dulce con el salado. Ideal como aperitivo en una fiesta o simplemente para dar salida a esas fresas que se nos están estropeando en la nevera, porque es una salsa perfecta para acompañar a otras carnes rojas.
Podéis ver esto y más en: http://www.directoalpaladar.com
Lentejas con espinacas
Por: Mikel López Iturriaga | 14 de febrero de 2012

Maravillas de la cocina clásica. / AINHOA GOMÀ
Tenía ganas de hacer una receta clasicona. A veces pienso que las ansias por proponer platos originales me llevan a perder el oremus, olvidando que un buen básico puede ser más eficaz que un exotismo rebuscado. Así que hoy traigo un potaje de los de toda la vida, que además viene muy bien para los fríos polares de estos días.
Aun así, como la cabra tira al monte, me he salido un poco de las pautas tradicionales en esta clase de pucheros. Por un lado, he tratado de minimizar el tiempo de cocción de la espinaca para que conserve sus propiedades. Por otro, lo he hecho 100% vegetariano, porque no me creo la máxima de que a estas sopas haya que ponerles chicha para que estén buenas. Una verdura fresca de temporada no tiene nada que envidiar a un montón de chorizo y morcilla, y además resulta mucho más apropiada si tienes que currar después de comer legumbres. Aun así, si insistes en cerdear, te animo a que añadas al cocido un poco de bacon o de panceta previamente desengrasados en una sartén caliente.
Lo que no es ninguna extravagancia de bloguero modernillo es la adición final de vinagre:creo que es bastante común en algunas zonas de España darle un golpe de acidez a las lentejas para digerirlas mejor. Al menos en casa de mis padres se hacía cuando yo era pequeño, allá por la Baja Edad Media.
Dificultad
Para cualquieras.
Ingredientes
Para 4-6 personas
- 400 g de lentejas
- 250 g de espinacas frescas
- 1 cebolla
- 2 dientes de ajo
- 1 rebanada de pan de hogaza
- 2 hojas de laurel
- 1 cucharadita de pimentón picante
- 3 cucharadas de un vinagre de buena calidad
- Aceite de oliva virgen extra
- Sal
Preparación
1. Poner las lentejas en una olla y cubrirlas con agua fría. Añadir el laurel y una pizca de sal y poner a fuego fuerte hasta que hierva. En el momento en el que rompa a hervir, pasar a fuego bajo y cocer durante una hora o hasta que estén tiernas, moviendo la cazuela de vez en cuando y vigiliando que no se queden secas (también se pueden hacer en la olla a presión en unos 20-30 minutos).
2. Picar la cebolla.
3. Freír el pan en una sartén con aceite y los dientes de ajo. Sacarlos cuando estén dorados, desechar el exceso de aceite si lo hubiera y pochar la cebolla picada a fuego suave unos 20 minutos. Incorporar el pimentón, remover y retirar del fuego de inmediato.
4. Cuando las lentejas estén hechas, majar el ajo con el pan y añadirlo. Si se ven muy líquidas, triturar un par de cucharones y volver a incorporarlos; si están espesas, añadir agua o caldo de verduras.
5. Incorporar también la cebolla, las espinacas crudas y el vinagre. Salar, tapar y cocer a fuego suave lo justo para que la verdura pierda volumen y se ablande (unos 5 minutos). Corregir de sal y servir.
http://blogs.elpais.com/el-comidista
Ataques de patriotismo gastronómico
Por: Mikel López Iturriaga | 06 de febrero de 2012

La lima que usaron los fanáticos para hacer cebiche con Iván Thays. / AINHOA GOMÀ
Como víctima ocasional de ataques furibundos por herir sensibilidades patrióticas en mis recetas y artículos, he sentido cierto alivio al ver la marimorena que ha armado Iván Thays en su blog Vano Oficio. El escritor peruano se ha atrevido a poner de vuelta y media la gastronomía de su país, lo que le ha valido toda clase de improperios por parte de sus paisanos en los comentarios y en Twitter, e incluso apariciones en las portadas de los diarios digitales de allá. Digo que he sentido alivio porque me reconforta pensar que no soy el único al que le pasan estas cosas, no por estar de acuerdo con los patriotas culinarios que piden la cabeza de Thays, claro está.
No comparto las opiniones del autor sobre la comida peruana, que él califica de "indigesta y poco saludable, casi sin excepción un petardo de carbohidratos al cubo, una mezcla inexplicable de ingredientes que cualquier nutricionista calificado debería prohibir". No puedo estar de acuerdo con él porque nunca he estado en Perú, y mis conocimientos de lo que pasa allí se limitan a algunas lecturas, el seguimiento del blog Cucharas Bravas, unas pocas visitas a restaurantes peruanos en España y un par de pisco-sours en el stand del país en Madrid Fusión. Vamos, que en un gesto muy poco español, me declaro no capacitado para discutir sobre un asunto del que sé poco o nada.
Sobre lo que sí tengo opinión es sobre la airada reacción que el post de Thays ha desatado. Lo que dice el autor, faltaría más, es discutible, y desde la distancia veo razonables las críticas sobre la amplitud de sus descalificaciones. Cargarse toda la comida de un país tan grande, al que supongo diferentes tradiciones dependiendo de las zonas, suena bastante aventurado. Personalmente, detesto este tipo de generalizaciones: cada vez que oigo a alguien decir que la comida francesa no le gusta "porque le ponen mantequilla a todo", que la británica y la estadounidense "son una basura" o que los japoneses "no comen más que pescado crudo", tiendo a identificar al interlocutor como un ignorante gastronómico al que sólo le faltan las orejas de burro.
Sin embargo, entiendo el artículo del escritor como una pataleta -él mismo usa esta palabra- contra un fenómeno a su entender inflado: el boom de la cocina peruana, encabezado por cocineros como Gastón Acurio y promovido, como no podía ser de otra forma, por las instituciones de aquel país. Si en su opinión es un bluff, creo que Thays hace muy bien en decirlo. La autocrítica del producto nacional es un ejercicio muy sano que deberíamos practicar más.
En España se nos llena la boca con nuestros maravillosos chefs y nuestra sensacional materia prima, y tendemos a olvidar una larga lista de carencias gastronómicas: la recesión de una cocina casera cada vez menos practicada, el bajo nivel de los restaurantes de rango medio, la desfachatez con la que se sirven carísimos bodrios a los turistas, el dramático desplome del sabor de algunos productos (¿qué fue del tomate de verdad?), el desinterés generalizado por saber de dónde salen los alimentos y bajo qué condiciones se han elaborado, la pésima calidad media del pan y de la repostería...
No estoy diciendo que aquí se coma mal en todas partes: por suerte, todavía hay signos de vida en la cocina popular española, y muchos profesionales tratan de darlo todo tanto en la producción como en la restauración. Tampoco hay que fustigarse, y me parece muy bien que se ponga en valor lo bueno que tenemos. Pero el hecho de que Ferran Adrià sea el mejor cocinero del mundo y de que algunos establecimientos españoles estén con justicia en la cumbre no convierten a nuestro país en un paraíso terrenal de la comida.
Decir estas cosas en alto no es un ataque a nuestra cocina, sino un intento de promover su mejora. Los energúmenos que han pedido la deportación, la cárcel o la quema en hoguera pública de Iván Thays quizá deberían leer su post en esta clave. El ciego patriotismo gastronómico del "lo nuestro es lo mejor" no conduce a nada más que a la autocomplacencia y al estancamiento. Los peruanos no deberían ponerse furiosos porque alguien critique su comida, sino reflexionar sobre qué parte de verdad puede contener dicha crítica. ¿Que no contiene ninguna? Pues entonces se rebate con argumentos o directamente se ignora a quien la profiere. Y en cualquier caso, se le respeta aunque no se esté de acuerdo: en este sentido, me alegran las sensatas llamadas a la tolerancia desde la discrepancia de Acurio o de Cucharas Bravas.
Defendamos la tradición y la personalidad de cada cocina, pero dejémonos ya de gastronacionalismos bobalicones. Si la cocina peruana es buena, poco daño le podrán hacer las malas palabras de un escritor, por mucho que las difunda un medio extranjero con la audiencia de EL PAÍS. Aunque a muchos se les olvide en su rabia, al fin y al cabo el artículo de Iván Thays, como éste, no es más que eso: la opinión de un señor.
Del blog: http://blogs.elpais.com/el-comidista
Costillas asadas con membrillo
Por: Mikel López Iturriaga | 01 de febrero de 2012

Prohibido opinar sobre mi brazo. / AINHOA GOMÀ
Cuando dices "membrillo", lo más probable es que tu interlocutor piense que estás hablando del dulce tradicional elaborado con él. Tal es su popularidad, y tan escaso el hábito de usar el fruto en estado natural para otras preparaciones en España.
No es extraño que el membrillo en sí mismo no aparezca demasiado en nuestras vidas, teniendo en cuenta que es lo más parecido a la piedra berroqueña en fruta. Sin embargo, asado o guisado resulta delicioso, y mucho menos dulzón que la pasta con la que solemos acompañar el queso de Burgos en nuestros momentos íntimos viejunos.
En el plato de hoy lo utilizo como acompañamiento bastante obvio a unas costillas de cerdo, un animal que hace buenas amistades con la fruta. Empapados con los jugos del asado, los trozos de membrillo se convierten en el acompañamiento perfecto para la sabrosa carne pegada al hueso. Para marinar usé mermelada de frutos rojos, pero supongo que puede funcionar igual de bien una de naranja, de albaricoque o incluso el propio dulce de membrillo triturado con un poco de agua.
Dificultad
Es larga, pero para tarugos.
Ingredientes
Para 4 personas
1,5 kg de costilla de cerdo en una pieza
2 membrillos
3 cucharadas de mermelada de frutos rojos
1 diente de ajo
100 ml de brandy
1 cucharadita de tomillo
1 cucharadita de romero
1 cucharadita de orégano
1 cucharadita de pimentón picante
1 limón
Aceite de oliva virgen extra
Sal y pimienta negra recién molida
Preparación
1. Majar el ajo. Mezclarlo con la mermelada, el tomillo, el romero, el orégano, el pimentón, el zumo del limón, un par de cucharadas de aceite, sal y pimienta.
2. Quitar la membrana que tienen pegada las costillas: levantar una pequeña parte con un cuchillo, y luego tirar de ella.
3. Embadurnar la costilla con la mezcla, meterla en una bolsa de plástico hermética o envolverla en film. Dejarla marinando toda la noche (este proceso se puede reducir o saltar, pero conviene para que la carne quede más sabrosa).
4. Retirar las costillas de la marinada reservándola. Poner la carne en una fuente de horno y dejar que se temple unos 30 minutos. Precalentar el horno a 160 grados.
5. Mojar las costillas con el brandy y 100 ml de agua. Meter al horno durante una hora tapada con papel de aluminio o una tapa.
6. Cortar el membrillo en ocho gajos y descorazonarlos. Salpimentarlos e incorporarlos al asado añadiendo más agua y brandy si se ha quedado seco. Pintar la costilla con marinada y volver a meter tapado al horno durante una hora más, dándole la vuelta y volviéndola a pintar a la mitad. Mover también los trozos de membrillo.
7. Destapar la costilla, pintarla de nuevo y dejar que se haga 30 minutos más añadiendo un poco de agua si es necesario.
8. Poner el grill en el horno y subir la temperatura a 230. Sacar la costilla y dejar que repose 10 minutos. Cortarla en trozos individuales y devolverla a la fuente. Untar otra vez con marinada y meter de nuevo en el horno 5-10 minutos hasta que se doren. Servir inmediatamente.
Contra la música en los restaurantes
Por: Mikel López Iturriaga | 31 de enero de 2012

Mujer con oreja en restaurante. / AINHOA GOMÀ
La revista británica Waitrose Kitchen plantea en su último número un debate apasionante: ¿se debería prohibir la música en los restaurantes? La publicación enfrenta dos artículos en los que la presidenta del London Restaurant Festival y el dueño de la cadena de restaurantes Boisdale defienden opiniones encontradas, una a favor de la eliminación, y el otro, en contra.
Fay Maschler argumenta que si no comemos en las salas de conciertos, no necesitamos la música en los restaurantes. "La mayor parte de lo que suena es tan agradable como los ambientadores que cuelgan en los taxis", escribe. Ranald Macdonald, por su parte, cuenta cómo pasó horas montando recopilaciones de jazz clásico, blues y soul para que sonaran en su primer local, y asegura que si la música es omnipresente en bares y restaurantes es porque a la mayoría de la gente le gusta. "Quítala y acabarás con la ocasión de pasar un buen rato".
Como no puede ser de otra forma, entiendo y respeto la posición de las personas a las que les gusta oír música mientras comen. Incluso estoy dispuesto a admitir que los sonidos de los que habla Macdonald, a un volumen suave, pueden ayudar a crear cierto ambiente siempre que estén bien elegidos y estén en consonancia con el espíritu del local.
El problema es que la realidad es otra: al menos en España, los restaurantes y los bares de tapas con música no la suelen seleccionar en absoluto. Lo que suena puede ser un CD que ha traído el cocinero, el iPod del camarero en modo aleatorio, o directamente cualquier radiofórmula infecta. Y siempre a buen volumen, claro. Es decir, que la comida te la puede amargar el último disco de Bisbal, los peores éxitos de los ochenta o, en el caso más grave, las obras completas de David Guetta, independientemente del tipo de local en el que estés.
Con la música pasa un poco como con el aire acondicionado, que el personal de servicio se vuelve insensible a ella. Si estás mucho tiempo con un runrún de fondo, llega un momento en el que no lo oyes o lo oyes bajo. Entonces, o no te molesta o, si la música en cuestión te gusta, tiendes a subirla, sin caer en que puedes estar obligando a vociferar a tu clientela. Súmese al efecto anestesia la tendencia a hablar a voces que nos gastamos en España y la pésima sonoridad de muchos locales, y ya tenemos una torturante bulla montada.
¿Qué pasa cuando te quejas de lo alta que está la música en un lugar al que vas a comer? El camarero suele reaccionar o bien con sorpresa, o bien con cara de disgusto reprimido, en la que se puede leer la frase "ya está el pesado de turno dando la caca". En cualquiera de los dos casos, lo normal es que te digan que sí, que ahora la bajan. Y en un 99,9% de las ocasiones, la música continúa estando a la misma potencia hasta que te vas. Juraría que más de un establecimiento utiliza los altavoces como elementos disuasorios para que los clientes no se apalanquen demasiado en las mesas, y aumentar así la rotación.
La moda del chunda chunda restaurantil, que quiero creer en cierta decadencia, es relativamente reciente por estos lares. Hunde sus raíces en un invento atribuible a Satán (el hilo musical), tomó fuerza en los ochenta y, en ciertos círculos, alcanzó el clímax en los noventa, en plena efervescencia de la música electrónica. Entonces apareció el horror de los horrores: el disc-jockey de restaurante. Esta figura, por fortuna en declive, torturaba a los clientes con abrasadoras sesiones de chill-out ibicenco o de techno de este que parece la misma canción todo el tiempo. Rectifico: torturaba a algunos clientes, porque otros parecían encantados sintiéndose de lo más cool, cuando no eran más que palurdos apuntándose a una moda ridícula.
Creo que el boom de la música en los restaurantes fue un caso claro de modernidad mal entendida, emparentada con la entronización de "lo juvenil" que padecemos. Llegado un momento, decidimos que mola meter un poco de marchuqui en los comedores. Que comer sin ruido, disfrutando de la conversación, era propio de anticuados vejestorios. También pienso que el mal de la música sin ton ni son no sólo afecta a los restaurantes, sino a gran parte de los espacios públicos: tiendas, hoteles, estaciones, transportes, oficinas... parece que la paz signifique aburrimiento, y que necesitemos el ruido para aturdirnos y no pensar demasiado.
De esta forma, el silencio se ha convertido en el mayor de los lujos, sólo al alcance de los monjes o de los terratenientes con hectáreas de terreno disponibles para marcar distancias con el jaleo permanente. Mi esperanza radica en que existen otras personas sensibles a este problema: en el Reino Unido hay webs como Pipedown o Quiet Corners (Rincones Silenciosos), en las que se combate el llamado 'muzak' y se recomiendan lugares libres de la plaga del hilo musical.
Digo todo esto siendo un gran fan de la música, y habiendo dedicado buena parte de mi vida profesional al periodismo relacionado con ella. Me encanta oír canciones cuando cocino, cuando trabajo -con auriculares para no molestar al prójimo-, cuando estoy tirado en el sofá, cuando bebo, cuando bailo... pero no cuando como. En ese contexto, necesito tranquilidad, no agitación. Y la música alta me parece superflua, una molestia que lo único que consigue es alterar la digestión y emborronar la comunicación.
¿Te gusta la música en los restaurantes? ¿O te molesta? Cuéntalo en los comentarios.
Prejuicios gastronómicos
Por: Jose Carlos Capel
Cuando el pasado jueves 26 el cocinero venezolano Nelson Méndez concluyó su demostración en el escenario deMadridfusión yo eché en falta algo imposible. Me habría gustado que dos gigantes de la antropología como Claude Lévi Strauss y Marvin Harris, hubieran vuelto a la vida para debatir sobre las supersticiones, mitos y tabúes de la alimentación contemporánea.
¿Por qué motivos determinadas culturas ingieren alimentos que horrorizan a otras?¿Dónde se hallan las sinrazones de tantas convicciones gastronómicas? Méndez, cocinero de escuela francesa, consiguió soliviantar a parte del auditorio al cocinar con ingredientes de la selva amazónica. Los mismos que consumen los indígenas. Gusanos, arañas y hormigas además de frutas exóticas, que eventualmente este gran profesional incorpora a sus recetas. Antes, en la trastienda del escenario mientras yo fotografiaba cuencos con cosas insólitas mi amigo Ignacio Medina, experto en el Amazonas, me fue haciendo apreciaciones gastronómicas vividas en directo. Toda una teórica de entomofagia.
Poco después, sobre las cocinas del escenario desfilaron gruesos gusanos enroscados de palma o de moriche que crecen en los troncos muertos y que según Medina resultan deliciosos a la plancha. No fui capaz de probarlos. Tampoco me atreví con las hormigas támari gruesas, pero sí con otras minúsculas, las limoneras que, efectivamente, mastiqué despacio y me supieron a corteza de limón recién rallada. Algo magnífico -- supongo -- para cualquier aderezo.
Comentarios aparte merece la araña mona, una tarántula gigante de aspecto repugnante, que los aborígenes ingieren para alejar los malos espíritus, y que, según dicen, sabe a marisco. Tampoco me atreví a probarla. “Es lo mismo que una nécora pero de tierra” repitió Ignacio varias veces. Sin duda el momento de mayor tensión escénica se produjo cuando Nelson flameó con un soplete a la vista aquel bicho, ya muerto, que el propio Medina y varios congresistas degustaron en porciones mínimas.
Aparte había pirañas de pecho rojo cuya carne posee multitud de espinas que se comen por su contenido en calcio. También vimos numerosas frutas y verduras desconocidas y nos hablaron de 14 variedades de yuca. Da lo mismo. Ya sabemos que la mitad de la fauna y la flora del planeta se concentra en la Amazonía, la mayor despensa natural de la tierra. Nos lo recordó no hace mucho Ferrán Adrià cuando afirmó que la tercera revolución gastronómica llegará el día que se rentabilicen los gigantescos recursos del Amazonas.
Antes de Nelson Méndez había intervenido Daniel Ovadía, para mí el cocinero más audaz y creativo de México, en estos momentos. En su demostración presentó un plato bellísimo de gusanos de maguey, exquisitez mexicana mucho más conocida. Y el día anterior el súper moderno cocinero japonés Seiji Yamamoto describió una técnica inédita para la preparación de un pescado parecido a un cabracho, cuya cabeza, con ojos incluidos era un bocado exquisito.
Un tema para hablar largo y tendido.
Mientras los españoles comemos buñuelos de sesos de cordero, angulas que aparentan un gusanera, caracoles que horrorizan a otras culturas y tinta de calamar negra como los infiernos, nos abstenemos, yo el primero, de ingerir hormigas culonas, por ejemplo, que saben a kikos tostados.
¿Son tan sólo prejuicios?
Fotografías de Javier Peñas
Lo leí en: http://blogs.elpais.com/gastronotas-de-capel
Lo leí en: http://blogs.elpais.com/gastronotas-de-capel
COCINA MACANIANA: Lacón gallego
Escrito por El Maca. Posted in Cocina macaniana
Pero,, ¡¡¿¿por qué coñño me gustará tanto el lacón??!!,, es que señores,, hoy les presento a uno de mis platos favoritos,, ¡el lacón gallego!!,,
En primer lugar voy a poner cómo me gusta a mi y después os hablaremos del lacón y de otras recetas como es la del famoso lacón con grelos,,
¡Atención!,, leer esto solo después de comer,,
Bueno, este que véis en la foto fue comprado en Viana do Bolo en la provincia de Orense.Su fabricante lo define así:"Seleccionados y tratados manualmente pasan varios días en sal. Lavados y tratados con esmero son ahumados en la tradicional cocina de leña gallega (lareira)."
Lacón macaniano
Ingredientes:
Un lacón gallego
Agua
Patatas
Pimentón
Aceite de oliva
Preparación:
Vamos a ver, lo siguiente que te explico se hace para cualquier receta con lacón.
Hay que meterlo en agua durante tres días para que se desale,,
Durante ese tiempo le cambias el agua cuando se te ocurra,, cuantas más veces mejor,,
En las fotos no sale, pero tuve que cortarlo porque no me cogía en la puta olla,, ¡¡joeer,, con una sierra pa cortar metal!!,, Así que si compras el lacón y pueden cortártelo en la tienda,, mejor,, Se suele cortar transversalmente en lonchas de unos cuatro centímetros,,
Después de esos tres días,, lo pones a cocer unas dos horas a toda leche,,
Aparte cueces unas patatas.
En esta ocasión,, (me refiero a la foto)),, me zampé la pata y el codillo,, pa mi lo más sabroso del lacón,, eso sí,, le eché pimentón por encima de todo y después lo regué con aceite de oliva,, ¡¡Acooojonante!!
Claro, como no seáis unos cuantos,, te sobrará lacón,, así que lo mejor es que lo cortes en lonchas como ves en la foto, lo dividas en paquetes y lo congeles para próximas ocasiones,, Y tranquilo que te voy a dar una idea,,
Bocadillo de lacón macaniano
Recuerdo que a mis hijos les encantaba unos bocadillos que les hacía,, los muy jodidos solo querían aquello,, Verás,, me compraba un jamón fresco y lo asaba completo en el horno,, lo dejaba enfriar y lo cortaba como el lacón de la foto,,
Siempre que los peques querían sus bocadillos especiales,, (casi todos los días)),, sacaba unas lonchas,, las tapaba con queso y las metía en el horno hasta que se fundiese,, después lo sacaba y lo metía en un bocadillo.
Con el lacón tiene que estar igual de bueno,, seguro,,

Vamos ahora a otras recetas,, éstas están proporcionadas por la página web "Galicia espallada".
Fuente: http://www.malditoinsolente.com
Cebiche de bonito con soja
Por: Mikel López Iturriaga | 24 de enero de 2012
La manaza es mía. / AINHOA GOMÀ
Cuando te invade la vagancia pero debes alimentar a unas cuantas personas a las que no sabés por qué has invitado a casa, el cebiche es una de mis opciones más socorridas. Se prepara en dos patadas, no tiene la más mínima dificultad y casi siempre triunfa. Lo único complicado es encontrar pescado fresco y de buena calidad que puedas pagar sin necesidad de vender tu cuerpo al pescadero o hipotecar todos tus bienes.
Para el cebiche de hoy utilicé un bonito comprado en La Bisbal d'Empordà (Girona) al muy razonable precio de ocho euros el kilo. Sí, tiene más trabajo que el atún porque es más pequeño, pero está igual de bueno y es más sostenible. El plato se puede hacer igual con otros pescados como chicharro o caballa, evitando en lo posible las especies amenazadas por la sobrepesca.
Antes de que los Legionarios del Santo Cebiche se me echen encima, diré que mi receta es una interpretación personal del plato preparada en mi casa, donde básicamente hago lo que me da la gana. Lo llamo cebiche porque es un pescado crudo aliñado con zumo de lima, cebolla y picante, y creo que es la mejor manera de entenderlo a leer el titular. Pero lleva salsa de soja, por lo que no es el cebiche tradicional peruano, ni el ecuatoriano, ni el de la Conchinchina... ni pretende serlo.
Dificultad
No necesitas tener cerebro, sólo un cuchillo bien afilado.
Ingredientes
Para 4 personas
800 g de lomos de bonito limpios de piel y espinas
150 ml de zumo de lima
2 cucharadas de salsa de soja
1 cebolla roja pequeña
1 guindilla roja picada (preferiblemente fresca)
2 cucharadas de cilantro fresco picado
Vinagre










